Capítulo cinco: Efectos del alcohol.


Despierta cerca de las once de la mañana debido al tintineo incesante de su celular que no parece tener intenciones de detenerse pronto. ¿Quién osa a importunarla a tan tempranas horas? Bueno, no tan prematuras, pero lo son si consideramos que se trata de un día sábado. Mosqueada, extrae el celular de la almohada y lo voltea para descubrir quién la está llamando, mas no logra divisar las características opciones en rojo y verde que le brindan la decisión de contestar o no.

―Qué mierda... ―refunfuña, extrañada.

Son mensajes. Específicamente, dieciséis mensajes de WhatsApp de un número que no tiene agendado. Ese hecho es suficiente para desperezarla de su letargo. Se apresura a desbloquear el teléfono y abre el desconocido chat, topándose con aquel bombardeo que interrumpió vilmente sus sueños.

XXX XXXX XXX 10:54 a.m.

¡Buenos días, Mikasa!

Soy Hange, por cierto.

¿Cómo estás?

¿Me pasas tu dirección?

Oh, estoy tan emocionada por la salida de esta noche, ¡te me haces tan adorable!

Mikasa enarca una ceja al leer el quinto mensaje, consternada por la palabra usada para describirla. ¿Ella? ¿Adorable? ¡Qué ocurrencias! Con justa razón esa mujer necesita de lentes que la ayuden a ver mejor.

XXX XXXX XXX 10:55 a.m.

Vamos al club Rose, ¿lo conoces? Seguramente, muchos jóvenes asisten con frecuencia. ¡Ah, la juventud!

¿Acaso tiene cincuenta años para hablar de esa forma? Le causa gracia su actitud extrovertida, se asemeja a Sasha e Isabel de alguna forma, pero ligeramente chiflada. Por otra parte, conoce el lugar ubicado en el centro, recuerda haber ido cuando cumplió los dieciocho, aun cuando no es típico de ella asistir a sitios como esos. La idea de ir tampoco le desagrada, ahora estará acompañada de dos desconocidos y un malhumorado compañero de ballet. ¿Qué puede salir mal?

XXX XXXX XXX 10:56 a.m.

Oh, debes estar durmiendo. ¡Qué inoportuna! ¡Lo siento!

¡Ah! ¿Con qué irás puesto? Es irrelevante, pero me gusta saber. Cositas de amiguis, ¿no? Mira, mira.

A continuación, pica la pantalla, abriendo la imagen que le ha mandado Hange hace pocos minutos. En ella se ve de fondo una cama inhumanamente revuelta con acolchados morados, encima un pantalón corto de mezclilla junto a una blusa de tirantes llena de lentejuelas plateadas y un par de botines no muy altos.

XXX XXXX XXX 10:57 a.m.

¿Te gusta?

Por suerte, es el último texto enviado. Mikasa se apresura a teclear lo más rápido que sus dedos permiten al notar que Hange se mantiene en línea, seguramente, esperando su respuesta.

Buen día, Hange. Sí, conozco el lugar. Todavía no sé con qué iré puesto, luego lo consulto con el armario. Linda ropa, por cierto. Te veo a las nueve.

Resumido y sencillo. No posee necesidad de mandar los mensajes por separado, la va a comprender de cualquier manera. Prosigue a enviarle la ubicación de su hogar y bloquear la pantalla, dejando el móvil cargando a un lado de la cama al percatarse de que contiene tan solo 10% de batería.

Se levanta despacio del mullido colchón, estirando sus músculos entumecidos, y se larga al baño para prepararse con una muda de ropa bajo su brazo. Una vez que esfuma cualquier vestigio de sueño en su rostro y acaba con sus necesidades, baja las escaleras en dirección a la cocina. Debe hacerse algo de comer y, de paso, dejarle el almuerzo a su padre, quien llega al mediodía del trabajo por ser fin de semana.

En cuarenta minutos tiene listo en la olla un apetitoso y jugoso arroz con pollo. Su comida favorita, sin dudas. Se detiene por unos segundos a presenciar lo que ha hecho con una expresión de satisfacción en su rostro. Las tareas culinarias se le dan bien si tiene los ingredientes necesarios y la concentración al máximo; no es muy buena improvisando con cualquier cosa que encuentre en el refrigerador, a decir verdad. Mikasa comenzó a aventurarse en la cocina desde que su madre ya no estuvo entre ellos, consciente de que no sería sano alimentarse únicamente de arroz y fideos para el ejército todos los santos días ―aunque, en ocasiones, lo sigue haciendo si la pereza de preparar algo elaborado le gana―. Muchas veces se ayuda con tutoriales de YouTube y, hasta ahora, no ha incendiado la cocina. Un par de cucharones de plástico sí, trapos también, pero la cocina jamás. Eso sí que no.

Come a una velocidad vertiginosa y lava todo lo ensuciado de la misma forma atropellada. En sus planes está incluido ir a la casa de Armin para pasar un rato en su compañía, hace bastante que no se reúnen fuera de la secundaria.

Asegurándose de que Charlie tenga alimento y agua en sus platos ―incluyendo también una dosis grata de mimos―, sale de su hogar no sin antes dejarle una nota a Elias sobre la mesa, asegurándole que estaría en lo de su mejor amigo y volvería luego.

La residencia del muchacho se localiza a varias cuadras, por lo que le toma quince minutos llegar a pie. Mikasa jamás deja de sorprenderse ante lo hermoso e inmenso del lugar denominado como una de las casas más bonitas y cuidadas del vecindario, según su criterio. Para colmo, tan solo es ocupaba por dos personas: Armin y Bertie. ¡Una barbaridad! Los padres de su mejor amigo viajan contantemente debido a negocios y estos le dieron la opción de acompañarlos, pero él eligió hacerle compañía a su abuelo, manteniéndose en la ciudad.

― ¡Mikasa Ackerman! Es bueno verte, niña ―exclama el hombre de avanzada edad, abriendo para dejarla entrar―. Pasa, pasa. Armin está en su habitación.

Obedece sus palabras y da un paso dentro del hogar, brindándole un acogedor abrazo a Bertie cuando cierra la puerta detrás de ella. El abuelo siempre la ha recibido con enorme amor y cariño desde que forjó una amistad con su nieto doce años atrás al ambos apenas ingresar a la primaria siendo unos chiquillos. Sencillamente, el hombre que la apretuja entre sus brazos con tanto afán, puede considerarse como una persona en la que deposita plena confianza. Lo quiere como si también fuese su familiar.

―Ve, ve, de seguro se sorprende con tu visita ―la incentiva a seguir, dándole un leve empujoncito.

Mikasa sube las escaleras de mármol blanco y toma rumbo por el extenso pasillo de habitaciones infinitas. Cuenta con su dedo índice las puertas que aparecen en su camino mientras avanza, hasta llegar a la número nueve, el cuarto de Armin. Agarra entre sus manos el picaporte y lo gira silenciosamente, abriendo con lentitud la puerta. El frío proveniente de un aire acondicionado se cola por todo su cuerpo, aliviándola después de haber caminado bajo el resplandeciente sol de mediodía.

La habitación de su mejor amigo es, mejor dicho, una colosal biblioteca repleta de libros por donde se mirase. Cada mes, un nuevo estante es añadido para otorgar espacio a más conocimiento o entretenimiento.

Mikasa rastrea visualmente y no tarda en toparse de lleno con la figura de Armin sentado sobre un cómodo puff. En sus manos encierra un libro que examina concentradísimo, ocupando los lentes cuadrados que le facilitan la lectura. ¡Es adorable! No puede evitar que aquel pensamiento la posea cuando ve que lleva puesta una sudadera del perro Jake de la serie animada «Hora de aventura». El chico, aún con sus dieciocho años, adora las caricaturas, el anime y los cómics.

―Toc, toc ―profiere, sin obtener resultado―. Préstame tu maldita atención, Arlert.

Ante la mención de su apellido, el susodicho se sobresalta como un gatito asustadizo, tan solo falta que se le encrespe el pelo y la imitación es indiscutible. Mas su semblante cambia totalmente al distinguirla de pie bajo el marco de la puerta con una media sonrisa de diversión escapándose de sus labios por el susto que le ha pegado.

―Mika ―dice por fin, recibiendo el beso típico en su mejilla―. Me alegra verte. ¿Qué te trajo hasta mi humilde morada?

―Claro, humilde, por eso ocupas el aire acondicionado a dieciocho y te envuelves en diez frazadas ―bromea, sentándose en el puff a su lado. Armin ríe ligeramente―. ¿Acaso no puedo visitar a mi mejor amigo?

―Puedes ―asiente, cerrando su libro para dejarlo a un lado en el suelo―, sin embargo, no siempre vienes así porque sí. ¿Necesitas contarme algo?

―Por Dios, Armin, no siempre vengo a traer chismes ―se recuesta sin nada de delicadeza sobre su asiento, sintiendo cómo el puff se hunde producto de su peso―. Es decir, sí traje chisme, pero no va al caso.

―Bien, bien ―levanta las manos en señal de rendición―. Sé que quieres contármelo, de todas formas, así que hazlo.

Mikasa frunce los labios, mirándolo de reojo con el resentimiento plasmado en su rostro. ¿Cómo puede ser que se haya dejado en evidencia tan fácilmente si no ha dicho ni pío? Armin debe tener poderes psíquicos, no hay otra explicación coherente.

Sabiendo que no existe escapatoria, suspira y libera la noticia:

―Saldré con Levi ―suelta. El semblante de Armin cambia de juguetón a intrigado. Por supuesto que no ha olvidado la primera charla que tuvieron respecto a ese chico "grosero"―, también con su novia y su mejor amigo.

― ¿Con su novia? ―se descoloca, creyendo que sus oídos lo traicionaron al oír mal. No obstante, ella asiente con la cabeza, afirmando su interrogante―. ¿Cómo terminaste metida en esa situación?

― ¿Recuerdas que te mencioné hace un tiempo de mi tropiezo con una mujer? ¿Y que la pantalla del teléfono se trizó a causa de eso?

―Lo recuerdo ―dice, atando cabos sueltos en su cabeza. La solución no demora en llegar―. Entonces, esa mujer es la novia de tu chico, ¿cierto?

―No le digas mi chico ―refunfuña un poco y reanuda su explicación―. Se llama Hange, siente que tiene una deuda enorme conmigo y quiere costear el arreglo, incluso comprarme un móvil nuevo. Como ya debes de haber supuesto, me negué a su alocada oferta. ¿Por qué no comprende que fue mi culpa que se partiera la pantalla? Me desespera ―suspira y Armin le da unas palmaditas en la cabeza, compadeciendo a su mejor amiga―. Me invitó a salir al club Rose ayer, va a pagarme todo lo que tome como recompensa.

Con la situación puesta en palabras, se relaja medianamente al haber podido contárselo a alguien, mas no logra expresar con exactitud qué es lo que le carcome de todo ese hecho. ¿Cómo confesarlo sin descubrirse en el proceso?

―Por tu expresión, puedo adivinar que no te sientes del todo cómoda viendo a tu chico acompañado de su novia ―la observa, ladeando su cabeza hacia la derecha. ¡A la mierda eso de ser cuidadosa para no dejarse en evidencia! ―. Entiendo, viniste a desahogar tus penas antes de la tragedia.

― ¡Que no es mi chico! ―protesta avergonzada. ¿Desde cuándo Armin es devoto a ponerla nerviosa con acusaciones de ese tipo? ―. Pero, en parte, tienes razón, ¿sabes? Siento que estaré de más en ese lugar ―deja escapar un resoplido―. Lo único que me reconforta es saber que Erwin estará ahí también. Es su amigo, por cierto.

―El dúo de los sobrados ―concluye Armin, quitándose los lentes para limpiarlos con un pañuelito.

―Exacto. ¿No quieres venir? Seremos el trío de los sobrados contigo. Créeme, no les molestará incluirte.

―Paso ―dice, devolviendo los lentes a su lugar―. Sabes que no es mi ambiente.

―Lo sé, pero no perdía nada intentándolo ―asiente, rendida.

―Puedo darte dos consejos, toma el que más te parezca. El primero: disfruta la noche junto a Erwin. Por cómo hablaste de él, supongo que debe parecer un buen chico y no un mujeriego ―aguarda unos momentos y prosigue bajo la atenta mirada de Mikasa―. El segundo: puedes mandar al diablo todo y conquistar a Levi con tu belleza. ¿Qué vas a ponerte?

―Armin Arlert, estás yendo en contra de tu naturaleza estrictamente correcta ―dice Mikasa pretendiendo estar indignada cuando, en realidad, se encuentra divertida de la actitud relajada que ha tomado su amigo―. ¿En qué estás pensando? ¿Seducir a un hombre con novia?

―Es broma, es broma ―reprime una sonrisa―. Sin embargo, puedes tomarlo en consideración.

Silencio. Ambos se miran de reojo por un instante y, de pronto, Mikasa alarga la mano hacia su dirección, dándole un zape en la nuca que provoca la caída de sus lentes.

―Eres horrible bromeando ―le hace saber. Se pone de pie en un santiamén, buscando con la mirada el control del plasma―. ¿Vemos una película?

― ¿Con coca cola y sándwiches? ―sugiere él, abandonando su nidito de frazadas, dirigiéndose a la puerta con destino a la cocina.

―Con coca cola y sándwiches.


Son las ocho de la noche cuando Mikasa vuelve a su hogar corriendo por el poco tiempo que le queda para prepararse. El inocente rato que se suponía que pasaría con Armin, se convirtió en más de siete horas que se le pasaron volando en su compañía. Todo era culpa de la afición de ambos por las películas de Harry Potter. Ninguno se resistió al maratón que quedó abandonado a la mitad justo al acabar de ver el prisionero de Azkaban. En ese instante, mientras su costado duele por la apresurada carrera, desea tener el giratiempo de Hermione para retroceder dos horas y darse con algo en la cabeza que le permita fijarse en el horario y regresar más temprano.

Respira agitada al entrar a su casa, atiborrando sus pulmones del aire que se traga a bocanadas. Ha roto el récord llegando en cinco minutos.

Las luces se encuentran encendidas, así que se topa al instante con la silueta de su padre recostado sobre el sillón de la sala, viendo uno de esos típicos programas malísimos que la hacen dormir en cuestión de segundos. Con pasos tímidos y silenciosos, se encamina hasta él y deposita un rápido beso en su frente antes de huir como si su vida dependiera de ello. Se echa a correr escaleras arriba mientras Elias la regaña desde abajo por la hora. Al menos, después del reto, alega en un tono más sereno que la comida estaba rica.

Se da una duradera ducha caliente ―por más que sea verano, es un sacrificio para su cuerpo ocupar el agua fría―, limpiando cualquier rastro de sudor en su blanca piel. Prosigue a humectarse de crema con olor a rosas, echarse desodorante y envolver la toalla alrededor de su torso. Corre hacia su habitación y lo primero que alcanza a hacer es revisar WhatsApp, tiene diez mensajes de Hange; cinco responden al que envió por la mañana y los restantes son pequeñeces sin verdadera importancia. Sí que le gusta dar charla a esa mujer.

Sin distracciones de por medio, saca unas bragas negras del cajón y se las coloca. Su verdadero desafío ahora mismo es saber qué diablos ponerse. Tendría que haber separado algo con anterioridad sabiendo lo indecisa qué es en ese aspecto o haberse copiado de la insistencia de Hange ante el atuendo que llevaría, incluidas esas «cositas de amiguis».

Mantiene la calma y extrae su ropa de salir ―no hay muchas opciones, en realidad―, dejándola encima de la cama desarmada que olvidó arreglar por la mañana.

―Veamos...

Posterior a maquinar en su cabeza las diferentes opciones, escudriñando en lo que mejor le queda ―varias prendas las tiene desde hace unos años y ya no caben en su cuerpo―, se decide por un short negro engomado que se adhiere perfecto a sus caderas, un crop top lila de tirantes que cubre únicamente sus senos, y botines oscuros. Le echa una última mirada al tentativo vestido rojo que adora y lo guarda a regañadientes en el armario al convencerse por tercera vez de que no es muy adecuado para la ocasión. Ya oye le voz protestante de Sasha en su cabeza exclamando un estrepitoso «¡Pero ese se vería muchísimo mejor! ¡Te hace ver más candente!». Sí, por supuesto que diría algo por el estilo. Niega de derecha a izquierda, divertida.

Del pelo húmedo se encarga el tormentoso y efectivo secador. Tormentoso porque debe aguantarse el sofocante calor que desprende el aparato, el cual se mezcla con el clima de afuera y juntos crean una intensa lava en su interior. Aborrece el verano con cada fibra de su ser, cuenta esperanzada cada día del mes y medio que falta para darle la bienvenida, por lo menos, al amistoso otoño.

Se mira al espejo una vez que su cabello azabache se muestra más o menos seco, peinándolo desinteresadamente para que obtenga algo de volumen. El largo alcanza la mitad de su espalda y está pensando seriamente en cortarlo, mas desecha la opción de inmediato. Tal vez lo haga el próximo año o después de las nacionales, si es que logra llegar. Claramente, es tentador recortarlo durante el verano, pero no desea tener problemas con un millón de clips que lo sostengan en las clases de ballet, al igual que Petra. No existe día en que esa muchacha no se lamente de su decisión.

―Ocho y cuarenta ―fija la hora en su celular, aliviada de que todavía le quede tiempo.

Isabel le ha enseñado varios trucos y brindado consejos sobre maquillaje, así que no los desaprovecha a la hora de retocar su rostro. Es la primera vez que agradece infinitamente todo el parloteo que su pelirroja amiga profirió respecto al tema en aquella pijamada de Sasha.

― ¡Mikasa! ―llama su padre desde la sala―. ¡Hay un auto afuera!

Pega un brinco y se apresura a buscar las pocas cosas que necesita. Como Hange se ha propuesto a pagarle todo, tan solo toma las llaves, su identificación ―al verla, no puede evitar pensar que ya es hora de darla por perdida y hacerse una nueva―, la cual guarda dentro de la funda de su celular.

― ¡Voy! ―profiere, agarrando una campera finita del armario por si la temperatura desciende al regresar.

Mientras baja las escaleras, el mensaje de Hange avisándole que la están esperando vibra en el bolsillo trasero de su pantalón. No se molesta en contestarlo. Al abrir la puerta de entrada, su padre se levanta del sillón para acompañarla o, mejor dicho, verificar si debe hacer un interrogatorio con tortura incluida o no. Elias le da un rápido vistazo, sus ojos entrecerrados analizan su atuendo, mas no lo acompaña comentario alguno. Tiene claro que, en el tema de su vestimenta, él no se mete ni protesta.

El auto negro de Levi aparcado en la orilla de la calle llama su atención, mucho más cuando ve a Hange salir del mismo, acompañada de una sonrisa encantadora y la ropa que le ha mostrado por la mañana en WhatsApp. Se asombra un poco al divisarla con el cabello castaño suelto y no desaliñado como ya es usual en su apariencia.

― ¡Buenas! ―saluda efusiva, dándole un beso en la mejilla a Mikasa y luego estrechando su mano con Elias―. Soy Hange Zoë, un gusto.

Al percatarse de que habrá una corta charla, Erwin y Levi se bajan también del vehículo, intercambiando saludos con el mayor. Es claramente notoria la protección del hombre (aunque este se muestre circunspecto, hasta desinteresado), y que necesita averiguar a fondo con quiénes se irá toda la noche su única hija. Mikasa, por otro lado, vigila la escena con transparente diversión en su mirada que no pasa desapercibida para Levi. A ella no le hastía en lo más mínimo que Elias realice cuántas preguntas quiera, le agrada en cierto modo.

―Recuerda: rodilla en la entrepierna si alguien intenta sobrepasarse ―advierte su padre en un susurro antes de despeinar ligeramente el cabello de su hija a modo de despedida.

―Lo tengo ―asiente, dándole un beso en la mejilla.

Al cerciorarse de que todo se encuentra en orden ―para qué negar que se ha memorizado la patente del auto― la deja libre, observándola irse a la par del hombre más alto. «¿Será él mi próximo yerno?», piensa, analizando aún más al muchacho de cabello rubio. Se encoge de hombros, dando media vuelta y volviendo a su hogar. De seguro, su hija le contará tarde o temprano si sus sospechas son ciertas.

Mikasa camina al lado de Erwin, intercambiando un par de palabras en el proceso. El mayor abre la puerta de atrás para dejarla entrar primero y prosigue a subirse él también. De más está decir que Levi es el conductor y Hange su fiel acompañante.

―Qué simpático es tu papá ―dice la de lentes apenas arranca el motor.

Mikasa retiene una sonrisa. «Si, ese hombre debe ser la dulzura encarnada», piensa con clara ironía.

―Se nota que te quiere mucho ―añade.

―Sí, lo hace ―suelta más que nada para no dejarla colgada.

Mientras el auto transita por las calles no muy concurrentes del vecindario, Hange aprovecha para quitarse el cinturón y dar media vuelta su cuerpo, interesada en mantener una conversación con su invitada traída a la fuerza por medio de chantaje.

― ¡Estás guapísima! ―silba, alzando sus cejas chistosamente―. Yo no entiendo a este hombre, la verdad. Levi siempre dice que...

―Hange, compórtate ―la interrumpe con severidad cuando los pitidos del auto le recuerdan que el copiloto va sin cinturón―. Ya me dieron una multa por tu culpa, no me obligues a abandonarte en medio de la carretera. Sabes que lo haré.

―Bien, bien, amargado ―se voltea nuevamente hacia su dirección, despeinándole el cabello negro―. Gruñón y todo te quiero.

Mikasa no se molesta en oír la respuesta del pelinegro, ya que su mente se encuentra volando alto en el cielo, viajando entre pomposas nubes, embrollada por las palabras dichas. ¿Levi siempre dice qué? La curiosidad embarga cada rincón de su ser y siente unos enérgicos deseos de golpear al susodicho en la nuca por interrumpir a su novia. Bueno, aunque, si lo piensa más a fondo, dada la forma disimulada en que intervino, seguramente no debe haber sido nada encantador que deleite a sus oídos. ¡Maldito malhumorado!

―El silencio no me agrada ―informa Hange, encendiendo con su dedo índice la radio.

Al milisegundo, Levi imita la sencilla acción, apagándola. La pareja se observa de soslayo, él con el entrecejo fruncido en un claro indicio de molestia y ella con una sonrisa de diversión que advierte no darse por vencida tan fácilmente. Los planes de comenzar un desafío son transparentes. Encendido, apagado, encendido, apagado, encendido, apagado. El proceso se repite reiteradas veces hasta que Levi se agota, sospechando que el aparato se estropeará si continúan de esa forma. Por lo tanto, la victoria es obtenida por la vivaz fémina que se tarda su debido tiempo en elegir la estación correcta con el volumen a la mitad.

Mientras tanto, Erwin y Mikasa intercambian un vistazo desconcertado debido a la discusión infantil sin necesidad de palabras que han llevado a cabo el conductor y copiloto. Él, con una seña de su dedo, indica que ambos deben tener una tuerca suelta, provocando que el borde derecho de sus labios se alce por un insignificante segundo, dando a entender que luce de acuerdo con su hipótesis. La presencia de Erwin es confiable y honesta, como si jamás poseyera el propósito de importunar, e integrarla en el grupo resultara algo natural en su apacible personalidad. Indiscutiblemente, se trata de una persona encantadora, sin malas intenciones reflejadas en sus acciones.

La voz consejera de Armin ocupa espacio en su cabeza, subrayando la oración proferida hace un par de horas: «disfruta la noche junto a Erwin». Sí, calcula que lo hará.

Traslada su vista de nuevo al frente, topándose con la mirada intensa de Levi que la analiza desde el espejo retrovisor. Entonces, sus convicciones se desmoronan parte por parte. «Estúpido Ackerman con novia», maldice en su interior, apretujando sus muslos con inquietud, retirando la vista hacia la ventanilla.


El club Rose es un sitio inmenso y atiborrado los fines de semana, aunque siempre consta de lugar si se llega temprano. De casualidad, consiguen estacionamiento cerca, así que no tendrán que ejecutar malabares si alguno de los cuatro deja sucumbir enteramente su consciencia a manos del alcohol ―por lo general, ese personaje es Hange―. El robusto guardia que custodia la entrada solicita la identificación a cada uno de ellos y los tres mayores cruzan sin ningún tipo de inconveniente; sin embargo, al ser turno de Mikasa, el hombre se detiene a examinar por más tiempo de lo reglamentado, cuestionándose si se trata de la misma mujer. Le autoriza el paso libre una vez que verifica la fecha en que fue hecho, comprobando que no se trata de ninguna identificación falsa.

― ¡Quiero ver! ―ríe Hange, aspirando a hurtar el documento en sus manos.

―No ―como puede, la guarda de regreso a la funda del teléfono.

Por petición de Levi, seleccionan una mesa mediana unida a la pared. Ella no demora en darse cuenta del porqué de su decisión: es la que se ubica más apartada de las demás personas y cerca de la barra. Hange se sienta a su lado, mientras los dos varones en frente. Mikasa retiene una risita al notar que el más bajo extrae un pañuelo de su bolsillo para fregar la superficie de madera hasta sacarle brillo.

― ¡Hay que capturar este momento! ―exclama la castaña, desbloqueando el celular y alargando el brazo. Con un par de palabras, anima al par de azabaches a que se acoplen en la foto grupal y, pronto, el flash ilumina al cuarteto―. ¡Perfecta! Aunque lo sería más si cierto gruñón no pareciera sometido a compartir su tiempo con nosotros. ¿Nunca modificarás esa cara de culo?

El aludido revela el dedo medio, haciéndole saber que su comentario no es bienvenido. Hange se aguanta la risotada y mejor transporta su atención a la pantalla del celular para no dejarla escapar, estando al tanto de que se ganará una patada si sigue mofándose de su mal genio. Por el rabillo del ojo, Mikasa advierte que ha subido la foto como publicación en Instagram. Exhala, rendida. Es innegable que Isabel o Sasha le enviarán una bombardeada de mensajes, como buenas amigas metiches que son, si conocen la existencia de esa imagen.

― ¿Qué vas a querer, Mikasa? ―averigua Erwin, atrayendo su curiosidad.

Es hora de mencionar que no es una bebedora experta y se encuentra demasiado lejos de serlo. En año nuevo, vagamente, araña la copa de sidra o la lata de cerveza si a su padre le dan ánimos de beber mientras prepara sus parrilladas típicas del día domingo.

―Cerveza está bien ―contesta escuetamente.

―Ok ―consiente Erwin―, yo igual.

Levi ordena un champagne con Speed y Hange lo copia. Las quejas del azabache no tardan en hacerse oír, manifestando que no desea la presencia de una cuatro ojos más maniática de lo acostumbrado a causa de ingerir bebidas energéticas mezcladas con alcohol. Por supuesto, el debate no persiste mucho tiempo y los resultados son semejantes a los consumados en el auto.

―Púdrete ―declara Levi, levantándose de su sitio.

Hange le arroja un beso al aire, distinguiendo cómo ambos hombres se alejan de la mesa en dirección a la barra. Al verificar que se localizan lo suficientemente apartados de su ubicación, beneficia la privacidad para aproximarse a Mikasa, casi soldándose a su cuerpo.

―Entonces, dime, Mikasa... ―musita, sonriendo con travesura―. ¿Qué tal va Levi en clases? Ese ogro nunca nos dice nada al respecto. Ya sabes, la comunicación y él no van de la misma mano.

―Aunque la lengua se le escapa cuando quiere ―aporta Mikasa sin lograr someter su arrebato. Hange asiente efusiva, completamente de acuerdo con sus palabras―. Mira, que esto quede entre nosotras y ese amargado nunca sepa lo que estoy por decirte ―indica, tragándose el orgullo―. A decir verdad, es excelente. Jamás parece tener ningún error en lo que hace ―recuerda que Nanaba siempre lo prefiere para ayudarla a marcar los ejercicios en pareja―. Se nota a leguas que ama el ballet.

―Me alivia que sea así y lo tengas en cuenta ―sonríe, satisfecha ante el comentario―. Levi ha practicado muchísimo, ¿sabes? No ha mencionado absolutamente nada, pero yo sé que se encuentra decidido a obtener un solo para las nacionales ―hace una pausa―, este año más que nunca.

― ¿Por qué? ―el deseo de saber pica en su lengua.

―El año pasado tuvo un esguince días antes de la competencia, no le permitieron participar por miedo a que su estado empeorara ―confiesa, cerciorándose de que el aludido no estuviese cerca o sería asesinada por abrir la boca de más―. Había conseguido el solo y se le escapó de las manos por un pequeño descuido. Es por eso que siempre es exigente e impecable consigo mismo. Volvió con todo y yo sé que ganará, confío en sus capacidades.

Mikasa se conserva sopesando sus palabras por un amplio rato. No se imaginó que ese era el motivo camuflado de todo el excesivo esfuerzo realizado por su compañero en cada clase. Claro que no. Apenas conoce cosas sobre Levi Ackerman, únicamente, porque él las deja en evidencia ―como su gusto por la limpieza y cariño hacia los perros―. Ahora que sabe la verdad, elogia su convicción y el perfeccionismo que lo caracteriza, aún si su trato tosco le saca canas continuamente. Sin embargo, le resulta curioso que ninguna de sus amigas, en especial Isabel, le haya mencionado nada en absoluto acerca de ese suceso.

―Me cortará la cabeza si se entera de lo que estoy por decirte, pero guárdame un secretito más ―ríe y Mikasa confirma su silencio con un gesto de su cabeza―. A decir verdad, se lesionó por salvar a un pequeño gatito atrapado en la rama más alta de un árbol. Suponemos que algún adolescente con aire de graciosito lo dejó ahí como parte de su diversión ―ejecuta una mueca de disgusto ante el amargo recuerdo―. Por suerte, el minino sí salió bien parado de esa situación, a diferencia de Levi. Se enojó muchísimo cuando la molestia en su tobillo no le permitió bailar, pero yo sé que él hubiese elegido la misma opción de poder regresar el tiempo atrás.

―Vaya ―expresa sin saber qué decir con exactitud. Está algo enternecida por el relato―. Yo...Tranquila, no le diré que me has dicho.

― ¿Pinky promise? ―extiende su meñique y Mikasa no tiene más opción que seguirle el juego, entrelazando sus dedos―. ¡Eres tan tierna! Levi nunca quieren hacerlo conmigo, dice que es infantil y que yo estoy grande para esas cosas teniendo veinte años, bla, bla.

Sin ser consciente de sus acciones, Mikasa busca al mencionado entre la fila de gente que aguarda su turno en la barra. No es una tarea dificultosa, pues él se ubica primero, pidiendo la orden al barman acompañado de su típica aura de desdén que no genera buena cara en el hombre que lo atiende. Si lo analiza con detenimiento, sugiere ser una persona completamente distinta vestido de jeans negros y una camiseta de mangas tres cuartos que se abraza a su torso.

«Pero te parece guapo, ¿no?», la voz de Armin acapara su consciencia nuevamente. ¿Por qué se echa en cara justo ahora aquella interrogante? Recuerda que su mejor amigo le profirió esa pregunta hace dos meses luego de que ella le conversara sobre su primera clase de ballet, mencionando más de lo normal al compañero grosero con el cual le tocó bailar. Ladea la cabeza, examinándolo sin recato. No es un modelo estereotipado que mide casi dos metros y tiene la piel bronceada, sus ojos tampoco son grandes o expresivos, ni siquiera es poseedor de una sonrisa encantadora. Él es todo lo opuesto, no obstante, guapo a su manera. Lo tiene claro desde que se topó con él por primera vez y, debe añadir, que su voz grave también es cautivadora, incluso si solo la usa para repartir agravios.

Tal vez se ha delatado a sí misma con su estudio visual nada disimulado, ya que él voltea el rostro en búsqueda de su depredador. El corazón rebota incesante contra su pecho apenas el mercurio y zafiro se conectan a la distancia. No es correcto sentirse gustosa cada vez que sus cautelosas miradas chocan, mas no consigue frenar ese sentimiento ni siquiera exigiéndose fervientemente reprimir sus emociones. Levi no sustituye esa expresión impasible que lo define, pero sus pequeños ojos son los que delatan su verdadero interés, manteniéndose más tiempo de lo usual reposados en su figura.

No obstante, él sale de su ensoñación, al parecer recordando que su novia se ubica precisamente sentada a su lado. Dirige su vista directo a Hange antes de enviarla nuevamente a los perdidos que el barman le entrega. Ambos hombres regresan a la mesa, siendo cuidadodos en no volcar ninguna bebida durante el corto recorrido que los lleva a sus asientos. Erwin le entrega la cerveza en la mano y Mikasa le premia el favor con una media sonrisa.

―Ah, ¡qué lindo collar! ―pronuncia Hange, tocando cuidadosamente la cadenita que cae encima de sus senos. Aparentemente, esta mujer no conoce el espacio personal, tampoco el decoro―. ¿Quién te lo regaló?

―Mi madre ―responde serenada.

―Qué buen gusto tiene ―dice, mirando el dije dorado en forma de zapatillas de punta―. ¿Cómo se llama?

Mikasa no consigue comprender esa manía de querer escudriñar sobre su vida si apenas se relacionan por sus nombres, pero tampoco le importuna completamente. Hablar acerca de su madre no le resulta doloroso o incómodo, le gusta hasta cierto punto. De esa forma, se convence de que el recuerdo de ella se mantiene vivo, asegurándose de que nadie la olvide.

―Se llamaba Aiko.

― ¿Llamaba? ―inquiere, pasmada―. Oh, perdona, no lo sabía.

―Está bien, no me molesta ―la tranquiliza.

―Aiko es un nombre bonito ―le asegura Hange dulcemente, mientras continúa admirando el dije dorado como si se tratara del objeto más perfecto que haya visto jamás.

―Hange, mantén tu distancia ―interviene Levi con un gesto de desagrado―. La mocosa va a sentirse acosada si le sigues rozando las tetas con la mano.

Así es Levi: directo y conciso. Por un solo segundo, se ha olvidado de esa peculiaridad en su apática personalidad. No tiene pelos en la lengua para expresarse, lo tiene claro desde su distintivo y primer encuentro en el que sus cuerpos colisionaron.

― ¡Eso era! ―profiere, soltando delicadamente el collar que cae sobre su pecho―. Levi siempre dice que eres una mocosa, pero yo no veo nada de mocosa, si me permites el atrevimiento ―le da una barrida rápida con los ojos.

―Al principio era niñata ―comenta Mikasa, abriendo la lata de cerveza.

―La costumbre de insultar está en su sistema, nadie puede desactivarlo. Cuando nos conocimos hace un par de años, me llamó Everest cejón y a Hange miope de mierda. Original, ¿no? ―expone Erwin, la diversión es indiscutible en su voz―. No le hagas caso.

―Tiene un humor de perro rabioso ―añade Hange, mezclando el Speed con el champagne―. Pero es un gatito mimoso cuando se le antoja.

―Un gatito mimoso ―repite Mikasa, echándole un vistazo.

―Imbéciles.

Poco a poco, el ambiente se vuelve cómodo y ameno, amoldándose al gusto de Mikasa, quien olvida enteramente que apenas conoce a los mejores amigos de Levi. Considera irónica la sencilla manera de comunicarse y desenvolverse con ellos siendo tan poco expresiva. Su lengua se despliega en pasos tímidos hasta que logra platicar con soltura, como es habitual en sus reuniones con Armin. Duda seriamente que la cerveza tiene mucho que aportar en ese hecho.

Por encargo de Hange, a los pocos minutos, traen una tabla con cubitos de jamón y queso que sirve mayormente para jugar a embocarlos dentro de la boca de la castaña. Levi alude lo antigénico que resulta aquello, mas no puede negar que lo considera vagamente interesante si algún cubito golpea en el vidrio de sus lentes o su rostro.

―Eres terrible ―opina Mikasa, viendo con aburrimiento cómo Levi falla por quinta vez y el queso pica en el ojo de Hange, quien se ha decidido a sacarse los lentes. De todas formas, supone que fracasa apropósito.

―Cierra el hocico, mocosa.

―Oye, Mikasa, ¿tienes novio? ―interviene Erwin antes de que comiencen una guerra infinita de ofensas.

―No, no tengo ―la interrogante le resulta algo extraña viniendo de su parte, es la primera vez que se introduce en su vida personal, mas ignora el detalle.

―Era obvio ―habla Levi―. ¿Quién se aguantaría a una mocosa como tú?

―Ja ―sonríe irónica, robándole el vaso de champagne. Toma un trago largo, observando de reojo a Hange antes de bajar la bebida y dirigirse a ella―. Yo, la verdad, te compadezco. ¿Desde cuándo son pareja?

― ¿Quiénes?

―Levi y tú ―contesta como si fuese evidente.

Mikasa se desconcierta ante el mutismo sospechoso que los posee a los tres. No ha dicho nada malo o erróneo, ¿cierto? Ellos son novios, ¿verdad? Ninguno parece querer salir del letargo que se ha apoderado de sus rostros. Levi es el mayor afectado por sus palabras, el entrecejo se hace ver más estrecho de lo normal y los pequeños labios levemente separados le hacen saber que no se esperaba la pregunta tan de repente. Ya comienza a impacientarle el hecho de que el trío guarde tanto silencio.

Finalmente, Levi chasquea la lengua y alarga el brazo para robarle la lata de cerveza, bebiéndose el poco contenido que le queda de golpe.

― ¿Estás imbécil o el alcohol te hizo mal? ¿Crees que ese espécimen en peligro de extinción es mi novia? ―escupe como si la idea de estar enlazados de esa manera se asemeje al mayor pecado cometido por el humano.

― ¿Por qué imaginaste algo como eso? ―pregunta Erwin, divertido por la intranquilidad que invade a su mejor amigo.

―No lo sé ―se encoge de hombros―. Usualmente, Hange lo llama amor o cosas por el estilo. ¿Qué querías que pensara?

―Es un hábito ―le hace saber―. A mí me llama "cejas sexys" o "comandante de mi corazón". Lo sé, raro, pero así es ella.

―Oh.

No va a admitirlo en voz alta, ni siquiera a Armin ―tal vez él lo adivine mediante sus poderes psíquicos―, pero la noticia de que no los une un lazo romántico causa un efecto raro e inusual en ella. Se siente..., ¿aliviada? No, debe estar delirando, lo más probable es que ha sido a causa del alcohol.

―Creo que voy a vomitar ―Levi recuesta su espalda contra el sillón.

― ¡Qué malo! ―protesta Hange, pretendiendo estar indignada―. ¡Dame un besito, Levi! ―ríe, intentando acercar el rostro al suyo, recibiendo un manotón del muchacho que casi le tira los lentes.

Las risas no faltan mientras retoman la conversación entre bromas. De los tantos temas tocados esa noche, Mikasa se entera de que el grupo de hip hop al cual pertenecen Erwin y Hange, no participa en competencias ese año, por lo tanto, ambos echarán las porras si el grupo de ballet es seleccionado para las nacionales.

―Ven, Mikasa, ¡vamos a bailar! ―Hange la toma de la mano y la arrastra con ella sin permitirle ningún tipo de objeción.

Tal vez el ambiente lo amerita o el alcohol ya ha surgido el efecto esperado en su sistema, no sabe con precisión cuál de las dos opciones es la correcta, pero no lo especula demasiado y se deja llevar al bailar junto a Hange en medio de tantos desconocidos. Por momentos, la castaña juguetea, pegándola a su cuerpo de forma insinuante, toqueteándola de más intencionalmente. Ambas ríen al unísono cuando el mentón de Hange se apoya contra su hombro y los brazos envuelven su cintura, indicando el ritmo.

Mikasa admite estar divirtiéndose más de lo que esperaba en un principio. El cambio en su rutina ha sido considerablemente entretenido y no se arrepiente de aceptar la oferta insistente de la mujer que se mueve a sus espaldas.

― ¡Oye, oye! ¿Te cuento algo? ―grita por encima de la música para poder ser escuchada.

― ¿Qué?

―Mi instinto me dice que a cierto amargado le... ―detiene la oración, desenganchando los brazos de su cintura, separándose de ella como si el contacto quemara―. ¡Oh, Levi, Erwin! ¡Qué bien, sí vinieron! Por un segundo pensé que se la pasarían calentando el asiento, charlando y pretendiendo ser dos adultos maduros.

―No van a quedarse con toda la diversión ―se limita a contestar Erwin, dándole una vuelta a Hange y alejándola del par de azabaches.

―Cierra la boca, ni una palabra ―indica Levi, aproximándose a Mikasa para despojar su pálida mano.

―Aguafiestas ―profiere burlesca, entrelazando sus brazos alrededor del cuello de su compañero.

Levi desvía su camino, ajustando el agarre en su estrecha cintura. El toque es intenso, los dedos hundiéndose en la nívea piel descubierta pretenden asumir el control de la situación. Por esa noche, renuncian al prolijo y exigente ballet habitual; por esa noche, se desencajan de la cajita musical, ya no hay necesidad de una manivela.

―Por accidente vi la foto de tu documento, dejaste el teléfono en la mesa ―le informa el pelinegro, fragmentando el ambiente que los envuelve.

― ¿Cómo le quitas la funda a un móvil accidentalmente? Tarado ―le abofetea el pecho suavemente e intenta cambiar el tema a uno menos vergonzoso―. ¿Dónde está mi teléfono?

―Lo traigo en el bolsillo ―asegura, desinteresado―. ¿Usabas frenos? Sí que eres mocosa.

―Cállate o te...

Levi la silencia al arrimarla contra cuerpo para seguir bailando a una nula distancia que no es estrictamente necesaria, pero él no parece recapacitar en ese pormenor. Mikasa se ahorra las protestas, renunciando a sus improperios y dejándose guiar al ritmo que él marca. El roce de sus cuerpos se torna evidente con el correr de los segundos, la armonía de cada movimiento es hechizante, asimismo la divina coordinación entre ambos. Puede sentir el calor que él emana combinándose con su temperatura.

Con martirizadora lentitud, las manos que la sostienen se aflojan, descendiendo hacia sus caderas. Un escalofrío le recorre el cuerpo y se regaña a sí misma por ser tan vulnerable. Concluye que su toque ya es una tradición a esta altura si se consideran mutuamente como su pareja oficial de baile en clases; no obstante, ahí está, queriendo mantener al margen las sensaciones que el hombre frente a ella le incita con solo palpar los costados de su cadera.

― ¡Eh, tortolitos! ―grita Hange a unos metros―. ¡Aquí no!

Mikasa debe sentirse avergonzada y, en cambio, sonríe sutilmente. En definitiva, no tiene que seguir tomando si el alcohol daña con severidad su raciocinio y le hace pensar que la compañía de Levi es de lo más atrayente. Casi al instante, él deja de bailar y apresa su muñeca, tirando de ella para lograr que camine a su lado. Oh, ¿qué? ¡Le está haciendo caso al comentario de Hange! ¿Qué es lo que pretende? Acaso... Ah, solo la ha llevado de regreso a la mesa.

― ¿Por qué nos fuimos? ―inquiere, sentándose en su lugar. Aprovecha para armarse una colita alta debido a la temperatura abusiva.

―Había mucha gente amontonándose y ya tenía demasiado calor ―responde con simplicidad.

Mikasa necesita dejar de malinterpretar sus palabras, es tonto de su parte malpensar las situaciones, colocándolas en contextos completamente distintos. Sin embargo, no logra sacarse de la cabeza una imagen como esa. Tal vez su expresión ha delatado sus pensamientos indecorosos, ya que él no tarda en protestar.

―Tch, no es ese sentido ―suelta severo―. Quién en su sano juicio se excitaría por ti.

No comprende exactamente por qué, pero el comentario cala hondo en su pecho. Ella sabe de antemano que no necesita aferrarse ni darle importancia a la opinión de los demás si juzgan su apariencia. Seis años atrás, cuando apenas contaba con doce, sus compañeros la molestaban, huyendo despavoridos y gritando cada vez que ingresaba al salón. Se burlaban constantemente, etiquetándola como la niña de «El aro» gracias a la piel pálida y el cabello negro a la altura de la cintura. Los comentarios, en su tiempo, le afectaron por más que Armin insistiera en que era la chiquilla más bonita de la clase. Estos mismos incitaron su decisión de cortarse el pelo por encima de los hombros con ayuda de las tijeras de su madre. Más adelante, recapacitó en lo estúpido del actuar de esos niños, así que nunca jamás volvió a tocar su cabellera y dejó que creciera. Entonces, ¿por qué ahora mismo siente pena si se supone que es inmune a las críticas? ¿Por qué si no son nada? Se trata de Levi Ackerman haciendo sus típicos comentarios directos y sinceros. Es el alcohol que la ha vuelto sensible, sí, eso es.

Sin decir comentario, coge la lata de cerveza de la mesa y se levanta de su sitio, volviendo a adentrarse en la multitud de personas. Hasta hace un rato, ha admitido estar divirtiéndose, por lo tanto, el amargado no le va a arruinar absolutamente nada. No le cuesta mucho toparse con Hange y Erwin, quienes la integran apenas la divisan parada cerca de ellos. Alcanzan a escuchar un par de comentarios y chiflidos dirigidos al más alto que los hace sonreír a los tres por las ocurrencias que formulan. Erwin debe verse como una estrella bailando en la compañía de dos mujeres.

― ¿Y Levi?

―Ahogándose en mierda ―intenta sonar desinteresada, algo que no funciona del todo si recapacita en su adorable elección de palabras.

―Bueno, la cagó más rápido de lo que pensamos ―dice Hange con una mueca―. Diviértanse sin mí, ya vuelvo. Veré qué puedo hacer.

Mikasa se encoge de hombros, concentrándose en bailar con Erwin, quien la guía con facilidad debido a su monstruosa altura. Sus grandes manos la tienen apresada delicadamente de la cintura y no puede obviar que el toque no es nada parecido a la intensidad característica de Levi.

―Hasta hace unos minutos parecía que se divertían. ¿Qué dijo ahora? ―interroga y prosigue a darle una vuelta.

― ¿Además de hacerme saber de mi nulo atractivo y que no puedo levantar nada? Pues no mucho ―declara con amargura. Él entiende de inmediato a qué se refiere.

― ¿Puedo dar mi opinión como desconocido?

―Adelante.

―Bueno, como desconocido que no tiene segundas intenciones, te aseguro que eres muy atractiva ―dice con una agradable sonrisa.

―Gracias, desconocido sin segundas intenciones ―bromea llevándose un trago de cerveza a la boca.

―Levi se habrá puesto nervioso o algo por el estilo ―le resta importancia―. Gusta de insultar, es su pasatiempo favorito, pero no al punto de herir. ¿Entiendes?

―Entiendo ―asiente―. De todas formas, no me interesa.

Sin embargo, sabe que es una vil mentirosa al decir aquello. Y la sonrisa cómplice que Erwin le dedica la deja al tanto de que él también lo sabe. Se odia en ese sentido, es como un libro abierto en el estante de una biblioteca pública que todos logran leer fácilmente. Si hubiese sido cualquier otro hombre, ni siquiera habría tomado validez a la crítica. Pero ha sido Levi, el tonto de Levi que causa sentimientos desconocidos en su interior. Y ese detalle no pasa desapercibido para el muchacho que la sostiene.

―Se ha puesto osito gruñoncito ―expresa Hange al regresar e incluirse en el baile―. Creo que va a ahogar penas en alcohol.

― ¿No es el conductor designado? ―pregunta Mikasa.

―Lo es, pero no me hace caso ―suspira―. A este paso, va a embriagarse.

Mikasa rueda los ojos. ¡No puede ser que sea tan irresponsable! Las apariencias engañan, claramente. Se disculpa con ambos, entregándole la cerveza al rubio para regresar donde Levi.

― ¿Si sabrá que es tolerante al alcohol? ―consulta él, viéndola partir y esquivar a los hombres que intentan atrapar su mano en un barato coqueteo.

―Nop ―ríe Hange―, pero ha sido parte del plan.

Al llegar a la mesa, nota que el chico vierte en el vaso de vidrio el champagne que ha quedado en su botella. Cuando está a punto de llevarse el contenido a los labios, Mikasa se lo arrebata.

― ¿Qué diablos te sucede?

―No vas a emborracharte si tienes que conducir ―se limita a decir, dejándose caer a su lado y manteniendo una distancia prudente.

― ¿Tú me lo impides? ―frunce el ceño―. No me hagas reír.

―Hablo en serio ―aleja el vaso apenas él intenta quitárselo.

―Cállate y fuera.

―Qué pena, no quiero ―comienza a beber bajo la atenta mirada de Levi.

―Estás mocosa, vas a ponerte ebria ―vuelve a apoderarse de la bebida y alarga el brazo para que ella no logre alcanzarlo.

―Dame eso.

Se avienta contra él, olvidándose totalmente de guardar la distancia establecida en un principio. Por el impulso, tastabilla y ya es muy tarde para echarse hacia atrás una vez que pende sobre él y se localiza casi subida en su regazo. No quiere hacerlo, se supone que debe permanecer ofendida por la lengua ácida del chico bajo su cuerpo, mas pierde cualquier rastro de enojo cuando sus miradas se vinculan.

―Lo otro... ―murmura Levi, descendiendo la vista―, no lo dije en serio.

«¿Te han dicho que tus labios se ven realmente apetecibles con ese labial?», la oración pronunciada por Sasha en la pijamada, justo antes de lanzarse a besarla, navega en el mar de su memoria. Mikasa duda sobre si Levi opina exactamente lo mismo ahora que tiene la mira puesta en sus labios matizados de bordó. ¿Acaso...? Un momento, ¿acaba de retractarse de sus palabras? ¿Él, que nunca se disculpa o se arrepiente de sus improperios? Vaya, eso es nuevo.

―Erwin dijo que ese es un efecto de cuando te pones nervioso ―murmura ella aun sin proponerse a salir de encima―. Dime, ¿te pongo nervioso?

¡Por Dios, qué está haciendo! Nunca más vuelve a beber si su lengua se afloja a tal punto de curiosear en cosas tan embarazosas, sabiendo que él, exclusivamente, va a mofarse de ella. O eso es lo que cree porque las respuestas no alcanzan sus oídos. Guarda silencio, contemplando con minuciosidad al chico. ¿Él quiere...? No. ¿Qué tonterías imagina? ¿Besarla? Definitivamente, el delirio se ha apoderado de su ser, probablemente son los efectos secundarios de andar pegada a Hange. Recapacita sobre sus acciones, atrayendo con todas sus fuerzas al último granito de raciocinio, retrocediendo y sentándose donde corresponde, no sin antes aprovechar su distracción para arrebatarle el vaso de alcohol.

―Al parecer, sí. Qué tierno.

―Vete al diablo ―Levi se repone, saliendo de su ensimismamiento―. Soy tolerable al alcohol. Cualquier cosa que te haya dicho Hange para que vinieras fue mentira.

―Sí, sí ―le resta importancia con un gesto apático de su mano―, suerte si la policía te detiene y te hacen un control de alcoholemia, idiota.

Aún si siente resentimiento por su estúpida actitud arrebatada, no posee intenciones de marcharse de su lado. Apoya su mandíbula contra la palma de su mano y se entretiene vislumbrando la peculiar manera que utiliza para tomar el vaso, es poco ortodoxa y no entiende cómo logra beber con éxito sin derramar su contenido en el proceso. Pretende obtener provecho de la situación, disparando un comentario para mofarse; sin embargo, calla cuando un objeto en su dedo anular convoca su entera atención. Es el anillo de picos que desgarró sus medias de cancán el día anterior. Contrasta demasiado en la apariencia prolija de su dueño y eso es curioso, Levi no parece tener pinta de punk o dark. Indudablemente, el interés punza en su voz al formular la pregunta que escapa inconsciente de su garganta.

― ¿De dónde sacaste ese anillo?

― ¿Esto se trata de un interrogatorio, acaso? ―inquiere, alzando una de sus cejas―. Ya veo que lo heredaste de tu padre.

―Muy gracioso ―rueda los ojos, obviando que acaba de tirarle una indirecta por la sarta de preguntas que Elias profirió fuera de su hogar―. ¿Vas a responderme o seguirás haciéndote el misterioso?

―Mocosa ―chasquea la lengua―. Me lo obsequió mi madre al cumplir los dieciséis. Y si te lo preguntas, sí, tenía ese estilo hace cuatro años.

― ¿Es la mujer que aparece en tu foto de Instagram? ―cuestiona, sin darse cuenta de que se ha mandado al frente sola―. Es muy bonita.

―Vaya, al parecer tengo una stalker ―ladea ligeramente la cabeza y Mikasa bufa, linchándolo con la mirada―. Sí, es ella.

― ¿Por qué sigues usándolo si no va con tu estilo? ―pregunta para sonsacarle algo de información. Claro, si ella estuviera en su lugar, también lo conservaría, pero quiere fisgonear y saber cuál es su razón―. ¿Lo llevas para rasgar los cancanes de tus compañeras?

Levi la incrusta severamente antes de contestar. Cierto, él es devoto a sopesar mucho sus respuestas, ahora más que nunca sabiendo que se le ha pasado la lengua por apresurado hace unos minutos. Sus largos dedos repiquetean contra la superficie de la mesa y sus ojos azules la analizan con nimiedad, como si supiera cada uno de sus pensamientos.

―Lo considero como un amuleto de la suerte ―habla finalmente―. Si no lo uso, algo sale mal. Así de simple.

―Vaya, no pensé que creyeras en esas cosas.

―No lo hago ―se detiene al percatarse de lo contradictorio que suena―. Es solo que...

Se le hace una tarea dificultosa continuar con la oración, pero Mikasa sabe perfectamente a qué se refiere con todo eso.

―No te compliques, entiendo lo que quieres decir ―lo tranquiliza.

Inconscientemente, la vista de Levi baja hacia la cadenita dorada que rodea su cuello. Se hipnotiza en aquel punto, observando el dije por un extenso rato hasta que Mikasa se remueve con inquietud en su lugar, cortando de golpe el hechizo. Le causa nervios tener la penetrante mirada del azabache puesta justamente en su delantera.

―Ya han hecho las paces, ¿eh? ―Hange aparece diez minutos después en los que se mantuvieron en silencio, robándose miraditas tontas―. Perdón por mentirte, Mikasa.

―No hay problema ―le resta importancia.

―Bien, ¿nos vamos? Es tarde y el pobre Erwin está quebrado ―comenta, echando un vistazo al susodicho tambaleándose entre la multitud con una botella de alcohol en su mano.

―Me sorprende que no hayas sido tú la irresponsable ―alude Levi, observando con desaprobación a su mejor amigo.

― ¡A mí también! Everest me ha robado el papel ―exclama Hange, mostrándose indignada con una mano en su pecho―. Mikasa, ¿me ayudas?

―Claro.

Ambas mujeres marchan en busca del hombre que las abraza con cariño apenas las ve llegar. Como pueden, se sueltan del apretujado estrujón y se aferran a sus fuertes brazos para ayudarlo a caminar. Lo guían cuidadosamente, esquivando a las personas que se interponen en su camino hasta la salida del lugar. Agradece que hayan conseguido estacionamiento a una cuadra porque Erwin no es precisamente liviano y, para colmo, Levi camina desinteresado a unos cuantos metros más adelante, con las manos dentro de sus bolsillos, dejando en evidencia que no le interesa en lo más mínimo ayudar.

―Mi comandante, eres el mayor aquí, me decepcionas ―juguetea Hange.

―Lo siento ―pide disculpas y aparta la mirada hacia su otro costado como si hubiese sido regañado―. Hola, Mikasa.

―Hola ―responde ella, siguiéndole el juego al saber que no es muy consciente de lo que dice.

― ¿Te puedo hacer una pregunta? ―inquiere y ambas mujeres sonríen. Se hace notar tan adorable actuando como un niño pequeño, algo contradictorio si consideran que las sobrepasa por veinte centímetros.

―Sí, dime.

― ¿A ti te gus...? ―no logra formular su interrogante, ya que Hange le tapa la boca con la palma libre.

―Erwincito, ¿qué te he dicho de preguntarle a las chicas sobre qué prefieren utilizar durante el periodo? ―habla entre dientes, sonriendo forzadamente.

― ¿Qué?

Por suerte, ya han alcanzado al auto y no es necesario continuar con aquella anormal plática. Mikasa se encuentra ligeramente estupefacta. ¿En verdad Erwin deseaba averiguar acerca de eso? Qué raro.

Levi, al parecer, se compadece de ellas y abre la puerta de atrás para arrojar al ebrio dentro. Hange ingresa después, en caso de que deba auxiliar a Erwin por si su estómago se revuelve en el camino, así que Mikasa no tiene más remedio que ir de copiloto.

―Erwin, si vomitas en mi auto, juro que quemaré cada pelo de tus malditas cejas ―advierte Levi mientras se coloca el cinturón de seguridad. Justo al terminar de pronunciar «cejas», a sus oídos llega el sonido repugnante de arcadas. Se voltea repentinamente, alarmado por la pulcritud de su auto y preparado para sacar el encendedor de su bolsillo. No obstante, detiene sus asesinos planes y, en cambio, se muerde el labio inferior para contener su ira―. Hazte coger, miope de mierda.

―Debiste... ¡Debiste ver tu cara! ―carcajea Hange, sosteniendo su abdomen que comienza a doler. Incluso se le han caído un par de lágrimas.

Mikasa niega con la cabeza, reteniendo una pequeña sonrisita. Esa mujer no tiene un límite para joder a Levi y eso le agrada en cierta forma. La risa escandalosa de la castaña, por fin, baja su intensidad cuando el auto avanza unas cuantas cuadras.

Las calles del centro se divisan vacías, algo que es totalmente normal a las cuatro de la mañana. ¿Tantas horas transcurrieron dentro del club? Para Mikasa, pasaron volando. Sin embargo, no ha notado lo cansado de su cuerpo hasta que se hunde en el cómodo asiento y cabecea durante el recorrido. No le apetece quedarse dormida, así que intenta distraerse con pequeñeces que percibe a su alrededor, como lo limpio del vehículo que no contiene ni una pizca de polvo y huele a limón. Le gusta.

En siete minutos, el auto se detiene justo al pie del puente perteneciente a una inmensa casa que se asemeja mucho a la de Armin. Hange baja de un salto y ayuda a Erwin para que entre correctamente a su hogar, sin causar un alboroto innecesario que despierte a los integrantes de su familia.

Ninguno pronuncia palabra alguna en esos diez minutos ―la tardanza es altamente sospechosa― que la mujer demora en dejar a Erwin sobre su cama y cerrar la puerta del hogar, pasando las llaves de su amigo por debajo de la madera. De seguro, su madre encontrará las llaves tiradas en el piso del recibidor temprano por la mañana.

―Levi, ¿ponemos música? ―sugiere Hange cuando el auto vuelve a tomar marcha. Su enérgico rostro se asoma entre los dos asientos y una sonrisa de oreja a oreja lo adorna.

―No, ya tuviste suficiente. Además, vives a dos cuadras, no molestes ―se queja―. Llegamos, bájate.

―Me divertí mucho hoy, sal con nosotros más seguido, Mikasa ―la saluda dulcemente. Aprovecha la oportunidad y estampa también un estruendoso beso sobre la mejilla derecha de Levi que él no logra evitar.

―Vete o te mato ―amenaza mientras se limpia la zona tocada.

― ¡Adiós!

Finalmente, el recorrido más largo es al hogar de Mikasa. Durante todo el viaje, una duda nada en su cabeza como pececito sin rumbo. Sus sospechas aumentan con creces a medida que el tiempo pasa y el auto recorre las calles de su vecindario. Mira de soslayo al causante de sus inquietudes, reparando en lo bien que se nota desde su posición. La mano izquierda envuelve el volante mientras la derecha reposa desinteresadamente en su regazo, los ojos puestos en la carretera. Refunfuña al descubrirse mirando los músculos de su antebrazo descubierto. ¿Cómo logra verse lindo incluso realizando una acción tan sencilla? Estúpido Ackerman.

Apenas el auto se estaciona en la orilla, Mikasa se quita el cinturón y voltea su cuerpo para buscar la campera entre los asientos traseros, pues dentro del bolsillo se encuentran sus llaves.

―Entonces, nos vemos el lunes ―murmura.

―Claro..

Desconoce qué razón la deja paralizada en el asiento. Tal vez, necesita saciar sus cuestionamientos o no se sentirá satisfecha. La duda la hostiga constantemente desde que se cruzaron en el parque aquel día y él la acompañó hasta su hogar con la excusa de vivir cerca del barrio.

―Levi, ¿vives lejos? ―averigua, tomando el valor necesario.

―En el mismo vecindario que ese par de idiota ―responde tranquilo―. ¿A viene la pregunta?

―No es nada, olvídalo ―controla el cosquilleo en su estómago y se decide a abrir la puerta del copiloto para no dejarse en evidencia―. Adiós.

Mikasa no ingresa hasta que el auto de Levi desaparece de su campo de visión, doblando en la esquina. Una vez dentro de su hogar, se asegura de cerrar con llave y pasador, procediendo a subir las escaleras silenciosamente, maniobrando para no caerse gracias a la oscuridad del lugar que no le ayuda en lo más mínimo a orientarse. Después de casi tropezarse en el pasillo, llega a su habitación algo desordenada por todo el lío de ropa y sábanas revueltas.

Inclinándose hacia adelante, se despoja de los botines y los arroja a algún rincón del cuarto. Lanza perezosamente su cuerpo contra el colchón que la hace rebotar por unos insignificantes segundos. No va a tomarse el trabajo de quitar el maquillaje, aun sabiendo que despertará convertida en mapache debido al delineador negro.

Su cabeza reposa sobre la suave almohada y sonríe ante lo cómodo y refrescante que le resulta. Claro que excusa su sonrisa con ese hecho, mas tiene claro que su alegría momentánea se debe a la confirmación de sus sospechas. Levi la ha acompañado aquella vez para asegurarse de que no le suceda nada. Gestos como esos son difíciles de ignorar, más viniendo del antipático Ackerman.
«Tiene un humor de perro rabioso, pero es un gatito mimoso cuando se le antoja». ¿Será esa su faceta más adorable o todavía hay más por descubrir? No está cien por ciento segura y tampoco le molestaría en lo más mínimo curiosear al respecto.

El silencio, la paz y la tranquilidad invaden la mediana habitación de la bailarina. Eso es inusual, le parece extraño que su celular no haya tintineado ni una sola vez durante todo el recorrido, sabiendo que sus amigas siempre están despiertas hasta las cinco de la mañana los fines de semana. De por sí, hace horas que no oye nada por el estilo.

Un segundo... El teléfono, mesa, bolsillo, Levi. Se incorpora sobresaltada. ¡El gatito mimoso se ha dejado su celular! El celular sin contraseña, el celular que esconde fotos suyas comprometedoras en la galería. Vamos, no le avergüenza admitir que gusta de sacarle fotos a su cuerpo, pero ahora se arrepiente horriblemente de no borrarlas.

―No puede ser, no puede ser, no puede ser ―rueda de un lado a otro y contiene un chillido en la almohada para no despertar a su padre.

Ni siquiera dispone de una computadora con la cual ingresar a su Instagram y enviarle un mensaje. Por consecuencia, únicamente le queda tener la esperanza de que su compañero no sea un fisgón interesado en revisar cada esquina del aparato. Él va a respetar su privacidad y le proporcionará el teléfono al mediodía, eso es lo normal, ¿no? Como tiene claro, su conocimiento sobre Levi es escaso, pero puede asegurar que él no es esa clase de persona, ¿o sí?


Ya es pasado el mediodía y no hay rastro alguno de Levi por la zona. Suspira, agotada de estar sentada en el cordón de la vereda por más de cuarenta minutos. Tal vez, lo mejor es rendirse e ingresar a su hogar para hacerle compañía a Elias, quien se localiza en el patio, asando un poco de carne bajo la atenta mirada de un Charlie que babea. Seguramente, su padre debe de estar preguntándose si le ha dado por hacer fotosíntesis en la calle.

Se levanta y limpia su trasero, sacudiendo con sus palmas el polvo adherido al short. Mañana se verán en la academia y podrá conseguir su teléfono, tan solo confía en que Levi no falte o le cortará la cabeza de ser así. No obstante, ni siquiera ha dado un paso cuando sus aires de Reina Roja desaparecen. Un auto se aparca cuidadosamente a un par de metros. Nunca se ha aliviado tanto de advertir la mirada petulante del hombre que se hace notar bajando la ventanilla de su puerta y no se molesta en salir del vehículo.

―Ackerman conservará su cabeza, al parecer ―susurra bajito mientras se acerca.

―Se un poco más responsable ―Levi le pica con sus palabras, entregándole el teléfono trizado en las manos.

―Gracias... ―suspira, ignorando a fuerzas sus palabras―. No lo... revisaste, ¿cierto?

― ¿Acaso tienes algo que esconder? ―inquiere, alzando una de sus malditas cejas. ¿Que trata de insinuar? Los nervios carcomen su consciencia e intenta no demostrarlo por fuera, algo que no funciona en lo más mínimo―. No te alteres, mocosa, no hice nada.

―Bien ―desvía la mirada, aún sospechando―. Mm, bueno... Adiós, Ackerman.

Levi le da un recorrido visual antes de cerrar la ventanilla y alejarse en su auto. Mikasa no pierde tiempo y corre hacia su hogar a todo lo que sus piernas dan, lanzándose como jabalina sobre el sofá de la sala.

La batería se divisa llena. Se lo ha cargado, qué considerado, pero eso no lo convierte automáticamente en un inocente. Sin más preámbulos, selecciona la opción en la esquina inferior derecha para verificar la actividad reciente. El miedo de encontrar la galería sigue latente, mas se esfuma con el viento cuando nota que lo único abierto es la aplicación de los contactos. No recuerda haberse metido ahí el día anterior.

―Pero qué...

El primer nombre que aparece en la pantalla es: Ackerman Levi.

―Así que no hiciste nada, ¿eh? ―hace una mueca con su boca, admirando atentamente el número de teléfono de su compañero de danza. El muy egocéntrico se ha agendado con el apellido para mostrarse en lo alto de la lista―.Tonto.


Uf, por fin logré terminar este capítulo que me ha sacado canas, les juro. Aún tengo que seguir editando porque el final lo escribí rapidísimo con el celular, así que mil disculpas si contiene algún error.

Tenía pensado actualizar ayer, pero no me dio el tiempo porque estoy pegada a la silla desde la mañana hasta la noche. Tengo hasta el 1 de julio para entregar todos los trabajos del colegio y estoy echando nitro porque son como treinta jajaja (me rio para no llorar). Por eso, amiguitos, hagan la tarea. Me desean suerte porque tengo solo hoy y mañana :')

Ya no los aburro más. Espero que el capítulo les haya gustado. Es el más largo que he escrito hasta ahora en esta historia, llega a las 11.000 palabras.
Creo que actualizaré una vez a la semana ahora que las tareas me tienen ocupada. Después de eso, soy toda de ustedes (? y me comprometo a actualizar más seguido.

Sin más, nos leemos. Les mando un abrazo virtual.