CAPÍTULO DÉCIMO

El murciélago.

Ymir estaba en un banco de la iglesia, la cabeza entre las manos, el pelo velando sus lágrimas de desesperación. Nunca se la había visto allí; a algunos les sorprendía que la sobrina del cura supiera rezar. Rezaba como una condenada por Historia Reiss. Para el tercer día, todos creían que había logrado escaparse, que Úrsula Reiss decía la verdad y la chiquilla fue contra su padre. Lo cierto es que empezaron a tratar el asunto como un intento de homicidio, pero si alguien afirmaba no sentir simpatía por la jovencita rubia, estaría mintiendo: ¡sus motivos tendría para hacer lo que había hecho! El patriarca Reiss no era santo de la devoción de nadie; ni siquiera Samuel Ackerman, con el que mantenía algo parecido a la amistad, pondría la mano en el fuego por él. Visto desde fuera, podría resultar escandaloso que casi la totalidad de un pueblo tomase con tanta tranquilidad la desgracia de uno de los suyos. «No es uno de los nuestros», diría un vecino a Ilse Langnar. «Es un pijo, el hijo chico del déspota de Martin Reiss, que quiso expropiar a los vecinos del barrio norte para construir una refinería». Pero eso no era lo peor, no: cuando se habla de aristocracia, todo puede empeorar. Contaban las malas lenguas que Rod había matado a su hermano mayor, Uri, mientras cazaban en el coto por donde la bastarda echó a correr. Más que un rumor, era un hecho. Le pegó un tiro con la escopeta, un terrible accidente. Decían que Martin lo molió a palos antes de dolerse por la muerte del primogénito. «Y también lo cosió a palos cuando se prometió con la fulana aquella», decían los que se acordaban, «la Úrsula, sí, una pobretona. Estaba casada con Kenny Ackerman, pero engatusó al otro, al pijo, y claro, entonces los Ackerman eran pobres como ratas».

El pueblo siguió montando su mercado, sus puestos en la plaza. El bar estaba abierto. Si no estaba en la iglesia, Ymir estaba bebiendo en una punta de la barra. A esas alturas, era vox populi el noviazgo. El problema fue ese, que Frieda Reiss apareció en el bar llorando como una magdalena y las dos se pusieron a hablar. Al cabo de un rato, Flegel tuvo que agarrar a Ymir porque quería matarla, así lo dijo: ¡Te voy a matar! Y Frieda no se defendía, no. Jean y Marco se llevaron en volandas a Ymir, que no paraba de gritar. Razón no le faltaba. Rod se enteró de todo por culpa de Frieda, porque ella se lo dijo; y, por más que asegurase que su intención nunca fue hacer daño, sino interceder por su hermana, Ymir le gritó que no tenía derecho y que la mataría si a Historia le pasaba algo.

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Los secretos de los chupasangres fueron revelados a Tarif ibn Malik en el año 92 de la Hégira, cuando este guiaba los ejércitos musulmanes hacia la tierra de los godos. Allí pactó con el conde Julián y conoció a un sabio llamado Teodulfo, ducho en asuntos arcanos. Este le habló de hombres que se alimentaban de otros y vivían para siempre. Dichos secretos fueron luego recogidos por el árabe loco Abdul al-Hazred en el Kitab al-Azif, que Theodorus Philetas tradujo como Necronomicón.

De Vermis Mysteriis, Capítulo I.

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Su madre le dijo: «¡No puedes presentarte en casa de los Ackerman sin afeitarte!». Eren estaba contrariado: a Mikasa le gustaba su barba. ¿Por qué habría de molestar algo así? Y Carla enfureció porque los jóvenes, dijo, habéis perdido el sentido de la elegancia. Le planchó una camisa y le obligó a sacarle brillo a sus mejores zapatos, unos Oxford negros para ocasiones especiales que nunca llegaban. La escuchaba quejarse mientras se peinaba, gomina y raya a un lado. «Y recuerda tratar a la señora Ackerman como si fuera tu madre», decía, pero entonces cayó en la cuenta: «¡No, no la trates como si fuera yo! Trátala como si fuera la reina de Inglaterra, mi'jo. A ver, échame el aliento. Fresco, muy bien». Ni en Buckingham se tomaban tantos cuidados. ¿Qué podía salir mal? ¿Tan importante era ponerse o no corbata? Así es, asentía su madre: «Un hombre que no viste bien no puede esperar que lo traten bien. Eso decía tu abuela».

Pero partía con algunas ventajas. Samuel Ackerman le tenía en alta estima, solía saludarlo con alegría y le palmeaba la espalda con desenfadado compadreo, al igual que Kenny. El problema no eran ellos, sino los otros dos. Midori y Levi Ackerman. No es que les caigas mal, decía Mikasa, es que nadie les cae bien. Y a Eren le importaba un comino si lo aborrecían o lo consideraban un bueno para nada: no sería mejor o peor por ello. Ellos no determinaban su valía, nadie sino uno mismo puede determinar la valía propia. Les he hecho un bizcocho, comentó su madre, porque se conquista por el estómago.

—Espera, has metido un botón en el ojal equivocado. Así, ya está. Guapísimo, hijo. Guapísimo. Te pareces tanto a tu padre…

—A él le fue bien contigo. Espero tener su suerte.

Carla negó con la cabeza.

—A tu padre le costó meses agradar a mi madre, tu abuela, en gloria esté.

Eren haría un esfuerzo porque siempre es bueno caer en la gracia de los suegros. Se presentó donde los Ackerman a eso de las ocho. Levi abrió la puerta: tenía una fuerza arrebatadora en los ojos aparentemente muertos. Mi hermano no es la alegría de la huerta, decía Mikasa, pero olvidó decirle que tenía la capacidad de hacerlo sentir a uno como si fuese una garrapata.

—Ah, eres tú. ¿Qué es eso de ahí?

—Bizcocho.

—Ideal para acompañar el té. Muy bien, pasa. —Levi lo examinó de pies a cabeza—. Estoy sorprendido. Te consideraba poco menos que un desarrapado. Has superado mis expectativas. —Le estrechó la mano—. Cuelga la chaqueta. Ya sabes dónde está el comedor.

El primero en saludarlo fue Samuel, «llámame Sam», que le dio un cálido apretón de manos. Mikasa tenía los ademanes simples y desenfadados de su padre, pero cuando vio a Midori señorearse —en todos los sentidos de la palabra— supo a quién había salido su novia.

—Señora Ackerman —Y le dio un beso en la mejilla de porcelana—. Gracias por invitarme.

—Samuel y yo teníamos ganas. Kenny está preparando el asado. Espero que sea de tu agrado. Voy a llamar a mi hija.

Lo cierto es que la hija estaba mensajeándole: «Cuidado con Levi», «No hables de política con mi padre», «Me estoy vistiendo», «Ay, Eren, no estoy preparada psicológicamente». Aguantó la risa cuando la vio bajar por las escaleras escoltada por su madre, que habría subido para dar el visto bueno a la blusa negra de cuello en V. Se debatía entre ir y darle un beso o quedarse en el sitio y sonreír. Salió Kenny con la bandeja de asado.

—Aderezado con un poquito de ron. Chico Jaeger, me alegro de verte por aquí. Sentad el culo. ¡Levi, trae el vino!

La cosa va bien, pensó Eren. Y el asado está buenísimo. Oyó a Midori carraspear y se preparó para las preguntas típicas, a qué te dedicas, cómo empezasteis a salir, pero no recibió ninguna pregunta.

—Es la primera vez que tenemos una cena de este cariz —Midori llenó su copa—. Mi hija dice que eres un buen chico y parece cierto. Mi marido y mi cuñado están encantados contigo. Mi hijo cree que los hay mejores, pero le agradas. Por mi parte, Eren, desconfío de todos los hombres que entran a la vida de mi hija. Espero que lo comprendas.

—Lo comprendo. Hace usted bien.

—Me gustaría saber qué eres exactamente para mi hija. Es algo que me intriga. Creo que eres una aventura de verano y que le romperás el corazón.

—Mamá, ¿crees que eso es apropiado? —Mikasa se indignó; estuvo a punto de abandonar la mesa, pero Eren tomó su mano.

—Es natural que piense eso —asintió—. Somos muy jóvenes, tenemos toda la vida por delante, los romances van y vienen. Le aseguro que no pretendo jugar con su hija. Mikasa me contó que usted y su marido ya se conocían con nuestra edad, ¿no es así?

—Teníamos diecinueve años, sí —recordó Samuel.

—Quizá crean que se trata de un amor juvenil, son libres de hacerlo, pero les diré algo. —Eren buscó las palabras—. Mis sentimientos por su hija son fuertes. La quiero y jamás le haría daño. Dentro de muchos años, me casaré con ella.

—Te ha cerrado la boca, cuñadita —Kenny disfrutaba de la situación mientras comía—. Qué valor, chico.

—Y qué cursilería —añadió Levi.

—Ya veremos —Midori se dio por satisfecha—. De momento, me gustaría que dejaseis de ir por ahí en esa maldita moto.

Y si la moto era un problema, no más moto. Cualquiera puede desnucarse en un accidente, dijo, porque los accidentes propenden a las parejas. Les daba un beneplácito que no necesitaban, pero resultaba tranquilizador. Samuel lo arrastró al jardín para tomar un whisky y alabó su arrojo, como si hubiese caminado sobre las brasas. Eren meditaba sobre lo dicho; aunque precipitado, fue fiel a la verdad. A ellos los unía un vínculo cuya forja resultaba desconocida, reinaba entre ellos un delicioso entendimiento, innato y preciso.

—Creo que mi hija es la persona a la que más quiero —comentaba Samuel—. Quiero a mi mujer, a mi hijo mayor, a mis hermanos, los quiero infinitamente, pero ella es mi debilidad. Nació tan pequeña y creció con tanto carácter. Seguro que te ha hablado mucho de nosotros, de que siempre estamos en el extranjero.

—Ella os quiere mucho.

—En el fondo, todos queremos estar con nuestra familia. Solo así estamos en casa. ¿Solo te queda tu madre, Eren?

—Sí.

—Extraordinaria mujer, al igual que tu abuela. ¿Sabes que tu abuela Catalina me salvó la vida? Mi madre se puso de parto, yo iba a nacer del revés, iba a ahogarme, pero tu abuela solucionó todo. Tu abuela me salvó a mí y tu madre salvó a mi hija. Las brujas de Shigansina. Yo sí creo en esas cosas, ¿sabes? Por mucho mundo que haya visto, esas cosas no se pierden. A mi mujer le disgusta que Mikasa pase tanto tiempo en casa de tu madre, pero yo le digo que no puede aprender nada malo allí.

Excepto por los dedos, pensó. Los dedos partiéndose, el sonido seco de los huesos, y el chillido. Prefería que la señora Ackerman atribuyera aquello a la moto que a la hechicería. Kenny salió a fumar —estaba terminantemente prohibido fumar dentro de la casa— y le dijo que Mikasa estaba esperándolo en la puerta. Eren fue y una mano lo arrastró del zaguán a la calle y una boca se posó sobre la suya, y no lo dejó mediar palabra. Mikasa le dijo que quería estar a solas con él. Caminar un rato. Aprovechó para desordenarle el pelo —«demasiado perfecto», le dijo— y decirle que Levi estaba encantado con el bizcocho, lo cual era una excelente noticia: hay que tener a las fieras bien alimentadas.

—¿Crees que le caigo bien a tu madre?

—No —respondió con rotundidad y se burló de su gesto contrariado—. No se le puede caer bien a mi madre. Puedes llegar a no caerle mal, eso sí. Ah, y ve a jugar al tenis con mi padre, lo está deseando.

Eren asintió, pero no estaba pensando en el tenis.

—¿Quieres pasar esta noche conmigo?

—Esta —asintió ella— y todas las demás.

Fueron a casa con la idea de encontrarla oscura y silenciosa. Carla se acostaba temprano y tenía un sueño profundo e inalterable. El camino de tierra se les hizo largo mientras se besuqueaban y jugaban y bailoteaban un vals. Estaban riéndose cuando vieron las luces encendidas. Eren abrió la puerta con cautela: eran casi las once y a su madre le gustaba irse a la cama antes de las diez porque necesitaba tiempo para los sueños lúcidos, decía. Al entrar, escuchó una voz de sobra conocida.

—Buenas noches, jóvenes —saludó Willy; estaba encendiéndose una pipa.

—El señor Tyburn y yo estamos trabajando —informó Carla.

—Ya sabéis que mis horarios son nocturnos.

—Ese es… —Mikasa lo miraba fijamente.

—El vampiro del bosque —dijo Eren—. ¿Qué haces aquí, Willy?

—Por insistencia de tu madre, me he visto obligado a salir de mi granja. Siente profundo odio por los vampiros, pero empezamos a entendernos. Pronto nos tutearemos. ¿Y quién eres tú, muchacha?

—Soy Mikasa. Un placer conocerle, señor vampiro. ¿Puedo hacerle una pregunta?

—Claro.

—¿Cómo funcionan sus colmillos? ¿Son retráctiles? ¿Le crecieron después de transformarse?

—Ah, el interés científico. Ya tendremos tiempo de hablar de ello.

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En el corazón de la lobreguez de un bosque viviente, donde vagan los espectros de evos pasados y el silencio se confunde con tranquilidad, los fundadores plantaron una semilla. Tres lunas después, había arraigado un tronco negro con un tacto muy distinto al de la madera. En torno al Árbol Negro, cuyas raíces asomaban del suelo y se movían como tentáculos, se reunieron los de alma bestial, hombres y mujeres de cuyos cuellos pendían idénticos medallones. La más vieja, que contaba ya cien años, se acercó al tronco y metió la mano por la grieta. El Árbol se la comió; las raíces se contorsionaron, celebraron la carne, la sangre y el tuétano. La vieja, que conocía el dolor, no chilló; y, mientras la sangre salía a chorros, pidió que le entregaran el libro envuelto en zalea y lo hizo pasar por el raja, pero las raíces se estremecieron de nuevo, ahora con pánico, y volvieron al interior de la tierra. La vieja pidió ahora el ídolo de piedra verde, el ídolo amorfo de Shigan, y también lo confinó. Todos escupieron al tronco y juraron desprecio eterno a su antiguo señor.

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Annie fue a la casa de los Ackerman y le dijeron que Mikasa estaba donde los Jaeger. Claro, ¡dónde iba a estar si no! La que decía que nunca se enamoraría, que estaría sola de por vida, que había perdido el interés por los hombres, esa misma andaba amaneciendo en brazos del novio después de revolcarse toda la noche. ¡Luego la criticaban a ella por desaparecer con Armin! This is what makes us girls. Fue entonces a lo de Sasha, pero Kaya le dijo que había salido con sus padres. Su tono lo decía todo. Los Braus atravesaban un mal momento. Al final, una chica solo puede confiar en su novio. Estuvo en casa de Armin un rato mientras este y su abuelo jugaban al Scrabble y comentaban la situación. A Annie le daba miedo, pero no lo dijo. ¿Es que era la única? ¿Es que a Armin no le aterrorizaba lo que leyeron, lo que Carla Jaeger les dijo? Se despidió de los Arlet y recaló en el Wonderland. Se llenaba a la hora del almuerzo. Ymir estaba en su sitio, la cara apoyada en la barra y un vaso en la mano. Muy temprano para beber, dijo Annie.

—Piérdete, Anna —respondió Ymir—, ¿Dónde están las otras dos?

—Una está follándose al novio y la otra… Bueno, Sasha no está bien. No eres la única con problemas serios en este pueblo.

—Estoy bien jodida.

—Ya lo veo. —Annie le quitó el vaso y lo olió; arrugó la boca—. ¿Flegel quiere matarte? Mírate, pareces una pordiosera. Voy a llamar al padre Nick ahora mismo.

Ymir se levantó y pateó el taburete, a lo que Flegel dio un grito. Veía en el mobiliario los brazos y piernas de quienes despertaban su rabia.

—Quiero hablar con los Reiss —dijo.

—Quieres pelearte con los Reiss. Todo el mundo sabe lo de Frieda.

—Estoy cansada, Annie. Nos conocemos desde niñas. Sabes cómo es Historia. Ella no le haría daño a nadie. Estoy segura de que fue un accidente. No es eso lo que me preocupa. ¿Dónde está? ¿Por qué no ha venido a mí? Yo no podría juzgarla, nunca lo haría. Mataría por ella. Y si no vuelve, Annie, te juro que me mataré. Podía haber huido a cualquier parte, pero tuvo que huir a los malditos bosques.

—Puede que ya esté muerta, como el montañista. Quizá la hayan deshuesado ya.

—¿Me vas a acompañar o no?

—¿A dónde piensas ir?

—Ya te lo he dicho. Voy a hablar con los Reiss. Sé que Rod está en casa, lo trajeron en helicóptero. Quiero saber qué pasó. Si nadie me lo dice, yo lo averiguaré.

Annie aceptó a regañadientes y la hizo prometer que no buscaría problemas, como si su palabra tuviera algún valor. Fueron a la mansión y no las dejaron pasar de la garita que custodiaba la entrada a la propiedad. Ymir empezaba a perder la paciencia; dijo que era la novia de Historia y pidió que llamasen a la señorita Frieda, la cual sabía todo y la dejaría entrar. Así fue. Las barreras subieron y se alejaron de la garita en la furgoneta destartalada de la banda. Annie pensaba en su padre, que había trabajado en la construcción de la casa tras demoler la antigua, donde los fantasmas de Martin y Uri acechaban en cada corredor. Frieda las esperaba en la puerta. ¡Qué valor presentarse sola ante Ymir! Sorprendentemente, ambas se saludaron e Ymir expresó algo parecido a una disculpa.

—¿Tus padres saben que estoy aquí?

—Sí.

Frieda miró a Annie.

—Tú eres otra de las amigas de mi hermana.

—Le he pedido que me acompañe —intervino la baterista.

—Pasad.

Annie esperaba gritos e imaginaba el semblante furibundo de doña Úrsula, pero nada de eso sucedió. Ymir y Frieda se encerraron en el despacho, donde aguardaban los padres. Annie se quedó sola; rechazó un té de la asistenta y salió al jardín. Caminó hasta cruzarlo, hasta plantarse frente al viejo coto de caza. Le gustaría que Historia apareciese, que saliese incólume de la maleza. Idiota, pensaba Annie, ¡maldita idiota! ¡Te has metido en la boca del lobo! Y lo repitió mientras se adentraba y creía ver una cabellera rubia moverse entre los árboles. ¡Qué estúpida! Retrocedió, corrió de nuevo hacia la casa y no miró atrás. No quería verlo. La empleada la vio toda sudada y le dijo que la señorita Ymir estaba en la puerta. La encontró taciturna y preguntó. Sube a la furgoneta, fue lo que contestó. Salieron de la propiedad; mientras el vigilante se convertía en un borrón en el espejo retrovisor, Ymir apretaba el volante con fuerza.

—Tuvieron una pelea —dijo— por mí. El viejo dice que Historia lo empujó escaleras abajo. No me creo nada, ¡nada! Mi Historia jamás lo haría. Seguro que el viejo se puso violento y ella se defendió.

—¿Y Úrsula?

—Esa mujer es mala. Mala de verdad. No le importa si aparece o no. Solo a Frieda le importa.

—Quizá sería mejor que no apareciese.

—¿Qué estás diciendo?

—Piensa, Ymir. Sabes que tu novia no es tonta. Cualquiera que la vea llamará a la policía. El último sitio al que volvería es a esa casa.

—Los inútiles de la policía y los voluntarios están buscando debajo de cada piedra, ¡y nada! Son unos putísimos inútiles. Volveré a buscar por mi cuenta. ¿Dónde está, Annie?

—Creo que sigue en el bosque.

A Ymir le temblaba la barbilla; estaba a punto de llorar. Detuvo la furgoneta a un lado del camino y Annie escuchó el llanto desconsolado de quienes no lloran nunca.

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Era un murciélago. Revoloteaba alrededor de su cabeza e Historia dio manotazos al aire, pero la insistencia del animalillo aumentaba. Le aleteó en la cara e hizo esos sonidos de su especie; no, ultrasonidos, pensó Historia. El murciélago insistía, el murciélago lleva insistiendo desde sus comienzos: es el único mamífero con licencia para volar. Se colgaba de las ramas, la esperaba. Ella lo siguió a toda prisa. Una chica que corría en mitad de la noche a través del bosque tras el halo de un murciélago, pistola en ristre. Perseguida y perseguidora.

Vio la cabaña. Ya despuntaba el alba. Salió del trance: había seguido al murciélago durante horas. Ahora lo vio acercarse a la puerta y colgarse del brazo del hombre rubio, que le hizo carantoñas y lo echó a volar otra vez. El extraño domador de murciélagos le hizo un gesto e Historia se acercó, pero se dio cuenta de algo: ¡la pistola seguía en su mano! La soltó como una brasa caliente y el hombre rubio se echó a reír.

—¿A quién has matado?

—A mi padre —dijo—, pero creo que no está muerto y no he usado esa pistola. La quería para pegarme un tiro.

—Un tiro es lo más agradable que puedes encontrar en estos bosques, Historia. Menos mal que mi pequeñín te encontró.

—Nunca he visto un murciélago adiestrado.

—No está adiestrado. Somos amigos. —El morador de la cabaña alzó la mano sobre su cara, molesto por el primer sol del día—. Es mejor que pases, señorita. Lo has sentido, ¿verdad? Al que acecha en la oscuridad.

—Lo he notado —admitió Historia; el miedo constreñía su pecho. No estaba segura de lo que veía; le parecía que el cuerpo del hombre se volvía traslúcido—. ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres?

—Un ermitaño, nada más. Mis murciélagos oyen todo y me lo cuentan. Tú eres Historia Reiss, como tu abuela.

Entró tras de él y se detuvo a ver el altar a la Virgen, la devoción con que el rostro de la Madre fue tallado, la dignidad de su egregia figura entre velas, flores e inciensos. Era lo primero que veía un visitante. El hombre hizo una reverencia y ella, que no estaba segura de sus creencias, atinó a persignarse, como alcanzada por aquella Virgen del Bosque, felicísima por verla después de una noche inexplicable.

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Eren cogió un imperdible, lo abrió y se hizo una pequeña herida en la yema del dedo pulgar. Lo apretó y la gota cayó sobre el ala rota del gorrión. Mikasa lo sostuvo hasta que las alas volvieron a batirse entre sus manos y tuvo que lanzarlo hacia arriba, al cielo límpido de la mañana. Lo siguió embelesada en su vuelo. Bribón lo había llevado a ellos entre las fauces; apareció con el pajarito herido y saltó sobre la cama cuando aún dormían. Lo hacía a menudo y no solo con pájaros, sino con saltamontes, ratones o culebras. Ese gato no tenía interés en cazar y, en ocasiones, Carla lo regañaba por colar a sus «amigos» en la casa.

—Mira —señaló Eren—, vuelve con su bandada.

—¡Y cómo vuela! Como si el ala nunca hubiese estado rota.

—Espero que tenga más cuidado. Bribón no podrá rescatarlo otra vez. —El gato rozaba su pierna con la gracia propia de los suyos. Eren lo cogió en brazos—. Creo que necesitas un amigo de tu raza.

—O una novia.

—¿Le buscamos una gata?

—Ni hablar —gritó Carla desde el comedor—. ¡Ya tengo suficientes animales en esta casa!

—¿Has oído eso, Bribón? Vamos a buscarte una novia, chiquitín. —El gato tocó la cara de su dueño—. Y la llamaremos Pícara.

—¡Eren Jaeger, ni se te ocurra!

Mikasa asintió. Le gustaba el nombre. El gato empezaba a agitarse; ella lo tomó y volvió a ronronear. ¡El maldito gato!

—Eres un capullo, Bribón —dijo Eren.

—Oye, no lo juzgues. Tiene tus gustos.

—Desde luego.

Estaban desayunando cuando alguien llamó a la puerta. Se trataba de Ilse Langnar, que traía su cuadernito para anotar; venía en calidad de periodista. Carla la dejó pasar e Ilse se sorprendió. Los chicos del hostal, dijo, y aceptó tomar un café. Quería comentarles algo. Agradeció a Carla por su tiempo, que, en honor a la verdad, no creía capaz de conseguir, no después de que rechazase hablar con ella años atrás. Porque querías hablar de mi difunto marido, dijo Carla, y yo no hablo de mi difunto marido con extraños. Esta vez era distinto, no tenía relación alguna con el señor Jaeger. Quería hablar de su oficio brujeril. Hasta el alcalde dice acudir a usted para aliviar las molestias de su brazo fantasma, dijo, a lo que Carla respondió que se trataba de ciencia, que ese asunto no tenía nada de sobrenatural y se ofreció a mostrarle la caja de Ramanchandran. Ilse revisó sus notas y miró a Mikasa, la misma Mikasa a la que, según le dijeron, la viuda de Jaeger salvó de la muerte a inicios del verano. Se ahogaba, sí, reconoció la mujer, ¡llegó aquí con la cara azul!

—¿Cómo es posible que alguien sin formación médica solucionase una crisis asmática?

—Pues porque soy bruja, ya lo sabes. Conozco procedimientos que ningún médico practicaría, y mírala, aquí la tienes, lozana y fresca, como un bebé recién parido.

—Quiero entender —insistía Ilse—. He estado hablando con curanderos, santeros y hechiceros de todo el mundo. Algunos son estafadores, pero otros aseguran lo mismo que usted, que manejan métodos fuera de lo convencional. ¿Cuál es ese método?

—Pero, niña, ¡lo quieres meter todo en un mismo cajón! No todas las enfermedades tienen su remedio y el remedio es distinto para cada una. Hay plagas del cuerpo y plagas del alma.

—¿Qué son esas plagas del alma?

—El mal de ojo, por ejemplo. Puede consumirte hasta los huesos. Cuántos se han muerto por un mal de ojo, por incrédulos. Y esa es una maldición humana, así que es fácil de levantar. El problema son los otros, los que viven con nosotros sin ser vistos.

—Habla de fantasmas.

—Los fantasmas no son más que ecos, no pueden hacer daño. Piensas en fantasmas porque alguna vez estuvieron vivos y fueron como nosotros, es decir, insignificantes, pero los otros ni son como nosotros ni nos entienden, ni cuidan de nosotros ni su único cometido es destruirnos: si tienen hambre, nos cazan; si se aburren, nos obligan a interpretar el papel que ellos quieran, a bailar como estúpidos, a hacerles loas. Y cuando se alimentan de alguien o les entra un capricho, es muy difícil expulsarlos. Algunos están encaprichados con la humanidad.

—¿Posesiones?

—Invasiones, más bien.

—¿Qué son?

Carla estudió el rostro de la periodista y la mano de esta, que escribía maquinalmente, tembló.

—El primero existe desde antes del principio. Es anterior a la brecha de la que brotó el cosmos. Una brecha abierta por el mismísimo Caos Durmiente. Luego aparecieron muchos otros, antiquísimos e innombrables. Si uno así lo quisiera, acabaría con todo en este instante.

—Pude leer el Necronomicón durante mis viajes por oriente. Leí algo parecido a lo que dice, tan repugnante, tan…

—Tan verdadero. Imagino que no crees nada de lo que digo; no lo juzgo. Debes saber que esto no es hechicería ni brujería, sino un conocimiento más antiguo que los eones. En ocasiones, es mejor no creer. Espero que hayas escrito todo.

La periodista se despidió después de algunas aclaraciones y Carla la compadeció por adentrarse en senderos tan aciagos. Las hijas de la Perra Negra podían permitirse hablar de aquellos asuntos —se protegían con el Símbolo Arcano— y no fueron pocos los saberes que aprendieron, pero estos fueron pasto de la destrucción y el saqueo en Alejandría y Pérgamo. Iván IV el Terrible logró reunir una amplia colección de obras a la que nadie más pudo acceder tras su muerte. Saberes que horrorizaron al docto Asurbanipal en Nínive y que el emperador Joviano trató de reducir a cenizas junto a la biblioteca de Antioquía. Abdul al-Hazred leyó los secretos y de ellos nutrió su Necronomicón antes de morir despedazado por invisibles zarpas en mitad de un zoco. No, Ilse Langnar no conocía la peligrosidad de los saberes antiguos. Con ellos se puede curar un ataque de asma o una migraña, pero también se puede enloquecer; se puede, por voluntad suicida o error fatal, llamar a los que están en todas partes y en ningún sitio otra vez, a Shigan, a Nyarlathotep, a cualquier monstruoso cortesano del Caos Nuclear que los flautistas adormecen con su incomprensible melodía.

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Es común que un strigam admita sin apuro su naturaleza y se jacte de ella, pues ¿qué recelo u ocultación debería pretender un individuo que goza del mayor de los dones, la inmortalidad?

De Vermis Mysteriis, Capítulo I.

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He vuelto y necesito que me toque la lotería. Nací rica, pero atrapá en un cuerpo de pobre. Llevo solo un mes de clase y necesito un descanso. Si es que ya me lo digo yo a menudo: L, solo estás pa las finales; L, búscate un marido rico.

Estic agonizando.

Yendo al tema, ¿qué os ha parecido? Comenten, que lo leo todo y, a veces, hasta contesto.

Ténganme presente en sus oraciones.