Capítulo once: ¿Cita?
Agita su adolorida mano por indefinida vez en lo que va de la noche, oyendo el particular «crack» que ocasiona su muñeca al cometer tal acción. Sintiendo un malestar hostigaste en el cuello a raíz de la mala postura, extiende un moderado vistazo al centenar de hojas escritas ―en realidad, son solo un par― y dispersas arriba de la cómoda cama de su habitación.
La hora en la pantalla de su teléfono indica que son las 5:02 a.m. del lunes. Larga un prolongado gemido de resignación, maldiciendo a su nefasta memoria que le echó en cara a última hora un recordatorio del examen de biología que la profesora programó con una semana de anticipación para ese día. El colmo es que, antes de rendir la prueba, debe entregar sí o sí un informe de, mínimo, cinco carillas completas respecto el tema.
―Que Dios la ayude, profesora Lynne ―musita, efectuando un mohín penoso al ver su ilegible letra de doctor. Ciertamente, no tan literal, pero sí es bastante impresentable.
Afortunadamente, solo le faltan un par de párrafos para finiquitar la ardua tarea hecha a los apurones; por lo tanto, volviendo a hurtar determinación de quién sabe dónde, obliga a que su muñeca maniobre la lapicera de tinta azul.
Al mismo tiempo, su cabeza se encarga de conmemorar lo acontecido horas atrás, atormentándola una vez más.
―Armin, ¿qué diablos le dijiste a Levi? Cuéntame todo, ahora mismo, no te saltes ningún detalle ―susurra Mikasa, vomitando una tras otra las palabras, asemejándose a una metralleta humana. Al no recibir una respuesta inmediata, agarra a su mejor amigo del hombro izquierdo, sacudiéndolo cual maraca con tal de hacerlo confesar.
― ¡Ey! Vas a revolverme el cerebro, tranquilízate un poco ―contesta el chico, exponiendo una mueca de malestar que se esfuma apenas Mikasa lo libera. Antes de arrimarse a su oído para comunicarle la información recientemente adquirida, Armin sondea la mesa en la que se encuentran almorzando, asegurándose así de que nadie tenga puesta la atención en ellos―. No conseguí sacarle nada. Créeme, solo fuimos a comprar ―dice por fin, terminando con el suspenso creado en el ambiente.
― ¡Ves! Te dije que alucinabas. Es imposible que Levi sienta algo por mí.
―Parecías bastante entusiasmada de saber, ¿acaso esperabas que lo admitiera?
Organiza las hojas garabateadas dentro de un folio, el cual guarda en la carpeta que acomoda sobre la mesita auxiliar a un lado de su cama, con prudencia de no derribar la cajita musical que reposa en la superficie de madera. El matiz rosáceo se acopla en sus mejillas conforme recrea la conversación que sostuvo con su mejor amigo durante el mediodía a mitad del almuerzo grupal integrado por sus amigos, conocidos y compañeros.
―No digas tonterías, ya empiezas a inventar, Armin Arlert ―lo reprende dándole un pellizco en el costado, provocando que el chico brinque asustado en su lugar y casi caiga del banquito en el que se ubica sentado―. Deja tu orgullo de psíquico atrás y admite que fuiste derrotado.
―No las digo, Mikasa Ackerman Azumabito. Y te informo que mantengo firme mi postura al decir que estoy totalmente convencido de lo mucho que le gustas ―afirma, asintiendo varias veces para convencerse a sí mismo de su argumento sin bases lógicas.
―Creo que te está brotando un delirio, y uno muy grande si me permites decirlo. ¿Qué pruebas tienes además de las supuestas miraditas que me dedica, según tú? Las cuales, por cierto, nunca he distinguido.
Para aparentar no ser dos desquiciados cuchicheando, y disimular el debate sentimental que involucra a un tercero en él, Mikasa coge el vaso lleno de gaseosa de pomelo, dirigiéndolo a su boca mientras aguarda una respuesta coherente a su interrogante.
―Provócalo ―dice sin más, arqueando una ceja insinuante.
Debido a la impresión, su única reacción es ahogarse con la bebida que transitaba a través de su garganta e, inevitablemente, comenzar a toser por lo bajo para no llamar la atención de los presentes. Al instante siguiente, percibe la mano de Petra apoyándose en su espalda, proporcionándole golpecitos en su intento de ayudarla a sosegarse. Cree haber escuchado mal, que su oído se ha dañado o que Armin utilizó las palabras incorrectas al expresarse; sin embargo, la sonrisita que simula inocencia dibujada en la cara de su mejor amigo ―que no parece muy preocupado de su casi muerte― le indica que ninguna de las opciones es correcta.
Cuando confirma al cien por ciento que la picazón ya ha desaparecido de su garganta, Mikasa voltea a dedicarle una sonrisa de agradecimiento a Petra, quien no demora en devolvérsela antes de reanudar la amena plática que mantenía con Farlan Crunch, el enigmático primo de Levi.
― ¿Esponja, enloqueciste? ―inquiere desconcertada y Armin ríe tenuemente ante lo dicho, captando la referencia con extrema facilidad. Bob esponja era la caricatura favorita de ambos durante su niñez y cantar la canción del inicio es una tradición hasta el día de hoy.
― ¿Qué? ¿Por qué te sorprendes ahora, Mika? ¿No lo habías hecho cuando te invitaron al club Rose? Es innecesario que te recuerde lo que me contaste mientras estabas casi subida a su regazo, ¿cierto? ―acomoda sus lentes por reflejo y muestra una sonrisa pícara, dándole a deducir que, de cualquier manera, va a repetirlo―. "Dime, ¿te pongo nervioso?".
―Dios, Armin, eso fue distinto. El alcohol no me permitía actuar como normalmente lo hago ―que su vida sucumba de la vergüenza suena demasiado tentador si visualiza aquel acto descarado que cometió contra Levi―. Recuérdame no contarte este tipo de cosas otra vez.
― ¿Y qué? ¿Te da miedo intentarlo estando sobria? ―Mikasa guarda silencio, refunfuñando para sus adentros. Su orgullo rebasa tamaños gigantescos, imposibilitando la opción de cometer tal cosa siendo consciente de sus acciones―. Por supuesto, no es obligatorio que te avientes a sus piernas. Tan solo improvisa, no lo pienses dos veces y hazlo. Observa atentamente su reacción y verás que estoy en lo correcto. Siempre lo estoy.
Con la pena recorriendo ferviente a través de sus venas, arruga una hoja inservible del block, descargando todo su enojo en aquel papel que no posee la culpa de sus discusiones con Armin. Básicamente, fue una ilusa al seguir la sugerencia del friki apasionado. El sencillo "improvisa" se resuelve en ella recostando su cuerpo boca abajo sobre la cama, utilizando su mandíbula como soporte que la ayuda a no perderlo de vista. Nada. No consiguió absolutamente nada. Expresión impasible y aburrida, como siempre. Ni un indicio de mirada, ni siquiera una de sus tradicionales ojeadas despectivas. Se dio por vencida con el improvisado experimento una vez percatada de que la sudadera puesta (antes perteneciente a Levi) se había subido un buen tramo, exponiendo la blanquecina piel de su cintura.
Toma la almohada y la hunde contra su rostro, amortiguando el gritito histérico amenazando con salir ante los recuerdos de la tarde que la hacen sentir estúpida. Maldice el instante en que pensó siquiera que hacer eso sería una buena idea. Decidido: nunca obedecerá los consejos de su mejor amigo; desde ese exacto momento, le arrebata definitivamente el título de psicólogo, consejero, sabio y adivino personal.
Y, aunque no lo admita en voz alta, la desilusión también se hace un pequeño espacio en el cúmulo de sensaciones que enclaustra dentro suyo. ¿Desde cuándo le molestan ese tipo de cosas? ¿Qué diablos esperaba que sucediera? ¿Que Levi se convierta automáticamente en un mirón más? A este punto, ya no sabe qué pensar con exactitud de la situación y decide no seguir haciéndolo por el bien de su cordura.
«Salgamos mañana. No parece mala idea si vamos los dos a algún lado, nos lo debemos».
―Estúpido Ackerman.
Tallándose con insistencia el ojo derecho, Mikasa ingresa torpemente a su hogar, casi chocando de lleno contra la puerta de madera que acaba de abrir. Las únicas señales que su cerebro logra captar son las que gritan a todo pulmón la palabra «duérmete».
Afortunadamente, cree haber contestado bien cada pregunta del examen de biología; por lo tanto, valió totalmente la pena desvelarse para estudiar y completar la actividad que lo acompañaba.
Aun si permaneció ligeramente recelosa con la sola presencia de Armin durante las primeras cuatro horas de la mañana, él no tuvo problemas obsequiándole un café del kiosco cuando notó que se dormía sobre la mesa, recibiendo varios regaños del profesor de química por cabecear y no prestar la más mínima atención al tema que explicaba. Con ese simple gesto lo ha perdonado y devuelto sus títulos correspondientes. Bueno, a decir verdad, jamás se enfada seriamente con Armin y, por lo general, las disputas entre ellos se solucionan en menos de lo que canta un gallo.
Sin preocuparse por las pertenencias que guarda en el interior, arroja la mochila al suelo, y su agotado cuerpo se desploma muerto sobre el sofá de la sala, amoldándose en los esponjosos almohadones carmesíes. Un par de lagrimitas escurridizas brotan de sus cuencas al arrojar un gran y sonoro bostezo que aclama la atención de Taffy; este no demora en correr enfiestado del patio, solicitando que lo suban al sillón a base de ladridos y lloriqueos innecesarios. Suspira, haciéndose de sus últimas fuerzas para estirar sus brazos hacia abajo y alzar al can que se acurruca como un bicho bolita en el espacio entre sus piernas y estómago, no sin previamente haber repartido un par de lamidas en su fría mejilla a modo de bienvenida.
Y, una vez que el calor del hogar la abriga, su consciencia se rinde casi instantáneamente a los brazos de Morfeo.
― ¿Has pensado en lo que podríamos presentar?
La varonil y rasposa voz de Levi retumba en sus oídos como un eco aletargante. Bajito, tan bajito que las palabras apenas son entendibles de no ser porque, poco a poco, aumentan su volumen, obligándola a entreabrir los párpados con un deje de dificultad. Mientras su vista se acostumbra a la luminosidad de la estancia, distingue varios vestigios que le dan una pista de dónde se ubica con exactitud: la cama de su habitación.
―No tengo ni la menor idea. Soy una novata en esto, ¿no? Escuchemos al experto ―las palabras escapan por sí solas de su boca. Tras eso, acomoda su mandíbula en la palma de su mano, dispuesta a no perder de vista las acciones de Levi, quien realiza un paseo turístico por el cuarto, examinando meticulosamente los posters de Harry Potter adheridos a la pared, uno por uno, como si Draco Malfoy y Hermione Granger fuesen lo más interesante del universo―. ¿Levi?
El susodicho guarda un silencio sepulcral que termina inquietándola. Mucho más al notar que él se encuentra ocupado explorando desvergonzadamente su cuerpo, de pies a cabeza, acechándola como un depredador a su presa, con esos seductores ojos que, a simple vista, carecen de emoción alguna; no obstante, si se detiene a ahondar en ellos minuciosamente, es sencillo captar que hoy poseen un tinte especial, una chispa única difícil de descifrar. Y tampoco tiene tiempo de hacerlo, ya que su debate interno es detenido en cuanto Levi abandona su posición, avanzando pasos lánguidos hacia su trayectoria. Sin previo aviso, apoya la rodilla contra la orilla del colchón y la toma del hombro, aferrándose a este sin nada de delicadeza, con el fin de tumbarla boca arriba en la cama. Se deja mover a su antojo, como una muñeca que no es capaz de controlar su propio cuerpo. O que no quiere controlar su propio cuerpo.
―Ey...
Ante el llamado, levanta agraviada la mirada, justo a tiempo para ver cómo Levi apoya ambas palmas a cada costado de su cabeza, flexionando los brazos para poder aproximarse a su rostro. Inevitablemente, la almohada se hunde bajo ellos, y Mikasa piensa que nunca en su vida se había sentido tan pequeñita con aquel chico encima suyo.
Sin dudas, se divisa realmente guapo desde su posición; los músculos de sus brazos marcados debido a la fuerza que ejerce con tal de no aplastarla, el corto cabello casi cayendo sobre su rostro, su expresión dura y, al mismo tiempo, cautivadora, el color oceánico de sus iris narcóticos...
Ambos se funden en una batalla en la que no pierden al contrario de vista, en la que sus apaciguadas respiraciones se sincronizan y la distancia entre sus cuerpos se acorta con el correr de los segundos. Sin embargo, la derrota es inminente para Mikasa cuando su contrincante realiza una jugada inesperada, un gesto casi imperceptible pero efectivo: Levi aprisiona su propio labio inferior entre sus dientes, de una forma tan desquiciantemente lenta y erótica que la hipnotiza incluso si ya lo ha liberado.
―Me encantas, Mikasa. No te imaginas cuánto ―el dedo índice viaja a su mandíbula, delineando el contorno cuidadosamente, como si temiera romperla de no usar la suficiente suavidad. Las palabras del chico son como una caricia placentera a su alma, y una diminuta sonrisa cursa inconscientemente sus labios a causa de eso.
Para su desconcierto, Levi no titubea al subírsele encima, ni tampoco al abrir sus piernas con ayuda de las rodillas para poder posicionarse entre ellas, de una manera tan desquiciantemente lenta que la embelesa. Agarra su cintura posesivamente, acariciando la piel descubierta sin un ápice de vergüenza, y gracias a eso se activa una alarma que le pide parar, procesar la información y lo que sus acciones significan.
―E-espera ―Mikasa afirma una mano en el fornido pecho que se oprimía contra el suyo con intensidad.
¿Qué diablos sucede? ¿Cómo es que acabaron en su cama, rozando sus cuerpos sin una pizca de inocencia? ¡Con Levi! El arisco, amargo, ogro y desagradable tipo que la considera una molesta piedrecilla en el zapato.
―Cállate, mocosa, no hables ―ordena, descendiendo su rostro unos centímetros. La quisquillosa nariz de Levi inicia un recorrido por toda la extensión de su inexplorado cuello y el cálido aliento chocando contra la entrada de sus senos le provee un escalofrío.
Un hormigueo agradable invade vertiginosamente su bajo vientre y el calor comienza a repartirse en su interior al sentirlo a tanta proximidad. El escaso raciocinio que le queda solo atina a sostener la nuca del mayor, arañando con sus uñas la zona rapada de su cabello negruzco.
―Levi... ―calla al sentir sus labios trazando un circuito de besos que, lejos de desagradarle, crean estragos en su interior. Un gruñido y un suspiro son liberados a la par cuando Levi encaja sus caderas sinuosamente―. ¡No, aguarda! Uhm, ah...
Contradiciendo a sus propias palabras, Mikasa rodea la cintura del hombre con sus torneadas piernas, buscando, ansiando, necesitando de aquel fascinante contacto que alborota cada uno de sus sentidos. Uno, dos, tres roces. Jadea. Sus palmas curiosas se introducen bajo la camiseta oscura, tanteando los músculos y la piel ardiente de la trabajada espalda de su compañero de baile. Se aferra a ella con fuerza, pretendiendo mantener así el diminuto gramo de compostura que, inevitablemente, empieza a desvanecerse poco a poco a causa de los osados movimientos que arremeten contra su ya húmeda intimidad por encima de la ropa.
―Mírame ―demanda él, sin darle descanso. A esta altura, siente que todos sus sentidos se han nublado por completo―. Mírame ―repite, tomándola demandante del cuello, proporcionándole un ligero apretón que le roba un gemido―. ¿Oh? Ya veo, te gusta esto, ¿no es así, Ackerman? ―la mano libre del chico se aventura hacia su muslo para apretujarlo, al tiempo que vuelve a imitar la acción con más fuerza que antes en su frágil cuello. Mikasa se remueve bajo él, excitada, sofocada de placer. Ciertamente, no se considera a sí misma una masoquista, pero la efímera presión de sus largos dedos alrededor de su piel sensible le otorga una satisfacción inigualable―. Quiero besarte.
Sus ojos cristalinos se topan con la imagen de Levi contemplando sus rosados labios entreabiertos como si se tratasen de un manjar. Y le gusta. Le gusta su mirada oscurecida de puro júbilo. Le gusta su toque urgente. Le gusta sentirse deseada por él.
―Bésame ―sisea, levantando su cabeza para acariciar con la punta de su nariz la suya, tentándolo con tan simple acción.
Cerca, tan cerca...
Sus bocas anhelantes de contacto apenas alcanzan a rozarse cuando él vuelve a hablar, cortando desconsideradamente la casi conexión.
―Don't know what you're expecting of me.
― ¿Qué? ―desconcertada, pone distancia entre sus cuerpos, intentando averiguar que bicho le ha picado. No obstante, el dueño de esa voz no es Levi; no es él quien mueve los labios.
―Put under the pressure of walking in your shoes...
Abre los ojos de golpe, completamente desorientada por el entorno que la rodea y le resulta familiar. Televisor, alfombra, mesa ratonera... Oh, la sala de su hogar.
El pequeño Taffy encima suyo juguetea demasiado alegre y entretenido con las puntas de su largo cabello; bueno, mejor dicho, lo muerde como si no disfrutara de suficientes juguetes que destrozar con sus colmillitos.
―I've become so numb. I can't feel you there.
A su cerebro le toma menos de tres segundos reaccionar y comprender que la música proviene del rintong de su teléfono. Gracias a la torpeza que le proveen sus extremidades acalambradas, se demora bastante en localizar el aparato volcado a un lado del sillón, como si el pobre no hubiese tolerado suficientes caídas ya. La pantalla trizada indica que son las 4:36 de la tarde. Empero, no es la hora lo que la sorprende, sino el nombre Ackerman Levi resaltando en el medio y, debajo de este, las opciones en verde y rojo que le permiten aceptar o rechazar la llamada.
De imprevisto, da un respingo que casi arroja a Taffy por los aires de no ser porque sus manos actúan por reflejo y lo atrapan antes de que su pequeño cuerpo colisione contra el suelo.
―Lo siento, mi vida ―deposita un casto beso en su cabecita a modo de disculpa y prosigue a dejarlo en la seguridad de los almohadones.
Su pierna tiembla inconsciente en señal de nerviosismo mientras atiende la llamada, más que nada porque se ha percatado de los infinitos mensajes ―son solo cinco, pero, tratándose de Levi, es un nuevo récord― avisándole que está afuera desde hace rato y que mueva el culo, en breves palabras. ¿Cómo carajo pudo olvidar la cita con Levi? Un segundo, ¿cita? ¿No es una cita, o sí? Es solo una salida de compañeros... Bueno, no interesa, la prioridad ahora es más que cuestionar el verdadero significado que envuelve a la invitación de Levi.
―Mocosa de mierda, hasta que te dignas a... ―su voz monótona hace acto de presencia al otro lado de la línea.
―Sh, ya salgo, espera un segundo ―y, tras decir esto, cuelga la llamada, sin permitirle espacio a objeciones.
En su mente retumban los agravios que Levi debe estar vociferando luego de cortarle sin más y, para colmo, mandarlo a callar como si nada.
―Diablos, diablos, diablos ―sube corriendo las escaleras, maldiciendo cuando el pie se le resbala y casi cae rodando colina abajo.
Cambiarse el uniforme del colegio no es una opción factible si medita en lo indecisa que se vuelve a la hora de elegir qué vestimenta ponerse encima. Únicamente, desenreda su lisa cabellera frente al espejo del baño y se arma una media colita, liberando dos mechones finos que caen a cada costado de su rostro; procede a limpiarse el delineador corrido, reponerlo nuevamente y rellenarse los mullidos labios de labial líquido en tono cereza. Y eso es todo.
Con el móvil en la mano ya se considera lista para marcharse; mas detiene su paso al oír a un entusiasmado Taffy ladrar y zarandear su colita cual maraca de un lado a otro, posicionado en la entrada del hogar al imaginar ingenuamente que lo sacarán a pasear por el vecindario, como cada día. Sus adorables ojitos brillando son eficientes para destruir todas las murallas de su mecanismo de defensa.
―Oh, tú ganas, no creo que al ogro le moleste ―antes de alzarlo en sus brazos, busca la mantita afelpada que le pertenece por si refresca y, asimismo, evitar que los asientos sean víctimas de un centenar de pelos.
Trota hacia el coche estacionado en el puente de su casa y abre la puerta del pasajero en silencio, sin saludar, aventándose al asiento con Taffy en sus piernas.
Finalmente, Levi se digna a mirarla, y su expresión se transforma en todo un poema al advertir la presencia del intruso de cuatro patas y moño rojo ridículo, según él. Mikasa reprime una risita, decidida a mostrar un semblante estoico.
―Dos preguntas, mocosa. Tan solo dos jodidas preguntas ―intercala su vista entre el can y la chica, frunciendo el ceño, evidentemente ofuscado por la situación que se le presenta―. ¿Por qué diablos llevas el uniforme del colegio? ¿Y por qué está el saco de pulgas aquí también?
―Uno: no tuve tiempo de quitármelo. Dos: pasa mucho tiempo solo en casa ―contesta, contemplando de reojo cómo él se restriega el rostro ante sus improvisadas excusas―. Además, no me resistí a su cara. Míralo solo un segundo y sabrás a lo que me refiero.
Para reforzar su argumento, Mikasa agarra las patitas de Taffy suavemente y lo voltea en su dirección, posicionándolos frente a frente. El pequeño, aun sin comprender qué sucede con exactitud, continúa meneando su colita, sacando su corta lengua como si supiera de antemano que aquel detalle aumentaría su nivel de ternura al máximo.
En un inicio, Levi no parece muy convencido y se nota dispuesto a no dar su brazo a torcer. Y bueno... solo son necesarios un par de milisegundos más para caer rendido a sus encantos perrunos. Aprieta la quijada, profiriendo una sonora maldición por ser tan vulnerable, y Mikasa canta victoria en su interior.
―Como sea, vámonos ―concluye, extendiendo sus brazos; Taffy caza la señal y se arroja a ellos, acomodándose en el regazo del hombre.
Mientras el coche avanza y ella se coloca el cinturón de seguridad, el pensamiento de reproducir música y hundirse en el asiento le resulta bastante atrayente, mas la realidad la golpea fuertemente, tratándola como saco de boxeo y cortando de súbito su visión futura.
El sueño.
El sueño con Levi.
El sueño donde Levi y ella estaban a punto de...
«Basta, Mikasa, basta. Los inventos de Armin te están afectando. Soñar con el amargado no significa nada», se reprende a sí misma ante el colorete adorable que decora cada mínimo espacio de su tez blanca.
Si le contara al respecto a su mejor amigo, no saldría ilesa emocionalmente. Si en tu sueño estás a punto de besar a esa persona que tanto te atrae y, por cualquier razón te despiertas, es muy probable que no tengas claros tus sentimientos y tengas miedo a un posible rechazo. Recuerda muy bien cuando, una tarde de puro aburrimiento, al rubio no se le ocurrió otra cosa mejor que interpretar sueños y luego buscar el significado de varios por internet.
«Bueno, por poco y follamos, eso sí debe... ¡No!», se niega a creer que algo producto de su imaginación sea verdad. Tener sueños que impliquen ese tipo de cosas es totalmente normal a sus dieciocho años, ¿cierto? Sí, así es.
Con el objetivo fijo de menguar los nervios que amenazan con delatarla, Mikasa comienza a verificar el estado de su uniforme ―arrugado, de seguro―, ya que no contó con el tiempo de hacerlo anteriormente; procurando ser disimulada, alisa la corta falda negra, se ajusta correctamente la corbata del mismo color y se sube hasta los muslos las medias calentitas que abrigan sus largas piernas.
―Estás callada ―menciona Levi, rompiendo por fin el mutismo que los envolvía.
―Siempre estoy callada ―se limita a refutar, dispuesta a no intercambiar contacto visual con el cascarrabias que no la deja en paz ni estando dormida.
―Para llamarme ogro nunca estás callada ―reitera, dejando escapar un resoplido―. ¿Todavía tienes sueño, eh?
― ¿Cómo sabes que estaba...?
―Eso explica los malditos treinta minutos que me hiciste esperar ―replica. Su tono de voz la confunde; no distingue si está de malhumor o en realidad le importa un carajo―. Y esto... ―aprovechando la inmovilidad del auto debido al semáforo en rojo, Levi se inclina hacia ella, arreglando el cuello doblado de su camisa, rozándole sin querer la piel del cuello con la yema de sus dedos. El aire se le corta de súbito y olvida cómo llevar a cabo la vital acción de respirar al conmemorar lo acontecido en su mente mientras dormía―. Y esto también ―sin pedir permiso, toca el mentón de Mikasa con el pulgar y prosigue a mostrárselo manchado de un tono cerezo―. Después te quejas por el apodo de mocosa.
―Cierra la boca ―avergonzada, se restriega el dorso de la mano por donde Levi lo había hecho, asegurándose de que no existan más vestigios de aquel labial traicionero. Producto de la inestabilidad en su sistema, no se le ocurre otra cosa mejor que darle explicaciones―. No fue adrede, en serio; de lo contrario, te habría hecho esperar dos horas mínimo ―bromea, aunque no por completo―. Olvidé un examen que tenía por la mañana, estuve hasta tarde estudiando y no dormí mucho, casi nada, mejor dicho.
―Hm ―es lo único que emite, acompañando el monosílabo con la ligera elevación de sus malditas cejas del demonio que controla habilidosamente. Las breves respuestas del chico, a esta altura, ya no le fastidian como en un principio.
Ahora que se toma el tiempo de analizarlo brevemente, debe admitir que las ropas que porta no le sientan para nada mal. Jersey negro de cuello alto, pantalones algo ajustados y gabardina. Todo un estereotipo de universitario. Definitivamente, los colores oscuros le otorgan un toque atractivo, misterioso, en él quedan más que perfectos.
― ¿Y bien? ¿Adónde vamos?
Levi le brinda un vistazo de soslayo, escrutándola en silencio, como si estuviera procesando la información y pensara a detalle qué decir; finalmente, opta por ignorar la interrogante y retorna su vista a la carretera. Indignada, Mikasa aprieta la mandíbula, tentada a pellizcarle un costado por descortés. No le queda de otra que tragarse la rabia y distraerse mirando a través de la ventanilla.
Transcurren un par de minutos hasta que el vehículo detiene su rumbo en una estación de servicio, mas no para cargar gasolina al tanque.
―Quédate aquí. Me llevo a la pulga por si quiere mear ―informa Levi, saliendo del auto con un morral colgado al hombro.
Mikasa se cruza de brazos, sin comprender a qué se debe tanto misterio. Ve cómo el azabache entra al negocio de la gasolinera, antes dejando al cachorro en la puerta de la misma al estar prohibido el ingreso con animales.
No pretende gastar el escaso crédito que le queda a su celular para desperdiciarlo en las redes sociales, así que, aburrida y sin saber que otra cosa más hacer, emprende la misión de analizar el interior del coche. No descubre nada sobresaliente, excepto por un delicado aromatizante de limón colgado en forma de botellita de vidrio. Sospecha que la causante de que ese objeto esté ahí es Kuchel.
Aun si sabe que sus acciones no son catalogadas como "del todo correctas", sus manos indagadoras ignoran esto y se aventuran a la guantera frente a ella, abriéndola con suma lentitud, procurando ser silenciosa a pesar de carecer de compañía. Papeles, papeles y más papeles. Apartando lo que parecen ser documentos importantes del auto, se topa con diversos objetos que obtienen su entera atención.
Lo primero: un paquete de cigarrillos sin abrir. Extraño. Varias veces ha oído a Levi quejarse de su tío Kenny (también apodado cigarro humano) y le resulta curioso que compartan el mismo vicio. A menos, claro, que no le pertenezcan, y esa idea se oye más acertada si toma en cuenta que, durante los ensayos, nunca ha olfateado olor a tabaco en él. Lo segundo: un labial. Lo agarra entre sus dedos, dubitativa, y, al destaparlo, repara en el tono morado pastel. Nunca le ha gustado utilizar esos colores, no contrastan para nada gracias a su piel de talco. Lo tercero: un par de argollas plateadas de gran tamaño.
―Am..., ¿acaso él está...? ―niega con la cabeza al instante en que miles de pensamientos y conclusiones disparatadas golpetean queriendo entrar.
―Fisgona ―interrumpe Levi, contemplándola desde la ventanilla abierta. Posteriormente, Taffy ladra, como si aseverase con total certeza aquella palabra.
―No estás en posición de reclamar nada cuando ayer te pillé entrando a mi habitación sin pedir permiso ―se defiende, inmutable. La vista fija en los aretes en todo momento, haciéndolos girar alrededor de su dedo índice.
―Le pertenecen a Hange ―aclara él―. Estaba drogada y dijo que se le caerían las orejas si no se las quitaba.
―No te pedí explicaciones ―suelta desinteresada, volviendo a guardar los aros junto con el labial dentro de la guantera. Una parte de ella, en realidad, se encuentra inexplicablemente aliviada de que así sea.
―Ajá ―resopla, transportando el bolso a los asientos traseros y devolviéndole al perro. Por último, le ofrece a Mikasa una pequeña paletita de fresa y, ella, un tanto perpleja ante el gesto inadvertido, la recibe.
―Ah, gracias... No debiste ―aprieta los labios, sin tener idea de qué más añadir. La ha tomado por sorpresa.
―Me la dieron de vuelto, a mí no me gustan.
«Oh, bueno, era de esperarse». Quitándole el pequeño envoltorio transparente, se la lleva a la boca, disfrutando del delicioso sabor deshaciéndose en su lengua.
La primera canción que reproduce el estéreo es Shape of You. Y a Ed Sheeran le siguen varios cantantes más, muchísimos más. El recorrido con destino al lugar desconocido comienza a ser altamente sospechoso una vez que rebasan los cuarenta minutos de viaje.
― ¿No me estás secuestrando, cierto? ―pregunta de pronto, mordiendo el palito de plástico.
―Atinaste. ¿Recién te das cuenta? ―tras decir esto, Levi oprime el botón en el tablero que le autoriza cerrar las puertas por dentro.
Mikasa lo mira con reproche, sin creer ni un ápice de su tonto jueguito; mas su infantil puchero se disipa al distinguir un asomo de sonrisa en la comisura de sus finos labios. ¿Cuántas veces ha logrado admirar aquel mohín en Levi? Lamentablemente, es capaz de contarlos con una sola de sus manos e, incluso así, sobraría. Por esa razón, considera especial la atractiva sonrisa de Levi.
―Falta poco, mocosa. Y no te comas el plástico.
―Solo lo estoy mordiendo ―gira los ojos y vuelve a masticarlo con más fuerza.
―Tch ―sí, ahí va de nuevo ese dichoso chasquido que pronostica una segura ignorada.
Decide a hacer lo mismo, distrayéndose con el otoñal paisaje del exterior, también observado por un curioso animalito que apoya sus patitas contra la puerta del acompañante.
―Taffy, Taffy ―le tira un par de besitos, llamándolo con ese tono dulce que a él le fascina y lo convierte en una bomba explosiva.
Al oírla, el mencionado voltea de inmediato, parando sus orejitas. Salta a su torso, haciendo intentos fallidos por lamerle el cuello o morderle la cara con sus pequeños dientitos. Mikasa suelta un par de risitas ligeras, provocando que el pequeño continúe exaltándose, anhelando alcanzarla.
―Ya, ya, ya ―sonríe, separándolo de ella―. ¿Has visto algo más lindo que esto? ―lo voltea hacia Levi.
―Sí, de hecho, sí ―contesta, frenando el auto y traspasando un portón abierto de alambre que apenas se mantiene en pie. Ingresa en un callejón, avanzando con cuidado hasta detenerse.
―No creo que exista algo que lo supere ―mantiene su postura firme, defendiendo la ternura del animalito a muerte.
―Estoy seguro de que no me creerías si te lo dijera ―responde él tras una fachada de hastío―. Llegamos.
Sin comprender ni remotamente dónde diablos están varados, Mikasa baja suspicazmente, acurrucando al perro contra su pecho. A un lado del vehículo estacionado, se divisan un par de botes repletos de basura y la entrada trasera a un edificio afianzada con cerrojo y cadenas gruesas.
― ¿Dónde...?
―No hagas preguntas innecesarias, ya te vas a enterar ―le corta él antes de que siquiera finiquite la oración.
Levi ajusta el dichoso morral a su hombro y, de este mismo, extrae una llave que introduce en la cerradura del candado. Tras un par de intentos, logra abrirlo, apartando las cadenas que lo protegen y, debido a la presión que ejerce, una de las puertas se abre emitiendo chirridos desagradables. La mano extendida del mayor la invita a ingresar primero en el edificio que, a primera vista, simula un claro abandono.
Al no hallar ningún pretexto creíble que la ayude a impedir la situación, Mikasa se rinde tras exhalar ruidosamente, avanzando pasos tímidos. ¿Lo primero que percibe al entrar? Nada. De no ser por el ápice de claridad interviniendo a través de la entrada, estaría sumida en una completa y absoluta oscuridad. Y ser consciente de eso la aterra. Escenas de la película de terror que vio en el cine junto a Petra la semana anterior deambulan en sus pensamientos e, instintivamente, se aferra más al suave cuerpito de su mascota. Los latidos de su corazón parecen ejercer una carrera maratónica y el miedo abunda en cada parte de su ser cuando la puerta es cerrada de golpe tras su espalda, imposibilitándole la opción de distinguir la figura de su compañero.
― ¿Levi? ―musita bajito, cerrando los ojos.
Silencio.
Considera tres teorías a la mano: Levi se mantiene quieto en su sitio; Levi es tan sigiloso como un gato; Levi está jugándole una broma de mal gusto. No importa, de cualquier manera, siente que su corazón quiere trepar hasta la garganta y correr despavorido una vez libre.
― ¡Levi! Hablo en serio ―insiste, su voz sufriendo de un ligero temblor.
Y, entonces, pega un respingo al percibir una mano reposándose de imprevisto en su espalda baja. Sella sus labios justo a tiempo, evitando así que un gritito agudo se le escape.
―Tranquilízate ―murmura él, encendiendo la linterna del teléfono. Al notar este detalle, Mikasa siente unas fervientes ganas de azotarse la frente contra alguna pared por no haber tenido la misma idea. La opción de pensar por sí misma, aparentemente, se inhabilita cuando el pavor la controla.
― ¿Me trajiste para matarme del susto, imbécil? ―reprocha entre dientes.
― ¿Quieres irte?
―Oh, no, por supuesto que no. Casi me da un micro infarto, pero no importa eso, créeme. Salto de la emoción de solo saber que soy una maldita estatua en medio de la oscuridad, totalmente ignorante de dónde diablos estamos ―habla inmutable, camuflando su miedo tras una fachada estoica―. Y sí, por si no lo notas, estoy siendo sarcástica, ogro.
―Mira, no tengo ningún problema en dejarte morir aquí si continúas así de fastidiosa, pero, lamentablemente, no está anotado en mis planes del lunes cargar un cadáver en el baúl ―bufa, realizando una pausa―. Ya deja el melodrama a un lado, solo encendí una estúpida linterna ―la alumbra con dicho artefacto, provocando que ella cierre los ojos ante el intenso resplandor cayéndole de lleno en el rostro―. Andando.
Aparta la luz al mismo tiempo que la mano de su espalda. Y, por alguna razón, siente un vacío que no le gusta. No le gusta para nada. Abandonando su orgullo, Mikasa se adelanta a zancadas, pegando su hombro al suyo con presura. Captando el obvio mensaje, Levi no duda al aventurar su palma desocupada directo a la cintura de la chica, y continúa avanzando por lo que sugiere ser un pasillo extenso.
―Voy a morir joven ―susurra al oír ruidos extraños que, en realidad, forman parte de su inestable imaginación. Siendo inconsciente de su actuar y en todo lo que ocasiona, la mano de Mikasa busca contacto al descansar sobre la de él―. Levi, nos van a asesinar. En las películas de terror, siempre muere primero el ingenuo que lleva la linter... Dios, ¿escuchaste eso? Juro que yo sí, es mejor que demos la vuelta y regresemos por donde veníam-
―Nadie se va a morir, esquizofrénica de mierda ―asevera él, interrumpiendo su monólogo paranoico. Al mismo tiempo, le aprieta la cintura, y aquella acción logra coserle los labios―. Guarda silencio un segundo. Nunca te había oído decir tantas idioteces juntas. El perro ni siquiera se queja y acaba de nacer.
―Tiene casi tres meses, según el veterinario ―argumenta ella, apretujando los nudillos de Levi como si se tratasen de una pelotita anti estrés.
―Es exactamente lo mismo ―delibera él, hastiado―. Tú tienes dieciocho años y tiemblas como consolador.
― ¿Qué clase de comparación es esa? ―realiza una mueca, algo atónita, pero divertida a la vez de sus ocurrencias.
―Una muy buena y efectiva, considerando que ya no pareces un chihuahua epiléptico ―bien, punto para él―. Voy a soltarte ahora, ¿sí? ―advierte.
Despacio, tan despacio, como renuente a proseguir, retira la mano de su cuerpo, alejándose de ella. En esta ocasión, sus pisadas son sonoras al caminar ―confirmando la teoría número tres: Levi le estaba tomando el pelo― y, seguidamente, un ruido seco retumba en la estancia, seguido de un centenar de luces encendiéndose por doquier. Estupefacta, su mandíbula cae unos centímetros ante lo que sus curiosos ojos presencian, y emprende un recorrido visual a la hilera de asientos afelpados que dirigen a un enorme escenario. Es un teatro, algo descuidado, extremadamente hermoso.
¿Pellizcarse o darse una certera cachetada? ¿Qué método es más efectivo para comprobar que no está dentro de un sueño?
―Qué carajo... ―farfulla todavía sin asimilarlo, mientras se adelanta por el espacio libre entre butacas―. ¿Vas a darme una explicación o tengo que adivinar como siempre?
―Es el teatro Paradise, ¿contenta? ―se limita a informar, rodando los ojos.
― ¿Paradise? ―duda, buscando en su mente por qué el nombre le parece tan conocido―. ¿El que cerró hace años?
―Ajá, ese mismo ―exhala, cansado de dar respuestas y, al advertir que Mikasa se nota dispuesta a liberar su siguiente pregunta, la detiene volviendo a tomar la palabra―. Hasta ahí, detén el interrogatorio, mocosa.
―Amargado ―susurra para sí misma.
Levi se destina al escenario, avanzando como si estuviese cómodo en su propia casa, subiendo los escalones ubicados a un costado; a continuación, toma asiento en la orilla de la zona media y, desde su sitio, proporciona dos suaves palmaditas al piso de madera, indicándole que se le acerque.
Emocionada por la idea, Mikasa coloca a Taffy en el suelo ―este no demora en explorar solito el inmenso lugar― y se aproxima a paso fugaz. Empero, sus pies se desvían del camino fácil que la dirige a las escaleras; en cambio, optan por encaminarse directamente a Levi y, una vez que su cabeza queda a la altura de las piernas del chico que cuelgan del borde, sube la vista para calcular si lo que pretende hacer es posible o no.
― ¿Qué diablos haces? ―pregunta él cuando Mikasa apoya sus palmas sobre la orilla del escenario, ejerciendo fuerza para impulsarse y dar un certero saltito, quedando sentada a su lado―. Ah, maldición, cómo insistes en complicarlo.
Hace caso omiso a sus palabras y se concentra en el increíble panorama expuesto delante de ella. Inevitablemente, se funde en una bella fantasía en la cual su imaginación se encarga de recrear el sitio repleto de personas, aplaudiendo, admirando cómo baila, vitoreando... Suspira, extasiada ante la maravillosa imagen. No ve la hora de que llegue diciembre para participar en las nacionales junto a Levi.
―Dame tus manos.
Desinteresada, aun mirando al frente, Mikasa cumple lo solicitado y extiende sus extremidades hacia un costado, sin sopesar mucho en lo que efectúa o con qué fin. Repentinamente, siente un frígido líquido espeso cayéndole en las palmas. Al virar en su dirección, no se sorprende ni un poquito al descubrir que Levi deposita alcohol en gel también en las suyas, frotándolas. Es el loco de la limpieza. Sus rituales higiénicos son pan de cada día y sería sumamente anormal que no los llevara a cabo.
―Se te subió la falda ―apunta él con el mentón. Mikasa le regala una ojeada tajante antes de bajar la prenda que no mostró nada de más. De todas formas, no podría, ya que el mini short negro lo impide―. ¿No te cagas de frío con ese uniforme?
Su mente maquina, elaborando una respuesta para darle la contra ―porque en realidad sí lo hace―, mas guarda silencio al advertir los movimientos del hombre: Levi abre el morral ―donde, en un inicio, pensó que residía su material de la facultad― y extrae dos latitas y dos barras de chocolate, uno semi-amargo y el otro de leche. Su marca favorita, cabe destacar.
Bajo su mirada atenta y desconcertada, Levi le ofrece el más dulce junto a la gaseosa de uva. Ella todavía no muestra reacción al recibirlo. Es imposible que él esté al corriente de sus gustos si no los han discutido antes. ¿Es coincidencia? Totalmente.
―No digas nada.
―No digo nada ―se encoge de hombros, tragándose la curiosidad. Prosigue a abrir el paquetito, partiendo una de las cuatro filas de la barrita y llevándose un extremo a la boca―. ¿Sabes qué? Sí voy a decir algo, tengo todo el derecho de hacerlo ―asiente apaciblemente, divertida al avistar cómo él coloca su eterna expresión de "te desprecio con cada parte de mi existencia y ojalá te caiga un rayo encima" ―. ¿Recuerdas cuando me reprochaste que no era sano comer chatarra? Aquel día en el parque, me habías visto merendar una hamburguesa junto a Charlie.
― ¿En serio vas a sacar esa conversación ahora?
―No fue hace tanto ―dice desinteresadamente, apuntándolo con la barrita de chocolate―. Unos... cinco meses.
―Mikasa, casi medio año ―rebate. La manera en que dijo su nombre le proporciona un hormigueo ameno. ¿Por qué todo se escucha bien con su voz ronca? Hasta la palabra mierda es atractiva solo si sale de sus labios.
―Pero lo dijiste, chico dieta ―alza una ceja petulante―. Está bien, no me quejo tampoco si traes chocolate ―vuelve a proporcionarle otro mordisco, disfrutando del exquisito sabor deshaciéndose en su boca. ¡Cómo le encanta!
―Quién te entiende ―niega resignado, abriendo la latita de gaseosa. Al ver esto, Mikasa imita su acción, colocando la bombillita de plástico en la abertura.
―Bien, ¿por qué brindamos?
―No lo sé, ¿se te ocurre algo aparte de lo evidente?
―Sí, ahora que lo mencionas, sí ―afirma, pensativa―. Aparte de lo evidente, brindo por mi salud mental ―Levi la ve sin comprender a qué viene el comentario, hasta se nota preocupado de cierta manera―. ¿Qué? Se mantuvo en condiciones aun después de pasar cinco días seguidos contigo. Mejor dicho, siete si agregamos ayer y hoy.
No le cuesta admitir que los ensayos dispuestos para crear una coreografía en la casa de Levi sí ayudaron en demasía a pulir errores en su técnica. Por supuesto, eso no significa que ya reprimió en su totalidad las tendencias asesinas que viajaban a través de sus fervientes venas cada vez que al Ackerman se le ocurría regañarla sin un atisbo de delicadeza y apodarla con estúpidos sobrenombres, unos más molesto que el otro. Hasta el día de hoy, desconoce qué clase de magia debilitante utilizaron en ella durante esos días, la cual le impidió arrancarle el cabello u obligarlo a tragar un petardo con tal de silenciar su soez lengua.
―Tonta, ensayar conmigo es un privilegio ―opina, sin parecer ofendido en absoluto por su comentario.
―Estoy dudando muy seriamente sobre cuál es tu definición de privilegio ―libera una risita nasal, sacándole otra diminuta sonrisa a Levi que se esfuma tan rápido como aparece. Otra vez lo mismo. ¿Cuándo será el día que en lo vea reír abiertamente sin la necesidad de contenerse? Ojalá sea pronto―. Salud, ogro.
―Salud, tétrica.
El ruidito característico de las latas al estrellarse en su brindis es lo único que se escucha. Posteriormente, se mandan un largo trago con plena confianza. Uno... Arrugan el ceño apenas el líquido recorre sus gargantas. Dos... cortan las puertas de inmediato, prohibiéndole el paso a la supuesta gaseosa de uva. Tres... Ambos tosen sincronizadamente, colocando obvias expresiones de disgusto.
― ¿Qué demonios es esta mierda? ―ruje Levi, mirando recelosamente la lata de marca desconocida―. Sabe a vómito de perro mezclado con jarabe.
― ¿Conoces a qué sabe el vómito de perro? ―se limpia la comisura de los labios, obligándose a tragar el escaso líquido que permaneció en su boca―. Tú las compraste, genio, ¿por qué me preguntas a mí?
―Según el vejestorio que me atendió, era de una marca nueva y sabía bien. ¿Acaso no prueban el producto antes de sacarlo a la venta? ―inquiere, apartando la bebida que, según su criterio, es altamente tóxica.
―Te vieron cara de ingenuo y caíste en la trampa, Levi Lance Ackerman ―opina, más que nada para picarlo. El chico se esmeró en traerla hasta el teatro y, encima, tomarse la molestia de comprarle un aperitivo; poco le importa el asqueroso sabor, la intención es lo que cuenta.
―No te lo tomes, podría ser venenoso ―se precipita a decir, observando sus acciones incrédulamente.
― ¿Y yo soy la dramática? ―succiona de nuevo la pajita, obligándose a tragar―. Es pasable si no lo piensas mucho, Lance.
―Mocosa, están tan mal ―niega, rendido, deduciendo que la chica ha perdido la cabeza―. Que no se te pegue la costumbre de llamarme así ―le advierte, degustando la barra de chocolate amargo que contribuye a dejar atrás el mal trago.
― ¿Por qué? ―pregunta. Si Levi dice blanco, ella negro; si Levi dice sí, ella no; si Levi dice arriba, ella abajo. Y esta no va a ser la excepción, mucho menos después de la bromita que le gastó en la oscuridad―. Levi Lance Ackerman. Suena a nombre de burgués.
―Precisamente por eso ―resopla, mascullando un improperio.
―Ok, Levi Lance Ackerman ―resalta cada letra del nombre, divirtiéndose al verlo apretar la quijada―. ¿Vas a relatarme la historia de cómo puedes entrar a este lugar? Se encuentra en buenas condiciones a pesar de ser un teatro cerrado, y lo suficientemente limpio si meditamos en que acabas de sentarte sobre el piso del escenario sin ningún problema.
―Prefiero omitir esta parte de la conversación, es innecesaria.
―Permiso denegado ―Levi la mira desorientado, expresando claramente en su mirada azulina "¿Cuándo diablos te pedí autorización?" ―. Sugiere tener tintes ilegales, así que no te salvas.
―Uh, ¿sí? ¿Cómo cuáles?
―No lo sé, ¿irrumpir en una propiedad privada, quizás? ¿Quién es el que porta la llave de un sitio que no le pertenece? ―interpreta que la victoria le pertenece cuando él la sacrifica visualmente, enterrándola tres metros bajo tierra.
―Eres insufrible, mocosa―refunfuña, observando hacia arriba, clara indicación de que va a prepararse obligadamente para la anécdota―. En pocas palabras, hace años cerró y nadie ha querido comprar el terreno todavía, incluso se asimila a una pocilga abandonada desde el exterior. Me pareció un desperdicio que entraran a robar material o que los mocosos de mierda lo usaran para hacer estupideces, así que opté por reforzar la puerta trasera. Vengo a limpiar cada tanto para mantenerlo en condiciones e impedir que se desmorone. Me sirve como sala de ensayos si Kuchel trae a sus empalagosas amigas a la casa; créeme cuando te digo que es imposible coexistir en un mismo espacio con ellas.
―Ya veo ―asiente lentamente, analizando los alrededores. Ha hecho un buen trabajo, definitivamente―. No está mal. Nunca antes había estado en un escenario que no fuera el del colegio.
―Aprovéchalo, entonces ―comenta, haciendo un ademán con su mano.
― ¿En serio? ¿Y qué quieres que haga?
―Ah, ponte a cocinar si te apetece ―sugiere, sarcástico―. ¿Qué otra mierda piensas que puedes hacer, mocosa? ¿Practicaste los fouettés del viernes?
―De hecho, sí, practiqué el sábado y estoy segura de que me salen más que a ti ―se jacta, altanera. Al ponerse de pie, le entrega su chocolate casi terminado para que se lo sostenga.
―Lo dudo ―le devuelve el mismo engreimiento―. Voy a contarlas, veintiocho en total, recuerda.
El desafío es aceptado apenas Mikasa se ata el cabello en un rodete sencillo que ayuda a que su pelo no se interponga en el ejercicio. Acomodándose en el centro del escenario, calienta estirando sus piernas, realiza un par de relevés, y finalmente se sitúa en cuarta posición. Apacigua su respiración y clava la vista en un punto fijo para no marearse y perder el equilibrio; sin más preámbulos, empieza a dar giros, uno tras otro. Abandona el hecho de que tiene un espectador y se centra en sí misma. Eleva su pierna derecha a noventa grados y vuelve a llevarla a la rodilla, asemejándose a un látigo. Lo repite y lo repite, ni siquiera calcula cuántos van, tan solo se deja guiar hasta que siente que va a caer; detiene los giros, apoyándose en un demi plié. Ciertamente, los zapatos de la escuela se lo han puesto más complicado de lo acostumbrado.
―Diecisiete ―la voz de Levi la saca de su ensoñación, y aprieta los labios al oír la cantidad que consiguió. No está mal, nada mal, pero no lo suficientemente bien como para alcanzar a Levi Lance Mecreoelmejordetodos Ackerman―. Mejor suerte para la próxima.
―Es injusto, no me encontraba en condiciones ―le hace saber, demasiado orgullosa como para admitir que fue una derrota justa―. Con estos zapatos casi me caigo.
―Buen intento por ocultar tu torpeza, chica choca alfombras ―comenta burlesco, aunque reconoce que ella conserva la razón.
Aun si ha sido una broma que no involucra ningún tinte sugerente, Mikasa no puede evitar recordar cómo las fuertes manos de Levi sujetaron su cintura el día anterior. Ella tropezó con la alfombra de su habitación y él la sostuvo antes de caerse, en resumidas palabras. Su agarre fue intenso, doloroso inclusive ―aunque no se quejó al respecto―, por lo que no se sorprendió al haber encontrado la marca de sus dedos al ponerse el pijama horas más tarde.
Algo agitada por las piruetas, Mikasa toma un descanso, volviendo a sentarse y a atrapar entre sus labios la bombillita que le suministra el paso a la insípida gaseosa.
―Admite que soy bastante competente.
―No te lo niego ―la observa de reojo―. ¿Algún talento aparte de bailar?
―Mmm... Puedo doblar los dedos así ―indica, llevando los dedos de su mano izquierda hacia atrás como si fuesen de hule.
―Busca algo mejor ―tras decir esto, copia su acción perfectamente.
―Bien, a ver, ¿y doblar la lengua así? ―voltea 180 grados la parte indicada―. ¿Y así? ―la coloca en forma de trébol.
―Ok, eso es raro, no lo hagas de nuevo ―Levi la mira como si le hubiese salido un tercer brazo de la nada. A pesar de la extrañeza, de seguro lo intentará cuando esté sin compañía.
― ¿Y tú? ¿Qué talento tienes además de la constante negatividad?
La respuesta de Levi es interrumpida por unos lloriqueos que rebotan en el lugar. Ambos azabaches voltean al mismo tiempo, contemplando cómo Taffy pretende subir las escaleras que dirigen al escenario sin éxito alguno.
―Tu turno. Yo lo cargué hasta aquí, ahora te toca ―se apresura a hablar ella, no obstante, Levi no parece querer ceder tan fácilmente a su mandato.
Adivinan el pensamiento del otro casi al milisegundo y agitan sus puños, susurrando "piedra, papel o tijera". Tijera contra tijera. Papel contra papel. Piedra contra piedra. Tijera contra papel. Mikasa no se reprime al demostrar una expresión victoriosa por haber ganado sin numeroso esfuerzo. Nunca ha fracasado contra nadie en ese juego y Levi no va a convertirse en la excepción.
―Eres una pésima madre ―le hace saber él antes de levantarse y buscar al bebé que todavía llora por ser ignorado.
―Sí, sí, mejor suerte para la próxima ―lo mosquea repitiendo sus propias palabras. Reprime una risita al verlo sacar el dedo medio en su trayectoria, evidenciando lo mal que le vienen sus bromitas. Pelear con el ogro es una de las actividades más divertidas, debe reconocerlo.
Es obligada a apartar su vista de Levi cuando el celular tintinea; rápidamente, lo quita del espacio entre su falda y la camisa, suponiendo que se trata de un mensaje, ya que solo tiene crédito para WhatsApp. Y no se equivoca.
Papá, 7:05 p.m.
Taffy no está en la casa.
Elias, evidentemente, acaba de llegar del trabajo. Se ha encariñado con el perro y lo primero que hace es saludarlo y llenarlo de mimos. Es gracioso verlo siendo él tan poco demostrativo.
Yo, 7:05 p.m.
Yo tampoco estoy en casa, papá, gracias por considerarme.
En realidad, no le molesta, pero a veces gusta de rayarlo.
Papá, 7:06 p.m.
Ah, ¿y Taffy?
No ha funcionado, claramente.
Yo, 7:06 p.m.
Está conmigo y con Levi. No te preocupes, luego regreso.
Explicarle que está en un teatro casi abandonado a cincuenta minutos de su hogar es la peor idea existente en el universo. Solo un tonto que no le teme a la muerte lo confesaría así sin más. Por ende, evita dar declaraciones, ya que odia mentirle.
Después de leer el mensaje, Elias envía el emoticón de un pulgar arriba y no añade nada más a la breve charla. Eso representa peligro, y no justamente para ella.
―Alguien estuvo bastante ocupado investigando el perímetro ―Levi expone a un Taffy blanco y gris debido al polvo.
―Te bañé el sábado, mugriento ―lo reprende, sacudiendo su pelaje con las manos. Levi se le suma, aportando al advertir que su táctica de aseo no está dando frutos.
―Siendo franco, es tu culpa por dejarlo suelto ―le recuerda, extendiendo la competencia de ver quién logra fastidiar más al otro. Y, en ese preciso instante, tirarlo del escenario comienza a ser tentador.
―No ayudas, Le- ―un escalofrío le recorre el cuerpo entero antes refutar al respecto. Era de suponer que la lisa tela de la camisa no alcanzaría a abrigarla correctamente―. Mira, si te atreves a decir "te lo dije" una sola vez, advierto que tu cara terminará estampada de lleno contra el piso.
―Comprendido. Pero acabas de afirmar indirectamente que yo tengo razón, te cagas de frío con esa ropa ―una vez acabada la tarea de lustrar al can, prosigue su limpieza en las manos de la chica, tomándolas con familiaridad a esta altura.
―No es mi culpa que la temperatura haya descendido repentinamente ―al decir esto, su oído capta un ruido que le exige parar la oreja―. ¿Oyes eso?
Guardan mutismo, y los repiqueteos en el techo comienzan a hacerse más fuertes a medida que transitan los segundos, señal de que una tormenta se ha desatado en el exterior.
―Parece que nos quedaremos aquí un rato largo ―Levi se pone en pie y extiende su mano hacia ella, señalando el centro del escenario―. Aprovechemos el tiempo, veamos si se nos ocurre qué hacer en las nacionales.
Y Mikasa acepta su mano.
Las gotitas golpeteando contra el asfalto salpican sus zapatos cuando la puerta trasera es abierta. El frío se filtra cual intruso entre su ropa sin ningún tipo de clemencia, otorgándole el onceavo escalofrío de la noche que le eriza la piel. Se reprende a sí misma por no haberse traído un suéter si era evidente que chispearía caída la noche.
Continúa lloviendo vehementemente, pero el cielo ya se ha oscurecido y no pueden pasar toda la noche ocupando el teatro, así que decidieron regresar al auto y entibiar sus cuerpos con el calor que provee la calefacción. En eso recapacita hasta que algo cae descuidadamente sobre su cabeza, bajándola de la nube de sus pensamientos y regresándola a la realidad. Al quitárselo de la cara, lo estira frente a ella y descubre que se trata de la gabardina que portaba Levi previamente.
― ¿Y tú? ―inquiere, sintiéndose culpable de quitarle el abrigo gracias a su inoportuno descuido.
―Póntela, no te preocupes ―le revuelve el cabello cariñosamente, estando al tanto de que ella aborrece estar despeinada. Sin embargo, Mikasa no le echa la bronca en esta ocasión y se apresura a cubrir su frágil cuerpo. Hunde disimuladamente la nariz en la sedosa tela y exhala aliviada al percibir el calor de Levi impregnado en la prenda, al igual que su aroma característico.
―Toma las llaves y ve corriendo al auto. Evita mojarte en la medida de lo posible ―explica, cerrándole el abrigo, pues un dormilón Taffy le imposibilita el hacerlo por sí misma.
Por obra de los dioses, el coche no se localiza muy alejado de la salida y, como resultado, la lluvia no arremete contra ella cuando sale pirando del teatro. Caso contrario al de Levi, quien tarda ajustando la cadena y el candado de las puertas.
Una vez dentro, prioriza encender el calentador que ayudará a que el azabache regule su temperatura.
El tormento la corroe al verlo ya en el vehículo y distinguir su cabello mojado, asimismo algunos gotones cayendo por su rostro y la palidez de sus labios; el impulso de abrazarlo y proporcionarle calor está latente en su ser, mas lo reprime forzadamente. En cambio, contempla cómo Levi se seca desinteresadamente con su infaltable pañuelo.
― ¿Seguro que estás bien? ―se anima a indagar.
―Que sí, terca, no me voy a morir ni a enfermar por un poco de agua ―suelta un bufido, recostando su peso en el respaldar del asiento.
―Aun así... ―adquiriendo determinación de quién sabe dónde, se aferra lentamente a sus frías manos, brindándole la calidez de las suyas. Descolocado, a Levi se le adhiere una expresión asombrada, no se esperaba el gesto ni en sueños―. Después no quiero verte resfriado o te golpearé ―murmura, acariciándole los nudillos, delineándole las marcadas venas que predominan en su palidez y, en último lugar, entrelazando sus dedos.
Se mantienen de esa forma, sin hablar, sin aportar nada que corte la templada atmósfera que los envuelve, mientras admiran las gotitas batallando en el parabrisas, una tras otra. Es semejante a un hechizo aletargante que adormece su sistema y la tienta a hundirse cómodamente en el asiento. No quiere dormir, prefiere seguir con su labor de sostener las manos de Levi ―aunque estas ya cogieron calor―, mas no puede impedir acomodarse de costado, mirando al chico que sorprendentemente todavía no se aparta.
― ¿Sabías que... hueles a sahumerios? ―comenta sin ser muy consciente.
―No te duermas, mocosa.
―No... no lo voy a hacer...
Contradiciéndose a sí misma, los párpados comienzan a cerrárseles con extrema lentitud, y lo último que alcanza a distinguir borroso es el dorso de Levi acariciando su mejilla y luego acomodándole tiernamente un mechón de cabello tras la oreja.
―Oe, Mikasa, despierta de una vez.
Sus tupidas y espesas pestañas se agitan cual abanicos al abrir dificultosamente los ojos. En cuanto divisa con nitidez la palanca de cambios (la cual le da el indicio de recordar que está dentro del coche de Levi) vuelve a cerrarlos y acurruca su cuerpo contra el cálido asiento que tanta comodidad le ha otorgado a lo largo el viaje, ignorando la insistencia en el tono de voz del chico.
―Me secuestraste, ¿no? Y me diste algo para dormir, ¿no? Era la gaseosa, ¿cierto? O... ¿el chocolate? ―inquiere todavía adormilada, realizando nulos esfuerzos por modular correctamente al soltar su interrogatorio.
―No se te entiende una mierda, levántate.
Un tirón en la oreja le sustrae un breve quejido silencioso, obligándola a reincorporarse y desperezarse lo más rápido posible. Parpadea una, dos, tres veces con tal de quitar la neblina que obstruye su vista, hasta que la cara gruñona propia de Levi ocupa espacio en su campo de visión con total claridad. Listo, lo ha logrado, ya está completamente despierta.
― ¿Dónde... ―transporta una palma a su boca para cubrir el bostezo repentino―...estamos? ―con la intención de orientarse, mira a través de la ventana a su derecha, percatándose, para su desconcierto, de que el coche se ubica aparcado frente a su hogar.
―Cuando estás dormida, no aparentas ser un animal rabioso a punto de atacar ―habla el azabache, aumentando la vergüenza que predomina dentro suyo por haberse expuesto ante él tan indefensa y confiada. Suficiente tuvo con revelarle sin reservas uno de sus mayores miedos y evidenciar lo temerosa que se vuelve en la oscuridad.
―Te prohíbo que me mires mientras duermo ―quitándose el cinturón, lo amenaza tras una mirada acusadora que camufla perfectamente su inacabable pena. O eso es lo que ella cree.
―Prohíbes tarde ―refuta Levi, descansando su nuca en la cabecera del asiento, echándole un vistazo desde su posición.
Sus atentos e intensos ojos índigos ocultos sutilmente bajo su flequillo negro, lo hacen ver realmente guapo. A pesar de sus ojeras y sus mohines de eterna amargura que expresan un claro "te golpearé si cruzas mi espacio personal o si me haces enojar", Levi Ackerman también ha sido dotado de belleza, una particular, oscura, que la invitan a mirarlo, mirarlo y mirarlo por horas. Oh, Dios, no... Libera un resoplido, contando hasta cinco para tranquilizarse, y aparta las miraditas de su compañero a segundo plano. Mikasa se quita el abrigo del susodicho, doblándolo ordenadamente y depositándolo en los asientos traseros; prosigue a mecer a Taffy en su pecho y taparlo con la mantita amarilla que le trajo.
―Gracias por lo de hoy, me gustó mucho y, por primera vez, he disfrutado de tu compañía ―bromea Mikasa, ofreciéndole una pequeñísima sonrisa que, seguramente, él no alcanza a captar―. Entonces, ogro, nos vemos el miércoles.
―Espera... ―la detiene, asiéndola del antebrazo. Ella voltea, expectante a lo que diría―. No... nada, ya vete.
Mikasa le envía una mirada extrañada, mas no dice nada y sale del auto. Trota velozmente hasta la puerta de su hogar, evitando como mejor puede las gotitas que todavía caen ligeras del cielo y los charcos de agua que mojan los zapatos del uniforme. Un esfuerzo inútil, cabe decir, pues de cualquier forma tendrá que poner en la lavadora toda la ropa que lleva puesta y que necesita usar a la mañana siguiente.
Como predijo, un disgustado Elias de brazos cruzados le da la bienvenida apenas entrar.
― ¿Y el chico? ―es lo primero que consulta.
― ¿Levi? ―responde, haciéndose la tonta al quitarse el calzado y apartarlo en un rincón del recibidor.
―Ajá, ese muchachito.
― ¿En serio, papá? ―resopla, desenvolviendo al can libre de humedad y entregándoselo a su padre para que se saluden. Elias reparte caricias a lo largo de su lomo y el pequeño Taffy no se opone a recibirlas, mas el animal no es suficiente distracción, ya que el mayor continúa pidiendo explicaciones con un vistazo curioso―. No sé qué quieres que te diga.
― ¿Ya se fue?
―Sí, papá, ¡ya se fue! ―bloquea la puerta apresuradamente, evitando que el animal escape de la jaula. Todavía no oye el coche de Levi arrancando. Es mejor retenerlo ahora antes que pasar vergüenza con su compañero por un malentendido.
― ¿Te gusta? ―suelta sin más preámbulos, yendo directo al grano.
Nerviosa, Mikasa le envía un reproche con sus ojos entrecerrados, dándole a entender que el tema no es algo de lo que desea hablar justo ahora.
―Mira, siendo sincero, pensé que tenías algo con ese rubio alto. ¿Irvin? ―propone Elias, relajando su expresión, dispuesto a sonsacar información al hablar más calmado.
― ¿Erwin? ―sus cejas se apretujan. La ha tomado por sorpresa, ¿por qué llegó a esa conclusión?
―Sí, ayer estuvieron hablando bastante apartados y apretujados en el sillón de la sala, susurrándose secretitos ―su tono de voz toma un tinte oscuro de solo recordar la escena que contempló desde el jardín mientras preparaba la parrillada.
Oh, sí. Fue algo vergonzoso, nunca pensó que Erwin le hablaría sobre sus sentimientos.
―No voy a revelar nada al respecto, señor metiche. Y, si me lo permites, tengo que ir a ducharme ―y de esa forma, escapa de la embarazosa situación.
El denso vapor se expande vertiginosamente en el pequeño baño, cubriendo su desnudo cuerpo que acaba de ser liberado por el mojado uniforme. Deposita este último en el canasto de la ropa sucia que prontamente será enviado a la lavadora. A continuación, se coloca bajo el chorro de agua y siente la satisfacción recorrer su gélida piel que pedía a gritos un baño caliente que la dejara colorada. Sin embargo, lo gratificante del momento dura menos de tres segundos cuando, al mirar abajo, distingue un hilo de sangre cayendo por su pierna.
―Maldita sea todo ―ruje, apretando los puños en su intento por contener la rabia―. ¿Por qué hoy? ¿Por qué, por qué, por qué?
Menstruar es sinónimo de ausentarse a las clases de ballet; eso significa que deberá faltar el miércoles a la academia y no podrá avanzar en la coreografía que planearon en el teatro. Su periodo dura tan solo tres días ―Sasha siempre le menciona lo afortunada que es debido a esto―, por lo tanto, el viernes ya podrá asistir con normalidad. Para ella, es preferible quedarse en casa, mucho más después de lo ocurrido con una de sus compañeras semanas atrás; al parecer, la irregularidad en el periodo de Nifa le jugó una mala pasada, apareciendo en medio de una clase y realizando un enchastre escarlata. Afortunadamente, Mikasa guardaba en su mochila un cambio de ropa interior y toallitas de emergencia por si las dudas, así que fue la salvadora de Nifa en aquella ocasión.
Termina de enjuagar su cabello y se apresura a envolverse en una toalla, saliendo del baño directo a su habitación en una carrera contra la gravedad. Una vez se coloca la ropa interior que menos utiliza, junto con la copita menstrual, suspira aliviada y reanuda con la tarea de vestirse el pijama.
―I tried so hard and got so far ―canturrea, abriendo las cortinas de la ventana para admirar el hermoso cielo nublado y dejar ingresar claridad a la habitación―. But in the end it doesn't even matter...
Se desploma boca arriba sobre la cama y, en el momento en que se propone revisar las redes sociales en su celular, este vibra con una notificación de Instagram. Curiosa, desbloquea el teléfono ―aprendió la lección después de que Levi se haya llevado accidentalmente el aparato sin contraseña― y pica el cartelito hacia abajo para expandirlo.
Levi_Ackerman te ha mencionado en su historia.
Sus ojos se abren a magnitudes extravagantes y un gigante "WTF" reemplaza su expresión taciturna. Sin sopesarlo un segundo, mira la historia y no puede evitar inflar las mejillas en el lapso de quince segundos que dura la misma. Es ella, dando vueltas en el escenario Paradise. ¡El muy cínico la estaba filmando! Para colmo de los colmos, en un rincón del video se aprecia el apodo "Mocosa tétrica" que la indigna aún más, si es posible. ¿Cómo se atreve? Sus dedos teclean a la velocidad de la luz, al tiempo que una bella sonrisa se expande en sus labios al darse cuenta de que algo en su interior se ha movido. Y no es desagradable, para nada desagradable.
Tal vez, Armin tenga razón...
Tal vez, a ella también le guste Levi.
Pero un poco.
Solo un poco...
Levi
Libera una risa nasal al leer la respuesta de su mocosa recriminándole el apodo y jurando que va a devolverle la jugada en cuanto pueda y tenga la oportunidad. Sin dudas, le encanta enfurecerla; ya imagina el tierno mohín que debe tener estampado en el rostro.
― ¡Cariño! ―al oír la voz de su madre, rápidamente esconde el celular, como si la conversación con Mikasa fuese un misterio ultra secreto del área 51. Apenas Kuchel abre la puerta de su cuarto y entra cual emocionado tornado arrasador, Levi le recrimina su falta de tino.
― ¿Es en serio, mamá? ―con el dedo índice, señala su propio torso descubierto. Se había quitado el jersey y la camiseta térmica en cuanto llegó a la habitación, ya que su intención era tomar una ducha después de molestar un rato a su musa―. Hace exactamente un día dijiste "tocaré la próxima vez".
―Y tú, señorito, dijiste que ya estabas acostumbrado. Además, soy tu madre, te cambié los pañales durante dos años ―le resta importancia a sus palabras, sacudiendo la mano de un lado a otro―. En fin, no te robaré muchos minutos de tu tiempo. Solamente vine a informar que estoy orgullosa de ti, hijo.
―Mira, no insinúo que no tengas una razón para estarlo, pero, ¿por qué esta vez? ―comienza a sospechar a qué se debe el teatro de madre enloquecida y, automáticamente, frunce el ceño. El buen humor no le ha durado un carajo.
―A esto, por supuesto ―indica, volteando la tableta en sus manos. La pantalla revela el video de Mikasa realizando perfectas piruetas que subió escasos minutos atrás. A kilómetros se nota que es una grabación de la historia, es decir, alguien más se lo ha enviado por chat.
―Por todos los cielos, Kuchel, no seas metiche. Ni siquiera tienes cuenta de Instagram ―la reprende, refregándose el rostro en su pobre impulso por tapar el sonrojo que arropa sus mejillas.
―En mi defensa, fue tu tío quien me avisó. Ya sabes, creo que te sigue desde un perfil falso ―delibera―. O tus primos le habrán dicho, desconozco los detalles. Pero, si vas a seguir subiendo este tipo de contenido, consideraré crearme una cuenta. ¿Me ayudas?
―No. ¿Algo más que tengas para decir? ―refunfuña, iniciando en su mente los planes para asesinar a Isabel, Farlan y Kenny, independientemente de quién es la víctima o el culpable.
―Claro que sí ―asiente con diversión, guiñando cómplice un ojo―: No veo la hora de que Mikasa sea mi nuera.
―Sí, y yo veo que es hora de que te largues ―le proporciona pequeños empujoncitos en la espalda, arrastrándola hacia la salida. Su madre protesta entre risas, pero no muestra oposición a ser echada tan descortésmente; después de todo, avergonzar a su único hijo es la actividad favorita de la familia.
Levi cierra la puerta de un golpe y le coloca seguro para evitar que vuelvan a interceptarlo. Como Kenny vive a pocas cuadras, no le tomaría más de dos minutos llegar a fastidiarle la existencia, y las probabilidades de que eso ocurra son ridículamente altas. Recuesta su espalda contra la madera y se deja caer con lentitud en el piso alfombrado. Chasquea su lengua y se despeina el cabello en un acto de desesperación y resignación al mismo tiempo.
«No veo la hora de que Mikasa sea mi nuera».
Sonríe.
Él tampoco...
Datos curiosos del capítulo:
A Levi no le dieron la paletita de vuelto. La vio y pensó que a Mikasa le gustaría, así que la compró.
Levi y Armin intercambiaron números el día anterior después del almuerzo en la casa de Mikasa (ba-dum-tss), por eso él sabe qué chocolate es su favorito.
Con respecto al sueño de Mikasa, hace muchísimo que no escribía escenas así. So, no sé si quedó bien, pero yo por las dudas lo dejo. No lo puse tan explícito, eso pa' después, ya saben ;)
Esta historia se cocina a fuego lento. Pero, ey, pronto prontito vendrá lo que todos estamos esperando. Al menos Mikasita ya admitió que le gusta y agarraron sus manitas.
Bien. Creo que hace dos meses que no actualizaba. Hasta que a las 2 de la mañana me acordé de que escribo fanfics y dije: no puedo ser tan forra. Y bueno me puse a editar hasta las 14 para traerles el capítulo. No sé cómo derrocho tanto tiempo, les juro.
(Aclaración, lo anterior fue escrito yer. Al final tenía tanto sueño que me dormí y recién ahora publiqué porque ni modo que iba a hacerlo a las 4 am cuando desperté).
Lo otro que quería comentarles es que tengo un one-shot terminado (RivaMika obvis) por el desafío del grupo de Facebook. Si quieren unirse, me hablan por MD y yo les mando el link. Así que, si me pongo las pilas mañana, puede que lo publique. Solo le tengo que dar unos retoques y ya.
Lo otro es que voy a estar un poquito desaparecida porque saben que su servidora se llevó 8 materias y tiene que ir haciendo algunos integradores. Pero supongo que este capítulo de 12.000 palabras lo compensa. Ah, mentira esto solo compensa uno de los dos meses que me fui xD.
¿Cómo la pasaron en las fiestas? Espero que hayan tenido una Feliz Navidad y un bonito Año Nuevo. Se les quiere.
Om, no sé si quiero agregar algo más. Probablemente sí, pero no me acuerdo xD. Entonces me despido, espero que el capítulo les haya gustado. Cuídense y tomen agüita. Nos leemos en el próximo.
