CAPÍTULO NOVENO
La bastarda.
Carla tomó su escoba encantada y se subió con las piernas hacia un mismo lado. Acarició los pelos, que se movieron como la cola de un caballo. La escoba levitó, se alzó poco a poco en la noche. Volar era peligroso y atrevido, ni su propia madre lo practicaba. La naturaleza no era fácil de domar, hasta Moisés y Jesús tuvieron sus dificultades con las aguas, uno para abrirlas y otro para caminarlas. Cuántas jovencitas ilusas se desnucaron volando por no seguir las instrucciones, por ir demasiado rápido. Cruzó los pies, enderezó la espalda y apoyó ambas manos en el palo. Se elevó en la noche por encima de los bosques y pidió al viento que la llevase hasta la cabaña del vampiro. Quería verlo con sus propios ojos, verlo en su hábitat nocturno. A la luz de la luna, su máscara caería, dejaría de ser la criatura amable que su hijo visitaba. Los había mucho más viejos que él, los había de los tiempos en que los hombres temían a los osos cavernarios y a otras bestias de los abismos telúricos. El vampiro, el ser incapacitado para la muerte, despreciado por el rey sol y consolado por la reina luna. Un problema de difícil erradicación, un problema que no atañía a hechiceras, entre las que existió disparidad de opiniones: unas despreciaban la repugnante existencia de los bebedores de sangre, las más éticas, y otras se dejaban llevar por la fascinación de las capacidades de estos, las más curiosas. Carla pertenecía al primer grupo. Lo que no muere es siempre una aberración, decía, y los vampiros se dedicaban a colarse por las ventanas de las desgraciadas jóvenes, a las que secuestraban, violaban y devoraban. Lo mismo hacían las vampiras, aunque con mayor discreción: no dejaban de ser mujeres. Muchas hechiceras del extinto Culto de la Perra Negra estudiaron el vampirismo con mirada aséptica. Dieron con un sujeto tan antiguo que, según le contó su madre, «estaba vivo cuando el hielo cubría el mundo», y este extraordinario ser, que hablaba centenares de lenguas y moraba desnudo en el interior de las selvas africanas, dijo que hubo más antes que él. Una condición —se cuestionaba la idea de enfermedad— existente desde la noche de los tiempos, tan o más antigua que el hombre. Podía transmitirse de un vampiro a otro mediante transfusión sanguínea o lograrse a través de sórdidos procesos de hechicería corrupta, el vampirismo puro. Ese era el caso de Willy Tyburn.
La escoba se deslizó suavemente sobre el claro perdido donde se levantaban la cabaña y sus corrales. Carla empujó la puerta, que se abrió con un chirrido de bisagras viejas, y se cubrió la cara para protegerse de la bandada de murciélagos que se elevó tras de sí y se difuminó en la noche. Vio aquella tez incolora girarse hacia ella; estaba arrodillado frente al altar mariano que Eren le describió. Señora Jaeger, saludó, sin levantarse, y Carla respondió:
—Señor Tyburn. Me han hablado de usted y no soy una ingenua, a diferencia de mi hijo, así que vengo a comprobar su verdadera cara, la monstruosa.
—Me temo que ha echado el viaje en vano. Solo rezo.
—¿Por qué reza?
—Es lo más parecido al sueño —Agachó la cabeza; el pelo rubio caía sobre su espalda encorvada—. ¿Qué le ha contado su hijo sobre mí?
—Todo. Vive muy apartado, pero podrían encontrarlo. La policía está peinando los bosques. ¿Tiene visitas inesperadas?
—Es fácil ocultar una pequeña granja de cerdos. No hay nada más manipulable que el ojo humano. ¿Quiere un té?
—Quiero hablar —Carla evitaba traspasar el umbral—. Usted es antiguo y poderoso.
—Soy antiguo, en efecto, pero menos poderoso de lo que cree. Me niego a hablar con usted de esos asuntos delante de la Virgen. O entra o salgo, y bien sabe que no es bueno hablar de eso a la intemperie.
Decidió pasar a la cocina, rechazó de nuevo su té. Él percibía el asco y el prejuicio, pero continuaba con sus buenas formas y modales. Carla no le quitaba la vista de encima y agarraba la escoba con fuerza. Señor Tyburn, dijo, he venido a preguntar acerca del otro. Willy asintió e hincó los colmillos en un pedazo de salchicha seca. Eren le había dicho que criaba sus propios animales.
—Esconde bien su olor a muerto, por eso Eren no puede olfatearlo. Vaga por todas partes, vive en cuevas. Es un nómada.
—¿Quién es?
—Alguien viejo, pero no tanto como yo. Desconozco su nombre. Me hostigó hace muchos años, pero es fácil ahuyentar a un chucho joven.
—Está atacando a la gente del pueblo. Se metió en la mente de una muchacha. Es un licántropo, pero los licántropos no tienen esa cualidad.
—¿Y qué sugiere?
Carla dijo:
—Tiene algo muy peligroso en su poder. Los muertos son sacrificios para Shigan. ¿Por qué sacrifica?
—Para alargar su vida. La única manera de alargar la vida de forma antinatural es el vampirismo o la corrupción del cuerpo, pactos, interferencia de una mano oscura que corrompe, pero perpetua. —Terminó su aperitivo nocturno—. Se come la carne y entrega los huesos a su señor, cuyo hambre aumenta a medida que lo satisface.
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Historia vio el cuerpo de su padre tirado al pie de las escaleras. Se miró las manos, las mismas con las que había forcejeado segundos atrás. Pensó en llamar a alguien, a su madrastra, a un médico, a sus hermanos. No lo hizo. Estaba asustada, nerviosa. Una asesina de pacotilla. Bajó las escaleras, fue hasta el teléfono fijo y marcó el número de la policía: «He matado a mi padre. Soy Historia Reiss. No es una broma. No tarden demasiado». Pero Historia no iba a quedarse ahí: ir a la cárcel le daba igual, lo que no soportaba era mirar a sus hermanos, no podría mirar a Frieda y explicarle que había sido un accidente, que no quería hacerlo.
Su padre se había enterado de su noviazgo con Ymir. La sacó a rastras de su cuarto después de abofetearla. ¿Cómo se había enterado? No importaba: sería una ilusa si creyera que podía mantener algo así a la sombra durante mucho tiempo. Había sido un accidente. Ella solo quería que dejara de pegarle. Rod nunca le había puesto una mano encima, pero lo hizo con una violencia propia de una mano acostumbrada a ella. Historia se sacudió. Su padre cayó, su cuerpo golpeándose en cada escalón, hasta que se detuvo. Quizá seguía vivo, pensó en comprobarlo. La casa estaba vacía, los mayores estaban de fiesta, los pequeños estaban con la madre en la ciudad, visitando a los parientes, y el servicio dormía. Si Úrsula volvía y la encontraba ahí… Historia subió a su cuarto, cogió una chaqueta y salió de la casa. La miró y sintió la fascinación de la primera vez. Una construcción magnífica para una familia magnífica. Una familia a la que ya no pertenecía, o quizá nunca perteneció. ¿A dónde iría? ¿Dónde se escondería? Ymir no merecía verse involucrada en algo así. ¿Qué diría el padre Nick si lo supiera? Había matado a su padre, había cometido el peor crimen. Arrebató la vida a quien se la dio.
Historia solo deseaba esconderse, que todo acabara como en una película mientras la cámara se alejaba y su vida quedaba en una incógnita para los espectadores y ella misma. Estar a solas con su pecado imperdonable. Necesitaba estar a solas, huir antes de entregarse a la policía, a su madrastra, a sus hermanos. Tenía miedo de las miradas. Las imaginaba. Imaginó la mirada fija y muerta de su padre. ¿Tenía los ojos cerrados o abiertos? No lo recordaba, o tal vez no había visto su cara. Historia no podría volver allí. ¿A dónde iría? Su madre y sus abuelos estaban muertos. Solo tenía a Ymir. No la vería más.
Historia se dio la vuelta. Entró de nuevo a la casa, se acercó a su padre y buscó la llave en el bolsillo de la bata, esa dichosa llave que siempre llevaba con él. Notó un latido, pero no le dio importancia: vivo o muerto, era imperdonable. Subió al despacho y abrió un cajón, del que sustrajo una pistola. Corrió al escuchar las sirenas en la lejanía, salió por atrás, pasó junto a las pistas de tenis, cruzó el extenso jardín de estilo francés y rebasó ese pomerium sagrado de los Reiss. Se internó en el bosque, pistola en mano. No volvería a esa casa, no regresaría a Inglaterra. Estaba decidida. Y si no había lugar digno al que regresar, se iría donde nadie pudiera encontrarla, volvería a la nada de la que surgió tantos años atrás, cuando aquella mansión de maderas blancas la deslumbró por completo.
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Estuvo atenta. Los amaneceres se le escapaban cada vez que intentaba verlos y le parecía que el día sustituía a la noche por arte de birlibirloque. Estaban apoyados en el balcón, desnudos. No habían dormido en toda la noche. Mikasa miraba el firmamento. El estallido de tibia claridad dio paso a un telón azafrán; el azul nació y en su seno, nacido de los confines de los bosques y las montañas, aparecido en mitad de un teatro de sombras chinescas, se alzó el majestuoso sol de la mañana.
—Y pensar que una vez creíamos que daba vueltas alrededor de nosotros —comentó Eren—. Es inquietante. Si se apagara, moriríamos de frío y oscuridad, y si nos acercásemos, nos freiríamos. El mundo acabará, dicen, en fuego; otros afirman que en hielo.
—¿En hielo?
—Es un poema de Robert Frost.
—¿Cómo sigue?
—Por lo que he probado del deseo, estoy con los partidarios del fuego, pero si tuviera que perecer dos veces, creo que conozco bastante del odio como para saber que, para la destrucción, el hielo también es poderoso… y bastaría.
—Es muy bonito, pero evito la poesía. Soy incapaz de entender muchos poemas.
—Eso es porque lees con los ojos.
—No hay otra forma de leer.
—Sí que la hay —Eren se llevó una mano al pecho—, ya sabes cómo.
Volvieron a la cama, a apurar los últimos minutos antes de que les comunicasen el final de su estancia. Mikasa le dio un golpecito en la cabeza cuando la vieja llamó a la puerta; Eren apoyó el mentón en su pubis, se remojó los labios —más de lo que estaban— y dijo:
—Un momento, señora, tengo las manos ocupadas.
Mikasa le dedicó una mirada terrible que poco le duró: Eren volvió a deslizar la lengua y la vieja protestó desde el pasillo, y allí permaneció mientras ella se aguantaba los gemidos como podía y él, que disfrutaba la situación, clavó su miembro en el sexo húmedo y palpitante, el sexo que se cerraba en torno a él y lo recibía duro y profundo. Eren le pidió que se corriera, pero a Mikasa le empezó a gustar aquello de tentar a la suerte. Se puso a cuatro patas, la espalda arqueada y el pelo cayendo a los lados del cuello, la cara mirando hacia la puerta. Eren le besuqueó el culo, lo cacheteó y lo asió mientras llenaba de nuevo su coño al ritmo de los insistentes golpes en la puerta.
Oyeron el racimo de llaves de la vieja. Empalidecieron. Cuando la dueña entró, seguida por su escandalosa nieta de diez años, los encontró pudorosamente cubiertos por la manta. La miraron con curiosidad e inocencia. Les dijo que se vistieran y devolvieran la llave, un huésped esperaba abajo y quería la mejor habitación. Tengo que cambiar las sábanas, dijo, y volvió a cerrar la puerta. Se miraron, reconocieron la vergüenza en el otro y empezaron a reírse. Se ducharon y vistieron rápidamente, ellos mismos quitaron las sábanas, las llevaron hasta la lavadora y pasaron por el comedor a despedirse y dejar las llaves.
La dueña estaba hablando con la huésped. Era una mujer enjuta, morena, en sus cuarenta, con una chaqueta vaquera de los ochenta y una maleta pequeña. Eren la reconoció.
—Ilse Langnar —Le estrechó la mano, emocionado—. Soy un lector habitual.
A Ilse le gustaba definirse como una periodista más, pero era doctora en zoología y había ganado el Polk a finales de los noventa gracias a un demoledor reportaje sobre los cazadores de elefantes en un Mozambique devastado por la guerra. Había escrito mucho sobre la fauna del país y publicado extensas investigaciones realizadas en sus viajes por todo el globo. Su último libro había dado un giro a su carrera: Entre las brumas de la región de Santa María. Reposaba en la estantería de Eren, que señaló su interés y su extensa investigación.
Ilse no esperaba que alguien la reconociera. Solo se reconoce a las escritoras que saltan a la fama por una novela erótica. Su oficio era otro. Se mostró muy amable y parlanchina.
—Llevo todo el año viajando —dijo— y merezco unas vacaciones. Esta es la mejor región del país.
La vieja no mentía cuando hablaba de una huésped muy importante: regresó con un potente desayuno, tortitas, frutas, café recién hecho, porque «la señora ha tenido un vuelo largo y tiene que recargar energías». Una mirada suya bastó para que se marcharan.
—Dudo mucho que haya venido de vacaciones —comentó Eren—. Tiene un libro entero sobre la región, los capítulos más largos están dedicados al pueblo. Seguro que está intrigada por los asesinatos. Si supiera…
—¿Sabe algo?
—No, pero podría llegar a saberlo. Intentó entrevistar a mi madre la primera vez que estuvo aquí. Mi madre se negó, no le gustan los periodistas. Descubrió que los fundadores fueron acusados de brujos, que habían pasado por Trost y llevaban consigo un libro prohibido por la Iglesia.
—Vaya.
—Si Erwin revela lo de los huesos, será la primera es husmear. No nos conviene. —Eren sacudió la cabeza—. ¿Vienes a casa?
—Vuelvo a la mía. Siento que debo hablar con mi madre.
Claro, asintió Eren. La llevó y entró con ella hasta el zaguán. Hay que repetir lo de anoche, susurró mientras se besaban y les costaba cada vez más quitarse las manos de encima. Hasta que apareció Midori. Eren saludó, recto como un soldado, y se despidió con un casto roce de labios sobre el dorso de su mano. Su madre no apartó la vista del muchacho en ningún momento y se asomó a la calle para comprobar que se había ido.
—Dime que has usado protección.
—Sí, mamá.
—Me alegro. ¿Sabes lo que es tener una panza gorda y no deseada? No, no lo sabes y así debe continuar —Su madre se acercó a ella; tenía lágrimas en los ojos, la abrazó—. Mi hijita, mi pobre hija enferma. Ayer me comporté de un modo terrible…
—No pasa nada. Todos estamos un poco tensos.
Midori sacó un pañuelo de seda. Estaba genuinamente arrepentida. No sabía que su madre era capaz del arrepentimiento.
—Qué sinceridad la tuya, hija, qué sinceridad —reconoció—. ¿Tú nos quieres? ¿Quieres a tus padres, hija mía?
—Claro. Sois lo que más quiero en el mundo.
Su madre agitó el pañuelo y se sorbió la nariz.
—Ese chico parece bueno.
—Lo es.
—Le daré un voto de confianza, hija mía. Entiende mi comportamiento: eres mi hija, la mujer y la pequeña. Yo conocí a algunos idiotas antes de encontrar a tu padre y no supe identificarlos. No quiero que te suceda lo mismo. Si Eren es bueno, entonces me quedo tranquila. Invítalo a cenar.
—¿Esto es idea de mi padre?
—Es mía, aunque tu padre está encantado, le agrada desde el asunto del tenis y Kenny habla maravillas de él y su familia. ¿Te parece bien?
—Hablaré con él. Le gustará, pero cree que lo odias.
—Solo lo odiaré si me da motivos para odiarlo, si hace daño a mi hija.
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El señor Reiss tenía la cadera rota. Lo encontró la asistenta, que se despertó con las sirenas de la policía, y lo primero que dijo fue: «¡Dios mío, han matado a don Rod!». Afortunadamente, se equivocó. La señora y los hijos no podían creerlo y enseguida surgió la temida pregunta: ¿Dónde estaba Historia? Un helicóptero llevó a Rod hasta Trost. La policía revisó la propiedad. Úrsula Reiss dijo que faltaba la pistola de su marido. Ni la bastarda ni la pistola estaban en la casa. Dijo que ella era la responsable y que, si no la encontraban, cometería una locura, ¡si es que no la había cometido ya! Frieda puso paz.
Todo el pueblo se enteró del incidente de los pijos antes del almuerzo. Algunos habían visto el helicóptero; otros escucharon el coche patrulla. No se sabía con exactitud y nunca se sabría, por petición expresa de la familia, que tal vez Historia huyó con una pistola después de empujar a su padre por las escaleras.
En cuanto llegó a oídos de Ymir, ni su tío ni sus amigos pudieron detenerla: fue a buscarla cuando la partida de búsqueda todavía estaba preparándose. A Ilse Langnar se la vio en el bar preguntando. A Erwin Smith lo vieron ir de un lado a otro, de la mansión a la comisaría y de la comisaría al ayuntamiento. A Kenny Ackerman lo escucharon reír en el mercado cuando supo la noticia. A Carla Jaeger se lo dijeron mientras esperaba su turno en el puesto de frutas.
Y ese mismo día, bien entrada la mañana, Sasha sentó a su familia y vio a su madre arañarse la cara roja por el llanto, negando una y otra vez. No, decía, Gerry no era así. De no haber sido por su padre, Sasha se habría marchado para no volver, como seguramente había hecho Historia.
Annie lo supo por Armin, que llegó a su casa con la noticia reciente. Que al cabronazo de Rod Reiss lo había tirado por las escaleras, que Historia había desaparecido. Qué demonios pasa en este pueblo, se quejó ella.
Nadie vio correr a Historia por el bosque, a esa niña bonita, a la simpática bastarda con cara de princesa. Legitimada por el ángel de sus ojos, que ninguno de sus hermanos tenía. Cualquiera se habría escandalizado frente a la visión de su fina y pequeña mano, con la manicura hecha, asiendo una pistola que cargó entera, aunque solo planeaba usar una bala. Nadie vio a la niña espuria de Rod sentarse a los pies de un árbol y ponerse la pistola en la boca. Nadie habría dicho jamás que Historia se suicidaría, pero ¿quién advierte a los suicidas? Nadie advirtió que Historia estaba deprimida, nadie sabía que había faltado a innumerables clases para encerrarse en la consulta del psicólogo o del psiquiatra. Algo intuyó Ymir y quizá por eso corrió a buscarla.
El dedo pegado al gatillo, la boca del arma y la de ella unidas en el último beso. Un movimiento y todo acabaría. Ella, nacida de lo ilícito, tendría un final digno de su nacimiento. Lloraba y se apretaba el pecho para impedir que el corazón se le saliese del pecho. Solo tenía que apretar y todo quedaría atrás. Sería como solucionar un error. A los bastardos hay que ahogarlos cuando nacen, como los ahogaban en la acequia del pueblo mucho tiempo atrás, como ahogaban a los cachorros no deseados por los dueños. Sin embargo, no pudo. ¡Ni matarse podía! Pensaba en Ymir. Su amor hacia ella era amor a la vida. ¿Cómo podía doler tanto? ¿Cómo podía matar ese amor para matarse a sí mima? Historia no deseaba morir, pero tampoco quería vivir así. No quería reunirse con su madre al otro lado del umbral, no quería torturas infernales, no quería los misterios del más allá. Historia no quería vivir así. Teniendo tanto dinero, dirían unos, y siendo tan guapa, ¡cómo vas a querer matarte! ¡Anda, no hagas tonterías! Pero ahí estaba, esperando una oleada de valor, si es que puede llamárselo así. El valor es otra cosa. El valor es no matarse. El valor es decirle a su padre que era lesbiana. El valor es no volver a Inglaterra. El valor es algo bien distinto a lo que ella sentía. Lo suyo era un vacío, una ausencia, un nada que perder. Mátate, niñita. Historia pensó en lo que pudo ser, en las cosas que nunca llenaron el vacío. ¿Por qué se fue con su padre? ¿Por qué no se quedó con su madre? Habría preferido limpiar escaleras y cuartos de baños, habría preferido un cuarto pequeño y ropa barata, habría preferido otro nombre y otro apellido. Entonces, pensó, no habría conocido a Ymir, no habría gastado todo el dinero que le daban en ayudar a los niños. Y eso le dio valor, valor del bueno.
Historia decidió no matarse, pero tampoco volvería a la vida de antaño. Ya solo quedaba la pistola. Su herencia paterna. Ya no era Historia Reiss. Su madre se lo puso por su abuela, la madre de Rod. Quizá lo hizo para tocar alguna fibra sensible llegado el momento, cosa que funcionó. La hija bastarda con el nombre de la sacrosanta abuela enterrada en el mausoleo más espléndido del cementerio. Historia II, Historia la Buena, Historia la Joven, Historia la Bella. Si no podía matarse, renacería en el bosque, mientras caminaba y escuchaba los insectos, los búhos, el viento.
Anduvo por el bosque, pensó en salir. Una voz le aconsejaba no hacerlo. Una voz que no provenía de ninguna parte. Se había alejado mucho para no oír las sirenas. Ningún canto de sirena es bueno, todos son cantos de muerte. Vio que el bosque estaba poblado de sombras. Esa zona había sido el coto privado de los Reiss hasta que se prohibiera la caza deportiva. Allí estaba ella, una más del linaje. Historia no temía a la oscuridad, el recipiente de la luz. Temía a lo que acechaba en la oscuridad. Miedo con una pistola en la mano, miedo en los huesos.
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Lo que faltaba. Rod Reiss hecho una piltrafa y la condenada periodista revoloteando por el pueblo. A Erwin le estaba pasando factura, ya no dormía. Pasaba los días y las noches en el ayuntamiento. Para colmo de males, doña Úrsula Reiss había pregonado la idea de que su hijastra era la culpable de todo. Un caos, un desastre. Y el asunto de los huesos, ¡sin resolver!
Erwin practicaba su mejor virtud: mantener la poca compostura que le quedaba. Si le preguntaban, pedía calma. Los tipos de la Judicial ya estaban instalados y colaborando con Hannes. Solo ellos sabían que los huesos estaban gravados. Por supuesto, desconocían su consulta a Carla, que le dijo:
—Es enoquiano. Mira, esto es lo que pone. No lo leas en voz alta. Sé que no crees en estas cosas, pero no lo digas. Ya lo has visto. Dame el papel.
—¿Qué es esto, Carla?
—Un rezo, una alabanza. El padrenuestro de otro dios, Erwin.
—No sé qué pensar.
—Mira, Erwin, tu padre era un estudioso. Lo sabes, lo viste durante muchos años. Él sabía de estas cosas.
—¿Brujería?
—Te lo dije, y brujería mala.
—Una secta.
—Eres un hombre racional, Erwin, pero vienes a verme a menudo. Quieres ser un escéptico, pero los dos sabemos que un oso no se comió tu brazo.
—Carla, ¿qué es?
—Le he dicho a mi hijo que pensarías en algo lógico.
—No hay nada lógico en todo este asunto. Lo que me arrancó el brazo no era un oso, lo que mató al montañista no era un oso, lo que cuelga los huesos en el bosque no es un oso, ¡por Dios! Y ahora tenemos el asunto de Rod Reiss.
—Tienes que calmarte, Erwin. Deja que la policía haga su trabajo y mantén la boca cerrada. Si te preguntan por tu brazo, fue un oso; si te preguntan por el montañista, crees que fue un oso; si te preguntan por los huesos, un loco, una secta, lo que quieras.
—Solo quiero que me digas si es humano.
—Lo es y no lo es. Lee los documentos de tu padre, revisa su biblioteca. Piensa lo que quieras. La verdad existe, aunque no creas en ella.
Erwin hizo justamente eso. No paraba de leer; le llevaba horas entender la letra de su padre. Los libros eran de temas diversos. Había uno especialmente curioso: «Búsqueda de Hiperbórea, tierra de los felices», de R. Meyer. Le parecía una sarta de tonterías: continentes perdidos, dioses antiguos, hechicería. Otro libro, «Las llaves de plata», de K. Sokolov, le resultaba todavía más difícil de digerir. Sokolov había sido colega de su padre en la Miskatonic, especialista en textos bíblicos y lenguas arameas. Recordaba haberlo visto cuando era muy pequeño. No era un cualquiera, no era Von Däniken, no era Tsoukalos.
Los asuntos arcanos no eran su único quebradero de cabeza. El trajín en su despacho seguía. Dos días llevaba Historia Reiss sin aparecer y doña Úrsula insistía en que no era una desaparecida, sino una prófuga. Ha intentado matar a mi marido, gritaba. Todo el pueblo repetía, como un eco: ¡la hija rubia, la bastarda, ha intentado quitar de en medio a su padre, qué carácter! Nadie terminaba de creerlo: una chica tan bonita… ¿asesinado a su padre? ¡Tonterías! La sobrina del cura tampoco asomaba la cabeza. Al menos, Ilse Langnar estaba quietecita en su habitación del hostal, esa habitación donde los jóvenes fornican alegremente, decía el padre Nick.
Pero lo peor estaba por llegar. Soltó un libro para coger una llamada importante, una llamada que había esperado con desasosiego. Le confirmaron que los huesos de su brazo perdido también colgaron del ramaje.
…...
Chachache's back and she's cooler than ever!
En realidad, no, pero hay que ser positivos. Dos semanas en la universidad y ya no puedo más. No puedo más con los inútiles. Ahora os dejo y me voy a leer un manual del siglo XVI porque la vida es así.
Recuerden comentar, hacer spam, siempre con el porno fino por delante (es lo que vende) y no ir nunca a la universidad. Lean muchos libros. Serán todo lo que quieran y sabrán todo lo que deseen si leen muchos libros.
Hasta más ver, chiquis.
PD.: Creo que me estoy poniendo mala de la garganta por los putos cambios de tiempos jsjsjsjsjjs odio mi vida chau.
