Capítulo doce (parte uno): ¿Te gusto?
―¿Sabías que... hueles a sahumerios? ―murmura la mujer posicionada a su costado, su voz aterciopelada siendo apenas inteligible debido al letargo que la atraviesa.
La pregunta lo pilla completamente desprevenido, desconcertándolo en el acto. Incluso él desconocía ese detalle de sí mismo hasta ahora, pues está tan acostumbrado al aroma que desprende el ambiente de su hogar que ni siquiera se ha percatado de que lo lleva impregnado en la ropa también. Todo a causa de Kuchel y su tendencia perturbadora por colocar palitos aromatizantes en cada rincón de la casa. No es como si le fastidiara este hecho; sin embargo, que Mikasa le diga en pocas palabras que va por la vida oliendo a incienso es... raro. Aunque, lejos de desagradarle el comentario, le ha caído bien, bastante bien de hecho. Después de todo, indirectamente significa que ella le ha prestado atención, y eso es suficiente para contentarlo.
―No te duermas, mocosa ―habla por fin al percatarse de cómo la muchacha acomoda su cuerpo de lado y sus lindos ojitos grises parpadean amenazando con cerrarse en cualquier momento.
―No... no lo voy a hacer ―ni ella misma se cree aquella mentira porque, una vez afirmado esto, son necesarios unos cuantos segundos para verla dormitar profundamente cual bebé en el asiento del auto.
―¿Qué voy a hacer contigo, mocosa? ―susurra para sí mismo después de acomodarle un mechón revoltoso tras la oreja. Sin ser capaz de contener los arrebatos que lo dominan con poderío, le dibuja una dulce caricia en la mejilla, apreciando el contacto de la tersa y cálida piel bajo sus nudillos.
«Eres hermosa», delibera al explorar visualmente el rostro de su bella ninfa que se divisa encantadora incluso al dormir. Adora el largo de sus tupidas pestañas descansando sobre sus pómulos y contrastando vigorosamente en su diáfana tez. Mikasa Ackerman Azumabito conserva la apariencia de un frágil angelito. Un frágil angelito portador de una terrible actitud de diablillo; terca, malhumorada, respondona.
Le encanta.
Desciende el panorama a la mano que ella continúa apresando, concentrándose en apreciar dichoso cómo sus delicados y finos dedos se entrelazan con los suyos ahora sin fuerzas. El corazón le bombea desenfrenado de tan solo conmemorar que la joven tomó la iniciativa de querer transmitirle calor, el cual escaseaba en su congelado cuerpo. Hizo que el sacrificio de mojarse bajo la lluvia y pescar un posible resfriado valiera totalmente la pena.
Le encanta, le encanta tanto.
La sensación de yacer cada vez más cerca de ella, de su vida ―a pasos cortos, lentos― le transmite un deleite ilimitado. Ampara la esperanza de que la conexión entre ellos avance tan bien como lo ha hecho hasta el día de hoy y mejore con el correr de las semanas; que la mujer lo vea con otros ojos, no solo como un amigo, ni como un compañero de baile más.
Suspira, acortando los escasos centímetros que los distancian, permaneciendo a una proximidad comprometedora de su tranquilo rostro. Inicia un recorrido pausado, muy pausado, evaluando cada una de sus delicadas facciones, finiquitando el viaje en sus mullidos labios teñidos de un apetecible tono cereza que lo tentó a lo largo de la tarde.
Cierra los ojos, embriagado, y descansa suavemente su frente contra la suya, saboreando la cercanía momentánea que le brinda su inconsciencia. Solo Dios sabe cuánto ansía besarla, mas está al tanto de que algo así es una simple visión utópica y, únicamente, en sus mejores sueños se vuelve realidad.
―Me encantas, Mikasa, no te imaginas cuánto...
Muy a su pesar, guarda moderada distancia entre ellos, desenredando en el proceso el agarre que ella mantenía sobre su mano.
―Ven acá, pulga afortunada ―hurta a Taffy cuidadosamente del regazo de la chica, acomodándolo en el suyo por si ella se sacude entre sueños y lo tira sin percatarse.
Al cometer tal acción, se le hace inevitable puntualizar en la corta falda negra del uniforme que lleva puesta, en las medias que envuelven sus cremosos muslos, en la camisa blanca y la corbata algo floja. Verla con aquellas prendas puestas cuando fue a buscarla en su auto, había creado un deje de controversia en su interior que se esfumó tan rápido como vino al remarcarse que la rebasa por dos años y la joven ya es mayor de edad.
Finalmente, pone el vehículo en marcha, conduciendo bajo la vehemente lluvia que no aspira a detenerse pronto.
El miércoles había llegado. Y con él, la clase de ballet en la academia Sina. Frente a los ojos de cualquier individuo que deambulara en el lugar, Levi Ackerman podría catalogarse como un ser podrido y desagradable; solo un estúpido obviaría la densa aura oscura que lo rodeaba. Y no porque alguien se haya atrevido a fastidiarlo con palabrería indeseable, ni siquiera porque el estudio E no se halle en condiciones higiénicas óptimas; al contrario, el motivo de su evidente mal humor corresponde, nada más ni nada menos, a la ausencia de cierta persona dueña de sus pensamientos. Generalmente, Mikasa avisa con anticipación si faltará a clases. Al ser compañeros de baile, es responsabilidad de ambos cumplir dicha acción.
¿Y si algo le ocurrió?
Con la preocupación latente, saca su teléfono del bolso en el que guarda sus pertenencias. Treinta segundos atrás, se excusó con la profesora Nanaba a mitad de un ejercicio, alegando que necesitaba ir al baño urgentemente, cuando en realidad ingresó al vestuario de los hombres para buscar su móvil. Selecciona en WhatsApp el chat de Mikasa y teclea veloz un seco y directo "¿Por qué no viniste?", sin molestarse en saludarla. No es como si su falta de modales fuese un misterio a esta altura.
La respuesta no demora en llegar, confirmándole que no le ha ocurrido nada a Mikasa; de no ser así, ella se hubiese abstenido de contestar al tiro.
Mocosa, 5:45 p.m.
Dos palabras: Maldito periodo. Me jode la vida.
Libera un resoplido, aliviado de que no fuese algo de más gravedad... No, un segundo. ¿Cuántas veces habrá escuchado a su madre, a su prima Isabel y a la revoltosa de Hange quejarse por el dolor de los cólicos menstruales?
Yo, 5:45 p.m.
Esas fueron seis palabras, no dos.Inmediatamente, recibe un emoji del dedo medio que lo divierte. ¿Adora hacerla enfadar? Sí, adora hacerla enfadar. Desea obtener la posibilidad de quedarse más tiempo chateando, pero Nanaba no tardará mucho tiempo en notar su tardanza ―después de todo, él es su ayudante al marcar los ejercicios en pareja― y vendrá a buscarlo si no regresa pronto.
Yo, 5:46 p.m.
Avísame si necesitas algo.
Mocosa 5:47 p.m.
No te preocupes, Armin ya fue a comprarme un ibuprofeno en la farmacia. Por cierto, ¿no deberías estar en clase, don correcto?
Yo, 5:47 p.m.
¿Estás pidiendo indirectamente que me vaya? Si es así, me retiro.
Mocosa 5:48 p.m.
Aleluya, lo captaste más rápido de lo que pensé. Ya, anda o Nanaba te echará la bronca.
Entretenido por su actitud arisca, Levi se muerde un trocito del labio inferior, reprimiendo la minúscula sonrisa que advierte con salir a la luz. Decide dejarla en visto como parte de su venganza, devolviendo el teléfono al bolso para marcharse y continuar la clase.
Mikasa.
― ¿Ya contestó tu enamorado? ―el tono burlesco que maneja Armin al arrojar la interrogante la obliga a quitar su vista de la iluminada pantalla. Arrodillado sobre la cama, el rubio aguarda una respuesta positiva de la fémina, quien sostiene firme su convicción de no mostrar absolutamente nada y ocultar el celular con la evidencia bajo la almohada.
―Queti ―dice Mikasa en su afán por simular ser misteriosa, apretando los labios ligeramente con tal de encubrir su linda sonrisa.
―Anda, anda, Mika ―su voz tierna rogando se expone tan natural que logra oprimirle el corazón. Aquella es una de las tantas estrategias de su mejor amigo para conseguir lo que anhela; como es costumbre ya, surte el efecto deseado en cuestión de segundos―. Muéstrame, porfa.
―Mm, ¡Dios! ―resopla―. Bien, solo porque me trajiste las pastillas y me preparaste té. Pero... ―iza el dedo índice frente a su rostro, casi pinchándole la nariz―, te mostraré solo si juras cumplir al pie de la letra mi condición: no quiero oír ninguno de tus comentarios molestos o te ato la lengua. ¿Comprendido?
―Al cien por ciento, capitana ―efectúa un saludo militar, tocándose la sien con dos de sus dedos juntos.
Una vez asegurado esto, Mikasa retira el celular de la almohada y se lo extiende ávida, revelando la breve y reciente conversación. Mientras los celestes y resplandecientes ojitos de Armin se trasladan de izquierda a derecha leyendo cada una de las oraciones, oye una risita quisquillosa de su parte que evidencia el poco caso que le hará al acuerdo recién zanjado.
―Avísame si necesitas algo. Por todos los cielos, es obvio que está preocupado por ti y, de paso, busca una excusa para visitarte ―opina maravillado, completamente convencido de su inmediato análisis no muy desacertado―. ¿Tú eres tonta o te haces? Deberías enviarle... No sé, que se te acabaron las toallas femeninas o que se te atravesaron unos cólicos horribles, así que necesitas que el chico que te gusta venga a mimarte... ¡Ay! ―un violento almohadazo directo en la cara lo silencia de súbito.
El exacto momento que eligió para sincerarse con su preciado amigo fue temprano en la mañana. Durante el primer receso admitió (casi temblando del nerviosismo) los nuevos sentimientos que crecían en su interior por su gruñón compañero de baile. Seleccionó ese horario en específico para que Armin tuviese el tiempo de procesar la noticia en un rincón del patio y no armar un escándalo dentro del salón. No obstante, la breve respuesta que el rubio profirió había sido «Dime algo que no sepa» y siguió bebiendo de su juguito multifruta con plena naturalidad.
―Confesarte que él comenzó a gustarme fue una de las peores decisiones de mi vida, para que lo sepas.
Por suerte, no mencionó absolutamente nada referente al sueño lascivo del día anterior; de lo contrario, fallecería de la vergüenza.
―Como si no lo fuera a adivinar tarde o temprano ―Armin empequeñece sus hombros y se endereza los lentes torcidos, cortesía del mullido ataque imprevisto. Ninguno de los dos entiende cómo no se le han roto hasta el día de hoy con todos los maltratos que aquellos pobres anteojos han sufrido―. Era cuestión de tiempo hasta que lo admitieras. Te lo he dicho anteriormente, Mikasa, eres un libro abierto para mí y tus sentimientos son más que obvios. Nunca hablas tanto de una sola persona, así sea solo para quejarte de los ridículos motes que te coloca.
―Sí, sí, como usted diga, señor cupido ―corta el tema con su semblante estoico.
Si es así, ¿alguien más se habrá percatado? No lo cree, él tiende a exagerar de vez en cuando para abochornarla, justo como lo ha hecho ahora. Y, como consecuencia, el bichito de la maldad tiembla entusiasmado por devolverle la sucia jugada a Armin Arlert.
― ¿Y tú qué? ¿Algún chico llamó tu atención? ¿Ya averiguaste en uno de esos sitios webs de citas?
―No y sí ―la sinceridad en sus respuestas la hace maldecir, pues fastidiarlo es una tarea contraria a lo denominado sencillo. Bueno, no es como si Armin fuera esa clase de persona que pierde los estribos de sus emociones por meras pequeñeces―. Nada interesante, la verdad. Es bastante complicado conocer a alguien que se ajuste a mis estándares, pero no me quejo siempre y cuando tenga la compañía de mis preciados libros.
Claro, los dichosos libros que cuida mucho mejor que a su propia vida. El joven Arlert fue quien la integró en la lectura a muy temprana edad, obligándola a leer un par de libros al mes durante siete años. Gracias a él, se transformó en una fanática compulsiva por la saga de Harry Potter e, inevitablemente, terminó adentrándose en el mundo de los fanfics con el único objetivo de buscar sobre la pareja que tanto atrajo su atención. Su afición por esto último finalizó dos años atrás y de vez en cuando lee algunas actualizaciones de sus historias favoritas que quedaron en emisión.
―En cambio ―reanuda su monólogo―, existen seres que se complican ellos solitos la existencia cuando es tan fácil como decir "me atraes desde que chocamos frente a la academia". Es desesperante, aunque no me quejo tampoco; me gusta admirar cómo esta historia de amor se cocina a fuego lento.
― ¡Ey! No me atrajo desde ese momento ―protesta Mikasa indignada, captando la indirecta notoriamente directa.
―Va, Mika, repítelo hasta que te lo creas ―comete una momentánea pausa, permitiéndose reír ante la cara mortal de la chica que promete una audiencia que lo mandará a la horca si sigue jodiéndola―. Ahora, volviendo al tema principal, no te desanimes. El viernes llegará más rápido de lo que piensas y podrás ver a tu señor Darcy otra vez.
Dicho y hecho. Las estrellas se alinearon a su favor y los días transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos, llevándose de paso su maldito periodo de tres días.
Los pies le hormiguean intranquilos mientras aguarda su turno para poder descender del transporte público. Refunfuña por lo bajo, conteniendo las fervientes ganas de empujar a todas las personas frente a ella que circulan a paso tortuga; tampoco es como si pudiera quejarse con la ancianita para que caminara más rápido con su bastón.
Apenas desciende los escaloncitos, divisa la maravillosa academia Sina al otro lado de la calle, y la imagen solo trae más inquietud arremetiendo contra su cuerpo. En la entrada del lugar se reúne con dos de sus tres amigas, Petra y Sasha, quienes la esperaban en cuanto la vieron bajar del autobús a la distancia. Las tres féminas ingresan juntas al edificio, saludando a Hannah, la recepcionista, y ésta les devuelve una sonrisa a cambio de su amabilidad.
―Entonces, Isabel dijo que mi estómago no aguantaría diez hot dogs después de haber comido esas hamburguesas ―relata Sasha, agitando sus manos extravagantemente conforme cruzan el pasillo que las dirige al estudio E―. Y adivinen cuántos me comí... ¡Treinta! Casi vomito el alma esa noche, pero valió la pena porque fue un manjar de dioses, se los juro ―festeja orgullosa su propio logro, frotándose la barriga. Mikasa asegura que media academia ha oído su conversación, pues Sasha no es muy buena controlando el volumen de su escandalosa voz―. ¡Ta, ta, ta! Y lo mejor todavía no llega, nenas. Parece ser que mis poderosos encantos sedujeron al chico de la tienda porque me terminó pidiendo el número. Se llama Nikolo, es tremendo bombón. Hoy me envió un mensaje invitándome a salir a un restaurante.
―No sabe lo que le espera. Que alguien se compadezca del ingenuo Nikolo y su pobre billetera que sufrirá las consecuencias si se las da de caballeroso ―opina Mikasa en un tono monótono que, inconscientemente, le da un tinte cómico al comentario. No ha escuchado la anécdota desde el principio, pues la distrae el hecho de saber que se encuentran frente al estudio E, pero nunca está de más picar a Sasha con alguna que otra palabrita cruel.
―Mikasa Ackerman, ¿qué dijimos sobre los comentarios sarcásticos? ―señala la castaña, su advertencia ocultando un tono malicioso.
Es tarde para reaccionar a lo dicho y ahondar en su significado. En un abrir y cerrar de ojos, siente una fuerte nalgada que la obliga a inhalar de la sorpresa y hace que la mayoría de los bailarines presentes volteen a ver con la intención de averiguar a qué se debió el ruido seco. Levi incluido entre ellos.
Sí, es ahora cuando quiere derretirse y ser una con el piso, o que la tierra se trague su cuerpo y lo escupa al otro lado del mundo. Envía una mano a tapar disimuladamente parte de cara, articulando entre dientes oraciones nada bonitas a su alocada amiga que no se contiene ni un ápice al arrojar risotadas al aire que también contagian a Petra, quien no sabe si reírse con soltura o guardar silencio por respeto a ella y su incomodidad.
De igual forma, ha sido su culpa por boca floja, no tiene permitido quejarse. Con la morocha devoradora de comida, pactaron un acuerdo pocos días atrás: si Mikasa no lanzaba comentarios crueles y sarcásticos, Sasha tampoco lo haría respecto a su predisposición por pedirle otro beso. Si alguna de las dos incumplía la ley, la otra poseía todo el derecho de darle una nalgada en el acto, sin importar dónde se ubicaran, cuándo o quién estuviera presente.
¿Qué diablos ocurría por su cabeza al aceptar un trato tan disparatado? Ni ella lo sabe con exactitud. Sin embargo, posee sus puntos positivos también; debe admitir que, cuando la balanza se inclina a su favor, disfruta enormemente de darle su castigo a la chica. Si se pone a pensarlo, mantienen una amistad algo... inusual.
― ¿Qué miran ustedes? ¿También quieren un azote? ―pregunta Sasha, desconociendo por completo el concepto de vergüenza, de seguro nació sin ella. A continuación, se besa el bícep derecho, ocasionando risas en varios bailarines que ya conocen de memoria sus jugarretas típicas―. Aquí no ha pasado nada, muchachos y muchachas, continúen con sus vidas.
―Blouse, voy a matarte ―murmura Mikasa para que solo ella pudiese oírla.
―Tratos son tratos, cariño ―dice, sin notarse asustada por la amenaza.
Cuenta hasta diez en su mente, buscando paz, harmonía, lo que sea con tal de no asesinar a su queridísima amiga. Por fortuna, la luz que ilumina su vida es la amorosa y parlanchina Isabel Magnolia realizando señas a lo lejos para que se le aproxime. A su costado, Farlan y Levi intercambian una conversación a base de susurros que, a simple vista, no es del total agrado del azabache, pues este aprieta su quijada y aparenta que en cualquier instante va a convertirse en un animal salvaje y saltar sobre su primo. Así que, aprovechando que ambos se distinguen distraídos en su pelea verbal, Mikasa se acerca a la chica de cabellos rojos y entre ambas se saludan con un cariñoso beso en la mejilla junto a un escueto abrazo.
―Eso debió doler y...
―Ni lo menciones ―la detiene antes de que agregue algo más; conoce a la perfección lo indiscreta que se vuelve Isabel si consigue un tema de conversación interesante. La chica más baja ríe ligeramente, formulando un "ok, ok, amargada", dándose por vencida sin demasiado empeño.
―Ey, Mikasa, ¿cómo estás? Bueno, creo que tu trasero no muy bien con tremendo golpazo ―Farlan tose, disimulando su risa al ver la mala cara que la mencionada le ofrece. Si las miradas mataran, sin dudas el rubio ya estaría cremado dentro de una vasija―. Va, no digo nada, no digo nada.
―Te extrañé, mujer, desde el domingo no nos vemos. Entiendo tu ausencia del miércoles, pero, ¿por qué faltaste el lunes? ―averigua Isabel, rodeándole su cuello con el antebrazo.
Al oírla, Mikasa busca fingidamente a Levi por el rabillo del ojo y, para su sorpresa, se percata de que él ya tiene puesta la mirada sobre ella, tan intensa y sombría como siempre. La complicidad se expande en el ambiente, confirmándole que él no le ha mencionado ni un detalle a sus primos sobre la escapada al teatro Paradise.
―Am... Llegó una tía lejana a la casa y tuve que quedarme con ella ―inventa lo primero que se le viene a la mente, pidiéndole perdón telemáticamente por mentirle.
― ¡Oh! Entiendo, espero conocerla pronto ―ojalá la tía Kiyomi no la delate si algún día el encuentro entre ellas se consuma.
El tema no se alarga, por suerte, debido a que la silueta de Nanaba ingresando al salón es suficiente motivo para que todos se acomoden en sus barras pertenecientes para emprender el calentamiento que dura su necesario tiempo, entre quince y veinte minutos. Una vez ejecutado, el grupo de dos decenas de alumnos se divide en varios fragmentos: los que necesitan practicar para los dúos, solos y tríos, y los que asumen el trabajo de armar la coreografía grupal en conjunto con la profesora.
― ¿Tu tía? ¿En serio? ―la picotea Levi en cuanto se posiciona a su lado.
―Calla, ¿qué querías que dijera?
―No lo sé, que tenías que llevar a la bola de pelos al veterinario. Hubiese sido más creíble ―se nota a leguas que el chico está entretenido con la situación, la ceja ligeramente alzada lo delata―. De cualquier manera, Isabel no es muy perceptiva y se lo ha creído. Su ingenuidad me salvará de no ser interrogado y molestado al respecto.
El cerebro de Mikasa se tilda cavilando por un amplio lapso de tiempo, inmiscuyendo en su revelación. ¿Qué tiene de malo que salga con Levi en plan amigos? ¿Por qué ambos lo ocultan? Carece de sentido cuando es completamente normal que entre ellos existan salidas, más siendo la pareja de baile del otro. Entonces... ¿Por qué? Las insinuaciones de su mejor amigo no encajan todavía; pensar que Levi siente algo por ella es alucinante y confuso, muy confuso y difícil de creer. Su forma de ser tosca, sus palabras en ocasiones cortantes, su tono de voz monótono al hablarle, no evidencian en absoluto que sus sentimientos por ella sean del tipo romántico.
―Subiste una historia a Instagram sobre mí, creo que ya saben que estuvimos juntos.
―Les dije que fue un video de la semana que estuvimos ensayando en mi casa.
Otra vez.
¿Por qué es un secreto?
«¿Sabes una cosa? Me parece curioso que Levi haya aceptado participar con alguien, más si es una estudiante nueva. ¿A ti no?» las insinuaciones de Farlan apenas lo conoció.
«¿Has visto algo más lindo que esto?», «Sí, de hecho, sí», «No creo que exista algo que lo supere», «Estoy seguro de que no me creerías si te lo dijera» la extraña conversación con Levi que la dejó dudando.
«Y te informo que mantengo firme mi postura al decir que estoy totalmente convencido de lo mucho que le gustas», las palabras de Armin retumban en las paredes de su consciencia, jugando con ella vilmente. ¿Cómo no ahondó en estas más minuciosamente? Su mejor amigo jamás afirma las cosas solo porque sí, siempre hay un hecho que respalda sus argumentos. De algo hablaron él y Levi cuando fueron a comprar aquel domingo de parrillada. El traicionero de Armin está ocultando secretos.
Pequeñas piezas de rompecabezas toman su correspondiente lugar, armando un puzzle incompleto.
¿Por qué Levi dio explicaciones precipitadas cuando ella halló esos aretes y el labial en la guantera de su auto?
¿Por qué va a buscarla a cualquier lado, no importa la hora ni el día, cuando lo ha oído maldecir centenares de veces por el hecho de ser prácticamente el chofer de Erwin y Hange?
¿Por qué se tomó la molestia de consentirla en el teatro, comprándole su chocolate favorito, entregándole su abrigo, si es sabido por cualquiera que él nunca es considerado en ese sentido y nadie de su círculo social es mimado con tales gestos?
¿Por qué estuvo con ella tras la muerte de Charlie, haciéndole compañía en todo momento, abandonando atrás su oportunidad de participar en las nacionales?
Solo con ella.
Solo ella...
―Dios, no puede ser... ―el murmuro emerge de su boca inconscientemente, alertando a su compañero.
― ¿Ahora qué te sucede? ―indaga él, mirándola como si de un segundo a otro le hubiese salido una segunda cabeza―. Estás roja, mocosa.
Sin un ápice de duda, Levi apoya su palma abierta en la frente de la joven, induciendo a que Mikasa se sobresalte en su lugar y pegue un brinquito hacia atrás con tal de alejar cualquier contacto mínimo y conservar distancia.
―Mikasa...
―Eh... No, no es nada ―se obliga a recomponerse en cuestión de milisegundos―. Empecemos con esto.
―Como digas ―dice, no sin antes escanearla de arriba abajo con los ojos entrecerrados, como si así pudiese adivinar los pensamientos que la atormentan―. Debemos mostrarle a Nanaba lo que tenemos preparado.
―Sí, estoy segura de que te gusta. Digo, claro... ¡le gustará! ―qué pena. En su interior, le reconforta imaginarse a sí misma golpeándose la cabeza contra la pared. Odia el estúpido nerviosismo que no le permite actuar discretamente en su presencia.
―Estás rara, pero no creo querer inmiscuirme en tus asuntos. Vamos ―la coge de la muñeca, incitándola a caminar detrás de él en dirección a algún rincón que les permita ensayar apartados de los demás.
Lo piensa, lo piensa y lo piensa, preguntándose si lo que quiere hacer es una buena idea. Necesita comprobarlo, ya no le interesa si a Levi le fastidia ―porque sí, todavía no olvida como, luego de la audición, se arrojó a sus brazos motivada por la emoción, y él la apartó insensiblemente―. Despacio, algo torpe en su actuar, desenreda el agarre brusco y lo cambia, tomándole la mano en su lugar. Como sospechó, el nudo en su estómago hace acto de presencia y se incrementa con afán al admirar que Levi aprieta la unión de sus dedos y no se molesta en quitarse o aflojarlo.
Suspira, esbozando una sonrisa, deseando que Levi nunca la suelte.
Mikasa se inclina hacia abajo en la banqueta sobre la que está sentada, acabando la trivial tarea de abrocharse las botitas que envuelven sus helados pies. Posteriormente, guarda su oscura vestimenta de ballet en la mochila de Linkin Park, doblando cada prenda cuidadosamente, colocando aliviada en el fondo las zapatillas de punta que acaba de quitarse, junto con los protectores y las plumillas de gel. Ya lista, se retira del estudio.
El ensayo de esa tarde ha sido más agotador, complejo y exigente de lo acostumbrado; gracias a la temática que ella y Levi seleccionaron para presentar en las nacionales, tiene que forzarse a que su aspecto sea el de una muñeca, y no solo en los movimientos, también en los gestos de su rostro.
Nanaba había quedado maravillada en cuanto su par de alumnos favoritos resumieron lo planeado en su baile; según ella, a los jueces de la competencia les iba a encantar. Entonces, con plena confianza en ellos y el talento que ostentan, gastó abundante tiempo en guiar a la fémina, ayudándola a mecanizar sus extremidades y obligarla a repetirlos las veces que sean necesarias hasta que saliera correctamente.
― ¿Quieres que te llevemos?
De pie aguardando el autobús que la conduciría a su hogar, Mikasa alza la vista, topándose con unos pardos ojos curiosos escondidos tras un par de lentes. La gran sonrisa de Hange Zoë brinda esa genuina amabilidad que la caracteriza; la alocada mujer está de buen humor durante las veinticuatro horas del día, definitivamente. Tras ella, un apacible Erwin no le quita el ojo de encima, elevando su mano derecha a modo de saludo. Mikasa lo devuelve amistosa, acompañando el gesto con una pequeñísima sonrisa.
―Gracias, Hange, pero no es necesario, de verdad ―la contempla de frente, agradecida por la consideración mostrada, al tiempo que inconscientemente se ajusta el gorrito gris de lana decorando su cabeza. El clima gélido del otoño le exige agregar una que otra prenda para abrigarse del fresco viento y las ligeras lluvias que a veces la asaltan desprevenida. Hoy también olvidó traerse un paraguas, pero, aunque las nubes se hayan agrupado en el cielo, duda seriamente que estas desaten una tormenta.
― ¿Segura? El autobús no llega hasta dentro de diez minutos ―habla esta vez Erwin en su intento por persuadirla.
―Además... ¡Ah! Ahí está Levi, ¡vamos, vamos! ―apenas Hange da unos pequeños saltitos que demuestran su alteración, ella voltea a ver en la misma dirección, topándose con el auto de Levi estacionado a reducidos metros.
Sabe de antemano que, si acepta la propuesta presentada, quedarán a solas en el coche. Generalmente, él siempre deja primero a Erwin y Hange (ya que los hogares de ambos se encuentran ubicados a más proximidad de la academia Sina) y después a ella. Ahora mismo, sus pensamientos son un revoltijo y sus emociones un verdadero desastre acumulado. No confía en sí misma para poder disimular ante él y conservar una fachada estoica.
―En... Hablo en serio, no hace falta ―el leve tartamudeo la manda al frente, asimismo el tenue colorete en sus mejillas. Inquieta, envía la mirada hacia la calle, deseando con todas sus fuerzas que el autobús apresure su andar para poder huir despavorida lo más rápido posible apenas obtenga la oportunidad.
― ¡Pero...! ―la objeción de Hange es detenida por la mano de Erwin posándose sobre su cabeza.
―Si no quiere, no quiere, Hange ―recita pacíficamente, despeinándole con cariño la coleta castaña que de por sí ya es desordenada. La mencionada crea un puchero adorable, dispuesta a protestar, mas desiste de su idea en cuanto él reanuda la conversación―. No la podemos obligar, ¿sí?
―Va, pero la próxima no se salva ―la mujer frota su coronilla contra la palma del rubio, como un pequeño cachorrito necesitado de afecto.
La escena desconcierta a Mikasa, y no en el mal sentido. Jamás había notado lo brillante de los ojitos de Hange hasta ahora, ni tampoco esa sonrisita imperceptible que acababa de generarle el más alto sin darse cuenta. ¿Es lo que ella cree que es?
Un estruendoso bocinazo asusta a los tres, robándole el tiempo de analizar y sacar conclusiones sobre el probable enamoramiento de Hange. Levi carece de paciencia, francamente, no debe conservar ni una diminuta pizca en su ser.
Se despide del par con un saludo banal, viendo cómo ambos corren al vehículo que amenaza con arrancar y dejarlos atrás. Afortunadamente, el transporte público llega justo antes de que la llovizna caiga encima de ella y la deja a una cuadra de su casa luego de quince minutos de empujones, codazos y un intento fallido de alguien que quiso abrirle la mochila para robarle. En su fuero interno, se arrepiente un poquito de no haber accedido al ofrecimiento de Hange, empero ya es tarde para regañar a su yo del pasado.
Lo primero que hace dentro es saludar a Taffy con efusivos besos y volar a darse una gratificante ducha rápida que le permite quitar el sudor seco adherido a su cuerpo por el ensayo y calentarla del frío exterior. Posteriormente, se posiciona frente al espejo del baño, trazando dibujitos en el vidrio; un corazón, una letra L, otra letra E...
―Qué estás haciendo, Mikasa, por Dios... ―detiene su dedo, negando con la cabeza de derecha a izquierda, pensando en lo estúpida que se ve cometiendo esa clase de tonterías.
Pasa toda la palma de golpe, borrando los garabatos en el espejo empañado que ahora la deja reflejarse claramente. Acerca su rostro unos centímetros y lo analiza por todos los ángulos. Hoy se siente bonita y no tiene nada que hacer en su solitaria casa, una perfecta combinación para capturar esa clase de fotos.
Manos a la obra, se echa crema humectante en el cuerpo y seca su cabello mojado, disfrutando la suavidad cayendo en cascada hasta su cintura; al final, decide peinarlo en una trenza que acomoda sobre su hombro. Uno de los pasatiempos de Armin cuando ambos eran infantes, fue obligarla a sentarse en una silla y recrear peinados en su larga cabellera, usándola de maniquí. El joven aprendió a hacer todo tipo de cosas para poder enseñárselas a ella en caso de que las necesitara.
Hurgando entre los cajones de la ropa interior, halla el conjunto de encaje en un precioso tono beige. Uno de sus favoritos. Pronto da inicio a una sesión fotográfica improvisada frente al espejo de su habitación; su cámara no tiene la mejor definición, pero es decente y el resultado la convence. Le gusta realizar este tipo de cosas, es entretenido en cierta parte, aunque solo guarde las fotos para ella misma. Todavía recuerda el pánico que la embargó cuando Levi se llevó accidentalmente su teléfono ―dos veces, en realidad― y su galería quedó expuesta a los ojos del muchacho que respetó su privacidad y no revisó nada.
Luego de treinta minutos en los cuales borró muchísimas más fotos de las que dejó, oye el auto de su padre estacionándose frente a la casa. Al mirar por la ventana, nota que su padre está bajando del coche; sin embargo, lo que atrae su atención es la cabellera rubia resaltando en el asiento del acompañante. Mikasa entrecierra los ojos, fallando en su propósito de descubrir la identidad del desconocido o desconocida.
Metiéndose dentro de un largo remerón negro que la tapa hasta los muslos, corre escaleras abajo, guiada por la ferviente curiosidad. Desgraciadamente, Elias corta su camino al pie de la escalera, mirándola con una inquisitiva ceja alzada que insinúa no dar un paso más.
― ¿Quién es? ―arroja directa.
― ¿Quién es quién? ―contraataca el hombre, depositando su maletín del trabajo en el suelo para facilitar el quitarse el saco y colocarlo en el perchero. Ok, el señor de la casa no quiere hablar del tema y prefiere hacerse el desentendido, ¿eh?
― ¿A dónde vas?
―Voy a salir.
― ¿A qué hora vuelves? ―cualquier detalle sirve si va a averiguar y chismear con su adorado amigo analizador sobre los planes de Elias.
―No lo sé, ¿importa? ―contesta él, subiendo las escaleras de dos en dos, encaminándose hacia su habitación―. Quieta ahí, voy a cambiarme.
Mikasa, algo renuente, obedece lo dicho y se sienta en el escalón, meditando en la situación altamente tentadora para su respingada nariz que ruega por indagar sigilosamente donde no la llamaron. ¿Quién es la persona que lo acompaña? ¿Una mujer? ¿Un hombre? Si se trata de la primera opción, pues con justa razón quiere meterse de lleno. No le desagrada ni le molesta que su padre haya elegido salir con alguien. Sabe a la perfección que amó a su madre con intensidad y todavía lo hace, pero entiende que es mejor soltar si ya han de cumplirse seis años desde la partida de Aiko. Añora la felicidad para Elias y lo apoyará en las decisiones que él tome.
Con estas ideas rondando en su cabeza, se pone de pie y corre hacia el cuarto del mayor, pillándolo echándose loción en el cuello y arreglando su corto cabello rubio como si pudiera hacer algo al respecto con eso. Ríe, juguetona. ¿Material para burlarse de él en un futuro? Listo.
―Suerte en tu cita ―prueba con decir, insistiendo en averiguar si sus suposiciones son correctas.
Elias la mira de soslayo y no aporta nada de su parte, meneando la cabeza en un gesto de diversión. Sospechas confirmadas, se acaba de poner tímido. ¡Va a tener una cita! Elias Ackerman va a tener una cita después de más de media década. Chisme recién sacado del horno. Todavía sonriendo, Mikasa da media vuelta y regresa contenta a sus aposentos para tirarse cual jabalina en el colchón, tomando su móvil y convocando una urgente videollamada con Armin.
―Adivina qué ―habla de sopetón al ver el rostro del chico que atendió al tercer pitido.
― ¡Levi se te declaró!
―No, tonto... Espera, ahora que mencionas ese tema, ¿no tienes nada que contarme, Armin? Ya no me puedes ocultar la verdad, dime ahora mismo sobre qué hablaron el domingo.
― Oh.. Am, ¡se va la señal! ―Mikasa pone los ojos en blanco al escuchar el ruido de un envoltorio siendo aplastado―. ¿Me escuchas? Yo no, creo que colgaré...
―Arlert, no te escapas.
No tengo mucho más para decir. Ojalá les haya gustado, aunque haya sido un capítulo corto en comparación a lo que usualmente traigo. Cuídense, tomen agüita.
Adiós, se les quiere mucho.
