Capítulo diez (parte dos):
Armin, otaku nerd, Arlert.
Meses atrás, si alguien hubiese tenido la osadía de insinuarle que sería inconmensurablemente feliz por la dulce sonrisa de una persona en especial, por sus encantadores ojitos iluminados e, incluso, por su sola existencia, probablemente deliberaría que el sujeto atravesaba un grave delirio y, siendo conciso, lo habría enviado directo al carajo por comentar estupideces sin ton ni son.
Levi, en antañas ocasiones, donde el insomnio fue su única y más fiel compañía, se cuestionaba severamente el porqué de los intensos estragos que descarrilaban su interior cada vez que sus azulinos ojos reposaban sobre la esbelta figura de Mikasa Ackerman. A decir verdad, en un inicio, le parecía totalmente ridículo que bastara con topársela durante una pequeña fracción de segundo para que cualquier inquietud abandonara su ser. Sin embargo, actualmente comprende a qué se deben las vivaces sensaciones que la mujer origina en él sin siquiera esforzarse o estar consciente de lo que ocasiona. Felicidad. Pura y genuina felicidad.
Para el impávido hombre, la simple acción de verla es semejante a beber una cálida taza de té temprano por la mañana, ejecutar perfectamente una nueva coreografía ya concluida o asear con pulcritud un espacio hasta dejarlo reluciente. Pequeñas acciones como esas lo atiborran inexplicablemente de alegría y satisfacción.
Justo como le ocurre en ese preciso instante, mientras analiza a la bella chica situada en medio del pasillo, la cual contempla los resultados de las audiciones en la compañía de dos adolescentes ―Zofia y Gaby, según lo que acaba de oír― que no sabe de dónde diablos salieron. O él estaba muy concentrado en babear por cierta personita o las mocosas surgieron por arte de magia. Sospecha que la primera opción es más acertada, naturalmente.
Suspira cual crío enamorado al advertir en lo bonita que se ve esa tarde. Mejor dicho, siempre lo es, pero hoy más en especial al estar vestida con ese fino suéter blanco y esas botas afelpadas que le otorgan un aire de delicadeza y ternura. ¿Ya ha mencionado que su cabello azabache le fascina? Lo que él daría por poseer el privilegio de acariciar cada hebra de su largo pelo, ahora adornado con sutiles ondas a raíz de liberar el rodete apretado que minutos antes adornaba su cabeza. Sí, es preciosa; sencilla y preciosa. No por nada la mayoría de los chicos (y un par de chicas) boquean por ella al pasar, aunque la susodicha ni en cuenta del revuelo que causa a su alrededor.
Es desgajado de su ensoñación cuando el celular oculto en el bolsillo de su pantalón comienza a tintinear y vibrar estridentemente. Levi pega un corto respingo y se apresura a configurar el aparato en silencio para no ser descubierto estúpidamente en el acto y acusado de mirón. Conforme lee los mensajes a través de la ventana de notificaciones, un bufido escapa de su boca al divisar el apodo de Hange en la parte superior. A esta altura, es una tradición que la desvergonzada mujer esté metida en todos lados, siendo tan escurridiza como arena en los calzones.
Dolor en el culo, 6:40 p.m.
¡Apúrate, hombre, estamos en la entrada! Por hoy tendrás que posponer tu actividad favorita, admirar cobardemente a tu Julieta desde un rincón puede esperar. Es viernes de videojuegos en la casa de Erwin, por si lo olvidaste.
Y al texto le siguen quince emojis distintos en mensajes separados para que él se digne a revisar el teléfono.
Voltea moderadamente hacia todos los ángulos accesibles, mas no descubre vestigios de su chiflada amiga sondeando el lugar con sus fastidiosos lentes que lo juzgan o burlan en silencio. ¿Acaso esa mujer escondió una cámara entre sus ropas? ¿Cómo diablos supo...? Bueno, no interesa.
Enviándole un último vistazo a la mujer que aparenta despedirse del par desconocido, Levi retoma su marcha con rapidez por el extenso pasillo de la academia Sina en dirección a la salida, y pronto se reúne con sus dos mejores amigos que no derrochan el tiempo en importunarlo y joderle la existencia.
― ¡Ajá! ¡En tu cara, Erwincito! ―chilla Hange a viva voz, festejando su victoria mediante un baile ridículo en el que todo su cuerpo zigzaguea cual babosa en sal. El mencionado deposita suavemente el control de la play sobre su colchón, sin mostrar en aquella sosegada acción toda la exasperación que trepa en su interior por ser humillado en su propio juego―. Oye, Levi, no es momento de completar tareas. Ven a jugar un rato para que te patee el trasero.
―Literalmente estuvieron... ―consulta la hora en la pantalla―, cuarenta minutos en una puta partida. Necesitaba aprovechar el tiempo mientras tanto. Además, tengo responsabilidades, no es mi problema que ustedes hayan decidido ser unos vagos de mierda y abandonar la facultad.
―Repito, ¿por qué apurarse? Todo a su tiempo, enanito, todo a su tiempo ―contesta pacíficamente, fundiéndose en el cómodo puff anaranjado como arena cinética―. ¿Entonces? ¿Juegas o no?
―No, yo... ―el pretexto recién inventado para evadirla es detenido gracias a un mensaje de WhatsApp que, inicialmente, considera ignorar; empero, al recapacitar en que podría ser su insistente madre averiguando dónde se encuentra, decide ver la identidad del emisor.
El corazón casi se le escapa por la boca cuando corrobora que se trata de Mikasa enviándole una foto de su mascota.
Ignorando las babosadas de Hange, se centra en admirar lo tierno que se ve Taffy arrullado en los brazos de un hombre ―por lógica supone que se trata de Elias―; innegablemente, no erró en entregarle al pequeño can que claramente es atendido con todo el amor y cariño permitido.
Yo, 8:20 p.m.
Es un mimado, no deberías consentirlo tanto, mocosa. A este paso, tendrá una habitación para él solo.
Vamos, como si él no hiciera lo mismo con sus mascotas; hasta rebasa a Kuchel en ser un cargoso sobreprotector cuando se trata de sus hijos de cuatro patas.
―Ese interés repentino, esa facilidad para dejar los deberes a un lado, esa cara de bobo enamorado... ¿Estás hablando con Mikasa, cierto? ¡Quiero ver! ―exclama Hange con avidez, arrojándose a su lado en el sofá e invadiendo sin reparos su espacio personal. La grande nariz de perico de la extravagante chica por poco alcanza a tocar la iluminada pantalla del móvil y, al finiquitar con su deber de leer la breve conversación, una sonrisa maniática se dibuja en su rostro―. ¡Por todos los titanes! ¿¡Entiendes lo que esto significa?!
― ¿Ahora qué diablos te sucede? ―Levi masajea sus cienes, aturdido por el repentino grito que pegó sin aviso previo.
―Cuando una chica te envía de la nada una foto sin contexto, y más alguien tan circunspecta como lo es Mikasa, es porque quiere decirte algo y no sabe cómo. Es una estrategia típica y factible para los lentos como tú, enanín ―subiéndose los lentes que resbalaban por su tabique, toma una postura superior de sabelotodo. Sí, esa misma que Levi tanto aborrece―. Anda, pregúntale qué necesita.
Mocosa , 8:20 p.m.
Es tierno, y esa es suficiente razón para darle una habitación.
―La registraste con un corazón, ¡me muero! Lo que no tienes de altura, lo compensa lo tierno ―patalea en su lugar como chiquilla de cinco años entusiasmada por un juguete nuevo―. ¡Erwin, sé que estás enojado por ser un mal perdedor, pero ven a ver esto!
Actuando sospechosamente interesado, el susodicho toma asiento a su izquierda e, imitando la acción de la castaña, comienza a curiosear en el tema sin darse cuenta de que está siendo ojeado de soslayo. Levi observa a su mejor amigo con atención, entrecerrando los párpados ante su reciente comportamiento inusual. Si bien, ha ayudado por voluntad propia en cada uno de los planes estrictamente organizados con el fin de juntar al par de azabaches, la que siempre anda entrometiéndose en todo lo que rodea a Mikasa es Hange Zoë y no Erwin Smith precisamente. Es raro. De igual forma lo pasa por alto, restándole importancia al asunto tras un banal encogimiento de hombros.
Yo, 8:21 p.m.
Como digas. Ahora escúpelo, ¿qué me quieres decir?
―Espero que estés en lo cierto, cuatro ojos, o te patearé el culo hasta que fallezcas.
―Tú hazle caso a la voz de la experiencia, cariño.
―Ya respondió ―advierte Erwin, mirando atentamente el mensaje recibido.
Mocosa , 8:22 p.m.
Bien. Mi papá va a hacer un almuerzo este domingo.
¿Quieres venir?
― ¡Booyah! ―Hange alza el puño al aire en señal de victoria. Lo curioso es no recibir ninguna respuesta de su enamorado amigo o algún improperio por haber chillado en su oído; por lo tanto, gira el rostro y abre grande los ojos al distinguirlo boqueando gracias al desconcierto, todavía sin creer el mensaje que Mikasa acaba de enviarle―. ¡Aaaaah, se nos muere el enano, se nos muere el enano! ¡Erwin, golpéalo con el joystick hasta que reaccione!
―No vamos a golpear a nadie, Hange ―en un pobre intento por menguar la situación, toca con su dedo índice la mejilla del recién apaleado emocionalmente, imitando a un gato curioso que averigua si su ratoncito está muerto o vivo. El veredicto final es que Levi se ubica flotando entre ambos mundos―. Oye, reacciona de una vez. Si no le contestas a Mikasa, pensará que estás buscando una excusa para rechazarla como siempre haces con todos.
―Por todos los cielos, ¡dame eso! ―la castaña le quita el celular de la mano y emprende la misión de teclear viciosamente mientras dicta lo escrito en voz alta―. «¡Oh, Mikasa, me encantaría! Esperaré ansioso a que llegue el domingo para poder ver tu hermosa...». Ok, no ―larga una risotada ante la mirada escéptica del más alto y prosigue a borrar el mensaje―. «¡Claro, ahí estaré! Por cierto, mocosa, me traes loco. ¿Podrías, por favor, darte cuenta de mis obvios sentimientos y aceptar ser mi novia? Quiero tener cinco hijos contigo...».
Y aquella frase es el detonante que consigue extraer a Levi de su trance, terriblemente asustado por las palabras dichas por Hange. ¿Qué diablos le está escribiendo ese espécimen en peligro de extinción?
―Vaya, ahora sí que reaccionaste, ¿eh? ¿Acaso te lo imaginaste, gnomeo picarón?
Al notar cómo la fémina se muerde el labio inferior y varias lágrimas escurridizas caen de sus cuencas por aguantarse la carcajada, Levi aprieta la quijada e invoca el pequeñísimo gramo de paciencia que conserva en su interior para no reventarle los lentes de un certero puñetazo.
―Devuélvemelo, chiflada del demonio ―salta sobre ella, tironeándole el cabello cuando intenta escapar despavorida con el teléfono en las manos, y es así cómo ambos se sumergen en una seria batalla que garantiza la posesión del aparato.
―Oigan, chicos, enviaron algo ―aporta Erwin, sin perder de vista la pantalla siendo forcejeada de derecha a izquierda como en un partido de ping pong. A los ojos del individuo más sosegado del grupo, ambos se asemejan a dos animales salvajes peleando a muerte por un trozo de carne.
Yo, 8:27 p.m.
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―Bueno, pudo haber sido peor ―concluye Hange, soltando por fin el móvil y dibujando una sonrisita inocente. Naturalmente, no se salvó del zape en la cabeza por parte de Levi―. ¡Ay!
Mocosa , 8:27 p.m.
¿Te desmayaste sobre el teléfono?
―Debemos analizar la situación. Hay que ser realistas, no creo que solo te haya invitado a ti, Levi ―dice Erwin, haciéndolo fruncir el ceño y resoplar por lo bajo―. No me mires como un animal rabioso, sabes que tengo razón. Si te lo pones a pensar, seguramente hará un almuerzo para festejar que pasaron a las nacionales. Además, ¿no te resultaría extraño si solo son Mikasa, su padre y tú?
―Suena pesimista, pero tiene sentido ―aporta la de lentes, realizando un mohín―. Por lo tanto, ¡yo también voy contigo! Anda, anda, avísale. No quiero perderme ni un segundo del espectáculo.
―Maldición ―refunfuña abrumado, luchando contra su lado caprichoso que esperaba ser el único en ir, por más ilógico que suene―. Bien.
Yo, 8:28 p.m.
Fue la estúpida de Hange que leyó tu mensaje y quiso robarme el teléfono para responderte. Ahora está preguntando si puede ir también. Erwin se incluye en el paquete, por cierto.
Después de que Mikasa certificara que ambos tienen permitido asistir el domingo ―confirmando de esa manera que la teoría de Erwin era verídica― Levi elige tomar el joystick de la play y jugar contra Hange para olvidar la falsa ilusión que su cabeza ya había producido con lujo de detalles. No obstante, antes de que lograra levantarse del sofá, su teléfono vuelve a sonar debido a otra notificación. No evita hacer una mueca ante el mensaje que sus ojos presencian, el cual le obliga a preguntarse a sí mismo si la hermosa chica ha perdido la cabeza.
Mocosa , 8:30 p.m.
¿Puedes invitar de mi parte a Kenny y Kuchel?
Envuelve una mullida toalla alrededor de su cintura, prosiguiendo a utilizar otra más pequeña para secar su húmedo cabello azabache. Posicionándose frente al tocador del baño, observa su reflejo en el espejo levemente empañado gracias al vapor que expedía el agua caliente.
Parsimoniosamente, su vista delinea un camino por los marcados músculos de su abdomen, ascendiendo hasta toparse con el par de ojos azulados que, inconscientemente, denotan desinterés y fastidio las veinticuatro horas del día. ¿Será por eso que Mikasa no ha captado ninguna de sus indirectas? ¿Por su eterna expresión de amargado? Con aquel pensamiento adherido a su mente, alza ambas cejas, abre más sus pequeños ojos, incluso intenta sonreír amistosamente... No, eso les daría pesadillas a los adultos.
Nada, absolutamente nada es eficaz para modificar ese semblante pesado y desagradable que se carga encima. El colmo es que su actitud ni siquiera ayuda en lo más mínimo a conquistarla; después de todo, siempre ha sido una persona caracterizada por ser tosca, sin una pizca de delicadeza al platicar o actuar. Es imposible para él hablarle bonito, darle un cumplido o evidenciar lo mucho que le gusta. Suelta un bufido de exasperación, apartándose del espejo para no acabar deprimiéndose.
Una vez asegurado que el baño pueda denominarse como inmaculado, se destina hacia su cuarto y, posicionándose frente al gran armario, elige extraer de él lo típico: jeans negros, camiseta negra, chaqueta negra y botas negras. Ciertamente, no es muy creativo a la hora de vestirse porque, según él, facilita toda su vida al no complicarse buscando prendas que combinen. Por ese motivo, generalmente, compra ropa de colores oscuros; mientras menos llamativa y chillona sea, mucho mejor.
― ¡Cariño, emergencia! ―el grito agudo acompaña a Kuchel abriendo la puerta de la habitación, casi tirándola abajo―. ¡Ups! Lo siento, tocaré la próxima vez ―asegura, soltando una risita al ver a su hijo a medio vestir.
―Dices lo mismo cada día, mujer, ya estoy acostumbrado ―contesta él con indiferencia, terminando de colocarse la camiseta―. ¿Cuál es la supuesta emergencia?
― ¡Ah, sí! ¿Cómo me veo? ―inquiere, dando una vueltita, presumiendo su elegante poncho de lana bordó y sus botitas marrones de tacón―. ¿Algo que modificar?
―Cambia las botas por unas negras y suéltate el cabello ―opina él, analizándola con aguda minuciosidad. Kuchel, últimamente, insiste en llevar su bello pelo recogido porque se le ha adherido el mal pensamiento de que suelto no le queda bien. Y todo gracias a los venenosos comentarios procedentes de las harpías del vecindario, también conocidas como señoras chismosas o cámaras de seguridad caseras―. No me pongas cara de perro abandonado, mejor ignora a esas viejas de mierda, te queda bien así. Critican porque ellas se están quedando calvas y arrugadas ―resopla, aproximándose para hacer que la melena oscura de su madre caiga en cascada hasta su cintura quitando la traba que la sostiene fijamente―. Creo que haré uso de las enseñanzas de Kenny y les pincharé las ruedas del auto si vuelven a abrir la boca.
―Te haré caso, cariño. Gracias por preocuparte, pero desde ya advierto que no te doy permiso para que cometas actos ilegales... O bueno, uno no le haría daño a nadie ―sonríe conmocionada, situándose de puntitas, logrando depositar un beso en la frente de su niño―. ¿Y qué me cuentas tú? ¿Emocionado por ver a tu enamorada?
―Ve a cambiarte los botines ―se limita a decir Levi, girando sobre su sitio para ir a buscar el secador de pelo como única distracción y evasión del tema a la mano. Oye a Kuchel reír justo antes de retirarse de la habitación a realizar lo pedido.
Después de arreglarse y cerciorar que todos estén preparados para irse, Levi se ve obligado a recoger a sus dos mejores amigos; mientras tanto, el viejo Kenny ―quien desprende exaltación por asistir a la parrillada― y su madre usan el coche del hombre, yendo detrás de él al no estar familiarizados con la zona en la cual viven Elias y Mikasa.
―My little pony... ―canturrea Hange, meciéndose alegremente en el asiento del acompañante, intentando esconder la extrema emoción que recorre su cuerpo. Como Levi no le permitió encender la radio, optó por armar su propio concierto―. Me preguntaba qué era la amistad...
―Vuelves a cantar otra canción infantil y te corto las cuerdas vocales, ¿captas?
― ¡Hasta que su magia me quisieron dar! Aventuras, diversión, es fuerte y fiel, de gran corazón ―desafina, levantando ambas cejas de forma graciosa. Levi la mira de soslayo, advirtiendo una amenazaba bien clara si no cierra la boca―. Ya, deja de opacar el sol con tu mal humor.
―Está nublado, imbécil.
―Ñi, ñi, ñi ―le muestra la lengua y sopla con potencia, arrojando gotitas de saliva que, afortunadamente, no alcanzan a Levi―. Duh, mis cuerdas vocales seguirán intactas durante unas horas más porque ya llegamos.
Ciertamente, tendrá que posponer su plan para la próxima.
Al aparcar frente al hogar, es Hange la primera en salir pirando del coche como si adquiriera de pronto propulsores en el trasero, corriendo directo hacia cierta azabache que, aparentemente, llegaba de comprar si se fija en la botellita de aceite y los sobres de jugo que aprisiona en sus pálidas manos.
― ¡Hola, Mikasa! ¡Estaba supermegahiper emocionada de venir! ―exclama, arrojándose sobre una confundida Ackerman que no esperaba aquel efusivo abrazo.
Cuando deposita un estruendoso beso en la mejilla de la chica, Levi experimenta una poderosa e intensa envidia ardiendo a fuego vivo y viajando en cada centímetro de su ser.
«Ojalá yo pudiera hacer eso con tanta facilidad, maldita miope», piensa hastiado. Lo más íntimo que se atrevió a realizar durante casi cinco meses fue aferrarse a su mano aquel día en la veterinaria y abrazarla un par de semanas atrás. Desde entonces, no ha repetido aquellos gestos que tanto lo embelesan. Porque sí, resguardarla entre sus brazos y sentir sus finos dedos entrelazándose con los suyos lo considera como una sensación de lo más gratificante. Y, aunque es habitual sostenerla contra su cuerpo durante los ensayos y coreografías, en esa ocasión fue completamente distinto. ¿Por qué? Porque hubo mucho sentimiento de por medio, al menos sí de su parte.
―Hola, Mikasa. Linda sudadera ―la oración de Erwin lo reintegra a la realidad e, intrigado por el cumplido de su mejor amigo, Levi gira a ver la prenda aludida.
Código rojo. Advertencia, código rojo. Su sistema padece un severo caos y descontrol que no le autoriza la opción de quitar la vista y le prohíbe cualquier entrada al vital oxígeno. Distinguir la prenda oscura ligeramente grande ―que antes le pertenecía― envolviendo su delicado cuerpo, lo incentiva a aproximarse a ella, asirla de las mejillas sutilmente rosáceas y acoplar sus mullidos labios contra los suyos. Por evidentes razones, es absurdo cumplir algo como tal. Así que, velozmente, casi desesperado, busca todo el autocontrol concedido capaz de espantar a golpes aquellos pensamientos tentadores.
― ¡Eh! Se me hace bastante familiar ―brama Hange, chillando ante el descubrimiento que le da de comer a su lado fangirl―. ¿A ti no, Levi?
―Ustedes dos son un grano en el culo. Que les entre en sus pequeños cerebros achicharrados que existen miles de esas sudaderas y no necesariamente tiene que ser la mía.
―Pero... Nunca sugerimos que era la tuya ―expone Erwin, provocando que el silencio reine en el lugar. Las inminentes ganas de asesinarlos nunca fueron tan latentes, y aumentan cada vez más al divisar lo ligeramente incómoda que se presenta Mikasa ante la situación.
― ¿Me hacen el favor de morirse?
―Mika, necesito hablar contigo.
―Bien.
Sus ojos no pierden de vista al par de amigos que acaban de marcharse rumbo a las escaleras conforme se envían miraditas cómplices que él no logra descifrar ni por asomo. Esos dos deben tener integrado en el chip un código especial el cual les permite comunicarse telepáticamente. Y reflexionar en aquella teoría le baja veinte niveles al medidor de «Oportunidades con Mikasa», pues se evidencia a kilómetros que la relación entre ellos es bastante estrecha y se estiman mucho. Si se compara con él, la balanza sencillamente se desnivela a favor del joven Armin Arlert.
― ¿Y tú qué? ¿Por qué me miras así? ―dice irritado, mirando con atención a Taffy arrullado cómodamente entre sus brazos. Su peluda cabecita negra se inclina hacia un costado, denotando confusión, mientras una de las pequeñas patitas se apoya contra el mentón de Levi―. Te queda feo ese moño, bola de pelos.
― ¡Levi Lance Ackerman! Haz algo por una vez en tu vida y ve a comprar gaseosas. ¡Y alguien encarcele a Sasha en la pata de una silla porque ya se bajó dos botellas! ―vocifera Hange desde la cocina, donde todavía continúan preparando varios aperitivos para acompañar con la carne asada.
―Maldita sea, cuatro ojos, cierra el culo. Erwin, hazme el maldito favor de apalearla hasta que se desmaye ―refuta, contando hasta diez con tal de no perder el control de sus cabales. En cualquier momento, si la trastornada sigue aullando como desquiciada, Elias no dudará en echarlos a patadas del hogar. Es indiscutible que el padre de Mikasa maneja exactamente la misma paciencia y temperamento que él en situaciones que implican a un grupo de jóvenes alborotadores amenazando con crear una bomba atómica en la cocina.
Procurando ser delicado, Levi deposita a Taffy en el límpido piso ―el detalle no pasa desapercibido para su sana obsesión por la limpieza― y lanza un sonoro bufido de renegación mientras sus pies lo transportan a la salida con el fin de cumplir lo pedido. Como una infantil venganza improvisada, planea comprar gaseosas de pomelo, el único sabor que Hange detesta; esa mujer posee malos gustos.
―Te acompaño, necesito comprar algo ―al oír la suave y algo agitada voz de Armin a sus espaldas, gira el cuello por sobre su hombro y analiza al chico estancado al pie de la escalera.
¿A qué se debe ese interés imprevisto por ir a la tienda? Tranquilamente pudo marcharse él solito en cualquier otro instante a buscar lo que desea. Entonces, ¿por qué diablos aguardó a que alguien más saliera para hacerlo? Una vocecita interna le musita al oído lo altamente sospechosa que se le antoja su actitud enmascarada tras una fachada inocente. Pero, adoptando la lógica, es innegable que tiene un plan en mente; así que, por pura curiosidad de saber a qué quiere jugar el amigo de Mikasa, no rechaza su solicitud y solo se encoge de hombros, indicando una sutil afirmación a través de aquel trivial acto. Es así como ambos muchachos no malgastan el tiempo en salir por la puerta principal y cruzar el jardín delantero juntos.
―El quiosco más cercano es por aquí ―indica el menor, caminando a la izquierda sin siquiera detenerse a esperarlo.
Levemente disgustado por su inoportuna presencia, se propone seguirlo a una distancia considerable, como si el rubio poseyese un virus desconocido del cual precisa protegerse a toda costa. Recorren las tres cuadras en un silencio enteramente irritante para Levi, pues la eterna calma del joven le transmite incomodidad y cierta ansiedad al no adivinar cuáles son sus verdaderas intenciones. ¿Cómo logra originarle tanta impaciencia un chico con apariencia de friki? Claro está que esa sudadera anaranjada de Goku y esos lentes más grandes que su propia cara le otorgan el típico y quemado estereotipo de otaku nerd. «Otaku nerd...», duda, analizando el apodo recién pensado; no es de lo más original, claramente, pero supone que así va a nombrarlo de ahora en adelante.
En eso piensa cuando, antes de ingresar a la tienda propuesta, Armin profiere unas sencillas palabras que lo dejan totalmente pasmado:
―Te gusta Mikasa, ¿no? ―y, sin aportar nada más sobre el tema, asigna su atención al sujeto del quiosco parado al otro lado del mostrador ―. ¡Hola, señor Henry!
― ¿Cómo estás, Armin? Hace mucho que no pasabas por aquí. ¿Qué necesitas?
Mientras Armin entabla una conversación con el viejo barbudo y solicita las bebidas ―también un par de chicles para disimular que, en realidad, no venía a comprar nada― la consciencia de Levi emprende un viaje extenso al mundo de los muertos. ¿Armin acaba de decir...? Sí, definitivamente, lo ha hecho. Y, como consecuencia, el pánico arrasa sin reparo contra su pobre cordura porque, si el pequeño ya está al tanto de lo que él siente por Mikasa, eso significa que es el mismo caso con la susodicha.
«Maldito niño», le echa una y mil maldiciones, apretando fuertemente los puños con tal de evitar quebrar su delicado cuello de corderito que lo incentiva a ahorcarlo hasta perecer. El muy cínico seleccionó el momento perfecto para soltar la bomba y echarse a correr despavorido cuando él no tenía oportunidades de refutar. Ciertamente, ni en sueños va a debatir sobre sus sentimientos en medio de un almacén.
―Ey, ¿me ayudas, por favor? Están algo pesadas ―maniobra como mejor puede las tres botellas en sus bracitos de fideo que tiritan en su intento de no derribarlas. Levi, enojado por el escaso autocontrol que maneja sobre sí mismo (pues Armin ya ha pagado todo mientras él observaba tontamente un punto fijo inexistente) le arranca con brusquedad las bebidas de las manos―. ¡Muchas gracias, señor Henry!
― ¡Adiós, Armin! Fue bueno verte, muchacho.
Cada paso que avanza hacia la salida pesa como enormes bloques de cemento. Su respiración sufre una ligera alteración y el cuerpo comienza a sudarle a pesar de la fresca brisa otoñal que choca contra su figura y le desordena el lizo cabello negruzco. Inhalando aire profundamente, desea con ímpetu que el tiempo se detenga, mientras proyecta un pretexto para la irremediable situación que se avecina.
―Mira, no sé por qué mierda piensas que...
―Lo sospeché por cómo la mirabas hace un rato. Aunque pienses que no y trates de ocultarlo, eres bastante evidente ―intercepta el alargamiento de su cháchara, sabiendo a la perfección las evasivas baratas que se le serían arrojadas ―. Además, tus amigos confirmaron mi suposición, no se opusieron a soltar datos que ayudaron a mi investigación.
―Qué hijos de puta ―masculla hacia sus adentros, rechinando los dientes para sostener al margen toda la frustración que amenaza con sacar a relucir su habitual aura asesina.
― ¿Entonces? ―Armin le otorga incomodidad a través de esos grandes y acusadores ojos celestes. «¿Entonces qué?» contesta Levi, causando que el menor le reproche esa actitud arisca y reservada―. Solo dilo, es inútil que trates de ocultarlo a esta altura.
―Tienes... ―bufa, adquiriendo el valor adecuado para admitirlo por primera vez en voz alta―. Tienes razón, me gusta Mikasa.
― ¿Mucho? ¿Poco?
― ¿Puedes callarte e ir al grano o quieres que te ayude a tragarte los lentes?
― ¿Cómo puedo ir al grano si me pides que guarde silencio? ―libera una liviana risita al escuchar el improperio que Levi le arroja por estar tomándole el pelo―. Es broma, no te enojes. Ahora sí, hablando en serio... ―suspira, adoptando un semblante discreto―. Quiero que seas sincero conmigo, preciso saberlo: ¿Mikasa solo te gusta por gustar? ¿O quieres algo con ella?
― ¿Qué me garantiza que no abrirás el pico?
―Créeme, Levi, no lo haré. Te lo prometo ―acompaña la veracidad de su juramento posando el puño libre sobre su pectoral izquierdo, justo donde descansa su corazón―. No acostumbro a revelar secretos ajenos. Además, mi intención no es entrometerme entre ustedes, tan solo guiarte por el camino correcto. Claro, dependiendo de tu respuesta.
Los pensamientos de Armin Arlert son un auténtico enigma indescifrable para él. En otras palabras, es incapaz de descubrir si recita la verdad o no. Empero, algo dentro suyo le otorga el valor suficiente de arriesgarse. Tal vez se debe a su aspecto angelical combinado con la paz imborrable que emplea al hablar; porque sí, ha sido desmesuradamente convincente, incluso para el suspicaz Levi Ackerman que no se deja engañar con tanta simplicidad.
―Estoy enamorado de Mikasa ―lo suelta sin cavilarlo dos veces por temor a arrepentirse. Le resulta una actividad dificultosa conversar al respecto y abrirse con una persona desconocida que, para colmo, se inmiscuye claramente interesado en el tema.
― ¿Enamorado...? ―el desconcierto y asombro es indiscutible en su expresión y en cómo casi se le caen los lentes debido al sobresalto que su cuerpo sufrió―. ¿Qué...? ¿Por qué?
―Lo preguntas como si fuese un insulto estarlo ―bufa, tenuemente arrepentido de haber soltado la verdad. Está muy alejado de ser un amante de los interrogatorios, por supuesto―. Y no me preguntes por qué. No necesito darte detalles, Arlert, no te emociones.
¿Cómo revelar qué es lo que le encanta de ella, ocultando en el transcurso que él no se abrevia a ser un inexpresivo hombre amargado? En conclusión, es absurdo intentarlo. Existen tantas cosas, detalles, cualidades, que a él le fascinan y admira cautelosamente bajo la ignorancia de la dueña de sus pensamientos. Mikasa. Hasta su nombre lo considera hermoso y en ella suena perfecto; armoniza con todo lo que es, con sus narcóticos iris grisáceos que le recuerdan a un templado cielo nublado, con sus tupidas y largas pestañas que yacen cual abanicos, con su atractiva y tímida sonrisa que rara vez deja vislumbrar, con sus gustos, con su aterciopelada voz que lo embelesa al decir su nombre... Todo en ella es maravilloso, incluso ese carácter que se carga la mayor parte del tiempo le parece maravilloso. Es la única mujer que ha conseguido situarle el mundo de cabeza con una simple mirada que le mima el alma, con un mensaje que lo altera a niveles críticos, con su silenciosa presencia que lo apacigua. Sí, para Levi Ackerman, Mikasa Ackerman es única. Pasó de ser una mocosa terca con la que chocó en la calle a convertirse en alguien fundamental de su día a día.
―Está bien si no quieres confesarme exactamente qué es lo que te enamoró de ella. De todas formas, dado a lo que Mikasa dice sobre ti, presentí que no sería fácil quitarte información ―contesta Armin, elaborando un encogimiento de hombros tras aquella frase.
Averiguar a fondo qué es lo que Mikasa dice sobre él es su próxima misión. Sin embargo, al cavilarlo con más meticulosidad, concluye en no preguntar al respecto y evitar caer en la tentación que su trampa le brinda. No es difícil adivinar la estrategia oculta: si él ahonda en el tema de sus sentimientos, Armin accederá a revelarle lo que desea. Un trato justo.
«Prefiero darme dos tiros en cada bola», mastica la frustración que lo corroe al verse acorralado. Aun si su curiosidad alcanza magnitudes colosales, tampoco le cede el gusto al perspicaz niño, y opta mejor por continuar su trayecto sin decir nada más.
―Necesito que prestes suma atención a lo que voy a decirte, por favor ―las pisadas apresuradas resuenan a sus espaldas y, de imprevisto, es obligado a voltear por el tirón que le da a su chaqueta. El rubio lo suelta y se cruza de brazos, abandonando su tradicional aura angelical que es reemplazada por una mirada determinada, y hasta podría decirse que amenazante―. Si quieres estar en una relación con Mikasa, debes prometerme que vas a cuidarla.
¿Estar en una relación con Mikasa? ¿Eso es remotamente posible? ¡Tonterías! Que ella sienta algo por él es una perfecta utopía y no pasa el límite de ser eso. Levi entreabre los labios, decidido a formular algo al respecto, lo que sea con tal de resolver sus dudas, mas los sella al instante cuando Armin eleva el dedo índice, exigiendo silencio e indicando que está listo para remitir una charla significativa.
―Hablo en serio. Comparado contigo es claro que soy un debilucho, pero no dudaré en alejarte de ella si la haces sufrir ―advierte―. Sé perfectamente que estoy siendo insistente y me consideras una molestia por esa razón; sin embargo, créeme cuando te digo que verla destrozada es espantoso. Lo que menos deseo es que Mikasa vuelva a derrumbarse, es como presenciar a una muñeca en vida: no habla, no se emociona, no comparte sus sentimientos. Se cierra a cualquier persona que pretenda ayudarla.
― ¿Por qué? Es decir... ―aprieta la quijada al no saber cómo formular la pregunta. Por fortuna, Armin parece ser una especie de adivino, ya que asiente repetidas veces, indicando que lo ha comprendido.
―No te ha contado sobre su madre ―es una afirmación, no una pregunta―. Tiene sentido... ―espira, rascándose la nuca con su mano libre―. Ellas eran inseparables, Mikasa fue como una terca garrapata aferrada a las piernas de Aiko. Perderla fue un golpe demasiado duro e imprevisto, para Elias también. Se sumió en una profunda depresión teniendo tan solo trece años, se negaba a descargarse con los psicólogos, con su padre, incluso conmigo. Acumulaba y guardaba todo dentro de ella, era desesperante sentirme un inútil por no poder ayudarla.
Un horrible malestar le explora el cuerpo de solo pensar en Mikasa siendo partícipe de la situación relatada. Y no basta con la herramienta de su imaginación, es mucho más atormentador que las escenas recreadas en su mente. Comprende el austero infierno que simboliza perder a un ser querido, él lo vivió aquella mañana de septiembre del 2016 cuando encontró el cuerpo inerte de su abuelo recostado sobre la cama, y la sensación no fue para nada gratificante.
―Fue complicado convencerla de salir, solo lo hacía para ir a la escuela, y eso que faltaba a clases constantemente ―continúa, detallando el rostro de Levi que, poco a poco, pierde su inexpresividad―. La tragedia cambió mucho su carácter, no siempre fue tan inalterable como ahora. Te sorprendería saber que era dueña de un carácter explosivo, nunca se quedaba quieta y siempre tenía la más hermosa de las sonrisas, incluso con los brackets puestos. Puede verse muy fuerte en el exterior, pretender tener una fortaleza inquebrantable, pero no es así y ese hecho se ubica muy lejos de la realidad. Mikasa es una de las personas más sensibles que conozco, es tan frágil como un delicado objeto de cristal que puede romperse fácilmente, resquebrajar sus murallas y quedar totalmente indefensa ―resopla, como si hablar sobre el asunto fuese dificultoso―. Poco a poco se recuperó, yo estuve ahí para ella en todo momento, nunca la solté y no tengo intenciones de hacerlo todavía.
Levi se sumerge en un templado silencio, resuelto a no aportar en la conversación. Él nunca ha sido hábil con su elección de palabras, pero sabe a qué punto quiere llegar Armin con su monólogo y confía en que él lo comprenda.
―Si algún día Mikasa decide hablarte de Aiko, no digas nada. Escúchala, escúchala y ya. No necesita que la analicen, solo que estén ahí para ella. Por esa razón te pido... No, te exijo que la cuides. Si estás dispuesto a tener algo serio con ella, no la lastimes... ―realiza una pausa abrupta, como si hubiese olvidado algo de suma importancia―. Oh, y les tiene miedo a las películas de terror. Por lo tanto, si la invitas al cine, evita por lo que más quieras ese género o se volverá paranoica ―ríe con soltura, alivianando el ambiente. Ahora entiende por qué las amigas de Mikasa, incluida su prima Isabel, designan a Armin como un ángel sagrado.
Suelta una efímera risa nasal, entretenido al proyectar en su cabeza a su valiente mocosa espantada por una simple película irreal. Igualmente, acepta el consejo, no sin antes objetar al respecto: ―Hablas como si estuvieras seguro de que ella querrá salir conmigo.
―No puedo certificar al cien por ciento que salga contigo de forma romántica ―antes de resquebrajar sus últimas esperanzas que ya se arrastran por los suelos, Armin finiquita su oración―, pero por algo se empieza, ¿no? Deberías invitarla como amigos o compañeros, quizás festejando de forma más íntima su logro ―apoya su pulgar e índice contra el mentón, rozando con finura aquella zona, adquiriendo una postura pensativa―. Todavía no le has dado ningún indicio de que te gusta, ¿no es cierto?
―Supongo que no, aunque tú pareces un puto psíquico lee mentes ―resopla por lo bajo, haciéndolo reír.
―Me lo dicen seguido, es mi especialidad ―indica Armin, dándose dos toquecitos en la sien con la punta de su dedo.
―¿Ella lo sabe?
―Tranquilo, no sospecha nada. Es más ciega que la madre de Phineas y Ferb.
Obviando la comparación infantil de la serie de televisión ―la cual, por cierto, le recuerda a Hange porque todos los veranos, sin falta, se desvive desafinando la canción de introducción― Levi asiente lánguidamente con la cabeza, aliviado de saber que su musa desconoce la existencia de sus verdaderos sentimientos. Si ella se entera, sería humillante. O, bueno, tal vez no, pero es imposible para él pensar lo contrario cuando se resume a ser una persona torpe y nerviosa en lo que se refiere al amor.
―Lo prometo ―murmura por lo bajo, esperando a que él lo haya oído.
Finalmente, proceden con el recorrido, sin prisa alguna en su andar. La incomodidad presente en un inicio se esfuma a medida que avanzan casi pateando los pequeños amontonamientos de hojas secas caídas de los actuales árboles desnudos, y que ninguno de los vecinos, aparentemente, tiene la decencia de rejuntar y guardar en bolsas de consorcio.
Si bien, continúa siendo algo fastidioso para su gusto, Armin Arlert no le ha caído del todo mal como lo presuponía. Si tuviera que describirlo con acciones, sería como... una patada en el culo casi indolora. Sí, exactamente. Molesto, mas no tanto. No obstante, existe un pormenor que lo inquieta todavía y que no ha pasado por alto. Recapacita en la petición del muchacho, en lo estrictamente cuidadoso que es si la existencia de Mikasa está incluida en el tema, y en su vigorosa preocupación irrefutable. Aquellos tres factores le provocan ruido y, siendo Levi Ackerman, no va quedarse callado.
―A ti no te gusta Mikasa, ¿cierto? ―libera la cuestión una vez posicionados en el porche, justo antes de que Armin efectuara la tarea de abrir la puerta.
El interrogado vira su rostro ofuscado; las cejas tenuemente encumbradas y la boca entreabierta proporcionándole un aire de incredulidad. Tras el lapso de unos cuantos segundos que se le antojan eternos, Armin termina por dedicarle una sencilla y genuina sonrisa de labios cerrados, a fin de menguar la transparente inquietud que nace en su interior.
―No me atraen las mujeres ―después de declarar, gira el picaporte y abre la puerta de madera, desapareciendo de su vista.
Oh... Ok. No hay vacilación al afirmar que está aliviado por la reciente revelación. Más calmado, ingresa en el cálido hogar, siendo suave al cerrar la puerta detrás de él con ayuda de su codo, y se dispone a transportar lo recién comprado a la nevera de la cocina. Sin embargo, el escenario que presencia a continuación, apenas da un par de pasos, lo congela en su sitio, adhiriendo la suela de sus botas al cuadro de baldosa en el que está parado. Erwin y Mikasa, haciéndose compañía en el mullido sofá carmesí de la sala. Levi alcanza a ver cómo la azabache realiza una mueca semejante a una sonrisa, reaccionado a las palabras que su mejor amigo recita; probablemente un chiste o anécdota graciosa. ¿Es su imaginación o Everest cejón parece estar atraído por la mocosa?
―Sí, me gustaría ―afirma ella, asintiendo con un ademán de su cabeza. Como respuesta, Erwin esboza una de sus típicas sonrisas de un millón de dólares.
― ¡Armin, ayúdame! ¡Acaban de actualizar el manga que te recomendé y no puedo moverme! ―vocifera Sasha desde el comedor, donde se localiza atada al respaldar de una silla.
―Oh, Levi, volvieron ―el rubio voltea en el acto, mirándolo directo a los ojos―. Los estábamos esperando, se tardaron bastante.
―Había una fila interminable ―inventa con facilidad, encogiéndose de hombros para acrecentar el grado de su mentira.
―Cierto, las mesas están listas ―una vez comentado esto, Mikasa se pone de pie velozmente, casi dando un saltito temeroso. Huye del contacto visual mientras le quita el par de gaseosas que sostiene en sus manos y, posteriormente, transporta su cuerpo a la cocina.
Patidifuso, Levi persigue su atropellado caminar con los ojos entrecerrados, cuestionándose a qué se debe su conducta alterada. ¿Acaso está... nerviosa?
―¿De qué hablaban? ―suelta, pareciendo escéptico cuando en realidad es un desastroso manojo de incertidumbres. Mientras aguarda una explicación, despoja del bolsillo de la chaqueta su infaltable alcohol en gel desinfectante que aplica en sus palmas.
―De cosas sin importancia, no te alarmes ―se limita a revelar, desplazando su mano izquierda con sutileza de un lado a otro―. ¿Vamos al patio? Ya van a soltar a Sasha y no quiero quedarme sin almuerzo.
No tiene más remedio que acceder ―mucho más luego de aguzar el oído ante el estruendoso alarido proveniente de la bestia devoradora liberada― persiguiéndolo al sitio recién indicado. Durante los prolongados treinta minutos (tal vez más) que Armin y él demoraron en ir y volver del quiosco, los jóvenes restantes se valieron de aquel tiempo para organizar la cantidad de cubiertos, platos, vasos y servilletas, acomodar dos mesones en el jardín de atrás y banquitos alrededor de estos.
Actuando lo más silencioso y disimulado posible, Levi pretende sentarse cerca de Mikasa, ya sea para molestarla o entablar una conversación. Pero, como si la muchacha de cabellos azabaches dominara los mismos poderes mentales que su mejor amigo y supiera de antemano sobre sus intenciones, se acomoda ágilmente en medio de Armin y Petra, quienes a su vez son envueltos de otros mocosos. Farlan se burla descaradamente de él por su misión fallida y Levi no se avergüenza ni un poco al mostrarle su inofensivo dedo medio, arriesgándose a ser visto por su madre y ganarse un tirón de orejas por desubicado. El tipo lo ha hastiado hasta la médula desde que el maldito de su insufrible tío abrió la boca de más, revelándole a su hijastro la identidad de su enamorada. Además, es obvio que su querido primo se sumó a la parrillada, únicamente, con el propósito de ver en vivo y en directo su fracaso amoroso.
Rendido plenamente ante la idea de permanecer a su lado, no le queda de otra más que situarse en la mesa de los mayores, junto al causante de sus desgracias, también denominado Kenny Ackerman, que no se contiene en lo más mínimo al largar babosadas y reír como foca epiléptica. El motivo de sus persistentes y ensordecedoras carcajadas es por el simple hecho de andar relatando anécdotas del pasado sucedidas entre su grupo de amigos. Al parecer, hace muchos, muchos años, Kenny obligó a Elias a fugarse del colegio y pedir prestada la motocicleta de un extraño para no ser pillados, pues su tío cargaba en su mochila drogas que precisaba vender con urgencia en aquella época.
Se compadece del padre de Mikasa y comprende con justa razón por qué a este le da repelús compartir un mismo espacio con el viejo que emana olor a tabaco.
En seguida el asado es repartido y da inicio el tan esperado almuerzo cuando el ruido de los cubiertos chocando contra los platos inunda el ambiente, activándole un tic en el ojo a Levi, quien no soporta tanto ruido contiguo. Sí, hasta él mismo admite ser una persona insoportable y quejumbrosa en ese aspecto, mas es imposible para él cambiar su forma de ser. Por lo menos, guarda la ilusión de que a nadie se le ocurra comer con el hocico abierto o ese individuo desafortunado saldrá del hogar con un tenedor clavado en el trasero.
― ¿No es mucha coincidencia que Mikasa haya quedado en tu clase? ―averigua Kenny, apuntando desinteresadamente a la Nanaba con su cuchillo. La mujer no demora en reprocharle esa mala costumbre de señalar a la gente con objetos punzantes.
Ante la mención de la chica, Levi toma una postura interesada, parando la oreja con tal de no perderse ningún detalle de la conversación. Como los demás parlotean entre ellos casi sin respirar entre oraciones, son totalmente ignorantes del diálogo que se lleva a cabo al otro lado de la mesa.
Fija su mirada en el plato frente a él y corta un jugoso pedazo de carne, llevándoselo a la boca y masticando casi con lentitud, mientras modera sus ansias por la pronta respuesta de su profesora de danza.
―Hace unos meses nos topamos en el centro, yo iba rumbo al trabajo y Nanaba hacía unos trámites, si no mal recuerdo ―relata Elias en su lugar, saboreando un sorbo de su cerveza.
―No olvides que me tiraste el café que llevaba y ni siquiera tuviste la decencia de pagármelo ―aclara Nanaba, amonestando con una mirada acusadora la poca delicadeza del hombre.
Él tampoco lo hubiese pagado, si su opinión vale.
―Como iba diciendo... ―carraspea, ignorando las quisquillosas risitas de Kuchel―. Me dijo que daba clases de ballet en Sina y le conté de Mikasa. Hace tiempo que pensaba en un regalo por su cumpleaños, así que chocarme con esta mujer trajo sus ventajas, al menos ―la aludida cruza sus brazos, indignada―. Ha pasado toda su vida dando piruetas en la sala, ya era hora de enviarla a una academia.
―Tiene mucho talento, claro que sí ―aporta su madre, convencida―. Cuando ensayaban con mi hijo, varias veces me colé en la habitación para verlos bailar juntos.
―¿Qué tan juntos?
Levi siente el acusador y potente miramiento de Elias quemando su perfil a fuego vivo. Haciéndose el tonto, finge revolver la ensalada de lechuga, tomate y huevo con apoyo de su tenedor. «Ah, sí, este trozo de carne es de lo más interesante, el verde de la lechuga es algo intenso, no hay suficientes tomates».
Teme que los nervios lo traicionen por la hipótesis que, posiblemente, el padre de Mikasa maquina en su cabeza, la cual es más acertada de lo que imagina. ¿Se habrá dado cuenta de que sí los está escuchando? Lo más probable. Si se le fueran concedidos tres deseos, no dudaría en pedirle al genio de la lámpara que la tierra se lo trague con tal de esquivar la actual situación embarazosa.
Hasta que, como un solidario guardián, su madre entra en acción, aportando un par de palabras que sirven para distraer a Elias del tema principal y, de paso, importunarlo.
―Hombre, no empieces. A su edad tú estabas como un perrito faldero detrás de Aiko.
―No hablemos de perritos falderos ―replica Elias, retirando la atención de su persona.
Suspira al milisegundo, liberando el aire que retenía en sus pulmones.
― ¿Qué estás tratando de insinuar? ¿Qué yo también lo era?
―Si el saco te queda...
No le nace aportar nada a la plática que sus dos mejores amigos sostienen con sus compañeros de ballet, sobre todo porque racionan estupideces sin pies ni cabeza que no le atraen y, claro, su interés tampoco abarca las discusiones de gente mayor. Entonces, sin nada a la mano con lo cual distraerse, se dispone a acabar la comida servida en su plato casi lleno. Desde niño, Levi ha sido bastante minucioso a la hora de comer, igualándose a un anciano (según propias palabras de Kuchel) porque consigue tardar hasta cuarenta minutos con un mismo platillo. Tal vez para certificar que su comida no contenga algo raro o desconocido; tal vez porque años atrás era una especie de tradición acompañar a su abuelo, tragando a su misma velocidad, y se le quedó soldada la costumbre desde entonces. Tal vez ambas opciones son correctas.
Una vez que su plato está libre de cualquier alimento ―si reflexiona en que Kenny ya ha sacado sus infaltables cartas para jugar al truco, sospecha que demoró bastante en terminar― se levanta de la mesa. En completo mutismo, se conduce al interior del hogar, pasando desapercibido para todos y cada uno de los presentes. Bueno, exceptuando al pequeño Taffy que corretea mordisqueando sus tobillos, con su colita girando cual helicóptero, manifestando su regocijo.
―Eres una rata, todavía no puedes subir las escaleras ―se burla del can cuando este ladra al pie de la escalera, apoyando sus suaves patitas delanteras contra el primer escalón―. Quédate aquí, en un momento vuelvo.
Levi sube las escaleras casi con desgano y su instinto le indica que el baño está tras la primera puerta que se divisa en el pasillo. Y, por supuesto, no se equivoca. Eso sí, lo que su instinto no le dijo es que se encuentra ocupado por otra persona. Larga un sonoro bufido al oír un claro «ocupado» procedente de la cantarina voz de Petra Ral.
Cruza sus brazos y apoya su columna contra la pared, resuelto a esperar la salida de la muchacha. Explorando el primer piso con una ojeada prudente, repara en que existen dos puertas más a lo largo del corredor y, haciendo uso de razón, calcula que una de ellas pertenece a la habitación de Mikasa.
Aunque intuye lo incorrecto de ser un fisgón, introduciendo la nariz en donde no lo llaman, ignora a su lado sensato que advierte las perjudiciales consecuencias de su curiosidad. Despegándose de la pared, avanza con pisadas sigilosas a la primera puerta, girando cada tanto para ratificar que Petra no ha abandonado el tocador. Abraza su mano alrededor del frío pomo y lo gira sin más, revelando que el paso se encuentra prohibido, pues le han echado llave a la cerradura.
Un momento.
«Qué pánfilo, era tan predecible», piensa, tentado a pegarse en la frente al distinguir que la puerta blancuzca al final del pasillo tiene dibujada en color negro la silueta de una bailarina.
―Mocosa descuidada... ―murmura al empujar la madera y descubrir que ni siquiera se ha preocupado en cerrar bien. Sin detenerse a cavilarlo, ingresa de una vez por todas al cuarto.
Vainilla. Sí, el aroma de vainilla que emane de Mikasa es lo primero que su susceptible nariz percibe en el entorno.
La habitación es sencilla; las cosas que destacan son los posters de una banda de rock y otros de Harry Potter adheridos a la pared ―al parecer, su mocosa pertenece a Slytherin―, un espejo de cuerpo completo, la afelpada alfombra grisácea cerca de la cama y la repisa de madera donde descansan objetos que le demandan ser analizados. En esta última reconoce el degastado collar rojo que le pertenecía a Charlie; en la placa dorada aún se lee grabado el nombre del difunto perro y la dirección de la casa. A un costado, también reposa el portarretrato de una mujer embarazada; la barriga (de cuatro o cinco meses) sobresale en el fino vestido claro que contrasta con el campo de flores exhibiéndose de fondo. Es Aiko Azumabito, la madre de Mikasa. Sí, claramente son parecidas. No obstante, los rasgos asiáticos se distinguen mucho más marcados en Aiko, mientras que en su hija apenas se perciben al ser tan sutiles.
Un golpe tenue en la pared lo trasborda al mundo real, recordándole que está de metiche en el cuarto de la chica que adora. Aguarda unos instantes, creyendo que alguien ingresará en la habitación tarde o temprano, mas no percibe movimiento alguno durante los próximos veinte segundos.
―Es inútil que te escondas, ya te escuché ―prueba con decir, anhelando no ser un esquizofrénico hablándole a alguien inexistente.
Un fugaz resoplido viaja directo a sus oídos, y esa es la prueba suficiente que le permite reconocer la identificación del intruso no tan intruso. Al santiamén, su cuerpo se tensa hasta el último cabello, configurándose en modo actúa natural cuando la esbelta figura de Mikasa atraviesa el marco de la puerta.
―¿Qué hacías ahí? ―cuestiona Levi, captando tarde lo estúpido que ha sonado.
―¿No debería preguntarte lo mismo? ¿A qué subiste?
―Iba al baño. Alguien lo está ocupando, así que hago tiempo mientras tanto.
―¿En mi habitación?
―Aja... ―afirma impasible y, sin requerir permiso, se sienta al pie de la cómoda cama―. ¿Tienes algún problema con eso, genia?
Entretenido por lo que se avecina, estudia cada mínimo gesto que brota en ella, prometiendo un certero regaño surgiendo de sus rosados y apetecibles labios. Mikasa entrelaza los brazos bajo sus senos y su carita hermosa se transforma en una gruñona. Hacerla enfadar es, sin titubeos, una de sus actividades favoritas. ¿Acaso ella no se da cuenta de lo tierna que se ve? Si se reflejara en el espejo, seguro se avergonzaría.
―Bueno, ya no hay nadie ocupándolo, genio, ent... ¡Ah!
Todavía acomodado sobre el colchón, actúa rápido al trasladar sus manos a la cintura femenina, logrando estabilizarla, mientras Mikasa apoya las suyas contra el hombro y pectoral de él como único soporte al alcance. Ese escueto toque es capaz de situarle las estúpidas mariposas revoltosas en su estómago y traerle gratificantes recuerdos de los ensayos, en los cuales la chica paseaba descaradamente las palmas sobre su firme pecho, su ancha espalda, su palpitante cuello...
«Basta, imbécil de mierda, contrólate», reta a su yo interno por ser un crío hormonal que se exalta por nimiedades. ¿Pero cómo diablos impedirlo si el rostro de Mikasa reside a una proximidad peligrosa del suyo?
La oye farfullar «alfombra del demonio», dando a interpretar que no es la primera vez que aquel objeto le juega una mala broma. Esas tres palabras fragmentan abruptamente el hechizo letárgico que Mikasa le lanzó. Retornando el control de su propio cuerpo, Levi efectúa la fuerza suficiente en los brazos para asistirla, y solo suelta su estrecha cintura cuando asevera que la azabache está bien sujeta al piso.
― ¿Qué tan lerda puedes ser? ¿En serio te llevaste puesta una estúpida alfombra?
―En mi defensa, te sorprendería saber la cantidad de personas que caen por una estúpida alfombra ―protege su dignidad incluso después haber chillado por lo bajo como una ratita. Aunque la vergüenza destaca en sus cachetes teñidos de un adorable rosado.
―Terrible intento por encubrir tu torpeza.
―¿Quieres que te recuerde cómo nos conocimos? No parecías ser tan hábil, Ackerman, considerando que me vi obligada a sostenerte para que no cayeras.
―¿Quieres que te recuerde cómo rompiste la pantalla de tu celular? ―refuta, sin más cartas bajo la manga.
―No me respondas con otra pregunta.
―¿Y qué si no quiero?
―Ush, eres insufrible. Me dan ganas de asesinarte ―le confiesa sin inconvenientes, tomando asiento a su costado en la cama―. Clavarte una lapicera en la garganta no suena tan mala idea, podría decir que fue un accidente y todos me creerían.
―Sin mí no puedes participar en las nacionales ―le recuerda, inclinándose hacia atrás y afirmando sus palmas sobre las sábanas blancas. Desde su perspectiva, aprecia cómo Mikasa gira sobre su hombro, exhibiendo esa actitud altanera que tanto le encanta.
―Entonces te revivo, bailamos, luego te mato otra vez. Asunto solucionado.
―Tétrica de mierda. A veces me pregunto si de verdad me odias.
―Sí, a veces. Lunes, miércoles y viernes en especial ―los ha seleccionado a propósito, ya que esos días les toca clases de ballet juntos. Levi capta la indirecta tarde y frunce el ceño, provocando en Mikasa un bosquejo de sonrisa que adorna la comisura de sus labios.
El silencio se suma en la estancia conforme sus iris se enlazan, dispuestos a persistir en una infantil guerra de miradas. La distancia que los separa del otro es malditamente estrecha. A él no se le dificultaría atraparla de la nuca y atraerla hacia él... Si tan solo tuviera la oportunidad y el valor, la recostaría contra el colchón, bosquejaría pasajes invisibles en la diáfana piel de su rostro, peinaría su dócil cabellera negra, depositaría fugaces besitos en su boca... Dios, si sigue husmeando en los lugares más recónditos de sus fantasías, va a enloquecer.
Desconfiando de sus nervios que amenazan con traicionarlo ―nervios es sinónimo de cagarla a lo grande― reanuda su paseo por el resto de la habitación, saliendo de la cama.
―Te voy a hacer dos preguntas ―propone Mikasa, elevando los dedos índice y medio―. Primera pregunta: ¿Qué te dijo Armin?
―Nada en especial, casi no hablamos con el otaku nerd ―afirma austeramente, dispuesto a no dejar entrever ningún vestigio de su vil mentira. No es de su agrado ocultarle la verdad, pero no le queda otra opción.
Aun si Mikasa no simula estar muy convencida de su respuesta, tampoco replica al respecto.
― ¿Cómo sabes qué es otak...? Oh, la sudadera de Goku, tiene sentido. Por cierto, el apodo no es para nada original, deberías cambiarlo ―alza una ceja, revelando que habla muy en serio―. Segunda pregunta: ¿Cómo sabías que Nanaba mentía con los resultados?
―Ha sido mi profesora durante años, la conozco a la perfección. Igualmente, no es la primera vez que hace esa broma, y lo mejor es que siempre caen ―expone, curioseando en los posters de Draco Malfoy y Hermione Granger. ¿Acaso los empareja?―. ¿Has pensado en lo que podríamos presentar?
―No tengo ni la menor idea. Soy una novata en esto, ¿no? Escuchemos al experto ―Mikasa se recuesta boca abajo en la cama, sosteniéndose con los codos, sin perderse los movimientos que Levi realiza.
―Con el paso de los años alcanzas a rozar mi nivel, que no te quite el sueño.
Se muerde el borde del labio inferior, echando un vistazo a la curvilínea forma de la joven recostada a lo largo del lecho. Sus piernas torneadas de infarto, ceñidas por esos leggins ajustados que remarcan una zona específica de su cuerpo, sumado el pequeño tramo de cintura expuesta a causa de la sudadera que se le ha desacomodado, lo tientan en demasía. Es un hecho: la mujer le atrae en todos los sentidos. Afortunadamente, Mikasa acababa de quitar la vista y no logra pillarlo in fraganti.
―Ah, eso... ―la vacilación hace acto de presencia en sus preciosos ojos grises―. No sé si asistiré a la academia el próximo año.
― ¿Y eso por qué? ―esconde su cara al formular la pregunta, por miedo a expresar que su revelación le ha afectado negativamente.
―Es complicado ―gruñe, corroborando que el tema es un total lío incluso para ella misma―. Cumplo diecinueve y eso significa el inicio de mis estudios, aunque en realidad no tengo ni la más remota idea de lo que quiero en mi futuro. Tal vez solo consiga un trabajo de medio tiempo para ayudar con los gastos mientras lo pienso, no lo sé bien.
― ¿No es suficiente el salario de tu padre?
―No, él tiene algunas... deudas. ¿Agregarle más peso y ser una molestia? Paso.
No se inmiscuye ni tampoco agrega más datos en relación al tema, pues se nota a kilómetros que Mikasa no parece del todo cómoda platicando sobre asuntos privados de la familia.
―En otras palabras, este es el único y último año en el que bailaremos juntos ― «y estaremos juntos», agrega su subconsciente. Con la yema de sus dedos, recorre la superficie de la mesita de luz, una caricia lenta y ligera, hasta que las puntas de sus dedos se topan con una cajita musical.
―Sí, probablemente sí... Oh, cuidado con eso o te acuchillo ―dice, refiriéndose al objeto que Levi acaba de colocar en su mano.
―¿Puedo? ―efectúa un ademán de abrirlo.
Un tanto dubitativa, Mikasa asiente con la cabeza, otorgándole de esa manera el permiso solicitado. Notoriamente, la frágil cajita musical es significativa e importante, es normal tener miedo a que se dañe prestándosela a terceros.
Acompañando de un movimiento discreto, Levi abre la pequeña caja que revela una bella bailarina de cristal girando lánguidamente sobre su mismo eje. Für Elise de Beethoven emprende un viaje por la mediana habitación. Es la segunda vez que disfruta de aquella melodía en la compañía de Mikasa; la primera ocasión fue cuando él mismo manipuló las teclas del piano a su ritmo, tocando especialmente para ella aun si no es muy habilidoso con el instrumento.
―Esta caja musical... ¿Quién te la dio?
―Me la regaló mi madre hace años. Ya está algo desafinada, ¿no?
―Algo ―sin apartar su atención de la bailarina, Levi se acerca a Mikasa y le extiende la caja que es recibida bajo la protección de ambas palmas―. Creo que tengo una vana idea de lo que podríamos mostrar en las nacionales.
Los ojitos resplandecientes e inspiradores de la menor son preciosos e indican que ha captado el mensaje sin necesidad de explicarlo. Seguidamente, la azabache cierra la cajita musical de a poco y la melodía detiene su curso.
―Me parece... perfecto ―opina, humedeciéndose los labios―. ¿Regresamos? Kuchel y Kenny ya comenzaron las apuestas en el truco.
―Vamos..
―Te daría las gracias por limpiar, pero sé que lo disfrutas, así que tú tendrías que dármelas a mí por permitírtelo ―alega Mikasa, secando con avidez y concentración los cubiertos.
Levi chasquea su lengua contra el paladar, ignorando el comentario que esconde algo de verdad, aunque no lo acepte. Sus manos, envueltas en guantes de goma amarillos, ejercer la tarea de lavar escrupulosamente los utensilios usados desde el mediodía hasta caída la noche. No interesa cuántas veces lo haga, fregar los trastes le brinda una serenidad inexplicable. A decir verdad, no comprende por qué la mayoría de los seres humanos deliberan que es un trabajo latoso. ¿Y lo mejor? Hacerlo en conjunto con Mikasa, quien es la encargada de secarlos con un paño y guardarlos en su sitio correspondiente.
―No aproveches para burlarte.
―Sabes que lo haré, señor limpieza ―declara ella, escoltando el comentario con una sonrisita ladina.
Bien, es ahora o nunca. Si Mikasa abandona la academia Sina, no tendrá ninguna excusa creíble para acercarse a ella. A lo mejor visitarla usando a Taffy como pretexto... No, muy obvio. Tiene que adoptar el sabio consejo de Armin Arlert e invitarla a salir, por lo menos, como amigos o compañeros. Algo, hacer tan solo algo que denote verdadero interés o la perderá si lo que dice es verdad.
Barriendo el comedor con un vertiginoso repaso visual, se asegura de que el resto de los individuos dentro del hogar estén esparcidos por la sala de estar y el patio. En especial la patada en los testículos que representan las exasperantes e inoportunas presencias de su amiga Hange y su primo Farlan. Las estrellas se han alineado, ya que solo ellos se ubican en la cocina, otorgándoles privacidad.
― ¿Mocosa? ―se anima a decir, interrumpiendo lo que está haciendo. Ansía no poseer una expresión impertérrita y aburrida, mas sabe que en ese aspecto fracasa totalmente; a parte, su voz grave no es de mucha asistencia tampoco―. Salgamos mañana. No parece mala idea si vamos los dos a algún lado, nos lo debemos.
―Um, pero... ―se pasa un largo mechón de pelo tras la oreja―. Mañana es lunes, tenemos clases con Nanaba.
―Que faltemos un día no va a ser el fin del mundo, niñata tonta ―vira los ojos, refunfuñando ante su actitud.
―Bájame el tonito, ogro ―lo apunta con el trapo en la mano―. Salgo del colegio a la una y media.
―Salgo a las cuatro de la facultad ―le hace saber―. Paso por ti a esa hora.
―Bien.
―Bien ―prosigue con su labor, mordiéndose la mejilla interna para contener la desmesurada felicidad que Mikasa le ha suministrado con dos simples oraciones. Claramente, no podrá pegar ojo en la noche.
Ok, señoras y señores, definitivamente aquí se termina el capítulo diez. Por suerte no me tardé tanto, solo dos semanas *cara de inocencia extrema*.
Ya, tenía planeado escribirlo en mucho menos tiempo, pero pasaron cosas. Y con pasaron cosas me refiero a que me enganché con una serie.
¿Recuerdan en el anterior cuando avisé que tenía una infinidad de tareas para hacer? ¿Adivinen quién se llev las materias a diciembre? ¡Yes! Su servidora. Lo sé, soy el éxito. Hice tanta tarea al dope y terminé desaprobando de igual forma. Pero, ¡ey!, las risas no faltaron.
En fin, el próximo capítulo es la cita no cita de nuestros bebés y diría que estoy un 50% emocionada y un 50% no emocionada, porque en realidad solo tengo pensada una parte del capítulo y eso me tiene entusiasmada, pero al mismo tiempo significa que mi imaginación tiene que ponerse a trabajar para terminar la otra mitad.
Los quiero muchísimo, les mando un abrazo de oso virtual. Cuídense y tomen agüita.
