Capítulo cuatro: Amigos.


― ¡Llegó el helado! ―Sasha anuncia al entrar de sopetón en la habitación, mostrando con orgullo dos recipientes del postre mencionado en sus manos.

Mikasa, Petra e Isabel se quejan abiertamente y resoplan al oír aquellas simples palabras que se asimilan a una tortura suprema para sus estómagos. Sospechan que, en cualquier instante, vomitarán toda la chatarra ingerida durante el transcurso de esa noche. Al principio, Mikasa imagina que sus compañeras dramatizan de lo lindo al testificar que Sasha tiene el apetito de cincuenta personas juntas, mas acaba de comprobar que lo dicho es cierto. No le sorprendería saber que participe y gane con sobrada facilidad cualquier concurso de comida existente en el universo.

―Paso ―notifica Mikasa, asqueada de tan solo imaginarse probando una diminuta cucharada de helado.

―Yo igual ―le sigue Petra, arrojándose sin nada de delicadeza sobre el cómodo colchón cubierto por sábanas naranjas con dibujitos en forma de pizza.

― ¡¿Qué voy a hacer ahora con dos kilos de delicioso helado?! ¿Acaso creen que puedo comerlo yo sola? ―exclama indignada cuando todas las miran con escepticismo, haciéndole saber que es capaz incluso de tragarse el doble―. ¿Isabel? ¿Me abandonarás?

―Yo... ―duda ante la expresión de perrito mojado que Sasha estampa en su rostro―. Me rindo. Está bien, pero solo un poquitito, ¿te quedó claro?

― ¡Wuju! ―brinca en su lugar―. Mira, mira, hay de chocolate, vainilla, dulce de leche, granizado...

Mikasa se descubre evidentemente agotada por todas las actividades que Sasha les ha hecho cumplir en la pijamada más extraña y alborotada de su vida. No pierde el tiempo al recostarse junto a Petra en la cama, asumiendo ser merecedora de una pausa ―incluso si es de cinco minutos― en su compañía. Se siente familiarizada a su lado, se asemeja mucho a Armin si tomamos en cuenta su amabilidad y paciencia inacabable que posee con cada una. Ella no recita infinitos testamentos como Isabel, ni la acecha con la mirada como Sasha, es como una amena brisa detrás de un alborotado torbellino. Claro, no significa que ese par no sea de su agrado, tan solo se le hace sencillo amoldarse a la apacibilidad que rodea a Petra.

― ¿Te diviertes? ―averigua la susodicha que merodea en sus pensamientos.

Mikasa gira el rostro, recargando su cabeza contra la palma de su mano para echarle un vistazo indagador. Es infrecuente distinguirla con el corto cabello miel suelto y no adherido a su cuero cabelludo gracias a decenas de clips incómodos.

―Definitivamente, esta pijamada es muy diferente a las que realizo con Armin ―se sincera, haciéndola reír―, pero ha sido entretenido, dentro de todo.

―Me alegra saber que ya estás acostumbrada a nuestra locura de la que no hay escapatoria ―sonríe de lado―. Oh, y debes presentarnos a ese tal Armin un día de estos ―le golpea el hombro sutilmente, reincorporándose para sentarse en el colchón―. Tomémonos unas fotos, ¿quieres?

No es precisamente una apasionada por la fotografía, mas no le presta importancia a ese detalle al aceptar su invitación. Ella coge su teléfono y toma un par de selfies horizontales en las que se logra plasmar la diferencia entre ambas mujeres. La tierna sonrisa destaca enormemente en la expresión serena que no demuestra muchas emociones. De más está mencionar lo encantadoras que se ven gracias al maquillaje que Isabel les ha puesto una hora atrás para lograr destacar sus rasgos; Petra se muestra más risueña que de costumbre con el rubor en sus mejillas junto al brillo labial rosa y Mikasa desprende sensualidad en su mirada felina cargada de delineador negro, acompañada de sus carnosos labios en tono vino.

Sasha e Isabel se unen a la sesión más tarde, robándose la atención de la cámara con sus poses y muecas extravagantes que provocan diversión en el ambiente. Mikasa se percata algo tarde de lo revelador de su corto pijama e intenta taparse improvisadamente con la ayuda de un almohadón en forma de malvavisco, colocándolo entre sus piernas para cubrir parte de su torso.

― ¡Quedaron geniales! ―exclama la más baja, tecleando a máxima velocidad en su móvil.

Pronto, tres celulares vibran al mismo tiempo en la habitación y las correspondientes dueñas se apresuran a desbloquearlos con intención de averiguar a qué se debe tanta coordinación. Ha sido a causa de Petra, quien acaba de subir dos historias a Instagram, etiquetándolas respectivamente en cada una. La primera es de ellas dos juntas y la segunda del grupo completo. Esta última está acompañada de un sticker colorido con las palabras «¡Pijama party!» y un corazón rosa pastel. Mikasa se abochorna un poco al percatarse de que en ninguna se divisa con el almohadón cubriéndola, aunque sabe que es tonto de su parte cohibirse cuando ya está acostumbrada a exponer su piel en las clases de ballet. Sin dejar ver mucho interés, selecciona la opción de agregar a tu historia y guarda su trizado teléfono bajo la almohada más cercana.

― ¡Nos vemos candentes! ―expresa Sasha, alzando las cejas graciosamente.

―Para ti todos son candentes ―dice Isabel con la vista fija en la pantalla.

―Bueno sí... ―levanta el dedo índice, asegurando que hay una explicación al respecto―. Yo considero que cualquier cuerpo es sublime y digno de admirar, tanto de hombres como mujeres.

― ¿Esa es una forma sutil de recalcar tu bisexualidad? ―inquiere Petra, la diversión es evidente en su tono de voz.

―Exacto, corazón ―Sasha se avienta contra ella, apretujándola entre sus brazos―. ¿Ahora me cumplirás el caprichito u obtendré otro rechazo de tu parte? Dice un pajarito llamado Isabel que soy buena besando.

― ¡Estaba ebria! ―grita la mencionada.

Dado a que Mikasa no comprende absolutamente nada de lo que están hablando, Sasha le da un informe detallado de lo acontecido hace unos meses en un bar de la ciudad. Al parecer, ambas jóvenes ingirieron una cantidad exagerada de tragos esa noche y tuvieron la maravillosa idea de besarse para reforzar la amistad. La anécdota se torna cómica cuando Isabel comienza a ponerse tan roja como su cabello al oír a Sasha repitiendo las palabras que ella misma dijo aquella vez: «Besas como los ángeles, chica patata». A este punto, incluso Mikasa está tentada a reír, mientras la muchacha de ojos esmeraldas lloriquea y patalea sobre la cama, avergonzada por la escena que montó en su estado ebrio.

―No conseguirás un beso mío, Sasha. Fin de la discusión ―Petra se cruza de brazos, convencida de sus palabras.

― ¿Mikasa? ―se dirige hacia ella con una sonrisita, posicionándose a su lado. Le gusta jugar de esa forma, aun sabiendo que sus amigas la rechazarán sin dudar―. ¿Te han dicho que tus labios se ven realmente apetecibles con ese labial? Me pregunto a qué sabrán si...

Antes de que pueda concluir la oración, Mikasa apresa la nuca de Sasha con su mano derecha y la atrae hacia su rostro, acoplando dócilmente sus labios en un gustoso beso que la deja hecha de piedra. Un escalofrío recorre su columna vertebral cuando las uñas de la azabache arañan levemente la piel posterior de su cuello. No consigue rebelarse y corresponder, dejándose ver tan inocente al abandonar esa faceta atrevida de hace unos momentos. El contacto dura tan solo cinco segundos, pero Sasha bucea en un estado de shock incluso si el blando toque desaparece y están a una distancia considerable de la otra.

― No creo que hayas sido un ángel, precisamente ―opina Mikasa, mostrándose inalterable, como si nada hubiese ocurrido―. ¿A qué te saben, entonces?

No existe respuesta. La muchacha de cabellos castaños se conserva en un trance infinito del que no logra salir ni a cachetadas y agua fría. Nadie nunca jamás le ha seguido la corriente tan fácilmente, mucho menos una persona tan circunspecta como lo es Mikasa. ¡Quién lo pensaría! Al cabo de unos minutos ―en los que Isabel beneficia la situación para tomarle un par de fotos― se cae con arrebato de espaldas al colchón y suspira cual colegiala enamorada.

―Mujeres, estoy flechada ―murmura, llevando sus manos al cabello para despeinarlo y sonreír abiertamente. Petra e Isabel no logran contener por mucho tiempo más la carcajada que amenazaba con salir desde que divisaron la expresión en blanco de su amiga ante el gesto inesperado―. ¿Repetimos? Fue injusto, no di mi máximo rendimiento.

―Olvídalo ―rueda los ojos, quisquillosa―. No creas que ha sido gratis. ¿Con eso me dejarás de contemplar como un depredador? No acepto un no como respuesta.

―Uf, haberlo dicho antes ―ríe con ligereza, estrechando su mano―. Trato... creo.

Sin dudas, esa auténtica escena quedará en sus memorias para ser relatada en el futuro.

―Por cierto, ¿hace cuánto que no cambias tu foto de perfil? ―Petra se dirige a Mikasa, enfocando sus ojos para distinguir la minúscula imagen que se hace notar algo vieja.

―No lo sé, ¿dos años? ―alega desinteresada. Su Instagram solo contiene cuatro publicaciones. La primera es una fotografía de Mikasa con siete años junto a su madre, ambas vestidas con un tutú blanco; en la segunda, se encuentra en la compañía de su padre durante su cumpleaños número quince; la tercera muestra a Charlie en el parque y ella otorgándole mimos; la cuarta es de hace unos meses, al lado de Armin, él con un libro en la mano y Mikasa abrazándolo afectuosamente por el cuello.

―Tengo una que puede servirte, creo que es hora de actualizarla, ¿no? ―propone Petra, enviándole una foto por WhatsApp.

Cuando Mikasa abre el chat, se topa con una foto de ella en la barra del estudio. La imagen es reciente y la muestra subida a las zapatillas puntas ―hace un mes que Nanaba comenzó a enseñarle cómo usarlas―. Lleva una pequeña falda negra que deja presenciar sus piernas firmes, las cuales se marcan mientras está sujeta con la mano izquierda a la barra y la derecha elevada al costado.

― ¿En qué momento la tomaste? ―averigua estupefacta al percatarse de que la han fotografiado sin ella enterarse.

―Te concentras tanto al bailar que ni lo notaste ―explica con un deje de ternura en su voz―. Es perfecta, ¿no lo crees?

A decir verdad, es bastante bonita, no lo puede negar. Mikasa asiente despacio, dándole la razón inconscientemente, y accede a su sugerencia, colocándola como foto de perfil en Instagram.

El resto de la reunión de chicas trascurre en anécdotas graciosas ―como la vez en que Sasha se cayó del escenario de un bar por un intento de twerking― o interesantes ―cuando Petra relató sobre un accidente que casi le arruina la posibilidad de continuar con el ballet―. A las tres de la mañana, casi todas caen como tronco sobre el colchón king que da espacio para las cuatro, excepto Mikasa que no puede parar de dar vueltas en la cama como gusano. Cuando Sasha la invitó a la pijamada el día anterior, olvidó completamente un insignificante detalle: le cuesta horrores dormirse en una habitación que no sea la suya.

Harta de no poder conciliar el sueño, salta de la cama y se echa sobre el sillón que hay en la colorida y espaciosa habitación de su amiga. No le queda más remedio que revisar las redes sociales ―por suerte, hay Wi-Fi en el hogar y no derrocha sus escasos datos―. Normalmente, termina viendo vídeos en YouTube sobre «20 cosas que no sabías hace 5 minutos», pero no cree que sea correcto hacerlo si no ha traído sus auriculares, no desea despertar a sus compañeras. La idea de entrar al mundo en llamas denominado Twitter se enciende en su cabeza, mas descarta la opción cuando un mensaje aparece en la pantalla de avisos.

Levi_Ackerman respondió a tu historia.

Se sienta de sopetón en el sofá y la curiosidad que la carcome le ordena inmediatamente que abra la notificación.

[Levi_Ackerman]: Tienes un abuso asegurado si te has quedado a dormir en la casa de esa acosadora.

Mikasa supone que se refiere a Sasha. ¿Quién tiene ganado ese apodo entre sus compañeros de ballet? Exacto, nadie más que ella.

[Ackerman_Mika]: Creo que puedo controlar la situación. Le he dado un beso a cambio de que se sosegara y, al parecer, ha funcionado.

[Levi_Ackerman]: Vaya, te imaginé más inteligente, mocosa. ¿Caíste en la trampa también? Con Kirstein sucedió lo mismo y, adivina qué, terminaron saliendo durante seis largos y fastidiosos meses en los que no hacían más que compartir babas antes de empezar la clase.

Esboza una sonrisa, imaginando que Levi debió tener una de sus típicas expresiones de asco al escribir aquel mensaje. Sasha le ha comentado hace unas horas de su relación con Jean Kirstein, alegando que las cosas no funcionaron bien y decidieron ser simplemente amigos. Según ella, el muchacho es bueno, algo narcisista, pero de bonitos sentimientos al fin y al cabo.

[Ackerman_Mika]: Tranquilo, no saldré con Sasha, si eso es lo que te preocupa.

Se han vuelto algo unidos ―apenas, dada la personalidad esquiva del chico― desde que compartieron las papitas fritas en la banca del parque Stohess hace un mes. Él la ayuda cuando tiene complicaciones con algún paso dificultoso al ser su apoyo y mantienen cortas charlas después de la clase de ballet. Claro, también comparten genuinos insultos, pero eso es lo de menos. Mikasa puede considerarlo extrañamente como un malhumorado amigo regañón y exigente.

Levi se retrasa en responder su mensaje, de modo que beneficia el momento para stalkear su perfil. No hay mucho que ver, en realidad, solo tiene una publicación en donde está acompañado de Isabel, Farlan y una mujer hermosa que se parece muchísimo a él. Debe ser su madre.

Le parece un tanto raro no hallar nada relacionado a su novia. Supone, entonces, que Levi es muy reservado en ese aspecto y no le interesa presumir su relación en las redes. De alguna forma, eso le agrada a Mikasa. Su lema es: «mientras menos sepan de tu vida, mejor». A esta altura, piensa que nada se puede hacer público, ni una relación, ni tus metas, ni tus éxitos. Todo sale mejor en silencio, sin decirle nada a nadie porque la mayoría de la gente es mala y envidiosa.

[Levi_Ackerman]: Ya quisieras que me preocupara.

Su mensaje la solidificada en su lugar como un pequeño cubito de hielo. Relee la oración una y otra vez hasta cansarse. Quiere creer que se trata de una broma, de la misma forma en que lo ha hecho ella; sin embargo, por alguna razón inexplicable, imagina que lo escribe muy en serio. ¿Qué insinúa con aquello? ¿Qué desea que Levi le monte celos por empezar a salir con Sasha? Sacude la cabeza, mordiéndose el labio inferior con fuerza excesiva. No, por supuesto que no. Él tiene novia y ella está sacando conclusiones apresuradas, como siempre. Vuelve a recostarse sobre el esponjoso sillón, bufando para sus adentros por imaginar situaciones erróneas.

[Ackerman_Mika]: Creo que estar despierto a las tres de la mañana le afecta a tu cerebro. Buenas noches, Ackerman.

[Levi_Ackerman]: Como digas, mocosa.

Se muerde la mejilla interna al leer el apodo que finiquita la conversación entre ambos. Sin dudas, es mucho mejor que niñata, pero aun así le fastidia el hecho de que no se digne a llamarla por su nombre ni una sola vez desde que se conocen. ¡Como si él fuese tan grande! Tan solo le pasa por dos años y ya se autoproclama como una especie de Dios superior brindado de todos los conocimientos sobre el mundo.

Bloquea el teléfono y se obliga a cerrar los ojos, sosegando la extraña sensación que la recorre usualmente al charlar con él. No tiene sentido, de seguro son simples ñoñerías que pronto se le pasarán. Se convence de que es así. No obstante, cuando su móvil vuelve a vibrar y se apresura a ver de qué se trata, no logra ocultar la diminuta sonrisa que se resbala de sus labios. La tentación de arrojarse sobre Petra y abrazarla es inmensa, pero la retiene como puede al darse cuenta de que ha echado por la borda su teoría de que ese extraño sentimiento es momentáneo y no significa nada.

[Levi_Ackerman]: Por cierto, la nueva foto es mejor que la anterior.

En el diccionario de Levi, eso se traduce como un simple y camuflado «te ves bien».

―Estúpido Ackerman.


―Maldición, mocosa, hazlo bien ―refunfuña con innegable disgusto.

― ¡Eso intento! ―aprieta los labios ante el cansancio que le proporciona la posición en la que se encuentran.

―Se nota, no sabes cuánto ―le alza la extremidad por indeterminada vez, tomándola con más fuerza que antes―. Levanta más la pierna o pierde el sentido. ¿Quieres también que te lo repita en otro idioma? Puede ser en francés, si gustas ―el sarcasmo pica en su lengua.

―Quiero que seas un poco más gentil ―rebate, agitándose en sus brazos con el propósito de abandonar el ejercicio y poner un límite decente entre sus cuerpos. Se apoya contra la barra, enviándole una mirada furtiva.

―Lo estoy siendo al ayudarte ―alza una de sus cejas y cruza los brazos.

―Para instruirme está Nanaba ―le hace saber.

―Se encuentra ocupada en este momento con veinte alumnos más. Y yo, sinceramente, estoy aburrido de verte errar en cada jodido intento.

―No me mires si tanto te disgusta, entonces.

―Mocosa inmadura. Soy tu pareja, es obvio que deberé hacerlo ―resopla al hilo de su paciencia―. Bien, intentaré ser más "gentil" ―recalca la última palabra, realizando comillas con sus dedos―, como me pides. Ahora apresúrate.

«Soy tu pareja», el eco de su voz ronca se repite en las paredes de su mente como un martirio que la atormenta. Exacto, su pareja de baile, cabe recalcar. ¡Por Dios! Necesita dejar de lado urgentemente esa manía de rebuscarle otro sentido a sus oraciones. A este punto, ya consigue hartarse de su propio comportamiento infantil.

Mikasa evade el hecho de que la frase ha sonado algo comprometedora para sus oídos y acata su orden. Después de tres intentos fallidos en los que Levi se mantuvo murmurando improperios a diestra y siniestra ―ella consideró clavarle un codazo en las costillas para silenciar su boca sucia―, por fin consiguen realizar el paso de forma correcta.

El alivio les recorre el cuerpo entero, no obstante, ese diminutivo granito de armonía que han logrado formar, se marcha volando en el aire cuando un pequeño objeto se engancha en las medias de can can de Mikasa, rajándolo sin consideración. Ante esto, se separan estúpidamente, logrando que la situación empeore. El anillo con pequeños pinches que rodea el dedo anular de Levi hace su correspondiente trabajo al abrir todavía más la sensible prenda.

Ambos miran hacia abajo, específicamente a los muslos níveos de Mikasa, detallando las medias rotas que no parecen tener arreglo ni con ayuda de un esmalte. La chica maldice por haber elegido justo ese día para llevar la prenda transparente, ahora arruinada, que envuelve sus firmes piernas.

―Gracias, lo compré hace dos semanas ―murmura irónica.

―Olvidé quitarme el anillo ―se justifica, sacándose el objeto mencionado para dejarlo en una orilla del piso cercana donde él pueda vigilar que nadie se lo robe.

―Oh, ¿de verdad? Eres el próximo Sherlock Holmes, niñato obvio ―imita aquellas palabras dichas por él en el parque hace un tiempo.

―Tch, no dramatices ―rueda los ojos, buscando una manera lógica de tranquilizarla―. Hay una tienda que los vende a una cuadra de aquí. Iremos a comprar uno nuevo después de la clase y ya.

―Bien.

―Bien.

― ¿Discutiendo otra vez? ―Nanaba hace acto de presencia y los dos abandonan su intensa guerra de miradas―. Me gustaría que le pongan el mismo empeño a lo que deben hacer y paren de juguetear ―los regaña, mirándolos severamente―. Vamos, muéstrenme qué han hecho.

No protestan ante el reto, únicamente se mastican la lengua para evitar expresarse y lograr tragarse el orgullo. Posicionándose en sus respectivos lugares, ejercen una vez más la elevación famosa designada «pez», en la cual Levi debe levantarla de la cintura a la altura de su torno, sosteniéndole firmemente uno de sus muslos para que ella logre formar la figura correspondiente y estirar la pierna hacia arriba, mientras la otra extremidad forma un arco al colocar la punta de su pie en la rodilla contraria.

―Mikasa, acomoda los brazos. Levi, sostenla con firmeza o se caerá ―instruye, notando que los músculos de él se contraen al ejercer más fuerza y ella redondea las extremidades mencionadas. Finalmente, da un paso atrás para apreciarlos mejor y se queda satisfecha con el resultado―. No está mal. ¿Saben? Hay química entre ustedes, pero si dejaran de pelear por un segundo se los agradecería enormemente.

Ninguno emite palabra, es algo imposible para ellos no tener choques debido a la personalidad complicada que manejan.

La clase acaba pasando diez minutos y se apresuran a realizar ejercicios de elongación, mientras observan atentamente cómo la profesora pega un anuncio en un espacio libre de la blanca pared. Al notar que tiene la atención de todos sus alumnos puesta en ella, prosigue a explicar.

―Supongo que este es el momento que todos han estado esperando ―sonríe, juntando sus manos a la altura del abdomen―. Las audiciones para las competencias se realizarán en septiembre. Los detalles están en el panfleto, pero terminen de estirarse antes de leerlo. Buena suerte a todos.

Los cuchicheos se apoderan del salón, algunos sobreexcitados, otros nerviosos a más no poder. Mikasa, por su parte, es una mezcla de ambas emociones, mas se abstiene de mostrar sus sentimientos y conserva su semblante apacible, continuando con lo que debe hacer para que su cuerpo no sufra al día siguiente. Al acabar, se une a sus compañeros que ya están agrupados desde antes alrededor del anuncio.

Academia de Danzas Sina.

Audiciones para la competencia Nacional de Ballet Titan.

(Estudio "E", mayores de 18 años)

Solo (3): 7 de septiembre.

Dúos (2): 14 de septiembre.

Tríos (1): 21 de septiembre.

El total de bailarines en el salón es de veintidós, por lo tanto, son doce las personas que no lograrán obtener un baile de ese calibre en las nacionales, si es que pasan las pruebas que les permitirán participar. Por supuesto, la coreografía grupal es obligatoria, todos deben ser parte, pero no es lo mismo que danzar solo en el escenario o junto a otro compañero, como si el lugar entero te perteneciera en ese preciso instante.

Cuando las aguas logran apaciguarse considerablemente, Mikasa transporta su cuerpo directo al vestidor a cambiar su ropa por una más cómoda que trajo en su mochila ―llámele cómoda a unos shorts de mezclilla y camiseta gris con estampado de Lisa Simpson―. Es pleno julio y el sol te deja cual huevo frito en la calle.

Despidiéndose de sus amigas, se retira de la academia junto a Levi, sin cruzar miradas ni intercambiar palabras durante todo el camino que los lleva a la tienda mencionada anteriormente por el azabache. No derrochan mucho tiempo comprando debido a que los clientes son escasos. Mikasa selecciona unas medias de can can de su talla y tono de piel. Levi las paga y es todo. En esta ocasión, ella no refuta por el dinero, ya que él ha tenido la culpa al olvidarse de quitar el dichoso anillo que ahora se encuentra de nuevo en su lugar.

―Ya, ¿contenta? ―inquiere él apenas salen del negocio. Ella arruga levemente la nariz, fastidiada.

Se apresuran a regresar a la academia, pues el auto de Levi se ubica estacionado cerca y la parada de autobús que Mikasa debe tomar está junto en frente del lugar. A lo lejos, divisa a dos personas esperando cerca de la acera a quienes no tarda en reconocer: Hange y el elegante amigo de Levi al cual no le conoce el nombre.

― ¡Hombre, siempre nos haces esperarte! ―dice Hange en modo de protesta apenas quedan frente a frente.

―No les estoy colocando una pistola en la cabeza para que lo hagan ―se defiende, viéndose desinteresado con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón.

―Pero eres el único del grupo que tiene auto. Por lo tanto, te conviertes automáticamente en el chofer, caramelito de limón ―ante el apodo dicho por la castaña, Mikasa suelta un espiro seco que manifiesta diversión. Entonces, Hange se percata de su presencia de una buena vez y pega un brinco―. ¡Tú!

―Yo ―se encoge de hombros.

― ¡Te busqué por tierra y mar! ―profiere exageradamente desesperada―. Levi no me ha querido ayudar para que te convenza con el tema del móvil, dice que continúas rechazando mi oferta. ¿Segura que no quieres que te lo pague?

―Hange, creo que Mikasa ya está cansada de que insistas ―habla el rubio por primera vez, tocando el hombro de su amiga.

Desconfía al percatarse de que la ha llamado por su nombre, mas se relaja al segundo siguiente, bajando la guardia. Lo más probable es que Levi se los haya dicho.

―Oh, Erwin, pero me siento tan culpable ―insiste haciendo un puchero que desaparece en un santiamén al ser reemplazado por una gran sonrisa―. ¡Ya sé! Este fin de semana saldremos, ¿qué tal si vienes con nosotros? Yo pago todo lo que ocupes para recompensarte. ¡Di que sí, di que sí!

―Pues...

―Hazlo o no parará de molestar ―habla Levi, inquieto por el show que monta la mujer de lentes―. Si la rechazas, su metamorfosis pasará a otro nivel mucho peor. Es capaz de comprarte el celular más caro que vea y obligarte a aceptarlo.

― ¡Eso! Qué bien me conoces, tesoro ―Hange le guiña el ojo.

Mikasa sopesa la oferta, usando las habilidades de deducción aprendidas por Armin a lo largo de los años. Por alguna razón, presiente que no se sentirá del todo cómoda viendo a Hange y Levi juntos; esa tensión en su estómago desde que ella le ha llamado «tesoro» no desaparece. Sin embargo, por la seriedad que él usó en su advertencia, comprende que la mujer no se dará por vencida tan fácilmente y, siendo sincera, no tiene ánimos para insistir con el asunto de la pantalla trizada en un futuro.

Sus ojos reposan sobre Erwin, quien le entrega una mirada curiosa. Ahora que lo piensa, también asistirá a la salida, así que puede charlar con él para no tener que prestarles atención a los otros dos.

―Está bien... ―acepta al fin.

― ¡Sí! ―da saltitos en su sitio, aplaudiendo reiteradas veces a modo de festejo―. Oh, ¿me pasas tu número? ¿Sábado a la noche puedes? ―Mikasa asiente y le dicta el número que es anotado en el IPhone de Hange―. Genial, te mando un mensaje para que me envíes tu dirección. Estaremos a las nueve.

Erwin y Hange se despiden de ella con un beso en la mejilla ―tuvo que pararse de puntitas para saludar al primero― y Levi tan solo le dedica una fugaz mirada antes de subirse a su auto.


Apenas sitúa un pie dentro de su hogar, libera la emoción contenida en su cuerpo desde que se enteró de las audiciones.

Corre entusiasmada hacia la sala y mueve estratégicamente el sillón, la alfombra y el mueble junto con el televisor. Una vez que el lugar se encuentra despejado, pasa el trapeador con desodorante de limón por todo el piso de madera. Nunca había limpiado tan rápido en su vida.

Satisfecha con el resultado, admira con nostalgia la barra adherida a la pared que, generalmente, se oculta tras el respaldar del sillón. Elias la colocó hace muchos años para cumplirle el capricho a las mujeres de su vida. Porque sí, ese espacio de sala era su estudio de ballet improvisado.

Mikasa asistía a la escuela primaria durante la tarde, mientras su madre trabajaba por la mañana temprano y Elias se acaparaba el auto para emprender su labor desde el mediodía hasta la noche. Por esa razón, no tuvieron la posibilidad de llevarla a una academia si los horarios no concordaban al ella salir tarde del colegio y no contar con el vehículo que la transportara. Aunque eso no fue impedimento para que Aiko, su madre, se dedicara a enseñarle personalmente todo lo que sabía a su hija desde que tenía memoria.

Desliza su mano a lo largo de la barra, limpiando el poco polvo que posee con un pañuelo. Tantos recuerdos le roban una sonrisa.

Mikasa se muestra más que determinada a conseguir un solo en las nacionales. Le gusta jugar en grande. Petra le ha contado esporádicamente en el vestuario cómo funcionan las cosas. En resumen, dentro de la ciudad hay un total de siete academias que cumplen con los requisitos y el nivel para ser parte de las competencias; sin embargo, solo tres de ellas lo logran. Los jueces ―al parecer, profesionales en el baile― transitarán por cada una a presenciar las audiciones y decidir quiénes pasan a la siguiente ronda. Los bailarines deben realizar su propia coreografía con la cual serán evaluados, así que necesita dar todo de sí misma. Eso la ha motivado inmediatamente a querer ensayar lo antes posible.

El tiempo en esa sala vuela libre creando, deshaciendo o agregando pasos, buscando por internet algo que la motive, eligiendo la canción adecuada. Tiene mucho trabajo que hacer y el tiempo contado. Ni siquiera se ha dado cuenta de que su padre llega hasta que él está frente a ella junto a su maletín del trabajo.

―Más vale que coloques todo en su lugar cuando termines ―advierte Elias al ver lo que ha hecho con la sala de estar.

―Claro ―asiente Mikasa, acercándose para darle un beso en la mejilla―. Ah, debo decirte algo.

―Prosigue ―se recuesta sobre el sofá, agotado.

―Saldré con una amiga de la academia mañana por la noche ―comienza, distorsionando un poco los personajes de la historia. ¡Apenas sabe con certeza que su nombre es Hange!

― ¿Es alguna de esas chicas que vinieron aquí? ―cuestiona, enarcando una ceja.

Mikasa pestañea confundida hasta darse cuenta de que se refiere a Sasha, Isabel y Petra. Las tres asistieron el jueves de la semana pasada a su hogar para merendar y charlar un rato fuera del ambiente de la academia. Elias las etiquetó automáticamente como parlanchinas profesionales y demoledoras del silencio apenas intercambiaron saludos al llegar del trabajo. No obstante, le alegra saber que su hija se ha conseguido más amigos además del clásico Armin Arlert.

―No, no es ninguna de ellas ―aclara―. Su nombre es Hange ―duda unos momentos antes de agregar otro detalle. Mejor decirlo ahora a que su padre lo descubra solo―. Nos acompañará un compañero de la clase y un amigo de él.

Elias frunce el ceño, dubitativo por la última oración que le genera una laguna mental. El dilema de Mikasa y los muchachos da un paso al frente. ¡Qué lío! Antes no se molestado en tocar ese tema ―la homosexualidad del mejor amigo de su hija claramente no significa un inconveniente para él―, pero es la primera vez que ella le confiesa que saldrá con dos chicos, para variar. Conoce a su hija, es responsable y cuidadosa. Por supuesto que lo es. Si alguien se sobrepasa, ella no dudará en acomodarle una buena patada en las bolas. Asiente con la cabeza, convenciéndose con aquel último pensamiento antes de emitir una respuesta.

―Por un lado, me alivia que todavía pidas mi consentimiento para salir, Mikasa. Sé que ya eres mayor de edad como para decidir a dónde y con quién quieres ir ―suspira, restregándose el rostro―. Pero eso no quiere decir que no siga preocupándome. Necesito ver en directo quiénes son esos jóvenes, ¿entendido?

―Ok, vendrán a buscarme mañana a las nueve ―informa, relajándose en su sitio. Ha sido más sencillo de lo que pensaba―. Te doy el permiso de decidir si los atas a las sillas y los interrogas.

― ¿Tortura incluida? Me parece bien ―le sigue el juego hasta que cambia el tema repentinamente―. ¿Has hecho los deberes del colegio?

―Mm... ―se balancea en sus pies―. No, pero estarán listos antes de irme a dormir.

Sonríe fingiendo inocencia y da media vuelta, continuando con su exhaustiva tarea de seleccionar los pasos adecuados para su coreografía.

Elias niega ligeramente de un lado a otro, dejándole pasar la falta en esta ocasión. No posee la suficiente voluntad para regañarla si se expone tan contenta y encantadora danzando de un lado a otro por la sala de estar. Detalla con minuciosidad la expresión de concentración en el rostro de su hija y consigue sonreír de medio lado. En definitiva, su pequeña niña es tan talentosa como lo fue su amada Aiko.


Holiwis. Perdonen la demora, me hice un poco la tonta para editar este capítulo ^^'
Espero que les haya gustado y disculpen cualquier error.

Respecto a lo de Sasha, ¡no se alarmen! Solo son besitos para reforzar la amistad xD. Todo en orden.

Por cierto, sé que de antemano mi descripción de la elevación que realizan Levi y Mikasa es confusa jajaja. Es mejor que la busquen en google como "pez, elevación de ballet" y ya, es la primera imagen que les aparece.

Eso es todo por hoy. Los quiero.