Capítulo ocho: Conexión.


Finalmente es viernes, sinónimo de «día final del ensayo en la residencia perteneciente al ogro Ackerman». Por lo tanto, también la última ocasión en que cruzará la puerta de aquel hogar donde se la pasó metida cuatro horas diarias durante cinco agotadores días consecutivos. Porque sí, lidiar con el mal genio de su compañero de baile ―y el suyo propio que no beneficia en lo más mínimo a menguar el ambiente― es calificado un cansancio mental para su desdichado raciocinio al que le tocó interferir innumerables veces para repetirle que golpear a Levi hasta el cansancio no era una opción viable a sus problemas. ¡Pero es que se tipo la sacaba de sus casillas!

Es decir, a Mikasa no le fastidiaba del todo que la corrigiera si cometía un paso de manera errónea, hasta se lo agradecía internamente en cierto punto por la ayuda brindada. Sin embargo, aquello era muy diferente a recibir de frente sus hoscos comentarios sobrados que la incentivaron a romperle el cuello. «Te ves como la mierda, mocosa Ackerman. Otra vez», «¿A eso le llamas un fouetté? Pareces estreñida», «Si tienes ganas de cagar, dilo, así no tendré que ver tus pobres intentos por seguirme el paso». ¿Qué manía rara poseía ese hombre con meter las heces en cada rincón de la conversación?

Mikasa sale de su estupor cuando la voz del susodicho que perturba sus pensamientos hace acto de presencia. De soslayo, analiza a Levi casi con desgano, negando rendida al observar la manera en que limpia ávidamente una mancha ―a sus ojos, inexistente― que él jura ver en el vidrio delantero de su inmaculado auto. El pañuelo en su mano izquierda se revuelve en círculos y, cada tanto, él echa alcohol etílico con un rociador que guarda normalmente en la guantera del coche. Ha estado así durante tres largos minutos y no da indicios de agotarse temprano.

― ¿Dijiste algo? ―indaga ella, cruzando sus brazos bajo el pecho. Los dedos índice y medio repiquetean contra la piel de su antebrazo, mientras su muslo izquierdo tiembla en un gesto de impaciencia que Levi no parece captar; y si lo hace, sencillamente la ignora.

―Dije que te adelantes. Kuchel debe estar esperándote ―repite con un deje de pesadez, brindándole una fugaz mirada despectiva.

Sin previo aviso, Levi introduce la mano derecha en su bolsillo y, al sacarla, le arroja la llave de su hogar, las cuales Mikasa logra atrapar por acto reflejo, ya que la estupefacción por su repentina actitud no le permite reaccionar correctamente. En la descripción de Levi Lance Ackerman, hecha en su mente a partir de la poca información que ha logrado recolectar sobre él, no está añadida en el apartado de personalidad la palabra «confianzudo». No piensa en el azabache como una persona que va repartiendo sus llaves a cualquier desconocido. Bueno, indubitablemente ella no es una desconocida como tal, pero tampoco la conoce lo suficiente como para permitirle una libertad semejante.

Divaga en eso mientras se retira discretamente hacia la puerta de entrada, sus pasos sigilosos atravesando el jardín delantero de la casa. Tal vez está rebuscando demasiado la situación, queriendo hallarle forma y sentido a cada acción que él comete banalmente, como si se tratara de algo insignificante. Sacude la cabeza de un lado a otro, decidida a dejar de ahondar en el tema cuando percibe el «clic» característico que origina la cerradura al girar la llave.

Cierra la puerta a sus espaldas y se aventura por el pasillo que da a la cocina, en donde Kuchel siempre ha aguardado por su llegada durante los últimos días para conversar acerca de Aiko y su juventud. Por lo general, charlan alrededor de veinte minutos, treinta como máximo, hasta que Levi interviene entre ambas mujeres, llevándosela a rastras hacia la sala de ensayo cuando decide que el parloteo con su madre es suficiente.

Detiene sus pasos a escasos metros de su destino debido a la sonora carcajada de un hombre que interfiere en sus pensamientos. Mikasa, cual espía, apoya su cuerpo contra la pared, aguardando en su posición. La voz del desconocido es gruesa, rasposa, intensa, todo lo contario al dulce tono exclusivo de Kuchel, quien añade uno que otro comentario entre las risas del hombre. Si agudiza su oído, puede advertir que están hablando sobre los empleados, gastos y ganancias de una cafetería. En otras palabras, asuntos privados en los cuales ella no necesita inmiscuirse.

¿Qué debe hacer ahora? ¿Entrar de todas formas? ¿Cometer retirada? No desea ser inoportuna al interrumpir en su plática; no obstante, sabe que Levi va a abandonar en cualquier momento a la pobre mancha del vidrio y transitará por el mismo pasillo. Su yo del futuro le avisa exasperadamente que será denominada como «mocosa ridícula» por estar anclada en medio del corredor sin razón aparente. No cree tolerar sus mordaces comentarios sin golpearle la entrepierna en el proceso y privarlo del día del padre; por lo tanto, armándose de puro valor, asoma curiosamente su cabeza para husmear de reojo y luego adentra el resto de su cuerpo con lentitud en la cocina.

―Buenas tardes ―saluda educadamente, sosteniendo su antebrazo como método de sosiego.

La atención de ambos mayores reposa sobre su figura estática bajo el marco de la puerta y, entonces, Mikasa consigue divisar la apariencia del desconocido: es un hombre flacuchento, alto (sumamente alto) de barba fina a lo largo del rostro y ojos pequeños semejantes a los de Levi. En los dedos de su mano derecha, yace un cigarrillo que expulsa abundante humo y se propaga paulatinamente en el ambiente.

― ¿Quién es esta jovencita que nos honra con su belleza? ―interroga, residiendo sus intensos orbes oscuros sobre ella.

― ¡Kenny! ―la pequeña mujer da un saltito para proporcionarle un zape a mano abierta en la nuca―. Por Dios, tiene dieciocho años, hombre. Voy a decirle a Traute que andas mirando a la pareja de tu sobrino.

«Oh, así que él es Kenny», delibera ella mientras lo examina silenciosamente, tratando de pasar inadvertida su curiosidad tras su mirada impávida. Ciertamente, es distinto a cómo lo imaginaba en un principio, cuando apenas Levi aludió sobre su existencia. Le problematiza procesar que este hombre es el hermano de la elegante Kuchel, tío del amargado Levi y, asimismo, padrastro de Farlan e Isabel, sus dos compañeros de ballet.

― ¿Eres la novia de ese pequeñajo? ¡No puede ser! ¿Cuánto te pagó para que lo fingieras? ―escolta el comentario con otra risotada áspera. No obstante, el chiste no surte el efecto deseado, ya que el perfil de la bailarina se conserva imperturbable―. Uh, público difícil, ¿eh?

―Soy su pareja de baile ―anuncia con ese tono de voz más sereno de lo usual que manipula frente a desconocidos―. Mi nombre es Mikasa.

―Mikasa Ackerman ―añade Kuchel, orgullosa con el pecho inflado. La mención del apellido es suficiente razón para absorber la total atención del sujeto junto a ella que no cesa de inspeccionarla maravillado. De un segundo a otro, pretende estar ido, como si estuviera tratando de aparejar las piezas de un puzzle en su cabeza―. ¿Recuerdas a Elias y Aiko, hermanito? He aquí su creación.

― ¡No me jodas! ―abre grande los ojos y vuelve a aspirar el cigarrillo de forma ansiosa, dejando escapar el humo de su nariz antes de reanudar con el misma entonación arrebatadora―. ¡Pero si de ese cabrón no tienes nada! ―Mikasa efectúa una mueca de disgusto ante el comentario, preguntándose si acaso todos en ese lugar se llevaban mal con Elias durante su adolescencia―. No me malinterpretes, niña. Tu padre era mi mejor amigo hasta que... se enamoró y me dejó abandonado como un pobre perro en la calle sin collar.

―Qué dramático ―Kuchel niega con la cabeza, volteando los ojos―. Solo porque no te daba la atención que requerías.

El escenario no puede ser más insólito y difuso para Mikasa, quien ahora mismo se sitúa parada frente a los que fueron mejores amigos de Aiko y Elias en el pasado. Demasiadas coincidencias en lo que va de la semana la atiborran en abundancia. ¿Qué otra cosa más va a acontecer? ¿Aparecerá una señora sacada de la nada a informarle que es su tía desaparecida? A esta altura, no se le antoja como una locura cuando reitera que el mundo es cada vez más diminuto.

―Ven, siéntate, querida ―Kuchel la invita con un ademán de su mano y ella avanza con modestos pasos hasta sentarse en un banquito a su derecha.

Insistente, la mujer arrastra cuidadosamente una cajita metálica sobre la superficie de la isla de mármol. Mikasa persigue con la vista cada uno de sus movimientos, sintiendo extremo desconcierto por la ofrenda que se le está siendo cedida. Advirtiendo su transparente confusión, Kuchel le concede una preciosa sonrisa para proseguir a explicar el porqué de sus actos.

―Ábrela, es para ti. Tardé en hallarla, estaba guardada en algún rincón del ático ―arruga la nariz tenuemente, hablando con un deje de diversión―. Si Levi descubre todo el polvo acumulado en ese lugar, lo más probable es que te cancele el ensayo.

Mikasa pestañea con parsimonia, recalculando en el significado de las primeras dos oraciones. El deseo inmediato de saber y las ansias que la carcomen se reflejan en sus temblorosos dedos abriendo el cofre, destrabando el seguro que lo protege y apartando la tapa de metal a un costado.

Hurta el primer objeto a la vista, analizándolo desde todas las perspectivas posibles; es un mazo de fotografías atadas con una cinta roja que ayuda a mantenerlas firmes en su posición. Se encarga de repasar meticulosamente una por una, inmiscuyendo en cualquier detalle minúsculo, hechizada por todos los recuerdos congelados en papel. Incluso hay cartitas que Aiko le dedicaba a Kuchel para el día del amigo o su cumpleaños; sin dudas, era realmente cursi a la hora de escribir y agregar stickers de gatitos o unicornios adorables que se distinguen bastante desgastados debido al tiempo aislados en esa caja.

―Bah, eran tan empalagosas las dos ―manifiesta Kenny sin recato, haciéndola dar un imperceptible brinco en su lugar debido al susto que le ha pegado. Mikasa gira el cuello lánguidamente y descubre que el hombre se ubica espiando detrás de ella, interesado del mismo modo en los viejos objetos. De inmediato, devuelve su vista al frente, ignorando la figura demasiado cercana para su gusto―. Tu madre decía que Kuchel era "el queso de su pizza".

―Era "el chocolate de mi frutilla", idiota ―se queja la mencionada entre risas contagiosas que entretienen a Mikasa por la disputa infantil.

Posteriormente, clava su curiosidad en la última pieza que se le antoja inexplicablemente conocida. Es un brazalete hecho con un cordón lila, del cual cuelgan tres dijes en forma tréboles dorados y tres pelotitas de plástico adornando cada uno de ellos. Por suerte, posee buena memoria, así que triunfar en su investigación acerca del misterio sobre la familiaridad que rodea al objeto es una tarea que se le antoja sencilla.

―Mi madre... ―arruga el ceño y aguarda un segundo, modificando su oración―. Entre las cosas de mi madre hay uno igual.

― ¡Qué alegría! También lo conservó ―Kuchel juguetea con sus finos dedos como si fueran de goma y se humedece los labios antes de sonreír conmocionada. Después exhala ruidosamente para tomar el valor de continuar―. Quiero darte esto, Mikasa.

La aludida titubea, perpleja por su descabellada sentencia. ¿Por qué intenta obsequiarle sus recuerdos? Se supone que son solo suyos, los ha conservado durante veinte años por alguna razón, porque son significativos para ella y sellaron una bella etapa de su vida. Se sentiría como una auténtica ladrona arrebatándoselos y despegándola de las únicas cosas materiales que atesora de Aiko.

―Oh, no podría. Le pertenecen ―intenta dar a entender sus pensamientos, rogando en su interior que la voz no le tiemble, pues no está acostumbrada a hablar sobre el asunto ―. Yo tengo mis propios recuerdos, señora Kuchel, usted conserve los suyos. Mi madre fue una persona importante, ¿no? ―realiza una pequeña pausa bajo la atenta mirada de ambos―. Por lo tanto, no se deshaga de ellos. Todas estas cartas, las fotografías, el brazalete, son una prueba tangible de que ella existió y marcó una huella en su vida. No quiero que la olvide.

―Tú... ―musita, asombrada. Jamás la ha oído articular tantas palabras en un mismo minuto, y menos con un significado tan emotivo―. Comprendo lo que quieres decir, querida. Y ten por seguro que nunca olvidaré la maravillosa persona que fue Aiko ―dócilmente, como temiendo a ser rechazada, apoya su palma contra el dorso de su mano, acariciando con suma delicadeza su piel nívea―. Pero, si deseas algo de aquí, no me opondré. La mayoría de las fotos las conservé yo una vez tomadas y no creo que exista alguna en tu hogar. Tal vez sea una agradable sorpresa para Elias que le obsequies una, ¿no?

Mikasa cavila tan solo por un segundo en su propuesta y la balanza se inclina fácilmente a favor de Kuchel cuando sus ojos grises divagan en las diferentes fotos dispersas hasta atinar con la que más le ha atraído con anterioridad. Se trata del grupo entero de amigos: Nanaba, Kuchel, Aiko, Kenny y Elias. Le causa risa que la madre de Levi abrace de forma protectora a sus dos amigas, mientras desafía a Elias con una mirada fulminante, como si sus ojos azules poseyeran la habilidad de maldecirlo por toda la eternidad. Por otro lado, Kenny aparece despeinando el rubio cabello de su padre con una enorme sonrisa en el rostro.

―Si no es molestia... ―musita la azabache, señalándola con su dedo índice.

―Anda. No es molestia, Mikasa ―sonríe ella, realizando un gesto de su mano que indica despreocupación.

El trato que la mujer ejerce es aliviador para la bailarina, ya que nunca la importuna y siempre es extremadamente amable con ella, ofreciéndole tazas de té, una buena charla y grata compañía. Solo ha pasado una semana conviviendo unos cuantos minutos con ella al día, mas presiente que la extrañará una vez que las prácticas para el dúo acaben esa tarde.

―Oye, molestia, a ensayar ―Levi se asoma después de unos minutos en la entrada de la cocina, totalmente ignorante de la charla que han entablado los tres individuos.

Kuchel lo amonesta con una mirada aguda, a punto de levantarse para tirarle la oreja como castigo y protestar por el trato tosco utilizado con la dulce joven. Sin embargo, alguien más se adelanta y la voz del causante resalta con supremacía, oyéndose estridente en la habitación.

―Rata enana, ¡por eso no consigues novia! ―ríe con fuerza, el humo del cigarrillo saliendo cada que abre su boca.

―Cierra el hocico, animal ―Levi escupe ofendido. Entrecierra los ojos y una muesca de asco se apodera de su rostro al percatarse del ambiente―. Y fuma tus mierdas afuera.

― ¿Ah? ¿Quién coño te enseñó ese vocabulario? ―apunta tras una fachada de falsa indignación―. Los jóvenes de hoy son todo un caso. No tienes ni un mínimo respeto por tu afable tío.

― ¿El mismo que me obligó a pincharle las ruedas al coche del director cuando tenía trece años?

―El tipejo se lo merecía ―sacude su mano en un mohín apático―. ¡Además, lo disfrutaste! A ti también te caía mal, no lo niegues.

― ¡Kenny Ackerman! ¿Se puede saber qué cosas le enseñaste a mi hijo?

Y esa es la historia de cómo Mikasa contempla desde un rincón lo que simula ser una habitual y acalorada discusión entre los miembros de la familia Ackerman. Jura que, valiéndose de cualquier descuido, alguno va a brincar sobre el otro con uno de los cuchillos carniceros expuestos ordenadamente en la pared de la cocina. Principalmente, son Kuchel y Kenny los que alzan la voz a niveles exuberantes, mientras Levi añade breves comentarios cada cierto tiempo para echar leña al fuego ―Mikasa alcanza a ver un atisbo de sonrisa maliciosa plasmada en su rostro cada vez que habla, claro indicio de que disfruta la situación―. Ahora ya no le caben dudas ni le parece raro que Kenny forme parte de la familia por el simple hecho de que todos insultan de la misma forma arrebatada y única.

En un punto, la joven expulsa aire por la nariz, interpretado también como un bosquejo de risa, casualmente cuando los tres se callan para cavilar en un nuevo improperio con el cual contraatacar. A raíz de esto, la estancia se impregna de un cargante silencio que la inquieta, y es entonces que el trío voltea a verla con grandes ojos curiosos debido a su inusual reacción.

―Lo siento, me ha causado gracia ―la pequeña sonrisa formada en la comisura de sus labios se desvanece poco a poco.

―Ya veo, hay que matarnos más seguido para que la señorita se digne a sonreír ―expone Kenny con satisfacción, para nada disgustado con la idea de crear más disturbios.

―Qué vergüenza, debe pensar que somos unos salvajes ―opina la mujer, descansando la mano derecha sobre su frente―. Todo es culpa de ustedes dos.

―Culpa al pequeñajo.

―Culpa al viejo decrépito.

Al distinguir que se avecina otra posible guerra que puede incluir golpes, Mikasa decide intervenir. Guarda nuevamente los objetos en la cajita metálica ―apartando la fotografía elegida y recordando que necesita buscarla antes de irse― y se baja del banco con un pequeño saltito. Forjada de suma paciencia suministrada a lo largo de los años por su amigo Armin Arlert, se aproxima a Levi para palparle el hombro con su dedo índice, notándolo rígido al tacto. Gracias a esto, él quita su vista rabiosa de la de su tío y la envía a la causante de su interrupción; su expresión se suaviza casi instintivamente al hallar sus grisáceos iris.

―Debemos ensayar ―pronuncia con extrema calma y suavidad, sabiendo a la perfección que hablarle como usualmente lo hace solo creará más renuencia en su complicada actitud.

Mikasa retrocede sobre sus pasos, aguardando a que Levi se reúna a su lado para ir juntos a la sala de ensayos ubicada escaleras arriba. Y así lo hace, abandonando su futura discusión y persiguiéndola cual perrito faldero, sin protestar ni emitir comentario al respecto.

― ¡Calmando a la fiera! ¡Sí que es una Ackerman!

― ¡Kenny!


La respiración agitada de Levi golpea insistente contra la mejilla de Mikasa, elevándole así unos cuantos mechones de cabello negro cada vez que exhala debido al agotamiento. La chica luce en las mismas condiciones, ansiando recobrar el aire perdido entre los fuertes brazos que la sostienen firmemente incluso si el baile ya ha concluido.

―No está mal.

El alivio viaja a cada centímetro de su agotado cuerpo, otorgándole una paz indescriptible que le provoca suspirar. Incluso si no lo demuestra por fuera, ella realmente está entusiasmada y conforme con la coreografía que han logrado acabar después de tantos días de práctica constante.

― ¿Lo crees?

Gira sutilmente el cuello, causando que la punta de su pequeña nariz respingada se tope con el mentón enmarcado de su compañero. De repente, su estómago sufre de una presión que la ataca sin clemencia y Mikasa se ve forzada a regresar su vista al frente casi con movimientos robóticos que denotan nerviosismo ahora que es consciente de la cercanía peligrosa de ambos.

La respuesta de Levi es un sencillo y seco «hm» que ella interpreta como un «sí, lo creo». Mikasa ha aprendido a leerlo mejor con el paso de los días entre tantos sarcasmos que la sacan de quicio. A este punto, comprende y distingue cuándo él habla en serio, y el hecho de que no la haya ofendido durante el ensayo ―ni siquiera incluido la palabra «mierda» en su vocabulario― es un argumento apto para intuir que su baile adquiere el nivel exigente y requerido por el chico.

Poco a poco, el acentuado agarre de Levi en su cintura ―el cual no ha cesado de ocasionarle múltiples escalofríos si la toma desprevenida― pierde fuerza hasta soltarla en su totalidad, creando una sensación de vacío en ella que es llenada apenas el azabache apresa su mano para ayudarla a reincorporarse. Diablos. Le fastidia de sobremanera reaccionar de ese modo con él, ser una niña dependiente de su toque. ¿Qué es lo que vuelve agradable el contacto de ese enano? Ni ella misma domina la respuesta al enigma, así que llega a la pobre conclusión de que es por simple costumbre.

Una vez que sus pies se encuentran correctamente fijados al piso, Levi la suelta para encaminarse hacia el piano, en donde dos botellitas de agua reposan junto a un par de manzanas sobre una bandeja traída por el tío Kenny ―en realidad, el hombre vino a hacer una tregua de esa manera, obligado por Kuchel a base de tirones de oreja―. Le arroja una a Mikasa y ambos beben del refréscate líquido en silencio hasta saciar su sed.

Para sorpresa de la fémina, en vez de articular un «continuemos con el ensayo, mocosa», Levi se agacha con clara intención de sentarse en el piso de madera. Su postura le da un aire de desinterés, ya que una de sus piernas se mantiene recogida y la otra estirada, como si no cargara la finalidad de moverse de ahí. Además, sus ojos azules se cierran con parsimonia y sus labios se entreabren, inhalando profundamente, sin musitar palabra alguna.

Ante la vista que contempla, sus músculos gritan a viva voz en objeción, demandando a zarandeos un pequeño descanso. Por lo tanto, Mikasa imita su acción y accede a que su cuerpo repose contra el frío suelo, ocupando un lugar algo alejado de su ubicación.

― ¿Seguimos ensayando? Todavía son las ocho ―inquiere ella, ladeando su cabeza como un gatito curioso.

―No ―abre los ojos, inclinándose hacia atrás y usando la palma de su mano como soporte―. No hay necesidad.

Está a punto de protestar, aludiendo que un poco más de práctica no les hará daño, mas cierra su boca con vacilación al percatarse de un detalle: el ambiente es cómodo, sosegado, y eso le agrada en demasía. ¿Será que él también lo disfruta tanto como ella? Es probable, pues su expresión de eterno estoicismo se ha suavizado considerablemente. Mikasa abraza sus piernas y recuesta la mejilla izquierda contra sus rodillas, enviándole cada cierto tiempo miraditas de reojo para comprobar que él se mantiene en el mismo estado plácido.

El silencio que se ha sumado en la estancia ni siquiera es perturbado cuando la puerta de la habitación se abre levemente y uno de los gatos que habitan el hogar entra por la pequeña hendidura. El pelaje anaranjado con rayas en tono oscuro y la barriguita abultada le recuerdan irremediablemente a Garfield, por lo que es inevitable no imaginar un escenario en donde Levi lo alimenta con lasaña hasta hostigarse. Reprime una sonrisa ante el pensamiento.

El animalito se dirige hacia su dueño, maullando ruidosamente mientras se restriega contra sus piernas en busca de cariño. Levi contenta su capricho sin rechistar, subiéndoselo al regazo para empezar a llenarlo de diversos mimos. Mikasa afirma su sentencia de muerte cuando el minino apoya su suave patita contra la nariz del azabache; es demasiado adorable y no cree soportar más tiempo sin chillar con algún comentario al respecto. No quiere verse como una loca ―sabe a la perfección que su voz se asemeja a la de una ardilla si se trata de una mascota―, así que, para ahorrarse la vergüenza, opta por bufar sonoramente y dejar caer su cabeza hacia atrás, prohibiéndose a sí misma la posibilidad de continuar admirando tal escena.

Por consecuencia, su vista se posa en el hermoso piano negro que tantas veces ha fantaseado con tocar, aunque lo cierto es que sus conocimientos acerca del instrumento son nulos. No obstante, eso no impide que sus dedos piquen por querer fundirse en las teclas, todavía más al percatarse de que es la única oportunidad que le queda para cumplir lo que ansía. ¿Lo complicado del asunto? Bueno, lo complicado es que preguntarle al gruñón de Levi es un certero y rotundo «no». Mikasa divaga libre en sus pensamientos, buscando una solución, aún con el cuello hacia atrás, hasta que Levi rompe el silencio.

―Te va a dar tortícolis ―comenta, mas no obtiene réplica―. ¿Qué miras tanto?

La elección de contestar «no te interesa», únicamente para lograr fastidiarlo un poquito, es tentadora para la mente de Mikasa. Sin embargo, prefiere recapacitar en el hecho de que sonará infantil si lo hace y eso le brindará menos posibilidades de conseguir su objetivo. Entonces, se abstiene de manifestar aquello y, en cambio, decide arrojar una indirecta bastante directa.

―En una habitación donde la cantidad de objetos es limitada, no creo que sea muy complicado averiguar qué estoy mirando, ¿no crees? ―eleva una ceja, petulante.

―Tch, veremos si con esa botella en la garganta seguirás haciéndote la listilla conmigo, mocosa ingrata ―rezonga huraño. Aunque, lejos de asustarla con el comentario, le divierte lo cascarrabias que llega a ser―. Si quieres tocarlo, solo dilo.

― ¿Puedo tocarlo?

―No.

Lo admite, ha caído redondita en su trampa como estúpida. Mikasa crea un puchero minúsculo en sus labios antes de desviar la mirada y enseñarle el dedo medio mientras formula un «estúpido» entre cuchicheos quisquillosos.

Maldecirlo por su mal genio es su próxima tarea, la cual queda en el olvido cuando Levi emite un sonido semejante al que ella misma hizo en la cocina a modo de risa. Su corazón late alborotado al oírlo y sospecha que va a salir expedido de su boca en cualquier instante. Sin embargo, cuando gira el rostro para conocer la expresión que posee al reír, descubre que esta no ha cambiado en lo más mínimo; continúa viéndose tan hostil y disgustado como ya es tradición. ¿Acaso su mente le está jugando una mala pasada y se lo imaginó?

―Haz lo que quieras, solo no ensucies ―ordena él cuando adquiere su atención.

― ¿Puedo arrojarte de la ventana por imbécil, entonces? Prometo no ensuciar.

―Mueve el culo antes de que me arrepienta.

Divertida por las palabras que carecen de amabilidad, Mikasa se coloca de pie y se adelanta hacia el banquito frente al piano. Abre la tapa gradualmente y apoya la yema de sus dedos sobre las blancas teclas, sin realizar la suficiente presión para que no emitan sonido todavía. El instrumento le causa curiosidad desde que lo vio en el salón de música cuando asistía a la escuela primaria; por desgracia, la maestra les tenía prohibido acercarse.

Lo más probable es que, a los ojos de un tercero, se distinga como una cría que consumió azúcar en exceso y, al mismo tiempo, descubrió su juguete nuevo de Navidad. Empero, dejar sus emociones al desnudo no se convierte en un problema o preocupación mayor para ella en ese preciso instante.

Parsimoniosamente, los dedos índice y medio de su mano derecha oprimen las teclas en escalera, revelando así el sonido que ejecuta cada una, el cual resuena en toda la habitación y crea un eco agradable. La comisura de sus labios cede y elabora una sonrisa ladina de satisfacción, aun si la melodía que intenta copiar no tiene ni pies ni cabeza.

―Eres tan mocosa... ―las palabras de su compañero provocan que se detenga casi de sopetón.

Dos pálidas manos florecen en su campo de visión, a cada costado de su figura. Y, de pronto, los dedos de Levi reemplazan los suyos para emprender una melodía que Mikasa reconoce al milisegundo porque es exactamente la misma que baila en el aire cada vez que abre la cajita musical obsequiada por Aiko. Oírla directo de un piano es el cielo para sus oídos e, inevitablemente, la conmociona a niveles exuberantes. Su compañero no es un profesional y lo cierto es que está muy lejos de serlo; por momentos se retrasa o a veces se adelanta, toca con lentitud, como si temiese cometer un paso en falso que lo arruine. Sin embargo, ella no puede considerarlo más hermoso y perfecto.

Mientras la melodía avanza, Mikasa presta meticulosa atención a sus manos. Los dedos del azabache son largos y bien cuidados, los nudillos contorneándose con cada empuje a las teclas y las venas marcadas forjan un recorrido con diferentes destinos a lo largo de su dorso. El pensamiento de pasar su uña por aquella tonalidad verdosa que contrasta en su pálida piel es vigorosamente tentativo. Es ahí cuando su raciocinio entra en acción para advertirle que no pierda la cabeza con tanta facilidad, que en realidad no desea que la rodee con ellas, que tan solo son manos, solo eso y nada más.

Aterriza de un tirón en la realidad cuando Levi para bruscamente sus movimientos y Für Elise se detiene a la mitad. Confundida por su comportamiento imprevisto, Mikasa transporta su vista hacia arriba con el propósito de solicitar una explicación a través de su mirada curiosa.

― ¿Qué sucede? ¿Por qué te detienes? ―musita.

No hay respuesta a ninguna de sus incógnitas. Por el contrario, Levi elige conservar sus afilados ojos en ella, quien no sabe cómo interpretar la ojeada inquisitiva que cala en su interior como mil agujas atravesando su agotado cuerpo. Lo conoce desde hace cuatro meses, mas nunca suele adivinar qué diablos ocurre en su cabeza. Ojalá poseyera la habilidad de saber a ciencia cierta lo oculto tras su fachada despectiva.

Tenerlo pendiendo sobre ella le ha hecho olvidar súbitamente la banal acción de respirar. Si alguien llegara de improvisto a clavarle una espada en el pecho, su estado se mantendría en la misma condición solidificada. Mikasa se siente como una criatura diminuta bajo su cuerpo y, asimismo, experimenta un efecto placentero tan livianito y cómodo que le hace anhelar que su compañero no se aparte jamás. No obstante, comprende a la perfección que su deseo es imposible de cumplir cuando él decide contestar y dar el tema por saldado, arruinando el ambiente.

―No me la sé por completo ―explicado esto, le da su debido espacio y vuelve a sentarse sobre el piso.

Mikasa se aclara la garganta y estruja disimuladamente sus pequeñas manos como forma de tranquilizarse. Al no obtener resultados positivos, opta por distraerse observando el entorno que la rodea. Como mencionó ella misma, la cantidad de objetos en la habitación es escasa y por esa razón logra percatarse con extrema facilidad de la ausencia de alguien anaranjado.

― ¿Y el gato?

―Se asustó cuando empezaste a tocar ―no hay ningún ápice de burla o ironía en su tono de voz, por lo que intuye que dice la verdad.

Si su opinión cuenta, el concierto improvisado no fue tan terrible. Garfield no posee buen gusto musical, eso es todo.

― ¿Qué hacemos ahora? ―replica, cruzando los brazos. ¿Ya ha mencionado que se pone bastante habladora cuando se siente nerviosa?

―No lo sé, mocosa ―le envía una mirada petulante―. ¿Quieres hacer una reunión de té, acaso? ―Mikasa abre la boca para contestar―. No digas nada, no lo dije en serio.

―De hecho, iba a pedirte algo.

―Adelante.

―Podemos... ―duda un momento, desviando la mirada―. ¿Podemos ir al patio?

Ha querido ir al jardín trasero desde que Kuchel le informó lo que habitaba en ese lugar. Nunca tuvo tiempo de pedirle como favor a Levi que la llevara, pues sus ensayos siempre terminaban caída la noche y no existía un espacio que se lo permitiera. Pero como ahora él dio por acabada la práctica dos horas antes de lo habitual, necesita beneficiarse de su inesperada cortesía al máximo y sacarle todo el jugo posible.

―Cámbiate primero ―dice él, repasando su escasa vestimenta.

―Pasaré al baño, entonces.

Bajo la vigilancia del chico, Mikasa salta del banquito en busca de la mochila que contiene sus pertenencias. Eso le recuerda que ya ha aprendido la lección respecto a su vestuario. Todos los días, se asegura de que su falda negra esté limpia para poder utilizarla durante cada ensayo sin falta y no exponerse demasiado a los ojos penetrantes de su pareja.

Aunque, a decir verdad, desde el ángulo en el que Levi se ubica sentado, no le queda mucho a la imaginación tampoco. Chasquea su lengua contra el paladar al percatarse de aquel detalle y se abstiene de seguir observando.

Ignorante de aquello, la joven bailarina se cuelga la mochila al hombro y sale por la puerta en dirección al baño más cercano del segundo piso. Al localizarlo, lo primero que hace es observar su reflejo en el pulcro espejo.

Sus mejillas rosáceas gracias al ensayo ―no va a admitir por nada del mundo que ha sido a causa de lo acontecido con Levi― contrastan vivamente en su palidez habitual. Para contrarrestar el color, se echa abundante agua fresca en el rostro y después lo seca con una de las mullidas toallas exhibidas en una estantería. El lugar fácilmente podría confundirse con un baño de hotel. Procede a liberarse de sus prendas, reemplazándolas por una simple camiseta blanca y leggins negros, no sin antes echarse desodorante y limpiar cualquier vestigio de sudor en su cuerpo.

Al salir, advierte a Levi esperando su regreso justo a unos cuantos metros de la puerta. Ambos marchan escaleras abajo en total mutismo y cruzan el pasillo de la planta baja hasta llegar al final del corredor, donde yace una puerta de madera blanca. Levi toma el picaporte y se apresura a abrirla, permitiendo caballerosamente que ella dé el primer paso al exterior, sabiendo de antemano lo que se avecina.

―Tres, dos, uno ―habla él con lentitud.

Mikasa voltea a verlo extrañada, preguntándose qué bicho le ha picado. No obstante, comprende a qué se debe la cuenta regresiva cuando siente en la boca de su estómago dos patitas caninas que chocan con fuerza y logran tirarla al piso. Por suerte, su trasero y el césped amortiguan la caída.

A la amena bienvenida se suman cuatro perros más, todos en diferentes tamaños, que hacen hasta lo imposible para conseguir la atención requerida; desde saltar sobre su espalda amistosamente, enredar sus garritas entre las hebras de su cabello negro y buscarle el rostro cada vez que ella lo esconde entre sus manos.

― ¡Ey, ayúdame! ―replica con la voz amortiguada.

― Tú querías venir, ¿no? Ahora te aguantas.

¡Qué enano insufrible! Juega su vida entera a que debe estar divirtiéndose maliciosamente viendo la escena que él parece haber calculado con anterioridad. No por nada la dejó salir antes.

Mikasa libera un chillido cuando uno de los canes se hace espacio entre sus piernas para descubrir su rostro y llenarlo de babas. Sin dudas, va a arrojar a Levi por la primera ventana con la que se tope apenas tenga la oportunidad.

Al parecer ha decidido que es suficiente, ya que, sin previo aviso, su compañero de baile profiere un chiflido agudo, haciendo que sus mascotas se detengan en el acto. Con una inocencia adorable, los cinco animales se sientan para observar a su dueño, moviendo sus colitas ávidamente y liberándola por fin de aquel encierro perruno.

Mientras le echa mil maldiciones inentendibles, Mikasa peina su desaliñado cabello con los dedos y lucha para recuperar el aire en sus pulmones.

―A ver, él es Titán ―señala como si nada hubiese ocurrido a un can de pelaje marrón y gran tamaño, específicamente el que se tomó la tarea de arrojarla al suelo―, a su costado está Bruno, el caniche se llama Rodo, el de pelaje negro es Olivia y... ―indica al último que se asemeja a un juguetito―, el pincher es Hércules.

―Se parece a ti ―refuta, llamando al susodicho a base de besitos, quien no tarda en adelantarse para ser cargado cual bebé. Mikasa se pone de pie con el perro de raza pequeña entre sus brazos mientras le acaricia el cuello con la punta de la nariz.

―Yo no me meto entre tus piernas ―se encoge de hombros, sin inmutarse ante la comparación y afirmando que Hércules fue el que cometió tal acción.

―Idiota.

Mikasa acompaña con la vista a Levi, quien se sienta en una hamaca del jardín, siendo perseguido por Titán. Ella, en cambio, opta por arrodillarse y compartir amor de forma equitativa a los cuatro perros restantes, enternecida al estudiar sus adorables caritas de angelitos. Da la sensación de que nunca se cansará de mimarlos y hablarles con voz de ardilla entre susurros para no ser oída por Levi. De a ratos, sonríe abiertamente cuando se pelean entre ellos para ver quién se queda con sus manos que a los canes se les antojan sagradas.

Aún si se siente regocijada, en su expresión logra divisarse un atisbo de nostalgia porque, innegablemente, recuerda a Charlie cada vez que sus palmas recorren los cuidados pelajes de las mascotas de Levi. Lo extraña tanto, tanto...

―Vas a tener que darte una buena ducha cuando regreses ―opina Levi, sacándola de su ensimismamiento―. Y lavar más de tres veces tu ropa.

Mikasa mira hacia abajo, dándose cuenta de que su camiseta blanca se encuentra repleta de pelos y patitas marcadas. De haber sido otra causa, habría suspirado de pura frustración, pero esta vez no lo hace porque el motivo de su suciedad ha valido totalmente la pena.

Sabe con certeza que a Levi no le fastidiaría dejarla quedarse por un rato más, pero ya está haciéndose tarde y necesita regresar a su hogar temprano para tener tiempo suficiente de preparar las pertenencias que usará en la audición de mañana.

―Vamos, te llevo.

Mikasa asiente con un ademán y se coloca de pie, sacudiendo sus rodillas en el proceso. Sigue a Levi hacia el interior del hogar, no sin antes repartir besos en todas las cabezas caninas a modo de despedida.

―Adiós ―los saluda, agitando su mano de derecha a izquierda como si ellos comprendieran el significado.

Por insistencia inhumana del chico, Mikasa es obligada a cambiarse la camiseta para no adherir los pelos en el asiento del copiloto. Al principio, se muestra renuente a utilizar una de sus prendas, pero acaba cediendo al minuto porque la convicción de Levi es inquebrantable si se relaciona con la limpieza; en otras palabras, es una batalla pérdida. Además, no le apetece oírlo rezongar durante todo el camino.

En eso recapacita mientras abre la puerta y se adentra en el vehículo, colocándose el cinturón de seguridad. Aprovechando que Levi regresó al interior de su casa por olvidar las llaves del coche, dirige la manga de la sudadera a su nariz y percibe el aroma de su dueño al instante. Es una mezcla de té y sahumerios ―la culpable de esto último es Kuchel por meter aquellos palitos aromáticos hasta en los baños―. Una combinación bastante extraña, pero que no le disgusta.

― ¿Qué estás haciendo? ―interroga Levi de repente, viéndola desde la ventanilla.

Desesperada, Mikasa piensa en una excusa vagamente creíble mientras sigue la secuencia de movimientos que él usa para subirse al auto.

―Me goteaba la nariz.

Confesar sus verdaderas intenciones no es una opción. Tan siquiera mencionar que, en realidad olisqueaba el aroma personal del chico, se consideraría una apuñalada directa en el orgullo y una invitación a las fastidiosas bromas de Levi. Es como decirle a viva voz «¡ey, enano, moléstame de por vida!».

―Mocosa asquerosa, ahora la manga está llena de tus mocos ―refunfuña con una expresión de asco adornando su rostro―. Quédatela, te la regalo ―dice, refiriéndose a la sudadera usada supuestamente como pañuelo.

―Como desee el maniático.


― ¿Papá? ¡Ya llegué! ―llama en voz alta apenas pone un pie dentro del hogar.

―Aquí estoy ―la voz de Elias contesta desde, lo que supone, es el comedor.

Mikasa deposita su mochila en el piso y avanza hacia la habitación indicada, enterándose de que su padre ha puesto la mesa para cenar junto a ella. La comida servida en una fuente de vidrio ―evidentemente pedida porque Elias es un pésimo cocinero― se le antoja deliciosa y provoca que su estómago gruña en protesta.

―Sabes que no es necesario que me esperes ―murmura Mikasa, acercándose para saludarlo con un beso en la mejilla―. Tienes que levantarte temprano en la mañana.

―Al igual que tú ―rebate él sin alterarse ―. Vamos, come o se enfriará.

―Tengo algo para ti antes ―al sentarse en su silla, le extiende la fotografía que Kuchel le ha obsequiado.

Elias la recibe con cierta vacilación, preguntándose de qué se trata el asunto, hasta que sus ojos exponen genuino asombro al descubrir el contenido de la misma.

― ¿En dónde obtuviste esto?

―La madre de Levi se llama Kuchel Ackerman ―abre sus manos, murmurando entre dientes un «¡sorpresa!».

― ¿Y no te dignaste a decírmelo en toda la semana? ―la reprocha con una dura mirada.

―Lo siento, lo olvidé ―le ofrece una sonrisa de inocencia como disculpa.

Elias deja caer con sutileza su puño sobre la cabeza de Mikasa, amonestando que es un caso perdido.

―No me digas que conociste a Kenny ―dice de repente, el tenedor con carne permaneciendo congelado en el aire.

―Sí… ―entrecierra los ojos por su dudosa reacción―. Hoy mismo. ¿Por qué?

―Límpiate con cloro cuando vayas a bañarte ―frunce el ceño y se encaja un pedazo de comida a la boca, masticando con fuerza―. Ese hombre es la mala influencia encarnada.

Es entonces cuando recuerda las palabras que Levi emitió por la tarde en medio de la discusión con su tío: «¿El mismo que me obligó a pincharle las ruedas al coche del director cuando tenía trece años?». En definitiva, Kenny es un individuo bastante... peculiar.

―Era tu mejor amigo, ¿no? ―lo pica con transparente diversión en su semblante―. Dice que lo dejaste abandonado como un pobre perro en la calle… ―realiza una pausa―, sin collar.

―Ese tipo se etiqueta solo, no te creas todo lo que sale de su boca ―niega de un lado a otro―. Y, por lo que escucho, sigue siendo tan dramático como de costumbre.

Su padre no añade más comentarios al respecto y aparta el regalo, dejándolo a un lado sobre la mesa. Procura dominar el asunto con seriedad, como si los recuerdos de su adolescencia no hubiesen renacido, mas Mikasa alcanza a notar que, cada cierto tiempo, sus ojos no pierden de vista la fotografía y un pequeño bosquejo de sonrisa ladina surca sus delgados labios. Kuchel tenía toda la razón y ahora agradece más que nunca su insistencia porque, sin dudas, esa fue una agradable sorpresa para Elias.

. . .

Holiwis.

Diría que es una actualización doble, pero estaría mintiendo xD. El capítulo siete estuvo listo hace un tiempo, mas no había podido publicarlo en Fanfiction, perdón. Tuve que escribir este capítulo otra vez. Lo peor de todo es que, al acabarlo, mi cuñada encontró el cargador de la computadora (no lo encontré por días y el primer intento de capítulo ocho estaba ahí dentro) y yo en plan: *gritos internos de frustración*

Así que, si ven algún error, es porque ya me harté de leer esto como 50 veces y lo he dejado pasar xD. De todas formas, cuando se restaure mi paciencia, estaré revisando por si encuentro algo. Mil disculpas si notan la narración algo floja :(

Lo único que he aprendido de todo esto es que yo me tardo por vaga. Pude reescribir este capítulo en dos días, pero a la primera me demoré dos semanas, sí. Qué cosas. Trataré de traer el nueve en estos días. Spoiler: puede que veamos todo desde el punto de vista de Levi y por fin descubran qué piensa exactamente.

En fin, espero que les haya gustado. Al final, tuve que dividirlo por dos razones. Una: si seguía escribiendo, terminaba con más de 15.000 palabras seguramente y, aunque me gustan los capítulos largos, preferí partirlo a la mitad porque siento que lo que se viene en el próximo es aparte. Dos: tenía paja de seguir editando así que lo corté cuando llegué justo a las 7.000 palabras. Soy esto, perdón.

Michocita y Levicito están acercándose cada vez más y eso me emociona muchísimo. Sería una lástima separarlos, ¿no? Ok, basta, mentira. Ya me voy, no los molesto más con mis notas de autor sin sentido xD.

Gracias de antemano por leer y tenerme paciencia. Los quiero un mundo. Cuídense y tomen agüita.