Disclaimer: Inuyasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi. No recibo beneficios con esta historia.

Capítulo 3: Descubrimientos

-La gente de cuentas no presentó ninguna declaración muy relevante.- Kagura ordenó parte de la documentación que había sobre la mesa y volvió a su asiento. -Hubo algunas especulaciones sobre la jefa del departamento de investigaciones. Varios afirmaron que goza de muchas libertades.-

Sesshomaru le dio un sorbo a su café. -La señora Sakasagami?-

Su subordinada asintió con la cabeza.

-¿La interrogaron?-

-Aún no. Lo haremos cuanto antes.-

El peliplata se acomodó sobre su asiento y caviló durante algunos segundos. Había tenido una noche terrible y le costaba el doble formularse algo coherente.

- ¿Qué hay del jefe de cuentas? ¿Mencionaron algo? – expresó finalmente.

- Nadie dijo nada fuera de lo normal hasta ahora, se refirieron a él con mucho respeto. –

-Un líder ejemplar. -

La agente tradujo a la perfección el sarcasmo de su jefe y apuntó varias cosas en su anotador personal. Luego, se puso de pie y recogió los documentos. -Seguiremos investigándolo. -

-Perfecto. - Le dijo luego de darle otro sorbo a su bebida. -Gracias por tu trabajo. -

Kagura desapareció detrás de la puerta y Sesshomaru se estiró el cuello. La figura de Naraku le había generado dudas desde el primer momento. Había algo extraño en aquel hombre.
Volvió la vista hacia las anotaciones de la pizarra, tratando de delinear caminos posibles en su mente. Nombres, fechas, direcciones y horarios. Las ramificaciones eran muy amplias.
En uno de los extremos de la tabla yacía un listado de los empleados ingresados el día del robo; entre ellos se encontraba Kagome Higurashi, la última en dejar el recinto. Sus ojos se detuvieron en aquel nombre.

-Un caso bastante particular. - Pronunció un joven mientras se adentraba en la oficina.


El piso estaba en silencio. El único sonido presente era el de la ducha abierta. El mundo físico estaba en completa tranquilidad. El moreno sintió la tibieza del agua cayendo sobre su espalda y trató de relajarse, pero los pensamientos en su cabeza estaban haciendo estragos. Los hechos del día anterior se reproducían como fragmentos de una película:

-¿Quieres ponerme a prueba?-

Ella despegó los labios y trató de decir algo. Él aflojó su agarre y la vio apartarse bruscamente.

-Quiero resguardo. Quiero que me garantices que no se desharán de mí en el camino, como si fuese basura.- La oyó decir.

-¿Resguardo? ¿Qué te hace creer que lo mereces?-

-Di una declaración falsa para salvarte el pellejo.-

Lo dijo sin siquiera verlo a los ojos, mientras se arreglaba las prendas de ropa.

-Diste una declaración falsa por dinero.-

-Dinero que aún se me debe.-

Bankotsu suspiró hondo y trató de hallar alternativas para ponerle fin a la discusión y no perder la cordura. -Muy bien, ¿Quieres resguardo? Tendrás que ganártelo.- Expresó. -Recolecta información sobre el jefe de cuentas y su departamento. Cualquier movimiento extraño que puedas ver.-

-¿Naraku? ¿Qué hay con él?-

-Eso no te importa.-

Kagome frunció el ceño. -¿No sería más fácil que me dijeras qué es lo que estás buscando? No tengo mucha idea.-

Él se le acercó y apoyó el dedo índice en su sien. -Eres una chica inteligente, ya lo descubrirás.-

El moreno salió de la ducha y se envolvió la cintura con una toalla. Limpió el vapor acumulado en el espejo y se quedó algunos segundos inmóvil, con la vista perdida. Lo único que esperaba era no haber empeorado las cosas.


La oficina estaba sumida en el ambiente aborrecible de siempre, esta vez con el factor tensión añadido. Yura estaba más irascible de lo normal y deambulaba por el piso dando órdenes y soltando quejidos. Sus compañeros trataban de no hacer contacto visual ni llamar mucho la atención; no veían la hora de regresar a casa.

Kagome hundió el rostro en el escritorio y le dio un sorbo a su taza de café para poder sobrellevar el día. El trabajo se había incrementado y la cantidad de horas a cubrir también.
Tras varias páginas de escritura, se puso de pie y encaró hacia la cocina para estirar un poco las piernas. Antes, le dio un vistazo al piso. Los agentes del departamento de policías habían reaparecido en otras dos ocasiones, pero nunca volvieron a citarla. Pensó que tal vez se encontraba fuera de peligro, pero no quería bajar la guardia.

Llegando al corredor, se dio cuenta de que la mayoría de los empleados había ido por su almuerzo. Ni siquiera se había percatado de la hora. ¿Habría salido Naraku también? La situación parecía conveniente para llevar a cabo su cometido, pero recordó estar rodeada de cámaras de seguridad… ¿Cómo demonios iba a lograrlo?
Al poco tiempo, se percató de que no estaba sola. Algunas voces salían del despacho de su superior.
Kagome ralentizó el paso y trató de aguzar el oído.

-Por favor Hamada… si hubiese sido uno de mis trucos habría montado todo este circo? - Dijo con disgusto. -Tengo a la policía deambulando cada dos por tres aquí. -

Aquel tono de voz era el de Naraku, no cabían dudas. Estaba furioso.
Kagome hizo de cuenta que se arreglaba un desperfecto en los zapatos.

-No me vengas con la estupidez de tu desconfianza. - Hizo una pausa de algunos segundos. – Los agentes se están encargando. Sea quien sea, lo encontraré. –

La conversación finalizó. La azabache se apartó enseguida y continuó su camino hasta la cocina. Mientras se preparaba un café, trató de analizar lo que había oído. Hamada, Aquel nombre le resultaba familiar.

-¿No vas a almorzar?-

El comentario la sobresaltó. Naraku apareció en el lugar sin hacer ruido, como si se hubiese escabullido.
La azabache dijo lo primero que se le cruzó por la mente.

-No creo, no me siento muy bien.-

Él, sin un ápice de pudor, se arrimó y colocó el dorso de la mano en su frente. Un silencio incómodo se hizo presente en el recinto. Kagome se quedó inmóvil.

-No tienes fiebre.– Le dijo apartando su mano, sin acortar la distancia entre ambos. -Pero si te sientes mal, mejor visita a un médico.-

Ella se hizo con su taza y dio un paso hacia atrás. -Tiene razón. Eso haré.– Declaró. Tenía deseos de finalizar la charla.

Naraku se sirvió agua caliente y agarró un saco de té de la mesa.

- Eres nueva, ¿verdad? –

-Entré hace seis meses. –

-Vaya, ¿Cómo es que no me había percatado de tu presencia?-

-Soy del departamento de investigaciones, me encargo de la redacción. Tal vez sea por eso.- La azabache trató de ser lo más amable posible.

-Siempre enfrascada en tus escritos, ¿no? – La vio asentir y curvó los labios. -Una buena trabajadora. Me gusta. -

Kagome contenía sus ganas de evadirlo solo porque se trataba de un superior. No podía entender por qué, pero cada una de sus acciones la inquietaba. Cuando el silencio volvió, tomó su oportunidad para desaparecer.

-Si me disculpa, tengo que volver a mi trabajo. –

Naraku asintió y se hizo a un lado para darle paso. Luego la miró de arriba abajo. -¿Me recuerdas tu nombre, por favor?

-Higurashi, Kagome. -


-Una conversación de dos segundos? Es todo lo que tienes? - La voz de Bankotsu se oía molesta al otro lado del parlante. – Necesito pruebas reales. Documentos escritos o archivos digitales. -

-Hice lo que pude. Te recuerdo que el piso está lleno de cámaras. – Kagome se pasó el móvil de un lado al otro y lo oyó suspirar.

Hubo un silencio breve e incómodo que duró algunos segundos. Le pareció que el estado de ánimo de su interlocutor viajaba a través de la línea.

-Puedo encargarme de las cámaras, pero será por un lapso de tiempo muy corto.- Expresó. -Tienes que prestar suma atención a lo que voy a decir. –


Los últimos rayos de sol de la tarde se filtraban por la ventana. El muchacho peliplata se rascó la cabeza y reflexionó unos momentos, con la vista perdida en algún punto del recinto.

- No te lo estaría pidiendo de no ser necesario.- Aclaró su hermano, como si le hubiese leído la mente.

Lo sabía. Él no era alguien que desperdiciara su tiempo en bromas. Y si se lo estaba pidiendo, era porque no depositaba su confianza en nadie más. El caso debía tener un carácter bastante particular.

-Tienen algo en específico?- Quiso saber.

-Nada confirmado, por eso decidimos entrar. Necesitamos unir rastros de forma segura.-

El joven suspiró. Hacía tiempo que había dejado el departamento de policías, pero por alguna u otra razón, siempre volvía.

-Está bien, cuenten conmigo.- Dijo finalmente.

Una vez cerrado el trato, aclararon unas pocas dudas y pactaron una fecha de reunión, para continuar con los preparativos y analizar el procedimiento en detalle. El muchacho salió del recinto y caminó de regreso a la salida, en donde cruzó palabras con algunos conocidos. El lugar le traía muchos recuerdos.

-Como está el favorito del jefe?- Oyó decir a sus espaldas.

-Ueda… no eras tú el empleado del mes?-

El agente resopló con gracia y lo vio encaminarse hacia el elevador.

-Así que estás dentro?-

-Eso parece.-

Hakudoshi cambió su tono de voz y se acercó para hablarle más de cerca.

-Escucha, quiero pedirte algo.-

El peliplata se quedó en su lugar. El agente se aproximó lo suficiente para no levantar la voz.

-Hay una sospechosa a la que me gustaría que no pierdas de vista.-


A las 12:30 pm, cuando casi todo el personal había salido por su almuerzo, el teléfono del jefe del departamento de cuentas sonó. Una voz masculina al otro lado de la línea le informó que alguien había golpeado su Toyota Prius en el estacionamiento del subsuelo.

Cuando Kagome lo vio salir envuelto en llamas desde lejos, supo que era su señal. Las cámaras de seguridad estaban congeladas. Contaba con diez minutos para entrar a su recinto y extraer lo necesario. La muchacha suspiró hondo y tomó coraje para hacer lo suyo.
Cuando llegó, se encontró con un perfecto orden. Tendría que prestar suma atención a la disposición de las cosas, para no dejar evidencia sobre su paso.
En el escritorio había un juego de llaves, varios recordatorios pegados en el monitor, papeles sueltos y un cuaderno pequeño con anotaciones de todo tipo.

Kagome examinó todo lo que estaba dentro del perímetro e incluso abrió con la llave uno de los cajones debajo de la mesa. El tiempo corría y su nerviosismo se incrementaba. Necesitaba extraer la información lo más rápido posible.
De forma apresurada, se sacó un pequeño disco rígido del bolsillo y lo conectó en el ordenador. Naraku había salido tan rápido que olvidó suspenderlo.

Entre aquel mar de archivos, había varias carpetas con fotografías de viajes y otras con documentos de la empresa que, a grandes rasgos, parecían ser normales. Todos firmados por él y Yukio Hamada, su socio y fundador de la empresa.

-Hamada. Por eso me resultaba familiar.- Se dijo a sí misma.

No era su culpa. Pocas veces le había visto la cara a aquel hombre. Lo recordaba como un sujeto sencillo y de perfil bajo. Incluso le caía bien.

Hizo una copia de los documentos y los colocó en su dispositivo. Durante algunos momentos se sintió culpable por hacerse con las imágenes de sus vacaciones ¿Y si el tipo era inocente y ella solo estaba llevándose recuerdos de lo que comió en Bali? Todo parecía de lo más normal, pero entonces encontró el factor extraño. Un listado de gastos de la empresa entre las imágenes de su viaje a Okinawa de 2010.
En el documento, generado en la actualidad, aparecían números dudosos, incluso para alguien como ella, que no tenía nada que ver con cuentas. Gastos por reparaciones absurdas que nunca se llevaron a cabo, viajes de trabajo que no se realizaron, compra de equipo, capacitaciones y una larga lista de estupideces injustificables. En seis meses que llevaba allí, nunca había visto un solo empleado de alguna constructora reparando algo ni tampoco había visto a su jefe salir de su puesto para realizar un viaje de negocios.
Ese documento tan reciente tampoco contaba con la firma del dueño.

Kagome lo cargó en su disco rígido con velocidad y desapareció del recinto. Naraku llegó unos minutos más tarde, sin decir una palabra. Cuando varios compañeros se reincorporaron a su puesto, ella se acercó a la cocina para hacerse un café y comprobar que todo marchara normal en la oficina de su jefe, que al parecer, no se había percatado de nada.
Con un poco más de tranquilidad, la azabache preparó su bebida y verificó el horario en su celular. Quedaban unas pocas horas para salir.

-¿Cansada?-

Oyó decir. Ella, una vez más, se sobresaltó.

-Debería dejar de aparecer tan de repente. – Dijo su jefe a modo de disculpa.

Ella negó con la cabeza. -No se preocupe, me pasa todo el tiempo.-

-Esto de encontrarnos en la cocina se está haciendo costumbre.- Expresó. La azabache sonrió y guardó silencio. -¿Te sientes mejor?-

Ella revolvió en su memoria durante unos instantes. -Sí, creo que solo había sido un malestar del momento.-

- Los malestares en el trabajo… tengo experiencia en eso.- Lo dijo con un tono más sincero.

La azabache se volvió a verlo.

-¿Está bien?-

-Digamos que he tenido días mejores.-

-No debería exigirse tanto.- Kagome se dio un golpe mental, de dónde salía tanta amabilidad innecesaria?

-Tomaré la sugerencia, Señorita Higurashi.- Naraku curvó los labios, dejando entrever el blanco perfecto de sus dientes.


La cafetería estaba algo colmada. Era un lugar medianamente nuevo y arreglado. Había pasado por allí muchas veces, pero nunca se le dió por entrar (no le sentaban muy bien las aglomeraciones).
Justo cuando se preguntaba cómo iba a ser hallada entre tanto tumulto, apareció ella. Una muchacha guapa, de rostro anguloso y ojos grandes se sentó en su mesa sin siquiera dudarlo. Llevaba flequillo, un poco de maquillaje en los párpados y el cabello negro recogido en una coleta.

-Tú debes ser Kagome, verdad?- Le dijo con cortesía. -Soy Sango.-

Ambas se saludaron y guardaron silencio durante algunos segundos. La recién llegada se acomodó y pidió una bebida caliente con algo ligero para comer.

-Es mi único momento libre del día. Tengo que aprovecharlo.- Expresó luego de morder una fracción de comida.

Su actitud relajada parecía fuera de contexto. ¿En verdad trabajaba con él?

-¿No era capaz de buscar las cosas por su cuenta?- Soltó la azabache de repente. Su lengua solía ir más rápido que su mente.

-¿Te refieres a Bankotsu?- Sango bebió un sorbo de su infusión. -Bueno, de haber sabido que querías verlo…-

-Para nada. –

Su interlocutora sonrió con diversión y se acomodó en su silla. -Bien.. ¿qué tienes para mí?-

Kagome se sacó el disco rígido del bolsillo y se lo entregó. -Copié todo lo que pude de su computadora. Hay documentos entre sus fotografías de viajes. -

-Revisaste hasta sus vacaciones? ¡Buen trabajo! -

-Tendrán unas bellas imágenes de Okinawa para disfrutar.-

La pelinegra soltó una risa. Cuando terminó con su comida, pagaron la cuenta y se despidieron. Kagome no formuló ninguna otra pregunta.
Por la noche, Sango se reunió con sus compañeros y les compartió la información recolectada. Cuando examinaron los documentos, se encontraron más que satisfechos con el trabajo de la azabache.
Bankotsu, por su parte, no hizo comentarios.

-Vaya carácter el de esa chica, me agrada.- Le dijo la pelinegra para sacarlo de su mutismo.

Bankotsu sonrió con sarcasmo. –Eres la única que lo piensa. -

-Creo que de verdad podría ser útil.-

-No la sobrevalores. – Añadió él.

Sango se abrochó la chaqueta y se enfundó las manos en los bolsillos.

-Esa chica entró a la oficina de su jefe y robó información confidencial.- Expuso. -Solo piénsalo.-

El moreno se puso un cigarrillo entre los labios.

-Además, es muy guapa.- La oyó decir.

-Invítala a salir entonces.-

-Tal vez lo haga.- Respondió ella.

Sango desapareció detrás de la puerta de entrada. Él rodó los ojos y buscó su mechero.


No tenía idea de que hora era cuando sonó el teléfono. Lo único que le quedó claro fue que ese aparato infernal arruinó las horas de sueño de su fin de semana. Se hizo escuchar una y otra vez de forma insistente, hasta que se dignó a atenderlo.

-¿Quién es?- Dijo de mala manera.

-No me digas que estabas durmiendo.- Respondió la voz al otro lado. -Vístete. Estoy abajo. –

El emisor cortó la llamada. Ella entrecerró los ojos y le echó un vistazo a la hora: 7:30 am. Iba a matarlo.
Se lavó la cara, se puso lo primero que encontró y salió del apartamento con un aura maligna.
El moreno la estaba esperando a pocos metros, apoyado en la puerta de su automóvil. Cuando la vio, le entregó un sobre de papel madera sin decir nada.
Kagome reconoció el contenido; era el dinero que faltaba.

-Gracias. Podrías haberlo tirado debajo de la puerta.-

Bankotsu se levantó y caminó hasta el lado del conductor. -Sube.- Le dijo, con la misma expresión seria de siempre.

Ella frunció el ceño. -¿Por qué?-

-¿Qué sucede, tienes miedo?-

El moreno curvó los labios cuando la vio introducirse en el vehículo. Un golpe al ego era herramienta suficiente para jugarle en contra.
Desde su asiento, la azabache enfiló la vista hacia la ventana con un poco de incomodidad. El conductor no pronunciaba palabra y el camino parecía desembocar en algún lugar desconocido. El panorama citadino fue mutando hasta convertirse en un paisaje más desértico.

El automóvil se detuvo cerca de un establecimiento vacío. Kagome descendió y siguió al ojiazul con desconfianza.
Ambos transitaron por los alrededores de aquel edificio en silencio. Los ventanales estaban rotos y las puertas oxidadas. La naturaleza había avanzado sobre él y las plantas crecían el casi todos los rincones. Estaba devastado y daba la impresión de que llevaba mucho tiempo abandonado. La azabache pensó que había algo encantador en esa decadencia.

En un punto del trayecto, Bankotsu se detuvo a recoger algunos objetos sin reparar mucho en su aspecto y los cargó hasta afuera.

-Creo que ya tuve suficiente misterio por hoy.- Resopló ella con poca paciencia. -¿Vas a decirme qué hacemos aquí?

El moreno se aproximó hasta ella y sacó un arma de fuego de su chaqueta. Kagome se quedó inmóvil y sintió todos sus músculos contraerse.

-¿Q-qué estás haciendo? -

Un mar de pensamientos inundó su mente ¿Por qué demonios le pagó si de todas maneras iba a deshacerse de ella? ¿Por qué había subido al auto en primer lugar? ¿Por qué hacía tantas estupideces? Nada de eso parecía tener mucha importancia en aquella instancia.

-Te subes al auto de cualquiera sin titubear?- Lo oyó decir. -Uno de estos días, tu arrogancia te llevará a la ruina.-

Kagome tragó saliva. Bankotsu leyó el nerviosismo en sus facciones y sonrió con complacencia. Luego, se deshizo de las municiones.

-Está descargada.- Expresó. -Ahora cárgala. -

Hizo ademán de cederle la pistola, pero ella dio un paso hacia atrás.

-No uso armas de fuego.- Le dijo mirándolo a los ojos. Su interlocutor se sorprendió de lo rápido que había desaparecido el miedo de su fisonomía.

-Tampoco yo. Pero tendrás que aprender a manejarlas, en caso de emergencia.-

Aquello respondía a la perfección la pregunta que le había formulado algunos días atrás. Evidentemente, todos corrían peligro, en mayor o menor medida. Se había metido en la boca del lobo y era tarde para volver el tiempo atrás.

-Comenzarás cargando y descargando.-

Las horas transcurrieron en aquella clase informativa de colocación y extracción del cargador. Lo hizo un centenar de veces, hasta que estuvo lo suficientemente acostumbrada, como si su cuerpo hubiese construido una memoria procedimental sobre la operación. Cuando consideraron que había sido suficiente, se prepararon para disparar.
Kagome respiró hondo y trató de dejar sus inseguridades de lado. El moreno se colocó a su lado y la observó con atención mientras empuñaba el artefacto, erguía la espalda y separaba los pies.

-¿A dónde estás apuntando?.- Le dijo antes de que pudiese continuar.

Se aproximó hacia ella por detrás y trató de acercarse a su punto de mira. Con sumo cuidado, le acomodó los brazos y se acercó a su oído.

-Recuerda empuñarla con fuerza. Recuerda el retroceso.-

La azabache sintió la calidez de su respiración y contuvo el aire para controlar sus pulsaciones. Su cuerpo temblaba.
Bankotsu puso una mano sobre la suya y la otra detrás de su espalda a modo de contención.

-Tranquila.- Le dijo con serenidad. -Respira.- Era la primera vez que lo oía de esa forma.

Kagome se relajó, soltó el aire de sus pulmones y apretó el gatillo. Ambos curvaron los labios cuando el proyectil le dio al objetivo.
Luego de algunas pruebas más, juntaron las cosas y decidieron emprender camino de regreso. La azabache se sentía algo más cómoda.

-Si no te dedicaras a fastidiar a la gente y cometer crímenes serías un buen instructor de tiro.-

-La chica con agallas se asustó? - Le dijo con tono irónico.

-Eres un idiota.-

Bankotsu soltó una carcajada reprimida y mantuvo la vista en el trayecto.

-Si quisiera matarte, ya lo hubiese hecho.-

-Eres tan bondadoso.- Dijo ella recargando la cabeza en el vidrio del acompañante.

-Hiciste un buen trabajo con Naraku. Tenemos lo que necesitábamos. –

Kagome se volvió a verlo. Era la primera vez que oía un cumplido de su parte. Aquel debía ser el día de los descubrimientos.
Luego de algunos minutos, el vehículo llegó a destino.

-¿Y ahora qué?- Dijo ella abriendo la puerta.

Bankotsu la miró a los ojos y recordó las palabras de Sango. Hubo silencio.
Su mente divagó por algunos segundos, dubitativa.

-Te llamaré en los próximos días. Solo trata de estar despierta.- Expresó finalmente.