Capítulo trece: Sentimientos.
―Buen trabajo, muchachos y muchachas. Recarguen su batería al máximo porque la próxima clase será mucho peor. ¡Nos vemos el viernes!
Tras la orden de la profesora Nanaba indicando a sus alumnos que ya tienen permitido retirarse rumbo a los vestidores, diecinueve personas cumplen dicho mandato, excepto una.
Valiéndose del estudio espacioso recién desocupado, Mikasa aprovecha para practicar un paso de la coreografía grupal que ha estado irritándole la existencia. Si bien, no le sale espantoso, tampoco perfecto como tanto le gustaría. El problema radica, principalmente, en que debe ejercerlo con un compañero. Jean Kirstein en su caso. Sin embargo, el muchacho fue uno de los más ágiles en echarse a correr rumbo a los cambiadores, por lo que supuso que estaría ocupado y tenía asuntos que atender una vez finiquitada la clase. Ella también lo estaría trabajando en la cafetería Blue Moon de no ser porque, temprano en la mañana, Kuchel envió al grupo de los trabajadores, avisándoles que entrarían tarde a sus turnos debido a que ese día miércoles en específico cerrarían ingresada la madrugada. Según ella, se festeja el día de... «De no sé qué», deduce, sin esforzarse en recordarlo, pero estando al tanto de que la festividad atraería a más clientes de lo acostumbrado en el lapso de la noche. Nunca ha sido habilidosa para conmemorar fechas, esa labor le concierne a Armin.
Mientras ejerce presión en los músculos de sus piernas, por el rabillo del ojo pilla a Levi saliendo como alma que lleva el diablo del estudio E. Bosqueja una sonrisa juguetona, sabiendo de antemano que el tono rosáceo de su tez y el hecho de que cubra su nariz se debe a que ha estado aguantando la respiración gracias al hedor de la transpiración. No es la primera vez que lo ve cometiendo algo como aquello. En conclusión, él debe agradecer que sigan en otoño y no en verano.
― ¿Necesitas ayuda? ―de imprevisto, siente dos toquecitos en su hombro derecho que le exigen voltear y toparse con el angelical rostro de Petra Ral.
―Por favor ―espira aliviada, correspondiendo la genuina consideración de su amiga.
Si tan solo no hubiese aceptado...
Inhala hondo, buscando, codiciando tan solo una diminuta partícula del sosiego inexistente dentro de sí misma, y de paso aire para sus afectados pulmones. El tembleque en su pierna derecha no aparenta tener la finalidad de inmovilizarse pronto, tampoco las mordidas que le proporciona al pellejo de su labio inferior. ¿Qué la tiene de esa forma? A decir verdad, la causa del actual estado desazonado se debe, nada más ni nada menos, a la visita de Levi Ackerman. Y no, los nervios no la mortifican por ver nuevamente al chico que le gusta, sino por la reacción y el trato que él empleará al acompañarla.
Para ser precisos, once días desde lo acontecido con Petra en la academia. Once días en los que él había cambiado imperceptiblemente su actitud; pormenor que solo las personas que conforman su círculo cercano lograron percatarse. Sí, era considerado con ella, la ayudaba tras cometer errores en sus pasos, y si necesitaba agua fresca o pañuelos limpios no dudaba en proporcionárselos. Sin embargo, faltaba algo. Levi redujo a cero las visitas durante su horario de trabajo en la cafetería de Kuchel y Kenny, ya no enviaba sus típicos mensajes breves, tampoco beneficiaba minutos antes de la clase para debatir trivialidades.
Lo añora, terriblemente. Aborrece reparar en la incomodidad de su presencia, por lo que su próximo objetivo es solucionar el malentendido tarde o temprano, y confía en que sea más temprano que tarde.
Hoy, domingo, van a practicar en su propia casa a privación de sala de ensayo. Ocupar la que se ubica en el hogar de Levi no es una alternativa factible, no mientras Kuchel haya invitado a su fiesta de té ―licor, en realidad― a las empalagosas cotorras que considera amigas, quienes no se contendrían invadiendo e interrumpiendo con tal de admirar cuánto ha perfeccionado su técnica al bailar y maravillarse por cualquier pequeñez microscópica. Según Levi, hace añares acontecen desgracias como tales cada que aquellas mujeres de avanzada edad cruzan el umbral de su puerta. Por otra parte, el abandonado teatro Paradise tampoco les rendiría, pues el edificio en cuestión se sitúa a más de cuarenta minutos en auto, algo que los retrasaría y, por lo tanto, derrocharía valioso tiempo.
El timbre zumbando en las paredes le advierte que él acaba de llegar. «Tranquila, con calma, no te va a morder», se repite cual loro parlanchín, omitiendo que casi hiperventila y precisó de exhalar un par (repetidas) de veces con el propósito de apaciguar su inestable interior antes de permitirle la entrada.
«Sí, todo saldrá bien».
―Duele...
―Tch, mierda.
Las respiraciones temblorosas del par de bailarines es lo único que destaca en el mutismo de la sala. Derrumbados sobre el duro y lustrado piso, Mikasa siente su quebrantado cuerpo ser apretujado por los marcados brazos de Levi. Y no, no está abrazándola por mero gusto precisamente, sino protegiéndola de un certero golpe que podría tintar su pálida piel de visibles moretones violáceos.
El conteo mental llevado a cabo en su mente le notifica que es la quinta vez que caen intentando ejercer un levantamiento, lo cual anteriormente les resultaba sencillo, casi natural.
―Otra vez ―murmura él con terquedad, liberándola para quitarla de encima cuidadosamente y lograr reincorporarse.
Todavía sentada, Mikasa avista cómo Levi se pone de pie y disimuladamente se soba un costado, resuelto a reanudar la coreografía aun yaciendo adolorido. Al contrario, ella no efectúa el mínimo esfuerzo por copiar sus acciones. Van a lesionarse si utilizan la obstinación antes que el buen juicio.
―No ―espeta sin tapujos, ganándose un vistazo de reproche por parte de su pareja de baile. Augurando la futura negativa del chico, eleva un dedo, insinuando que haga silencio
y adelantándose a manifestar su punto―. Has estado recibiendo la mayoría de los golpes, no quiero que te lastimes.
―No me jodas, Mikasa, necesitamos...
―Que no, Levi ―estanca las excusas baratas, sin dar su brazo a torcer. El mencionado, en un gesto de exasperación e impaciencia, se alisa el corto cabello hacia atrás y libera un sonoro bufido―. Descansemos un momento, procura tranquilizarte.
―Estoy tranquilo, maldición.
Bajo su expresión imperturbable, Mikasa arquea escéptica una ceja, dándole a entender que sus palabras y acciones no concuerdan en lo más mínimo. Él gruñe, ella cruza los brazos. Posterior a una guerra glacial de miradas llenas de resistencia, la balanza de derrota se desnivela hacia Levi, quien, tras expresar un nuevo agravio, aparta el contacto visual, sin ánimos de iniciar otra disputa inacabable contra su compañera.
―Solo será un momento ―le asegura ella, endulzando sutilmente su tono de voz―. Toma asiento en el sillón y no refunfuñes, ya vuelvo.
De un breve salto ya se localiza de pie, yendo a buscar agua fresca a la cocina. El corto camino ayuda enormemente a reajustar sus pensamientos. Gran parte del ensayo había sido un caos total; es como si ambos hubiesen sido configurados para originar catástrofes y desconocer la mera acción de coordinar. Si Nanaba los viera, se convertiría en el demonio de Tasmania y, por consecuencia, obtendrían quinientos regaños, mínimo. Levi simula estar en las nubes la mayoría del tiempo, se equivoca, olvida los pasos, y gracias a esto la cantidad de insultos emitidos por su boca incrementaron considerablemente, manifestando así que entraba a sofocarse de tantos errores cometidos.
Abre el grifo, echándose abundante agua en la cara, espabilando al percibir la frescura golpeando contra su sudado cutis. Mikasa desconoce qué comentar para mejorarle el ánimo, tal vez lo ideal sea detener el ensayo a la mitad.
Al regresar luego de cinco minutos, ubica a Levi posicionado obedientemente donde le indicó; un detalle que acapara su atención es distinguir que, entre sus manos, surge una bolita de pelos negra identificada como el pequeño e inocente Taffy. Mikasa decidió dejarlo en el patio, ya que el living había sido aseado recientemente y lo que menos pretendía era que el revoltoso can ensuciara, mucho más considerando la devoción de Levi por la limpieza. Claro, aparentemente, él no se resistió a la tierna expresión de Taffy suplicando por ingresar al otro extremo del vidrio de la puerta trasera.
―Ten ―invade el otro lado del sofá, preservando distancia moderada de su invitado. A continuación, brinda la botella plástica que el muchacho recibe sin emitir comentario alguno, ni demostrando intención de beber siquiera un sorbo. En cambio, insiste en mimar las tibias orejitas del cachorro, como si estas aliviaran mágicamente el estrés.
Cuando el silencio acapara el protagonismo, acompañando a la incomodidad qué últimamente ha hecho de mal tercio, Mikasa piensa «No otra vez», inclinándose a revertir la rigidez que cubre el ambiente.
―Levi...
―No es nada ―suspira, recargando su nuca en el borde del espaldar―. Anoche me costó conciliar el sueño y eso está afectando mi rendimiento.
«Eres un pésimo mentiroso», sus cavilaciones anhelan salir a la luz apenas capta la obvia falsedad en aquella oración. Conoce el mal hábito de Levi y él jamás ha actuado de esa manera por menos horas que haya descansado.
Bien, está harta. Cansada de que ambos eludan lo evidente, lo que sucede y lo que sienten por el otro. ¿Quién es peor poniendo en palabras lo que por dentro se mueren por gritar a viva voz? La respuesta es compleja y el estúpido orgullo una perra complicándolo todo. Sin embargo, hasta ahí llega su paciencia, por fin ha rebasado su límite. Que él deduzca cosas erróneas es insoportable y ya no aguanta un minuto más sin sincerarse.
―Levi, ¿sabes una cosa?, tú... ―y antes de que lograse consumar la frase con un "me gustas", su teléfono suena estridentemente y la canción de Ross Lynch impide de sopetón la precipitada declaración.
Al hallarse a más proximidad del aparato, Levi estira su mano hacia la mesita frente a ellos, agarrándolo. Mikasa hubiese agradecido el gesto de no ser porque, antes de entregárselo, él detuvo su vista sobre el nombre que predominaba en la pantalla trizada. En cuanto Mikasa tiene el celular en su posesión, su primera reacción es hundir las cejas y maldecir por lo bajo al captar el motivo. Petra es la causante. En definitiva, nada le sale bien el día de hoy.
Sin meditarlo dos veces, su huella pica sobre la opción en rojo, cortando la llamada. Prosigue a enviarle un WhatsApp a la mujer de cabellos miel, informándole que se encuentra ocupada y que le avisaría más tarde cuando tuviesen la oportunidad de hablar tranquilas y a solas.
Gira la cabeza, dispuesta a continuar, y se tropieza con esos hermosísimos ojos náuticos escrutándola, pidiendo, clamando silenciosamente que reanudara lo que no tuvo oportunidad de revelar. Oh, diablos, ¿dónde fue toda la sobrecarga de determinación que la había atacado segundos atrás?
―Así que... tú y Petra, ¿no?
La interrogante es capaz de solidificarla en el acto. Justo ahora, es la primera vez que Levi se anima a tocar el tema. Durante casi dos semanas esquivó el hecho de haber presenciado aquel beso que estropeó su relación; por lo tanto, Mikasa tampoco hizo mayor esfuerzo en informarle el verdadero contexto de lo sucedido sin que él se lo solicitara previamente.
―No... En realidad, no ―musita, su cabello negruzco meciéndose con ligereza al negar de derecha a izquierda. Dándose cuenta de que su oposición es sumamente vaga y no resuelve ninguna duda, vuelve a tomar la palabra―. Mejor dicho, te equivocas. Lo que sucedió ese día fue un malentendido.
―Hm.
«Tonta, hasta un niño de cuatro años se explica mejor que tú», se regaña a sí misma, propinándose un facepalm psicológico.
―Petra y yo no estamos juntas ―se aclara la garganta―. Ella me besó de pronto un segundo antes de que entraras y nos vieras.
― ¿Por qué?
Ninguno es ignorante a tal punto de obviar por qué Petra se ha arriesgado a robarle un beso. Empero, Mikasa acalla sus labios y las ganas que posee de confesárselo, respetando la petición de su amiga sobre no revelar nada al respecto a nadie. Sí, su amiga. Porque, a pesar de la embarazosa situación, pretenden conservar la amistad. Además, la culpa también recae en Mikasa por constantemente negar y desmentir sus propios sentimientos por Levi Ackerman cuando Petra la interrogaba. Esa noche, en la cual se desveló hasta las 4 a.m. recapacitando en el problemón montado, descubrió que las señales merodeaban a su alrededor, presentes, e ingenua ella las pasó por alto como si fueran inexistentes.
―Sigamos ―comenta Levi, sacándola de un tirón del ensimismamiento en el que se había sumergido.
Una vez coloca a Taffy en el suelo, Levi pretende levantarse del sillón, mas el tacto de la fémina lo detiene en el acto. Mikasa actúa por impulso al apresarle la mano y enlazar sus dedos con los de ella, tratándolo como a un fino objeto de cristal.
Dubitativo, Levi espera, espera una explicación a su comportamiento, espera una respuesta que le devuelva la esperanza perdida.
―Créeme ―desvía sus ojos a cualquier rincón de la sala, acumulando el valor necesario que la deje proseguir―. No tengo ese tipo de sentimientos por ella. No por Petra.
Mikasa agradece haber elevado la vista al advertir que Levi no daba señales de vida. De lo contrario, no habría visto el sutil estiramiento naciendo en sus delgados labios. Después de meses simpatizando con él, sabe con certeza que esa mueca imperceptible significa el inicio de una sonrisa. De esas sonrisas raras en él, inusuales y bonitas que le roban el aliento.
―Te creo ―estas dos escuetas palabras se convierten en un analgésico que aligera la pesada carga en sus tontos corazones.
Es todo lo que necesita escuchar.
―Bien.
Todavía consciente de la unión entre sus cálidas manos, Levi ejerce fuerza en su brazo y la ayuda a estabilizarse para retomar el ensayo.
Su confesión tendrá que esperar un poco más.
Solo un poco...
Un mes después.
La leve nubecita de vaho saliendo expedida de sus rosados labios entreabiertos indica que el querido y esperado invierno daba inicio. En otras circunstancias, Mikasa imitaría a una pelotita saltarina brincando de pura felicidad, agradecida de que su estación favorita haya hecho acto de presencia. Sin embargo, actualmente solo atina a quedarse congelada en su sitio, encogiéndose en el mullido abrigo que la envuelve, perdida en un trance infinito.
―Bien, chicos, quédense quietos. No literalmente, solo... eviten armar alboroto, ¿sí? ―dice Nanaba, ciertamente alterada, hablándoles como a pequeñitos niños de primaria. A decir verdad, el intelecto de Sasha y Connie combinados podría entrar fácilmente en la categoría―. Vuelvo en un momento.
Varios alumnos farfullan simples "ok", otros solo asienten ante sus palabras cual perritos obedientes. No obstante, apenas Nanaba huye del campo de visión al desaparecer dentro de la gran academia Sina, la mayoría explota, iniciando el usual cuchicheo incesante utilizado para liberar las energías guardadas a raíz del nerviosismo que los doma.
A un par de metros, Sasha e Isabel amenazan con vomitar la merienda recién ingerida y morir de un infarto, a lo que Petra les provee palmaditas en la espalda junto a palabras de aliento entre risitas quisquillosas. La escena tan típica en ellas le causa ternura.
Mikasa ―hallándose en las mismas condiciones, mas no exponiéndolo― observa, estacionados frente al edificio, dos grandes autobuses negros encargados de transportar bailarines de diferentes niveles a la ciudad donde se llevarían a cabo las nacionales. Falta poco, muy poco para cumplir una de sus más grandes metas, y ser consciente de eso la mortifica a niveles exorbitantes. Teme que, en cualquier instante, despierte en la comodidad de su cama y descubra que todo ha sido un buen sueño.
― ¡Mika! ―oye una voz familiar nombrarla a lo lejos.
Un viejo automóvil aparca detrás del autobús y la dorada cabellera de Armin Arlert resguardada en un gorrito de lana se asoma a través de la ventanilla abierta. En el puesto del conductor, vislumbra al abuelo del chico, Bertie, quitándose el cinturón de seguridad. Maravillada y, asimismo, confusa, Mikasa trota en su dirección, cuestionándose qué causa los ha dirigido ahí. No se contiene al investigarlos.
―Iremos contigo a verte bailar, ¿pensaste que nos lo perderíamos? ―explica su mejor amigo, otorgándole una de sus radiantes sonrisas―. Sabes que el abuelo es tu fan número uno.
― ¡Sorpresa! ―celebra Bertie, rodeando cariñosamente a Mikasa con sus arrugados brazos. Muerta de amor, ella se lo devuelve con el mismo afán, emocionada al saber que sus personitas favoritas tomaron un gesto tan bonito―. Por nada del mundo me perdería la primera presentación de mi querida nieta postiza.
―Muchas gracias. A los dos ―añade lo último al sentir que el más bajito de lentes se cuela en el abrazo, aludiendo que él también tiene derecho a participar del reparto afectuoso―. Realmente lo aprecio.
― ¡Armincito, tanto tiempo! ―las más alborotadas de sus compañeras se arrojan sobre el pequeño, casi llevándolo a rastras. Con el ajetreo de los ensayos en la academia Sina y los estudios destinados a los exámenes finales, nadie ha tenido tiempo para organizar reuniones sociales―. Salió un anime nuevo ayer, ¿lo vemos juntos dentro de tres meses?
Entre alegres y vivaces diálogos, otro sujeto cae de sorpresa en la escena. Bueno, otro sujeto y un animalito enfundado en un adorable poncho azul. Elias saluda a su hija con Taffy cargado en los brazos. Debido al trabajo, su padre no podrá asistir a las competencias, pero Mikasa le resta importancia, pues sabe de primera mano que la apoya más que nadie.
―Vinimos a desearte buena suerte ―revela él, pasándole al can que no atrasa su tarea de mover la colita y repartir besos explosivos, como si entendiera lo que su dueño ha dicho―. Disfrútalo, Mikasa.
―Lo haré, te lo prometo ―el beso casto que Elias deposita justo en su coronilla la atiborra de calidez, contrastando en el frío invernal.
―Perdona que no pueda asistir.
―Yo entiendo, papá ―lo apacigua, pellizcándole una mejilla, aun sabiendo cuánto aborrece que lo haga. En sí, es muy arisco cuando se trata del contacto físico.
―No se preocupe, señor Ackerman, el abuelo trajo su cámara para filmar cada detalle ―aporta Armin, al tiempo que limpia sus lentes empañados―. Tenemos todo bajo control.
―Si es así, te encargo también mantenerlo a él bajo control ―dice entre divertido y serio, aunque más serio que divertido. A esta altura, ya ha sido puesto al tanto de los sentimientos de su hija, sinónimo de tener vigilado a Levi Lance Ackerman, aunque todos saben que él ya lo ha aceptado.
― ¡Por supuesto! ―ejecuta su típico saludo militar, riendo bajito ante el sonrojo matizando los cachetes de Mikasa, quien custodia paranoicamente hacia todas las trayectorias, asegurándose de que el muchacho en cuestión no se localice dentro del perímetro―. Hablando de él, ¿y Levi?
―Está guardando la caja en el compartimiento del autobús ―expone a regañadientes, todavía batallando por controlar la temperatura de su rostro.
― ¿Eso no es pesado?
―Lo aparenta, pero incluso tus lindos bracitos enclenques podrían cargarlo ―no se molesta en ocultar el tono burlón, pues ha sido a modo de venganza por abochornarla y complotar junto a Elias. Al segundo, Armin murmura visiblemente ofendido algo que podría traducirse como "muy graciosa" mientras saca la lengua.
Pronto, la profesora Nanaba reaparece con una pila de documentos y el corto cabello rubio desarreglado, demostrando que muy posiblemente estuvo buscándolos como loca y tuvo que correr a la vuelta para no retrasar la salida. Conforme les ordena al grupo del que está a cargo que armen una fila para subir en orden al autobús, peina su pelo con la punta de sus delicados dedos, fingiendo decencia al ocultar su agitada faceta.
Las valijas de cada estudiante fueron cargadas media hora atrás, por lo que, únicamente, se les permitía llevar bolsos de tamaño reducido encima. Inquieta, Mikasa ajusta a su hombro la infaltable mochila de Linkin Park que contiene lo primordial: auriculares, celular, objetos de higiene, etc. Ella es una de las últimas en ascender, cuando la mayoría de los asientos se declaran ocupados. Y, entre tanto comete un sondeo visual para seleccionar algún lugar vacío, a lo lejos nota que Levi alza su palma, indicándole que se acerque.
No va a admitirlo en voz alta, pero en su fuero interno mantenía la esperanza de que él no eligiera sentarse con alguno de sus primos. Contenta con la tentadora imagen mental de compartir horas de viaje, Mikasa acata el pedido de Levi al aproximarse directo al fondo.
―Yo voy del lado de la ventana ―expone su condición apenas se reencuentran, desafiándolo a contradecirla.
Tras rodar los ojos en un claro gesto de hastío, el azabache intercambia de asiento, cumpliéndole el capricho. Satisfecha por su obediencia, Mikasa se desliza por el estrecho espacio hasta ocupar su lugar correspondiente y acomodar la mochila entre sus piernas.
Corre la cortina que obstruye el paisaje exterior, donde divisa a familiares despidiéndose de los bailarines de grados menores ―sin muchas complicaciones, distingue a Gaby y Zofía―, también a Hange jugueteando con Erwin y, por último y más importante, a su padre intercambiando una, a simple vista, animada plática con Nanaba.
Entrecierra los párpados, como si así obtuviese el poder de leer mentes. ¿Qué asuntos sostienen en común esos dos? Si bien, son amigos de la adolescencia, desconoce qué pueden estar diciéndose justo ahora. Niega, rendida. Su cerebro se cocinaría antes de adivinar; por lo tanto, opta por cambiar nuevamente la ruta de su curiosidad y enfocarla en los mejores amigos de Levi. Con el correr de los días, sus sospechas sobre los auténticos sentimientos de Hange se incrementan. ¿Y cómo no? Si la alocada mujer rodea el cuello de Erwin y se cuelga como un monito de la selva, mirándolo tan amorosamente que embelesa.
― ¿A Hange le gusta Erwin? ―la duda escapa de sus labios antes de que pudiese detenerla.
― ¿Por qué el interés? ―Levi frunce el ceño, patidifuso, de seguro pensando que ha comenzado a alucinar.
―Eso me pareció por la forma en que lo trata. ¿La ves?
Violentando su espacio personal, sin una pisca de decoro, Levi inclina su torso para lograr ver con mayor claridad a qué se refiere. El corazón de Mikasa da un mini saltito, enloquecido por tenerlo a escasos centímetros de su cara y, como resultado, poseer el privilegio de analizarlo meticulosamente. «Sus pestañas son lindas», piensa al reparar en el largo de éstas. Inspira, haciéndose la tonta, percibiendo el aroma a sahumerios y té tan particular en él que le encanta.
―No, no lo creo. La miope es así de cargosa con medio mundo ―opina él, retomando su posición.
Velozmente, se proporciona una cachetada mental, reclamando a su nula resistencia por no hacer un mejor trabajo manteniéndola a raya.
― ¿Seguro?
―Seguro.
Ojalá sea así y Mikasa erre al sacar conclusiones apresuradas a raíz del comportamiento cotidiano de Zöe. Porque, de no ser el caso, la castaña la pasaría mal.
Buenas, buenas, ¿qué tal? Después meses traigo el capítulo 13. Corto, pero hecho con amor. Siento de verdad la demora, he procrastinado de una manera horrible. Mi falta de inspiración, mi cambio en la rutina y el hecho de que esté metiéndole pilas a otras historias me obligó a dejar de lado Cristal.
Datos del capítulo:
• El domingo, si bien es el día libre de Elias, él no estaba en casa porque salió a pasear con su pareja misteriosa. A esta altura creo que ya han adivinado quién es, una lectora la descubrió dos capítulos atrás. ^^
• El padre de Mikasa se entera de los sentimientos de su hija porque, en esos once días incómodos, el ánimo de nuestra niña no era el mejor, por lo que tuvo que sincerarse con Elias cuando él la interrogó al respecto.
• No escribí sobre la escena del beso entre Petra y Mikasa. Tal vez lo haga más adelante o tal vez no, pues creo que será innecesaria en unos capítulos.
En verdad esta vez sí me esforzaré desde ya para traer los próximos. A Cristal le falta poco para acabar, tal vez unos cinco o seis capítulos si mis cálculos son correctos. Tal vez más, considerando que estoy haciéndolos cortos.
Eso es todo. Nuevamente les ofrezco una disculpa por la demora, también por si encuentran algún error. Los y las quiero mucho, cuídense y tomen mucha agua.
