Los personajes no me pertenecen, son obra de Masashi Kishimoto.


La fábula de la doncella y el caballero de los Uchihas.

Montado en su corcel, negro y reluciente como brasas al fuego, iba el caballero Sasuke Uchiha. El de hermosa mirada y rostro que no se podía olvidar una vez lo mirabas. Un rostro que hacía suspirar a princesas y que era la ruina de las damiselas.

Adentróse en un bosque de especial densura, oscuro a veces, pero eso no le hacía temer al gran caballero. Diríase que a nada temía y que de nada escapaba y eso cantaban los trovadores y juglares por el mundo. Así que sin temor y sin saber lo que se avecinaba, continuó avanzando con su gallardo corcel.

Las hojas de los árboles le rozaban con suavidad el rostro, la brisa del atardecer de ese día claro jugaba con sus cabellos, y el silencio se hacía cada vez más hondo, cada vez más espeso, pero el caballero no podía retornar. No podía dar marcha atrás, el bosque lo llamaba, como si de un encantamiento se tratara.

No podía saber.

Hay ciertas cosas contra las que no se puede luchar.

De pronto, varias aves volaron desde un árbol, en desorganizada desbandada, asustando al corcel y haciendo que extraviara el camino. Se hizo la oscuridad de pronto y el caballero se preguntó en qué momento el tiempo había cambiado, pero decidió continuar con su marcha, aún sin miedo. Tenía una espada y tenía la gallardía de mil hombres.


Un claro del bosque apareció tras una larga marcha, oyó el suave transcurrir de un río y decidió hacia allá encaminar sus pasos. Azuzó al corcel y éste, obediente, pero soberbio, se dirigió a aquel claro.

Silencio.

El silencio era extraño.

Se oía un ruido muy quedo, casi imperceptible. Como si el tiempo estuviese detenido. Pero aún así, reinaba el silencio.

La claridad se hacía cada vez mayor y grande fue la sorpresa del caballero al encontrar a una doncella sentada sobre la hierba, con un unicornio en el regazo. Estaba dormida, vestida de terciopelo color del vino y el largo cabello lo llevaba trenzado. Tenía flores y hojas enredadas en él, como si ella llevase siglos en aquel lugar. Como si el tiempo no existiera y ella desde siempre hubiese estado.

La belleza de su rostro, la tez clara y dulce de rasgos, impactó al caballero al punto que se sintió sin palabras. Ella no reaccionó cuando descendió de su caballo y caminó hacia ella, pensando que era el ser más hermoso que sus ojos habían visto.

Él, que había visto a princesas y reinas, doncellas mágicas, de perturbadora belleza, no había visto algo igual. ¿Acaso era mujer de este mundo? Se preguntó aún mudo, soltando las riendas de su corcel y caminando hacia aquella mujer que podría trastornar a los trovadores del mundo.

A su alrededor crecían felices flores que nunca había observado sobre la tierra. Ni siquiera en sus viajes a lejanos rincones, ni lugares recorridos en su infancia, todo lo que rodeaba a aquel ser era nuevo ante sus ojos.


El unicornio fue quien alzó la cabeza y lo miró directamente. Ciertamente el caballero podría jurar que fue la mirada más prístina que había observado alguna vez. Notó como no dejaba a la doncella que seguía sumida en un sueño de siglos.

Sin pensar.

Sin imaginar.

El animal siguió mirando, como si le preguntase mudamente sus intenciones. El caballero seguía impactado ante lo que veía, las historias que le contaban sus amas se mostraban ante sus ojos. Como si aquello fuese real, pero a la vez, imposible de ser.

- Ciertamente, valeroso unicornio, eres el animal más bello que he podido admirar. Y la doncella que cuidas, la mujer más hermosa de esta tierra. De ello puedo dar fe.

Al decir aquellas palabras, la doncella abrió lentamente los ojos, primero con la cabeza gacha, pero a medida que sus ojos se abrían, su cabeza se levantaba también. Y fue ahí, cuando el caballero supo que estaba perdido de antemano. Todo lo que creía cierto, en aquel momento se extravió en los vericuetos de su mente y lo único en que podía pensar en que la belleza de aquella doncella no podía ser real.

Esos ojos.

Esos ojos color de cielo de invierno.

Lo miró con tanta dulzura, que se preguntó si estaba muerto en realidad, pero el soplo del viento, el cantar del agua, el movimiento de las hojas, el murmullo de las flores de otro mundo, todo le indicó que estaba viviendo un momento real. Pero el caballero no sentía miedo en absoluto, porque su mirada estaba perdida en las facciones perfectas de la doncella.

Una doncella escapada de un cuento.

De pronto, se dio cuenta de que su voz se había ido, tal vez ella se la había arrebatado.

- Saludos, valeroso caballero.

Aquella voz era más dulce que la miel de oriente. Más suave que la seda que usaban las reinas del mundo. Más hermosa incluso que su propio rostro, que no era posible ser de este mundo. No se había dado cuenta, pero había caído de rodillas frente a ella, como si de pronto hubiese encontrado un dios al cual adorar, porque pensó por un instante de lucidez que podría quedarse mirando a aquel ser etéreo por una eternidad. Ya no le importaba retornar a su vida.

Ella sonrió, y su sonrisa iluminó aquel claro perdido en el bosque.


- ¿Estás perdido? Este bosque no suele recibir caballeros.

La doncella acariciaba la cabeza del unicornio, quién se encontraba recostado sobre su regazo, como si ese fuese su lugar en el mundo. De pronto el caballero sintió la necesidad de cambiar de lugar, de rogar que fuera su cabeza la que ella acariciara, pero sabía dentro de sí que no podía pedirle algo así a una virgen doncella.

- Sí, estoy absolutamente perdido. Creo que no podré salir de este bosque, doncella.

Y el viento pareció llevarse aquellas últimas palabras como en un susurro.

La doncella le dio unas palmaditas al unicornio y éste se levantó despacio y se alejó unos metros de aquella mujer. Ella miró a los ojos del caballero, negros como un abismo y levantó una mano hacia él. Pero el gesto no era para que la ayudara a levantarse, porque la doncella pertenecía a aquel lugar.

Ella pertenecía a aquel bosque y el caballero lo sabía.

Pero el caballero abandonóse a sí mismo, y tomando la mano de aquella doncella, se acercó trémulo y posó su cabeza en aquel regazo.

- ¿Cuál es tu nombre, hermosa doncella? – pudo murmurar antes de cerrar los ojos y sentir que bien valía cambiar la eternidad por un solo instante en el regazo de la doncella, sintiendo como sus delicados dedos se entrelazaban con su pelo.

- Me han llamado Hinata, caballero Uchiha.

No le sorprendió que ella supiera quién era, ni quién sería. No le sorprendió sentir que había encontrado la ruina de sus días, pero ya nada importaba si podía estar en ese regazo, en aquel claro, con el canto del agua, entre extrañas flores y las manos más bellas de la creación.

No notó, tampoco, como el unicornio comenzó a perderse entre la densidad de ese bosque, como si hubiese estado esperando que otro tomase su lugar.

La doncella comenzó a cantar, con suavidad y tono bajo, en lengua que no conocía, extraña, que no era de oriente, ni siquiera que hubiese oído en la tierra. Era una lengua que en aquellos hermosos labios se oía como el canto más bello, como si ángeles hubiesen decidido darle a la humanidad la posibilidad de escuchar sus cánticos.

No sabía el caballero que la doncella cantaba como ahora era su prisionero y estaría en su regazo hasta el fin de los días, que lo había esperado por siglos y que ahora los dos dormirían en aquel claro de bosque que estaba prohibido para el resto de los mortales. Ahora, era la morada de ambos, por los años que le quedaba a toda la existencia, pero nada de eso pensó el caballero con una sonrisa perdida en los labios.

Y ella, comenzó a cerrar sus ojos con lentitud, aun cantando en lengua extraña y antigua, que había encontrado a su hermoso caballero.


Hola.

Es un vano intento de ser una especie de cuento de hadas o algo así, pero resultó en esto.

Saludos!