Capítulo siete: cinco días.
― ¿Están seguros de su decisión? ―inquiere Nanaba, algo patidifusa por la situación que le han plasmado hace unos cuantos segundos en forma de palabras. Seguramente, su cabeza debe estar maquinando, elaborando un porqué, atando cabos hasta concluir que ambos jóvenes frente a ella han enloquecido severamente―. De ser así, recuerden que solo cuentan con cinco días desde hoy para crear una coreografía que sorprenda a los jueces. Y eso es algo...
―Eso es lo de menos ―habla él escuetamente, interrumpiéndola y robándole importancia al comentario con un ademán desinteresado de su mano.
―Usted misma dijo que tenemos química, ¿no? ―agrega Mikasa con suma suavidad, temerosa de ser rechazada si eleva el timbre de su voz y delata las ansias que carcomen su interior por el aplazamiento innecesario del pedido hecho. Observa de soslayo a su compañero que maneja la situación con la indiferencia habitual en su semblante imperturbable y le devuelve la mirada apenas siente unos ojos cenizos posándose sobre su perfil―. Estamos seguros, confíe en nosotros.
La mujer deja escapar un suspiro que evidencia la más pura y entera resignación, liberando a su vez todo el aire escondido en sus pulmones. Las cortas hebras de su melena rubia se agitan en un leve movimiento que manifiesta negación ante la actitud inquebrantable que ha tomado su mejor bailarín a la par de la chica nueva que logró lo que nadie en años: hacer de Levi su pareja de baile. Sabe que pretender hacerlos cambiar de opinión ni siquiera es calificado una opción viable y segura cuando ninguno de los dos se divisa dispuesto a dar el brazo a torcer; no hay escapatoria. Después de todo, ¿quién es ella para prohibirles a sus alumnos la posibilidad de participar? Nadie más que su profesora que ―cabe mencionar― los ha incentivado en diversas ocasiones pasadas a nunca rendirse, a ser perseverantes y perseguir sus sueños, aferrarse a ellos con ímpetu de guerrero, no dejarlos escapar ni por un mínimo descuido; que una caída no significa el fin de todo y deben volver a levantarse con más ánimo que antes e intentarlo cuantas veces sea necesario.
―Lo hago ―asiente amistosamente, brindándoles un bosquejo de sonrisa que no termina de trazarse. De pronto, Nanaba libera un quejido imperceptible cuando recapacita en algo de alta importancia―. Necesitaré mover algunos hilos para que los anoten. Solo a ustedes dos se les ocurre integrarse a escasos día de la prueba. ¿Acaso será el apellido? ―formula en tono de broma, mas sus rostros serios no se inmutan siquiera una fracción de segundo, asemejándose a dos muñecos en el escaparate de una tienda; mudos, quietos, expectantes. Son la simpatía encarnada, claramente―. Olvídenlo ―suspira―. Buena suerte.
La profesora ingresa a pasos rápidos en la sala de ensayos, siendo perseguida por los dos Ackerman que fueron sus interceptores antes de poder dar la clase del lunes, robándole uno o dos minutos de su tiempo. Los tres dividen sus caminos una vez ubicados dentro; Nanaba directo al vestuario para guardar sus pertenencias, bolso y teléfono; Levi hacia la barra derecha perteneciente a los varones, añadiéndose a los bailarines que se acomodan a lo largo de la extensa madera; y Mikasa camina a la izquierda, planeando reunirse con su pequeño círculo de amigas que aguardan ansiosamente por su llegada. La pinta en el enérgico rostro de una de ellas la advierte a gritos que la disposición de integrarse no es idónea, mas es tarde y no hay vuelta atrás.
La fémina no alcanza siquiera a compartir un banal saludo general, ya que Isabel Magnolia por poco se arroja sobre su cuerpo cual animal salvaje y la atiborra de infinitas y cargantes interrogantes que se le antojan una más incómoda que la anterior. «¿Por qué no respondes los mensajes?», «¿Qué ocurrió?», «¿Por qué escapaste de la audición?», «¿Por qué Levi salió corriendo en tu búsqueda?», «¿A dónde fueron?».
Ante la mención de la participación del muchacho en todo el asunto, su cerebro se bloquea instantáneamente y sus oídos abandonan la tarea de escuchar el vómito de palabras que salen de su boca, como si la pelirroja acabase de ser configurada de un segundo a otro y puesta en completo mutismo con un control remoto. El corazón de Mikasa se acelera súbitamente y golpea incesante contra su pecho, el calor sube parsimoniosamente hacia su pálido rostro que empieza a entibiarse a niveles exagerados y toma color, las extremidades le pesan como si de ladrillos se tratasen y nervios apenas comienza a representar su estado turbado, exacerbado, ansioso. Sobra decir que, aparentemente, sus compañeros presentes para la audición del sábado se han encargado a la perfección de esparcir el rumor como auténticos delatores. El hecho de que siente varias miradas posadas sobre ella afirma su teoría y la vuelve más evidente.
―Yo...
―Isa, basta. La estás presionando ―Petra interfiere entre ambas y las preguntas cesan. El dulce tono de su voz se convierte en su regreso a la realidad―. Hay que darle su espacio, ella nos contará cuando esté lista y si lo desea. No la atosigues.
La cabeza de la reprochada baja poco a poco, mostrándose arrepentida por su arrebato sin malas intenciones. A continuación, hace un puchero y la observa con verdes ojitos tiernos antes de emitir una disculpa.
―Lo siento, Mik.
― ¡Llego tarde, llego tarde! ―una joven de castaña coleta entra como un revoltijo mientras acomoda bien su vestimenta hecha jirones―. ¡Oh, Mika, estás aquí! ¿Por qué te fuis...?
Detrás de la azabache, Petra e Isabel hacen gestos extravagantes, agitando sus manos, moviendo sus cejas y negando con la cabeza, llamando a toda costa la atención de Sasha que interpreta el mensaje como un alto a la pregunta que intentaba pronunciar.
―Ah, nada, nada ―ríe ligeramente y desata su colita alta para armarse improvisadamente un rodete ajustado―. ¿Comenzamos? Ahí viene Nanaba.
Las tres asienten y se acomodan en fila, apoyando sus manos izquierdas correctamente sobre la barra. Antes de que la profesora cante la primera orden, alguien da toquecitos suaves en su hombro. Mikasa voltea con su familiar semblante que se ablanda cuando se topa con la mirada de Petra; sus ojos miel indican que no debe preocuparse y no le dé vuelta al asunto durante la clase, que no se distraiga e ignore las miradas acosadoras de los bailarines que la persiguen. No es capaz de brindarle una sonrisa de agradecimiento, mas se siente tranquila por su amabilidad y consideración.
La clase finaliza después de dos extensas horas agotadoras aprovechadas principalmente para practicar saltos ya utilizados con anterioridad y aprender nuevos que resultaron ser más complejos de lo que Mikasa creía al ver a Nanaba mostrándolos. Después de una despedida grupal, guía su camino hacia los vestuarios, pero el agarre de Levi en su antebrazo le impide dar un paso en el interior. De esta forma, adquieren la atención de varios bailarines, mas a él no puede importarle menos la opinión y teorías de los demás acerca del tipo de relación que manejan.
―Nos vamos a mi casa ―profiere severamente. No permite que Mikasa logre formular una respuesta, ya que continúa hablando―, a ensayar.
―Bien ―agita su brazo apaciblemente para zafarse del encierro de sus manos―. Déjame enviarle un mensaje a mi padre antes ―dicho esto, entra al vestuario, dejándolo atrás.
Mientras se sube el pantalón, realiza malabares con una sola mano para decirle a su padre que estará en lo de Levi y que volverá después, sin darle un horario específico. Él contesta su mensaje con un «Cuídate» justo cuando Mikasa se despide de sus amigas hasta el miércoles. Elias no duda de su palabra, sabe que, si ella dice que se encuentra en un lugar, es porque de verdad está ahí. Aparte, le ha comentado el día anterior que decidió participar en un dúo con el muchacho que la ayudó con el asunto de Charlie y Elias no protestó al respecto, respetando su decisión e incentivándola a seguir.
―Vamos ―le dice a Levi una vez que lo ubica en la entrada de la academia, esperándola contra la pared. Le resulta curioso no hallar rastros de Hange y Erwin, fundamentando que aquel par siempre se marcha con él, mas no dijo comentario al respecto.
El recorrido al hogar de Levi Ackerman es principalmente taciturno, apenas intercambian un par de palabras o, mejor dicho, monosílabos característicos en ellos. Y esto se debe a que no lo deliberan como un detalle necesario; ninguno de los dos es muy hablador, ni ella ni mucho menos él. Probablemente, de ser una persona desconocida acompañándola, se hubiese sentido inquieta ante su mutismo, pero él no; de alguna manera, ambos saborean la tranquilidad que desprende la presencia del contrario, aún si a los ojos de un tercero no están cerca de expresar una característica tan sosegada.
No lo confiesan en voz alta, pero ambos se hallan al tanto de que lo sucedido el día sábado estrechó el trato a pasitos suaves, un interno y sonoro «crack» que derrumbó una de las innumerables barreras que protegen la fortaleza alrededor de sus corazones. De no haber sido así, jamás hubiesen tomado la decisión de apresar sus manos estando conscientes de sus acciones, sabiendo que no existía un motivo estricto para hacerlo. Aunque, claro, Levi continúa tratando de inculcarse a sí mismo que Mikasa se sentía demasiado alicaída y solo eso lo llevó a capturar su mano izquierda durante todo el viaje; que no tenía absolutamente nada que ver con la conexión amigos-compañeros que conservan.
El auto baja de velocidad y detiene su curso en el puente de una gran casa similar a las que se divisan en el resto del vecindario. Mikasa sale del ensimismamiento que la obligó a fijarse durante todo el recorrido en la ventanilla, con la mirada perdida en algún punto inexistente, hasta que advierte la falta de movimiento. Abre la puerta del copiloto por inercia y su vista grisácea se posa sobre la propiedad tres veces más grande que la suya. Se nota a leguas que la familia de Levi cuenta con una elevada cantidad de dinero. Sin embargo, lo que atrae su verdadera atención es el delicado jardín delantero; el césped cortado parejamente, la mediana cerca blanca que lo rodea y protege las diversas flores que decoran el sector, brindándole un toque bello y vivo al hogar.
― ¿Por qué Isabel y Farlan no vienen contigo después de clases? ―se atreve a preguntar, curiosa, mientras caminan al recibidor. No sabe de dónde ha sacado tanto coraje para decirlo si a ella no le gusta que escudriñen en su vida.
― ¿Deberían? ―Levi alza una ceja, con la vista al frente en todo momento. Aprieta un botón en la llave del carro y este se cierra acompañado de un pitido.
―Isabel me dijo que ustedes tres son hermanos ―aclara para que sepa a qué viene su duda.
―Son mis primos, en realidad. Nos criamos juntos, pero nos consideramos hermanos ―explica en un tono monótono que cualquiera puede interpretar como aburrido, mas Mikasa piensa que, de ser así, no habría contestado su interrogante y, simplemente, la obviaría―. Son hijos de Traute, la mujer de mi tío.
― ¿Por qué ella es Magnolia y él Crunch? ―a este punto, entiende que ya es una invasión a la privacidad, pero su lengua inquieta hizo caso omiso y continuó a toda costa. La única vez que se sintió tan preguntona y habladora en presencia de Levi fue en el club Rose, donde el maligno alcohol surtió efecto en su sistema, descontrolándolo.
―Padres diferentes ―contesta, suponiendo que la azabache comprenderá con aquellas dos palabras. En efecto, lo hace. Tras eso, abre la puerta de la casa y entra primero.
― ¿Cariño? ¿Eres tú? ―la voz cantarina de una mujer resuena desde algún sector hasta el recibidor.
Ante el llamado, su compañero avanza a paso moderado y Mikasa no tiene más opción que ir tras él como un patito persigue a su mamá, limitándose a caminar silenciosamente cual sombra. En sus planes no existe permanecer en modo planta hasta que Levi se digne a aparecer nuevamente, claro que no.
Mientras doblan en una esquina, piensa que meter un ejército al hogar no suena del todo descabellado. En verdad es inmenso, incluso más que la casa de Armin. Las paredes en tonos claros crean un efecto espacioso, provocando que los objetos oscuros contrasten en aquella luminosidad. Quien decoró tiene un excelente gusto.
Su quisquillosa nariz olfatea el aroma a sahumerios, específicamente, de lavanda; lo sabe porque su madre usaba los mismos para aromatizar el hogar.
Mikasa está a punto de asombrarse por los costosos jarrones japoneses que reposan en una estantería, cuando se percata de que han llegado a una cocina sacada del catálogo de una revista. Sus ojos recaen en una mujer de baja estatura y largo cabello negro, la cual prepara una taza de té con sus pálidas manos. Dos segundos son necesarios para su cerebro haga «clic» y recuerde que se trata ni más ni menos de la madre de Levi. Ciertamente, se ve aún más hermosa en persona que en la publicación de Instagram.
Mikasa ve atentamente cómo su pareja de baile se aproxima a ella y se inclina para depositar un pequeño beso en su frente a modo de saludo. En definitiva, eso es más sorprendente que los jarrones japoneses. Es la primera vez que él realiza un gesto cariñoso frente a ella. Generalmente, nunca saluda si aparece de imprevisto a algún lugar y, si por obra de los dioses llega a hacerlo, solo ejecuta un frívolo y sencillo movimiento de su mentón.
―Oh, traes visita ―la mujer ladea la cabeza como cachorrito confundido, repasando a la intrusa parada bajo el marco de la puerta―, y es una chica... ―añade―. Espera, ¡traes visita y es una chica! Es un milagro, mis plegarias fueron escuchadas.
―No exageres, mujer ―se cruza de brazos y apoya su cuerpo contra la mesada donde reposa la taza de té caliente―. Mocosa Ackerman, Kuchel Ackerman. Estaremos arriba, vino porque haremos un dúo el sábado. ¿Terminaron las formalidades? Genial, andando.
―A mí no me digas exagerada, jovencito. Y ya te he dicho incontables veces que debes parar de apodar a toda la gente que se te cruza en el camino ―Kuchel impide que se escape con un tirón de oreja que le roba un gruñido bajo a su víctima.
Desde la perspectiva de Mikasa, ambos se asemejan a dos perros rabiosos que se acechan con ira y rivalidad. Lo mejor es que nunca creyó vivir lo suficiente para ver al ogro de su compañero ser regañado de manera tan cómica y deliberada. La escena entre madre e hijo por poco le saca una sonrisa.
―Un momento, ¿Ackerman? ―al percatarse de ese detalle en particular, la mujer abandona la oreja de su hijo que se ha tornado roja a este punto. El apellido Ackerman no es muy común y puede contar con los dedos de su mano el reducido grupo de personas que lo portan.
―Mikasa Ackerman ―habla por fin, acercándose sigilosamente para ofrecerle su mano―. Un gusto.
―Mikasa Ackerman ―repite dubitativa, aceptado el saludo casi instintivamente. Parece ida del mundo real, ya que sus ojos se concentran en un punto fijo y sus finas cejas se fruncen, dando la impresión de estar analizando en su mente algo que ella no logra descifrar―. Mikasa Ackerman... ―entonces, sus ojos azulinos se abren en gran magnitud―. ¡Pero si tú eres la hija de Aiko y Elias! ―y, sin más, tira de su mano, parándose de puntitas para abrazarla fuertemente―. Estás tan grande y hermosa. Eres idéntica a tu madre cuanto tenía tu edad.
Cada una de sus extremidades se solidifica en el acto, su postura igualándose a un maniquí sin vida que no hace ademán de corresponder el cariñoso y cálido abrazo brindado. La palabra reacción se esfuma de su diccionario, ya que se conserva quieta entre los brazos de la mujer desconocida, sin emitir ni una sola letra que la ayude a salir de su estado estupefacto. ¿Cómo es Kuchel conoce a sus padres? ¿Por qué Levi no le ha mencionado nada al respecto? Desconoce las respuestas, pero desea una explicación rápido y va a adquirirla ahí mismo. Por lo tanto, mientras continúa siendo estrujada como osito de peluche, lo busca visualmente hasta dar con su rostro contrariado debido al desconcierto, demostrando estar igual o más embrollado que ella por la situación.
― ¿Cómo es que...?
―Ven, ven.
Kuchel se posiciona detrás de su cuerpo y comienza a darle empujoncitos, arrastrándola hasta hacerla sentar sobre uno de los altos banquitos posicionados alrededor de la isla de mármol blanco. Como niña en pelotero, corre exaltada en busca de otra taza, rellenándola de té para ofrecérsela a su invitada ―en realidad, la invitada de su hijo, pero eso se le olvida― y sentarse a su lado. Levi pasa a segundo plano, siendo apartado en un rincón de la cocina como juguete olvidado; ni siquiera le han ofrecido de beber.
―Lo recuerdo como si hubiese sido ayer... ―toma una pausa usada para sorber un poco de té y sonreír―. Hace veinte años, tu madre y yo éramos inseparables. Bueno, nosotras dos junto con Nanaba, tu profesora. Las tres asistíamos a una academia de arte ―la mente de Mikasa hace cortocircuito; ahora comprende por qué su profesora le sonríe o le echa miradas de familiaridad de las que nadie se percata―. Aquí es donde entra tu padre. Elias era todo un badboy, tan serio y arrogante que las ganas de acomodarle un buen golpe no faltaban cuando me llamaba enana metiche. Oh, es tan gracioso ahora que lo pienso ―una risilla se escapa de sus labios―. Estaba tan enamorado de Aiko que la esperaba todos los días a la salida de la academia y la robaba de nuestro lado. Al final, ese imbécil logró engatusarla con malteadas y salidas al cine ―al darse cuenta de que ha ofendido al padre de Mikasa, se retracta de inmediato―. ¡Lo siento! Es la costumbre, nos peleábamos mucho por la compañía de tu madre.
Ella nunca supo el comienzo de la historia de amor perteneciente a sus padres. Tuvo curiosidad hace dos o tres años, mas nunca se atrevió a preguntarle a Elias; de alguna manera, supuso que le haría daño recordar y Mikasa no deseaba causarle más dolor del que ya albergaba en su interior. Sin embargo, ahora sabe la verdad por la boca de la mujer que, en su momento, era la mejor amiga de su madre. Vaya casualidad. El mundo es muy pequeño. Demasiado.
―Eres casi idéntica a Aiko, siento como si ella estuviese frente a mí ―comenta bajito, acercándose a su rostro para analizarlo con meticulosidad―. Aunque... tus ojos son más grandes y claros, se asemejan a un día nublado. Me gustan, son hermosos y peculiares. De Elias no heredaste nada, por suerte ―alega con un ademán de su mano que hace sonreír ligeramente a Mikasa.
Kuchel apresa la cálida taza de té en sus manos y se toma su deliberado tiempo en vaciarla mientras sus ojos navegan intranquilos por todos los rincones de la cocina. Necesita mentalizarse para decir lo que se avecina, sabe que no es nada sencillo y debe usar las palabras correctas porque no desea causarle un malestar. Retiene el aire en sus pulmones y, finalmente, continúa:
―Lamento mucho lo que pasó con Aiko ―suspira―. Perdimos la comunicación luego de que te tuviera, así que me enteré por las noticias lo que sucedió hace cinco años ―sus uñas rojas repiquetean contra el mármol en un intento de sosegarse. Sus ojos comienzan a cristalizarse y niega con la cabeza para seguir adelante, aguantándose la tristeza―. Asistí a su funeral, no creo que me recuerdes.
―No, no recuerdo mucho... ―manifiesta. Y es cierto, las memorias de ese día son como una imagen distorsionada que le cuesta divisar, nubarrones se asoman cada vez que intenta saber qué sucedió con exactitud.
Kuchel le ofrece una mirada de comprensión, sin atreverse a tomarle la mano porque se rendiría a la nostalgia a través de lágrimas surcando sus mejillas y el moco tendido. A decir verdad, le impresiona la gigantesca diferencia en sus semblantes. Mikasa pretende haber tenido una conversación de lo más común y corriente, no hay ningún vestigio de tristeza notable en su rostro. Tal vez, la experiencia la ha hecho madurar para afrontar la situación en cualquier momento, aceptarla. ¿Será así? Por el rabillo del ojo, le da una barrida rápida a su hijo, quien mantiene la misma expresión sombría de siempre mientras bebe de su té, y después repite la acción con la niña de Aiko... O, tal vez, solo tal vez, pretende encontrarse perfectamente bien porque ha construido una barrera a su alrededor que no le permite mostrar sus verdaderas emociones en circunstancias como estas. Kuchel sonríe tenuemente. Ellos son más similares de lo que imaginan.
―Tú ―se recompone y señala a Levi que no ha dicho ni pío en todo ese tiempo―, más vale que no la insultes mientras estén aquí. Un solo improperio que salga de tu boca y terminarás practicando en el jardín con los perros. Quedas advertido.
―Hm ―hace todo lo posible para no rodar los ojos o se ganará otro efectivo tirón de oreja. No obstante, las dos mujeres saben de antemano que una petición como esa no es posible de cumplir. Como dijo Erwin, insultar es parte de su sistema y no puede desactivarse por nada del mundo―. ¿Ya la vas a liberar? Tenemos cosas que hacer y poco tiempo.
Frente a las palabras dichas, Mikasa acaba vertiginosamente el delicioso té de manzanilla y agradece con sinceridad ―y no precisamente por la bebida, sino por la breve historia que le permitió averiguar acerca de sus progenitores―. Sin añadir nada más, Levi sale de la cocina en dirección a las escaleras, clara señal de que debe ir tras él o le perderá el rastro fácilmente.
Ascienden los escalones, recorriendo un extenso pasillo de habitaciones hasta llegar a la del fondo. La gran puerta doble es abierta parsimoniosamente por él y Mikasa no puede decir que se encuentra del todo sorprendida sobre lo que halla en el interior, incluso lo ha sospechado. Es una hermosa sala de ensayo; el piso opaco de madera, la larga barra adherida a la pared, gruesas cortinas blancas cubriendo los ventanales, y un divino piano negro en una orilla.
Mikasa cierra la puerta detrás de ella y avanza con modestos pasos cuando divisa a un adorable gato recostado sobre la superficie del instrumento que ni siquiera se inmuta por la visita inesperada de ambos jóvenes.
―Hola, bonito ―saluda con un murmuro, traqueteando sutilmente sus dedos sobre el piano para que el minino se arrime curioso. Cuando logra su cometido y su mano alcanza a acariciarle detrás de las orejas, Mikasa nota que uno de sus ojos se mantiene cerrado en todo momento mientras ronronea por las caricias, signo de que lo ha perdido. ¿Será este el gatito que Levi salvó de un árbol y por el que no pudo participar en las nacionales del año pasado? ―. ¿Qué le sucedió en el ojo?
―Pelea con un perro ―resume con simpleza, acomodando su bolso en una orilla del suelo. Aprovecha que la chica se entretiene con su mascota para quitarse la camiseta negra, dejando descubrir otra más apretada debajo.
― ¿Tocas el piano? ―inquiere repentinamente.
―Algo. Mi madre es la que sabe ―alza una ceja petulante que deja en claro su impaciencia―. ¿Vas a seguir con el interrogatorio? Debemos organizarnos si queremos conseguir una coreografía para el sábado.
―Sí, terminé ―resopla, fastidiada. A continuación, deposita su mochila junto al bolso de Levi y se encamina al centro del salón, sentándose en el frío piso de madera―. La canción ya la tenemos, así que...
―Espera, no hemos decidido qué canción usaremos ―la interrumpe, descolocado y con el ceño fruncido.
―Usaremos la mía ―dice ella como si fuese evidente.
―Sin ofender, no creo que tengas buenos gustos ―contraataca.
―Que digas sin ofender, no significa que no ofenda ―le hace saber, aunque en realidad su comentario no le ha dolido ni una pizca―. Usaremos mi canción, es buena.
―La mía es mejor, entonces.
Silencio. Mikasa debe alzar la cabeza para toparse con la mirada engreída de Levi, quien se encuentra parado justo frente a ella, observándola con superioridad, suponiendo que él ganará esta pelea. Renuncia al estúpido pensamiento que le afirma lo embarazosa que se hace ver la posición en la que están y, en cambio, le envía mil maldiciones con sus bonitos ojos grisáceos que prometen convertirse en una tormenta llena de rayos.
―No.
―Sí.
Cuando una alegre Kuchel interrumpe en la habitación después de treinta minutos, trayendo en sus manos dos botellas de agua mineral, el par Ackerman continúa discutiendo arrebatadamente, casi arrojándose sobre el contrario.
―Que te den, mocosa de mierda ―escupe las palabras bajo el atento escudriño de su madre. Ninguno se ha percatado todavía de la mujer parada a un lado de la puerta―. Una palabra más y juro que mi zapatilla va a quedar enterrada en tu...
―Qué bonito, Levi Lance Ackerman ―manifiesta su madre en tono cargante. Ambos azabaches se congelen en su lugar al haber sido descubiertos―. Creo que alguien va a irse al jardín.
―El intento fallido de humano comenzó ―se resguarda en un murmullo, asegurándose de haberlo dicho lo suficientemente sonoro para que su destinataria haya recibido el mensaje. Es evidente que sí lo hace al ver el dedo de Mikasa levantado hacia su dirección.
― ¿Por qué se están peleando ahora? ―Kuchel se frota las sienes, algo exasperada por el comportamiento infantil que contempla.
―Un pequeño desacuerdo respecto a la elección de música ―explica brevemente Mikasa, observándolo atentamente al recalcar la palabra «pequeño». Levi aprieta la mandíbula y reprime las ganas de saltar sobre ella.
― ¿Solo eso? ―niega con la cabeza, suspirando―. Qué generación tan inmadura.
―Te peleaste con el viejo Kenny por ver quién podía tocarse la nariz con la lengua ―informa Levi―. ¿Quieres que te recuerde que le partiste una botella en la cabeza cuando te ganó?
―Sabes que no recuerdo esos días.
―Fue hace una semana.
―Como decía, no quiero saber dónde ibas a enterrarle tu zapatilla a esta inocente muchacha ―ante aquella descripción, Mikasa voltea a ver a Levi con supremacía―. Por lo tanto, yo misma resolveré esta tonta pelea. Hace unos días escuché una canción en internet, muy bella, por cierto. Ten, sostenme, querida ―le entrega ambas botellas de agua a Mikasa―. Ya regreso.
No les da tiempo a refutar y sale expedida de la habitación, volviendo en tiempo récord al cabo de dos minutos con una tableta entre sus manos. Sus finos dedos controlan perfectamente el aparato ―a Mikasa le agrada el sonido que provocan sus uñas al repiquetear en la pantalla―, buscando en YouTube la supuesta canción. No demora mucho en encontrarla y reproduce el video, subiendo el volumen al máximo para que ambos la escuchen con precisa atención. Levi no quiere admitir que es una buena opción, su orgullo es más grande que eso, así que está listo para idear una protesta.
―Te me callas ―lo silencia antes de que pueda siquiera entreabrir la boca―. Van a usar esta canción o van a usar esta canción, ¿captas lo que digo? ―dicho esto, la descarga y se la envía por WhatsApp―. Ahí la tienen. Ahora pónganse manos a la obra.
Y, así, tan sigilosa como entró, se retira de la sala de ensayos.
―Muéstrame el solo que ibas a utilizar ―habla la chica de repente. Sabe que no existe más elección que aceptar las condiciones establecidas por la madre de Levi.
Mikasa se sienta sobre el banco del piano, aguardando pacientemente a que él acate la orden. Levi sabe de antemano a qué punto quiere llegar con su petición, por lo que entrega su teléfono y le indica cuándo darle play a la canción apenas se posiciona en el medio del salón.
El Levi que hace unos momentos discutía sin dar el brazo a torcer se desvanece como una burbuja de jabón explotando en el aire. Su semblante cambia radicalmente, dando paso a la pura concentración. Desde el primer paso, la meticulosa mirada de Mikasa lo persigue y, por alguna razón, la voz de su maestra de Lengua y Literatura crea eco en su mente; la clase que tuvo espacio por la mañana hablaba de la mitología griega, específicamente, de Teseo.
«Teseo, tras haber matado al Minotauro, de regreso a Atenas, se detuvo en Delos para ofrecer un sacrificio a los dioses por la ayuda recibida. En dicho sacrificio, elaboró un baile con movimientos de serpiente, en el que ejemplificaba las dificultades que había vivido en su enfrentamiento con el minotauro y en su aventura a través del laberinto».
Compararlo con aquel héroe ateniense es una completa locura, mas no logra evitarlo al ver sus notables y espectaculares músculos que se destacan por el esfuerzo. Levi contiene una desmesurada fuerza que se evidencia cada vez que la atrapa o la eleva entre sus brazos como si su cuerpo no pesara y se tratara de un fino objeto de cristal. Tal vez por esa razón le recuerda a Teseo. Bueno, eso y sus movimientos gráciles que hipnotizan a cualquiera que se detenga a contemplarlo. Su baile es arrasador, dedicado, ninguna de sus acciones se hace ver forzada, provocando que su cuerpo aparente moverse por sí solo. Y, sin embargo, al mismo tiempo es tan delicado que la embelesa, embriagándola de él y transportándola a un mundo distinto donde solo existe Levi y la pasión irrevocable que transmite a través de su danza. Porque sí, la danza que expone es arte. Cada paso realizado con precisión es arte. Él es arte.
La música llega a su fin y, con ella, finiquita el espectáculo que presencian sus ojos. Levi se mantiene quieto en su posición, inhalando aire con calma a través de sus labios entreabiertos. El flequillo azabache oculta su azulina mirada y sus mejillas se tiñen de un tenue rosa debido al empeño utilizado. La palabra bello escasamente inicia a describirlo.
Mikasa se traga una pequeña bocanada de aire súbitamente; por un momento, se le ha olvidado que necesita respirar para no morirse.
― ¿Ahora qué? ―averigua él una vez que su respiración se sosiega.
―Es... genial ―susurra absorta. Definitivamente, habría obtenido un solo el sábado pasado. Mikasa niega con la cabeza para así salir de su letargo que la hace ver como una adolescente embobada―. Tenía pensado combinar la mitad de las dos coreografías y convertirlas en una sola. Es lo más justo, ¿no crees?
―Ilumíname ―es lo único que responde, cambiando de lugar al sentarse en la banqueta. Destapa una de las botellitas de agua que trajo Kuchel y se avienta un chorro a la boca.
Por mientras, Mikasa se dirige hacia su mochila para extraer sus zapatillas de lona, quitándose la campera en el camino. Bajo la atenta mirada de Levi, quien aún continúa vaciando el líquido de la botella, desliza su pantalón de jogging por sus torneadas piernas que reciben directo el frío de la sala en su tersa piel. Una vez acomodada las prendas dentro de su bolso junto con los tenis, observa el escaso vestuario que lleva posee: un body negro de mangas largas. Listo, eso es todo. Se desprecia a sí misma por no haber ido a la clase con las medias de cancán, aunque sabe que estaban en el canasto de ropa sucia y no era posible. ¡Como si estas pudieran ayudar! Sería prácticamente lo mismo, pero en su cabeza adquiere más lógica.
―Maldición, maldición, maldición ―susurra, refunfuñando para sí misma a la vez que se coloca las zapatillas a regañadientes―. Ni siquiera una jodida falda, Mikasa Ackerman.
Pellizca su antebrazo gracias a la vergüenza que la embarga de repente, hormigueando en su estómago. Se siente considerablemente tonta por cohibirse de esa manera frente a su pareja de baile. ¿Qué de diferente hay si se ha mostrado así en innumerables ocasiones delante de todos sus compañeros de clase? ¡Incluso hace unas horas estaba en las mismas condiciones! Tal vez se relaciona al hecho de que es la primera vez que se localizan totalmente solos en una habitación y, por lo mismo, él es el único que va a retener los ojos sobre su cuerpo. ¡Ridículo! A esta altura, le disgusta su propio comportamiento infantil cuando sabe de antemano que Levi ni siquiera se fijará en un pormenor como ese.
Se regaña una última vez para apaciguar cualquier huella de timidez existente, concluyendo que va a arrinconar el asunto en algún escondite de su memoria, olvidándolo momentáneamente. Por último, camina enderezada en dirección al piano con el teléfono en la mano y, sin cruzar miradas, le entrega el aparato que muestra en la pantalla trizada su lista de reproducción con la canción seleccionada.
Ubicándose en primera posición, ejecuta un asentimiento de cabeza, notificándole al azabache que puede darle play.
Una vez que las teclas del piano navegan en el ambiente de la sala de ensayo, Mikasa se centraliza de lleno en sus armoniosos movimientos, en la música que fluye y la motiva a seguir con más ahínco a medida que la canción aumenta su tono. Sus pies se mueven como una suave caricia, deslizándose en el piso, sus brazos posicionados harmoniosamente se complementan a la perfección, sus piernas largas alzándose y su cuerpo entero saltando en el aire le da la impresión de estar volando por tan solo unos escasos segundos. «Hay atajos para la felicidad y el baile es uno de ellos, Mikasa. Bailar te hace sentir viva, nunca lo olvides». En ese preciso instante, no puede estar más de acuerdo con el añejo consejo de su madre. La sensación que experimenta al bailar es, indudablemente, sublime. Libertad, regocijo, alegría; un revoltijo que le permite expresar cuánto ama la danza, disfrutando al demostrar cada sentimiento sin percatarse de lo que provoca en su único espectador.
Los jadeos de Mikasa son bastante notables al concluir su coreografía, al igual que sus cachetes ruborizados y el cabello desatado. Su estado se justifica totalmente, pues ella es fanática de las piruetas y los saltos, por lo tanto, su baile más explosivo que el de su compañero.
― ¿Y bien? ―no va a admitirlo, pero desea saber su opinión. En eso piensa cuando va acercándose a él, peinando su melena azabache con los dedos.
―Tú... ―Levi se enreda con las palabras y desvía la vista hacia el ventanal―, te equivocaste en un paso.
―Lo sé ―bufa despacio, provocando que sus cabellos vuelen con ligereza. Teniendo cuidado de no aplastar a su compañero, toma asiento a su izquierda en el banco y el espacio entre los dos se torna reducido. Esa pequeñez es suficiente para alterar su organismo. Mikasa baja la mirada hacia sus descubiertos muslos níveos que se hacen ver todavía más grandes al estar sentada―. ¿Alguna idea?
Levi no contesta oralmente su interrogante, tan solo repite la canción enviada por Kuchel. La escucha en silencio, moviendo su dedo índice como si estuviese contando los tiempos y recapitulando en su cabeza las coreografías. La letra habla sobre amor, es preciosa y deleitable para sus oídos. Mikasa hace una anotación mental para no olvidar pedirle que se la envíe más tarde.
―La canción comienza con tonos bajos, coloquemos mis pasos al principio ―comenta una vez que organiza con precisión la idea―. En el segundo ―mira nuevamente la pantalla―... cuarenta y ocho la nota explota, cambiando totalmente el rumbo. Ese grand jeté que diste a mitad de tu baile puede ser el detonante. Hazlo de nuevo, pero esta vez más despacio, yo te levantaré. En los dúos es necesario el contacto, así que debemos modificar varios pasos para poder hacerlos juntos.
―Está bien ―afirma ella sin protestar. Le hechiza cuando le pone empeño a las cosas y se vuelve charlatán a causa de eso.
Mikasa reproduce la nueva canción, cediéndole el protagonismo a Levi que realiza la mitad de su baile, esta vez con más calma y menos esfuerzo. Por obra divina, la música calza con su danza; sin dudas, Kuchel tiene buen tino para estas cosas. Diez segundos antes de que llegue al momento indicado por él, la fémina deposita el teléfono sobre la superficie del piano, preparándose para lo que se avecina.
Cuando Levi le hace un gesto positivo, ella se sitúa de espaldas y posiciona uno de sus pies hacia atrás para tomar un pequeño impulso. Entonces, las manos del chico capturando posesivamente su cintura desde atrás no aplazan su aparición. El contacto envía un inoportuno escalofrío a través de su columna, esparciéndose hacia todas sus extremidades. A raíz de esto, Levi efectúa una mala fuerza debido a que el cuerpo de la chica se torna rígido en el aire, terminando por arruinar el salto.
―Mocosa ―gruñe Levi, pegando el delicado cuerpo contra su duro pecho antes de depositarla nuevamente en el suelo.
―Lo siento ―contesta, ocultado su nerviosismo a patadas―. Intentémoslo otra vez.
―No pesas un kilo, ¿sabes?
―Sí, sí.
Trota a retroceder la canción en el segundo cuarenta y retorna a colocarse donde corresponde, aguardando expectante en su sitio. Inhala hondamente, atiborrando sus pulmones como método para mentalizarse. «No seas estúpida. Ya estás acostumbrada a su tacto. Incluso te ha tocado accidentalmente los pechos en ocasiones pasadas, esto es normal», se repite. Bien, no es una consejera destacable, pero sus palabras surten el efecto deseado de cualquier manera. Apenas la canción alcanza el tono alto, vuelve a sentir las manos de Levi apresándola con más intensidad que antes, mas esta vez se encuentra preparada. El paso es ejecutado con éxito: mientras se encuentra momentáneamente en el aire, Mikasa estira sus piernas en un ángulo llano y es depositada con gentileza en el piso al segundo. Prosigue en solitario, bailando su parte correspondiente y acabando un minuto antes de que la canción finalice.
―Le agregaremos los pasos restantes de mi coreografía para llegar a tiempo ―formula Levi apenas Mikasa deja de moverse y la melodía continúa viajando en el ambiente.
―Por ahora concentrémonos en el inicio ―suspira―. Enséñame.
―Haces el grand jeté y empezamos con tu parte ―las palabras de Levi demuestran alivio, ya que la chica se ha aprendido moderadamente la mitad de su baile en poco tiempo. O eso es lo que cree.
Mikasa debe ser demasiado precisa en cada movimiento, llevarlos a cabo correctamente y sin un solo error para que calcen con los de Levi. Los bailarines danzan de lado a lado, a veces a una proximidad peligrosa que incluye el roce descarado de sus cuerpos, pero conservando el mismo nivel de protagonismo en el que destaquen ambos.
Agotada se queda corto para describir su estado, mas ella olvida ese detalle porque, aunque no lo demuestre por fuera, está emocionada a grados gigantescos por el simple acto de haber avanzado tanto. Si mantienen el ritmo, definitivamente lograrán estar listos para el sábado. No hay dudas.
La puerta de la habitación se abre repentinamente cuando Mikasa se posiciona frente a Levi, sus torsos casi tocándose y las miradas puestas intensamente en las del contrario. Los dos se sobresaltan como gatitos temerosos por el ruido que ocasiona que aterricen en la realidad, con los pies firmas sobre la tierra, y voltean de súbito.
―Perdón por interrumpir ―carraspea, juguetona, una sonrisa quisquillosa delineando sus labios al verlos en aquella situación. Con su mano libre (en la otra carga un tierno gatito negro) Kuchel hace un gesto deliberado para que se relajen―. Es tarde, cariño, debes llevar a Mikasa. Ya son pasadas las diez.
―Prepara tus cosas ―sin dar más explicación, Levi sale como bala de la sala de ensayo.
Mikasa realiza un par de ejercicios de elongación para que sus músculos no la asesinen al día siguiente; todo bajo la atenta mirada de Kuchel. Al terminar, seca su sudor con ayuda de una pequeña toalla que extrae de su mochila y, por último, se echa desodorante, decidiendo que tomará un merecido baño apenas ponga un pie dentro de su hogar.
Bufa al echarse en cara que dos profesoras dejaron tarea, por lo tanto, debe hacerla u obtendrá un regaño de su padre si sus notas bajan, más ahora que falta poco para que finalice su último año de secundaria. Como último recurso, también puede pedírsela a Armin ―aunque seguramente su mejor amigo esté en el quinto sueño ahora mismo― o tendrá que dormir tarde para acabarla a tiempo. Bueno, lo único certero de todo esto es que su preceptora anotará en la planilla otra tardanza suya por la mañana.
Mientras Mikasa se sienta en el piso para colocarse el pantalón, Kuchel toma la palabra al averiguar curiosamente sobre lo sucedido en esa misma habitación durante casi cuatro horas seguidas.
― ¿Qué tal les fue?
―Bien. Estamos acostumbrados a trabajar juntos, así que no tuvimos inconvenientes ―alza la mirada, algo avergonzada cuando la mujer libera una risita―. Excepto por el asunto de la canción, claro está. Gracias por eso.
―No es nada, encantada de ayudar.
Una vez que tiene la mochila al hombro, completamente preparada para irse, se aproxima a la madre de Levi con intenciones de tocar con extrema delicadeza la nariz del minino de ojos verdes que ella acuna en sus brazos.
―Nunca he tenido un gato ―dice más que nada para ganar conversación.
― ¿No? Nosotros tenemos cuatro en total y cinco perros en el jardín de atrás ―le brinda una sonrisa, bajando la vista hacia su mascota―. Este lindo pequeñín se llama Fran. Levi lo rescató hace un año porque había quedado atrapado en un árbol. ¿Quieres cargarlo?
Así que él es el susodicho.
Mikasa afirma ligeramente y pronto tiene al gato negro entre sus brazos. Lo toma con suma suavidad, temiendo asustarlo si lo aprieta mucho, apoyándolo contra su pecho para acariciar la cabecita con su mano libre. Sonríe quedito ante la sensación. Es todo lo contrario a los mimos que le brindaba a Charlie, ya que casi siempre terminaba desparramada en el piso debido al gran peso y tamaño de su mascota. Por el contrario, el felino es sumamente liviano, despejado, profiriendo ronroneos que le brindan paz.
―Es lindo... ―susurra.
― ¿Sabes? Me sorprendió que Levi decidiera hacer un dúo tan de repente, no le agrada mucho. Por lo general, prefiere los solos ―cambia el tema de repente, la duda y el desconcierto evidente en su tono de voz―. Y estoy segura de que iba a participar en uno hace dos días.
―Espera, ¿él no te lo dijo? ―la pregunta se desliza de sus labios instintivamente. ¿Por qué le guardó el secreto a su propia madre?
― ¿Decirme qué?
―Levi perdió la audición por mi culpa... ―detiene su relato cuando la imagen mental de un mini Levi la zarandea de derecha a izquierda, regañándola con aquellas palabras: «yo tomé la decisión de ir a buscarte, no me obligaste a nada» ―. Bueno, él asegura que no lo fue. Quiero decir, tuve un inconveniente justo antes de la audición y Levi salió a buscarme. Ambos perdimos la oportunidad de un solo, así que le sugerí que hiciéramos pareja.
―No tenía idea ―dice por fin, recalculando en el resumen que la compañera de su hijo acaba de soltar―. Levi es un poco grosero, pero un muy buen muchacho ―la mira fijamente con esos ojos azules idénticos a los del chico.
Si no está siendo paranoica, Mikasa jura captar un segundo mensaje en lo dicho por Kuchel. El empeño que puso al subrayar «muy buen muchacho» la aturde ligeramente, confundiéndola. Es como si tratara de convencerla de algo que ya sabe a la perfección. Cita una de las tantas frases de Hange que ella ya ha confirmado y es verídica: Levi es un osito gruñoncito, pero posee su lado tierno.
―Lo es ―asiente con lentitud, atenta a cada cambio en el rostro de la mujer, aun desconfiando. Sin embargo, antes de poder agregar algo más al respecto, una voz al otro lado las interrumpe:
―Vámonos ―Levi baja la vista, apreciando cómo su gato ronronea contento en los brazos de Mikasa, y chasquea la lengua.
Su cabello húmedo atrae la atención de la azabache, únicamente, porque nunca lo ha visto de ese modo; lo usual es que siempre esté seco y peinado, sin ninguna hebra fuera de lugar. Debió sospechar que su razón de huir tan rápidamente de la habitación fue con la intención de darse una ducha, algo típico en él que no le asombra. Le gusta cómo se ve en esas pintas, mas no consigue el tiempo de detallarlo minuciosamente porque Levi da media vuelta, saliendo de la habitación.
Los tres transitan silenciosamente por los pasillos, bajando las escaleras hasta el recibidor. Algo renuente, Mikasa entrega a Fran en los brazos de la mujer que la despide con un cálido beso en la mejilla y un corto abrazo.
―Adiós, querida. Fue un gusto conocer a la hija de Aiko ―dice dulcemente―. ¿Mañana vendrás? Tengo varias cosas que contarte, si gustas.
―Apresúrate, mocosa.
―Me gustaría ―asiente antes de salir―. Nos vemos.
En el sosegado recorrido hacia su hogar, Levi suelta unas cuantas palabras.
―Mañana paso por ti a las tres.
Y eso es todo.
Cierra la puerta de su hogar, suspirando por el cansancio que atraviesa su entumecido cuerpo. A pesar de su condición, no puede permitirse ir a dormir temprano por dos razones: le cuesta horrores conciliar el sueño a horas prematuras y, aparte, debe terminar con unos deberes de la facultad.
No obstante, su mente vuela en otro mundo porque la curiosidad ha estado picando en su nuca, remordiéndolo desde la tarde; y la única persona capaz de disipar sus dudas se ubica en la sala de estar. Levi marcha apresurado hacia su encuentro, hallando fácilmente a Kuchel viendo ensimismada el noticiero nocturno, sentada sobre un mullido sofá individual con dos gatos acostados sobre su regazo. En una de sus finas manos, reposa una taza de té que huele exquisito y nota que la disfruta tanto como él lo haría si estuviese en su lugar. Son tan similares que a veces le asusta, mas se tranquiliza cuando recuerda todas las típicas sartas de palabras que Kuchel arroja cada vez que abre la boca.
― ¿Qué le pasó a su madre? ―es lo único que alcanza a inquirir apenas entra en la sala.
La interrogante es indicada para citar la entera atención de Kuchel, quien se hace notar sorprendida por la manera repentina que su hijo usó para formularla. Levi cree que, en instantes, conocerá la respuesta, pero su suposición es errónea, ya que ella solo le muestra una sonrisa materna y le indica con un dedo que se acerque.
El azabache carraspea por haberse dejado al descubierto y no medir su arrebato. Casi a regañadientes, camina hasta sentarse sobre el borde del sillón y, hastiado, toma a uno de los gatos para acariciar sus orejitas frías; le agrada la sensación que lo apacigua fácilmente al mimarlos.
―Eso no me corresponde contártelo, cariño ―Kuchel acaricia sus hebras todavía húmedas, despeinándolas en el proceso. Y, sin previo aviso, le tironea una oreja―. ¿Cuándo ibas a decirme que perdiste ese solo, señorito?
―Tch, duele, mujer ―refunfuña, queriendo librarse del agarre que tarde o temprano le rajará la oreja.
― ¿Qué sucedió el sábado?
Inicialmente, se reúsa a narrar acerca del tema porque es un tonto que llegó a una conclusión: el asunto es algo privado entre Mikasa y él. Por lo tanto, las memorias de aquel día se encuentran encerradas bajo llave, con fuertes cadenas de acero y espinas a su alrededor. Nadie puede hacerlo confesar.
Y, bueno, así es cómo termina contándole la historia a su madre. Obviamente, omite varios detalles, como el llanto desconsolado de la mocosa o el agarre cálido de sus manos. No tiene por qué saber eso.
Resistirse a los ojos acusadores de Kuchel y la preocupación plasmada en su rostro es simplemente imposible. En parte, comprende el porqué de su actuar; debe sentirse desconcertada, la confusión atravesándola a raíz de su comportamiento inusual, ya que, generalmente, él nunca se alarma por alguien que no sea cercano a su círculo.
Al acabar con su relato resumido, aguarda en silencio por la contestación de la mujer que sigue tomando su té, usando su deliberado tiempo en llevar a cabo una acción tan banal. Ese hecho lo exaspera porque no se considera así mismo una persona tolerante y armada de la paciencia característica en un buda.
―Levi, ¿qué es ella para ti? ―averigua con seriedad que indica cuán importante es saber aquello para ella. Aparta la porcelana vacía hacia un costado, apoyándola sobre una mesita.
Ambos se observan directo a los ojos, azul contra azul.
Él entreabre la boca ligeramente, decidido a dar una explicación.
No obstante, la respuesta nunca abandona sus labios.
. . .
Dios, por fin terminé este capítulo. Les juro que ha sido como un infierno para mí. Anoche tuve que dejarlo a un lado porque llegué a un punto donde la cabeza me explotaba y me resentí con la computadora como si tuviera la culpa. Estaba tipo "basta, Celeste, te vas a morir" jajaja okisno, pero así más o menos.
Espero que les haya gustado, disculpen algún error. Estaré pendiente porque la última parte fue editada a las apuradas, así que es seguro que más adelante le dé otra repasada.
Eso es todo, nos leemos en el próximo capítulo. Los quiero.
