Capítulo 3: Acercamiento.


―Ahora estira el empeine y mantén la pierna elevada el tiempo que puedas ―indica Nanaba, soltándole el pie con suma suavidad para no hacerla tropezar. Mikasa realiza lo pedido, apretando sus dientes con disimulo ante el esfuerzo que le provoca mantener la extremidad en su sitio.

El paso se denomina Developpé y su nombre se muestra de lo más inofensivo, incluso suena bonito, pero en realidad se trata de la elevación pausada de una pierna hasta la altura de la rodilla que después va desenvolviéndose con una desquiciante calma y queda suspendida en el aire lo más alto que la flexibilidad del bailarín permita.

―Cuida tu postura ―la profesora coloca una mano sobre su columna, enderezándola por completo y ocasionando que la pierna de Mikasa baje un par de centímetros―. Eres tan buena como alguien que conocí en el pasado, ¿sabes? Ahora mi trabajo es pulirte ―explica con una media sonrisa―. Practica lo que acabo de enseñarte, volveré en unos minutos para verificar si hay cambios.

Nanaba se retira de su espacio, destinándose a otro alumno que necesite de su ayuda para perfeccionar la técnica. Apenas la ve voltear, Mikasa baja su pierna, sacudiéndola levemente antes de volver a ejercer el paso que le crea canas desde hace dos semanas. Sí, exactamente catorce días trascurrieron desde que ingresó a la academia y bailó con Levi frente a toda la clase. Sus compañeros se han comportado agradables con ella desde entonces, pero se siente más familiarizada con las tres jóvenes que le mostraron empatía desde el principio, así que su círculo de amigos en la academia se resume a ese trío enérgico.

Sacude con ligereza su cabeza de un lado a otro, echando de súbito aquellos pensamientos de su mente para poder centrarse en lo importante.

Vuelve a realizar un Developpé, esta vez al costado, y lucha contra el temblor que amenaza con apoderarse de su pierna. Ha mejorado bastante, pero Nanaba insiste en que todavía no es perfecto. Ah, debe admitir que esa mujer es ingeniosa. La coreografía que les hizo copiar era un señuelo para saber qué errores vencían a sus alumnos, así que en todo ese tiempo los ha hecho corregir cada paso incorrecto que ella anotó en su libreta en esa ocasión. Mikasa ensaya una y otra vez hasta notar que, en un punto, se le hace más fácil de llevar a cabo.

―Profesora Nanaba ―una adolescente que no alcanza los quince años entra al estudio, cohibiéndose al notar todas las miradas curiosas que los bailarines le arrojan por su abrupta presencia.

― ¿Qué sucede, Sofía? ―inquiere la susodicha, alzando una ceja.

― Una compañera se lesionó ―tartamudea, tomándose el antebrazo para reprimir su nerviosismo―, la profesora Riko pregunta si puede encargarse de nuestra clase por un rato mientras la llevan al hospital.

―Voy en un momento ―asiente con un gesto de la cabeza y se dirige a sus alumnos en general―. Continúen como hasta ahora, no se distraigan ―ordena y prosigue a salir del estudio junto a la joven.

La mayoría presta escasa importancia a la ausencia de Nanaba y siguen con lo suyo. No obstante, tres bailarinas en específico no parecen tener los mismos monótonos planes. Mikasa ve interesada cómo Isabel, Sasha y Petra entran a los vestidores casi corriendo y vuelven luego de unos instantes con zapatillas de punta en sus manos. Los objetos llaman la atención de la azabache y cae en la tentación de acercarse a fisgonear, abandonando inconscientemente el ejercicio.

―Ven, Mikasa ―dice Sasha apenas la ve acercarse con duda―. ¿Sabes usarlas?

―Algo ―contesta, viendo cuidadosamente la forma en que las muchachas se colocan los protectores especiales, las plumillas de goma y, por último, las zapatillas. Proceden a atarse los cordones y las cintas alrededor del empeine―. ¿Nanaba no se molestará si las ve?

―Ese es el punto, no nos verá ―sonríe Isabel como si fuese evidente, señalándola con el dedo índice―. Hay clases específicas para usar las puntas, pero de aquí a que terminemos de limar todo el ejercicio, pasará una semana más, tenlo por seguro. Cuando llegaste, te mencioné que la profesora era bastante exigente, ¿no es así? Ella no estará satisfecha hasta cerciorarse de que lo hacemos a la perfección.

Las tres se ponen de pie al mismo tiempo y Mikasa se aparta del camino para admirarlas bailar espléndidamente con las zapatillas de punta. De verdad son buenas en lo que hacen, cada una tiene su fuerte a la hora de danzar, sin embargo, su ojo analítico le indica que Petra es la más avanzada del trío, siempre tan cuidadosa a cada movimiento que realiza con extrema delicadeza. La muchacha de cabello y ojos miel se ve adorable, no lo puede negar, su baja estatura y rostro algo infantil la hacen bonita.

―Baila conmigo, Mikasa ―propone, ofreciéndole sus manos. No quiere ser descortés, por lo que acepta y se posicionan frente a frente. Le causa gracia seguir siendo más alta incluso si ella tiene las zapatillas puestas.

Petra marca una diminuta coreografía inventada de la nada y Mikasa sigue su ritmo apenas memoriza los sencillos pasos. Es divertido si ignoran las miradas de desaprobación que varios compañeros le dirigen.

En un punto, ambas están dando incesantes piruetas al mismo tiempo que se divisan sublimes frente al espejo del estudio y convocan la atención de los presentes por la sorprendente coordinación que manejan. Ninguna parece tener intenciones de detenerse, así que se torna como una especie de competencia hasta que una de las dos pierda el equilibrio.

La pierna derecha está estirada constantemente a un ángulo de cuarenta y cinco grados, mientras que la izquierda es el soporte que hace girar su cuerpo.

Desde niña le ha interesado ese lado del ballet. Las piruetas se le antojan divertidas desde que vio a un bailarín en la televisión romper un récord, por lo tanto, fue lo que más practicó en su momento siguiendo los consejos de su madre al pie de la letra ―aunque no llega ni a la mitad de las vueltas que la persona logró, su máximo es de veinticuatro y continúa luchando para conseguir que el número ascienda―. Mikasa confía en sí misma, cree que es posible ganar si mantiene ese ritmo constante y no pierde su concentración. Sin embargo, esta última la traiciona cruelmente como apuñalada en la espalda. Por el rabillo del ojo, puede jurar que Levi Ackerman está viéndola con sumo detalle, apoyado contra la barra, y eso provoca una ligera abertura en su ensimismamiento. Para evitar caerse, disminuye la intensidad de sus giros, dando por acabada la competición apenas sus pies están sujetos al piso en un demi plié arrebatado. Petra continúa virando majestuosamente, metida por completo en su tarea, hasta que desiste luego de un par de segundos.

―Bien hecho ―concede la azabache, sabiendo de antemano que es todavía más difícil subida en las zapatillas, por lo que admira el talento que posee la chica.

―Ha sido agotador ―admite Petra con una risa amigable, mientras eleva su mano para hacer hi five. Mikasa no la deja colgada y junta sus palmas ligeramente―. Ya es hora de ocultar la evidencia. De seguro Nanaba no tarda en volver ―voltea su cuerpo en dirección al dúo atolondrado que tiene de amigas―. Chicas, apresúrense. Oh, por todos los cielos, Sasha Braus, deja de mirarnos así y compórtate como una persona normal, das miedo.

Mikasa regresa a la barra con una de las comisuras de sus labios alzada por el absurdo debate que arman las muchachas que se dirigen al cambiador para quitarse las zapatillas de punta y guardarlas. Como supuso Petra, Nanaba ingresa al estudio cinco minutos después, satisfecha al notar que todos sus alumnos obedecieron su orden y no se distrajeron con nimiedades. Las cuatro se dirigen casi al unísono sonrisitas quisquillosas al oírla.

La clase persiste con exigencia durante media hora más hasta que se cumple el horario acordado en el reloj que marca las seis y media de la tarde.

―Mikasa, ¿vamos? ―averigua Isabel al notar que la mencionada se tarda más de lo necesario en el vestidor y son las últimas en el lugar.

―Adelántense, tengo que hacer algo ―se apresura a decir, pues no quiere atrasar a sus compañeras con su reciente problema.

―Está bien ―responden las tres, quienes se ubican en la entrada de los cambiadores sin sospechar de su comportamiento. Mikasa es excelente para ocultar la preocupación que la carcome por dentro―. Nos vemos.

Apenas dan un pie fuera del vestuario, la azabache comienza a revolver su mochila con evidente desespero, vaciándola una y otra vez sin conseguir resultados positivos. Siente ganas de llorar, pero las reprime fervientemente y no se da por vencida en su exhaustiva búsqueda. «No, no, no, por favor no», piensa al tiempo que su respiración se acelera sin poder impedirlo. Se encuentra segura de haber guardado la cadenita de oro que su madre le obsequió en la mochila, mas el cierre del bolsillo abierto en el que estaba oculta le indica que el preciado objeto no está ahí. ¿Es posible que alguien se la robara?

Se sienta sin delicadeza sobre las frías baldosas, impotente por la situación.

―Sea quien sea, la voy a asesi... ―corta su amenaza cuando un destello dorado guiña debajo de la banqueta. Bueno, no va a descuartizar a nadie ese día. Toma aliviada la fina cadena, asegurándose de que el dije en forma de zapatillas sigue en su lugar.

No derrocha más tiempo e instala el collar alrededor de su cuello, apresurándose a salir del cambiador a paso impetuoso. El salón se encuentra completamente vacío y la hace sentir pequeña en el inmenso lugar rodeado de espejos. Quiere darse el gusto, aunque sabe que debe irse si no quiere perder el autobús próximo que la lleva a su hogar. Ignora ese minúsculo detalle, abandonando su mochila sobre el piso de madera para dirigirse al centro del estudio. Inhala profundamente, cerrando los ojos, con planes de comenzar aquel primer baile para ella dentro de la academia Sina.

Se sitúa en quinta posición y prepara sus brazos correctamente. El primer paso es un lento Developpé que se torna aún más complicado sin la ayuda de la barra o un compañero. Mikasa recuerda a la perfección que, en ese preciso instante, Levi debería estar agarrándola para nivelarla y lograr que no pierda el equilibrio. Por un milisegundo ―en el que sospecha sobre un claro indicio de delirio― siente las manos del muchacho sobre las suyas. La sensación es demasiado real, tanto que abre los ojos para asegurarse y confirmar que Levi Ackerman se ubica detrás de ella, sosteniéndola entre sus brazos. No se molesta en voltear, solo observa el reflejo en el espejo y enarca una de sus cejas, pidiendo una explicación a su repentina aparición silenciosa.

―Asegúrate de no encorvarte, olvida qué tan alto puede llegar tu pierna. Nanaba te lo ha dicho ―expresa esa voz gruesa que le causa escalofríos. A continuación, el pelinegro toca con suavidad la extremidad mencionada y la baja unos pocos centímetros hasta que la postura de Mikasa se torna totalmente derecha―. Sigue viéndose bien.

―Gracias ―menciona en un murmullo, bajando lentamente la pierna por completo.

Mikasa se voltea para encararlo, sin percatarse de que él todavía no ha tomado distancia suficiente. Es tarde y su rostro cruza el límite de su espacio personal, sus iris marinos capturando los suyos con poderío. Se mantienen en mutismo, no retiran la mirada del otro solo por mero orgullo. Ninguno desea mostrarse débil en medio de la batalla ―aunque ni siquiera saben a qué se debe la disputa visual― y se conservan en esa tortuosa cercanía por un minuto que se torna verdaderamente eterno para ambos.

El rintong de un celular produce un estrepitoso eco en el salón y eso es necesario para que ambos rompan la conexión que han formado. Levi chasquea la lengua, extrayendo el aparato de su bolsillo y atendiendo la dichosa llamada que ha generado un empate.

―Amor de mi vida, ¿dónde estás? Estamos esperándote desde hace rato, ¡apúrate! ―las palabras chillonas y efusivas de una mujer se oyen claramente en el lugar incluso si la llamada no se mantiene en altavoz.

Escuchar el afectuoso apodo con el que nombra a Levi genera una sensación amarga en su boca que no consigue explicar ni mucho menos entender. «Vaya, así que tiene novia», delibera mientras se aparta del chico y va en busca de su mochila tirada en el piso, colgándosela al hombro. Si lo analiza con detenimiento, es un hecho más que evidente. El hombre es guapo, talentoso, organizado y limpio, algo huraño, pero a fin de cuentas buen partido. ¿Quién en su sano juicio no querría salir con él? «Bueno, no es como si me interesara de todas formas», Mikasa se reprende por imaginar tales estupideces cuando no debe importarle en lo más mínimo su situación sentimental.

―Hange, no seas ruidosa ―alcanza a oír antes de desaparecer por la puerta del estudio, dejándolo atrás.

Camina por el pasillo sin mirar al frente, pues su vista se encuentra aferrada a la pantalla de su celular. Abre WhatsApp y no demora en encontrar el chat de Armin, el cual es el único fijado; teclea con destreza, preguntándole a su mejor amigo si le apetece ir a tomar un helado. La respuesta llega casi al instante ―rara vez él se retrasa en contestar los mensajes― y Mikasa efectúa una diminuta mueca que se asemeja a una media sonrisa.

Chiki Armin, 6:42 p.m.

A la heladería de siempre, ¿no? Claro, nos vemos allá.

Cruza las puertas de la academia, saludando a Hannah con un ligero movimiento de su mano que es correspondido por la mujer de amable sonrisa. Está por cerrar el chat e ir directo al de su padre para avisarle que no se alarme si no la ve en casa al llegar del trabajo, mas no consigue seleccionar el contacto porque su cuerpo se atropella con el de alguien más y el aparato cae de sus manos directo al piso con un golpe seco. Su corazón da un brinco y se apresura a agacharse para recogerlo, rogando que la pantalla no se haya dañado. Claramente, sus plegarias no son escuchadas por nadie. El celular se ha trizado horrible.

―Maldición ―murmura, queriendo ahorcarse a sí misma por no aprender la lección e insistir en caminar siguiendo su instinto.

― ¡Lo siento mucho! ―aquella voz le provoca alzar la mirada, es la misma que se oía en la llamada de Levi.

Una mujer ligeramente desaliñada se expone frente a ella con una expresión de preocupación y arrepentimiento. Tiene grandes lentes y el pelo castaño revuelto en una colita alta, su cuerpo encerrado en ropa algo grande para su contextura delgada. «Ella es la novia de Levi». A su lado está parado un hombre exageradamente alto, cabello rubio peinado a la perfección, cejas pobladas y ojos azules que muestran una mirada prudente fijada en el celular roto entre sus manos. Siente que lo ha visto reiteradas veces dentro de la academia, es imposible olvidar a alguien tan agraciado paseándose por el lugar. La respuesta viaja rápido y entra de sopetón a su memoria: son del grupo de hip hop.

―No te disculpes, he sido yo la despistada ―se limita a replicar, manteniendo en todo momento su semblante imperturbable.

― ¿Aún funciona? ―inquiere Hange con arrebato, como si no hubiese escuchado nada de lo que dijo―. Puedo pagarte el arreglo, no es problema.

―Funciona ―le demuestra, encendiendo la pantalla para que se sosegara un poco―. Disculpa el atropello, no fue adrede.

No le da espacio a contestar ―Mikasa sospecha que la mujer no dejará de instar en echarse la culpa a sí misma― y se retira en silencio, estando al tanto de que ambos desconocidos continúan ojeándola sin una miga de disimulo.

Mientras se apresura a la parada de autobús, se maldice severamente porque sabe de antemano que su padre la regañará por dañar el teléfono. No es el reto lo que más le preocupa, si es sincera. En realidad, el aparato fue un regalo de cumpleaños que Elias le dio a sus dieciséis y ese hecho le carcome la conciencia; odia arruinar los objetos que su padre pudo obsequiarle fruto de tanto esfuerzo y horas extras en el trabajo.

Guarda el celular en su bolsillo, decidiendo que no es momento de frustrarse si va a viajar en un colectivo repleto de individuos que, en ocasiones, resultan ser considerablemente fastidiosos. Ya tendrá tiempo de desahogarse con el pobre Armin mientras devoran helado de limón y naranja.


―Es hora de tu paseo, Charlie, no puedes estar durmiendo todo el día ―replica Mikasa, cruzando sus brazos y admirando con desaprobación el estado perezoso de su mascota.

Se agacha para engancharle la correa en el collar y profiere un precario intento de silbido ―siempre fue terrible chiflando― que provoca una reacción positiva en su perro. Charlie se levanta con lentitud y Mikasa tira ligeramente de la cinta para que camine en dirección al interior del hogar.

Es domingo y su padre se muestra recostado flojamente en el mullido sillón de la sala, viendo con suma concentración un programa de T.V que a Mikasa le parece de lo más aburrido. Se despide como de costumbre, avisando que irá a pasear con Charlie y que volverá pronto, obteniendo un aviso de cuidado de parte de Elias, alegando que lo llame en caso de que algo suceda o necesite que la vaya a buscar en el auto.

Pronto se encuentran caminando a paso tranquilo por el vecindario en el que ambos crecieron toda su vida. Es tranquilo, simple, no tiene muchos negocios que lo conviertan en un lugar transcurrido y ese hecho le agrada. Generalmente, no hay demasiado movimiento si obviamos la entrada y salida de los escandalosos alumnos que asisten a la secundaria María.

A Mikasa jamás le han apetecido los paseos cortos que se resumen a dar una vuelta a la manzana; esa tarde tiene planeado dirigirse al parque Stohess para que Charlie disfrute de la naturaleza e incluso la compañía de otro perro que quiera jugar con él. Si bien, el dichoso parque se ubica cerca del centro, eso no es impedimento para que ambos lleguen sanos y salvos después de casi cuarenta minutos de caminata. Las veredas se localizan sumamente transitadas para ser fin de semana, pero tiene suerte de que las personas sean consideradas y se aparten de su camino cuando notan al gran perro que la acompaña como un fiel guardián.

― ¿Quieres descansar un rato? ―pregunta Mikasa, deteniendo su andar en la entrada de un callejón localizado a dos cuadras de su destino.

Extrae de su mochila un plato mediano de aluminio y una botella de un litro con agua fresca. Vierte parte del contenido en el recipiente, apoyándolo en el piso, y Charlie no tarda en beberse el líquido, sin dejar ni una sola gota.

Se mantienen unos minutos varados en ese punto, descansando de la caminata que debe continuar después de la pausa. Mikasa se dedica a observar con minuciosidad el entorno que la rodea; las tiendas se encuentran abiertas a pesar de ser domingo, la mayoría de ropa, calzado o alimento. Su vista detiene el recorrido sobre el Burger King que está cruzando la calle y llama su entera atención. Casi instantáneamente, su estómago gruñe en protesta y no puede evitar antojarse porque ama las hamburguesas y mucho más las papas fritas que considera un manjar de Dioses. La fortuna estuvo de su lado ese día, ya que por la mañana halló dinero olvidado debajo de la cama, el cual sería más que suficiente para pagar una comida chatarra y barata como la que tiene en mente.

Luego de pensarlo profundamente, decide darse el gusto y comprar. Cruzan la calle por la senda peatonal y se ubican en la fila delante de la cabina. Hay solo una persona frente a ella, así que no tiene que aguardar mucho tiempo para que tomen su orden. Pide una hamburguesa simple con papas y un refresco de naranja. Implora que sus dos manos sean suficientes para cargar la bolsa de comida, la bebida y la correa de Charlie que, generalmente, se mueve para todos lados debido a los tirones que este realiza cuando olfatea algo que llama su atención.

Equilibra todo correctamente y es capaz de llegar al parque sin derramar nada en el proceso. Mikasa se apresura a rebuscar visualmente una banca para poder sentarse y disfrutar su comida en paz; finalmente, encuentra una cercana y se adueña de ella, ignorando al desconocido ubicado en el otro extremo que no parece molestarse por compartir el asiento.

―Eres libre, Charlie, corre ―señala Mikasa, desenganchando la correa para que el mencionado pueda pasearse a gusto por el inmenso y cuidado parqueado. Sin embargo, al terminar de pronunciar la última palabra, el can se echa a sus pies, evidenciando que no tiene intenciones de irse―. ¿Es en serio?

No replica, después de todo, lo ha hecho caminar hasta el lugar y era más que evidente que se cansaría.

Resignada, Mikasa coloca la mochila sobre sus muslos y encima la bolsa de papel marrón con la comida. Apenas extrae la hamburguesa envuelta, Charlie está de pie en un santiamén con las orejas alzadas y la cola moviéndose de un lado a otro, esperando a que su dueña le entregue su parte. Mikasa sonríe, quitándole una rodaja de tomate y ofreciéndoselo, esperando su reacción que, obviamente, es negativa. El perro no es tonto, nadie puede engañarlo y obligarlo a comer verduras. Él ama la carne, lo demuestra la vez que se robó asado de la reunión familiar del vecino sin que los presentes se dieran cuenta. Fue divertido para Elias ver cómo regresaba contento con un costillar en su boca que devoró desvergonzadamente en el jardín trasero; en cambio, Mikasa no sabía dónde diablos meterse.

―Eres un delicado, yo no te crie de esa forma ―se indigna falsamente.

No va a desarmar la hamburguesa para cumplirle el capricho, por lo que simplemente saca una papita de la pequeña caja y se la arroja con suavidad. Mikasa come despacio mientras le habla de a tanto, mencionándole juguetonamente que un compañero de la secundaria la fastidia demasiado con chistes estúpidos o acciones sin sentido, así que se lo va a largar para que lo ataque por ella. La gente le ha mencionado en ocasiones que es ridículo platicar con el animal como si fuese un humano, pero no es como si le importara la opinión de los demás precisamente.

Al acabar la hamburguesa, se limpia con las blancas servilletas que le han dejado y prosigue a hidratarse con la gaseosa de naranja. Charlie se ubica a su lado, vigilando cada movimiento que realiza con una expresión que se asemeja a la del gato con botas. Tan solo falta la melodía de fondo, un largo «aww» y es exactamente igual a la escena de la película.

―Es todo, Charlie, no más comida, ya estás gordo ―le advierte de reojo, intentando no caer en la tentación de sus tiernos ojitos negros.

― ¿Es normal platicar tanto con un perro que no te comprende?

Mikasa se sobresalta ligeramente en su lugar, volteando su rostro a la izquierda para encontrarse con la persona sentada en el otro extremo de la banca. No se había molestado en prestarle suficiente atención hasta ahora que lo ha escuchado hablar.

―Ah, eres tú ―dice, bajando la guardia al percatarse de que no es alguien desconocido para ella.

―Creo que eres el único ser en el planeta que come una hamburguesa sentada en la banca de un parque mientras charla con un perro sobre su obesidad ―la expresión de Levi denota desinterés al arrojar aquella sarta de palabras que la sorprenden, pues nunca lo ha oído hablar tanto en un mismo día.

―Mi perro no está obeso ―replica un tanto molesta.

―Si tú lo dices ―levanta los hombros, aunque Mikasa sabe que lo dice solo para fastidiarla.

Por algún extraño motivo, no desea que la conversación se acabe tan rápido. No quiere que el ambiente se llene de un silencio incómodo que ninguno se molestará en romper si continúan de esa forma tan arisca habitual en ellos cuando se encuentran dentro de un mismo espacio. Es contradictorio, en realidad. Mikasa no se puede catalogar a sí misma como alguien habladora, pero ahí está, mordiéndose la lengua para tragarse el orgullo y animarse a dar el primer paso.

― ¿Qué estás haciendo aquí? ―inquiere. Listo, tan fácil como eso, lo ha logrado. Se lleva la pajita de la fresca bebida a la boca, esperando pacientemente a que él emita alguna palabra.

Levi se tarda en contestar su interrogante, como si maquinara mucho en su mente antes de formular una oración coherente. Aunque no quiera admitirlo, se le antoja como una persona atrayente que esconde una infinidad de secretos. Oh, y grosera, muy grosera. No es que Mikasa sea interesada, cabe decir, tampoco se sentiría decepcionada por no poder sonsacarle información respecto a su vida. Tan solo le causa curiosidad su comportamiento sereno, en cómo se mantiene alejado de todos y se centra únicamente en sí mismo, sin importarle en lo más mínimo lo que piensen de él. No le quitará el sueño saber o no al respecto.

―Estaba ejercitándome y decidí tomar un descanso ―se limita a decir, sin añadir nada más, o eso es lo que cree ella―. También oigo a una niñata ordenándole con diversión a su perro que ataque la entrepierna de un chico que la molesta en su salón.

Mikasa se ahoga con la gaseosa y tose un par de veces, usando ese pretexto para ocultar la risa que se escapa revoltosa de sus labios. A pesar de ese tono pesado característico en su voz, ha sonado bastante gracioso.

―No me digas niñata ―exige cuando su garganta se aclara y deja de picar.

―Mocosa, entonces.

Lo piensa profundamente por unos momentos, debatiendo en su mente cuál de los dos apodos es peor. ¿Niñata o mocosa? El primero no le agrada para nada, lo asemeja con el viejo que la rechazó cuando quiso empezar a trabajar; el segundo suena mejor, debe admitir, pero ella tampoco tiene los mocos colgando de la nariz.

Un segundo, ¿por qué le está concediendo la victoria así sin más? Niega con la cabeza, rodando los ojos. Ni uno, ni otro, por supuesto que no.

―Tengo un nombre, ¿sabes cuál es? ―le aclara con transparente fastidio y prosigue ante su mutismo―: Mikasa. ¿Lo tienes?

―Por lo que alcanzo a notar, eres la próxima Sherlock Holmes, niñata obvia ―comenta con ironía.

―Prefiero mocosa ―refunfuña en un murmuro, imaginando que él no ha alcanzado a oírla.

Silencio.

Por el rabillo del ojo, nota que el muchacho se pone de pie, acercándose a donde está ella. Esa acción la alerta al milisegundo. ¿A qué se relaciona tanta familiaridad de repente? Por lo general, a Levi no se le nota interactuando con sus compañeros de ballet ―y eso que entre ellos se conocen hace añares―, así que no comprende por qué con ella es distinta la situación. ¿Por qué ahora se le ha dado por charlar? ¿Qué lo motivó a hacerlo si antes no era así? Mikasa se plantea una teoría interna que la deja más confundida. ¿Ha sido grosero con ella? Sí. ¿Han bailado juntos? También. ¿Él se ha tomado el atrevimiento de ayudarla a corregir un paso sin pedir nada a cambio? Claro. No obstante, en eso se resume su poca interacción.

Cuando está a punto de averiguar a qué se debe su cambio de comportamiento, Levi se arrodilla a sus pies y le ofrece su mano a Charlie para que este la olfatee y se asegure de que no tiene intenciones de hacerle daño.

―Oh... ―murmura suave. Tanto lío e intento de atar cabos sueltos para nada. Se avergüenza un poco. Debe dejar de pensar tanto las cosas y rebuscarle sentido a cada detalle mínimo. Juntarse con Armin trae sus consecuencias.

El animal se deja acariciar y no tarda mucho en estar panza arriba como muestra de que le han agradado los efusivos mimos. A Mikasa le invade la ternura cuando lo observa de esa forma. Levi toca puntos específicos detrás de las orejas, en el lomo y la nuca, evidenciando que realiza esas acciones seguido. Concluye que deben gustarle los perros.

Después de la sesión de caricias, Levi se sienta a su lado en la banca, manteniendo una distancia considerable, y emprende la tarea de desinfectar sus manos con un pequeño alcohol en gel que acaba de sacar del bolsillo de su sudadera junto con un pañuelo blanco. Se limpia hasta el cansancio, una y otra vez. Es como un ritual repetitivo sin fin. Mikasa ha notado con anterioridad esa manía rara que posee de desinfectar todo lo que toca; siempre repasa la barra del estudio antes de usarla, sin excepción, ningún día lo olvida. «Tengo la teoría de que le excita limpiar», había dicho Isabel en una ocasión, acompañando el comentario con una risotada.

Mikasa decide dejar la gaseosa a un lado al darse cuenta de que los hielos se han desvanecido y mezclado con el líquido, aguándolo. Posteriormente, centra su entera atención en las papitas que siguen intactas dentro de la diminuta caja, tomando una para aventársela a la boca.

―No es sano que comas tanta chatarra en un día ―delibera Levi que, al parecer, ya ha terminado con su rito higiénico.

― ¿De verdad quieres hablar sobre la dieta de una mujer? ―alza una ceja, escéptica.

―No, en realidad no ―se encoge de hombros, recostado su columna contra el respaldar de la banca.

Levi cierra los ojos por unos instantes en los que Mikasa se permite detallarlo deliberadamente ahora que tiene la oportunidad. Se le antoja más pálido que de costumbre, sus labios secos y sin rastro alguno de color. Está agotado, las ojeras que se marcan bajo sus ojos lo dejan en evidencia; al parecer, no ha dormido lo suficiente por la noche. Mencionó minutos atrás algo sobre ejercitarse antes de tomar un descanso, así que tal vez se debe a eso y solo exagera las cosas otra vez. «¿Habrá comido algo?», pregunta internamente y una diminuta mueca se apodera de sus rosados labios. No da espacio a realizar un análisis detallado de la situación y actúa por mero impulso.

― ¿Quieres? ―asoma la cajita hacia la izquierda.

Levi abre uno de sus párpados, bajando la vista a la comida ofrecida y luego incrustando directo a sus ojos grises, como si aguardara a que ella lo sorprendiera con una broma de su parte.

―Tómalo como una recompensa por ayudarme la otra vez ―distorsiona su verdadero motivo, pensando que así cederá.

―Vaya forma de agradecer ―ironiza antes de alzar su mano y aceptar su ofrenda.

El ambiente es agradable aunque no intercambien más oraciones. Poco a poco, se acaban las patitas con el constante roce accidental de sus manos. Tratan de ignorar ese hecho y observan el cielo que se oscurece con el transcurso de los minutos, los niños jugando al fútbol, los canes correteando de un lado a otro y a las familias felices en un lindo día de picnic que está por acabarse.

―Hange no ha parado de insistir durante toda la semana en que debe pagarte la pantalla rota ―comenta Levi de repente mientras reparte alcohol en gel para ambos―. Es mejor que aceptes pronto o me hará la vida imposible.

―Estabas viéndonos ―no es una interrogante, más bien una afirmación―. Infórmale que no aceptaré. Fue mi culpa, no veía por dónde caminaba.

―Me pregunto a cuántas personas inoportunas con tus atropellos.

―Y yo no quiero imaginar a cuántos desconocidos ofendes en la calle ―replica sin inmutarse.

―Eso...

Por segunda vez, un móvil interrumpe la plática de hielo, aunque en esta ocasión no es precisamente culpa de Levi. Mikasa atiende con rapidez al comprobar que se trata de su padre. De seguro la llama por la tardanza.

―Papá ―habla apenas presiona el botón verde y se lleva el celular a la oreja.

― ¿Ya vienes? ―averigua de sopetón―. ¿Necesitas que vaya a buscarte? ¿Dónde estás?

―Tranquilo ―lo detiene. Elias puede mostrarse serio y todo lo que quiera, pero nunca logra ocultar la preocupación que siente por su hija―. Hemos venido al parque Stohess y se me pasado el tiempo volando. No te preocupes. Ahora voy a casa, en treinta estoy allá.

Corta la llamada luego de asegurarle por cuarta vez que regresará caminando y tendrá cuidado con la calle. Es su día libre, por lo que no desea importunarlo al hacer que saque el auto del garaje y venga a buscarla.

Mikasa prosigue a guardar todos los envoltorios dentro de la bolsa de papel y ponerse de pie para tirarlos al contenedor de basura más cercano. Charlie la persigue y, sorprendentemente, Levi también viene detrás de ella con la correa en la mano derecha. Este último se agacha a la altura del perro y se la coloca con delicadeza, asegurándose de que el collar no le aprieta.

―Debo irme ―informa Mikasa, aunque él ya lo sabe.

― ¿Vas en esa dirección? ―señala desinteresadamente al sur y ella asiente con la cabeza, dubitativa por el motivo de su pregunta―. Yo igual.

No son necesarias las palabras, Mikasa lo ha comprendido a la primera y no replica, pues sabe que es peligroso irse sola cuando está por anochecer. Ambos salen del parque y caminan por la misma vereda, Levi llevando el control de la correa, adueñándose sin pedir permiso. No es que le importe, de cualquier manera, él deberá aguantarse ahora los innumerables tirones y detenidas abruptas de Charlie.

Transcurren veinticinco minutos en calma y pronto se ubican cerca del vecindario donde vive Mikasa.

―Debo continuar por la derecha ―indica, ofreciendo la mano para que Levi devuelva la correa. Así lo hace.

No se despiden, simplemente separan sus caminos y siguen como dos completos desconocidos. Mikasa no voltea su rostro hasta que se localiza a una distancia considerable, percatándose de que él ha dado media vuelta para regresar por donde venían. El gesto le sorprende, cabe destacar. Una parte supone que le ha mentido para acompañarle y asegurarse de que nada le pase en el camino. La otra llega a la conclusión de que en verdad él vive cerca de ahí. Suspira, agotada de sus debates. De cualquier manera, se lo agradece internamente.

Al llegar a su hogar, deja que Charlie se pasee un rato por la casa mientras ella va a investigar con suma extrañeza al percibir movimiento en la cocina. ¿Su padre cocinando? Imposible, él es un desastre en ese ámbito, aunque sí se le dan muy bien las parrilladas. Cuando lo encuentra, nota que está preparando vasos y servilletas junto a una gaseosa de lima. Falsa alarma, todo está en orden, no hay comida a la vista.

―Ordené pizza ―informa Elias al verla―. ¿Se te apetece?

La hamburguesa y las papas la han llenado, dejando a su estómago más que satisfecho. Sin embargo, no desea rechazar la oferta de su padre cuando se ha tomado la molestia de preparar todo en su ausencia.

―Claro, muero de hambre.

La pizza llega en quince minutos y Mikasa es la que recibe al repartidor en la entrada. El tipo ―que aparenta tener su misma edad― intenta coquetear con ella descaradamente, pero no le toma mucho esfuerzo cortarle el rostro, pagar el envío junto con la comida y cerrarle la puerta en la cara, profiriendo un «adiós» más que claro.

Ambos comen en el sillón de la sala, mirando una película de acción que engancharon en la televisión. Charlie se ubica recostado sobre la alfombra, más que encantado de recibir las orillas crocantes de la pizza que Elias deja desinteresadamente a un lado.

Mikasa observa el panorama familiar y sonríe quedito al sentir su pecho cálido, regocijante. Reposa su cabeza sobre el hombro de su padre, quien no parece molestarse ante el cargoso y amoroso gesto no tan propio en las acciones de su hija. Ella atesora cada minuto que pasa con ellos, los guarda en el preciado baúl de su memoria lleno de hermosos recuerdos. Ha aprendido la lección de la peor forma, sabe de antemano que debe disfrutar al máximo ahora que su padre permanece a su lado. Sí, porque es consciente de que nadie en esa sala es eterno.


Mil disculpas por la tardanza, estoy en un lugar donde la señal es muy escasa. Por suerte, encontré un punto donde las cosas me cargan, así que no quería hacerlos esperar más por la actualización. Perdonen si hay algún error, estaré pendiente por si encuentro alguno. Espero que les haya gustado, en unos días vendré con el próximo capítulo. Los quiero.