A la necesidad de ser precisos en cada una de sus jugadas, se le sumó un nuevo obstáculo, aparte del tiempo. Su instinto no había fallado, algo iba a salir mal y así fue; el explosivo de Raines no sólo se llevó a parte de sus mamíferos y el mejor equipo antibombas con el que podían disponer, sino además una parte de su esperanza. Tenía que mover los hilos con cuidado.

Steppefurd huyó sabiendo cómo localizar a Raines, igual que Viktor, que en cambio iría a por su hermano siguiendo su intuición; si llegaban a la vulpina, que llevaba consigo un rastreador, darían con el felino sin mucho lío. Con Wilde, Savage y la mapache yendo en camino, podía ganar tiempo para dividir sus propias fuerzas y enviar un grupo de apoyo hacia ellos, con una o dos ambulancias por si acaso, y otro grupo a donde fuera que estuviera el explosivo. Para esto último había mandado a llamar a Hopps y Rogers, que estaban con él, para acercarlo a hacia ella. Estaría protegido a su lado, en tanto le ayudaba a localizar la bomba hackeando las cámaras de la ciudad.

Al cabo de un par de minutos, coneja y jabalí llegaron, escoltadas por un grupo de cuatro oficiales. Junto con ellos, también estaba Andrew, a quien no le causó gracia volver al campo de batalla a medio camino de su refugio. El zorro se metió a una van donde ella lo acompañaría más adelante, primero debía hablar con los mamíferos a su cargo.

—¿Cómo estás de tu pata, Rogers? — preguntó Haggard con firmeza, tanto así que la jabalí fue tomada por sorpresa.

—Yo… Bien, creo que si me quitan la bala estaré bien. —Judy dio un paso al frente luego de la respuesta de su amiga.

—Jefa Haggard, Nancy no está en condiciones de seguir luchando, a duras penas puede caminar. —La loba le dirigió una breve mirada a la coneja y luego volvió a fijar sus ojos en la jabalí.

—Necesito que acompañes al segundo equipo antibombas, no son parte de mi grupo, por lo que no podemos confiar de ellos en forma ciega. Buscaré a otros oficiales que te acompañen, también hay un equipo del ZBI en camino —explicó Haggard—. En cuanto a ti, Hopps, irás a por Raines, vas a estar acompañada de varios de tus compañeros de siempre. Creo que él y Steppefurd van al mismo lugar, a medida que logre trazar una ruta con Andrew, en base a lo que veamos en las cámaras de la ciudad, recibirás más indicaciones. —Al terminar con las bases de sus próximos movimientos, Kate les dio la espalda para encaminarse hacia la van donde estaba Andrew.

—Jefa Haggard —exclamó Judy para llamarle la atención. Sabía que la loba era fría y movía los hilos como nadie, pero llevar a Nancy a cualquier lado era condenarla. Además, si iban otros oficiales, tampoco era necesaria allí.

—No acepto desacatos y menos en esta situación, Hopps, si quieres discutir algo será cuando terminemos con esto —indicó Haggard sin siquiera elevar el tono de voz, situación en donde Bogo anteriormente la habría mandado al carajo.

—Sólo está de pie porque hace equilibrio con su pata sana. Tiene varios mamíferos con los cuales reemplazarla, está actuando…

—Con la máxima cautela posible. —Haggard volteó para ver a Judy, no se veía enojada, pero sí cargaba con cierto fastidio—. Sólo tú y el grupo de Wilde tienen línea directa conmigo por haber estado aquí desde el comienzo de todo, o en el caso de tu amiga por recomendación, por la confianza que tú dijiste que le podemos tener. Entonces, si tengo que evitar que una bomba destruya gran parte de la ciudad, a la vez que tengo que atrapar a un grupo de mamíferos de lo más peligroso, sólo tendré éxito si pongo en la cabeza de cualquier equipo a uno de ustedes, porque sé que no me van a traicionar ni se venderán al mejor postor. —Haggard inclinó su cuerpo hacia adelante para verla más de cerca—. ¿Quieres que envíe a Fowler con una bala en su pecho? ¿A Garraza? ¿A Andrew? O quizás prefieras que movamos una montaña de rocas para buscar a Clarke.

—Todavía están los oficiales del recinto uno y el tres, que eran hasta hace poco sus mamíferos de mayor confianza —respondió Judy sin dejarse intimidar—. Así como también está usted. Bogo no tenía miedo de ocupar nuestro lugar —Haggard sonrió.

—Confío en mis oficiales lo suficiente como para que estén aquí, pero la diferencia radica en otro lugar: ninguno de ellos sabe de la existencia de la declaración, de la verdadera identidad de Andrew, de nuestro trato con Viktor o que Skye sigue viva. Quizás terminen sabiendo que trabajamos con Langley o que nuestra amiga vulpina está detrás de la Hermandad, pero eso es más fácil de esconder o adecuar a nuestro relato. —Judy abrió los ojos de par en par al ver lo que estaba sucediendo.

—Quieres proteger tu red de contactos…

—Proteger nuestros recursos, aliados y convenios es importante, es lo que nos está permitiendo estar a la altura de esta situación. —Haggard erigió el tronco para retomar su postura y se dispuso a seguir caminando, pero Judy insistió.

—Sacrificar a los tuyos para mantener tus recursos no dista de lo que alguien de la Hermandad haría. —La loba volteó a verla, ahora con evidente molestia—. Todavía puedes tomar cartas en el asunto, hacer como Bogo.

—Si un director de orquesta cambia de lugar con un pianista, quizás pueda reemplazarlo, pero el pianista jamás tendrá su experiencia, liderazgo y capacidad para dirigir a todos los demás. —El ejemplo de Haggard calzaba perfecto, pero allí no había vidas en juego—. Bogo adoraba ir al frente a sabiendas que ese no era su lugar y así terminó, adentro de un cajón y dejándonos pendiente todo este trabajo. Lo aprecio como el gran amigo que fue, pero soy más inteligente que él, lo suficiente como para saber cuándo luchar y cuándo liderar a distancia. —Antes de retirarse de forma definitiva, Haggard observó de reojo a Nancy, que estaba atenta a la situación pero parecía no escuchar lo que decían—. Y si la próxima vez no quieres exponer a tu amiga, no pidas traerla a este lugar, sólo estoy contando con ella porque tú lo pediste.

Judy se quedaría atónita al escuchar la recriminación de la loba. ¿Era esa su verdadera faceta? ¿Su auténtica forma de pensar? Desde el primer momento se mostró como alguien fría y un poco distante, pero esto era muy diferente. Ellos no le importaban, eran sus herramientas, sus recursos, al igual que su red de contactos. Si tuviese que apostar, Drew, Nick, Jack y Langley se verían de algún modo conectados a ella y no por voluntad propia en un futuro no tan distante. Skye no era fácil de controlar, pero sí de algún modo lograba convencerla con algún discurso vinculado a la Hermandad tendría también una nueva aliada.

La confianza que había depositado en Haggard comenzó a decrecer a cada paso que daba en dirección a Drew, con su aura gélida envolviéndola. Intentó dejar de pensar en eso, no podían lidiar con tantos problemas a la vez, lo dejaría para hablarlo luego con el resto del grupo. Antes de volver con Nancy, le dio un último vistazo de reojo a la loba, que se había frenado a medio camino para tomar su radio.


. . . . . . . . . .

Skye no se desvió de su camino en ningún momento ni dio vueltas sin sentido, nunca se percató del rastreador que le colocó Jack. Mientras observaban cómo la vulpina se dirigía al Distrito Forestal a toda prisa, Langley seguía conduciendo a toda velocidad y el par de machos guardaban silencio, encerrándose en sus propias ideas para cuando llegara el momento de actuar.

Para Nick no había grises: debían ir donde Skye los guiara y acabar con todos los que intentaran entorpecerlo. No sabía qué hacer con la zorra en cuanto se la encontraran, era la salvadora de su primo al fin y al cabo, pero no dudaría ni un solo segundo en dispararle si hiciera falta. Los rencores eran demasiados como para pensar con claridad, al igual que con Arcagma.

En la vereda opuesta, el conejo a rayas buscaba la salvación de su compañera a como dé lugar. Sus intenciones quedaron claras con el tiempo y no parecía ser capaz de quitarse la idea de gobernar la Hermandad. En el peor de los casos iban a enfrentarla, reducirla físicamente y luego enviarla a prisión, oyendo sus insultos y reclamos. Se sentía capaz de luchar de ser necesario, en tanto nadie pusiera en riesgo su vida; podía renunciar a ella, podía aceptar que lo odiara por oponerse, pero no podría soportar que muera una vez más.

—¿Sigues pensando en ella? —Jack no respondió la pregunta de Nick, era más que obvio que lo hacía—. Siendo sincero, no sé qué haría si Judy y Skye cambiaran lugares, así que dar consejos no es mi fuerte en este caso…

—No tienes por qué dármelos, Nick, sé muy bien quién es Skye y qué es lo que quiere, estoy intentando mentalizarme nada más —explicó el lagomorfo—. Pero lo agradezco de igual forma. —El vulpino sonrió en respuesta. Luego de unos segundos de silencio, Jack retomó la palabra—. Nunca pudo dejar atrás su pasado, luego de perder a su familia. Que ahora ella pueda tener en sus garras el legado que le pertenece no me parece poca cosa, pero si debo poner en la balanza el bienestar de tantos mamíferos contra sus deseos… No es fácil, pero sé qué es lo correcto.

—Puedo entender eso, Jack, pero la verdadera pregunta aquí es qué prefieres tú. ¿Lo correcto? ¿O a quien amas? —Jack se tomó un momento, pero Langley se metería en la conversación.

—No lo molestes, Nick, todos aquí sabemos cómo es la situación —señaló la mapache—. Me caes bien, Jack, si tuviera que arriesgar mi vida por ti lo haría porque eres un mamífero que lo vale; dicho esto, a la primera que Skye intente interponerse o se muestre agresiva, no le tendré paciencia, así como Nick tampoco. Entiendo tu situación, pero nosotros estamos aquí para cumplir un trabajo del cual Skye se desligó.

—Gracias por lo primero, Sarah, aunque en lo segundo sólo pido un poco de piedad. Si no es por ella, al menos por mí. —Todos guardaron silencio, no habría modo de evitar la fricción entre ellos si algo pasaba. Quizás lo mejor para todos es que Jack no estuviera presente, pero perderían uno de sus mejores combatientes—. Cuando descubra que no tiene la declaración verdadera, se va a cabrear en verdad. Les recomiendo cautela, de por sí es agresiva, pero el último tiempo se ha vuelto también irracional.

—Si quieres que le tengamos piedad, no estás haciendo un buen trabajo compañero. —Nick palmeó su espalda—. Tendremos a Raines también presente, de seguro a Mycroft, miembros de la Hermandad, quizás ni siquiera tengamos tiempo para ella —sugirió el vulpino para tranquilizarlo, aunque creía todo lo contrario.

—Tiene que tener un plan, si sabe a dónde están yendo es porque ya ideó algo, no concibo otra opción.

—¿Y si le preguntas? —La pregunta de Sarah lo dejó sin palabras. ¿Hablarle en ese preciso momento?—. Quizás puedas tranquilizarla, pedirle cooperación, si alguien puede hacerla entrar en razón ese eres tú.

—¿Y qué le digo? Sabe muy bien que no aprobamos sus objetivos con los Lirios, me mandará al carajo —argumentó Jack.

—Quizás la idea de Sarah no sea tan descabellada, no perdemos nada con intentarlo, a lo sumo corta la llamada.

El lagomorfo bufó, miró a través de la ventana y al cabo de unos segundos buscó su teléfono. Se quedó mirando la pantalla, esperando a sentirse listo, pero sabía que ese momento nunca llegaría. Desbloqueó su teléfono, buscó el contacto de Skye y su cuerpo ya no respondió. Ver su foto de perfil, donde sonreía con total ternura, fue un puñal directo a sus memorias.

Tomó aire, intentó calmarse y buscó vencer a su mente en blanco y dedos rígidos, tenía que hacer un último intento para salvarla de sí misma. Pulsó el botón de llamar sobre la interfaz de su pantalla y puso el altavoz; los demás oirían todo y eso los haría parte, era una forma de no enfrentarla solo. Al cabo de varios tonos, la vulpina atendió.

—Sabes que no es buen momento —exclamó cortante, como en el último tiempo—. No estás solo, ¿verdad?

—Eso no importa siendo que soy yo quien te habla —respondió Jack, casi en el mismo tono—. Quiero, o más bien necesito ayudarte Skye, no me dejes a un lado.

—Lo siento, Jack, confío en ti, pero no estás rodeado de mamíferos que me quieran ver donde quiero estar. —El conejo se quedó callado—. Aprecio mucho lo que has hecho por mí, también que me llames para intentar cuidarme, pero es algo que tengo que hacer y no puedo arriesgarme con nada.

—¿Hay alguna forma en la que te pueda ayudar? —consultó, ya resignado.

—Evita venir hasta aquí, detenlos a todos, no iré sola así que estaré bien. —Nick frenó a Jack antes de que él retomara la palabra.

—¿Sabes al menos que la bomba sigue ahí y todos moriremos si provocas a Raines? —La vulpina se quedó en silencio, no sabía si era una artimaña de Nick o una verdadera amenaza.

—¿Eso es cierto, Jack? —preguntó, dejando ver que su confianza seguía estando depositada en él.

—Fue una trampa de Raines, le dio información falsa a Tora y el equipo antibombas fue asesinado por un explosivo más pequeño, los estaban esperando. —Todos se quedaron esperando una respuesta coherente de la vulpina, estaba obligada ahora a unir fuerzas para evitar el mal mayor.

—Espero que puedan encontrarla entonces —dijo para luego cortar la llamada.

La vulpina disminuyó la velocidad y lanzó su teléfono por la ventana, la llamada duró más de lo que había querido y podrían rastrearla. Intentó analizar los comentarios de Jack y Nick, pero su mente estaba muy nublada para atar cabos y considerar diferentes opciones. Tomaría la palabra de Jack como verdadera y alertaría a los osos polares para que se manejasen con recaudo; una vez que acorralaran a Raines, cualquier cosa podría pasar.


. . . . . . . . . .

El tinnitus era una constante insoportable. Podía aguantar el zumbido post disparo que quedaba en sus sensibles oídos, pero no había ser existente que tolerara algo como esa maldita molestia. Ni siquiera oía su voz pese a que tosía, ni nada a su alrededor, aunque sentía que piedras seguían cayendo a su lado. En lo que le supondría un esfuerzo inconmensurable, abrió los ojos y tomó una gran bocanada de aire.

La tos se agravó en cuanto el polvillo entró por su hocico. Necesitaba tanto el aire que no pensó en nada de lo que le rodeaba. Sus ojos también lloraban, se vio obligado a cerrarlos y frotarse. Lo que le rodeaba… Alzó sus orejas, tomó su arma y disparó contra alguien que venía de frente. El destello por poco le revienta un tímpano, pero logró acabar con su atacante, que cayó desplomado en el suelo después de un quejido.

Con el correr de los segundos recobró la compostura, pudo aclimatarse al ambiente y respirar tranquilo. Sus ojos le ardían, pero podía mantenerlos abiertos. Debía moverse cuanto antes, buscar una salida, no sabía cuántos enemigos quedaban vivos. Se apoyó sobre una de sus rodillas para ponerse de pie, pero cayó antes de siquiera intentarlo; un dolor que nunca antes había experimentado lo frenó. Su abdomen estaba teñido de su propia sangre, anclándolo al suelo.

Dirigió un vistazo a su alrededor para buscar ayuda, pero sus aliados huyeron. En parte se alegraba por ellos, en parte desearía cambiar de lugar con cualquiera de ellos… Quizás Jack no, pero los otros tres podrían pagar sus errores quedándose ahí dentro. Intentó alejar esa idea de su mente, no tenía sentido. Si moría ahí dentro, sería libre de rencores, dejando ir su odio, como Abel le dijo más de una vez. Nick, Langley, sus jefes que lo despidieron, su ex esposa intentando alejar a su hija y tantos más podían ser blanco de su perdón, pero no, no le era posible. A los demás les podía ser fácil perdonar, él no era el caso.

Se quitó sus ropas y las rasgó para vendarse la herida, contener la hemorragia era lo primero. Se puso de pie entre quejidos, sintiendo múltiples puñaladas en su abdomen. Tal vez no era lo suficientemente tarde como para dejar ir su odio, pero descartó la idea en cuanto comenzó a caminar apoyándose contra una de las paredes. Se rehusaba a morir en ese agujero y mucho más en perdonar a todos los mencionados, no hasta que exhalara su último aliento.

Alumbrando con su teléfono, volvió a observar lo que lo rodeaba, parecía ser el último con vida. El camino hacia la superficie estaba bloqueado y en el otro había matones de Raines. Revisó su pistola y el cargador ya estaba vacío, aunque cerca de él había varios cadáveres que ya no necesitarían sus balas. Se acercó al sujeto que mató hacía un par de minutos, se dejó caer de rodillas y tomó su arma. En su cinturón contaba además con un cartucho extra, le serviría.

Volvió a esforzarse para ponerse de pie, pero fue imposible esta vez. Tocaría arrastrarse hacia una pared, sentarse de espaldas y descansar un par de segundos. Luego intentaría avanzar a través de los túneles, buscar más balas entre los muertos le haría perder tiempo que su cuerpo no tenía. Fue cuando cerró los ojos para descansar un instante, que sintió una voz a varios metros de él.

—Lo que haces no tiene ningún sentido, Clarke. —Las palabras de Lionheart hicieron eco dentro del túnel. Estaba derrumbado en el suelo—. Ambos nos quedaremos aquí, moriremos por nuestras heridas, por inanición, radiación o lo que Dios decida.

—Disculpa, Lawrence, pero soy ateo, así que Dios no decidirá nada sobre mí —respondió el lobo de forma fría—. La bomba será desactivada, mi herida jode, pero parece haber parado, y tuve un buen desayuno, así que al menos las variantes que mencionas las tengo cubiertas.

—Te equivocas, al menos en una —indicó el león, siendo interrumpido por la tos—. La bomba no está donde les dijo el tigre, la radiación será inminente.

—¿Disculpa?

—Lo que oyes, fue una jugarreta de Raines, lo engañó a Whitewind, hizo una puesta en escena y por lo que tengo entendido ya cayeron en su trampa. —Leonard se quedó unos segundos en shock, respiró profundo y se apoyó de nuevo sobre una de sus rodillas para ponerse de pie, con quejidos cada vez mayores—. No hay mayor rebeldía que huir a lo que nos es inevitable, quédate sentado mejor y deja de pensar tanto.

—Tengo que buscar el modo de avisarle a Haggard —susurró Leonard, con los ojos fijos en la pantalla de su teléfono. No tenía señal, debía pensar en algo más—. Estos túneles se vuelven cada vez más profundos, ¿tienen algún sistema de radio para comunicarse con la superficie?

—Sí que eres testarudo… —susurró con tono bufón. El lobo caminó hacia Lawrence, mientras abrazaba su abdomen para que el vendaje no se deshiciera. Estando ya frente a él, lo observó detenidamente—. Obvio que hay un sistema de radio interno para comunicarnos con la superficie, pero no esperes que te lleve hacia él. —Lionheart desvió la vista hacia su pierna izquierda, destrozada ante el impacto de una roca que cayó sobre ella—. No puedo salir de aquí y aunque pudiera tampoco quiero.

—¿Sabes que morirán miles de mamíferos? —preguntó Leonard, intentando buscar algo que movilizara al león—. Tengo a mi hija allí arriba, amigos, no me quites la posibilidad de pelear por ellos.

—¿Debería importarme acaso? —Leonard apretó sus garras, gatillar en la frente del felino era más que tentador—. Yo ya no tengo nada, mi padre murió y estoy solo, no tengo amigos, sólo colegas, algunos de los más fieles y que más aprecio ya están muertos aquí conmigo, esperando a que me les una.

—No eres un buen tipo, Lawrence, pero tienes ante ti la oportunidad de redimirte, de luchar por alguna buena causa. Todos los que se unen a la policía tienen ese sueño al comienzo, ¿no crees que valga la pena luchar por él? —La ausencia de respuesta le hizo buscar otras alternativas—. ¿Qué hay de tus padres? ¿No quieres hacer que se sientan orgullosos de ti?

—Mi madre lleva muerta hace tiempo y mi padre tampoco era buen tipo, dudo que le interesara algo de eso. Sólo le importaba cosechar tanto dinero y poder de esta metrópolis como fuera posible, terminó muriendo por meterse al juego y creer que nunca perdería. —El león dirigió la mirada al suelo—. Como puedes ver, no hay nada bueno en mí, prefiero quedarme y morir de una vez, salir de todo este ciclo de odio y de muerte de una vez por todas. —Lionheart sonrió—. Cuando Haggard me arrebató mi lugar por el capricho de Bogo estaba enfurecido, pero ahora que la Hermandad está cerca de su fin, y yo también, siento algo de paz. Sentía que se lo debía a mi padre, que quería verme al frente de la ZPD y tomando un rol importante dentro de los Lirios, pero nunca quise meterme demasiado aquí si te soy sincero.

—Podrías terminar por frustrar a la Hermandad arruinando sus planes, ¿no te gustaría eso? —El lobo tomó el silencio para meditar nuevas opciones. Pensó en las palabras de Lawrence para seguir buscando alternativas que lo alentaran, hasta que llegó a una conclusión—. ¿Tu padre era el alcalde Lionheart?

—Sí, soy su hijo bastardo.

—Ya veo de dónde viene tu falta de coraje —increpó Clarke, recibiendo una sonrisa en respuesta.

—La genética es una cosa maravillosa, ¿no crees? —Lawrence dejó escapar un par de risas y luego se quedó en silencio—. Siempre anduve de aquí para allá, sin nada que hacer con mi vida, hasta que mi padre me dio algunos objetivos a cumplir, quería que la Hermandad retome el control de la ZPD. Puede no parecerte la gran cosa, pero obtener el más mínimo reconocimiento de él fue lo que siempre me movilizó, el poder estar a su lado. Quizás fui sólo uno de sus juguetes, pero me gusta pensar que en realidad me quería. —Lionheart enfocó su mirada en el lobo—. Puedo decirte cómo llegar a la radio en agradecimiento por escuchar mis últimas palabras, está cerca de aquí, pero no esperes que te acompañe.

—Me sería de utilidad que me acompañaras, si me cruzo con alguno de tus hombres me matarán con facilidad. —El león apartó su mirada—. Tienes que tener algo más, un propósito, un deseo, lo que sea. ¿Tener familia? ¿Salir de este vórtice de soledad y comenzar una nueva vida? Nunca es tarde, Lawrence.

—Hay algo, es patético, pero podría ser —dijo con pesar.

—¿Qué cosa?

— Ya no quiero luchar para vivir, pero me gustaría luchar por mi muerte. Soy un cobarde y no sería capaz de suicidarme, nunca tuve el valor, pero tú podrías ayudarme con eso, ¿verdad? —Lawrence cerró sus ojos y dejó escapar algunas lágrimas—. Toda mi vida estuve solo y no quiero morir así, preferiría también que sea algo rápido e indoloro, no sufrir los efectos de la radiación ni del hambre. La salida fácil, tú me entiendes.

—¿Quieres que te mate? —Clarke retrocedió un par de pasos, estaba claro que Lionhearth estaba enfermo y desvariaba. Hasta hace unos minutos lo habría matado sin problemas, aunque ahora tendría otro sabor de boca—. Supongo que sí, creo poder hacerlo.

—Prométeme que lo harás.

Clarke se acercó al león y extendió su pata, no sólo para sellar la promesa con un apretón, sino también para ayudarlo a arrastrarse contra un muro; el león entre gritos de dolor logró ponerse de pie, pero seguía perdiendo sangre de su pata herida, posiblemente con múltiples fracturas. Leonard usó sus garras para cortar una parte de los pantalones del león y luego hizo un torniquete.

—Apóyate sobre mí —exclamó Clarke, colocándose a la izquierda del león—. Avanzaremos lento, pero creo poder llegar.

—Tus heridas no se ven para nada bien —observó el león—. Si vamos apoyándonos contra los muros iremos más rápido, estamos a cinco minutos a pie.

Mientras Leonard alumbraba, Lawrence fue dando indicaciones a través del túnel; más allá de explicar cómo avanzar, la mayor parte del tiempo le indicó al lobo cómo usar la radio. Hablar les quitaba energía, por lo que pronto dejaron de hacerlo por pedido de Clarke.

Lograron resistir poco más de un minuto antes de la primera caída de Lionhearth, sus esperanzas de llegar rápido comenzaron a desvanecerse al mismo ritmo en que el cansancio se hacía presente. Para Leonard supuso un gran esfuerzo ayudar al león a levantarse, el dolor abdominal era de lo peor que le había tocado sufrir en su vida. El lobo solicitó una pausa antes de seguir, necesitaba descansar unos segundos y revisar su herida. El vendaje ya estaba teñido con sangre y la herida dolía cada vez más, estaba a contrarreloj.

El trayecto fue infernal para ambos, que se ayudaban a sostenerse y a levantarse cuando el otro caía. En cuanto llegaron a la parte final del túnel, por donde podían entrar al vestíbulo que conectaba con varias habitaciones y pasadizos; en lugar de ingresar, permanecieron contra la pared izquierda del túnel y Lionhearth presionó un interruptor, desbloqueando otra entrada. El lobo se apartó de Lawrence y lo dejó pasar primero, el lugar era bastante angosto y podía pasar sosteniéndose de las paredes.

El pasadizo era de unos pocos metros de largo y al otro lado había luz, un suelo de cemento y muchos equipos de radio. También había cámaras tanto en la habitación donde estaban, que era la principal, como en la que se encontraba al lado, que funcionaba como cocina y comedor.

—Leonard, ve aquí al lado, toma algo de agua y limpia tus heridas, yo prepararé esta cosa para ti —indicó el león, señalando una radio de gran tamaño.

—Prefiero… —Clarke tragó saliva y se tomó un par de segundos para tomar algo de aire—. Avisémosle ahora a Haggard.

—Tiene que sintonizar varias estaciones primero, le lleva un rato porque es un aparato algo viejo, ve y trata tus heridas. —Al león le causó cierta gracia el cómo se invirtieron sus roles, ahora era él quien intentaba convencer a su compañero—. Todavía tienes que salir de aquí con vida, festejar con los tuyos, abrazar a tu hija.

—Como digas… —dijo el lobo encaminándose a la habitación de al lado.

Leonard abrió la heladera, bebió agua hasta vaciar una botella y tomó una botella de whisky junto a un par de paquetes de hielo del freezer. Se acercó a una silla y dejó los paquetes sobre la mesa; acto seguido se quitaría su vendaje improvisado y daría un rápido vistazo a sus heridas. El flujo de sangre parecía haberse detenido, pero seguro contaba con hemorragias internas. Tomó la botella de whisky, dio algunos sorbos y luego vertió el resto del contenido en sus heridas para desinfectarlas, conteniendo a duras penas el dolor. Luego colocó el hielo para generar vasoconstricción y detener tanto como fuera posible el resto de las heridas. Rasgaría por último el mantel de la mesa y lo usaría para vendarse.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Lawrence—. Aquí ya tengo todo listo.

—Descuida, estoy mal pero podría ser peor. —Aunque las palabras de Clarke no eran alentadoras, cuanto menos logró ponerse de pie y avanzar—. Gracias por esto, Lawrence, espero que reconsideres lo que me pediste.

—No tengo nada que reconsiderar, pero gracias por tus palabras.

Un par de individuos aparecieron y la conversación se cortó de forma abrupta. Uno de ellos era un cheetah y el otro un caballo, ambos se encontraban armados y se veían confusos ante la situación. Lawrence intentó dar un paso adelante para calmarlos, pero el caballo le ordenó que se quedara donde estaba.

—Dame sólo una razón para no disparar ahora mismo, Lionheart —rugió el cheetah—. ¿Qué haces aquí con uno de los enemigos?

—Lo estoy ayudando, hay que evitar que la bomba de Raines explote — explicó Lawrence—. Hubo un derrumbe y la salida está bloqueada, los pasadizos que llevan a la superficie están siendo bloqueados por el ZBI.

—¿Y eso qué mierda tiene que ver? —La voz del caballo era más calmada que la de su compañero, pero a su vez más intimidante.

—El temblor hará que este lugar se derrumbe, además de que llegará la radiación hasta aquí. —La explicación de Lionheart no parecía ser suficiente. El cheetah tomó un intercomunicador y habló con mamíferos de su bando.

—Las salidas están libres, nos están mintiendo. —El caballo desenfundó su pistola y quitó el seguro.

—Al carajo entonces —exclamó Clarke, tomando su arma.

En un rápido intercambio, Leonard se dejó caer sobre uno de sus costados y disparó al cheetah. Antes de que las balas del lobo impacten en el pecho del felino, este le disparó también a Clarke. El caballo, por su parte, erró los disparos hacia el lobo, luego de que se dejara caer para esquivarlos, y luego pereció al ser acribillado por Lionhearth.

A duras penas, Lawrence se acercó a Leonard, quien recibió un impacto en su pecho. Se apoyó contra la pared y se dejó caer para acompañarlo, mientras el lobo ralentizaba su respiración. Lionhearth le arrancó sus ropas y observó la herida de bala, el pronóstico no era para nada bueno.

—Llama al recinto uno de la ZPD, pide hablar con Benjamin Garraza, usa el alias Tango Dos. —Leonard escupió sangre de su hocico luego de toser—. Dile que te ponga en contacto con Alfa Uno y dile dónde encontrar la bomba.

—Todavía tenemos tiempo, estarás bien. —La hemorragia no se detenía pese a los intentos de Lawrence por contenerla.

—Quizás no seas el tipo más adecuado, pero estás en el lugar adecuado y en el momento adecuado para salvarlos a todos. —Leonard apartó la mirada y cerró sus ojos—. Quizás todo lo que te tocó vivir es lo que te trajo hasta aquí, puede que seas el mamífero ideal para esta tarea.

—Nunca creí en el destino, pero si lo pones así es bastante reconfortante. — Lawrence exhaló con gran lentitud ante la falta de respuesta—. ¿Leonard? —El león lo movió con suavidad, pero el lobo no reaccionó—. Supongo que puedo vivir un poco más, al menos hasta que pueda llevarte con tu familia y decirle a tu hija que su papá es un héroe. — Lionheart se puso de pie y se dirigió hacia la radio—. Si me estás escuchando ahora mismo, ya sea aquí a mi lado o desde otro lugar, gracias.


. . . . . . . . . .

Nadie fue ajeno a la parálisis de Haggard, quien luego de tomar su intercomunicador recibió un llamado de Garraza; el felino era el encargado de filtrar la información y decirle a ella lo más relevante. El mensaje, de acuerdo a los códigos empleados, venía de parte de Clarke, a quien ya le habían enviado ayuda, pese a que nadie apostaría que seguía vivo. Sin embargo, la voz no era del lobo sino de un viejo conocido.

De todos los mamíferos posibles, del último que esperaba un llamado en ese momento era Lawrence Lionheart. Estuvo en la mina persiguiendo al grupo de Wilde según le reportaron, nada bueno podía venir de él. ¿Cómo había conseguido el código de Clarke para comunicarse? De seguro el cánido no tuvo un buen destino con el león de por medio.

—Tienes diez segundos para convencerme de no cortar en este preciso momento. —Tras el momento de confusión, la loba retomó su clásica postura estoica. Mientras hablaba, se acercó a paso acelerado hacia donde estaba Andrew.

—Voy a darte la ubicación del explosivo principal de Raines. Leonard se sacrificó para que pueda hablar contigo, debes confiar en mí. —La explicación del león le permitió ganar más tiempo, aunque su confianza en él seguía siendo baja. Haggard subió a la van donde estaba Drew, le indicó que tomara control de una computadora con un gesto, puso a Lawrence en altavoz y analizó la situación tan rápido como le fue posible—. ¿Kate?

—Entenderás que no confíe en ti, pero voy a escucharte hasta que pueda corroborar lo que me dices —indicó la loba—. Dime la ubicación exacta.

—Está en el recinto dos, aprovechamos un túnel subterráneo que creamos hace tiempo para llevar el explosivo.

—Ahórrate las explicaciones y dame lo más importante. ¿Habitación?

—Planta baja, habitación 116, la usamos de depósito. ¿Quieres detalles de cómo encontrarla?

—Andrew, ¿puedes guiarte solo? —susurró por lo bajo—. Dame un momento, Lionheart.

—Si tú lo pides… — respondió con algo de confusión, ¿por qué pasaba del apuro a las pausas? Quizás tuviera alguien con ella ahí mismo, pero no le interesaban sus métodos a estas alturas—. Por cierto, Kate, quiero que me busquen aquí abajo, maté a un par de los míos y dudo poder salir sin que me ataquen. Tengo el cuerpo de Leonard conmigo.

—Sí, sí, lo que quieras. —Drew le dirigió una mirada y ella se acercó al monitor. El vulpino logró ingresar al sistema de seguridad para ver a través de las cámaras de vigilancia, pero la 116 tenía estática—. Escúchame Lionheart, ¿estás seguro de que la bomba está en esa habitación?

—Sí, yo mismo me encargué de que estuviera ahí, Raines me tenía buena estima.

—¿Hay oficiales en tu recinto que se nos puedan oponer? —El león tardó en responder.

—No sé qué pase en estos momentos, pero si se topan con mis hombres diles que Gran Melena les ordena retirarse. Diles que estoy atrapado y que deben salvarse.

—¿Alguna medida de seguridad que debamos tener en cuenta?

—La puerta sólo se puede abrir desde la computadora que está en mi oficina, la clave para entrar es LL2150478LL1. —Haggard anotó los números.

—Lo tengo.

—Luego hay una aplicación que se encuentra en una carpeta que se llama Fotos 2014 cumpleaños, que está dentro de una carpeta cifrada que está en Mis Documentos, llamada Archivos personales. La contraseña es la misma, sólo que sin la parte de LL1. —Lionheart se dio una pausa para tomar aire—. La aplicación tiene un nombre largo, simula ser una foto, comienza con A11022 y termina con las letras UGR. Pedirá un código a ingresar, sólo hay dos oportunidades o la puerta se sellará y no podrán abrirla. El código es 12385916.

—Pan comido —mencionó Drew por lo bajo. Haggard terminó de anotar y retomó la palabra.

—Bien, ya tengo todo lo que necesito —señaló Haggard—. Cuando terminemos de desactivar la bomba, si todo es tal cual dices, enviaré un equipo de rescate a buscarte, deberás esperar mientras tanto.

—¿Qué no me oíste? Van a matarme, y yo no puedo moverme demasiado por mi cuenta, tengo herida una de mis patas. —El león intentó controlar su furia, pero fracasó en el intento—. ¡Maldita sea, Haggard! ¡No puedes hacerme esto después de todo lo que te dije! ¡Estoy con el cuerpo de uno de tus hombres además para que vengas a por él!

—Das información muy precisa, pero no habrá modo de saber qué tan cierto es todo hasta que lleguemos al lugar.

Sin mediar más palabras, la loba cortó la llamada. Luego contactó a Ben y le indicó bloquear la línea de donde Lionheart se comunicó, al menos de forma temporal. No le convenía que siguiera vivo, evaluaría qué hacer sobre la marcha, debía cuidar su imagen.

A continuación, Kate dejaría la van, buscaría a los principales líderes de sus escuadrones y les compartiría la posible locación de la bomba. La idea era enviar un grupo de contención a por Raines, que de acuerdo a los movimientos de Skye se encontraba en el Distrito Forestal, y luego uno al recinto dos, que no estaba demasiado lejos, para desactivar la maldita bomba de una vez por todas.

El principal punto de discusión no tardó en llegar; arriesgar otro equipo antibombas en una posible trampa era una pésima idea. Antes que nada, debían confirmar si el explosivo estaba dentro de la habitación, pero la cámara no les permitía ver su interior. La incertidumbre, las presiones y la alta tensión jugaban en contra y tenían el mismo peso que sus enemigos. Fue entonces que Haggard volvió a la van para hablar con el zorro.

—No tengo forma de ver si la cámara está dañada o interfieren la señal, Haggard, ya te lo dije —respondió Drew ante la insistencia de la loba—. Que use el pseudónimo de archimago no quiere decir que pueda hacer magia.

—¿Y si buscas en grabaciones antiguas? —preguntó Haggard, que ahora estando a solas con él no controlaba demasiado su tono de voz.

—Ya lo hice, la cámara está muerta desde hace una semana. —La loba le dio la espalda y comenzó a meditar la situación, tenía que encontrar una forma—. Déjame repasar las cosas un poco.

—Sé puntual, rápido y específico, no tenemos tiempo —ordenó, todavía de espaldas a él.

—El principal problema es el equipo antibombas, ¿verdad? —Kate volteó, el tono asertivo del vulpino dejó en claro que tenía una idea. Ella asintió y él prosiguió—. Escucha, Haggard, no puedo prometerte que esto funcione o que no haya víctimas, pero…

—La decisión final la tengo yo, tú no te preocupes —indicó para quitarle algo de presión.

—Cuando estuve en la mina de Arcagma conocí al tipo que preparó estas bombas. Me dijo que los núcleos pueden dañarse para contener el daño de la explosión, no sería "nuclear", en resumen. —La líder de la ZPD entrecerró los ojos y frunció el ceño, al atar cabos se percató de que tenía una oportunidad muy grande ante ella, no sólo para desactivar el explosivo—. Hay que mojarlos con agua regia, se forma con ácido clorhídrico y ácido nítrico, desconozco las proporciones, pero de esa información creo que puedes encargarte tú.

—¿Estás seguro de esto que me estás diciendo?

—Me dijo que puede corroer cualquier metal, incluso el oro o el platino —explicó Drew—. No salvará las vidas de los que están allí, pero es rápido y permitiría salvar la ciudad.

—Entiendo. —Haggard tomó silencio—. ¿Algo más que deba saber?

—De esto, nada.

La loba se quedó callada durante varios segundos y luego se dio la vuelta, bajaría de la van. Estaba por cerrar las puertas, cuando dio un vistazo a todos los que la rodeaban. Volvió la mirada al zorro, hizo silencio y esbozó una sonrisa fugaz, tendría lo que quería al finalizar el día. El vulpino la observó con cierta curiosidad, sin decir nada.

—Con esto tenemos una oportunidad de oro, Andrew, como no te haces una idea —indicó, con su ahora típica seriedad—. Estarás en movimiento con un par de mis agentes de mayor confianza, pero seguiremos en contacto. A partir de ahora sólo tendrás contacto directo conmigo, haré que cierren las otras líneas.

—¿Y eso? Poder hablar con Judy o Nancy nos permitiría coordinar mejor. —El temple de la loba no se modificó.

—Como he dicho, sólo hablarás conmigo —ordenó, recordando la desconfianza de la coneja.


. . . . . . . . . .

Nada de lo acontecido en el subterráneo se alejó de lo que esperaba, sabía que controlar al grupo de Steppefurd sería complejo, pero en cuanto a la superficie… Su sangre hervía como nunca antes, no logró ver con anticipación la jugada de esos idiotas. El hackeo a la estúpida de la jueza quizás era algo predecible considerando que tenían de su lado al jodido archimago, ¿pero retroceder de fase en un juicio ya terminado y sucumbir a la presión mediática? Se las cobraría, sin lugar a dudas, si todo el mundo se enteraba del monstruo que era, no tenía sentido seguir escondiéndose.

Todos sus proyectos se habían ido al carajo y no le quedaba más opción que huir al primer escondite que encontrara para proteger su trasero. Lidiar con Haggard y las agencias sería caótico, al menos en un comienzo, pero no descartaba volver a la metrópolis para trabajar en las sombras a futuro.

Junto con él, estaban algunos de los miembros más cobardes de la Hermandad, aquellos que harían todo lo que él quisiera. Serían útiles a corto plazo para manejar algo de dinero y acumular tanto recursos como contactos que le permitieran seguir manteniendo cierto control.

Llegaron a una de sus estancias, ubicada en el Distrito Forestal, donde tenía un búnker subterráneo que soportaría el accionar de la bomba, así como también contaba con una avioneta que podía llevar a varios mamíferos. Apenas llegaron, ordenó a un par de los suyos que prepararan la aeronave mientras iba al interior de su mansión en busca de lingotes de oro, montones de efectivo y algunas armas.

Construida en caso de que sus planes se fueran al demonio, tal y como estaba sucediendo, la estancia fue registrada con irregularidades de por medio para jamás ser hallado por la policía o las agencias. Tenía una entrada amplia de cuarenta metros hasta llegar a la mansión, la cual era rodeada también por unas cuantas hectáreas de terreno llano. Sólo era acompañada por un galpón donde se encontraba su avioneta para unos veinte mamíferos, un bote y equipo de pesca. En cuanto a la mansión, se conformaba por tres pisos y un subterráneo, que por debajo tenía un búnker. La planta baja contaba con un amplio vestíbulo, para nada humilde, unas escaleras que llevaban al segundo piso y se hallaban en el centro del lugar, junto a amplios pasillos que permitían ir hacia los laterales y al interior de la casa.

Mycroft ordenó a los suyos subir las escaleras en busca de todo lo que fuera necesario para huir, los miembros de la Hermandad debían de acompañarlos para agilizar los tiempos. Mientras él se quedó acompañado por algunos de sus mamíferos de confianza, decidió avanzar unos pocos pasos en dirección al living que estaba al otro lado del vestíbulo. No avanzaría demasiado hasta ser interrumpido por una voz más que conocida, sorpresiva, pero no del todo; lo llamaba por su nombre.

—No creí que llegaras antes que yo —indicó Mycroft, sin voltear a ver a su hermano. Sus hombres levantaron sus armas, pero él les pidió que las bajaran—. ¿Vienes a despedirte? ¿A mofarte? ¿Matarme quizás?

—Sabes que soy incapaz de matarte, al menos con mis propias garras. —La respuesta de Viktor sería seguida de un silencio de varios segundos—. No fue difícil imaginar que vendrías aquí. Tienes muchos recursos, alternativas que te permitirán sobrevivir y, no menos importante, se lo ocultaste a todo el mundo, incluyéndome. —Mycroft volteó con lentitud para ver a su hermano a los ojos—. No preguntes cuándo ni cómo lo descubrí, ninguno de los dos tiene tiempo y tú sabes de mis métodos. Tu seguridad fue fácil de evitar, tenías tantos mamíferos custodiando tu trasero que olvidaste poner más hombres aquí.

—¿Estás retrasándome para que vengan tus nuevos amigos? ¿Es eso?

—Sólo quiero información de Herbert —dijo el lince calvo, yendo derecho al punto—. Me gustaría también preguntarte qué mierda hacía nuestra familia en el juicio, pero está claro que fue una trampa en mi contra.

—Sabía que estarían bien, mientras el juicio se desarrollara en condiciones normales.

—Hubo un tiroteo, así que no sabías un carajo. —Mycroft se quedó en silencio—. Nos odian ahora, en plural, me repudian por lo que hice, pero ahora que la verdad sobre ti es pública, apuesto a que te odian incluso más que a mí, pero no creo que te interese.

—No pongas palabras en mi hocico que no son mías, sigue siendo también mi familia.

—Usaste más que palabras, tus acciones lo dijeron todo. —Viktor comenzó a caminar hacia su hermano, hasta encontrarse con la mirada a la misma altura—. ¿Cómo pudiste? —preguntó, lejos de estar enojado, con gran pesar. Mycroft apartó la mirada hacia un costado—. Quería que lo perdieras todo en castigo por haber actuado como lo hiciste, por permitir que la Hermandad siga existiendo como lo hace ahora, pero exponer a nuestra familia, ponerla en riesgo… Eso no era necesario, Mycroft.

—Lo siento, Viktor —respondió, terminando por aceptar la culpa en lugar de seguir evitándola—. Cuando te fuiste me lo tomé de forma muy personal, me humillaste y tenía que contraatacar. —Viktor se abalanzó sobre su hermano, tomó sus ropas haciendo uso de sus garras y lo empujó hacia una pared. Los guardaespaldas de Raines alzaron sus armas, pero tras un gesto de su jefe las bajaron—. Herbert se quedó luchando en los túneles de la Hermandad, está lejos de aquí. —El felino cerró sus ojos, tal vez fuera tarde para su mejor soldado.

—¿Nuestra familia estará a salvo? —consultó el lince calvo, que todavía no lo dejaba ir.

—Les hice llegar un mapa, hay un búnker cerca del centro, es un escondite viejo de la Hermandad. —Viktor se alejó de Mycroft para observar detenidamente sus ojos vidriosos y sus rodillas flaqueando. Ambos alzaron sus oídos de pronto, escucharon que en el piso superior se rompió algo de vidrio—. Estos idiotas no pueden siquiera buscar provisiones sin romper nada. —Viktor sonrió al verlo frustrado.

—Estabas destinado a gobernar y darle a nuestra familia el honor que le corresponde, crear un legado. —La mirada del lince dejaba ver su decepción—. Mírate ahora, apostándolo todo a cambio de más poder, haciendo berrinches, suplicando perdón. —El felino dejó caer sus hombros.

En un movimiento fugaz, Viktor empuñó su pistola, que se encontraba en un bolsillo interno de su saco, y acabó con los dos matones que custodiaban a Mycroft. Este no se inmutó, sabía el destino que les deparaba desde el primer momento, la presencia de su hermano en la mansión sólo significaba que la muerte acechaba.

—Sé que tienes el detonador para la bomba que destruirá Zootopia, dámelo y terminemos con esto de una vez por todas —ordenó sin titubear.

—No pienso retirarme de aquí como un perdedor, Viktor.


. . . . . . . . . .

Según le informaron, el vehículo de Raines llegó a una estancia con un campo muy amplio como frente, que contaba con una mansión de varios pisos. De hecho, no había vecinos ni edificaciones hasta la siguiente manzana de tan grande que era el lugar. Había algunos árboles frondosos que rodeaban el territorio, así como paredes de tres metros que se erigían alrededor de la propiedad, con una única entrada que era un portón magnético, custodiada por un reno y un coyote.

La vulpina decidió que lo mejor era reunirse con los osos polares e idear un plan sobre la marcha, sabían que Raines no huiría a un lugar que se las deje tan sencillo. De momento, lo principal era buscar mamíferos que estuvieran en las inmediaciones de la mansión que pudieran atacarlos o alertar a Raines. Decidieron hacer uso de un equipo de drones con cámaras termográficas para obtener un panorama amplio del lugar. En tan sólo un puñado de minutos descubrieron la posición de seis grupos que se distribuían a lo largo y ancho del terreno y dos francotiradores que estaban en el segundo piso. Además, de un galpón que se encontraba detrás de la mansión, se estaba alistando una avioneta que usarían para escapar.

En base a esto, se decidió que dos francotiradores se subieran a una de las propiedades que se encontraban frente a la de Raines para acabar con los francotiradores que trabajaban para el felino. Luego entrarían haciendo uso de fuerza bruta, matando a los guardias de la entrada, derrumbando el portón con dos cargas explosivas, e ingresando con tres grupos de cuatro osos polares que irían a por los enemigos distribuidos en el frente con diferentes vehículos, dejando espacio también a dos autos que irían directo hacia la mansión.

De acuerdo a las suposiciones de la vulpina, Raines ya podría haber detonado la bomba apenas llegó a la mansión, pero prefería huir y no arriesgarse a quedar bajo el radio de la explosión. Al ser tomado por sorpresa, no detonaría la bomba de inmediato, tenían unos segundos de margen para llegar a él. La jugada era muy arriesgada, pero confiaba tanto en su instinto como en la cobardía del lince.

Antes de comenzar con el avance, Skye se juntó con dos de los osos más cercanos a Big: Kevin y Raymond. Su pedido era más que claro: querían capturar a Raines con vida para darle fin de la misma forma en que la musaraña lo hacía con sus enemigos. Era el único motivo por el cual la seguían; no les importaba la Hermandad, la protección que su jefe supo darle a la vulpina ni nada vinculado a la declaración. La venganza por Big y Koslov debía ser un plato más que frío y sólo eso los conformaría, además de limpiar su honor. Skye sabía muy bien esto, pero mataría a Raines sin dudarlo de ser necesario. No le importaba rendir cuentas con los subordinados, Big ya no estaba y sólo él era dueño de su cariño y respeto dentro de su mafia.

Los francotiradores llegaron a su posición sin problemas. Tras unos instantes de tensión, ambos se observaron de reojo y jalaron del gatillo. En simultáneo, los dos levantaron sus patas en señal de éxito y, luego de un breve instante, una motocicleta que llevaba a dos osos polares fue hacia la entrada para acribillar a los dos guardias. El portón cayó luego de una explosión controlada y los osos polares comenzaron a entrar con sus motocicletas y dos autos para encarar a los grupos de enemigos que se encontraban en el descampado que hacía de frente.

Los subordinados de Raines, que apenas habían reaccionado al ruido que llegó del portón, fueron tomados por sorpresa debido al ataque con autos y motocicletas.

Con los dos francotiradores a la lejanía que les cubrían las espaldas, los osos polares hicieron una masacre en un breve intervalo de tiempo con apenas unas pocas bajas. Skye junto a Raymond y Kevin llegaron al instante a la mansión, donde patearon las puertas y entraron con las armas en alto, acompañados de otros cuatro osos polares. Los enemigos que estaban en el vestíbulo no estaban preparados para enfrentarlos y aparecieron de forma descoordinada; todos aquellos que estaban armados murieron al hacer acto de presencia.

El fuego cesó al cabo de unos segundos, que para los miembros de la Hermandad que estaban presentes se volvieron una eternidad. Skye los observó a todos para identificarlos, notó que cargaban provisiones como si fueran más de los tantos subordinados del lince. Por su parte, Mycroft estaba detrás de una columna, escondiéndose en vano.

—¡Raines! ¡El detonador! ¡Ya! —gritó la vulpina, observando con coraje cómo aquellos que la habían rechazado hasta hacía un momento estaban cuerpo a tierra, cubriéndose sus cabezas o buscando el más mínimo escondite. Decían ser los más poderosos, pero ahí estaban, con los pantalones sucios y mares recorriendo sus mejillas—. ¡No lo repetiré dos veces!

—Lo siento, Steppefurd, pero mi hermano ya no cuenta con el detonador —indicó Viktor, tomándola por sorpresa. Su voz venía de la zona en la que se encontraba Mycroft—. Esto es algo personal, así que te invito a ti y a los brutos de tus amigos que se vayan, cuanto más rápido mejor.

—¿Ese es el otro Arcagma? —preguntó Raymond, recibiendo una respuesta positiva de Skye—. Escucha, maldito calvo, sólo tienes dos opciones. O nos das esa cosa y te quedas a merced nuestra, o tú y todos los presentes se mueren ahora mismo.

—Mata a quien quieras, me da lo mismo lo que hagas con ellos. —Apenas Viktor terminó de hablar, se escucharon un par de disparos—. Deberías matar a Shawcross, cabecilla de la ZIA, eso pondría feliz a tu amiga vulpina. —Raymond la observó y ella volteó la mirada hacia su anterior líder; el oso polar disparó antes de que su víctima pudiera decir algo.

—¿Debería importarme lo que pase con estos títeres? —esbozó ella con total frialdad

—Si tanto quieres gobernar la Hermandad, completamente —respondió el lince calvo con suspicacia.

—Ya tengo en mente a varios mamíferos de mucha mayor confianza, todos los que siguieron a tu hermano son traicioneros e inservibles —indicó la zorra de las nieves en respuesta.

—No puedo quitarle razón a quien la lleva. —La vulpina sonrió—. Te tengo un trato, Skye —indicó sonriente, calmo, con tono amistoso y distendido.

—De acuerdo, te escucho, pero antes... —Skye volteó a ver a los osos polares que la acompañaron y asintió. Sus armas volvieron a inundar el ambiente con sus ruidos y, de un momento a otro, los miembros de la Hermandad que habían sobrevivido hasta entonces perecieron—. No pienso dejarles recursos de ningún tipo, tampoco dejar que nos tiendan trampas.

—Bienvenida al club, Steppefurd, eres una tirana más, una total basura —exclamó Raines. Skye disparó al techo en respuesta, no dejaría que se le plante así nada más.

—Que el Raines que tiene las bolas bien puestas me diga qué es lo que quieren, el otro puede llorar en silencio. —Raymond colocó una de sus patas sobre Skye, debía controlarse. Ya los tenían rodeados y sus hombres estaban terminando con los guardias que estaban afuera, no había razones para ser impulsivos.

—Yo te doy el detonador y tú nos dejas ir a ambos, ¿qué piensas? —Skye comenzó a reír por lo bajo, la propuesta de Viktor era irrisoria.

—Estás rodeado por todos los flancos posibles, no hay nadie aquí que pueda ayudarlos y si detonan la bomba pierden el único recurso que tienen a su favor. Esperaba algo más de tu ingenio para negociar, pero lo único que haces es perder el tiempo.

—Ya veo, no te interesa la explosión ni las víctimas que se cobrará. En ese caso, la detonaré ahora mismo —respondió Viktor, dejando ver su pata con un teléfono.

—¡Espera! —gritó Raymond, para sorpresa de la vulpina—. ¿Estás loca o qué?

—Está jugando con nosotros, no seas idiota —replicó la vulpina con susurros—. Más allá de que es su único recurso para no morir a la primera, no activará el explosivo bajo el riesgo de matar a Crncevic.

—Si los provocas podría pasar cualquier cosa, no te vayas a los extremos. —Mientras Raymond hablaba con Skye, Viktor sonreía, ya había causado fricción entre ellos—. Si entregas el detonador y a tu hermano, te dejamos ir —exclamó el oso polar.

—Odio la manera en que Mycroft nos ha traído hasta aquí, las razones por las cuales nos peleamos y, sobre todo, la forma en que expuso a nuestra familia, pero no pienso entregárselos. —Raines se sorprendió, era inexplicable que a estas alturas Viktor se siguiera preocupando por él—. Es mi hermano, mi sangre y lo último que me queda. Si algo le pasa me quedaré sin nada, y no creo poder soportar eso.

—Eres toda una caja de sorpresas, Viktor. —Mycroft dirigió la mirada a su hermano y se quedó viéndolo fijamente. Después empuñó su arma y asintió, estaba listo para lo que sea que él decidiera hacer.


. . . . . . . . . .

En cuanto su líder lo ordenó, varios grupos de oficiales buscaron sus vehículos y se dirigieron hacia la segunda circunscripción de la ZPD. Los grupos ya estaban armados y se conformaban por dos o tres mamíferos; Judy fue asignada junto a Lobato, mientras Nancy fue emparejada con Rinowitz y Osorio. Tres grupos diferentes fueron asignados a la búsqueda de suministros en diferentes puntos de la ciudad, tomarían desvíos para buscar lo que Drew le indicó a Haggard, en tanto los demás se movilizaron al frente de batalla de forma más directa. Según indicó la jefa, había una forma de minimizar los daños de la bomba mientras hacían tiempo, tanto para que se prepare el escuadrón antibombas, como para acorralar a Raines y evitar que detone el explosivo.

La loba marginó a Judy luego de su discusión, dejando en claro que ahora que se había pasado de boca, todo sería diferente entre ellas. Junto con Lobato debían buscar los dos ácidos en un punto algo alejado de la acción, de forma tal que Hopps no pudiera estorbar. Sin embargo, lejos de dejarse intimidar, quien alguna vez fue la gran heroína de la ciudad, se armó de valor y fue en contra de las órdenes de Haggard. Antes de salir, engañó a Lobato para que intercambiara lugares con Nancy y así poder hablar en confianza con la jabalí.

A medida que la coneja relataba el encuentro que tuvo con su jefa, Nancy se decepcionó y enfureció a partes iguales, después de una primera etapa de confusión. La confianza ciega que depositó en ella había desaparecido por completo una vez que abrieron sus ojos. Aprovechando que solía estar en su vehículo patrullando todos los días, encontró un camino más corto para recolectar los elementos necesarios.

—Es que en serio no lo entiendo, ¿qué rayos piensa hacer ahora? —exclamó la jabalí, con el acelerador a tope.

—Tomará protagonismo, quiere que la ciudad la aclame. Cuando nos aliamos a ella y a Arcagma, Haggard pidió reconocimiento total por darle fin a Raines, quiere caerle bien al público. Es su forma de ganar más poder.

—A mí no me cae nada bien, me trató como una maldita carga y a ti ahora te quitó de foco cuando podrías ser de más ayuda que muchos de los idiotas que tiene con ella —indicó Nancy, con su mente nublada por la creciente rabia.

—No sé qué tanto necesite estos ácidos, pero creo que lo mejor es ir con Nick y los demás, decirles qué es lo que pasa e intentar detener a Raines. —Tras las palabras de Judy, su amiga paró con la verborragia—. ¿Tú qué crees Nans?

—Haggard no me simpatiza, pero si en serio necesita estas cosas podríamos poner en un aprieto a todo el mundo. —Hopps asintió.

—Nos quiso enviar lejos para que tardemos en llegar, quizás ahora esté negociando con los mamíferos de Lionhearth, llegaríamos a tiempo para inutilizar el núcleo de la bomba —pensó en voz alta la coneja—. Podría ser una estrategia de Haggard para que no la acompañemos ahora mismo, pero tampoco vayamos con Nick y los demás, nos cargó de una responsabilidad que nos ata de patas.

—¿Qué hacemos entonces?

—Recurriremos a nuestros aliados.


. . . . . . . . . .

Aunque no sabía qué se le presentaría a continuación, decidió ser acompañada por una cantidad de oficiales bastante menor a la que podía emplear. Contactó a Andrew por su canal privado y éste le confirmó que la segunda circunscripción todavía tenía oficiales en su interior, pero los civiles de la zona ya fueron evacuados. Las condiciones eran tal cuál las esperaba, había llegado su momento de brillar.

Apenas llegaron a su destino, descendió de su vehículo, se colocó al frente de sus mamíferos y llamó sólo a un par de ellos; los demás debían resguardar los alrededores y esperar órdenes. La idea era simple: anular las cámaras, lo cuál sería tarea de Andrew, convencer a los hombres de Lionhearth, abrir la habitación donde estaba el explosivo y luego crear el agua regia con una proporción de tres partes de ácido clorhídrico y una porción de ácido nítrico, agregando primero este al otro mencionado y no al revés.

Ingresó al establecimiento de la ZPD con temple de acero y una mirada dominante; varias voces se hicieron oír, pero al verla desarmada y con las patas en alto, nadie abrió fuego. La loba hizo oídos sordos a las amenazas de los oficiales y caminó hasta el centro de la sala principal.

—No estoy aquí para pelear, vengo a salvarlos —indicó Kate a viva voz, provocando un silencio generalizado en sus enemigos—. He hablado con Gran Melena y me dijo que el explosivo de Arcagma se encuentra en este mismo edificio, así que huyan y no vuelvan.

—Déjanos hablar con Lionheart primero, si entraste en contacto con él, vuelve a hacerlo para que él mismo nos lo diga —ordenó un bisonte a la distancia, manteniendo su arma todavía en alto.

—Su jefe está muerto, vengo aquí a cumplir su última voluntad y a salvar la ciudad. —Las armas se mantuvieron en alto, nadie respondió ni titubeó—. ¿En serio están dispuestos a morir por alguien que les trajo un dispositivo nuclear?

—Esa bomba ni está aquí ni es la gran cosa. Él nos prometió que no pondría en peligro la ciudad, es una farsa con la que el alcalde hace sus cosas. —Haggard sonrió ante la inocencia del oficial.

—¿Qué les parece si lo averiguamos juntos? —dijo la loba caminando hacia los oficiales, con tono burlón—. Está en la habitación 116, pero antes hay que pasar por la oficina de Lionheart para desactivar una trampa que se activa al entrar. —Ninguno de los presentes desistió, la loba ahora recurriría a otra estrategia—. Me sorprende que, teniendo familias y amigos, se queden defendiendo algo que podría llevarse sus vidas.

—Ya todo el mundo fue evacuado, Haggard, no vas a convencernos con eso —exclamó el bisonte que habló con anterioridad, parecía ser el representante del grupo—. Por un demonio, tú sabes lo que gana un policía y lo costoso de vivir en Zootopia, más allá de Lawrence, hacemos esto porque se nos ofreció suficiente dinero como para saldar deudas y vivir mejor.

—Suena demasiado noble para tratarse de un mercenario —replicó la loba al instante—. Les daré una última oportunidad, mis oficiales rodean el edificio, matarlos nos será sencillo, sólo venimos a por la bomba y ya.

—Estás aquí sola con dos tipos, nosotros los estamos superando ampliamente y podemos atrincherarnos para cuando vengan los tuyos —respondió el bisonte.

—Yo estoy dispuesta a morir por mi ciudad, ¿tú estás dispuesto a morir por unos billetes que le prometieron a tu jefe ya muerto? —Haggard silenció una vez más el lugar—. Tienes diez segundos para decidir, no pienso dejar que el tiempo corra sin más. Demuéstrame qué tanto quieres ese dinero corrupto.

Mientras la loba se mantuvo estoica, sus dos acompañantes acercaron sus patas a sus respectivas armas. Los mamíferos de Lionheart se veían los unos a los otros, esperando a que alguien reaccione, pero nadie hizo nada; Haggard ya se había metido en sus mentes.

Un toro que estaba tomando cobertura en el que parecía ser el pasillo principal dejó su arma en el suelo, acto seguido un par de lobos. Uno por uno los demás oficiales imitaron y avanzaron con las patas en alto, siendo el último el bisonte; ya nadie quería quedarse en donde juraban que había una bomba. Sin enemigos con los cuáles luchar, Haggard comenzó a trotar hacia la oficina de Lionheart, guiada por cámaras por Drew. Al llegar, tomó el picaporte, abrió la puerta y fue directo hacia su computadora.

Con el zorro marcándole los pasos a seguir, la loba se hizo cargo de la situación ella misma. Buscó las carpetas y el archivo encriptado que el león le indicó; en cuanto terminó de ingresar el último código para abrir la puerta, la loba se percató de que el vulpino ya no se oía al otro lado, estaba conteniendo la respiración.

—¿Estás listo, Andrew? —preguntó antes de tocar Enter para dar el siguiente paso—. Es el primer paso para acabar con todo esto de una vez por todas.

—Hazlo de una vez, Kate.

Nada ocurrió una vez que Haggard finalizó con el apartado informático en su misión. La aplicación se cerró y ya no aparecieron mensajes ni notificaciones, estaba frente a las carpetas abiertas y nada más. Al pedirle consejos a Drew, este no supo darle una respuesta concisa; sólo había una forma de saber si tuvo éxito. La loba salió de la oficina y se dirigió hacia sus hombres; debían preparar el agua regia y llevarla hacia la habitación 116.

En cuanto dio la orden, su mente se perdió un momento al ver que Lobato estaba allí y no Rogers, que seguro ya estaba con Hopps camino a quién sabe dónde. Sus movimientos estaban siendo calculados a la perfección, pero si la coneja hablaba con la jabalí y sus demás aliados, las cosas podían salirse de control. En un futuro quizás no tan lejano, podría verse enfrentada con la coneja que alguna vez salvó a la ciudad de los Aulladores; si no lograba equiparar su reputación y fama ese mismo día, sus planes se frustrarían en cuanto ella alzara la voz ante la población.

Tenía que acelerar sus movimientos para acabar con el núcleo de la bomba y luego llegar donde estaba Raines para atraparlo ella misma. Para llevarse el mérito de toda la operación y conseguir un gran aventón para sus planes a futuro, debía actuar en la inmediatez. Se dirigió a la 116 y sin dudarlo tomó el picaporte y abrió las puertas de par en par; al observarla, todos tomaron aire y se prepararon para lo peor, pero la desactivación del protocolo de seguridad fue un éxito.

La loba se adentró sola, ordenó que fueran a por el ácido y se tomó unos segundos para observar la mortal herramienta que podía desintegrar a cualquier criatura existente que se encontrara en las cercanías. La adrenalina fluyendo en cada parte de su cuerpo contrarrestaba en parte sus temores y acallaba a su vez el lado racional de su mente. El equipo antibombas estaba a unos minutos, pero en su carrera personal eso era demasiado tiempo.

—Andrew, ¿tienes los planos de la bomba? —consultó la loba.

—Sí, los tengo aquí, ¿quieres que te envíe una copia para el escuadrón antibombas? —preguntó el vulpino, desconociendo sus intenciones.

—Sólo envíala a mi teléfono. —El vulpino cumplió la orden al instante y en un parpadeo la loba recibió el archivo—. Voy a pedirte algo, Andrew, y necesito que estés mentalmente preparado, como cuando usaste el virus del Archimago. A partir de este momento, compartirás la responsabilidad conmigo. —Kate se tomó una pausa para dejar que se mentalice, mientras al otro lado el vulpino insultaba en su mente para canalizar sus emociones. Sabía que estaría obligado a hacer algo que no le agradaría, pero debía tranquilizarse, odiar a Haggard no servía de nada—. ¿Estás listo?

—No, pero suéltalo. —Drew se mordió la lengua y cerró sus ojos.

—Usaremos tu plan para destruir el núcleo. —El zorro golpeó el teclado de su computadora, que ella supiera de dicha posibilidad era su propia culpa—. El escuadrón antibombas está retrasado y ambos sabemos que Raines puede detonar esto en cualquier momento.

—¿No crees que me estás pidiendo demasiado? —recriminó—. Estás fuera de tus cabales, no pienso seguir con esto ni ser tu cómplice.

—Andrew, no podré hacerlo sola, pero tengo los planos que me acabas de enviar y pienso intentarlo, me ayudes o no. —El vulpino se tomó unos segundos para pensarlo. Intentaría convencerla de no hacer locuras, apostaría lo que fuera a que el escuadrón llegaría en un santiamén y que ella lo estaba manipulando.

—A ver, Kate, ¿cuáles son las opciones? —Drew accedió a las cámaras de la ciudad para localizar al equipo antibombas—. Accedo e intentas desarmar parte del explosivo tú misma mientras te guio a ciegas, sin herramientas a mano y arriesgándote a que todo se vaya al carajo, o lo haces tú sola sin que te ayude y te arriesgas a lo mismo. ¿Estoy en lo correcto? —Al observar las grabaciones, el zorro se dio cuenta de que el escuadrón había salido de su cuartel, que se encontraba a veintidós kilómetros, hacía unos nueve minutos. Si parte de la ciudad había sido evacuada y las señales de alerta habían sido emitidas, pronto llegarían a destino.

—Lo dices desde el miedo, y lo puedo entender, pero juntos podemos lidiar con esto. —El aliento de la loba era sólo un cúmulo de palabras vacías, el trabajo en equipo y la fe tenían un límite—. Por lo que veo, el núcleo está en el centro, rodeado de la carga explosiva, dice que hay una carga lenta y otra rápida. No sé qué signifique eso último.

—¿Acaso importa? —preguntó de forma retórica—. Todo está recubierto de metal, no puedes desarmar todo ese armatoste para dejar las cargas al descubierto.

—Usaré el ácido para corroer los anclajes principales, lo que más me interesa es saber lo de las cargas. ¿Cómo puedo moverlas sin que suceda nada?

—Tienes que parar esto, Kate, por favor, estás demente. —Luego de revisar las diferentes cámaras, el zorro logró trazar el trayecto del escuadrón antibombas. Estaban a no más de tres minutos del lugar.

—Y tú me estás sacando de quicio. ¿Acaso no recuerdas que te ofrecí protección para ti y toda tu familia? —Ahí estaba una vez más, el intento por manipularlo. En lugar de replicarle, le seguiría el juego y buscaría entorpecerla para ganar más tiempo; no quería llevarse represalias de una loca como ella.

—Dame un momento. —Drew buscó una explicación sencilla para transmitirle a la loba, robando algunos segundos—. Según lo que estoy leyendo, es respecto a la velocidad de detonación. Un ejemplo de lenta podría ser la pólvora, que explota con una velocidad de conducción de 171 a 631 metros sobre segundo, mientras que las rápidas son de TNT o C4, pudiendo detonar a más de 6000 metros sobre segundo. —El zorro tomó más tiempo, esperando a que Kate intentara responder. Cuando escuchó su intento por esbozar algo, volvió a la carga—. Creo recordar que Reyes, el ingeniero que construyó la bomba, mencionó algo de TNT, pero no sabría qué decirte respecto a la de baja velocidad.

—Como te dije hace un rato, Andrew, tienes que ser puntual, rápido y específico. No podemos perder ni un segundo, ¿lo entiendes? —El vulpino sonrió con picardía, la loba se dio cuenta al instante de sus intenciones—. Luego de corroer los anclajes para abrir la bomba, moveré las cargas con cuidado para llegar al núcleo, pero veo que hay algo llamado "tamper" en medio, ilústrame.

—Por lo que veo, es una barrera que refleja neutrones, mejora el rendimiento de las fisiones… Dice aquí que ayuda a impulsar la implosión de radiación, tal vez sea algo que amplifique el efecto. Podría estar hecho de uranio, es capaz de duplicar la potencia de una explosión. —Drew había encontrado la excusa perfecta para disuadir a Haggard.

—Lo único que entendí de todo eso, es que amplifica el efecto —respondió Haggard—. ¿Qué hacemos aquí?

—No soy ingeniero nuclear, pero sin serlo puedo darme cuenta de que es una barrera que no podemos superar. —La explicación del vulpino no sentó nada bien—. Nuestra única herramienta aquí es el ácido; con tan solo una gota que vaya al tamper y desencadenarás la reacción nuclear. —La loba se quedó en silencio y exhaló, buscando calmarse. Drew prosiguió para aprovechar el momento de duda—. Quizás el plan del agua regia nunca fue una buena idea, tal vez lo habría sido antes de que se montara la bomba, pero estando ya armada no podemos hacer nada más que esperar al escuadrón. —Los latidos del zorro incrementaban su frecuencia a la espera de que Haggard se pronunciara.

—Está bien, tú ganas esta vez. —Pese a que la situación de la bomba parecía haberse resuelto, las palabras de la loba no trajeron calma al vulpino—. Cuando todo esto pase, vamos a hablar en privado, Andrew. Si vas a trabajar conmigo, que ambos sabemos que lo harás, tendrás que acatar ciertas reglas.

Kate cortó la llamada en cuanto terminó de hablar, dejando al zorro con una mezcla de satisfacción por lograr su cometido y miedo por las posibles consecuencias; la pequeña victoria sobre Haggard tampoco servía de mucho todavía, el escuadrón debía llegar y desactivar el explosivo, así como el grupo de Nick tenía que ir a por Raines. Drew se sintió abrumado, quiso buscar alternativas para calmarse, pero le sería difícil.

Luego del breve instante de tensión, la loba retrocedió unos pasos para observar a la bomba, ya no con admiración sino con amargura. Ya no tenía nada que hacer ahí, debía apurarse para ir a por Raines si quería llevarse algo de crédito. Volteó para dirigirse hacia la salida y se topó con Lobato, que la observaba de manera extraña.

—¿Qué necesita, oficial? —consultó Haggard, todavía irritada con él, Rogers y Hopps por haber cambiado de lugares—. Lo noto algo disperso, ¿se encuentra bien?

—Disculpe, jefa, no estoy acostumbrado a estar frente a peligros de este tipo —respondió haciendo referencia a la bomba, pero desviando la mirada hacia ella—. El ácido está listo, mis compañeros querían saber qué tanto traer.

—Traigan todo lo que sea posible, luego el escuadrón antibombas evaluará qué tanto hace falta. —Avanzó hacia el para estar a su lado—. ¿Dónde está Hopps? Quiero hablar con ella. —Lobato se mantuvo en silencio un par de segundos.

—No lo sé, la perdí de vista al llegar aquí —explicó el oficial, mientras Haggard sonreía en respuesta. La loba comenzó a alejarse de él y a caminar a través del pasillo.

—Voy a alistarme para buscar a Raines, informaré sobre la marcha cómo nos distribuiremos. Usted se quedará aquí a la espera del escuadrón, Lobato, avíseme cuando lleguen y cómo es la situación en todo momento.

—Sí, señora —respondió con la firmeza típica de alguien que recibe una orden de un superior. En cuanto se alejó lo suficiente, tomó su teléfono para realizar una llamada—. ¿Rogers? Dile a Hopps que tiene razón, Haggard no es fiable, diría que ni siquiera está cuerda. Va en busca de Raines, irá con un grupo de oficiales a su elección. —El lobo se quedó en silencio para escuchar a su compañera—. Tú tranquila, están en camino.


. . . . . . . . . .

Tras varios cruces de palabras, Viktor tuvo tiempo suficiente como para idear un plan. No conocía el interior de la mansión, pero estaba claro de que tendrían más posibilidades subiendo las escaleras, escondiéndose en alguna habitación y acabando con sus enemigos poco a poco. No tenían más opción que recurrir al juego del gato y el ratón, pero eso no le molestaba para nada.

Con el factor tiempo en su contra, a sabiendas de que la ZPD desactivaría la bomba en cualquier instante, cruzó la mirada de Mycroft para que este entendiera que estarían bien. Su hermano era casi inútil en ese preciso momento, tenía una pistola pero apenas sabía cómo usarla y frente a ellos estaba la manada de Big junto a una de las peores combatientes que podían tener en contra. Su sangre hervía ante el que podía ser su último gran combate.

—¿Qué dices, calvito? —volvió a insistir uno de los osos polares—. ¿Tanto vale la vida de la escoria que tienes al lado?

—A decir verdad, no demasiado, pero soy un ser caprichoso y al menos ahora quiero que venga conmigo, luego no sé. —La sonrisa que dirigió el lince a su hermano fue acompañada de un movimiento de su cabeza y un gesto a la altura de su cuello. Mycroft entendió que buscaban rodearlos y estarían perdidos de no actuar; asintió luego de apretar su pistola con fuerzas—. Con tus hombres avanzando hacia nosotros, creo que tampoco les interesa nuestra oferta. ¿En serio piensan que no activaré el detonador?

—Si lo activas nada impedirá que ustedes mueran —replicó Skye, desafiante—. No esperemos más, Raymond. —El oso polar tragó saliva, observó a sus hombres y les indicó que avancen.

Viktor se asomó apenas por su cobertura para ver cómo respondían sus enemigos y al instante se oyeron los primeros estruendos, dirigidos hacia él. Estando listo para ello, sólo volvió a tomar cobertura, esperó a que sus enemigos avancen lo suficiente y metió su pata izquierda en uno de sus bolsillos. El movimiento fue visto por uno de los osos polares, que le indicó a todos que se pusieran a cubierto; segundos más tarde, una nube de humo ayudó a los linces a ganar tiempo.

A viva voz, el felino calvo le gritó a su hermano que corriera hacia las escaleras. Raymond ordenó a todos que redireccionen el fuego hacia dicho lugar y nadie quedó exento a su orden, pero todo era parte del plan del experimentado lince. Aprovechando el humo, dejó su cobertura y se lanzó hacia los mamíferos que querían ganar su espalda y disparó con su pistola. El sonido del silenciador se perdió entre los estruendos, por lo que nadie se percató a primeras de su movimiento.

Sabiendo de la astucia de su enemigo, Skye detuvo a Raymond y le gritó a la par de su oído que no se oían disparos de parte de los osos que debían rodear a sus enemigos. Para cuando el oso polar se percató de que había sufrido un par de bajas y que Viktor jugó con sus mentes, alzó su pata para ordenar un alto el fuego.

El humo todavía no se disipaba para cuando, desde el interior de la nube, varios disparos comenzaron a dirigirse hacia los mamíferos de Big. Mycroft no sabía nada de combate, pero el sólo atacar sin apuntar permitió crear una cortina de fuego para que su hermano volviera a su cobertura inicial, tal y como le indicó antes de arremeter contra sus enemigos.

Para su siguiente paso, Viktor volvió a meter su pata en un bolsillo y tomó una granada, pero no la lanzó de inmediato. El silencio ahora mismo no era uno de sus mayores aliados, no sabía a ciencia cierta dónde y cómo se ubicaban sus enemigos, pero debía arriesgarse. Con su cuerpo cargado de adrenalina, lanzó la granada con todas sus fuerzas para que salga de la nube de humo que ya se estaba comenzando a disipar.

Un estallido de luz dejó a casi todos los presentes cegados; nadie tuvo tiempo a reaccionar ya que la granada detonó al instante, tal y como calculó el felino. Creando una nueva cortina de fuego, Mycroft y Viktor obligaron a sus enemigos a tomar cobertura y quedarse en sus lugares mientras ellos subían las escaleras y usaban la altura como ventaja, llevándose unas cuantas bajas a su favor.

La táctica del felino terminó siendo un éxito, controlando todas las variantes que se presentaron en su contra. Sin embargo, antes de concretar su victoria temporal, nuevos rivales aparecieron en la entrada del vestíbulo y arremetieron contra ellos. Viktor bajó su arma y salió ileso, pero Mycroft recibió un disparo en una de sus patas en cuanto quiso atacar. Luego de ver que su hermano estuviera bien, el lince calvo tomó ambas pistolas y las dejó, con sumo cuidado, un tanto alejadas de ellos.

—No te saldrás con la tuya, Viktor, no esta vez —exclamó Nick con su pistola en alto, siendo acompañado por Jack y Langley—. No sé qué estés haciendo aquí, Raymond, pero ya hablé con tus hombres que estaban afuera y se retiraron. La ZPD está llegando y caerán del primero al último si se quedan.

—Que los demás sean idiotas no significa que yo te crea, Wilde, te conozco lo suficiente como para ignorar todo lo que digas— respondió el oso polar, apuntándole al vulpino con su pistola mientras hablaba.

—Hablé con Hopps antes de venir aquí, mira el registro de llamadas. —Nick colocó su teléfono en el suelo y lo deslizó con un movimiento de su pierna hacia el líder de los osos—. El escuadrón antibombas ya se encargó del explosivo, nosotros tres llegamos para contener la situación y la ZPD se acerca con el ZBI para terminar de una vez por todas con Arcagma.

Al observar el registro de llamadas del vulpino, Raymond encontró llamadas de la coneja, siendo una de ellas de más de un par de minutos. No sabía qué esperar de Wilde, pero si de algo estaba seguro era que debía de proteger a los suyos. Con los hermanos Raines reducidos en medio de la escalera, parte de su tarea estaba lista.

—Déjanos llevarnos al alcalde, ustedes hagan lo que quieran con el calvo —propuso Raymond, pero Nick negó al instante —. ¿Y al revés? —La respuesta fue la misma—. Sabes que tenemos que cobrar venganza por lo que pasó con el jefe, alguien tiene que terminar en el hielo.

—Tenemos que interrogarlos, descubrir a otros miembros de la Hermandad para acabar con esto de una vez por todas. Mientras, pueden ir a por Crncevic, quedó medio muerto después de un accidente.

—Nick… —Savage llamó la atención del vulpino, que sólo sonrió y observó de reojo a Viktor.

—Tienes suerte de ser cercano a Hopps. —Raymond guardó su arma y sus compañeros lo imitaron—. No haremos enojar a Fru Fru, pero seguiremos en contacto contigo, Wilde.

—Lo sé —dijo Nick, para que los osos se fueran de una vez por todas.

Sin mediar más palabras, los nuevos aliados de Skye la abandonaron, mientras ella seguía vigilando de reojo a los Raines y masticaba el enojo por la situación. Nick y Sarah esquivaron su mirada; Jack tampoco estaba contento por su actuar, pero se sentía aliviado por encontrarla en una pieza. Los cadáveres que se acumulaban en el lugar lo perturbaban, no era difícil imaginar lo que sucedió con los miembros de la Hermandad que acompañaron a Mycroft, pero intentaría desviar su mente de ello. Al fin y al cabo, la bomba estaba desactivada, los Arcagma acorralados y la ciudad parecía encontrar algo de calma después de mucho tiempo.

—Ya casi lo teníamos resuelto, no deberían haber venido hasta aquí —exclamó Skye, molesta por ver sus planes frustrados. Sabía que con ellos presentes no podría matar a los linces y que intentarían derrumbar sus aspiraciones por sostener a la Hermandad.

—Quizás debas bajar tu arma también, Skye, no creas que te librarás tan fácil —respondió Nick, que todavía tenía su pistola entre sus garras.

—Ya no hay necesidad de pelear, sólo terminemos de reducirlos. —Las palabras de Jack, que seguía apuntando hacia los felinos, eran sensatas como de costumbre.

—No se trata de pelear, Jack, tenemos que cortar todos los problemas de raíz. —Al igual que el conejo, Langley tenía vigilados a los hermanos, en tanto observaba de reojo a Skye—. Estamos a nada de acabar con los malditos Lirios, pero hay alguien que con sus aires de poder se sigue oponiendo.

—Luché a tu lado para salvar a tu hermana, fuiste una malagradecida y lo sigues siendo —replicó la vulpina, con su mirada fija en la mapache—. Después salvé a tu primo de una muerte asegurada y lo llevé hacia ti, pero desde entonces no has parado de pelear conmigo. —A Nick sólo lo observó de reojo—. Ya no quiero estar con mamíferos de poca memoria como ustedes, sólo me preocupa seguir luchando por lo que creo que es mejor… Sin importar quien se cruce en mi camino.

—¿Querías que confiemos en ti después de que me obligaras a acostarme y filtraras todo? ¿Después de que nos enteramos que apoyaste a Arcagma y le diste herramientas, sólo para volver a un ente tan corrupto como la Hermandad? —La respuesta de Nick no se hizo esperar—. De no ser porque descubriste tus vínculos de sangre con los Lirios, no sé qué tanto interés tendrías en esto después de todo lo que ha acontecido. Hoy la Hermandad debe morir, al igual que tus ambiciones por ella, como lo harán los deseos de Haggard de conseguir poder.

—Quiero creer que no es una amenaza. —Un extenso silencio se hizo presente tras los dichos de Skye. Jack retrocedió para prepararse ante cualquier evento posible, la vulpina tomó algo de distancia hacia las escaleras y el otro par mantuvo su posición—. Supongo que tendré que volver a las sombras durante un tiempo, en lo que se les bajan los humos.

—Espero que lo reconsideres, Steppefurd —replicó Nick—. Tu partida podría ser permanente. —La zorra de las nieves sonrió ante la provocación, luego desvió la mirada ante Jack.

—No prometo nada, y aunque lo hiciera, sé que no me creerán. —La mirada de la vulpina regresó hacia el zorro y la mapache—. Lo único que me importa, lo tengo aquí mismo conmigo. —La vulpina hizo referencia a la declaración, que seguía en el cilindro plástico que llevaba a sus espaldas.

—No tienes que tomar decisiones precipitadas, Skye, todavía podemos hablarlo. —La voz de Jack era lo único que cambiaba su temple imperturbable, al menos unos pocos segundos—. No tienes que desaparecer, tomar represalias, abocarte sólo a la Hermandad… Podemos buscar algo más, sólo necesitamos tiempo y un poco de calma. —Nick chistó, el conejo buscaba algo que todos sabían que era imposible.

—Les dejaré a los Raines, interróguenlos todo lo que quieran. No me interesa lo que les puedan sacar, tengo dónde y cómo seguir buscando aliados para reformar la Hermandad. —La zorra tomó el tubo con sus patas, del interior tomó la declaración, todavía enrollada—. Pero antes pienso darme un gusto.

La vulpina volteó para caminar hacia sus enemigos, sus tres aliados se observaron entre sí, sin saber qué pasaría a continuación; al igual que ella, avanzaron hacia los felinos, sabiendo que Viktor siempre tenía un haz bajo la manga. Poco antes de llegar hacia sus enemigos, la vulpina desplegó por completo la declaración, buscando el espacio donde se encontraban las firmas; buscaba mostrarle a ambos que, pese a las historias y mitos que les inculcaron, los Edevane nunca firmaron la declaración. No sabía a ciencia cierta qué pensaría Viktor, pero Mycroft sufriría con ello más que con un puñal en su pecho.

Langley bajó su arma y tomó la declaración verdadera, robada en su último encuentro con la vulpina. Jack inspiró profundo, esperando una fuerte reacción de Skye, que ya se había frenado y permanecía congelada en su sitio. Con muchas dudas sobre lo que estaba aconteciendo, los Raines cruzaron miradas, la tensión era tan palpable que la posibilidad de escapar los golpeó de lleno, sólo debían esperar la oportunidad.

En un arranque de ira, la zorra de las nieves partió al medio la declaración, juntó ambas mitades para romperla en cuatro partes y continuó hasta no dejar nada de ella. Giró en un movimiento brusco, con su ceño fruncido y mirada cargada de enojo. Al ver a la mapache con la declaración verdadera y un encendedor listo para dejar atrás todo rastro de ella, Skye enfundó su pistola y apuntó sin dudarlo.

—No lo hagas —dijo la vulpina mientras quitaba el seguro. Bajo su mirada, los Raines habían desaparecido, sus aliados también, sólo la declaración, el único elemento que le permitiría conseguir sus deseos, importaba en ese preciso instante—. ¡Quita tus malditas garras de ahí, Sarah! —La impotencia fue acompañada de lágrimas y una voz desgarrada; no quería hacerlo, quizás había otras opciones, pero ahora mismo su cabeza daba vueltas y era incapaz de razonar. El último y único legado de su familia debía ser protegido.

—Cuando dije que había que cortar todos los problemas de raíz, iba en serio —indicó Langley, con sus rodillas temblando y la punta de su cola danzando sin control—. Lo siento, Skye, en el fondo sigo dudando de ti, pero quiero creer que todavía estás a tiempo de salvarte y este es el único antídoto. —La mapache desvió sus ojos hacia Jack, atónito e inmóvil. Contuvo la respiración y posó la llama sobre el pergamino, que al instante empezó a consumirse.

Con el bloqueo de su mente y el sentimiento de traición inundando su pecho, Skye apretó el gatillo y luego su cuerpo quedó petrificado. Nick dejó de apuntar a los Raines antes de que Sarah cayera de espaldas, momento en que Jack también actuó. El zorro desvió la mirada hacia su compañero, que estaba un tanto atrás de él; en estado de shock, el conejo dejó de pensar y actuó con su corazón, alzando su arma contra él.

—¿¡Qué te pasa!? —gritó con toda su furia y su cuerpo temblando de ira, como Skye hasta hacía un momento— ¿¡Estás ciego!? ¡Mira cómo está Sarah! —Jack vio cómo su aliada estaba caída, intentando recuperarse, con sangre en la herida y emergiendo de su hocico—. ¡Jack! ¡Deja de apuntarme! ¡Yo no soy tu jodido enemigo!

Con una respiración agitada, las garras temblorosas de Skye dejaron caer su pistola, así como Jack dejaba fluir mares por sus mejillas. En ese momento, un disparo cortó el ambiente y fue seguido de otro más. Antes de que Viktor y Mycroft arremetieran contra ellos, Langley utilizó sus últimos hilos de vida para atacarlos y obligarlos a retroceder. En cuanto ambos huyeron, la vulpina reaccionó, tomó su arma y, luego de observar a la moribunda mapache, se dirigió a su compañero.

—Voy a acabar con ellos, Jack, cúbreme las espaldas. —Sin respuesta alguna del conejo, Skye se limpió los ojos y fue tras los felinos, dándole la espalda a los demás.

—¡Voy a matarte apenas pueda! ¿¡Me escuchas!? —gritó Nick, fuera de sí—. ¡Voy a ir a por ti!


. . . . . . . . . .

Después de que Lobato la pusiera al tanto, Nancy colgó e incrementó la velocidad de la patrulla. Estaba a la espera de que Judy terminase de informar a Nick y los demás, que ya se encontraban en las afueras de la mansión de Raines donde Skye fue a parar por lo que pudo escuchar. Si bien la coneja aprovechaba el tiempo para oír un poco más a su zorro, no podía culparla y mucho menos pedirle que se quede tranquila; no quería imaginar el estado de Ben sabiendo que ella se abría paso a través del fuego, ni lo que ella era capaz de sufrir en las mismas condiciones.

A los pocos segundos, Lobato volvió a llamar para informarlas. El escuadrón antibombas ya estaba en el lugar y Haggard ya estaba de camino, furiosa al saber que varios de sus oficiales no estaban en el lugar. Cuando se encontrasen en la mansión de Raines con ella y los compañeros que decidieron colaborar con Judy, les caería una muy buena, pero dada la creciente imagen negativa de Haggard poco les importaba.

—¿Y bien? —preguntó la coneja, para ponerse al tanto.

—El escuadrón ya está trabajando con la bomba, tenemos los refuerzos en camino tal y como pediste y Haggard está viniendo queriendo devorar las cabezas de todos.

—Nada fuera de lo esperado, entonces —comentó la coneja, con una ligera sonrisa—. Los chicos están bien, pero se están adentrando demasiado. Le dije a Nick que no se apuren, pero parece ser que Skye se alió con los osos polares de Big, quiere entrar para calmar las aguas en caso de que Raines quiera activar la bomba.

—Suena lógico, pero arriesgado —respondió Nancy—. Y hablando de Raines, ¿sabemos algo del calvo?

—De seguro ya esté allí, no le gusta quedarse marginado de nada. —La jabalí asintió—. ¿Tú cómo estás Nans?

—Dioses, ni siquiera sé cómo estoy conduciendo, o hablando contigo ahora sin que mi voz se quiebre, es terrorífico —indicó con una risilla nerviosa—. No sé cómo te habrás sentido con los Aulladores, pero esto de las grandes citas y eventos importantes no es para mí.

—Quisiera poder decirte que lo llevo mejor —replicó la coneja—. Llevo tiempo queriendo terminar con esto, pero ahora que quizás suceda, siento que me podría quedar paralizada en cualquier momento.

—Todo saldrá bien, ¿sabes? Hay muchos factores a nuestro favor. La bomba está por ser desactivada, Raines está acorralado por los osos polares, llegará toda la ZPD… Hay que estar tranquilas. —La energía de Nancy fue otra, pensaba en voz alta para serenarse a sí misma antes que a su amiga, que parecía llevarlo mejor—. Además, tu decisión de venir aquí directo y pedirle ayuda a los demás fue muy acertada, llegaremos a tiempo para ayudar a los chicos y mientras, ya tenemos refuerzos en camino para lo que sea que toque.

Ambas disfrutaron de la calma, en cierta forma, sin esbozar palabra alguna. Era de la poca paz que tendrían en las próximas horas. Sin embargo, el corto trayecto no les permitió disfrutar de la quietud por mucho, sólo lo suficiente como para ordenar sus ideas.

Nada más llegar, observaron a los osos de Big saliendo a paso acelerado; estos les dirigieron una mirada, pero al ver a Judy continuaron sin atacar. Se limitaron a subir a sus vehículos e irse, como quien se va a casa después de una jornada laboral; con ellos retirándose de esa forma y sin rastro de los demás, las sensaciones eran mucho más que positivas.

Estacionaron la patrulla a las afueras de la mansión, tomaron su equipo y descendieron del vehículo. Avanzaron con lentitud por si acaso y se sorprendieron al ver cadáveres dispersos en la amplia entrada del lugar, donde los osos polares hicieron lo suyo; apenas habían sufrido un par de bajas, mientras que los mamíferos de Raines fueron masacrados del todo.

A medida que avanzaron, obviando tanto como fuera posible el ambiente que las rodeaba, comenzaron a escuchar las voces de sus aliados, cada vez con mayor intensidad. No llegaban a entender qué sucedía, pero Nick parecía estar gritando. ¿Amenazaría a alguno de los Raines? ¿Por qué se fueron los osos polares si todavía no estaban asegurados los blancos? ¿Cómo habían llegado ahí en primer lugar?

No tenían tiempo para resolver sus inquietudes: Judy avanzó a paso ligero con su arma desenfundada hacia el interior de la mansión y siguió la voz del zorro hasta toparse con un escenario tan confuso como horroroso. Muchos mamíferos de gran estatus se encontraban en el suelo o contra las paredes, sangrando todavía y manchando todo el lugar. De sus tres aliados presentes, Langley estaba en el suelo con una herida de gravedad, Nick paralizado y Jack apuntándole; ninguno de los Raines estaba, tampoco Skye. En medio de sus dudas, la voz de Nancy la trajo de regreso.

—¡Levanta las jodidas manos, Jack! —ordenó Nancy, quien actuó antes de detenerse a pensar, siguiendo sus instintos. Judy obvió a todos y con lentitud se acercó a la mapache para ayudarla.

—¿Jack? —El conejo parecía hipnotizado y no le respondió a Hopps, que ayudaba a incorporarse a Langley entre quejidos al intentar sentarse, pero le fue imposible.

—Tienes que bajar tu pistola, Jack —indicó Nick, generando una reacción en el lagomorfo, que retrocedió un par de pasos, tras dirigirle una rápida mirada a todos—. Si no me dejas ir, los Raines van a acabar con ella y escaparán. Si logramos que digan cuáles son sus miembros, la Hermandad caerá, Skye no podrá refundarla sin mamíferos ni la declaración.

—Dijiste que ibas a matarla, Nick —esbozó, con su voz entrecortada y un claro nudo en su garganta—. ¿Por qué es tan difícil? ¿Por qué tiene que ser así? —preguntó al cabo de unos segundos, dándole una rápida mirada a todo el mundo y bajando su arma de a poco—. ¿Qué quieren que haga? ¿¡Qué!? —Desconsolado, Jack soltó su arma y comenzó a llorar, tapando su rostro. Por primera vez en mucho tiempo, se encontraba perdido, derrumbado, avergonzado. La situación se le había ido de las manos, controlar a Skye fue imposible y ahora Sarah estaba en problemas, los demás lo veían con pena y la vulpina se encaminó a una muerte segura. Sin embargo, los sollozos frenaron en cuanto sintió a alguien que se apoyaba contra él a sus espaldas.

—Ve a por ella, tigre —susurró Langley, ahora abrazándolo para calmarlo—. Tienes que salvarla de ella misma —la respiración de Sarah comenzaba a ser más lenta—, todavía puedes frenarla. —Savage dejó entrever su rostro, luego bajó sus patas y cerró los ojos. La mapache tenía razón, no era tarde, pero debía actuar ya mismo.

—Tú puedes, Jack, confiamos en ti, ven con nosotros. —El aliento de Judy oprimió su pecho, así como la sonrisa que Nick le estaba ofreciendo mientras extendía su pata para ayudarlo a ponerse de pie—. Atraparemos a los Raines y destruiremos a la Hermandad de una vez y para siempre.

Con algo más de claridad, Jack Savage limpió sus lágrimas, tomó fuerzas y tomó la pata del vulpino. No podía permitir que Skye trajera a los Lirios de regreso, mucho menos dejarla ir después de lo que hizo; la vulpina debía reencontrarse con su mejor versión, aquella de la que se enamoró y por la que luchó hasta terminar ahí. Se apoyó sobre una de sus rodillas y jaló con fuerzas de Nick para ponerse de pie, pero falló al sentir un gran peso sobre sus espaldas.

—Ya puedes soltarme, Sarah, gracias por todo —dijo, ahora con otro tono de voz—. ¿Sarah? —El agarre no cedía y la ladrona no respondía. Judy se acercó a ella y apoyó una de sus patas en su espalda.

—¿Langley?

Ninguno recibiría respuesta.


. . . . . . . . . .

Al subir al segundo piso, Skye se encontró con un amplio pasillo con varias puertas. Había un rastro de sangre, producto del balazo que recibió Mycroft, pero seguirlo a ciegas era peligroso. El camino a seguir era claro, pero Viktor podía emboscarla saliendo de cualquier sitio.

Inspiró hondo, avanzó unos pasos y abrió la puerta de lo que resultó ser un depósito, donde había artículos de limpieza; lo cerró y giró para dirigirse a la habitación que estaba enfrente, pero pronto volvió sobre sus pasos. Del interior del depósito se sentía la vibración de un teléfono, el cual tomó pero no contestó a la primera.

Figuraban un par de llamadas perdidas de un contacto no registrado; posiblemente ya hubieran marcado para hablar con ella, pero al no saber en qué momento tomaría el teléfono intentaron varias veces. Era una buena razón para obviar las primeras habitaciones, ya que ello implicaba que no la estaban observando a través de algún cerrojo, actuaban a ciegas… O era lo que ellos querían que pensara. Su mente estaba demasiado acelerada y no lograba analizar con claridad. Cortó la llamada y decidió revisar todo por si acaso.

La habitación que estaba en la pared contraria al depósito tenía una amplia biblioteca. Se le ocurrió que podría haber un pasadizo al otro lado de esta, pero no tenía tiempo para detenerse y buscarlo, no sabía cuánto tiempo retrasaría Jack a los demás. Cerró la puerta con impotencia y siguió avanzando.

Una a una las habitaciones quedaron descartadas, siendo revisadas cada vez con más velocidad mientras la desesperación se hacía presente. La vibración del teléfono comenzaba a ponerle los pelos de punta y, aunque en un principio estaba negada a escuchar a cualquiera de los Raines, decidió tomar la llamada para escuchar alguna voz que pudiera provenir de cualquier sitio.

—¿Pueden dejarse de joder? —exclamó Skye, intentando controlarse—. No se crean que van a lograr distraerme, voy a acabar con ambos.

—Supongo que dispararle a alguien que no sabe de combate o a un tipo enfermo y debilitado es algo sencillo para una agente especial como tú, Steppefurd —indicó Mycroft, al otro lado. Su voz no se escuchaba en todo el piso—. Casi tan fácil como dispararles a tus aliados, matarlos y dejarlos atrás.

—Langley estará bien, pero también se lo ganó por hostigarme todo este tiempo, no lograrás hacerme sentir culpable —dijo en respuesta, intentando convencerse a su vez de que no había obrado mal.

—Ya te pareces a nosotros, muchas felicidades. Si logras tus metas y revives a la Hermandad, serás tan buena líder como yo.

—Jamás sería como tú, eres un maldito enfermo que intentó volar la ciudad, que se la pasó conspirando y matando mamíferos desde las sombras para lograr lo que quería.

—Tú también tienes tus patas manchadas de sangre, además de que no hubiéramos tenido posibilidad de realizar todo lo que hicimos sin tu ayuda inicial. —Raines ya la estaba hartando, pero tenía que hacer oídos sordos tanto como fuera posible mientras revisaba las diferentes habitaciones—. Es increíble ver cómo aquella jovencita de mirada triste y llena de cenizas está aquí, dándonos caza, después de tanto. —El silencio de la vulpina fue indicio de su éxito, ya estaba dentro de su cabeza.

—¿En serio harás esto? —preguntó tras reír con soberbia—. Mira que tienes cosas con las cuales meterte conmigo, ¿pero inventarte cosas sin sentido? Es muy bajo hasta para ti, haz siquiera un esfuerzo.

—Todavía recuerdo esa noche muy bien, 14 de enero, había neblina y el frío me hizo tiritar como pocas veces, creo que los nervios también fueron culpables de ello. Había pasado casi un año de la muerte de nuestro padre y del falso accidente de Viktor, pero después de mucho, logramos dar con la familia Gormsson.

Skye cortó la llamada al instante. No sabía qué tanta verdad podía haber tras las palabras del maldito lince, pero no podía darse el lujo de perderse en sus ideas y aumentar el vórtice de emociones que cargaba encima. Las habitaciones habían sido revisadas de la primera a la última y no había nadie en esa parte del piso, pero el rastro seguía hacia las escaleras del tercero. Debía avanzar, quizás tenía menos tiempo ahora para matar a los Raines antes de que los demás aparecieran por ella, no podía regalar ni un segundo, ni ceder una pizca de su concentración. Sin embargo, las palabras del lince calaron fuerte en ella; volvió a llamar.

—Hay que tener cuidado con la curiosidad, puede sentarte mal Steppefurd… ¿Gormsson? —El tono de voz del lince no le gustaba ni un poco, disfrutaría mucho poner múltiples balas en su cabeza—. Como venía diciendo, era una noche fría y con neblina, pero pronto hizo algo de calor, has de recordarlo bien. —Luego del silencio de Skye, Mycroft rio un par de veces para molestarla—. Fuimos a buscar la daga de tu familia y un mapa que nos ayude a encontrar la declaración, pero al final sólo nos quedamos con la daga. Tu madre nos escuchó al entrar y no tuvimos más remedio que silenciarla… Lo cual tampoco fue muy importante, íbamos a quemar su casa de todas formas una vez que encontráramos lo que quisiéramos.

—Sigue hablando, Raines, cada palabra que dices aumentará tu sufrimiento cuando te tenga entre mis garras —exclamó la vulpina, intentando mostrarse serena—. Fueron a por la daga, no encontraron el mapa porque de seguro no existía, mataron a mi madre y prendieron fuego el lugar para no dejar sus rastros… ¿o por odio a mi familia?

—Odio no, era algo más —señaló Mycroft, en tanto Skye ya se encontraba en el tercer piso, observando que el piso era similar al anterior—. Antes de morir, mi padre, que en paz descanse, nos enseñó muchas cosas de la Hermandad y tu linaje. Sólo Viktor y yo lo sabíamos, el conocimiento heredado debía tratarse con cuidado para proteger al resto de la familia bajo un manto de ignorancia —explicó, luego tomaría una pausa—. Cuando todo esto se transmite de generación en generación, el odio va cambiando de forma. No puedo odiarte por lo que hicieron tus parientes hace tanto tiempo, pero no puedo dejar que vivas. Eres el último eslabón y contigo terminará todo, contigo los Gormsson desaparecen para siempre. Sólo necesitaba mantenerte con vida hasta encontrar la declaración, pero ahora ya no existe.

—Libras una batalla sin sentido, ¿te piensas que la ciudad olvidará quién la fundó? El nombre de los míos siempre seguirá vivo, ya sea en Zootopia, en la Hermandad o en donde sea. Esto no acaba conmigo, perdurará por siempre, aunque me mates ahora mismo.

—Si no hay registros de ti, ni de tus ancestros, ni de sus obras, ni de la creación de su ciudad, su legado desaparecerá y mi familia al fin los habrá vencido, el olvido es el equivalente a la muerte. El que controla la historia, lo controla todo, y hoy quienes lo hacen son los Lirios. Sólo se necesitan un par de generaciones, que aparezcan algunos documentos, o que circulen nuevas historias, los mamíferos de Zootopia tienen poca memoria. La declaración iba a ayudarme a redireccionar la historia, pero bueno, ambos sabemos cómo terminó. —Mycroft dejó escapar una risilla—. Y si eso no se hace viable, siempre está la posibilidad de dejar un cráter, no menos divertido.

—Los explosivos eran para infundir miedo y gobernar con él, para acorralar a los Lirios y hacerlos desaparecer, pero tú estás afirmando ahora que los usarás para reformular la historia de un lugar que quieres dejar desolado… Nada de lo que dices ni tu accionar tiene tienen sentido.

—Me estás confundiendo con Viktor, él quería ir a por la Hermandad, pero yo siempre aspiré a más. Él quería asustar a la población para erradicar a los Lirios, pero yo buscaba exprimir al máximo lo que los Gormsson habían creado. Todo lo que alguna vez pasó por sus garras sería mío y no quedaría nada más para nadie. —Mycroft se relamió los labios—. Luego bien podría destruir todo para terminar de extinguir sus memorias…

—Ni siquiera tu hermano está tan mal de la cabeza —exclamó la vulpina, interrumpiendo su estúpido monólogo—. Tu padre ha de haber sido una grandísima mierda, pero si Viktor aspiraba a destruir los Lirios y dejar al resto de la ciudad, dudo que les haya inculcado una tarea diferente. Tú superas extremos que quizás ni imaginó, te tendría asco y odiaría ver lo que haces. —Si él se daba el lujo de hablar de su familia, ella haría lo propio. Aunque se encontraba al límite, intentaría sacarlo de quicio para forzar algún error.

—Tú no puedes decirme nada, ¿qué crees que pensaría tu familia con todo esto? —De forma astuta, el lince combatió fuego con fuego—. Estás tan mal de la cabeza que filtraste videos sexuales comprometiendo a un colega, nos diste recursos a por montón, asesinaste a sangre fría a miembros de la Hermandad que podían serte útiles e incluso mataste a esa mapache, que dicho sea de paso, es un trabajo que me ahorraste. Lo de la declaración no podía quedar impune…

En un repentino movimiento, Skye lanzó el teléfono contra el suelo para después pisarlo reiteradas veces; no llegó a oír las risas de Mycroft al otro lado. Aunque sus aliados ya no eran de su agrado, evitaría lastimar a Sarah si pudiera volver atrás, la adrenalina que vivía no le hizo experimentar la culpa hasta ese entonces. Se detuvo por un instante y comenzó a llorar de impotencia, la había cagado, sobre todo al aprovecharse del estado de Jack.

Sintiéndose entre la espada y la pared, contempló la posibilidad de volver tras sus pasos, pero la furia de Nick y los demás, la vergüenza que sentía por lo de Jack y su propio orgullo inclinaban la balanza hacia el otro lado. Sumado a ello, la ira que sentía contra los Raines terminó direccionando sus planes; ahora que sabía el trasfondo de la muerte de su familia y los deseos de Mycroft, no los podía dejar vivir, hasta se daría el tiempo de torturarlo de ser posible. Si no le hubiera disparado a Sarah no estaría en esa situación, pero volver atrás no era una opción; siguió avanzando.

Revisó un dormitorio, luego el que estaba enfrentado y así llegó hasta la mitad del pasillo. Su ansiedad terminó por apoderarse de ella y fue caminando hacia el fondo del pasillo a paso ligero siguiendo el rastro de sangre, donde abrió la habitación que estaba a su izquierda. Ingresó y notó que había un vendaje improvisado color carmesí a la par de una cama. Percatándose de que cayó en una trampa, se acercó hacia la puerta con velocidad, pero la cerraron en su cara.

La puerta estaba trabada, por lo que Skye disparó al picaporte y luego abrió de una patada; Viktor estaba huyendo hacia las escaleras. La vulpina se adelantó unos pasos y tomó su arma, pero dudó; sabía que el lince calvo era tan culpable como su hermano de todo lo acontecido, ¿pero valía la pena matarlo? ¿Y si se lo entregaba a sus aliados y hacían las paces?

En cuanto Skye dudó, una sombra apareció a sus espaldas. Desde que fue tras ellos, pensó que Viktor sería quien la ataque al ser el más experimentado, argumento en el que confió más aun siendo que Mycroft la estaba provocando para ser una potencial carnada. Tan rápido como le fue posible, giró sobre sí misma y se dispuso a gatillar a quemarropa, pero no fue capaz de ello. Mycroft logró meterse en su cabeza y eso sentenció su final: luego de dos estruendos, Skye cayó de espaldas y un dolor sordo e intenso en su pata derecha la hizo derrumbarse. No tuvo tiempo para buscar la segunda herida, un tercer disparo se hizo presente.

La vulpina cerró sus párpados, tomó aire y luego los volvió a abrir. Frente a ella se encontraba Raines, caído contra una pared, con un disparo en su pecho y otro en el hombro de su lado hábil. Habiendo saboreado la muerte, tomó su arma y la alzó para vaciar el cargador frente al cuerpo del felino, hasta que oyó una voz que la frenó, aquello que necesitaba.

—Baja el arma, Skye, ya está, ya terminó. —Jack caminó hacia la vulpina, quien todavía tenía su pistola apuntando hacia Mycroft—. Tienes que bajar el arma, no quiero volver a repetirlo —indicó sereno, con algo de tristeza y melancolía, decepcionado.

—Fue él, Jack, ellos. Me convirtieron en esto, estuvieron siempre detrás de todo, desde el primer día. —El conejo se paró entre ella y el felino, luego observó a Judy y Nick, que se acercaban con cautela, llevando a Viktor a una distancia prudente—. Robaron la daga de mi familia, mataron a mi madre, incendiaron mi casa, me manipularon para seguirlos y me trajeron hasta aquí. —La mirada de la vulpina apuntaba al vacío, esquivando las de todos. Temblaba mientras sus ojos daban origen a un río angosto y extenso—. No quise lastimar a Langley, lo digo en serio, por favor. Te juro que no quise hacerlo, ni traerte hasta aquí, ni nada de esto.

—Dame eso, ahora ya nadie va a lastimarte —dijo Savage, tomando su arma, sin que ella oponga resistencia. Después observó a Viktor, quien al cruzar su mirada asintió sin inmutarse.

—Esa herida no se ve bien, Jack, tenemos que tratarla… Pero antes llevémosla a algún otro lado —exclamó Nick mientras se acercaba, dejando de lado sus emociones para ayudar a la zorra de las nieves en su momento de debilidad, todo en pos de su amigo, quien también se veía afectado—. Pronto llegarán las ambulancias que pidió Judy, podemos meterla en una y sacarla de aquí antes de que llegue Haggard.

—Claro, ¿crees que puedas cargarla? —solicitó el conejo, recibiendo una mueca de Nick en respuesta. El zorro no estaba a gusto, pero largó el aire y la alzó, en medio de un alarido de dolor de parte de ella.

—Nos debemos una charla después de esto, Franjas. —Jack desvió la mirada y asintió; al igual que Skye, él también se había dejado llevar. Si estaban en ese lugar, en ese preciso momento, en parte fue por su falta de resolución—. Revisa a Raines y nos vamos. —Nick comenzó a retroceder, mientras veía la situación de reojo.

Luego de observar a Raines con desprecio, Jack pateó su arma lejos y se acercó para tomarle el pulso. Con lentitud, acercó sus dedos al cuello, prestando atención a los ojos de Mycroft. Contuvo la respiración luego de frenarse y colocó sus dedos en la yugular, que todavía se percibía.

Savage logró alejarse de un brincó y trastabilló, pero Raines lastimó su vientre con un zarpazo. Nick reaccionó y soltó a Skye, dejándola caer para tomar su pistola. Sin embargo, no fue lo suficientemente veloz como para evitar que el lince le dispare a Jack cerca de su estómago, con su pata inhábil y haciendo uso de una pistola que llevaba a sus espaldas.

Luego de que el conejo cayera en el lugar, perdiendo control de su cuerpo, Nick apuntó hacia su atacante, pero haber cargado a Skye no le permitió ser tan veloz como la situación lo ameritaba. Sin demasiada puntería, Mycroft volvió a gatillar, pero no fue contra el vulpino sino contra Hopps, que lo embistió para recibir el disparo en su lugar.

En estado de shock por lo que acababa de ocurrir frente a sus ojos, Nick se paralizó frente a la coneja, quien gemía de dolor. Raines tuvo el tiempo suficiente como para haber acabado con él también, pero en lugar de eso dirigió una mirada a su hermano, que estaba al fondo. Con una sonrisa macabra y sus ojos cargados de malicia, Mycroft volvió a alistar su arma.

El último disparo que saldría de las garras de Mycroft Raines impactó en su propio paladar, luego de haber llevado el cañón a su boca. Viktor se quedó pasmado por un instante frente al atroz espectáculo. Su hermano sabía que en su estado no podría salir de ahí con vida, decidiendo acabar consigo mismo antes de dejarle a alguien más el gusto de hacerlo.

Teniendo la posibilidad de escapar, el lince calvo caminó a paso lento y con gran pesar hacia el cuerpo de Mycroft. Observó al zorro, que estaba hecho un manojo de nervios, dominado por el temor de perder a su compañera en cualquier instante. Luego de arrastrarlo por un infierno interminable, Mycroft terminó por darle, sin quererlo, un castigo peor que la bala que iba hacia él.

Cerca de ellos, Steppefurd rengueó hasta poder estar junto con Savage, quien respiraba de forma agitada mientras gritaba con desesperación. Al igual que con Wilde, su hermano terminó castigando a la vulpina con algo que sufriría más en su corazón que en carne propia. El conejo por su parte padecía las consecuencias de su falta de coraje, habiéndose dejado arrastrar una y otra vez por esa zorra psicótica. De haber marcado límites más férreos, incluso a riesgo de distanciarse, ninguno de los presentes estaría en esa situación. No podía culparlo de todas formas, el amor pone estúpidos hasta a los más fuertes.

Habiendo llegado a la par de Mycroft, se dejó caer a su lado mientras contemplaba a aquellos que fueron tanto sus enemigos como sus aliados, que lo odiaban a más no poder, que de no dejarse llevar por la tragedia que estaban viviendo lo matarían en ese preciso instante. A diferencia de su hermano, no le molestaba que alguien se diera el gusto de matarlo, pero tampoco tenía ganas de esperar. Tomó la pistola que todavía tenía a mano Mycroft e imitó su accionar. Con múltiples sirenas de fondo, Viktor llevó el cañón a su garganta, tomó aire por última vez, cerró los ojos y jaló del gatillo.

Después de volver a tomar aire, dejó escapar una risa sonora ante un nuevo giro del destino. El arma de Mycroft ya estaba vacía, el muy cabrón había contado bien las balas. Por lo visto no lo querían ni arriba ni abajo, debería conformarse con el purgatorio en el que se encontraba, al menos por ahora. Al final, terminó por sonreír al darse cuenta de que estaba tan solo que ni siquiera la muerte quería abrazarlo. El peor de sus temores se volvió realidad.