Desde la primera sesión hasta la presente, de seguro la última, la evolución del vulpino fue marcada por un subibaja emocional que trajo de todo. Le costó mucho salir de sus múltiples crisis, pero ahora mantenía sus puntos altos durante más tiempo. Lo realmente positivo es que ya no se guardaba nada, a diferencia de sus primeros encuentros; la confianza entre ellos era tal que podían tocar cualquier tema y hablar del mismo más allá del tiempo que duraba una sesión normal.
El estrés postraumático no era sencillo de tratar, pero con su estado actual, cabía la posibilidad de separar caminos para que Drew se valiera por sí mismo, con todo lo aprendido. Después de todo, sólo estaba a un llamado de distancia de Monteiro, quien ahora trabajaba en su propio consultorio, alejado de la ZPD desde hacía varios meses, luego de chocar varias veces con sus superiores.
El psicólogo se detuvo en cierto momento, abandonando el tópico actual, notando algo diferente en el zorro. Sabiendo de sus altibajos, lo analizó desde el segundo que entró hasta ese preciso momento. Con un gran cambio por venir, era de esperarse un cambio en su actitud.
—Drew, estando ya en los últimos minutos de nuestra sesión, ¿cómo te sientes respecto a la mudanza? —preguntó el lobo, yendo directo al grano—. Te veías convencido hasta hace un par de semanas, pero hoy ese manto de seguridad ya no está.
—Qué puedo decirte, Mathew, muchas cosas han cambiado en el último tiempo, pero sigo sin acostumbrarme a los cambios en sí. —Drew suspiró y luego desvió la vista—. Mientras todo a mi alrededor va mutando, yo sigo sin poder despegarme de lo que pasó, con esta sensación de… —se tomó su tiempo para pensar una descripción acorde— ¿amargura? ¿Vacío? Si fuese por mí, no abandonaría la ciudad, me gusta estar aquí, pero lo hago a cambio de algo que no sé si resulte.
—Ya hemos tocado este tema, y no sólo lo has hecho conmigo sino también con tu esposa y amigos. ¿Hay algo que realmente te ate a Zootopia? —Drew se quedó en silencio; le dolía no poder vivir en la ciudad donde creció, aquella que defendió como Archimago y por la cual soportó a Arcagma durante tanto tiempo—. ¿Y bien?
—Aún con todas sus imperfecciones y problemas, amo este lugar. Mi infancia está aquí, conocí a Grace aquí, es donde está Nick, donde nació Scott, donde estudié… No estoy listo para irme, no todavía —indicó, observándolo directo a los ojos.
—Sí… Puedo entender eso, como alguien que no es nativo de aquí, sé lo que es dejar tu hogar, pero a veces es mejor así. Los recuerdos y la nostalgia a veces nos atan a cosas que no son sanas para nosotros. No hay semana en que tu familia no sea acosada, tu hijo está siendo educado en casa cuando se encuentra en una edad donde tiene que abrirse al mundo y socializar, incluso tuviste que vender tu casa porque ya no te sentías seguro allí, y ahora están viviendo en un apartamento que bien me dijiste que deja mucho que desear. —Drew no respondió—. Los recuerdos debes atesorarlos en tu corazón, no puedes ser esclavo de ellos. Tienes una familia a la que quieres y debes cuidar.
—Gracias por las palabras de aliento, tampoco es que vaya a cambiar de opinión con el camión de mudanza en viaje, pero hay cosas… —Drew tomó un respiro—. Esto que voy a decir no va a sonar bien, pero, ¿qué tanto debo sacrificar para estar en paz conmigo mismo? ¿Por qué la familia siempre debe ser una excusa para dejar lo que quiero de lado? —Monteiro no se esperaba el planteo del zorro—. Hoy mientras desayunaba con Scott, me dijo que estaba ansioso por hacer nuevos amigos, que quería volver a salir de casa sin miedo, que estaba contento por el cambio. ¿Sabes tú lo qué sentí?
—¿Remordimiento? —El lobo había dado con la palabra exacta.
—Me pierdo tanto en lo que pienso, que por momentos no puedo alegrarme del simple hecho de que mi hijo está feliz. Soy incapaz de disfrutar esas cosas que extrañaba cuando estaba en la mina de Arcagma, como si ahora nada me llenara, todo es insuficiente. —Monteiro le dio espacio, pese a la pausa del vulpino, quería que siga desarrollando su planteo—. Ya pasaron ocho meses, Mathew, ocho jodidos meses y sigo sin saber qué es lo que está mal conmigo. No soy el mismo tipo que era antes de que esto comenzara y siento que estoy en falta con todos por eso.
—¿En serio crees que serás el mismo mamífero que eras antes? —La pregunta retórica del lobo le molestó, sabía que un rotundo "no" era la respuesta—. Drew, estás en todo el derecho del mundo en sentirte mal, en querer cosas para ti, en ser algo egoísta de a ratos. Pasaste por un infierno y lo único que has hecho desde entonces es preocuparte por los demás. En todos estos meses, ¿cuándo fue la última vez que hiciste algo para ti solo? ¿Hiciste oídos sordos a lo que dicen los demás alguna vez para hacer algo que querías? —Monteiro prosiguió, no necesitaba las respuestas, sino plantar una semilla en la mente del zorro—. Creí que habíamos superado esta fase, pero por lo visto necesitas algo más de tiempo —dijo luego de esbozar una sonrisa—. Son tus tiempos los que hay que respetar, no los míos, ni los de Grace, ni los de nadie. Si tú no estás bien, en primer lugar, ¿cómo piensas hacer que los demás estén bien?
—Sí, ya lo sé, pero no es fácil —exclamó, algo negado.
—Nunca nadie dijo que lo sería —replicó el psicólogo—. Pero habiendo pasado todo lo que te tocó, creo que esto es mucho más sencillo.
—Decirle que no a Grace y hacer lo que me plazca me produce más terror del que Arcagma alguna vez me dio —señaló entre risas—. ¿Algún consejo de qué pueda hacer para distraerme de todo y recargar baterías?
—Puedo pasarte mi usuario y nos quedamos jugando hasta tarde a algo. ¿Por qué te piensas que comienzo a trabajar desde las 10? —El zorro alzó una ceja y dibujó una mueca en su rostro—. Gasta algo de tus ahorros en algo que te guste de verdad, sal a comer con Grace más seguido, anótate con tu hijo en alguna actividad… En Burrows se suele hacer mucho eso, aunque generalmente son las madres las que pasan el tiempo con sus crías. —Monteiro recobró su temple serio—. Estarás más tranquilo allí, podrás volver a vivir sin miedo, a vivir en definitiva, que es lo que te hace falta.
La alarma del lobo comenzó a sonar, la sesión había finalizado. Drew tomó sus cosas, se puso de pie y le agradeció su trabajo; todavía había mucho para hacer, pero ya tenía con qué comenzar. Sin embargo, de primera mano ya tenía tareas con las cuales distraerse por un rato, la mudanza y su posterior viaje a las conejeras llevarían buena parte del día.
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Le colocaron sus esposas antes de que salieran de la celda; no le habían dado tiempo a terminar con su desayuno, pero tampoco le importaba demasiado. Hoy era el día en que se despediría de su viejo colega, y pese a que era un trago de lo más amargo, sentía cierta paz.
Dos guardias caminaban al frente de él y dos a sus espaldas, todos lo superaban en tamaño a excepción de un caracal, de similar altura a la suya. Sentía cierto regocijo ante el show que se estaba montando, por no decir orgullo, al ver cuánto le temían. Entendía de protocolos de seguridad y demás cosas, pero no era lo mismo vigilarlo a él que a cualquier otro recluso. Los susurros, miradas y quejas por tener que escoltarlo hacían que volviera a sentir ese calor en su pecho.
Lo obligaron a firmar papeles que no se tomó el tiempo de leer, quería que todo se diera de la forma más veloz posible. Sentía una ansiedad impropia en él, la adrenalina poco a poco se incrementaba y ni siquiera había puesto un pie fuera. No había nada que pudiera salir mal.
Detestaba el naranja de su uniforme de recluso, casi tanto como el manoseo que estaba sufriendo de parte de un par de guardias para colocarle un micrófono bajo su remera y una tobillera electrónica. Estaba dentro de lo esperado, habría sido decepcionante de hecho si no intentaran frenarlo con todas sus herramientas posibles, aunque de todas formas su humor se estaba viniendo abajo con esos soquetes.
El hospital St. Clair estaba a tan solo unos minutos de la prisión, destino habitual de algunos convictos que necesitaban tratamiento que el equipo médico no podía otorgarles en sus instalaciones. Tal era el caso de Herbert, paciente crónico que permanecería allí de por vida, o al menos hasta que decidieran deshacerse de él, algo que ya se estaba tramitando. Era apenas un montón de huesos con músculos atrofiados que desde el choque no volvieron a activarse. Servía para gastar recursos y dinero del estado, no mucho más; sólo respiraba porque algunos así lo decidieron, su agonía debía ser prolongada. Preso en su propio cuerpo, mantenía el control de sus ojos y párpados como única capacidad. El síndrome de enclaustramiento era exageradamente cruel con aquellos que lo padecían, una tortura que ni bestias como la pantera merecían.
Bajó con los cuatro guardias una vez que estacionaron. El líder de ellos, un toro de apellido Sterling, se comunicaba con la central y esperaba órdenes. Hacía algo de frío para estar afuera, agradecía que poco a poco su pelaje comenzara a volver. Ya habilitados para ingresar, lo empujaron para adentrarse a través de una entrada especial, destinada a la policía y reclusos.
Tras varios insultos de los presentes, comentarios al aire y escalones por subir, llegó al tercer piso y se frenó en la habitación 308. Sterling golpeó la puerta y del interior salieron un lobo que fumaba y una gacela que tomaba nota de varias cosas, eran médico y enfermera respectivamente. Cruzaron un par de palabras con los oficiales, mientras también estudiaban con la mirada a Viktor, que hizo lo propio con ellos. Antes de que se retiraran, el lince les dedicó una sonrisa cargada de malicia, lo cual no podía significar nada bueno.
Con las esposas todavía puestas y el micrófono funcionando, el felino avanzó hacia el interior de la habitación. Las ventanas tenían rejas exteriores, no había elementos contundentes a primera vista y sólo él estaría dentro del lugar, mientras los oficiales esperaban afuera. Habían quedado a solas al fin, quizás no de la forma más óptima, pero necesitaba volver a ver a Herbert a como diese lugar.
La pantera apenas era un vestigio de lo que supo ser: su masa muscular era nula, su rostro era irreconocible y, por el olor que emanaba, no tenía ningún tipo de control sobre sus esfínteres siquiera. Si tenía alguna duda hasta ese preciso momento, ya la terminó de despojar tras darle un rápido vistazo; no lo dejaría vivir así.
Se arrimó a él para observarlo de cerca y puso sus garras sobre su pecho para que abriera los ojos. Al sentir dicho estímulo, Herbert inspiró más profundo y abrió los párpados con gran lentitud. Después de meses, era el primer contacto físico que tenía con alguien que no perteneciera al hospital o la policía. Empezó a parpadear con fuerza mientras su mirada se humedecía, a lo que Viktor secó las lágrimas con sus propios dedos. Luego tomó su cabeza con docilidad y la giró hacia él, se sentó sobre una de las sillas y mantuvieron un extenso silencio donde su mirada era el único medio de comunicación.
—Lamento haber tardado tanto en venir, muchacho, pero nada ha sido fácil en los últimos meses —señaló Viktor mientras alzaba sus muñecas—. Lo cual ya has vivenciado también. —El lince sentía su estómago revuelto luego de ver en lo que se había convertido la pantera, la realidad había superado su imaginación—. No sé cómo te comuniques aquí con el personal, pero podrías responderme parpadeando. Un parpadeo es sí, dos son no, ¿de acuerdo? —Herbert parpadeó una vez—. Bien… Hora de hablar —susurró Viktor, dejando ver que tenía un micrófono puesto.
» Sé que has de tener muchas preguntas y no creo poder responder todas ellas, no porque no quiera sino por… nuestra "vía de comunicación" —explicó mientras se ponía de pie. Quitó la sábana que cubría de la cintura hacia las patas de Herbert para ver su estado general—. Creo que lo mejor que puedo decirte, para comenzar, es que siempre has significado mucho para mí. Todo lo que he hecho fue pensado con la idea de poder apartarnos, irnos a donde sea sin tener que lidiar con nadie y dejar esta ciudad a merced de Mycroft una vez que los Lirios desaparecieran. Pequeño inciso aquí, están prácticamente extintos, así que les ganamos.
—Viktor sonrió en forma triunfal y se mantuvo en silencio un par de segundos, siempre con sus ojos clavados en los de Crncévic.
» Bien, dejaré de dar rodeos. Creo que comenzaré con lo de Tora y su ascenso al poder. —Viktor se detuvo al ver los talones de Herbert, lastimados ante la falta de cuidados, luego suspiró—. El tigre fue un chivo expiatorio, con Mycroft sabíamos que su ambición haría que se deje llevar y luego lo haría caer. No creímos que detonase una bomba para mostrar su poder, o al menos yo; no puedo confirmarlo, pero creo que parte del comportamiento de Tora se vio influenciado por Mycroft, que al final movió los hilos en pos de sus ideas y no nuestros planes. ¿Me sigues hasta aquí? —Herbert pestañó una vez.
» Sólo Mycroft sabía que fingiría mi muerte. Si yo ya no estaba, Laura iba a alejarse de mí para siempre y seguiría con su vida, luego tú y yo podríamos irnos cuando quisiéramos. —Viktor se pausó al notar cicatrices de quemadura en la cola de la pantera, varias de ellas recientes—. No te lo dije en el momento porque no te habría gustado la idea de retirarte y perder protagonismo, sumado al hecho de que tu desprecio hacia Tora ayudaría a quitarlo del medio. Tuviste que pasar por mucho, pero al final fuiste una de las claves para acabar su acto patético y allanarle el camino a mi hermano. —El lince cubrió a Herbert con su manta, ya no necesitaba ver nada más—. No sé si esto te deje conforme, pero podemos pasar a otro tema si quieres—. Herbert se tomó un tiempo para responder, pero luego pestañeó una vez. Estaba claro que no compartía la idea de su jefe, no lo hubiese aceptado en su momento como él bien había dicho.
» ¿Quieres que hablemos de Mycroft? —Herbert dio dos pestañeos—. ¿De Tora? —Misma respuesta—. ¿Los Lirios? —De poder hacerlo, la pantera gruñiría—. No tenemos demasiado tiempo, quiero despejar todas tus dudas y hablarte lo más posible de lo que sea que quieras antes de que… me vaya. —Herbert le mantuvo la mirada y luego cerró sus ojos por varios segundos—. Tengo algo de lo que siempre quise hablarte, pensaba dejarlo para el final, pero ya que no quieres hablar de nada más… —La pantera abrió los ojos y pestañeó, ahora sentía intriga. No era común ver al viejo con pesar e incomodidad, era algo grande.
» Tiene que ver con el día en que nos conocimos, mismo día que murió tu madre —señaló Viktor; Herbert no abrió más sus ojos porque no le era posible, no esperaba dicho tópico en lo absoluto—. Ingrid y yo nos conocimos poco después de que fingí mi muerte para dar vida a Arcagma. Ella trabajaba en un comedor donde daban refugio a mamíferos sin hogar, fueron mis primeros contactos para tener más ojos en la calle. Yo cada tanto llevaba alimento, medicamentos y ropa, ella me agradecía y los vagabundos me querían, eran recursos baratos. —Los ojos de Herbert no se movían, en tanto Viktor estaba absorto en sus pensamientos.
» Una noche fui a esconderme al refugio, tuve un enfrentamiento del cual salí malherido. Ella estaba ahí, se había quedado dormida de tanto trabajar, pero despertó al escucharme. Se asustó mucho y quiso socorrerme, llevarme al hospital, pero antes de poder explicarle nada un ocelote apareció y tuve que defenderme. —La mirada de Viktor, perdida en el horizonte, ahora se enfocaba en la pantera—. Ella me ayudó a esconder el cuerpo bajo la promesa de que le cuente qué rayos pasó y quién era en verdad. En alguna otra ocasión hubiese buscado la forma de silenciarla y huir, pero con Ingrid no fui capaz. Le terminé explicando cómo se movían los hilos de la ciudad y decidió ayudarme mientras yo siguiera ayudando a los refugiados.
» Nos volvimos más cercanos con el tiempo, comencé a ir de forma recurrente, Mycroft creía que perdía el tiempo y me exigió tomarme en serio las cosas, pero yo obtenía allí la información que necesitaba y la compañía que quería. —Viktor suspiró con algo de nostalgia y luego volvió a pausarse—. Con el tiempo tuve que tomar distancia, me conseguí muchos enemigos y los Lirios eran más difíciles de combatir. Ella se enojó por eso, sabía que era riesgoso, pero no quería que me fuera. Sin revelar nada de mi historia consiguió varios contactos, mamíferos que querían un cambio en la ciudad, les vendía una utopía mientras yo quería vengarme de la Hermandad, pero en parte ambas cosas podían ir de la mano así que me dejé convencer por ella, hasta que se enfermó. —Herbert cerró sus ojos con pesar.
» Tu padre era un idiota que usó el dinero que le envié para gastos propios, para cuando me di cuenta ya era muy tarde y ella ya no tenía salvación. Un día me dijo que ya no aguantaba más y decidí poner punto final a la situación. —Herbert abrió los ojos—. La sumí en el más profundo de los sueños, ya no podía verla de esa forma. Luego hice que una pandilla acabara con tu padre, todo el mundo pensó que huiste cuando en realidad hice que te unieras a mi causa. El plan había salido a la perfección y pude quedarme con lo que ella más amaba, el mayor tesoro de la mujer que más quise en el mundo. —Los ojos de Herbert se abrían y cerraban a toda velocidad. La furia y la desesperación se había apoderado de él y no podía hacer nada en respuesta. ¿Cómo era posible que matara a su madre para llevarlo consigo? —. Se podría decir que fue uno más de mis actos egoístas, quizás el que encabeza mi lista personal, de los que más me avergüenzan. Sin embargo, a día de hoy y con todo lo que ha pasado, hubiese tomado la misma decisión. Lo lamento mucho, Herbert, pero tengo que seguir siendo egoísta, verte así destroza mi alma.
Viktor se puso de pie y observó detenidamente el rostro del felino. Estaba listo para hacer lo mismo que supo hacer con su madre: darle un justo descanso. Sin dubitar, tomó una almohada y la colocó encima de su rostro. Ni siquiera debía hacer fuerza, la pantera no podía defenderse, pedir ayuda o suplicar por su vida. En medio de la muerte piadosa que el lince quiso ofrecerle, pasaba al otro mundo sintiéndose traicionado, cargando una montaña de odio más grande que cualquier otra, con lágrimas brotando de sus ojos tanto por tristeza como impotencia. Viktor tenía mucha suerte de tener a su mano derecha en un estado tan deplorable.
Ahora era cuando su plan comenzaba en verdad. Llamó a Herbert por su nombre un par de veces y luego maldijo. Golpeó la puerta y uno de los guardias ingresó, era el caracal; acto seguido, Viktor clamó por un médico. Cerca del lugar estaban la enfermera y el doctor que se cruzó en un inicio. Este último pidió algo de espacio y un par de guardias que estaban fuera se mantuvieron del otro lado de la puerta. En cuanto encontró el momento propicio, el lince se acercó a la enfermera en medio del caos, tomó la lapicera que llevaba junto con su agenda y apuñaló al caracal en su cuello.
La enfermera dejó escapar un grito, pero antes de que los agentes que quedaron afuera pudieran reaccionar, Viktor ya tenía la pistola del caracal entre sus garras. Usó al médico de escudo, obligó a sus custodios a dejar sus armas en el suelo a cambio de negociar y soltar a su rehén, pero al cabo de unos segundos para dejar que la situación se calmara un breve instante, disparó a los oficiales a sangre fría.
—Tú, gacela, por qué Herbert tenía esas úlceras en su cuerpo —preguntó Viktor con gran enojo.
—E-es que se generan por la fricción con el colchón. —La respuesta que dio la enfermera no bastó.
—Tú, como su cuidadora a cargo, tenías la función de moverlo para evitar que aparecieran, sólo con eso alcanzaba —rugió, más molesto ahora—. Y tú, doc, ¿qué son esas quemaduras de cigarro en su cola? ¿Te aprovechas de que no puede moverse para lastimarlo? —El lince lanzó al médico al suelo—. Todavía podía sentir lo que le hacías.
Sin tiempo a su favor, Viktor disparó a la enfermera en su pecho y al médico en su estómago y una pata, para que se desangrase con mayor lentitud y sufriera las consecuencias de su acto. Tomó las llaves que tenía el oficial Sterling para quitarse las esposas y luego una tarjeta que le permitía quitarse la tobillera. Luego corrió hacia la salida, era una pena no poder disfrutar del espectáculo.
Los disparos contra los guardias habían alertado a los miembros de seguridad del lugar, que comenzaron a bajar las vallas metálicas y a buscar la forma de rodear a Viktor. El lince logró llegar a la planta baja luego de tomar diferentes rehenes. Si bien la tenía complicada porque el complejo sería rodeado en cualquier momento por la ZPD, logró llegar a una salida de emergencia. Con las sirenas en aumento, una van negra fue a recogerlo para escapar.
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Recorrió los largos pasillos con total familiaridad, ya que su anterior trabajo lo llevaba cada tanto a pisar la prisión. Si bien ya no contaba con una placa del ZBI, sabía cómo era el protocolo estándar para las visitas. Sería la primera vez que visitaría a Skye en la estatal; luego de que fuera trasladada hacia allí hubo que renovar permisos, lo cual le llevaba mucho tiempo y demasiadas ganas, nada abundantes en los últimos meses.
No tenía muchas razones para seguir volviendo, más allá de honrar los buenos momentos que vivieron juntos. Se debían mucho el uno al otro y era innegable que seguía sintiendo cosas por ella, pero las heridas todavía no cicatrizaban y, a decir verdad, la situación era tan deprimente que con facilidad se venía abajo, algo que no podía permitir en su estado actual.
Lo acercaron a un mostrador donde presentó un sobre de papel madera con la documentación que le solicitaban siempre, junto a un par de sellos extra, tratándose de un lugar con mayores barreras de seguridad. Tras una rápida lectura, un estampillado y algunas firmas, introdujeron todo en un nuevo sobre y lo dejaron sobre una enorme pila de archivos.
—Le imprimiremos algunas cosas que deberá traer cada vez que vuelva, pero mientras puede ir pasando. —La secretaria no desvió la vista de su monitor—. Llévalo a la sala de visitas de la habitación 314, Stanley —indicó la mujer. El oficial se ubicó detrás de Jack, pero este alzó una de sus patas para frenarlo.
—Está bien, conozco el camino, no hace falta —señaló Jack, con un tono amable.
—Lo siento, agente Sav… Señor Savage, pero los mamíferos con discapacidad motriz deben ser acompañados por protocolo —explicó la secretaria. A continuación, Stanley tomó los mangos de la silla de Jack para empujarlo.
—Está bien, Diane, como tú digas. —Suspiró con pesar, detestaba que no lo dejaran manejarse por sus propios medios. —¿Tus hijos bien?
—Sí, señor, gracias por preguntar. Me alegro mucho de volver a verlo, aunque me apena que sea en estas condiciones. —Diane asintió y luego desvió la mirada hacia Stanely, para que lo llevara con Skye—. Si llega a necesitar algo, no dude en pedirlo, estamos a su disposición. —Jack sonrió para agradecer, pero una vez que comenzó a ser trasladado su rostro cambió a uno más serio.
Hacía bastante frío en los pasillos, pese al gran volumen de animales que había circulando. Apostaba a que las cárceles eran incluso peores, uno de los tantos gestos de crueldad que se solía manifestar de una forma u otra en cada prisión que visitó. Por suerte para Skye, su pelaje estaba diseñado para protegerla de estas temperaturas; se sintió reconfortado al pensar en ello.
En el trayecto tuvo que frenarse en un par de ocasiones: había puertas selladas con vigilancia, siendo que las salas de visitas estaban cerca del exterior de la cárcel. Escanearon a Jack en una de ellas, donde además tuvo que dejar su teléfono, y en la otra le hicieron un par de preguntas rutinarias. Tuvo un acceso más rápido de lo común ya que la mayoría lo conocía, incluso desde antes del caso Arcagma que lo hizo aparecer bastante en los medios. Con Skye siempre fueron bien recibidos al no ser los típicos agentes pedantes con aires de grandeza.
Las memorias cargadas de nostalgia solían ser un arma de doble filo en el último tiempo, llevándolo a épocas mejores por momentos y acentuando su atormentado presente. Por esto último evitaba las visitas, porque hablar con Skye era bonito de a ratos, pero al irse para su casa la intensidad de su dolor era mucho mayor.
Para cuando Stanley aplicó las trabas sobre las ruedas de su silla, apenas habían pasado unos segundos en su cabeza. Solía perderse mucho en sus pensamientos desde que culminó el caso, pero por suerte era cada vez con menor frecuencia; las visitas eran la excepción.
Contrario a lo que sucedió hasta hacía un instante, el tiempo de espera hasta que trajeran a Skye se hizo eterno. Comenzó a mover sus piernas con la dificultad de siempre, que a duras penas cedía, pero presente de todas formas. Se acomodó en la silla, jugó con sus garritas, intentó pensar en el trabajo, pero la sensación de incomodidad no lo abandonaba.
Pronto la vulpina se sentó frente a él. Estaba en una silla de madera, con un respaldar algo bajo. Uno de los oficiales que la escoltaron le quitó las esposas, susurró algo a su oído y luego se fue, mientras su compañero retrocedía observándola de reojo. Tenía una herida en su frente y en una de sus mejillas.
Ambos tomaron el teléfono que estaba a cada lado de la vidriera que los separaba. Skye fue la primera en hacerlo, Jack se tomó antes un momento para observarla, luego la imitó. Ambos abrieron sus bocas para hablar, pero se frenaron al ver que el otro quería tomar la iniciativa. Jack terminó siendo quien tomó la iniciativa.
—¿Qué te pasó, Skye? —La vulpina hizo una mueca y se quedó en silencio, las heridas hablaban por sí misma—. Sabes que puedo mover un poco los hilos todavía, no exigir privilegios, pero sí evitar que pasen esas cosas.
—Si tanto te preocupa esto —dijo señalándose la frente—, mejor no veas que fue de las otras idiotas. —Jack se dejó caer en su silla tras resoplar—. Ya sé que hablamos de la buena conducta y todo eso, pero si vienen a buscarme no pienso dejarme maltratar en vano.
—Supongo que nunca será fácil contigo. —Savage dibujó una sonrisa, pero detrás de su comentario había un reclamo para ella.
—Jack —susurró la vulpina, ahora con otra postura, cortando la conversación con una larga pausa que le permitiera ordenar sus ideas—. ¿Por qué has dejado pasar tanto tiempo de la última visita?
—Sabes cómo funciona esto, mucho papeleo, más que en la otra prisión al ser esta de mayor seguridad, sumado a que…
—Yo también sé cómo funciona esto y también sé lo rápido que puedes solucionar las cosas. —Jack se quedó en silencio y desvió la vista—. Agradezco mucho que vengas, pero quiero que seas sincero conmigo.
—Sabes que no es fácil para mí, no lo hagas más difícil por favor. —La vulpina bufó molesta, no esperaba esa respuesta, pero no quería forzarlo a hablar. El lagomorfo ya no le confiaba todo, y en parte lo entendía, pero odiaba que fuera así.
—Está bien, no hace falta tratar el tema. Es que…
—Ya sé que soy el único que te visita, no tienes por qué repetírmelo —respondió Jack luego de interrumpirla, molesto ante su intento de manipulación—. Es muy deprimente venir aquí, tengo que juntar muchas fuerzas para hacerlo, y ahora que dedico gran parte de mi tiempo al trabajo y a la rehabilitación, todo se me dificulta más. —La zorra de las nieves suspiró, se cruzó de brazos y se dejó caer sobre su silla.
—¿Cómo ha ido eso? —consultó, buscando llevar la conversación a un terreno más tranquilo para él.
—Perdí mucho tiempo por las heridas de Raines en mi abdomen, pero gané mucha fuerza en mis brazos, lo suficiente como para ser independiente por momentos, puedo pasar de la silla a mi cama sin problemas. También puedo mantenerme de pie unos segundos, pero todavía sin estabilidad. Al ser una lesión incompleta hay cosas que puedo recuperar.
—No te haces una idea de lo mucho que me alegra oír eso. —Skye volvió a erguirse hacia adelante, apoyando uno de sus codos sobre la mesa y tomándose de una de sus heridas—. ¿Crees que en algún momento puedas…?
—¿Qué cosa?
—Volver a caminar. —La pregunta de la vulpina cayó pesada en él; había logrado mucho progreso, pero dicho escenario no parecía posible a corto ni mediano plazo.
—Quizás a futuro, con unos bastones canadienses, no será fácil. —Skye volvió a sonreír.
—Sé que podrás con eso, has ganado a toda adversidad que se te ha presentado y esta no será la excepción. —Habiéndose puesto al día con el estado de salud del lagomorfo, Skye decidió cambiar de tema—. Por cierto, J.S., ¿cómo les va con Nick? —Jack se mantuvo tranquilo, pero comenzó a prestar más atención a la vulpina; era un mote que usaban como señal de alerta.
—Hay días difíciles y días donde llegan varios clientes con dinero en mano —explicó Savage, prestando especial atención al sitio donde Skye estaba herida, observando cómo se movían sus dedos. Era muy sutil, pero con pequeños golpes se estaba comunicando en morse—. Por lo general Nick es quien se encarga del trabajo sucio, pero suelo salir bastante seguido para entrevistar mamíferos, buscar información o ayudar desde donde no estorbe. —Por lo que pudo interpretar, a la zorra la habían contactado desde fuera de la prisión.
—¿Qué hay de Judy? ¿Los ayuda también?
—Sólo nos dice cuáles son algunas de las preocupaciones de la ZPD, también nos fue haciendo publicidad en el último tiempo. —Si bien Hopps hacía mucho más que eso, llevando información de todo tipo, no podía dar demasiados detalles siendo que toda visita era grabada—. No es fácil trabajar de IP, además desde lo económico no es igual que ser un agente de la ZIA, pero no negaré que por momentos es divertido—. Jack contuvo el aire ante la afirmación de Skye, querían ayudarla a salir de prisión. Con rapidez, el conejo apoyó su mentón sobre ambas manos y con sus dedos se comunicó con ella. Le había hecho jurar que iba a completar su condena, era la única forma que tenía de redimirse.
—Siendo una ávida lectora del género noir, imaginarte como investigador privado se me hace más que curioso —indicó, con cierta molestia en su voz. Por medio del morse, Skye afirmó que no tenía planes de escapar, aunque bien sabía que su palabra por sí misma no inspiraba demasiada confianza. Jack consultó por quién la contactó, pero la vulpina no sabía—. Al menos cuentas con la indemnización del ZBI para despreocuparte un poco de lo económico, dudo que sea poco.
—Me sorprende mucho a día de hoy que me hayan indemnizado, creí que me darían una patada en el trasero y alguien me haría desaparecer para no darme un centavo. —Skye plantó la posibilidad de la Hermandad, quizás todavía querían tener que ver algo con ella; el lagomorfo estaba muy en duda respecto a ello, con Nick los estuvieron siguiendo de cerca y no parecían estar interesados—. A todo esto, no hemos hablado de ti, ¿qué ha sido en las últimas semanas de Skye Steppefurd?
—La comida a veces es un asco, a veces es regular, si le caes bien a la cocinera puede darte algo mejor pero todavía estoy en proceso. —Jack preguntó por Haggard, Skye se tomó un momento para pensar y luego negó. Pocos mamíferos se le ocurrían aparte de ella, quien con su influencia podría haberle dejado su mensaje a la zorra. Para intentar organizar sus ideas, Jack preguntó cómo debía responder a la oferta—. En cuanto a mis compañeras… Qué decirte. Es lo que uno espera encontrarse en este tipo de prisiones, con el agregado de que me suelen buscar todo el tiempo para provocarme.
—¿Las heridas que tienes son por ellas?
—Ser respetada me sirve más que reducir mi condena por buena conducta, no sobreviviré lo suficiente si no me hago valer. —Jack no estaba a gusto, pero sabía que no le faltaba razón. Luego de su comentario, Skye le dio a entender que debía contactar con un oficial. Era un reno apodado Danz, no tenía más información de él. Jack se dejó caer hacia atrás y resopló.
—Intenta mantenerte fuera de cualquier problema, ¿de acuerdo? —La orden de Jack aplicaba tanto para lo que hablaban en voz alta como por morse—. Sabes que si llegas a necesitar algo…
—Cuento contigo, como siempre. —Skye se acomodó en su silla, ya no tenía nada más para decir—. He estado pensando en comenzar en el taller de arte o el de cocina, necesito formar vínculos y alejarme de algunos mamíferos. No estoy siendo muy bien recibida, pero con el correr de los días creo que será menos peor.
—Siempre has sido muy social, deja que tu encanto trabaje por sí solo. —Jack miró su reloj, su turno estaba por terminar—. No me queda demasiado tiempo aquí, Skye. Me dijeron que las visitas irán durando más a medida que te lo vayas ganando. Si quieres hablar de algo más, es el momento. —La vulpina se tomó un momento para pensar.
—¿Crees que le siga importando a alguien allí fuera? No tengo forma de agradecer que todavía vengas aquí después de todo lo que pasó, pero que sólo estés tú es algo difícil de digerir.
—Puedo entenderlo, pero no creo poder responder esa pregunta. Lo de Sarah… —La sola mención del nombre de la mapache era suficiente para explicarlo todo—. ¿Quieres que le pregunte a alguien en particular para que te visite?
—Tú céntrate en lo tuyo, Jack, si alguien tiene algún interés en mí, puede venir a preguntar o contactarse contigo —indicó la vulpina, ocultando su malestar tras una sonrisa—. Espero que pronto nos volvamos a ver, tienes que traerme más de tus anécdotas como IP.
—Y tú me tienes que contar cómo te va en la cocina, eso sí que será nuevo. —El conejo volteó al sentir cómo alguien tomaba los mangos de su silla para llevarlo, era el oficial Stanley.
—Lo siento, señor Savage, pero su tiempo ha terminado —señaló Stanley—. ¿Quiere despedirse de ella?
—Hasta pronto, Skye. —Jack no supo decir mucho más, los sentimientos lo invadían cuando debía dejarla atrás.
—Cuídate mucho, J.S. —respondió guiñando su ojo izquierdo.
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Suspiró y dirigió una última mirada a su compañero antes de dejar las flores. El correr del tiempo no terminaba de sanar las heridas; si bien ya le había tocado a varios de sus allegados, ahora con Leonard se sentía diferente. Morir por enfermedad, por un accidente o por los riesgos que su trabajo conlleva, eran situaciones inevitables, en cierta medida. Ahora bien, con Leonard se encaminaron sin un rumbo preciso durante mucho tiempo, sabiendo las posibles consecuencias, teniendo la posibilidad de retirarse antes de tiempo.
Con el caso Arcagma cerrado y el destino de ambos hermanos sellado, su vida tomó un nuevo rumbo y no sólo se había convertido en uno de los tantos héroes de la ciudad, sino que el reconocimiento que tuvo tanto puertas para adentro en su trabajo, y puertas para afuera con los ciudadanos, lo sumergían en una constante ilusión de orgullo y felicidad. Sin embargo, cada vez que tenía un descanso, cada vez que tomaba una ducha y cada vez que se levantaba o iba a la cama, los veía a ellos. La pérdida de Barnes, de Ed y por último de Leonard fue un precio que a día de hoy no pagaría a cambio de nada.
Mientras luchaban contra sus enemigos escaseaba el tiempo para pensar en ello, pero ahora con un día a día más calmo y sereno, su cabeza no dejaba de ocuparse con ideas de todo tipo. ¿Qué habría pasado si persuadía a Ed de irse de la ciudad? ¿Y si hubiese evitado que Barnes y Ed vayan tras el bendito libro? Su mayor oportunidad de alejarse la tuvo con Leonard, ya no tenían que responder ante nadie, pero se convencieron a sí mismos de que valía la pena luchar por lo correcto. ¿Lo valió en verdad? ¿De qué valía quedarse tan solo? Tal vez, si su apuesta salía bien, estaría brindando con el lobo, disfrutando de su regreso al ZBI, compartiendo la fama que ahora sólo él poseía. La vida no debiera ser una moneda para tirar al aire, aunque ya no había lugar para arrepentimientos. Cuanto menos, sirvió para salvar a unos pocos y atrapar a los malos. Hacer lo correcto, en resumen, sin importar el costo… y un carajo.
Antes de irse, tomó un par de los claveles que le dejó a su amigo. Luego le dirigió una sonrisa a su tumba, a modo de despedida, le era reconfortante. Esta vez tomaría el camino largo, para ver si esta vez tenía mejor suerte que las últimas veces, aunque bien sabía que su tiempo hoy estaba más limitado.
Bordeó la zona donde se encontraba Leonard y luego se encaminó a la salida oeste. Estando a medio camino, tomó un desvío que iba hacia un par de robles antiguos, de gran tamaño. Habiéndose acercado lo suficiente, logró vislumbrar a Theresa, la hermana de Langley, quien se las arregló para desaparecer sin dejar rastro tras la muerte de la mapache.
Al no saber cuál podía ser su reacción, se acercó a paso lento mientras ella permanecía de pie, frente a la lápida. Sentada en un banco de piedra, se la veía lúgubre, con cierto aire a melancolía; Sarah era todo lo que tenía hasta donde sabían, sin mencionar que su vida tuvo que reiniciarse de forma forzada. El aura que la envolvía lo hizo pensar dos veces, pero luego avanzó, aunque ella no quisiera verlo tenía que hablarle.
Sin mediar palabras en un primer momento, Abel se acercó a la tumba de Langley y dejó el par de claveles que llevaba consigo. Al observar a Theresa de reojo, notó que esta no se inmutó y, en apariencia, estaba tranquila. Procedió a sentarse a su lado, todavía en silencio. Quiso esperar algún gesto de ella para comenzar a hablar, o que Theresa rompiera el hielo, pero ninguna de las dos opciones se hicieron realidad.
—Llevaba tiempo buscándote —dijo el lobo en tono firme, deteniendo su mirada en las flores. El ramo que dejó la mapache era una combinación diversa de colores muy vívidos, contrastando con ella—. Desde que pasó lo que pasó, hemos querido dar contigo para ayudarte, darte una pata para que pudieras reorganizar tu vida. —Theresa se limitó a inspirar hondo y exhalar despacio, se estaba conteniendo—. No sé qué fue de ti todo este tiempo, si sigues en la ciudad o si huiste a otro lugar, pero…
—No necesito que me tengan lástima, clemencia, den limosnas ni nada, agente Clarke. —El lobo apartó la mirada, ambas tenían el mismo carácter del carajo—. Sólo puedo venir un par de veces a la ciudad cada mes, y no siempre puedo venir aquí, así que le voy a pedir que se retire. —Lejos estaba de ser una hembra frágil, como varios pensaron en cuanto la conocieron; subestimarla fue un error, más allá de los genes que compartía con su hermana, había sido capaz de sobrevivir a la adversidad como cualquier otro de los involucrados.
—Sarah nos dejó dinero para ti, es una buena suma y podría ayudarte —explicó el lobo, recurriendo a una mentira piadosa para convencerla de dejarse ayudar. El capital conseguido fue una mezcla de lo que Skye dejó para redimirse antes de ir a prisión, el dinero que quería usar Ed, antes de perecer en la huida de la mina, y algunos ahorros propios del lobo, cuyo salario ahora tenía un caudal superior a lo imaginado.
—Ya le dije a Sarah en su momento que no recibiría dinero que venga de sus atracos, no quiero nada que esté sucio —indicó, en un tono más calmado—. Puedo manejarme bajo mis propios medios, no necesito limosnas como dije anteriormente.
—¿Hay alguna forma en que podamos ayudar?
—¿Puedes traer a mi hermana de regreso? —Su pregunta se clavó como un puñal en el pecho de Abel. Así como él lo daría todo para recuperar a quienes perdió, ella renunciaba a todo con tal de traer de nuevo a Langley. La mapache se percató de que sus palabras calaron lo suficiente en el lobo—. Entiendo que ella tomó su propia decisión y no fue forzada a seguirlos, lo cual nunca seré capaz de entender, pero lo hecho, hecho está.
—Es algo difícil de explicar. Tomas envión creyéndote capaz de todo, como si fueras parte de algo superior, quieres creer que algo sucederá al final y todo valdrá la pena, pero seguimos siendo criaturas terrenales, de carne y hueso. —La divagación de Fowler la tomó por sorpresa, no esperaba una respuesta así—. No sé qué buscaba Sarah, creo que ninguno de nosotros lo sabía. Lo he hablado con Leonard y a día de hoy sigo dudando del porqué.
—Era un trabajo que alguien tenía que hacer, supongo.
—Quizás buscaba redención, un cambio para ella, demostrar algo; las opciones son tantas que nunca sabremos sus razones para seguir… O quizás sí, hay al menos una que tiene sentido —exclamó, luego de una pausa.
—¿Les dijo algo? —preguntó Theresa, con curiosidad.
—Eras tú, la razón de seguir a ciegas, su razón, siempre fuiste tú. —La respuesta no había sido algo que le agradó escuchar—. Leonard quería luchar por su hija, quería que lo viera como un héroe y no con la etiqueta de fracasado que todo el mundo le puso. Quería ganarse el respeto de todos para que su pequeña… —Pensar en su ahijada estrujó su corazón por un instante, decidió avanzar sin citarla—. Si Sarah lograba tener reconocimiento en todo esto, no sólo sería perdonada, sino que podría volver a tener una vida normal en la que tú fueras parte.
—Es un pensamiento bonito, agente, pero preferiría que Sarah estuviera aquí y no sentirme culpable de ser su "razón" para luchar hasta la muerte. —Theresa sonrió y se puso de pie—. Agradezco su intento de ayudar, de animarme también, pero tengo que irme. —Dio un par de pasos y amagó a retirarse, luego se frenó—. Además no todo el mundo la habría perdonado, comenzando por Leonard.
—De hecho… Leonard la perdonó. —Abel se puso de pie, parándose a una distancia prudente—. Antes de embaucarnos en el tramo final, ambos nos prometimos diferentes cosas. —Theresa desvió la mirada—. Me dijo que si todo salía bien iba a dejar de lado su odio, era momento de quitarse esa mochila de encima.
—Pero ambos murieron —señaló con ojos llorosos.
—Lo hicieron en paz, sabiendo que cumplieron con su cometido, estamos aquí por ellos. Ahora es momento de disfrutar nuestras vidas, es la forma de honrarlos mientras descansan en paz. —Abel se acercó hacia ella, ya no tenía ganas de evitarlo ni de huir. Se decidió a abrazarla, momento en que ella dejó caer las lágrimas que llevaba acumuladas desde hacía rato; el lobo igual se dejaría llevar, humedeciendo sus mejillas en menor grado—. Contáctame a mí o a los demás cuando sea que necesites algo, ¿de acuerdo? —Theresa asintió. Fowler se apartó de la mapache, retrocedió unos pasos, sonrió a modo de despedida y se volteó.
—¿A dónde irás ahora?
—Tengo que ayudar a unos amigos con una mudanza, será un día muy largo.
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No solía aparecer por allí muy seguido, pero vaya que disfrutaba cada vez que iba a la estación. Montones de animales yendo y viniendo, ruido a por montón, niños gritando, vendedores acosadores y tantos condimentos más podrían convertir la experiencia en un evento estresante, cuanto menos, pero era en medio de ese caos donde lograba tranquilizar su mente; era lo inverso a la calma previa antes de una tormenta.
Había pasado bastante desde que pisó la estación por primera vez, decidida a dar un paso adelante en su vida para cambiarlo todo. Parte de todo ese entusiasmo seguía estando presente, cargado además de una nostalgia ficticia, que de todas formas le hacía sentir mariposas en su estómago. Aunque sólo recordaba su viaje de Burrows a Zootopia cuando se convirtió en oficial, se divertía al imaginar anécdotas que Nick le compartía cada vez que iban allí.
El zorro adoraba narrarle historias como si de una cachorra se tratara, aprovechándose de a ratos de su falta de memoria para exagerar situaciones o inventar otras tan hilarantes como curiosas. Las pocas veces que lograba recuperar algo eran cosas pequeñas, pero lejos estaba de frustrarse ante ello; las historias de Nick para rellenar espacios valían la pena, al menos la mayor parte del tiempo.
El vulpino llevaba rato sin responder mensajes, debería haber llegado unos treinta minutos atrás. No pasó mucho más tiempo hasta que se hizo presente con un par de cafés, necesarios para terminar de desperezarse. No era demasiado temprano, pero era el viernes de una semana más que agitada; la mudanza de Grace, Drew y Scott fue una buena excusa para tener el día libre, al menos en parte. Nick se sentó a la par de ella, luego de saludarla y entregarle su café. Viéndose molesto e irritado, explicó sus motivos antes de que la coneja pregunte por ellos.
—Perdí el maldito teléfono de camino hacia a este lugar —indicó, después de bufar—. No sé si se me cayó en algún sitio o si me lo robaron, pero ya no está.
—Hey, tranquilo, todavía podemos pedir ayuda con los chicos de seguridad, quizás alguien lo haya encontrado. —El zorro la observó, sin cambiar su semblante.
—No lo encontrarán, Zanahorias, fue antes de llegar a la estación. Visité a un cliente con quien ya había quedado, sabiendo que iba a retrasarme te iba a avisar y fue ahí donde me di cuenta que ya no estaba —explicó, desviando la vista hacia uno de los relojes del lugar—. Al menos no se me hizo tan tarde —señaló, volviendo la vista hacia ella, ya resignado.
—¿Tenías tus copias de seguridad hechas al menos? —preguntó Judy, acariciando el muslo de Nick para tranquilizarlo.
—Sí, todas las noches almaceno las cosas en la nube, Jack me contagió su paranoia por el trabajo. —El zorro entrelazó sus dedos y luego los llevó hacia su nuca para estirarse un poco—. Supongo que le debo una cerveza por contagiarme el hábito.
—Ya era hora de que se te contagie algo positivo de quienes te rodean. —Judy imitó a Nick y comenzó a estirarse también, llevaba mucho tiempo sentada—. Podría comprarte uno nuevo para tu cumpleaños, Nancy conoce un lugar barato.
—No, claro que no, Pelusa… Sabes como soy con mi teléfono, nada de cosas baratas, ni gama media o segundas marcas. —El zorro sonrió al ver su reacción—. Déjame elegir a mí, luego me lo regalas.
—Ahora que ya no estás en la ZPD parece que te has olvidado cuanto cobro, zorro mañoso —dijo con un tono desafiante—. Si quieres un celular caro, será mejor que no lo tengas a la vista de todos como haces siempre, que ya ves lo que pasa después.
—Sabes cuánto dependo de mi teléfono, necesito algo de calidad, no como esa cosa tuya que tienes desde que estabas en la academia. —Sabiendo que el vulpino quería llevarla a su terreno, Judy tomó su teléfono y se lo entregó.
—Tienes razón, Nick, mucha de hecho. Tú puedes quedártelo mientras yo me compro un teléfono para mí. —La coneja le entregó su teléfono—. Creo que será mejor si para tu cumpleaños te regalo un pantalón con bolsillos más amplios, así al menos tendrás menos problemas.
Su tren ya había arribado y Judy se puso de pie rápidamente, dejando atrás a Nick, guardando el teléfono en el interior de su mochila. El camino a Bunnyburrows tardaba más horas de lo que quisiera, por lo que sería mejor seguirle la corriente a la coneja por un rato. Se limitó a sonreír y llamarla por su nombre, al fin y al cabo no iría a ningún lado si él no entregaba los pasajes.
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Tras una jornada demasiado extensa, llegó la hora de descansar y una más que merecida merienda. Grace se acercó a todos los que ayudaron a descargar sus cosas para ofrecerles un exprimido de naranja o un licuado de fresas, preparados por ella misma. Habían hecho un trabajo fenomenal y ya todo estaba ordenado, desde los cubiertos en los cajones, pasando por los armarios que llevaron al segundo piso, hasta las camas ya tendidas. Se habían ahorrado una importante suma al no recurrir a los empleados del servicio de mudanza para descargar y ordenar, dinero que bien invirtió para agradecer a los presentes.
Su nuevo hogar era algo más pequeño a lo que estaba acostumbrada, pero por el lado bueno pasaría menos tiempo limpiando, sería más barato de mantener y estaba rodeada de mucho verde. Cuando tuvieron que mudarse a Zootopia realizaron una inversión importante, de la cual poco recuperarían al tratarse de la casa que tantas veces invadieron los mamíferos de Arcagma. Como si de una casa embrujada se tratara, muchos comenzaron a evitarla al descubrir que el propietario era uno de los personajes más vinculados al caso Arcagma: su esposo.
Al cambio de aires, que de por sí les era muy necesario, se le sumó también los encuentros con mamíferos al azar que los acosaban todo el tiempo; salir a la calle era difícil, así como tener a Scott en el colegio. Si de por sí Nick era conocido antes de la aparición de Viktor y los suyos, ahora todo se había magnificado y tener una vida normal era casi imposible.
La idea de irse a las Conejeras no tardó en aparecer, se habrían mudado meses atrás si no es que tuvieran dificultades para vender su casa y comprar en Burrows, donde las propiedades no son tan accesibles debido a la sobrepoblación. Por suerte para ellos, consiguieron algo cerca de los Hopps; sus orejones vecinos estaban dispuestos a ayudarlos en lo que fuera.
Ni bien terminaron de beber algo, los últimos parientes de Judy que se encontraban allí se retiraron. Mientras Nick hablaba largo y tendido con su primo y Finnick, la coneja ayudaba a Grace a recoger las cosas para de a poco comenzar a limpiar. A los pocos minutos golpearon la puerta; Abel había ido a por Jack, quien aprovechó el viaje para ver a su familia, y por Scott, que se quedó un rato con unos sobrinos de Judy. Las alianzas que formaron durante el caso terminaron por fortalecerse, dando lugar a un nuevo vínculo. Sólo faltaban Nancy y Garraza, que no pudieron viajar al tener planes que el felino había programado para ese día.
—Y entonces, como si fuera la cereza del postre, ¡una maceta me cayó en cabeza! —exclamó Jack, generando una multitudinaria risa—. Es que en serio, ¿una maceta? ¿A quién de los tres se les ocurrió?
—He de admitir que improvisamos un poco sobre la marcha —respondió Nick, encogiéndose de hombros. Si bien el conejo hoy en día se lo tomaba con gracia, y él se sentía apenado en estos instantes, vaya que disfrutó el momento—. Aunque igual, no acepto reclamos de ningún tipo, estabas siendo un zoquete —recriminó el vulpino.
—Disfruté mucho el ensuciar esa camisa que llevabas —admitió Drew, sumándose a la anécdota.
—Amaba esa maldita camisa… Y ahora que lo recuerdo nunca se disculparon por nada de lo que ocurrió ese día, ni siquiera ese… ¿Qué es lo que pusieron en mi bebida? —consultó el lagomorfo. Nick y Finnick guardaron silencio mientras desviaban la vista hacia el autor intelectual de dicha catástrofe estomacal.
—Prefiero pedir disculpas antes de decirlo. —El zorro bajó las orejas y comenzó a reírse por lo bajo.
—El cabrón puso laxante para caballos —señaló Finnick, con una mirada desafiante, generando el silencio de todos.
—Eso explica muchas cosas —dijo Judy al cabo de unos segundos, volviendo a generar risas en más de uno.
—¿Qué son los laxantes? —La consulta de Scott detuvo las risas, ahora Grace era el centro de atención. La vulpina se acercó a su oído para susurrarle la respuesta—. ¡Ohhhhhh! —El cachorro enfocó la vista en su padre—. ¿Y con qué derecho me regañas luego?
—Con el derecho a la vida, ¿acaso no conoces a tu madre? —Acto seguido, Drew comenzó a beber agua para intentar contener la sonrisa que se dibujó en su hocico; no sería el único en contenerse. Habiendo bebido el contenido del vaso, tomó su teléfono y vio que tenía un mensaje. Al ver quién se comunicaba con él, se puso de pie sin pensarlo—. Si me disculpan, pasaré al baño —indicó con una sonrisa desdibujada, fracasando en su intento de no llamar la atención.
Drew se dirigió al fondo de la casa, abrió la puerta corrediza y después de encender la luz se sentó en el retrete. El sólo ver que recibía mensajes desde el teléfono de Nick fue un mal presagio, pero todo sería peor al leer su contenido.
Su forma de hablar era inconfundible, comenzando con un "estimado doctor Wilde". El sitio donde encontrarse, una hora límite y una amenaza vinculada a su alter ego completaban el resto del mensaje. Con los minutos corriendo, se puso de pie y lavó su rostro, buscó reaccionar y analizar su estado actual. Sin embargo, pronto volvió a sentarse en el inodoro, cabizbajo, con un nuevo ataque de ansiedad que comenzaba a brotar.
Desconociendo cuánto tiempo había pasado, escuchó que alguien golpeó la puerta: era Nick. Le respondió esforzándose por controlar su voz, mientras volvía a lavar su rostro. Salió fingiendo una sonrisa, pero esta se desdibujó al ver la postura de su primo y de Finnick, que lo acompañaba.
—Es él —susurró de forma apenas audible, queriendo evitar que los demás lo supieran—. Leí las noticias en la mañana, sabía que era cuestión de tiempo, pero no creí que buscara comunicarse tan rápido.
—¿Qué quiere? —Nick fue directo al punto. Drew desbloqueó su teléfono y le mostró el mensaje—. Piensa en una excusa para Grace, nosotros iremos a la ciudad mientras tú nos ayudas desde aquí. ¿De acuerdo?
. . . . . . . . . .
Como se dio de forma constante en los últimos tiempos, decidieron dividirse en diferentes grupos. Finnick acompañaba a Drew para acelerar el trabajo de inteligencia; aunque no fuera su fuerte, el sólo ayudarlo observando las cámaras intervenidas sería más que útil. Nick, Judy y Jack se toparían con Viktor, que los esperaba en la terraza de un edificio que se encontraba en la parte exterior del centro de la ciudad; había algo de movimiento pese a ser altas horas de la noche, pero eso no sería un gran obstáculo con las cámaras siendo controladas por el Archimago. Por último, Fowler esperaba la señal de Drew para subir y adentrarse en alguno de los edificios vecinos, acompañado de un rifle francotirador. En caso de que Viktor tuviese ayuda, él se encargaría de apoyarlos.
Infiltrarse con Jack no era tarea sencilla, por lo que zorro y coneja debían coordinar bien. Nick era el encargado de empujarlo al ser quien más fuerza tenía, en tanto Judy reconocía los alrededores y marcaba el camino; Jack contaba con un arma por si acaso, pero no era de gran utilidad de buenas a primeras por su condición. Drew podría ayudarlos a través de las cámaras, pero junto con el fénec estaban revisando los alrededores para guiar a Fowler y ayudarlo a posicionarse. Por alguna razón, no lograban obtener visión de la terraza donde Viktor los esperaba; sospechaban que tenía el inhibidor que Skye les compartió meses atrás.
—Tú también te hueles algo raro, ¿verdad? —preguntó Finn—. Viktor cuenta con fanáticos, pero ya no tenía a nadie trabajando para él. ¿Cómo consiguió escapar y ahora tendernos esta emboscada?
—Lo llevo pensando desde que recibí el mensaje desde el teléfono de Nick —respondió el vulpino que lo acompañaba, ambos tenían sus micrófonos cerrados—. Tuvo que coordinar con alguien desde fuera, para lo cual tuvo que sobornar a algún guardia. Ese alguien lo ayudó a escapar, le robó a Nick y consiguió el inhibidor de la ZIA.
—Apuesto a que hay más de uno. —El fénec no despegaba los ojos de la pantalla y apenas pestañaba, pero decidió tomarse un tiempo para girar hacia su amigo—. Parece que tendremos mucho trabajo, ¿estás seguro de que Grace…?
—Llené su taza con tantos somníferos como me fue posible y cuando volví no había ni una gota. —La explicación de Drew lo dejó más tranquilo, lidiar con la vulpina en un momento así era casi tan peligroso como lo que estaban haciendo en ese preciso momento—. Ve pensando qué preparar para el almuerzo, ella estará noqueada y yo no pienso cocinar mañana.
—Sí, claro. ¿Todavía piensas que el hada de los dientes existe, ingenuo?
Con un ambiente más distendido, volvieron al trabajo luego de que Abel consultara cómo proceder; todos los micrófonos estaban abiertos por si acaso pero sólo el par de zorros podía escucharlos, para no entorpecer la comunicación. Drew le mostró a Finnick una sucesión de imágenes que recibía en su monitor para que lo guiara al lobo, mientras él seguía buscando posibles enemigos y la forma de tener acceso total a las cámaras de la zona. Al menos de momento, todo estaba despejado; Fowler también sería el encargado de informar a los demás todo lo que veía en la terraza una vez que llegara a su posición.
Luego de dar algunas vueltas, el otro equipo avanzó hacia un ascensor. Debían de subir hasta el décimo primer piso del edificio, perteneciente a una compañía de seguros. Aunque el espacio del elevador era suficiente para que todos suban, Judy subió por las escaleras primero, buscando asegurarse de que nadie los esperase en la cima. Una vez más, el camino estaba despejado, por lo que Nick y Jack comenzaron a subir en cuanto ella dio la orden.
—Todo está siendo demasiado fácil —exclamó Jack, con recelo—. No sé si nos allanaron el camino o si estaba pensado desde antes, pero estoy seguro de que todo es parte del plan de Viktor.
—No sé qué esperar a decir verdad, es todo muy extraño como dices. —Nick respondió desganado, como si no le diera tanta importancia al asunto, lo cual le llamó la atención a su compañero. El vulpino se percató de la mirada curiosa del lagomorfo, por lo que cambió de tema—. ¿Cómo te fue hoy con Skye? No tuvimos tiempo para hablar de eso.
—Está marcada, pero sabe defenderse. —Jack se tomó unos segundos de silencio—. Me preguntó también si todavía había alguien dispuesto a visitarla —dijo con pesar.
—Ambos sabemos cómo son las cosas, Franjas —respondió Nick, intentando recordarle al conejo lo que todos opinaban de la vulpina.
—Lo sé, y no voy a culparlos, pero me traería algo de tranquilidad que alguien se tomase la molestia. —Faltando poco por llegar a la cima, Jack volvió a hablar de su encuentro con Skye—. Alguien quiere tentarla desde afuera, no creo que sea la Hermandad y ahora que Viktor escapó, mucho menos, pero sería raro viniendo de él. Sólo tiene que hablar con un reno llamado Danz, un oficial.
—¿Y ahora me lo vienes a decir? —cuestionó Nick—. ¡Jack! ¡Esto podría significar mucho!
—Es que en serio no logro vincularlo con nada, no sé, es extraño. ¿Quién gana algo con ella suelta? —El zorro se detuvo a pensar, no fue capaz de responder—. Si escapa, Haggard se volverá loca, tenerla suelta al mismo tiempo que Arcagma huyó significaría un aluvión de críticas a su gestión. La Hermandad no quiere relacionarse con ella tampoco, tendrían que cederle un lugar importante de acuerdo a sus propias leyes y eso no le conviene a nadie. ¿Viktor? Es mucha coincidencia que ella me confiese esto el mismo día que él escapa, es una escenografía muy bien armada, pero no es típico de él.
—Tienes demasiada razón en todo, Jack, es demasiado confuso. Quizás lo estemos sobredimensionando y no haya nada, o tal vez…
—¿Algún nuevo aliado de Viktor? Quizás un fanático de su trabajo, o alguien que necesite favores. —El elevador llegó al punto donde habían marcado.
—Fuese como fuese, es mejor centrarnos en esto ahora mismo, ya lo analizaremos después. —Jack asintió, mejor llevar un problema a la vez.
Apenas salieron del ascensor se toparon con Judy, quien también tenía un mal presentimiento alrededor de todo lo acontecido. Estaban a un piso de diferencia con Viktor y subir las escaleras con Jack no sería fácil; Drew les aconsejó esperar a que Fowler les dijera que veía desde el edificio de enfrente.
En el mensaje que recibieron, una de las órdenes era llegar a un horario exacto y este pronto pasaría. ¿Qué clase de represalias podría tomar el lince por no llegar a tiempo, aunque fueran sólo segundos o un par de minutos de diferencia? Mejor no imaginarlo, aunque tampoco podían asomar el hocico hasta no saber qué les esperaba.
En lo que discutían sus próximos pasos, el lobo finalmente llegó a su posición y logró observar, por medio de su rifle, a quienes se encontraban en el techo del edificio. Antes de siquiera poder explicarle a sus aliados, varios disparos los alertaron.
—Dime por favor que ves algo, Abel. —Drew abrió todos los micrófonos, era el momento de coordinar los próximos pasos.
—Están Haggard y Viktor apuntándose frente a frente, él mató a dos de sus secuaces atacándolos por la espalda —respondió el lobo, sorprendiendo a sus compañeros—. ¿Cómo procedemos?
—El plan de Viktor no es una trampa para nosotros, es para Haggard —exclamó Nick.
—Es una trampa doble —corrigió Jack—. Si nosotros tenemos que acabar con ella, nos volverá un blanco para todos.
—O quizás quiere saber más de sus fuerzas paralelas, de las cuales ustedes dos forman parte —señaló Judy, dirigiéndole la mirada a sus dos acompañantes—. Él insistió con la idea de que Haggard sería como la Hermandad a futuro, quiere que tomemos cartas en el asunto.
—Están hablando entre ellos, puedo marcar como objetivo a cualquiera de los dos. —La afirmación del lobo los dejó analizando las diferentes posibilidades.
—¿Matar a Haggard es una posibilidad? —preguntó Finnick, rompiendo el hielo. Era una gran oportunidad para quitársela de encima, pero mancharse de sangre no debiera ser la primera de las opciones—. ¡Hablen, zopencos, el tiempo corre!
—Podría dispararle y ustedes reducen a Viktor, será fácil culparlo. —Fowler estaba de acuerdo con el planteo del vulpino.
—Siempre está varios pasos por delante, ¿vale la pena el riesgo? —La duda planteada por Drew los hizo recapacitar.
—Si Abel dispara y nosotros acabamos con él, no tendrá forma de devolver el golpe —propuso Nick, quien no se explayó más al ver el rostro de Judy.
—Darle fin a Viktor es una cosa, ¿pero matar a la jefa de la ZPD? Llevamos meses trabajando y tenemos muchas cosas en su contra, podemos derribarla sin necesidad de que muera. —Jack asintió para darle razón a la coneja—. Tenemos que marcar la diferencia desde el lado de la ley, ¿sino qué sentido tiene? —Nadie respondió—. No sé ustedes, pero no pienso ser como Arcagma ni como la Hermandad, que sólo se quitan sus problemas de encima matando a quien toque matar.
—Yo estoy de acuerdo con Judy, reducirlos es nuestra mejor opción. Si los acorralan, pueden atrapar a Viktor y ganarse la confianza de Haggard, ya no la tendrán tan encima molestando. —Las palabras de Drew terminaron por convencer a los presentes—. ¿Alguien propone otra cosa?
—Yo estoy de acuerdo con él —dijo Jack. Nick le asintió, mientras que la opinión de Judy ya era sabida—. ¿Tú qué dices Abel?
—Los sigo en esta, muchachos, intentaré cubrirlos lo mejor posible.
Judy subió las escaleras hasta quedar frente a la puerta, mientras Nick empujó a Jack hasta quedar casi a la par de ella. A la cuenta de tres, la coneja abrió y se mostró con su arma en alto; un par de segundos después, Jack desenfundó también, en tanto el zorro realizaba un gran esfuerzo para subir rápido.
Haggard bajó la guardia, luego de ser tomada por sorpresa, pero volvió a centrarse en el lince al instante. Viktor, por otro lado, sólo los vio de reojo y sonrió; haber hecho que el conejo subiera las escaleras fue un detalle cruel que pasó por alto al exigir que fueran allí. Ambos se encontraban a unos cuantos metros del trío.
Los dos acompañantes de la loba, desconocidos para la coneja, fueron reconocidos por Nick y Jack. Eran mamíferos de confianza que trabajaban para la jefa de la ZPD en sus fuerzas paralelas. Los habían visto pocas veces, por lo general Haggard era cuidadosa al manejar a los suyos, pero el zorro aprovechó sus encuentros para aprender cómo se organizaba y realizaba sus movimientos. Si bien no sabían de su desempeño en combate, podían asegurarse de que la loba perdió agentes muy importantes. Estando sola, con el orgullo herido y rodeada, era más peligrosa que nunca.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó Haggard, con su mirada enfocada en la de Viktor. Antes de que alguno de los tres respondiera, terminó por dirigir la pregunta al lince—. ¿Qué ganas con todo este circo?
—El día que nos conocimos, le dije que ansiaba ver el momento en que se derrumbe y ese día es hoy mismo. —Haggard tomó la empuñadura de su pistola con más fuerza—. Por un lado está usted, que actúa en pos de beneficios propios y ha creado un ente que apunta a ser igual a los Lirios, y por otro están ellos, que tomarán mi lugar.
—Estás muy mal de la cabeza si piensas que haremos las cosas como tú —esbozó Judy, bajando su arma—. Ni siquiera sé cómo se te ocurrió compararnos.
—Su sentido de la justicia como tal, es más que admirable agente Hopps, pero de nada sirve contra individuos o entes como la loba que se encuentra frente a nosotros. —Viktor bajó su pistola, la guardó y encendió un cigarro—. El mal que nos rodea casi siempre viene de lo que ignoramos, y las buenas intenciones pueden hacer tanto daño como la malicia si carecen de entendimiento. Es aquí donde le pido que razone y entienda lo que pasa cuando mamíferos como Haggard hacen de las suyas, aprovechando el poder que tienen en las sombras. Una vez que jale del gatillo, entenderá que es lo mejor para todos.
—No tengo tiempo para esto. —Haggard también bajó su arma, luego buscaría unas esposas que llevaba en su cinturón—. Atraparte de nuevo me ayudará a mantener el orden, que demasiado lo has alterado hoy. —Antes de que la jefa de la ZPD lograse avanzar lo suficiente, Viktor tomó su teléfono y dejó ver lo que mostraba su pantalla. Tanto el esposo de Haggard como sus hijos se encontraban amordazados.
—Ninguno de los dos tiene voz ni voto aquí, Kate, dejaré que decidan ellos tres. —Dio una calada al cigarro y dejó ir el humo de inmediato—. Es fácil, sólo tienen que jalar del gatillo, cualquiera de los tres. Luego yo asumiré la culpa, volveré a prisión y todos contentos, ¿verdad? —El silencio comenzaba a molestarlo—. ¿Qué piensa usted, señor Savage? ¿Confía en ella?
—Siendo sincero, tanto como en ti. —Viktor sonrió ante la ingeniosa respuesta de Jack—. No nos manejamos con tus mismos principios, no mataremos a nadie mientras no sea necesario, incluyéndote, pese a lo tentador que pueda ser.
—Podría intentar sacarse el palo del trasero, Jack, no creo que le siente cómodo estando en esa silla. —La mueca del lagomorfo lo divirtió más que su propio comentario— ¿Principios? ¿Valores? A ella no le importarán cuando tenga que atacarlos, ni siquiera le interesan ahora, teniendo evidencia en su contra, así como en contra de Andrew, a quien le mando saludos si es que me está escuchando desde quién sabe dónde.
—No vas a convencerlos, Arcagma, no son como tú, no está en su naturaleza. —Haggard aprovechó para voltear de a poco sus dichos, intentando aliarse con el zorro y los conejos—. Tu mente enferma y retorcida te lleva a hacer cosas que ninguno de nosotros seríamos capaces.
—Habla por ellos, no por ti. Tú eres como yo, pero más peligrosa a largo plazo —replicó el felino—. Si las cosas se salen tan solo un poco de tu control, dispararías contra quien fuera, sin importar el precio.
—Que no te ataquemos como nos pide Viktor, no significa que creamos en ti, Kate. —Los dichos de Nick la desconcertaron—. No hay mamífero en toda Zootopia que no estés dispuesta a sacrificar mientras tu red de información se mantenga a salvo.
—No puedes culparme por intentar proteger a la ciudad de la mejor forma que creo posible. Siempre aparece alguien que se sale del libreto como él —dijo señalando al lince—, no podemos enfrentarnos a todos de la misma manera.
—Pero necesitamos reglas, Kate, no podemos ser iguales a ellos. —Judy se volvió a meter en la introducción—. ¿Qué nos diferenciaría?
—He visto a personas obrar mal con mucha moral y compruebo todos los días que la honradez no necesita reglas. —La loba había definido su modus operandi de forma sintética y precisa—. Ahora, Viktor, dime dónde está mi familia y prometo encarcelarte de nuevo, sin violencia.
—Tendrás que mancharte las patas de sangre para eso. —El felino no cedería hasta que alguien tomase una decisión.
—Estamos perdiendo el tiempo aquí —dijo Nick, observando a los suyos de reojo—. Viktor, ¿fuiste tú quien contactó a Skye? —preguntó el zorro, sorprendiendo a todos menos a Jack, que de todos modos no esperaba ese movimiento.
—No, pero si tuviese que apostar diría que fue el mismo individuo que me ayudó a escapar a mí. —Luego de una pausa que incrementó la tensión, el lince señaló a Haggard—. ¿Qué no es obvio?
—¡Eres un maldito…! —La loba alzó su arma con furia desmedida, dispuesta a disparar, hasta que el zorro quitó su seguro—. No pueden ser tan idiotas como para creerle, por favor, déjenme pensar que tienen algo de sentido común, lo mínimo.
—Explícate, Viktor —ordenó Jack, todavía escéptico—. Cómo huiste, cómo diste con nosotros, cómo surgió la idea de unirnos aquí.
—¿Qué tanto debo detallar de quien está dispuesta a todo con tal de alcanzar la cima? —preguntó irónicamente—. Me ofrecieron ver a Herbert hoy, pero a cambio tenía que pagar con mis servicios. Adiestrar y educar a los ayudantes de Haggard sería mi labor, el primer paso de varios para que pueda crear una fuerza imparable.
—No sé ustedes chicos, pero yo no voy a creerle, Kate es ambiciosa pero nunca haría algo así. ¿Confiar en alguien tan peligroso? —Judy intentaba ser la voz de la razón, tarea difícil al tener a sus dos enemigos cara a cara—. Es demasiado hasta para ella.
—Judy… —Nick la observó por sobre su hombro, sin dejar de apuntar a Haggard—. Tiene chantajeado a Drew, pese a todo lo que él sería capaz de hacer en su contra, sólo tiene que encontrar algo a lo que encadenarlo. Todo esto, sin mencionar que quiso encargarse ella misma de desactivar los explosivos, con el riesgo que suponía para Zootopia.
—Estoy de acuerdo con Nick en eso —señaló Jack—, pero no podría encadenar a Viktor con nada, a lo sumo con Herbert, que ya no está en el reino de los vivos.
—¿Por qué hiciste eso? —preguntó Judy, observando a Viktor.
—Porque lo quiero. —Todos se quedaron congelados al oírlo, no sólo era raro que el lince hable de afecto, sino también su forma de expresarlo—. No podía dejar que viviera así ni un segundo más, tampoco convertirlo en una herramienta con la cual me amenazarían.
—Espera… —Jack encontró un agujero en su historia—. Si eso es así, si tú acabaste con el chantaje, ¿cómo es que los mamíferos de Haggard igual te ayudaron?
—Ya estaba todo decidido, sólo tuve que deshacerme del conductor antes de que se dé cuenta. —Los tres cruzaron miradas, la historia no era del todo sólida, pero no tenían más que eso. Con la familia de Haggard en medio, no parecía haber otra alternativa.
—Supongo que podríamos ponerlo a votación. —La premisa de Nick no cayó bien en ningún frente, pero el grupo no tenía más opción. Deshacerse de uno de sus grandes enemigos permitiría salvar inocentes, aunque implicase traicionarse a sí mismos—. ¿Estás de acuerdo, Zanahorias? —Sabiendo que Judy era quien sostenía con mayor firmeza sus ideas, quería saber qué pensaba.
—Voto por el asesino intelectual de mi madre —respondió al instante, dejando ver aquella cicatriz que nunca cerraría—. ¿Jack?
—Yo… —El conejo estaba atónito por la actitud de la coneja—. Debo pensarlo.
—Nick, yo voto por Haggard, quitarla del medio será lo mejor —decidió Abel.
—Votación empatada. —Las palabras del zorro tocaron el orgullo de Haggard, quien no esperaba ser puesta a duda. No diría nada, pero se las tendría jurada al final de toda esa locura—. ¿Alguien más?
—Con Drew damos un voto a cada lado —agregó Finnick. Todos los que lo escucharon apostaban que el voto del Archimago iba contra quien lo tuvo cautivo y tanto lo hizo sufrir. Si bien parecía dejarse llevar por su resentimiento, luego argumentó su postura.
—Tenemos mucha evidencia contra Haggard, pronto podremos hacerla caer, si acabamos con Viktor confiará más en nosotros y nos dejará un poco más en paz —exclamó con gran énfasis, al fin y al cabo la loba no era capaz de escucharlos al otro lado.
—Voto por Viktor. —Savage habló apenas Drew terminó de fundamentarse—. Tú decides, Nick, vamos tres a dos, empatas o lo condenas. —El zorro asintió con su cabeza. Se tomó tiempo para observarlos detenidamente a sus dos enemigos.
—En caso de empatar…
Las escasas palabras del vulpino bastaron para que alguien terminase por tomar una decisión. Viktor cayó de espaldas luego de un rápido movimiento de Haggard, quien había tenido suficiente. La sorpresa fue total, tanto por las acciones de la loba como por ver caer al lince; después de haber sorteado tantos obstáculos y sobrevivir, de haber fingido su muerte y volver, la mitad restante de Arcagma había dejado escapar su último aliento.
Todos apuntaron contra ella al instante, incluido Abel a la distancia. La loba tomaba aire de forma profunda, no tenía un plan B, pero no dejaría que ellos decidieran su destino con tanta facilidad. Nick comenzó a moverse de su posición para dirigirse hacia Viktor y ver si de una vez por todas los había abandonado. Sin embargo, se detuvo al ver que Haggard le apuntaba.
—Estás en desventaja numérica, Kate, baja el arma —ordenó Jack, pero la loba tenía su mente centrada en Nick—. Estamos nosotros tres y hay un francotirador, no tienes oportunidad de salirte con la suya.
—No podría importarme menos, Savage, su falta de coraje es vergonzosa, ninguno de ustedes me hará nada —respondió Haggard de forma provocativa—. Van a ayudarme a encontrar a mi familia y luego nos reuniremos para hablar de muchas cosas.
—Por si no te diste cuenta, acabas de matar al único que sabía dónde está tu familia. —El tono de voz de Nick fue igual al de la loba.
—Viktor tenía razón, ni siquiera te importa tu familia —susurró Judy, todavía en shock—. Tiraste una moneda al aire sin saber cómo iba a caer, ahora mismo podrían estar condenados. —La coneja tomó su arma con mayor fuerza—. Qué destino puede depararle a la ciudad si alguien como tú es su protectora.
—Todavía está Andrew, él puede encontrarlos. —La frialdad de Haggard no dejaba de sorprenderlos—. Ustedes no dejarían que mamíferos inocentes sufran las consecuencias, ni tampoco quieren mancharse las manos.
—Tú misma hasta hace poco decías lo mismo, que trabajarías sin recurrir a estas cosas, y aquí nos tienes, amenazándome a mí con tu arma, obligándonos a actuar contra nuestra voluntad y rodeando un cadáver. —Al oír las palabras de Nick, Haggard bajó su arma, estaba demasiado a la ofensiva, negociar con ellos sería imposible si seguía así—. No eres lo que dices sino lo que haces, aquellos de los que te rodeas y el cómo tratas a los demás, y tú, Kate, nos dejas en claro que no sólo eres fuerte, sino que eres una basura.
—Después de todo lo que hizo, ¿en serio vas a lamentar la muerte de Arcagma? —preguntó, con su tono serio, el más habitual. Las palabras del zorro no la impactaron, pero sabía que contagiarían al resto.
—No se trata de lo que hizo Viktor, sino de lo que tú eres capaz, de lo que nos estás demostrando. —Jack había resumido lo que todos pensaban.
—¿Y qué van a hacer para evitarlo? —La loba aún los desafiaba, creyendo tener control sobre ellos—. Podían matarme a mí o al mayor enemigo jamás conocido de esta ciudad, incluso en esas condiciones dudaron todos. Les estoy dando la oportunidad de ayudarme a buscar mi familia, de que vean mi punto más débil, y luego avanzaremos protegiendo aquello en lo que creemos, por más que sea por medio de métodos diferentes.
Nick dejó de prestarle atención a la loba para observar a los suyos, quienes le devolvieron la mirada. A esas alturas, su conexión les permitía entenderse sin necesidad de palabras. Jack asintió al instante, Judy desvió la mirada, resignada y también asintió para manifestar su apoyo. Por medio de su intercomunicador, Abel preguntó cómo seguir, mientras Finn y Drew esperaban que todo se resolviera cuanto antes.
—Los de aquí ya tomamos una decisión, ¿qué dice el resto? —preguntó Nick. Haggard retrocedió un par de pasos, sabía que estaba perdida, no tenía tiempo para pensar demasiado.
—Que sea lo que tenga que ser —respondió Drew, sin creer todavía lo que sucedería—. Finn te apoya también.
—Puedo hacerlo desde aquí si quieres, Nick —dijo Abel, intentando desligar a sus compañeros de la responsabilidad.
—No, Abel, está bien. —Nick tomó aire y dio una última mirada a Judy; por primera vez, le quitaría la vida a alguien sin que sea por defensa propia o porque su trabajo lo obligaba. La coneja no titubeó, estaba de acuerdo, había dejado atrás todo aquello en lo que creía para que todos los allí presentes estuvieran a salvo—. Buscaremos a tu familia, Kate, ellos no tienen por qué pagar el precio de tus acciones. —Contrario a lo que esperaban, la loba ya no respondió. Dejó su arma en el suelo, se puso de rodillas y dejó sus garras donde pudieran verlas. Se había rendido, buscando clemencia y apelando a la buena voluntad de los mamíferos que manipuló a su antojo.
—Aún sin mí, mi red puede seguir funcionando. Sólo necesita un líder que sea feroz y tenga una convicción inquebrantable, como ustedes ahora. —Nick le quitó el seguro a su pistola, se adelantó un par de pasos para verla más de cerca y convencerse a sí mismo de que era capaz.
—Ya no hay nadie que te crea —respondió Wilde, con firmeza en sus palabras.
El zorro tomó aire, tomó la pistola con ambas manos y apuntó entre los ojos de Haggard. Todos contuvieron la respiración, sintiendo que jalaban del gatillo en conjunto. Sin embargo, el disparo de Nick no daría en la loba, que estaba tan concentrada en el cañón del arma que no se había percatado, al igual que los demás, que Viktor se puso de pie y en un instante se colocó a las espaldas del vulpino.
Kate quiso reaccionar, pero apenas Arcagma redujo y derribó a Wilde, le disparó en su pata hábil. No había sangre en su pecho, había contado con un chaleco todo ese tiempo; si hubiera permitido que Nick se acerque a él para ver si seguía con vida, tal vez no se encontrase en el presente escenario.
El lince dejó caer su arma y se relamió sus labios, después dirigió la mirada hacia el par de conejos y sonrió. Su hermano no llegó a deshacerse de ellos por muy poco, si las ambulancias no hubieran llegado tan rápido ni siquiera estarían ahí; ahora ambos habían acordado dejar morir a Haggard, como Mycroft y él habrían decidido. La idea de que su hermano los corrompiera antes de abandonar el mundo de los vivos, obligándolos por las malas a aprender a tomar decisiones crueles, era la prueba suficiente que una pequeña parte de su legado seguiría presente.
Haggard intentó erguirse luego de que Viktor le cediera unos segundos, pero él no dejaría que se salga con la suya. Mientras la loba se ponía de pie a duras penas y alzaba la pistola con su pata sana, el lince corrió hacia ella para sujetarla a la altura de la cintura.
En cuanto ambos cayeron al vació todos se quedaron congelados. Su enemigo más acérrimo les había quitado la posibilidad de actuar en contra de su moral, a sabiendas de que eran capaces de jalar el gatillo como él quería. Sin él y sin Haggard, sus problemas se habían esfumado. Quizás Kate se convirtiese en una mártir y dejaría un legado como el que siempre deseó, aunque no sería testigo del mismo, un castigo que parecía bastante acorde a su orgullo y soberbia.
Más adelante localizarían algunos de los mamíferos de la red de Haggard, buscando asegurarse que nadie supiera de la identidad de Drew o de los trabajos que Nick y Jack realizaron para ella. De momento, no tenían tiempo que perder; Judy tomó el teléfono que Viktor tenía hasta hace un instante. Todavía tenían que rescatar a la familia de la loba, sin olvidar que debían huir del lugar cuanto antes para que nadie los vincule con lo que acababa de pasar.
