Capítulo dos: Academia de Danzas Sina.


Mikasa asume la noticia después de que Armin le explicara con suma calma y paciencia que no estaba hiperventilando, sino que, simplemente, se le ha oprimido el pecho por las intensas ganas de llorar que se aguantaba.

No puede creer que su padre la haya apuntado en la Academia de Danzas Sina. Que ella sepa, las clases no son precisamente baratas y el empleo de Elias no le permitiría ese lujo todos los meses cuando apenas llega a pagar las boletas y las cosas necesarias en el hogar. A menos que se haya convertido en un narcotraficante de un día para el otro, no explica de dónde sacará el dinero extra.

Sin embargo, no puede evitar sentirse inmensamente feliz por el regalo retrasado. Su cumpleaños número dieciocho había sido en febrero, cuatro meses atrás, y Elias no pudo obsequiarle algo decente, aunque a Mikasa no le molestó en absoluto ese detalle, pues sabe que él realiza lo posible para que nada le falte. Se le achica el corazón al pensar que estuvo guardando la sorpresa por tanto tiempo.

―Espero que estés lista. Tu primera clase va a ser hoy ―dice Armin, sacudiéndola de un lado a otro como si se tratara de un sonajero de huesos y órganos―. ¿Estás emocionada? ¡Porque yo sí!

―Deja de sacudirme... ―habla como puede y, de repente, él la suelta algo avergonzado de sus acciones arrebatadas, disculpándose en un susurro. Mikasa le sonríe, asegurándole que no hay problema porque esa faceta suya le causa ternura―. Aunque no sé si estoy lista. Es decir, todas esas personas tienen más experiencia que yo y...

―Mikasa Ackerman Azumabito ―la detuvo, colocándole el dedo índice sobre los labios. En ese sentido, su padre y Armin son demasiado parecidos―. Eres una increíble bailarina, te lo aseguro. ¿Y qué si ellos asistieron a una academia y tú no? Tu madre te enseñó desde que tienes uso de razón y, desde entonces, has practicado por ti misma durante muchísimos años. Así que irás a ese lugar para expresar cuánto amas la danza, no para impresionar a nadie. ¿Captas lo que digo?

―Armin... ―sin esperar un segundo más, se arrima a abrazarlo delicadamente, como si temiera romperlo entre sus brazos―. ¿Te he dicho que eres mi novio en otra vida?

―Lo repites cada semana ―asegura él y ambos ríen.

Después de aquello, la profesora de Lengua y Literatura entra al salón y la charla se da por acabada.

Mikasa se siente extasiada y ni siquiera logra concentrarse en la clase por más que se obligue a prestar atención al pizarrón y no al papel guardado dentro de su mochila. Mueve su pierna por horas, incapaz de contener las ansias que la carcomen por dentro y que no demuestra en su rostro ni por descuido. Armin la ve de reojo y sonríe con afecto, contento por la situación que atravesaba la chica y sabiendo de antemano todas las emociones que ella intenta suprimir en su interior. Se hicieron mejores amigos en la primaria y él conoce de primera mano el inmenso amor que profesa Mikasa por la danza clásica, así que no le parece que su comportamiento sea exagerado. Sabe de memoria su historia y se siente verdaderamente feliz de que su amiga lo sea.

La campana que anuncia la hora de salida toca luego de seis horas de clases en las que no aprendió nada por estar con la mente en las nubes, bailando dentro de sus pensamientos que se resumían a las infinitas posibilidades de lo que podría ocurrir en unas horas dentro de esa academia. Mikasa es la primera en fugarse del salón y correr a la salida, seguida por un entretenido Armin que apenas puede con su paso apresurado.

―Suerte ―le desea, tomándole ambas manos y dedicándole una de sus más lindas sonrisas. A continuación, se para de puntitas y besa su frente―. Quiero saberlo todo, Mika. Estaré esperando una video llamada y una charla extensa.

―Entendido ―asiente ella antes de marcharse a su hogar.

Cruza la calle y se apresura a la puerta de su hogar, abriéndola con el segundo juego de llaves que su padre le dio en el año ―el primero lo olvidó en los asientos de un taxi y todavía sufre la pérdida del llavero que lo acompañaba, el cual tenía la forma de la varita mágica de Hermione―. Al entrar, se da cuenta de que no sabe por dónde empezar exactamente. Quiere centrarse en ella, pero está al tanto de que debe limpiar la casa porque ayer programó su cuerpo en modo perezoso e ignoró a propósito la actividad. Por lo tanto, sosiega su emoción y va a cambiarse de ropa para no ensuciar el uniforme.

Mientras se prepara unos macarrones con queso, se dedica a limpiar exhaustivamente el baño, la cocina y la sala de estar hasta dejarlos relucientes. Su habitación, por suerte, siempre se mantiene moderadamente en orden, así que no necesita hacer nada más. Al cuarto de su padre no ingresa, ya que él se encarga de sus cosas y su propio desorden; además, no le gusta invadir su privacidad.

Almuerza su comida improvisada hecha en treinta minutos, sentada en la gran mesa del comedor que se siente vacía sin la compañía de nadie. Hace cinco años, tres sillas eran las ocupadas y actualmente son solo dos, aunque su padre solo almuerza con ella los fines de semana, ya que el trabajo no le permite regresar al mediodía para estar a su lado. Mikasa no protesta ante ese hecho, sabe que existen situaciones peores. Además, ya está acostumbrada a pasar la mayor parte del tiempo sola en esa casa y no le desagrada por completo.

Detiene el tenedor al darse cuenta de que se le ha marchado el apetito. Mira con una mueca la pasta que queda en el plato y la excesiva cantidad de queso que ha desperdiciado, sin contar que en la olla aún aguardan unos cuantos más sin tocar ―nunca fue hábil para calcular, lo respalda la vez que tuvo que comer arroz por casi tres días seguidos―. Está a punto de guardar la comida en un táper que irá directo al refrigerador, pero se detiene en el acto.

―Oh, casi lo olvido ―habla para sí misma, retrocediendo sus pasos.

Lleva consigo el plato con comida y se dirige directamente al patio. No tiene que mirar por mucho tiempo para encontrar a Charlie echado sobre el césped, durmiendo pacíficamente hasta que escucha los pasos de su dueña y despierta de sus sueños. El perro no se levanta y Mikasa lo regaña por su falta de amor, recalcando que solo la busca cuando se trata de comida. Y no se encuentra del todo equivocaba, ya que apenas coloca los macarrones dentro de su plato metálico con escaso alimento para perro, Charlie se incorpora con rapidez y se acerca a olfatear la comida con excesiva desconfianza.

―No seas delicado. Se me han pasado un poco, pero están ricos ―le informa antes de ver que se los devora en cuestión de segundos, tirando varios granitos de alimento en el proceso.

Mikasa se inclina para acariciar su suave pelaje marrón considerablemente canoso. Notar ese detalle le saca una sonrisa apesadumbrada que no se molesta en ocultar. Sabe que él no se mantendrá en este mundo por mucho tiempo y ese hecho le duele por más que se prepare mentalmente con anticipación para lo que pronto sucederá. Recuerda muy bien el día de su adopción. Fue hace diez años, mientras hacía un mandado de su madre y corría al quiosco más cercano del barrio por un paquete de sal. Después de comprar lo pedido, se mantuvo sentada en el cordón de la calle, pues había gastado el dinero que le sobró en golosinas y debía hacer tiempo para comérselas y limpiar la escena del crimen antes de volver a su hogar. En ese momento, un cachorro de no más de cinco meses, que rebuscaba entre bolsas de basura, se había acercado a ella con evidente curiosidad por los caramelos que tragaba con tanto afán. Mikasa, al notar que sus costillas sobresalían, no dudó en ofrecerle de la paleta de fresa que acababa de abrir, pactando de esa forma una amistad entre ambos. La cara de sus padres al regresar con un perro entre sus brazos fue más que cómica, pero al percatarse del estado en el que se encontraba el animal, la dejaron conservarlo con la condición de que lo cuidara debidamente.

―Pórtate bien, Charlie ―le ordena, besando su cabeza y acariciándole las tibias orejas―. Mañana te sacaré a pasear, ¿bien?

Ingresa nuevamente con el plato vacío en su mano y lo deposita dentro de la pileta, decidiendo que después lavaría todo lo utilizado, si es que lo recordaba.

Es momento de concentrarse en sí misma, por lo que no demora subiendo las escaleras en dirección al baño que acaba de limpiar. Se da una ducha de veinte minutos, aprovechando el momento para deshacerse del vello en su cuerpo. Una vez que sale envuelta en una mullida toalla rosa, corre a su habitación para decidir qué ponerse, no sin antes checar la hora en su teléfono con intención de ver si tiene tiempo de sobra que desperdiciar o no. Aunque no parezca, Mikasa es extremadamente indecisa en ese aspecto y siempre acaba por desordenar de forma inhumana su armario entero en busca de las prendas indicadas para la ocasión. Son casi las tres y media, así que no puede darse el lujo de hacerlo esta vez. Suspira con resignación, preguntándose por qué el tiempo pasa tan rápido o por qué se atrasa tanto realizando las cosas.

Se obliga a concentrarse y abre un cajón de su placard, tomando un body negro con tirantes finos y una falda lisa de igual tono. Hace una pausa y mira con duda la segunda prenda; finalmente, la descarta, regresándola a su lugar. La fina pollera pertenecía a su madre, pero a Mikasa ya le queda sumamente pequeña y no cree que sea adecuado ir con eso puesto. Cierra el cajón y ejecuta una anotación mental para no olvidar comprar otra en alguna tienda del centro.

No sabe exactamente con qué acompañar el body y eso se convierte en un grave problema. ¿Cómo se va vestida a un ensayo? ¿Serán demasiado exigentes con la ropa? Sospecha que sí. Sus conocimientos sobre películas actuales de ballet podrían ayudarle en ese momento tan crucial; hace memoria para recordar el vestuario de los protagonistas a la hora de practicar. Ninguno de ellos llevaba nada chillón puesto ―aunque Mikasa también tiene preferencia por la ropa sencilla―, así que concluye por unos shorts oscuros. Busca la prenda junto con unas bragas y se apresura a colocarse el vestuario entero.

Se para frente al espejo para dar el visto bueno o descartar todo de una vez. Era hora de la verdad. Los pantaloncillos llegan justo a cubrir sus glúteos y pasan la prueba; sin embargo, el body se ajusta mucho en sus senos aun si no tiene el sujetador puesto, haciéndolos resaltar. Intenta hurguetear entre sus cosas para buscar otra nueva opción que la salve, pero la alarma en su celular ―originalmente usada para despertarla de su siesta― le avisa que se le está haciendo tarde. Abandona su misión y prosigue a ponerse una campera Adidas blanca y unas zapatillas del mismo color.

Finalmente, busca su mochila de Linkin Park para guardar las pocas pertenencias que piensa llevar, tirando todos los útiles escolares sobre la cama, exceptuando la bolsa de tela que contiene sus artículos de higiene personal. Se pone de rodillas sobre el piso de madera y mete la mitad de su torso debajo de la cama para arrastrar una mediana caja blanca de cartón. La abre, descubriendo las pertenencias de su madre en el interior que observa con cariño. Entre todos los recuerdos materiales, hay unas zapatillas de ballet hechas de lona, las cuales extrae y guarda dentro de la mochila. Está a punto de cerrar la caja, cuando el delicado tutú celeste y las hermosas zapatillas de punta llaman su atención; toma estas últimas por unos instantes, sintiendo la dureza de la madera bajo sus dedos. Se ha subido en ellas y ha practicado lo básico, mas nunca se anima a realizar ningún truco arriesgado por miedo a lastimarse en el intento. Tiene su empeine más que preparado y sabe que está lista para usarlas, tan solo espera a que alguien la instruya y esta era la oportunidad perfecta.

Peina su azabache cabello con los dedos y se cuelga la mochila al hombro mientras sale de la habitación. Repasa en su cabeza la lista mental que ha hecho para que nada importante se le olvide; la tarjeta del autobús está en su bolsillo, las llaves en su mano, dinero extra en caso de emergencia e identificación en la mochila. Siendo así, afirma que nada se le olvida y sale de su hogar, asegurándose de cerrar la puerta con llave.

Colocándose los auriculares y reproduciendo una canción en aleatorio, camina por unas cuadras hasta llegar a la parada de autobús más cercana. La academia Sina se ubica en el centro, a veinticinco minutos en transporte público. Si todo sale de acuerdo a su plan, tendrá tiempo de sobra para pasearse por las instalaciones. Sorprendentemente, el autobús se encuentra casi vacío, así que el viaje se le hace ameno mientras escucha las ocho canciones de diferentes géneros musicales. Armin le ha mencionado con anterioridad que le parece cómico cómo pasa de una delicada música clásica a un estrepitoso rock que retumba y se hace oír en el ambiente aún si tiene los auriculares puestos.

Tan pronto como baja del autobús, comienza a sentir la misma emoción que experimentó en el colegio por la mañana. La Academia de Danzas Sina está justo frente a sus ojos y se pellizca el brazo para asegurarse de que no sueña o ha sufrido un accidente que la dejó en coma sobre la camilla de un hospital. Pero no es el caso. Esta vez, es bastante real.

Camina tan concentrada en el edificio que no se percata de que alguien más viene en dirección contraria. Lo irrevocable ocurre y ambos se estrellan con ímpetu, pero Mikasa reacciona velozmente, tomando el antebrazo del tipo antes de que se derrumbe en la vereda. Bajo la palma de su mano siente músculo duro que evidencia lo fuerte que debe ser la persona que está sosteniendo.

Al elevar la mirada, unos azules ojos intentos la hipnotizan por varios segundos que le parecen incómodamente eternos. Sin embargo, apenas aterriza en el mundo real, tira del brazo del extraño, logrando estabilizarlo. Se prepara para disculparse, aunque sabe que la culpa la han tenido los dos por andar distraídos en la vía pública, mas las palabras se atoran en su garganta al darse cuenta de que se trata de un muchacho de su edad que no aparenta estar muy contento con su presencia; el entrecejo fruncido y la expresión en su rostro lo delatan con facilidad.

―Tch. Ten más cuidado, niñata ―espeta con severa molestia.

Mikasa trata de convencerse de que su voz gruesa no le ha gustado, pero sabe que estaría mintiéndose de ser así. Niega con la cabeza, sintiéndose verdaderamente estúpida por pensar en trivialidades como esas cuando el hombre frente a ella la acaba de llamar niñata, sin saber que odia con cada fibra de su ser ese apodo inmaduro. Liberando el escaso autocontrol que Armin le ayudó a crear con mucho esfuerzo, se tranquiliza y pasa de largo, ignorándolo como si jamás se lo hubiera llevado puesto. No quiere arruinar sus ánimos en una discusión innecesaria, pero tampoco está dispuesta a ofrecer una disculpa, así que decide que es preferible hacer oídos sordos y ojos ciegos, pretendiendo que el apuesto joven nunca existió.

Se apresura a cruzar las puertas de vidrio de la entrada y se dirige a la recepción, tratando de no distraerse en el inmenso lugar repleto de bailarines que le echan un vistazo con indiscreta curiosidad al notar una cara nueva por la zona. La mujer recepcionista se presenta como Hannah y le ha parecido bastante simpática con esa dulce sonrisa. Esta le pregunta su nombre completo y Mikasa no tarda en darlo junto con su documento. Después de unos instantes tecleando en la computadora frente a ella, dirige la vista hacia la identificación de la azabache para cerciorarse de que se trata de la misma persona, y no puede evitar sonreír nuevamente al escanearla con atención.

―Has cambiado bastante ―comenta Hannah, devolviéndole el documento.

Mikasa se avergüenza internamente al oír el comentario, pues la diminuta foto muestra a la chiquilla de trece años que usaba brackets, presentaba algunos granos en el rostro por su inicio en la pubertad y llevaba el cabello corto hasta los hombros; actualmente, está libre del metal en su perfecta sonrisa y su melena oscura cae a lo largo de su espalda. No se ha librado de los granos por completo, alguno siempre la traiciona apareciendo de imprevisto en eventos importantes donde debe lucir bien.

―Bienvenida, Mikasa. Vas en el estudio «E» por este pasillo a la derecha ―informa con gentileza―. Disfruta tu primera clase.

―Gracias, señorita Hannah ―asiente antes de caminar en la dirección indicada.

Aprieta la tira de su mochila mientras arrastra sus pies por el pasillo, ignorando como puede las incesantes ojeadas nada disimuladas que la hacen sentir más nerviosa de lo que ya está. ¿Qué observan tanto? No es como ni nunca llegara alguien nuevo al lugar, así que Mikasa no comprende por qué genera tanta curiosidad en las personas a su alrededor. Sin embargo, intenta no pensar en eso y se centra en hallar lo que busca.

Pronto se topa con un mediano cartel pegado en el muro que contiene las palabras «Estudio E» y no lo piensa dos veces al cruzar la puerta entreabierta. Omite la existencia de los jóvenes bailarines que se encuentran dentro y, únicamente, se dedica a admirar los grandes espejos que permiten divisar cada rincón del salón, las barras adheridas a lo largo de las paredes y el reluciente piso de madera que parece interminable. El salón es inmenso, asemejado a los que ha visto en todas esas películas y series que tanto la entretienen los fines de semana.

Sus piernas recuperan su consciencia y avanzan sigilosamente hasta el sector con dos puertas que indican los vestuarios. Mikasa ingresa al de mujeres mientras va quitándose el abrigo. El cambiador es sencillo, casilleros para guardar las pertenencias y un baño que, por fortuna, se encuentra en adecuadas condiciones higiénicas. Sentándose en una banqueta, reemplaza sus tenis por las zapatillas de lona y, posteriormente, se quita la cadenita de oro que cuelga de su cuello, guardándola en la seguridad del bolsillo de su fiel mochila que por tantos años de guerra la ha acompañado.

Está por recoger su largo cabello, mas la liga desaparecida que debería estar en su muñeca la alarma. Se pega en la frente con la palma de su mano al recordar que la dejó olvidada en el lavamanos temprano por la mañana. Pretende buscar una solución, aunque sabe que la única opción que puede salvarla es pedir prestada a alguna de sus nuevas compañeras. Refunfuña con molestia, regresando al estudio para pillar a la mujer más cercana que sus ojos captan. La afortunada es una castaña de piel bronceada que cuelga graciosamente de la barra, asemejándose a un mono jugando en la rama de un árbol.

―Disculpa ―habla con suavidad, captando la atención de la muchacha―. ¿Tendrás una liga de más? Olvidé la mía.

No obtiene respuesta y Mikasa duda sobre si ambas hablan el mismo idioma dada la expresión pánfila estampada en el rostro de la joven que parece no captar el mensaje. Se mantiene en silencio, aguardando unos momentos más antes de elegir descartarla y buscar a otra persona, pero entonces la muchacha emite un movimiento sutil que la indigna, manteniéndola estancada en su posición sin saber cómo tomarse la acción con exactitud. Los grandes y expresivos ojos marrones bajan hacia su pecho, continuando el pasaje detenidamente por el resto de su armoniosa silueta.

―Em...

― ¡Discúlpala! ―una mujer de cabello rojo aparece en su campo de visión, interrumpiendo la incómoda escena―. Le gusta admirar figuras. ¿Notas que está babeando? Eso significa que le has gustado, es una manía rara, lo sé. Hace lo mismo con la comida ―se apresura a justificar, pegándole un zape en la cabeza para hacerla reaccionar de su trance, aunque no funciona precisamente―. Por cierto, bienvenida a Sina. Soy Isabel Magnolia. ¿Cuál es tu nombre?

―Mikasa ―responde con suspicacia―. Estaba pidiéndole una liga para el pelo a tu amiga, pero no parece tener intenciones de despertar. ¿Tendrás una de más?

― ¡Claro! Siempre me peino con dos coletas, pero la profesora Nanaba me obliga a quitármelas porque me golpean en la cara al girar ―cuenta con una pequeña risotada y se quita una liga negra que tiene alrededor de la muñeca. Mikasa deduce fácilmente que la chica gusta de hablar en exceso―. Toma, no olvides devolvérmela cuando termine la clase o moriré.

Mikasa recibe el objeto y delibera inevitablemente que el comportamiento de ambas le ha parecido sumamente extraño. Quizás se debe a que no se encuentra acostumbrada a convivir con personas de carácter arrebatador; su padre se muestra serio la mayor parte del tiempo y Armin se caracteriza por ser tan calmado que nunca consigue incomodarla, excepto cuando se emociona en demasía y no logra controlarse a sí mismo.

―La profesora Nanaba...

―Es bastante exigente, pero también genial y amable, no te preocupes ―la interrumpe al saber lo que quiere averiguar―. Ah, déjame presentarte a los demás. Faltan varios, pero no importa.

Se deja arrastrar por Isabel hacia el grupo de bailarines que la habían incrustado con la mirada apenas la vieron aparecer por la puerta. Mikasa se permite reparar en la vestimenta de cada uno de ellos y agradece a las películas de ballet por guiarla en el camino correcto.

―Chicos, ella es Mikasa ―le da un empujoncito para que la mencionada se posicione en el medio, siendo observada por decenas de ojos curiosos con diferentes tonalidades―. Mikasa, ellos son Jean, Marco, Marlo, Annie, Hitch, Nifa, Ymir, Mina, mi hermano Farlan, Auruo, Historia, Connie...

Son tantos nombres que Mikasa no se molesta en continuar escuchando, aunque Isabel no parece percatarse de ese detalle y sigue su listado interminable. Se pierde a la mitad y mezcla todos los rostros, sin distinguir quién es quién.

― ¿Vienes de alguna academia? ―inquiere uno de ellos y puede jurar que hay un sonrojo en sus mejillas bastante notorio cuando clava su mirada en la suya.

―Nunca he asistido a una hasta ahora ―responde con sinceridad, sin cambiar su expresión circunspecta en ningún momento.

Mikasa no sabe descifrar la mueca que varios bailarines realizan al observarse entre ellos después de haber contestado la interrogante.

―Oh, no importa, te ayudaremos a que estés lista para las competencias ―vuelve a tomar la palabra. Mikasa hace memoria con algo de esfuerzo, dándose cuenta de que se trata del primer muchacho que Isabel le presentó segundos atrás: Jean.

―Lo dudo. Otro año perdido ―comenta una joven exageradamente alta antes de marcharse a las barras, el tedio es indiscutible en su voz.

―Ymir es tan optimista como siempre ―sonríe Marco, pretendiendo alivianar el ambiente. Mikasa lo observa, pensando que las pecas repartidas en su rostro son bonitas, asemejándose a las estrellas en el cielo.

―Ignórala ―Isabel vuelve a tomarla de la mano para destinarla al sector donde se encontraban originalmente junto a Sasha―. Las competencias se llevan a cabo en diciembre y en Sina somos demasiado competitivos. Siempre luchamos por el primer puesto, pero hace años que no lo conseguimos ―informa para que comprenda el comportamiento grosero de la muchacha de gran estatura―. Sin embargo, algunos en este lugar no conocen el concepto de amabilidad y juzgan sin saber, pensando que una novata será impedimento para ganar. No te dejes llevar por sus comentarios, nosotras te ayudaremos a mejorar.

Mikasa enarca una ceja apenas la joven acaba con el parloteo. Ella no necesita la ayuda de nadie, conoce la técnica a la perfección. Las enseñanzas que su madre le inculcó durante trece años la han hecho una estupenda bailarina ―o eso es lo que Armin siempre afirma convencido de sus palabras―, también la ayuda de decenas de tutoriales en YouTube y una que otra clase en línea que se permitió pagar con el dinero que su padre le daba por si necesitaba comprarse algo.

― ¿Te han dicho que pareces una muñeca de porcelana? ―Sasha emite palabras por primera vez en su presencia, aclarándose la garganta casi de inmediato después de preguntar aquello―. Quiero decir, siento si te incomodé, es una mala costumbre que tengo. Me llamo Sasha, por cierto, es un gusto conocerte.

―No te preocupes ―responde simplemente.

El par de mujeres platica trivialidades que le dan una idea a Mikasa sobre sus gustos. Al parecer, Isabel mantiene una obsesión por coleccionar tazas de todo tipo y Sasha un amor inhumano por la comida que llega a asustar a los meseros que trabajan en los restaurantes a los que asiste con frecuencia.

Por otra parte, Mikasa se dedica a alzar su cabello en un rodete improvisado; su fleco no parece querer colaborar y cae por los costados de su rostro, enmarcándolo. Cuando está dando una última vuelta a la liga, su vista se enfoca en el muchacho que atraviesa la puerta del estudio. De un segundo a otro, se solidifica en su lugar, sin creer lo que sus ojos grises presencian. Reza para que solo sea una mala broma del destino al reconocer que no es más ni menos que el tipo grosero que casi derrumba en la vereda hace veinte minutos. Ambos cruzan miradas de coraje e irritación; la tensión es visible en el aire, mas nadie se percata de la guerra fría que se está llevando a cabo entre ambos jóvenes. Finalmente, él cede ante el contacto visual, cruzando el salón para perderse dentro de los vestidores.

― ¿Quién es? ―averigua Mikasa sin poder contenerse.

―Oh, su nombre es Levi ―Sasha es la que responde su duda―. Es el hermano de Isabel y Farlan ―se acerca a Mikasa para susurrar las siguientes palabras―, o eso lo que ella dice.

― ¡Sí lo es! ―protesta la pelirroja, abriendo más de lo normal sus expresivos ojos esmeraldas ante la indignación que le provoca el comentario de su amiga―. ¿A qué viene la pregunta? ¿Te ha llamado la atención? Picarona. ―sonríe con burla.

―Me lo he cruzado hace un rato ―revela Mikasa, ignorando el comentario embarazoso―. Es bastante grosero.

Sasha libera una sonora carcajada e Isabel niega con la cabeza, como si oír aquella fuese una costumbre.

―Ese hombre no puede pasar un segundo sin insultar todo lo que se mueve ―murmura con resignación―. No te dejes llevar por esa mala primera impresión, Mikasa. Es amable a su manera y un gran bailarín.

―Es el mejor aquí ―añade Sasha, levantando su dedo índice.

― ¿Quién es la nueva? ―de repente, una chica bajita se asoma a la conversación. Su cabello miel es corto, por lo tanto, debe usar varios ganchitos para evitar que se le vaya al rostro.

―Hola, corazón ―ambas chicas la saludan con un choque de puños―. Se llama Mikasa. ¿Verdad que la sacaron de una cajita musical?

―Claro que sí, Sasha ―le sigue la corriente con cierta diversión en su tono. A continuación, se para de puntitas para saludar a Mikasa con un beso en la mejilla, dedicándole una encantadora sonrisa―. Es un gusto, soy Petra.

Antes de que pudiera responder, la conversación se ve interrumpida con la llegada de una mujer que ronda los treinta años y parece aún más madura con su corto cabello rubio. La puerta se cierra con un sonido sordo detrás de ella, llamando la atención de los presentes que no tardan en colocarse rectos, abandonando las posturas encorvadas que toman al aprovechar la ausencia de la profesora.

―A las barras, comiencen el calentamiento ―dictamina, marchando hacia el frente con lentitud, mientras cuenta con el índice la cantidad de alumnos que han asistido a la clase, percatándose de que hay alguien de más―. Supongo que ya conocen a la nueva bailarina que nos acompaña. Y, para los que no, su nombre es Mikasa Ackerman ―tras presentarla, le otorga una sonrisa ladina de familiaridad que la sorprende, como si la mujer hubiera esperado considerable tiempo por ella―. Bienvenida, es un placer tenerte entre nosotros.

―Gracias... ―contesta, sintiendo las miradas estupefactas sobre ella que la hacen sentir un bicho raro por segunda vez desde que ingresó a la academia. ¿Ahora a qué se debe tanto impacto?

― ¿No dije que a las barras? ―inquiere Nanaba, alzando una de sus cejas en señal de advertencia.

Las del sector derecho sugieren ser de hombres, considerando que el grupo de mujeres se separa hacia la izquierda, así que emprende camino a su barra correspondiente. Envuelve su palma alrededor de la madera barnizada y aguarda unos momentos, preparando su postura erguida. La profesora habla fuerte y claro para que todos acaten las órdenes al pie de la letra. Mikasa ama presenciar cómo los bailarines se mueven divinamente al mismo tiempo y todavía más al percatarse de que ella también es parte de esa pulcra y bella sincronía.

Inician con lo básico para calentar; punta al piso y torso abajo, regreso, plié. De esa forma, repitiéndolo en primera, segunda, tercera y cuarta posición. Proceden a colocar distancia entre cada bailarín, aproximadamente un metro, para realizar battement y grand battement sin golpearse las extremidades uno con los otros en el proceso. La larga pierna de Mikasa pone en práctica la orden, elevándose a la altura de la rodilla y luego a la de los hombros, sin descuidar ni por un segundo su postura, repitiendo el ejercicio hacia el frente, costado y atrás para dar media vuelta y volver a hacerlo esta vez con la pierna izquierda.

La clase dura cerca de treinta minutos ejecutando el calentamiento antes de retirarse de las barras y agruparse en el medio del salón. Nanaba les enseña una secuencia de pasos que todos miran con minuciosa atención para no cometer errores. A sus ojos, la mujer mayor baila extremadamente precioso; su cuerpo delgado fluye al son de la música, sus movimientos se antojan involuntarios, no lo piensa mucho y solo siente el amor por el baile reflejado en cada paso. Al acabar con la secuencia, les sugiere que comiencen a practicar en solitario y así lo hacen durante quince minutos en los que Mikasa se mantiene al fondo. Nunca le ha gustado destacar y siempre pasa desapercibida, manteniéndose al margen en las situaciones que requieren socializar. No obstante, sabe que debe ir tragándose la idea de que no siempre será así, mucho más considerando que, si continúa asistiendo a la academia, le tocará bailar en teatros y competir contra otros bailarines. Inevitablemente, será el foco de atención en algún momento de su vida.

―Ya veo que todos lo tienen ―admira Nanaba, lista para dar un mandato distinto―. Muy bien. Ahora necesito que se pongan en parejas, varón y dama. Vamos, muévanse rápido porque tenemos que sacarle mucho provecho a esta clase.

Mikasa se alerta al advertir que a las chicas no les toma más de par de segundos conseguir un compañero que baile con ellas. Todos se agrupan, dejándola sola y sin pareja, excepto por...

―Levi, ¿me ayudas a marcar el ejercicio? ―pregunta la mujer y el mencionado pasa al frente, poniéndose de pie a su lado―. Le agregaremos un poco de riesgo a la secuencia que acaban de aprender, ¿correcto?

No puede considerarse complicado, mas se debe tener plena confianza en la pareja a la hora de que la mujer sea alzada en el aire. Mikasa ve atentamente cómo los músculos de Levi se contraen al elevar a Nanaba, e intenta no distraerse con ese detalle y permanecer atenta lo más posible al ejercicio.

― ¿Lo tienen? ―inquiera ella una vez que acaban y la mayoría responde con un asentimiento de cabeza―. Estaremos trabajando con este baile durante un par de clases e iremos añadiéndole cada vez más pasos. Debe quedar perfecto, primer aviso. Practiquen ― mientras habla, va mirando a cada pareja, reparando en que alguien carece de acompañante―. Oh, ahora somos un número par contigo, Mikasa. Eso es genial ―aplaude, dirigiéndose al chico estancado a su derecha―. Levi, haz pareja con ella. Ayúdala de ser necesario y no seas rudo.

El susodicho no cambia su expresión de eterno escepticismo e indiferencia, como si su capacidad auditiva se apagara y su cuerpo se rehusara a obedecer el dictamen dado. A continuación, los bailarines se mueven en su entorno, practicando junto a sus parejas los pasos acordados. Sin embargo, Levi no parece tener intenciones de acercarse a ella y eso la indigna totalmente. ¿De verdad sigue receloso por lo ocurrido en la calle? Al parecer sí, así es. Mikasa no puede creer el tremendo capricho que ha montado y rueda los ojos, decidiendo que pondrá manos a la obra sin el muchacho, obviando el hecho de que él debe sostenerla entre sus brazos durante gran parte del baile.

Cuando se agota de no obtener los resultados positivos que desea ensayando sola, levanta la mirada nuevamente en dirección al azabache, topándose al instante con su petulante mirada azulina que la detalla minuciosamente de arriba abajo. Mikasa levanta una ceja apenas sus ojos atrapan los suyos, averiguando de esa silenciosa manera si Levi quiere dignarse a incluir en sus planes bailar junto a ella, pero el gesto no surte el efecto que desea, ya que prosigue a ignorarla como venía haciendo momentos atrás.

―Se acabó el tiempo ―dice Nanaba apenas se cumplen veinticinco minutos justos―. Petra y Auruo pasen al frente.

Los restantes despejan el centro del salón, posicionándose junto a las barras para dejarles el espacio a la pareja de bailarines mencionada. Mikasa entrecierra los ojos, definiendo cuidadosamente el trozo de coreografía que ambos llevan a cabo junto a la música clásica que se oye en el ambiente. La dulzura de Petra contrasta en la seriedad peculiar de Auruo; hacen un agraciado dúo y los pasos son los correctos, pero no poseen esa química característica en el baile y, al parecer, tampoco la confianza necesaria, ya que, a la hora de subirla entre sus brazos, Petra se retrae cohibida y no logra lo pedido por la profesora. Nanaba es exigente y solo da una oportunidad, así que procede con las siguientes parejas, anotando en una agenda lo que le corresponde corregir en sus alumnos.

Nadie pronuncia comentarios si alguien se equivoca en un paso, es más, a veces ríen en grupo, haciendo el ambiente más ameno para Mikasa, quien se siente aliviada de que la situación no fuese todo lo contrario. Pronto es el turno de Sasha, así que presta más atención a la joven amante de los cuerpos y la comida. Baila junto a un chico que la profesora llama Connie, con el que logra realizar el paso decentemente. Aunque, mientras Sasha se encuentra en el aire, ambos muestran una cómica expresión en blanco que deja en evidencia el olvido de lo que prosigue. Las risas no demoran en aparecer. Por los bajos murmullos de la bailarina a su lado, Mikasa se entera de que es un ritual típico que ellos dos se concentren tanto en algo que terminen perdiendo el hilo.

La sexta pareja se trata de Isabel y Farlan ―ella había mencionado con anterioridad que el joven era su hermano, pero no logra hallar ninguna similitud entre ambos―. A decir verdad, no lo hacen para nada mal, dejando a un lado el diminuto error en uno de sus pasos, por lo que ambos se ganan aplausos bien merecidos al terminar.

―Levi y Mikasa al frente.

El pensamiento de que la tierra la tragara y escupiera en cualquier parte del mundo era tentativo para la mente de Mikasa. Cada paso que da hacia su encuentro demuestra inseguridad. Ni siquiera han ensayado y tampoco conoce al hombre como para tenerle suficiente confianza. ¿Y si se cae? ¿Y si realiza un paso en falso? ¿Y si se burlan de ella? Las interrogantes chocan unas con otras, atormentándola; suficiente tiene con el hecho de que sus compañeros piensen que, al ser una novata, arruinará las competencias. Su corazón se acelera y olvida cómo respirar cuando se encuentra frente a frente con su pareja.

No demoran en acomodarse para comenzar. Levi está detrás de ella y ese detalle crea más inestabilidad en su estado, sumándole dudas sobre si tiene el talento o no para estar a su altura. De seguro él imagina que es una pérdida de tiempo bailar a su lado, por eso no se ha molestado en practicar.

No obstante, cuando las manos de Levi toman su estrecha cintura, casi instantáneamente recuerda las palabras de su mejor amigo: «Irás a ese lugar para expresar cuánto amas la danza, no para impresionar a nadie». Armin tiene razón. Es una tonta por caer en la desesperación y dudar de todo lo que su madre con tanto esfuerzo le enseñó durante años. No tiene por qué importarle la opinión de los demás y, si comete un error, es algo sumamente normal porque ella no es un ser perfecto.

Poco a poco, su respiración se sosiega y decide cerrar los ojos para concentrarse de lleno en lo que debe hacer. Se coloca en quinta posición, acomodando sus brazos divinamente; uno estirado hacia arriba y el restante formando un medio arco a la altura de su abdomen. No sabe si su mente lo imagina, pero alcanza a oír un imperceptible intento de risa seca y los dedos que rodean su cuerpo se presionan contra su piel sin que nadie más se percate.

Rainbow de Liz Huett resuena en el estudio e, inmediatamente, los presentes desaparecen del lugar, esfumándose como neblina de su vista y dejándola sola junto al hombre detrás de ella. La punta de su pie derecho sube con precisión hasta posarse sobre la rodilla izquierda, procediendo a alzar parsimoniosamente su pierna a una altura de setenta grados, siendo ayudada por las manos de Levi que sostienen las suyas para nivelarla. Se mantiene en esa postura por tres segundos ―Sasha tiene razón al compararla con una muñeca de porcelana― antes de desarmarse y dar un paso lateral que la impulsa a saltar alto, haciendo que sus piernas se abran divinamente a casi noventa grados ―su madre solía llamarlo «salto a la acequia» para que lo identificara fácilmente de pequeña―. Cae con las rodillas flexionadas, como si sus pies se hubiesen reposado sobre algodón mullido en vez de piso de madera. Se incorpora, poniéndose en puntas de pie y formando un arco con sus delicados brazos por encima de la cabeza; pronto siente las palmas de Levi alrededor de su cintura, las cuales la giran dos veces con finura, como si se tratara de una bailarina dentro de una caja musical que funciona solo si ruedan la manivela.

La clase alrededor los admira embriagados por la conexión que dos desconocidos poseen en su primer baile. Ambos bailarines parecen estar concentrados en su propia danza, mas sus movimientos son precisos y encajan como piezas de puzzle con los del contrario.

«Buscando que el arcoíris rompa la tormenta dentro de mí, que el arcoíris se lleve las nubes que me esconden», la letra de la canción resuena en la cabeza de Mikasa mientras está frente a su compañero. La forma en que ella posa sus delgadas manos sobre los hombros masculinos y él desliza las suyas por su torso hasta tomarle las caderas puede considerarse sensual a la vista de no ser por el paso que viene a continuación. Se dice que cuando el cuerpo baila, la mente olvida. Mikasa acaba de corroborar esa frase tras no flaquear ni por un instante al ser levantada en el aire por Levi. Con confianza en sí misma, estira sus largas piernas, equilibrándolas y ejerciendo la fuerza suficiente para no caerse. Teniéndola de esa manera, Levi comienza a girar con lentitud y va bajándola de a poco, sintiendo que las piernas de la fémina se adhieren a su cintura, rodeándola. Él continúa girando ahora con más intensidad hasta que es hora de depositarla en el piso y seguir con el ejercicio.

Los cuchicheos no se hacen esperar, pero una severa mirada de Nanaba los hace silenciar de sopetón. La profesora presta suma atención al par de bailarines con una ceja arcada y una sonrisa de regocijo decorando su rostro, mientras estos terminan el trozo de coreografía.

Mikasa se incrusta en la realidad apenas Levi le tiende una mano para ayudarla a reincorporarse y siente los aplausos de sus compañeros que resuenan en las paredes del estudio. Su respiración se muestra agitada y su rodete se ha desatado a mitad del baile, así que lo primero que hace es buscar la liga de Isabel por el salón al tiempo que inhala profundamente con la intención de calmarse. Halla el diminuto objeto en cuestión de segundos y se arma una colita alta.

―Podrían audicionar este año para un dúo en las nacionales ―propone Nanaba, sin mencionar nada más al respecto―. Hitch y Marlo al frente.

Mikasa se acerca a sus compañeras mientras ve que la siguiente pareja se organiza para comenzar el mismo baile que ella acaba de ejecutar.

― ¡Nos has mentido! ―susurra Isabel con arrebato―. Dijiste que no venías de ninguna academia.

―No les he mentido ―formula escuetamente y no se molesta en dar explicaciones.

Las cuatro se mantienen en completo mutismo, pues sería una falta de respeto a Marlo y Hitch que continúen con la conversación.

La clase se da por acabada apenas el último dúo termina el fragmento de coreografía. Dándose cuenta de que se han pasado con la hora, se apresuran a realizar ejercicios de elongación y prosiguen a retirarse en dirección a los vestidores. Mikasa está sentada sobre la banqueta, quitándose la liga de Isabel y devolviéndosela mientras escucha el monólogo eterno que llevan a cabo.

―Al principio me alivié de que supieras lo básico ―explica la pelirroja con exageración, revolviendo el contenido del bolso en su mano―, después vi que hacías perfectamente el ejercicio individual, entonces pensé que quizás eras buena aprendiendo rápido ―habla al tiempo que se coloca un pantalón blanco y demasiado ancho para sus delgadas extremidades―. Pero cuando bailaste con Levi fue...

―Fue estupendo, Mikasa ―agrega Petra, apoyando una mano en su hombro en señal de apoyo―. No muchos saben seguir su exigente ritmo.

―Exacto, lo has hecho genial ―aporta Sasha, extrayendo una bolsa de gomitas dulces de su bolsillo y abriéndolas para dirigirse un puñado a la boca―. Sin embargo, no comprendo por qué dices que no has asistido a una academia, se nota que llevas años en esto.

―Aprendí en casa, mi madre me enseñó durante mucho tiempo ―habla mientras se ata los cordones de las Converse.

Cuando las cuatro están listas, salen del cambiador con destino a la puerta del estudio. Mikasa se abstiene de seguir comentando datos sobre su vida, después de todo, apenas conoce a las chicas que le han dado algo de comodidad en su primera clase.

―Oh, ¿tienes Instagram? ―pregunta Sasha al ver la aplicación mencionada en la pantalla de inicio del celular de Mikasa ―. ¿Me lo pasas?

Sin darle espacio a replicar, Sasha le entrega su IPhone para que ella misma se busque en la aplicación. Con un suspiro resignado, teclea en el buscador «Ackerman_Mika» y selecciona la opción de seguir al encontrarse en él. De inmediato, su propio celular vibra con la notificación.

―Casi lo olvido ―dice Petra que mira curiosamente la pantalla de Sasha y busca también a la muchacha en Instagram. Isabel imita su acción y dos avisos más llegan a su aparato―. Levi y tú tienen el mismo apellido, eso fue impactante porque no es uno típico. ¿Son familiares?

A esta altura, ya nada le sorprende. El tipo que choca en la vereda resulta ser su compañero con el que realiza su primer baile, y ahora se entera de que coinciden en apellido también.

―No, no lo conozco ―se limita a responder, encogiendo sus hombros mientras conecta los auriculares al celular―. Nos vemos el miércoles.

Mikasa sale de la academia y aguarda pacientemente en la parada a que pase un autobús. Se siente más que bien y la sonrisita que se escapa de sus labios la deja en evidencia. No ve la hora de llegar a su hogar y contarle todo a Armin, pues sabe que él desea un informe detallado con todos los acontecimientos.

Para su mala suerte, el colectivo viene repleto de personas. Normalmente, no se subiría y esperaría la venida de otro, pero no tiene intenciones de llegar muy tarde, así que debe aguantarse casi treinta minutos de codazos, empujones y desagradable olor corporal. Al liberarse de ese encierro, siente el aire de su vecindario como el más puro del universo.

Camina ansiosamente hasta llegar a su hogar y sube corriendo las escaleras hacia su habitación, mientras efectúa malabares con el celular en sus manos, convocando una video llamada de WhatsApp con Armin. El chico contesta justamente al ella cerrar la puerta del cuarto; su delicado rostro aparece en la pantalla acompañado de una auténtica sonrisa.

― ¿Cómo te fue? ―averigua, saltándose el saludo.

―Genial, Armin ―dice, arrojándose a la cama, teniendo cuidado con los útiles escolares que expulsó de su mochila hace unas horas―, fue realmente genial.

―Soy todo oídos ―le hace saber―. Cuéntame todo, no te saltes ningún detalle.

Mikasa obedece lo que su mejor amigo pide, relatando desde su desafortunado tropiezo con el muchacho amargado, hasta el baile que realizó con el mismo. Añade la aparición de las tres jóvenes que decidieron hablar con ella, destacando la amabilidad de Petra, lo parlanchina de Isabel y el caso extraño de Sasha. Armin carcajea cada vez que la azabache insiste en lo antipático y grosero que es Levi Ackerman, negando con la cabeza ante el desconcierto de su amiga.

―Lo único que admiro de él es su forma de bailar, es más que excelente ―aclara, suspirando―. Sin embargo, su personalidad tosca es desagradable.

― ¿Segura que solo admiras cómo baila? ―juguetea Armin, algo no muy común en su conducta―. Si no te conociera tanto, diría que te ha gustado.

― ¿Estuviste estudiando de más, Armin? Creo que se te achicharró el cerebro ―espeta Mikasa, rodando los ojos―. Claro que no me gusta.

―Pero te parece guapo, ¿no?

―No voy a responder eso, que te quede claro ―espeta con evidente fastidio. El chico muestra una sonrisa y ella resopla, sabiendo que se ha mandado sola al frente. Cuando está a punto de mencionarle que quite esa cara, oye el auto de su padre estacionarse frente a la casa―. Papá ya llegó, debo irme. Nos vemos mañana.

―Adiós, Mika ―sacude su mano a modo de despedida―. No llegues tarde a clases.

―Sabes que lo haré.

Corta la llamada y deja el celular sobre la cama, apresurándose a correr al recibidor para atropellar a su padre con un efusivo abrazo que por poco lo tira al piso. Elias deja el maletín del trabajo a un lado y corresponde el gesto, acariciando el largo cabello azabache de su hija.

―Gracias, papá ―musita, enganchándose a su cuello.

―Pensé que no verías la nota ―expresa él, estando al tanto de que podía ser despistada cuando se lo proponía.

―En realidad, Armin la vio antes de que la hiciera una pelotita ―libera a su padre del amarre de sus brazos, dándole su espacio―. Por cierto, no quiero sonar descortés, pero, ¿cómo harás para pagar las clases?

―Me ascendieron de puesto en el trabajo ―se afloja la corbata, harto de tener la prenda ajustada desde la mañana―. Iba a decírtelo anoche, pero te fuiste a dormir temprano.

Oh, eso tiene mucho más sentido que la posible sospecha de que su padre se sumara a una red de narcotráfico. Mikasa niega con la cabeza, reprimiendo una sonrisa divertida ante el rumbo de sus pensamientos.

Elias se sienta en el sillón de la sala, agotado después de un día batallador de trabajo. Mikasa se apresura a preparar algo de comer, sin desperdiciar los macarrones del mediodía, mientras le cuenta a su padre su experiencia en la academia de danzas Sina. Obviamente, el relato es muy diferente al de Armin, ya que prefiere omitir a Levi Ackerman en esta ocasión y se limita a decir que no se quedó atrás en la clase, manteniéndose a la altura de sus compañeros.

―Ah, tenía pensado conseguir un trabajo ahora que puedo ir a la cárcel ―bromea Mikasa, solo con su padre y Armin se permite ser de esa forma―. Vi que la señora Smithers puso un cartel en su panadería, al parecer necesitan un empleado que les ayude a atender. ¿Qué te parece?

Su memoria le trae un recuerdo desagradable que le hace fruncir el entrecejo. Sigue sin olvidar los innumerables rechazos por ser menor de edad y no tener experiencia trabajando. «No contrataré a una niñata», había sido uno de los irritantes comentarios que recibió de un hombre mayor.

―Más vale que no cometas nada ilegal ―advierte su padre, levantándose del sillón para ir a su lado―. Por el momento, aleja tus pensamientos del trabajo y céntrate en tus estudios, este es tu último año ―se apoya contra la mesada de mármol, viendo detalladamente a su hija cocinar unas filetes―. Cuando vayas a la facultad, si lo deseas, consíguete uno. Por ahora, disfruta antes de adentrarte a la dura y agotadora vida del adulto.

―Lo haces sonar fatal, creo que prefiero ir a la cárcel. ¿Sabes de algún delito menor que me mantenga encerrada por varios años? ―ante la interrogante, su padre libera una risa seca.

Cenan en completo silencio, atentos a la novela que Mikasa ha colocado en el televisor del comedor. La azabache se encarga sola de levantar los platos y lavarlos por más que Elias insiste en ayudar con la tarea. En la expresión de su padre está plasmado el cansancio, así que lo echa casi a patadas de la cocina, mandándolo a bañarse e irse a dormir.

―Descansa ―Elias la besa en la frente y, antes de retirarse, confiesa algo que la hace sonreír conmocionada―. Eres talentosa como tu madre, Mikasa.

―Seré tan buena como ella, te lo prometo.


Está a punto de cerrar sus ojos cuando el celular bajo la almohada vibra. Cae en la tentación de revisarlo y enciende la pantalla, viendo desde la ventana de notificaciones el logo de Instagram acompañado de unas palabras que la dejan perpleja. «Levi_Ackerman te sigue». Por un segundo, piensa en no devolverle el follow como su infantil venganza, pero termina descartando el plan porque sabe que tarde o temprano cederá. Selecciona la opción de seguir también y vuelve a guardar el aparato, asegurándose de que esté con sonido y no en vibración para poder despertarse temprano en la mañana.

Lo último que sus iris divisan es la caja musical puesta sobre su mesita de luz. Sonríe quedamente, recordando la promesa que la bailarina de cristal significa para ella y, poco a poco, se entrega a los brazos de Morfeo, satisfecha al saber que está viviendo el inicio de su sueño.


¡Hola de nuevo! Este ha sido un capítulo súper largo, me emocioné demasiado jajaja, pero ojalá haya sido de su agrado. Tuve complicaciones al escribir la parte del baile porque no sabía si se entendería lo que quiero decir, así que eso.

Si han leído mis otros fanfics, de seguro saben que siempre nombro a la mascota de Mikasa como "Taffy". Esta vez lo he cambiado, pero tiene una razón que pronto se sabrá.

Les pido disculpas si encuentran algún error. No me molesta para nada si me corrigen, estaré pendiente a los comentarios.

Por ultimo, les recomiendo de acá a la China la canción que bailan nuestros bebés, es súper hermosa y una gran inspiración. Considero que es más que perfecta para este fanfic.

Eso es todo por hoy. Mil gracias por el apoyo. Los amo un mundo.

Akane.