Capítulo seis: dulces sueños.
El entorno en la heladería Monzen, generalmente, es considerado tranquilo y gratificante para la mayoría de los clientes que asisten con frecuencia al local. En la actualidad, esa imagen se consume en cenizas cada vez que cierto dúo de chicas expresa libremente sus pensamientos en voz alta, como si un megáfono estuviese atorado en sus gargantas y multiplicara por diez el volumen de sus cantarinas voces. En resumen, se asemejan a dos loros chillones que, al principio, son soportables, pero sacan de sus casillas a cualquier persona cuando comienzan a repetir incesantes frases sin ser capaces de detener su cotorreo ni para tomar un respiro.
―Estoy segurísima de que ambas conseguirán un solo, denlo por hecho ―Sasha eleva su copa de helado media vacía, exclamando en un tono vivaz su brindis improvisado―. ¡Por Petra y Mikasa!
― ¡Rueguen para que mañana no les baje la regla o será un verdadero desastre! ¡Amén! ―añade Isabel, aguantándose la risotada que no consigue quedarse estancada en su garganta y resuena por el local. Los individuos cercanos a su mesa no le quitan la vista de encima y un gesto de desagrado en sus rostros da a entender lo desubicado que les cae el comentario―. Fuera de bromas, ¡buena suerte, chicas!
―Gracias ―responden al unísono las abochornadas felicitadas, extendiendo sus brazos para chocar las cuatro copas y acabar con las dedicatorias rápidamente antes de que todo se torne más raro o escandaloso de lo habitual.
―Démoslo todo en esa audición, Mikasa ―el agarre suave de Petra alcanza a su mano y los ojos de Mikasa se topan con una genuina mirada de dulzura―. Espero que ambas quedemos. Lo digo en serio.
Petra Ral es una de sus contrincantes para las audiciones que toman lugar al día siguiente. No lo ve como algo malo, claro que no, menos con su amiga más cercana. Lo confirma el ecuánime hecho de que se han ayudado mutuamente durante el mes y medio aprovechado al máximo para ensayar y crear una coreografía capaz de impresionar a los jueces, brindando sus conocimientos si alguna falla en algún paso que a la otra se le facilita. Es inexistente cualquier clase de rencor entre ambas, Mikasa también posee la esperanza de que Petra ingrese en las nacionales con un solo en su poder. Sin embargo, ninguna de las dos ignora que más personas batallarán con determinación por el mismo objetivo, dando todo de sí mismos para ganarles el lugar. Por lo menos, la mitad de la clase se encuentra inscripta, incluido Levi Ackerman. Aunque este último también la ha auxiliado a base de regaños durante los ensayos, es amable y considerado solo con ella a su peculiar e intensa manera.
―Yo también lo espero ―corresponde la azabache, entrelazando los dedos con los de su amiga y suavizando su expresión.
Es sábado, siete de septiembre, también denominado como el día más aclamado y esperado por los bailarines de ballet de la academia Sina. No obstante, ni siquiera ese detalle es apto para obligar a que Mikasa despierte temprano. El fin de semana es calificado estrictamente como algo sagrado y usado con el propósito de dormir hasta tarde. No hay ser existente en el universo que la haga cambiar de parecer. Además, no hay por qué atiborrarse de ansias, ya que las audiciones acaparan espacio por la tarde y apenas son las once de la mañana.
―You like my hair? Gee, thanks, just bought it ―canturrea mientras echa la ropa oscura del canasto en el lavador. La canción de Ariana Grande se la ha pegado como calcomanía en su mente gracias a Isabel y no logra sacársela de la cabeza ni a patadas. Es como una clase de maldición que la persigue a cada segundo del día.
Mikasa apuesta el escaso dinero de su alcancía a que sus compañeros han de estar mordiéndose las uñas en ese preciso instante, practicando cada paso perteneciente a sus coreografías hasta cansarse. En cambio, ella lo digiere con suma calma, llevando a cabo la limpieza del hogar con música a todo lo que el teléfono da como método de sosiego. ¿Que si se siente nerviosa? Por supuesto que sí, no se consideraría humana de lo contrario. Cada persona dentro del estudio "E" es talentosa e increíble, la chance de quedar seleccionada entre tantos es demasiado estrecha, pero también sabe el desperdicio que implica exasperarse en su situación. No necesita darle mucha cuerda al asunto, entre menos lo piense, mejor.
Mientras batalla fervientemente con la tierra adherida a las baldosas del piso correspondiente al patio, un adormilado Charlie despierta de su sueño incontable del día. Se sacude en su lugar, liberando un par de pelos en el proceso, y gruñe para llamar la atención de Mikasa, quien abandona la escoba apenas las protestas de su mascota resuenan en sus oídos.
―Por fin te dignas a abrir los ojos, holgazán ―expresa, acercándose con el plan de obsequiarle una buena dosis de mimos―. ¿Estabas cómodo?
Seguro que sí. Después de todo, el can posee una mediana cucha esponjosa que él probablemente distingue como algo cercano a un paraíso de siestas.
Mikasa se sienta en el suelo, permitiendo que Charlie se suba sobre su regazo, sin importarle lo pesado que es o que ni siquiera cabe en sus piernas debido a su gran tamaño. Cierra sus ojos justo a tiempo, ya que la lengua del animal deja un recorrido de babas en su párpado y frente. Prosigue a recostarse contra ella como un bebé en busca de cariño, apoyando la cabecita sobre el hueco de su cuello. Mikasa sospecha severamente que su vida puede sucumbir de ternura con desmedida facilidad mientras lo acuna entre sus brazos.
―Ya, ya, estás pesado, gordinflón ―profiere después de largos minutos.
Toma el hocico entre sus manos y lo sacude ligeramente de un lado a otro antes de depositar un beso en su frente. Aquello da marcha a una extensa sesión de juegos, la cual consiste simplemente en apresar su boca, agarrar sus orejas o cola para que él se moleste e intente liberarse. Sus gruñidos e intenciones por morderla amigablemente le roban una risa a Mikasa.
La escena la transporta a diez años en el pasado, cuando Charlie apenas era un cachorrito famélico que desconfiaba de sus intenciones. Si bien, lo había traído al hogar a base de caramelos, alimentándolo de las golosinas compradas con el vuelto de su madre, no podía usar la misma estrategia una vez refugiado en su hogar. Al can no le apetecía correr a buscar la pelotita de hule o el frisbee, ni siquiera las ramitas secas que arrancaba del árbol del vecino, se hallaba demasiado asustado como para responder a la orden. Y Mikasa, como una digna chiquilla de ocho años, se indignaba ante el rechazo que su nueva mascota desempeñaba. Hasta que, una tarde de verano, descubrió que a Charlie le gustaba entretenerse con su propia cola o las orejas que colgaban graciosamente a sus costados, intentando alcanzarlas y enojándose consigo mismo al no obtener resultados positivos.
Aterriza en la realidad de repente, como si alguien hubiese arrojado una piedra en el lago de sus pensamientos, distorsionando las imágenes que su mente recrea. La piedra se convierte en la ruidosa alarma de su celular, la cual le avisa que ya es hora de ir preparándose para marcharse a la academia. Las audiciones comienzan a las dos de la tarde y la pantalla del móvil indica que ya es mediodía, no le queda mucho tiempo. Le da una suave palmadita a Charlie en el lomo y él se aparta de su regazo, permitiéndole a su dueña colocarse de pie.
―Deséame suerte ―alcanza a decir antes de que él se recueste nuevamente en su colchón celeste con estampados de huesos. Niega con la cabeza ante la imagen. Sin dudas, asegura que el pasatiempo favorito de su perro es dormir luego de robar carne. Aunque, últimamente, su apetito ha reducido considerablemente y ya no se emociona si tiene un plato de comida frente a su nariz.
Mikasa rompe el récord dándose una ducha, también en la manera vertiginosa que usa para envolver su cuerpo en ropa cómoda. En menos de un parpadeo, ya se encuentra acomodando la vestimenta de ballet dentro de la mochila negra junto con las zapatillas de lona. Antes de salir, da un listado mental, asegurándose de no estar olvidando nada importante:
¿Inscripción para la audición? Listo.
¿Dinero en la tarjeta del autobús? Listo.
¿La canción elegida para su coreografía ya fue mandada a la profesora Nanaba? Listo.
Cabe recalcar que, con esto último, se ha tomado la tarea de torturar y hastiar hasta la médula al pobre Armin por horas para que la ayude a seleccionar la canción adecuada entre tantas opciones. Por suerte, él está bautizado como la persona más paciente del universo; Mikasa sospecha a este punto que es una especie de buda o su fiel ángel de la guarda que la auxilia en cada momento sin rechistar.
Cuando se ubica dentro del autobús, recibiendo codazos de los pasajeros que rellenan cada vez más el medio de transporte, es casi la una y media de la tarde. Seguramente, su padre ha de estar llegando a su hogar después de una agotadora mañana repleta de trabajo. En sus planes se hallaba esperarlo, ya que deseaba charlar con él antes de la audición, pero no hubiese llegado a horario si se quedaba.
Por fortuna, no existe contratiempo alguno durante el recorrido y asciende hacia su destino con diez minutos de anticipación. Es la primera vez que distingue la academia Sina tan desierta, aunque no le sorprende si reflexiona en que es sábado y, únicamente, los alumnos que ejercen ballet asisten ese día para las audiciones solistas. Al entrar, saluda a Hannah como ya es habitual, pasando directo a los baños generales a mudarse de ropa. Desliza las medias de cancán ―que Levi compró― por sus torneadas piernas blancas y cubre su torso con el body negro de mangas largas que adquirió recientemente.
Frente al espejo, ata su cabello largo en un rodete apretado que deja divisar cada facción de su delicado rostro. Sin poder evitarlo, mantiene la vista en su reflejo y libera una risa seca al advertir que parece una copia exacta de su madre durante su etapa de juventud. Elias guarda una caja llena de fotografías sobre Aiko, entre ellas varias de cuando practicaba ballet. Mikasa se pregunta si su padre ve la viva imagen de su esposa en ella; debe ser doloroso recordarla cada vez que se miran a la cara.
― ¡Zofia, casi me caigo en medio de la audición! ―la voz chillona resuena de sopetón en el sanitario, atrayendo su atención. Dos niñas, una morena y otra rubia, entran efusivamente al lugar, empujando la ligera puerta―. Es obvio que no conseguiré ese solo, no seas tonta.
―Eres demasiado dura contigo, Gaby ―responde una muchacha. Mikasa no tarda mucho en reconocerla como la chica que pidió ayuda a la profesora Nanaba durante una clase cuando una niña se lesionó y no tenían quién supervisara a los bailarines de su división ―. Conseguirás ese solo y yo podré decir «te lo dije». Sabes que me gusta hacerlo.
―Si serás... ―corta la oración de súbito al percatarse de la silueta de una bonita mujer apoyada contra el lavabo―. Oh, lo siento, no sabíamos que estabas aquí.
Ambas adolescentes se distinguen avergonzadas por haber estado hablando tan alto en presencia de un mayor, Mikasa lo deduce fácilmente gracias al indiscutible sonrojo que se apropia de sus rostros y la evasión nada disimulada de sus miradas.
―Tu amiga tiene razón ―comenta sosegadamente, su tono de voz dócil les transmite calma a las chicas frente a ella, quienes la detallan con sumo interés en sus palabras―. No te quedes con todo lo malo, hay más pros que contras, ¿no? ―averigua y Gaby asiente con la cabeza, tímida―. Deposita tu confianza en eso, entonces. No te atormentes y aguarda hasta saber los resultados, puede que te sorprendan al final.
―Lo intentaré ―le brinda una media sonrisa de agradecimiento. Normalmente, aquellas deben ser las últimas palabras proferidas, pero, al parecer, la adolescente no tiene la intención de moverse de su lugar; en cambio, cierra enérgicamente sus ojos para tomar valor y continuar hablando―. ¿Cómo...? ¿Cómo te llamas?
―Mikasa ―contesta mientras guarda la ropa desocupada dentro de la mochila de Linkin Park―. Gaby y Zofia, ¿cierto?
― ¡Sí! ―ambas asienten al unísono―. ¿Vas a audicionar por un solo? Oh, bueno, obviamente sí. De lo contario no estarías aquí, ¿no? Aunque podrías estar esperando a algún compañero, ¿no? ¡Ah! Ignórame, de ser así, no ocuparías esa ropa ―balbucea para sí misma, nerviosa―. Maldición, que tonta me veo...
―Adiós, dignidad de Gaby ―ríe Zofia, dándole un certero codazo en las costillas.
―Tranquila ―Mikasa hace un ademán con su mano―. Voy de camino al estudio E. Supongo que en cualquier instante comenzarán a evaluar, así que debo irme.
―Claro ―Gaby tira del brazo de su compañera para lograr que se aparten de la puerta―. ¡Suerte!
Asiente como forma de gratitud por sus palabras, saliendo del baño con la mochila colgada al hombro. Pronto se localiza recorriendo el pasillo que da directo a su destino, alcanzando a divisar a lo lejos a varios de sus compañeros. Da una repasada veloz, contándolos de dos en dos, percatándose de que se trata de casi la mitad del grupo. Entre todas las personas reunidas fuera del estudio que aguardan su turno para ser llamados, halla a Petra mordiéndose las uñas y arrancándose con los dientes la piel de sus dedos.
―Eso podría considerarse canibalismo ―expresa Mikasa, posicionándose a su lado y chocando amistosamente su hombro con el suyo para alivianar el ambiente, mas solo provoca que la joven de baja estatura se sobresalte en su lugar―. Tranquila, lo harás bien ―al no obtener respuesta, apresa la mano de Petra entre la suya, apartándola de su boca porque ya ha comenzado a sacarse sangre―. Basta, te estás lastimando.
―Lo siento, el pánico se ha apoderado completamente de mí ser ―murmura con claro exagero, su vista ida en algún punto imaginario.
―Cuando dudo de mis capacidades, recuerdo las palabras que Armin me dijo hace un tiempo ―recita, atrapando la curiosidad de su amiga que la observa expectante, igual que Gaby y Zofia minutos atrás―. Irás a ese lugar para expresar cuánto amas la danza, no para impresionar a nadie ―hace una pausa, notando lo contradictorio que suena aquella frase ahora mismo―. Es decir, es elemental tener que impresionar a los jueces, pero olvídate de eso, ¿sí? Relájate y disfruta de hacer lo que tanto te gusta.
―Petra Ral ―la puerta del estudio se abre, dejando ver a la profesora Nanaba de pie bajo el marco con una libreta y bolígrafo en sus manos―. ¿Estás lista? Eres la primera.
― ¡Voy! ―afirma. Sin embargo, antes de marcharse, voltea a ver a su consejera―. Gracias, Mikasa. Te debo una.
―Ve ―la alienta, viendo cómo trota al interior del estudio y toma una larga inspiración que ayuda a apaciguar los nervios que habitan en su interior. Justo después, la puerta vuelve a cerrarse con un ruido sordo.
―Muy conmovedor para una persona que nunca ha hecho una prueba, mocosa Ackerman ―la ronca voz de Levi toma lugar―. Me sorprende que todavía no te hayas cagado encima.
«Él y su lenguaje de mierda, literalmente», piensa Mikasa, observando de soslayo al chico apoyado a su lado contra la pared. Lleva pantalones negros hasta la rodilla, una camiseta que se adhiere a su torso y zapatillas de lona en el mismo color; indudablemente, le gusta combinar su vestimenta.
―Gracias ―responde, recibiendo el alago en juego―. ¿También estás nervioso? Puedo ayudarte con palabras de aliento si gustas.
― ¿No crees que debería ser al revés? ―alza una ceja, picándola―. Aunque te advierto que no soy muy bueno aconsejando.
Mikasa niega con la cabeza, ignorando el comentario e intentando reprimir un bufido ante su libre narcisismo. Es innegable que él resultará ser una de las personas que consiga un solo en las nacionales si el nivel de la academia es suficiente para participar; después de todo, tiene ganado el título de «mejor de la clase» gracias a su perfeccionismo y dedicación, dos cualidades que lo han convertido en un excepcional bailarín. No obstante, ella prefiere no pensar mucho en que las posibilidades de ganar se reducen sencillamente debido al hombrecito posicionado a su derecha. Es mejor evitar al diablito en su hombro izquierdo que aspira a quebrarle las piernas por ser tan malditamente bueno. Si Levi gana, se lo merece porque se ha esforzado del mismo modo para llegar adonde está.
―Hange te desea suerte ―le hace saber, cortando el mutismo.
―Lo sé, me ha dejado unos veinte mensajes ―dice Mikasa con cierta diversión en su tono. Levi rueda los ojos, dejando en claro que la actitud bulliciosa de su amiga con lentes no le parece para nada amena―. Es simpática.
―Más que simpática, maniática. Me tiene las pelotas llenas con que debes salir con nosotros otra vez ―gruñe―. No se ha olvidado ni siquiera un maldito día de insistirme para que te persuada en estos casi dos meses.
―Dijiste que su metamorfosis se detendría si yo aceptaba ir al club en aquella ocasión ―cuestiona―. Pero veo que no lo hará.
―Error de cálculo ―se encoge de hombros―. Por lo menos, ya no insiste con el tema del teléfono ―añade―. Considéralo, igualmente.
Las últimas dos palabras son como un detonador para bromas que Mikasa no desaprovecha, va a sacarle el mayor jugo, por supuesto. La relación entre ambos ha avanzado un poco ―solo un poquito― desde lo ocurrido en el club Rose. Se comprenden en cierta forma y logran hablar con soltura sobre diversos temas. Además, con el paso de los días, el amargado Levi abre despacio las puertas de su verdadero ser, como una mariposa saliendo de su capullo, para demostrarle una vez más su ingenio con los insultos o lo chiflado de la limpieza que resulta ser a cada instante del día, muchísimo más de lo que imaginaba en un principio cuando apenas conocían detalles sobre el otro.
―Qué mandón ―suelta divertida―. Creo que no es Hange la que quiere que vaya.
Levi no consigue defenderse de la acusación, ya que el teléfono de Mikasa suena en el bolsillo de su mochila, interrumpiendo la conversación que, seguramente, acabaría en una guerra de improperios digna de ser prohibida incluso a mayores. Se apresura a extraer el objeto y mirar quién la llama justo a esa hora. «Papá», logra divisarse con letras medianas en la pantalla. Qué extraño, a Elias no suele agradarle hablar por teléfono a menos que se trate de una emergencia o se encuentre preocupado. Sin embargo, no le toma mayor importancia, quizás solo sea para desearle suerte en la audición, así que no da espacio a más cavilaciones y selecciona el botón verde, dirigiendo el móvil a su oreja.
―Papá ―guarda silencio y deja que Elias hable. El mutismo es sospechoso y la expresión serenada en su rostro va apaciguándose ampliamente a los ojos de Levi, quien la observa extrañado cuando la azabache no logra formular una oración coherente―. No, no eres... yo...
―Mikasa Ackerman ―Nanaba la hurta de su ensimismamiento al abrir la puerta y mencionarla en voz alta―. Vamos, tu turno.
Echa un vistazo al interior del estudio, donde una despeinada y acalorada Petra se dispone a salir de la sala de ensayo. En el fondo, se divisa una mesa rectangular, ocupada por tres profesionales de la danza, sentados en sus correspondientes sillas y anotando los resultados de la reciente audición, intercambiando opiniones al respecto. Su mirada grisácea regresa repentinamente al teléfono en sus manos y aprieta sus mullidos labios, luchando contra el vacío en su pecho que le provoca unas intensas ganas de llorar. Pensarlo ni siquiera es una opción para ella.
―Lo siento, debo irme ―dice, cortando la llamada bajo el atento escudriño estupefacto de su profesora.
Sin siquiera voltear a dar explicaciones, escapa por el pasillo en dirección a la salida de la academia. Hace caso omiso al llamado de Hannah que denota preocupación y empuja la puerta de vidrio, huyendo desesperadamente al exterior. Las estrepitosas bocinas provenientes de los vehículos, la gente rumoreando a su alrededor, los imbéciles que le chiflan por su revelador vestuario, todos dejan de existir en ese preciso momento para la azabache.
―No, no, no... ―murmura para sí misma, sintiendo dolor en su costado debido a la carrera y la mala respiración.
Ruega a todos los dioses para que la noticia resulte ser un mal sueño, tan solo una horripilante pesadilla de la que pronto va a despertar. Quiere llorar hasta no poder más, gritar de frustración, siente que en cualquier instante su cabeza explotará al no ser capaz de pensar con claridad. Sus pensamientos se resumen a un revoltijo desorganizado y sin sentido que la limita a correr, aún si no tiene ni la menor idea del paradero de su padre.
― ¡Mierda! ―profiere cuando está a punto de cruzar la calle y un auto se detiene frente a ella, impidiéndole abruptamente el paso. Insultar a la persona que se interpone en su camino se vuelve tentador, mas abandona la idea cuando nota lo familiar que le resulta el coche.
―Sube ―el rostro estoico de Levi se asoma por la ventanilla del auto. Mikasa tarda en reaccionar y procesar la palabra, subiéndose al vehículo instintivamente. El azabache acelera apenas oye los cláxones protestantes gracias al semáforo que ha cambiado a verde―. ¿Qué te pasa?
―Necesito... necesito ir a la veterinaria ―logra decir entre respiraciones entrecortadas.
«Hija, es Charlie, no está bien. Sé que soy inoportuno, pero...»
― ¿A cuál? ―averigua él, manteniendo la vista en la carretera, solo observándola de reojo cada cierto tiempo.
―No... no lo sé ―traga el pesado nudo en su garganta.
―Envíale un mensaje a tu padre, pídele su ubicación ―habla claro, aprovechando la señal de pare para tomarle el brazo y despojarla de su estado decaído―. Eh, ¿me escuchas? Vamos, muévete.
Las manos temblorosas de Mikasa apresan el celular, acatando la orden. La notificación del mensaje de Elias no tarda en vibrar y, tímidamente, ella deposita su teléfono sobre el regazo de Levi para que pueda guiarse hacia la veterinaria Pichos.
―Ve a los asientos traseros y cámbiate de ropa ―ordena, mas al percatarse de lo comprometedor que suena, trata de apaciguar la oración―. No miraré.
Mikasa accede fácilmente, transportando su cuerpo al lugar indicado, confiando en que Levi no husmeará por el espejo retrovisor. Aparte, los vidrios polarizados del auto evitan que sea ojeada desde el exterior. Sus delgados brazos se mueven para quitar el body, deslizándolo con lentitud hacia abajo y dejando sus senos expuestos; apenas la prenda alcanza su cintura, se apresura a sacar el sujetador de la mochila junto con la blusa de tirantes, envolviendo su torso en ambas prendas. Finiquita rápido con la tarea, removiendo el body a la par de los cancanes y las zapatillas de lona, reemplazándolos por unos leggins y tenis.
―Estamos por llegar ―advierte Levi al calcular el tiempo y concluir que ella ha terminado de vestirse. Echa un vistazo por el espejo, divisando a Mikasa guardando sus pertenencias.
La joven no emite palabra, sin embargo, su agradecimiento hacia él es infinito. Levi no interpreta el tema a la ligera, lo tiene claro. Ella no pasa desapercibido el hecho de que aumenta la velocidad cada vez que obtiene la oportunidad e, incluso, se traga varios semáforos en rojo. Transcurridos exactamente siete minutos, el automóvil se detiene frente a la ubicación enviada por Elias y Mikasa baja velozmente, con Levi pisándole los talones. Ambos ingresan a la veterinaria, donde varias personas aguardan en la sala de espera junto a sus mascotas. Estos intercambian comentarios de desdén cuando los dos azabaches se deslizan directo a la recepción. Hay un hombre hablando con la mujer que se encarga de anotar los turnos, mas él no tiene escrúpulos al interrumpirlos.
―Elias Ackerman ingresó hace unos veinte minutos ―habla Levi con un tono tajante que evidencia su impaciencia―. ¿Puede decirnos dónde está?
Solo un idiota no se daría cuenta de la desesperación en el rostro de la joven a su lado, por lo tanto, la recepcionista renuncia a las formalidades y le brinda la información necesaria, revisando entre los papeles recientes y hallando en un instante lo que requiere.
―Se encuentra en la sala número cinco, pero... ―Mikasa da media vuelta, dejándola con las palabras en la boca.
Trota por el pasillo, buscando visualmente la puerta indicada. Estando frente a ella, ni siquiera se toma el debido tiempo de inhalar y exhalar para tranquilizarse, solo se dedica a bajar el picaporte, empujando vigorosamente la madera. La escena que atentamente sus ojos presencian se solidifica por un minuto. Su padre apoyado contra la pared, la vista fija en los blancos azulejos del piso; a su lado, el veterinario habla concentrado, moviendo sus manos para explicar algo que duda seriamente que Elias esté oyendo. Por último, en la camilla de acero inoxidable, reposa el inerte cuerpo de Charlie.
Mikasa se aproxima a paso lento mano, ignorando al par de hombres que observan cada uno de sus movimientos. Acaricia el lomo de su mascota y enreda entre los dedos de su mano derecha el suave pelaje marrón decorado de canas, mientras la izquierda traza un camino hacia su corazón, sin distinguir su arrebatado pulso habitual.
―Ya despierta, holgazán ―murmura bajo y se agacha a su altura, notando sus ojos abiertos mirando al vacío―. No es hora de tomar una siesta. Vamos, Charlie...
Recuesta la mitad de su torso sobre el perro muerto, ocultando su rostro en el sedoso cuello del animal, dándose cuenta de que los roles se han invertido. ¿Por qué? Su respiración se acelera y niega con la cabeza, no es real. ¿Por qué sucedió esto si hace dos horas todo era normal, como cualquier sábado? Él se hallaba vivo, llenándola de babas y jugando como un cachorrito entre sus brazos. Entonces, ¿por qué? ¿Acaso era su forma de decir adiós? Libera el primer sollozo escondido en su garganta, sus ojos pican y las lágrimas escapan sin autorización. No quiere creerlo, es injusto, jodidamente injusto y doloroso, ni siquiera se ha despedido de él correctamente.
―Maldición ―su voz sale en un hilo agudo y aprieta un puño, lastimando las palmas con sus uñas―. Ya no trataré de engañarte con verduras, pero no te vayas, por favor...
¿Por esa razón su apetito había disminuido? ¿Por eso no le apetecía salir a pasear tan seguido? Las pruebas de que su estadía en el mundo se acortaba estaban frente a ella y solo las había pasado por alto. Se siente tan tonta e inútil, miserable por no haber hecho absolutamente nada.
―Hija ―Elias apoya una mano sobre su espalda, tratando de separarla de su mascota, pero ella niega con la cabeza caprichosamente y se aferra al cuerpo sin vida de Charlie―. Mikasa, no podemos quedarnos por mucho tiempo más.
― ¿Por qué? ―inquiere en un murmuro, mas su pregunta no tiene que ver con el horario permitido para permanecer en esa sala.
―Ya estaba grande ―explica, comprendiéndola―. No se pudo hacer nada.
Desconoce cuántos minutos se ha mantenido en silencio, maldiciendo y lloriqueando hasta que, finalmente, Mikasa levanta la cabeza, incorporando su postura y clavando sus ojos grisáceos en Charlie, detallando cada parte de él, asegurándose de no olvidarlo jamás. Alrededor del cuello, todavía reposa el collar rojo que lleva su placa con nombre y dirección, así que, apesadumbrada, lo desabrocha, envolviendo el objeto en su mano.
―Te voy a extrañar ―susurra, depositando en su frente el segundo y último beso del día.
Siente un agarre en su mano y voltea ligeramente, imaginando que se trata de su padre. No obstante, su suposición es errónea. Levi tira insistente de su muñeca y, sin que ella lo advierta, intercambia una fugaz ojeada cómplice con el padre de la chica. Elias afirma sutilmente con un gesto de su cabeza, proporcionándole el permiso solicitado para sacarla de la veterinaria y distraerla. Es preferible que se marchen del lugar, ya que no desea que su hija continúe presenciando la dolorosa escena.
Mikasa se resigna a ser guiada por su compañero de ballet como si se tratara de una niña desorientada o una muñeca de trapo sin vida, atravesando el pasillo y la recepción en silencio bajo la atenta mirada de la mujer que los atendió. Las personas, que en un principio la miraron disgustadas por el rabillo del ojo, ahora lo hacen con lástima al reparar en las lágrimas silenciosas que surcan las coloradas mejillas de la chica.
Salen de la veterinaria, dejando de percibir el olor a desinfectante, medicamentos y croquetas. Levi elige la vía contraria a su auto, optando por circular a pie sin rumbo fijo durante tiempo indefinido. En todo el paseo, únicamente, se oyen los gimoteos amortiguados de Mikasa que se esfuerza por regular su agitada respiración. Levi no la juzga por su comportamiento, tampoco imagina que exagera ni por un segundo. Reconoce un pequeño fragmento del afecto que ella sentía hacia su mascota. No olvida aquel acto en el parque; es cómico el recuerdo de la chica charlando sencillamente con el can como si lo considerara un humano más, hasta tierno ―y eso que pocas cosas causan ese efecto en él―, dando a entender la afectiva relación que conservaban. La comprende perfectamente, no es nada sencillo dejar marchar a un ser querido.
―Toma ―Levi busca en su bolsillo un paquete de pañuelitos descartables, ofreciéndole uno.
Mikasa acepta su oferta, deteniendo su andar y sentándose en el cordón de la calle.
―Esto es una mierda ―musita más que nada para sí misma, transportando su vista hacia arriba, tratando de impedir que otra lágrima escape.
―Llora si quieres, no le diré a nadie que eres una mocosa ―indica Levi, manteniéndose de pie a su lado. No va a sentarse porque, después de todo, su obsesión por la limpieza se mantiene intacta y le advierte que depositar su trasero en la orilla de la calle no es nada higiénico―. No te quedes con lo malo de todo esto, Ackerman ―le aconseja y ella no pasa por alto que es una copia del consejo que le ha dado a la niña Gaby en el baño de mujeres―. Siéntete feliz de saber que a Charlie nunca le faltó una conversación.
―Ya veo por qué dices que eres terrible aconsejando ―libera una risa cansina al oír la última oración, llevando la cabeza hacia atrás para observar al muchacho parado a su lado.
―Hice mi mejor esfuerzo ―se encoge un poco en su lugar. Mikasa jura ver algo de timidez en su semblante de no ser por esa expresión de apatía plasmada en su cara.
Sin embargo, logra captar el auténtico mensaje tras sus palabras: Charlie tuvo una buena vida y, definitivamente, nunca le hizo falta nada. Lo sabe, lo sabe a la perfección, mas su corazón sigue comprimiéndose con fuerza, su respiración no logra sosegarse por completo y el vacío que concibe en su pecho es malditamente insoportable. Renunciar a un miembro de la familia ―a otro miembro de la familia― es una sensación inaguantable que ya no desea experimentar. Sí, es un dolor punzante que no se desvanece fácilmente, pero necesita quedarse con los buenos recuerdos, sabe que es lo mejor.
Entonces, rememora en su cabeza lo acontecido durante diez largos años. La primera salida al parque, el cómo curioseaba por doquier, explorando feliz con sus orejas caídas; sus escabullidas al patio a mitad de la noche para cargarlo silenciosamente a su habitación y permitirle dormir en la cama; las mañanas donde despertaba con la patita de Charlie tocando su mejilla; los secretos que guardaron cada vez que rompían algún adorno producto de sus travesuras; su voraz apetito y los robos de carne al vecino; los mordiscos amistosos que hasta hace un rato le dio.
―Gracias, Levi ―dice con sinceridad, restregándose por indeterminada vez los ojos. No tiene necesidad de agregar nada más hasta que la realidad golpea contra ella―. Espera, tu audición, la perdiste...
―No importa ―se encoge de hombros, restándole importancia al asunto―. El próximo año lo intentaré otra vez, supongo.
―Pero ―intenta buscar una solución al problema. La culpabilidad aumenta con cada segundo; el año pasado perdió el solo en las nacionales a causa de su lesión y actualmente gracias a ella―. ¿Si vas ahora te dejarán dar la prueba?
―Olvídalo. Si no entras una vez que te llaman, la pierdes. No hay excepción ―agrega cuando ve en sus cristalizados ojitos grises que tiene la intención de decir que lo considerarán debido a sus capacidades―. Además, ¿has visto la hora? Casi son las cuatro, estuvimos un buen rato dentro de la veterinaria. Las audiciones en nuestro grupo terminaron hace rato.
―Lo siento...
―No lo hagas ―la interrumpe―. Yo tomé la decisión de ir a buscarte, no me obligaste a nada.
«Se enojó muchísimo cuando la molestia en su tobillo no le permitió bailar, pero yo sé que él hubiese elegido la misma opción de poder regresar el tiempo atrás». Las palabras dichas por Hange en el club Rose punzan en su mente, estableciendo una sensación agradable en su cuerpo. De pronto, se siente protegida por su grosera pareja de ballet que la ha ayudado sin dudar, tirando por la borda sus propios deseos, posicionándola a ella como su prioridad.
―Estúpido Ackerman ―susurra al sentir sus palmas transpirar y un calor fastidioso en su rostro.
― ¿Dijiste algo? ―pregunta Levi, siendo ignorante de lo que causa en el interior de la chica.
―No, nada ―niega suavemente con la cabeza y, a continuación, se pone de pie―. Volvamos.
―Bien ―asiente, comenzando a caminar de regreso al auto.
Ambos saben que no es obligatorio el cálido amarre de sus pálidas manos, pero deciden ignorar el detalle durante el recorrido.
Bueno, incluso lo pasan por alto mientras Levi conduce y su mano derecha continúa apresando la izquierda de Mikasa.
Mikasa analiza minuciosamente el desgastado collar rojo antes de depositar un beso en él y acomodarlo con delicadeza en su repisa junto al portarretrato de su difunta madre. Observa este último por unos momentos, su repaso visual trasmitiendo añoranza mientras delinea cada detalle de la foto. Sin dudas, Aiko Azumabito era una mujer bellísima, su sonrisa radiante transmitía confianza y ―según Elias― ese era uno de los rasgos que más lo enamoraron de ella. La fotografía es algo vieja, su madre debía tener unos dos o tres años más que ella, considerando la panza que se dejaba apreciar gracias al embarazado de, aproximadamente, cinco meses. Llevaba un vestido blanco por debajo de la rodillas y un sombrero de paja que escondía su largo cabello ónix. Al parecer, había sido un día de picnic, considerando su vestimenta y el hermoso campo de flores que aparece de fondo. Mikasa acaricia el vidrio que la separa del momento capturado en papel.
Finalmente, decide apartarse y dar un par de pasos para arrojar su agotado cuerpo sobre el colchón de la cama que la hace rebotar. El celular suena cada cierto tiempo, pero no se toma la molestia de verificar quién le envía mensajes con tanto afán; lo más probable es que se trate de una Petra preocupada por su desaparición repentina o Isabel, Sasha, Hange y Armin averiguando qué tal le fue en la audición. No tiene ánimos de charlar respecto al tema ni lidiar con la curiosidad de sus amigos, no hoy.
Pretende dormir hasta la noche, convenciéndose de que será más fácil de asimilar la tristeza estando inconsciente. Sin embargo, el resultado se resume a ella cambiando de posición innumerables veces, sin lograr conciliar el sueño. Sus intensos y tormentosos pensamientos pueden más con ella, se siente desorientada y las ganas de hacer nada suenan gratificantes a este punto. ¿Y ahora qué prosigue? Sus planes, claramente, se han estropeado por lo sucedido y las ansias en su cuerpo se esfuman poco a poco.
―Tú me dirías qué hacer, mamá ―murmura, rodando su cuerpo hacia el costado, convirtiéndose en un ovillo humano.
Por consecuencia, su vista recae en la caja musical que reposa sobre la mesita de luz. Alarga el brazo y la toma con sumo cuidado, abriéndola de la misma forma delicada. El objeto realiza su correspondiente trabajo, Für Elise acompañando a la pequela bailarina de cristal que gira lentamente en su mismo lugar.
Mientras la bella melodía inunda sus oídos, su mente realiza un viaje al pasado, escudriñando en el baúl de recuerdos más valioso que atesora sagradamente. La dulce voz de su madre cobra vida en su cabeza. «Hay atajos para la felicidad y el baile es uno de ellos, Mikasa. Bailar te hace sentir viva, nunca lo olvides».
Suspira hasta vaciar sus pulmones y vuelve a atiborrarse de aire. Necesita decidir y la respuesta es demasiado sencilla. Sabe de antemano que el dolor no se marchará tan fácilmente, pero debe hacer lo que le gusta, lo que ama, distraerse lo más que pueda o volverá a caer en el abismo. No quiere permitir que eso ocurra nuevamente, no va a causarle problemas a su padre otra vez, por supuesto que no.
Convencida de su decisión, alcanza el teléfono y abre WhatsApp, ignorando todos los chats con mensajes sin leer. Selecciona la lupa y solo requiere de teclear la letra A para hallar lo que busca.
Hagamos un dúo.
Así de simple y directo, envía el texto, esperando la respuesta que no demora en llegar.
Ackerman Levi, 6:15 p.m.
Ok.
Su plan es bailar hasta que todo se solucione.
Hola, disculpen la tardanza. Tenía pensado subir el capítulo ayer o anteayer (no recuerdo bien), pero recién anoche pude terminar de editar. Perdonen si encuentran algún error, terminé editando con el celular y puede que se me haya pasado un dedo.
¿Qué les pareció el capítulo? Espero que les haya gustado.
Esta vez quería enfocarme en la relación de Mikasa con Charlie y por eso no hubo mucho RivaMika. Tal vez para alguien pueda ser exagerado, pero yo me siento así cuando mueren mis mascotas, son como un miembro más de mi familia, mis hijitos.
Espero poder traer el siguiente capítulo en estos días. Como ven, el RivaMika viene con todo ahora (más o menos xD). Sin más que decir , nos leemos.
