Capítulo 2
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Alcanzó que invitara a almorzar a Naruto con él y Choji una única vez para que luego el rubio se le acercara con expresión expectante en cuanto llegaba el mediodía. Se volvió costumbre compartir comidas al menos dos o tres días a la semana, a veces los tres, a veces solo Choji y Naruto, a veces solo Shikamaru y Naruto… de hecho, a medida que pasaba el tiempo, la última opción se volvía la más habitual.
De ese modo, Shikamaru empezó a encajar las piezas del rompecabezas a medida que Naruto le contaba más y más de su vida. Su infancia había transcurrido en un orfanato, donde había conocido a Gaara. La diferencia fue que Gaara fue adoptado siendo aún muy pequeño por una familia de buen pasar económico, dueña de una empresa en la que entró a trabajar apenas tuvo suficiente edad. Naruto, en cambio, boyó de un hogar de acogida a otro, hasta que siendo ya adolescente uno de sus profesores en la escuela, un tal Kakashi al que el muchacho aún llamaba con el apelativo "sensei", le propuso hacer el papeleo para adoptarlo si prometía "no hacer mucha bulla". En definitiva, Naruto estaba solo en el mundo desde que había nacido. Shikamaru se sintió en la obligación de agradecer por los tediosos encuentros familiares que su madre organizaba una vez por mes. Él podía ser solitario, pero nunca había experimentado el rechazo y el abandono que eran el pan de cada día de su compañero.
Tal vez por esa historia de aislamiento, le llamó la atención cuántas veces, entre bocado y bocado, Naruto se olvidaba de él para contestar algo en su teléfono. Como a la quinta vez que lo vio sonriendo embobado frente a la pantalla, decidió preguntarle al respecto.
—¿Y con quién hablas tanto, si se puede saber?
—¡Ah-perdón! ¡Es… es… un amigo de la escuela!
—¿Y por qué te pones tan nervioso de repente, si es un amigo de la escuela?
El muchacho se rascó la cabeza y esbozó su sonrisa de siempre.
—¡Tienes razón! ¡No hay por qué ponerse así, soy un tonto!
—Bueno… ¿cómo se llama tu amigo?
—Ahm… Su nombre es Sasuke, Uchiha Sasuke.
—Ya. ¿Y este Sasuke Uchiha es con quien has estado escribiéndote últimamente? Porque cada dos por tres te veo pegado a tu móvil.
—¿De verdad? Pensé que era discreto cuando contestaba sus mensajes…
—Y yo pensé que no conocías la palabra discreción, me dejas sorprendido.
Si bien no era curioso, Shikamaru sí tenía debilidad por los juegos de lógica y las adivinanzas. O al menos eso empezó a decirse a sí mismo cuando se encontró reuniendo información sobre Naruto y el tal Sasuke, en el afán de entender mejor sus relaciones. ¿Para qué quería saber sobre eso? No lo tenía muy claro, pero esforzarse por detener el impulso de conocimiento que ahora le surgía le parecía más difícil que dejarse llevar, por lo que no se hizo más preguntas sobre ello. Primero, dedujo que, por la alegría infinita que cruzaba el rostro del rubio cuando le llegaba un mensaje, el otro podía ser su pareja. Sin embargo, pronto notó que había grandes baches de tiempo entre el momento en que su compañero escribía un mensaje y el momento en que recibía respuesta. A veces, esos baches se prolongaban tanto que afectaban el humor de Naruto hasta dejarlo apesadumbrado, aunque, claro, si le preguntaba, lo negaba todo.
—Solo estoy cansado, -ttebayo —murmuraba.
Así, llegó a la conclusión de que tenían algún tipo de amistad desbalanceada y que aquel fulano Uchiha era el amor platónico de Naruto. Esta idea le retorció el estómago aún más que aquella de que fueran felices tortolitos. El porqué de esa reacción por parte de sus órganos era un gran misterio para Shikamaru.
Los primeros indicios que le permitieron armar una hipótesis al respecto llegaron algunos meses después, cuando el pasante fue ascendido por fin a un puesto administrativo real, con un sueldo razonable. Naruto desbordaba felicidad y no solo organizó una salida para festejar (a la cual fue casi todo el piso, porque aunque muy pocos se preocupaban por él ninguno estaba en condiciones de rechazar una cerveza) si no que de inmediato empezó a planear su mudanza.
Resultó ser que, debido a su ingreso miserable, el muchacho vivía en una piecita diminuta en la que apenas cabía su colchón y compartía la cocina y el baño con otros diez inquilinos. Por lo tanto, apenas pasó a cobrar lo normal por un trabajo de oficina —aunque estuviera a lo último del escalafón— inició la búsqueda de un monoambiente que le permitiera algo de intimidad. Con el apoyo de Gaara, que le salió de garante, al poco tiempo ya había conseguido algo decente y firmó un contrato por dos años.
Durante uno de sus habituales almuerzos, Shikamaru se enteró de todo y comprendió que ni Kakashi ni Gaara, y, por supuesto, menos que menos Sasuke, le estaban dando una mano para embalar sus cosas, limpiar el departamento o comprar los múltiples muebles que le harían falta. Resignado a que ese era el papel que el destino le reservaba, pasó todo un fin de semana con el rubio. Armó y desarmó cajas, trapeó el piso, puso cortinas, lo escuchó decir toda clase de paparruchadas y a cambio le dio buenos consejos para organizar el espacio, rio y acomodó objetos, hasta que se aseguró de que lo dejaba viviendo en un sitio sin montañas de basura y en el que se podía comer algo más que ramen instantáneo.
Y fue entonces que aparecieron los mentados indicios. Al lunes siguiente de la mudanza, en la oficina recibió los comentarios más extraños. Varios señalaron que se lo veía bien, que estaba más relajado —¿acaso no era esa su actitud natural? Incluso insinuaron que tal vez había aprovechado el fin de semana para darse una escapada al mar. ¿De qué hablaban? ¿Tan distinto se veía?
La gota que rebalsó el vaso, no obstante, fue Ino. A esa mujer simplemente le divertía molestarlo. En una ocasión en que tuvo que acercarse a su cubículo para llevarle unos documentos, le espetó, en tono de burla:
—¿No será que te has echado una noviecita por ahí?
—¿De qué hablas? No tengo tiempo para esas tonterías…
—Tu sonrisa boba no dice lo mismo —insistió la chica, guiñándole un ojo antes de retirarse.
El tema lo tenía tan irritado que acabó comentándoselo a Choji cuando coincidieron a solas en el ascensor. El otro se rascó el mentón, buscando las palabras indicadas.
—Ayer fuiste a casa de Naruto, por lo de su mudanza, ¿no?
—Sí, ¿y eso qué?
—Bueno… cuando pasas tiempo con él, te ves así.
—Así… ¿cómo?
—Bueno… más feliz.
Esa respuesta lo descolocó. Trató de encontrarle sentido, pero en eso también subió Naruto al ascensor y las cosas se desordenaron en su cabeza. El muchacho los saludó con alegría y esbozó su típica y amplia sonrisa. De pronto, Shikamaru comprendió que acababa de sonrojarse. El solo gesto de sonreír por parte del rubio había bastado para afectarlo. Con una mezcla de angustia y esperanza, se encontró pensando: "Quizás… quizás mi corazón late demasiado rápido junto a este chico. Qué problemático".
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