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El ser la forma de vida definitiva —o perfecta, cualquiera de los dos conceptos podía utilizarse en plenitud a su parecer— significaba dos cosas: la primera era que, irónicamente y por desgracia, mantenía solamente una desventaja que debía ocultar para que sus enemigos no la encontrasen como debilidad; la segunda, era que por más que reconociese su linaje alienígena, Shadow a veces se sorprendía de lo que provocaba su linaje terrestre.
La cosa, en aquel instante, era el hecho de no poder dormir siendo una dualidad para él: el cuarenta por ciento de sus genes mobianos, compuestos por obra del Doctor Gerald Robotnik, colapsaban con el sesenta por ciento de sus genes black-arm. Dormir, para su parte alienígena, no era un problema muy grande al contrario de su parte mobiana que pretendía agotarse si no descansaba lo suficiente. En el tiempo que llevaba viviendo en la tierra, Shadow había descubierto muchas de sus frustraciones: no necesitaba dormir en absoluto, pero descansar y relajarse le hacían un gran favor tanto a su cuerpo como a su consciencia.
Por eso, en el momento en que se halló a sí mismo saliendo de su pequeño trance durante la mañana del día siguiente —es decir, el domingo— donde tenía una ducha, Shadow supo con facilidad que se trataba de Rouge en cuanto escuchó los "discretos" pasos que la murciélago trataba de dar por todo el departamento para no "despertarlo". Con lo que no contaba ella, era que Shadow se había desocupado lo más rápido posible, encontrándosela a medio pasillo donde la confrontó. Con lo que no contaba él, era que Knuckles se mantenía escondido en la cocina, preparando el desayuno para los tres.
A pesar de que el día había estado muy tranquilo, Shadow solía utilizar los domingos para relajarse de todo el estrés que le provocaba la agencia, que le provocaba Rouge y que le provocaba pensar en sus propios mártires. Por lo tanto, había comenzado con una rutina donde su única preocupación era mantenerse calmado. Como se había acostumbrado a tener a la pareja en el departamento, muchas de sus actividades no se veían limitadas por la presencia del equidna y de la murciélago que respetaban su espacio: mientras ellos descansaban en el sofá de la sala, mirando televisión y comiendo bocadillos, Shadow se encerraba en el balcón donde pasaba el tiempo leyendo, mirando el atardecer, meditando o simplemente intentando dominar lo que era dormir.
A eso de las seis de la tarde, aquel domingo en particular, recibió una llamada de la recepción donde le solicitaban su presencia. Extrañado por tal cosa, y tras una breve plática con la murciélago que le mostraba cierta curiosidad por saber qué había hecho y qué tanto iba a tardar —porque bien sabía Shadow que algo tramaba, y ese algo sabía que involucraba al equidna—, el erizo bajó por el ascensor y llegó hasta el lobby, acercándose a la oficina donde el portero se encontraba.
El portero —siendo un león de no más de veinte años; anaranjado, con unos ojos verdes y afilados, y unos colmillos tan grandes que espantaban a cualquiera—, le comentó que necesitaba que firmara nuevamente por un paquete que le acababa de llegar. Y Shadow, resignado y sin mucho que decir, tuvo que acceder a recibirlo.
Había estado tan tranquilo que se había olvidado por completo del asunto de las notas.
—Perdón que me meta en su asunto, pero últimamente ha estado muy solicitado —llamó su atención el portero, haciéndole notar tal dato; Shadow arqueó una de sus cejas, expectante a lo que el león tenía que decirle, mientras seguía firmando el documento—. Vaya, tres empaques en tres días, es un nuevo récord. Nadie ha tenido tanta mensajería desde que el chiquillo Bean se mudó —hizo una mueca después, y el erizo ébano le asintió en comprensión—. Ese mocoso recibía paquetes muy extraños a cada rato, era un gran problema cuando residía aquí.
Shadow volvió a su estoico semblante. Se percató de que lo que el portero estaba haciendo: intentaba sacarle conversación.
Realmente no le tomaba importancia a lo que pensasen de él, pero una parte de sí mismo se dijo que no debía ser grosero. A fin de cuentas, el león sólo hacía su trabajo y, en cierta parte sí él mismo lo confesaba, era ya un tanto incómodo tener que estar yendo tan seguido a la oficina, sin decir alguna otra palabra, solamente firmando un desgastado papel de evidencia.
—Lo mío también es un problema —admitió en voz alta Shadow, relajado. El portero le arqueó ambas cejas, en tremenda confusión; en todo lo que llevaba trabajando en aquel lugar, y en el tiempo que le había tocado recibir al agente, nunca había pensado en que llegaría el día en que éste le respondiese porque sabía que el erizo no hablaba mucho. Al ver su distraído semblante, Shadow dejó el bolígrafo en la barra, y se cruzó de brazos para mirarlo a los ojos, aclarándole—. Alguien dio con mi dirección y no deja de mandarme estas cosas.
—Oh, entonces de verdad usted no las espera —contestó el león por su parte, como si hablase más consigo mismo—. ¿Y a usted le molesta recibirlos?
—Me da igual —respondió monótono Shadow, esperando a que el portero le entregase el maldito paquete.
¿Siendo honestos? Por supuesto que le molestaba. Le frustraba. Le jodía.
Tenía muchas preguntas en la cabeza y ninguna de ellas tenía si quiera un inicio de respuesta.
—Bueno, si me permite decirlo... —empezó el león, tomando la hoja y la pluma para girarse sobre su escritorio, tomando la bolsa de papel café donde se mantenía el producto y dejándola arriba de la barra para que el erizo la tomase—. Con lo poco que he visto, parecen ser detalles delicados. No considero que esté en peligro, Señor Hedgehog, si es lo que cree —y tras relajarse, se recargó en la silla giratoria donde estaba sentado. Shadow le rodó los ojos, un poco fastidiado por tomarle importancia a algo tan banal—. Además, la ventaja es que quien viene a dejar las cosas ya dijo que lo hará personalmente, no como el primer día que sólo mandó el paquete.
Shadow no mostró ninguna expresión, pero su consciencia se quedó petrificada ante lo dicho por el portero.
La ardilla en su cerebro empezó a rodar.
—¿Qué? —fue lo que alcanzó a decir, sin moverse ni un milímetro, procesando todo lo que el chico le confesaba.
—Es que, como le comenté ayer en la mañana, el viernes vino su amigo el equidna... Ya sabe, el rojito —recargó sus codos en la barra el león. Shadow frunció el ceño ante la etiqueta y entrecerró los ojos, esperando a que continuase—. Pues, ayer por la noche, vino alguien más a dejar el paquete que le pedí que recibiera cuando usted llegó en la madrugada —y el ébano estuvo a punto de hablar, pero el portero lo interrumpió—. Es la misma persona que le ha dejado el paquete de hoy.
Shadow no necesitó algún otro comentario de su parte para confirmar lo que tanto había estado mentalizando: desde un principio, sabía que los regalos que recibía no podían ser de Knuckles porque había detalles que no concordaban con el perfil del equidna. Los paquetes incluían los mismos colores de empaque, el mismo tipo de letra, la misma tarjeta.
Y por supuesto, tenía que ser otra persona que lo conociese lo suficiente como para saber qué tipo de sabores le gustaban. Los dos postres que había obtenido eran de su agrado, pero por mero rechazo no quería abrir los empaques hasta resolver el misterio detrás.
—Viste quién era —afirmó después de un pequeño silencio. Su estómago empezó a dar vueltas, no sabiendo si por estar digiriendo la noticia o por los nervios.
—Sí, yo lo atendí —contestó el león, mostrando los colmillos con una sonrisa enorme y un humor tan radiante—. Y la verdad, parece ser que es conocido de usted. Tuve que pedirle que firmara el horario de visitas que tenemos aquí en la oficina pero me dijo que no podía dejar su identidad al descubierto, así que me pidió que no le dijera nada a usted porque él mismo lo iba a hacer y... —su emoción perduró unos cuantos segundos en cuanto se dio cuenta de que había dicho cosas de más; mordiéndose la lengua, repitiéndose lo bruto que había sido, entrecerró sus ojos y subió sus hombros con cierto miedo— Ya lo arruiné, ¿verdad? —le preguntó con pena.
—¡¿Me estás diciendo que te prohibió decirme quién era?! —cuestionó de vuelta Shadow en un tono molesto, elevando más la voz.
—...Sí, básicamente —arrastrando la oración, el león se pegó a sí mismo en la cara. Shadow se acercó a la barra y el león, por inercia, intentó recargarse más en la silla para alejarse un poco; aunque él le ganaba por mucho más en altura y peso, el portero reconocía que a Shadow nada la costaría taclearlo si por él fuese—. ¡Me dijo que me iba a notificar cuándo podía hacerlo! —dijo, hablando un poco más rápido por el temor que le provocaba el agente con sólo verle a los ojos— Ay, ya metí la pata...
—Y hasta el fondo —respondió ahora el erizo, con los afilados carmines sin parpadear. Aun así, no se movió nada más que para recargar sus brazos en la barra y acortar la distancia entre ambos—. ¿Por qué le haces caso? —volvió a hablar, esta vez en un tono más relajado.
Igual, el león sentía el aura pasivo-agresiva que irradiaba.
—Es que él me pagó por hacerlo —se cruzó de brazos, sin dejar de dirigirse al agente. Shadow entrecerró sus ojos, notando cierto detalle en su oración—, y trabajo es trabajo, Señor.
Lo miró por unos segundos, analizando la situación. Sus ojos viajaron hasta el plástico del mueble, atónito a su manera por creer todo lo que pasaba.
—Entonces es un él —dijo al aire, y el león le asintió nervioso. Shadow subió su vista hacia la del portero, estoico como en un principio—. ¿Por qué piensas que es conocido mío?
—Lo he visto varias veces junto a usted y la Señorita Rouge.
El ébano dio un largo suspiro, girando la vista hacia la salida de la recepción donde el guardia echaba un ojo a cualquiera que pasase.
Por más que no quisiese darle vueltas al asunto, parecía que el destino intentaba hacer lo contrario. Shadow sólo buscaba una señal que le indicase quién había podido ser el culpable esas tarjetas. La espina de quedarse parado, esperando a ver si a la persona se le ocurría volver para poder saber de quién se trataba, le carcomía muy en el fondo.
Quería saber quién era para poder golpearle la cara tan fuerte por molestarlo.
¿Con qué intención lo hacía? ¿Qué ganaba con ello?
Pero lo más importante, que lo sacaba de sus cabales...
¿Por qué él le tomaba tanta importancia?
—Avísame si vuelve a venir —mencionó sin dirigirle la vista, tomando la bolsa de papel café, finalizando alguna otra conversación entre tanto el león volvía a erguirse para confrontarlo.
—S-señor Hedgehog... —trató de llamar su atención el portero.
—Y si sabes cualquier otra cosa —lo interrumpió Shadow volteando hacia él, mostrándole el dedo índice, indicándole que se callara para que lo dejara hablar—, hazme saber lo más pronto posible.
—Pero, Señor Hedgehog —de nuevo el león, más nervioso todavía, parándose de la silla para poder hacerlo entrar en razón—, tengo una orden clara que me impide...
—He dicho: hazme saber —le elevó un poco la voz en un tono molesto con el que incluso el guardia volteó a observar la escena. El portero abrió sus ojos tanto como pudo, sorprendido. Se enderezó como pudo y se mordió el labio inferior, escuchándolo—. No lo volveré a repetir —prosiguió él, relajándose.
El león tomó aire y le asintió con cierta pena. Por un breve momento, recordó lo que alguna vez su jefe le había dicho:
Nunca le contestes al erizo. No sabes lo letal que puede ser.
El mensaje había sido claro.
—Sí, Señor —dijo en seco—. Cuente conmigo.
—Gracias.
Y con el semblante impregnado en estoicidad, Shadow tomó camino hacia su departamento.
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Una vez caminando por la sala, ni siquiera se molestó en fingir sorpresa cuando se encontró con que Rouge y Knuckles estaban encerrados en la habitación que la murciélago usaba como suya. Shadow llegó directamente a la cocina, dejando la bolsa en la barrita que usaban como mesa. Lo que sacó de ella fue una pequeña caja de plástico cristalina, adornada con un moño de color dorado; la tarjeta era del mismo y ligero color rojo que las pasadas, las letras negras.
Para ser francos, Shadow se había imaginado que recibiría lo mismo que las ocasiones anteriores: galletas. Sin embargo, la bolsa pesaba un poco más. Dentro de la cajita se veía claramente un pedazo de pastel; parecía ser de vainilla porque el pan era blanco, tenía una franja de lo que parecía ser mermelada de fresa y pedacitos de fruta arriba del albino glaseado.
Con sumo cuidado y una pizca de asombro, Shadow posó la cajita en la barra acarició la tarjeta, empezándola a leer.
"Dato inútil de hoy: los chaos, que todavía viven en el Chao Garden, no pueden comer nada fuera de su dieta porque si no vomitan. Lo aprendí a la mala tal como yo vomito con las bebidas fuertes.
¿Cómo te está yendo? A mí normal. No hago nada en todo el día y estas notas las escribo en menos de cinco minutos.
Esta vez dejo demostración de un postre que específicamente hicieron para mí. Quería que lo probaras antes de que se acabara porque mis amigos son un poco mañosos y tienden a terminarse absolutamente todo.
Suerte en tu entrenamiento.
Por cierto, ayer te fuiste sin decir nada y supe que te cortaste porque quebraste un vaso. Ojalá te encuentres mejor."
Las pupilas de Shadow se dilataron, el estómago se le achicó. Con lentitud, dejó la tarjeta sobre la barra y miró un punto muerto en el mueble.
El bastardo del portero tenía razón: en definitiva, el misterioso anónimo era uno de sus jodidos conocidos.
Inhaló, suspiró. Se pasó la lengua por los dientes, analizando su entorno: miró el techo, el piso, la ventana que daba vista hacia el horizonte de la ciudad y por donde las agraciadas cortinas se movían con la brisa de la tarde-noche.
A la mierda. Era estúpido tratar de encontrar alguna respuesta.
Por tercera vez ese fin de semana, arrancó la tarjeta. Acomodó la cajita del postre dentro del refrigerador, caminó hasta su habitación y dejó la nota al fondo de su clóset, justo donde reposaban las dos anteriores.
Al final, volvió al balcón para proseguir su lectura, con el atardecer al fondo y la aparición de las estrellas.
