Capítulo catorce: Karanese.
―Mikasa... ―la rasposa voz taladra como un eco insufrible a sus adormilados oídos. Captando el llamado lejano, la susodicha se remueve media inconsciente, mascullando insensateces sin pies ni cabeza en el proceso―. Oe, o recobras el conocimiento o te abandono, mocosa.
Abre los párpados, luchando contra la neblina oscura que obstruye su visión.
―Eres insoportable, ogro ―gruñe ella, quitándose de la cara los finos mechones de cabello. Al cometer tal acción, retorna al mundo real, comprendiendo de qué va todo cuando ve que la mayoría de sus compañeros acomodan sus pertenencias, enlistándose para descender del colectivo.
Casi automáticamente, quita la cabeza del confortante hombro de Levi, enderezado su columna vertebral de un tirón que la termina de despertar. Genial, convirtió al chico que le gusta en una almohada durante... definitivamente, cinco horas. O eso supuso al echar un vistazo por la ventana y distinguir el oscuro cielo repleto de estrellas. Todo gracias a la sobrecarga de energía que arremetió contra ella la noche anterior; el simple pensamiento de viajar a la ciudad de Karanese para las nacionales prácticamente la obligó a no pegar ojo por más tés de manzanillas que haya ingerido.
En cuanto corrige su postura, percibe algo liviano deslizándose por su torso. Desconcertada, atrapa la cobija afelpada entre sus dedos antes de que logre caer al piso del autobús. Hunde las cejas en señal de ofuscación, tratando de rebobinar el tiempo y recordar el momento exacto en que arropó su cuerpo con aquella tela verdosa.
―Estabas tiritando mientras dormías ―Levi se adelanta a darle una explicación cuando distingue el lío en su expresión.
― ¿Cómo un consolador? ―pregunta sarcástica, recordando la insólita comparación que el chico hizo cuando ella temblaba asustadiza en el teatro Paradise.
―Ajá, y al máximo ―por supuesto, le sigue la corriente, manteniendo ese tono indiferente que le roba una risa tenue a Mikasa.
―Gracias ―le entrega la mantita, no sin previamente haberla doblado y alisado para el agrado de Levi, quien la recibe y resguarda dentro del morral oscuro que acaba de ajustarse.
―Vámonos.
Apenas instala los pies fuera del autobús, maldice ante la gélida brisa que se filtra sin misericordia alguna por cada rincón de su templado cuerpo. Si en Ehrmich hace un frío del demonio, Karanese te congela hasta las neuronas. Afortunadamente, el hotel donde se hospedarán por dos noches se ubica frente a sus ojos, prometiéndole calidez y comodidad en un futuro cercano.
―Atención. Necesito que formen dos filas. El chófer les ayudará a bajar el equipaje mientras yo acudo a la recepción del hotel para confirmar que todo esté en orden. Recuerden, los materiales de la escenografía se quedarán resguardados dentro del compartimiento, por ahora solo retirarán sus pertenencias.
Las órdenes de Nanaba son acatadas en tiempo récord, pues nadie desea convertirse en un cubito de hielo humano. En menos de lo que canta un gallo, Mikasa, arrastrando la mediana valija tras de sí, atraviesa las puertas dobles de la hostería y asimismo la de su correspondiente cuarto. Este último compartido con Isabel y dos compañeras más de clase, Annie Leonhart y Hitch Dreyse.
Oyendo impaciente el tercer pitido que ocasiona el celular en su oreja, Mikasa se desploma sobre la cama de una plaza y media que acaba de escoger deliberadamente jugando al ta-te-ti. A la quinta señal, su mejor amigo se digna a contestar.
― ¿Armin? ¿Ya llegaron? ―no se toma la molestia de saludarlo, yendo directo al grano―. ¿Dónde están?
―Sí, hace unos minutos. Nos alojamos en un hotel cercano al tuyo. El abuelo ya está exaltado solicitando servicio a la habitación ―comenta con cierta diversión, enternecido por la emoción latente dentro del anciano cuerpo―. Ahora mismo estoy en el balcón, es fascinante. ¡Tiene una vista espectacular!
Cuánto le alegra que estén pasándola bien desde el minuto uno. Por supuesto que Bertie consentiría a su nieto con lo mejor de lo mejor, después de todo, cuenta con los recursos de sobra para hacerlo. El abuelo trabajó arduamente desde su adolescencia ―la empresa que se les fue heredada a los padres de Armin años atrás es prueba tangible de ello―, por lo que actualmente solo le queda disfrutar junto a su pequeño y adorable nieto.
―Ya lo creo, envíame una foto luego.
Curiosa, salta del colchón, dirigiéndose al ventanal para desplazar la gruesa cortina de tela grisácea. Relaja los hombros, disconforme. El paisaje frente a sus ojos está lejos de considerarse espectacular, duda que la ruidosa avenida llena de automóviles lo sea. Está a punto de comentarle su opinión a Armin, cuando unos murmullos la distraen de su actuar. A un costado, arrodillada sobre el alfombrado piso, divisa a Hitch luchando arduamente por encender la calefacción, liberando bufidos entre maldiciones que denotan cuánto odia el invierno.
―Por cierto, ¿mañana estás libre en la tarde? ―inquiere Armin tras soltar una larga espiración temblorosa. Claro, charlar estando en el balcón no es una buena manera de combatir la helada exterior, menos para alguien con defensas tan bajas como las suyas.
―Yep. El último ensayo es durante la mañana, específicamente nos toca a las nueve en punto. No estaremos mucho tiempo, mínimo cuarenta minutos ―repite a la perfección las palabras que Nanaba les dijo en medio de una explicación sobre las actividades que realizarían una vez llegados a Karanese. De inmediato, escucha un "genial" al otro lado de la línea―. ¿Por qué preguntas?
―Secreto ―dice risueño, y Mikasa puede imaginar su sonrisa juguetona. Cuando Armin se pone en plan misterioso, es absurdo siquiera intentar extraerle información; todavía le debe explicaciones respecto a la conversación que sostuvo con Levi aquel domingo de parrillada y sigue haciéndose el tonto cada vez que ella saca el tema a relucir―. Te dejo descansar, entonces. Suerte. Te quiero mucho.
―Yo te quiero más ―cuelga, volviendo a cerrar la cortina.
― ¿Conversando con tu novio? ―Hitch se toma el atrevimiento de preguntar, apoyando rendida su sien contra la estufa apagada. El aparato pudo más con ella, declarándose ganador.
―No ―usualmente, la ignoraría por el simple hecho de inmiscuirse en sus temas privados, pero la muchacha no aparenta tener malas intenciones; es más, cree que ha sacado conversación para llevarse bien de buenas a primeras―. Es mi mejor amigo.
―Hm...―ríe vivaracha, tocándose el mentón pensativamente. Mikasa se enfoca en su boca, admitiendo que la sonrisa de Hitch es bastante atractiva―. ¿Segura que solo amigos? Tengo una corazonada, apuesto todo mi dinero a que le gustas, mi sexto sentido lo dice. Eres muy bonita, a parte.
―Pues estoy cien por ciento segura de que está lejos de interesarle el público femenino ―refuta entretenida, sentándose a su lado en el suelo. «Qué tipa más rara», piensa, quitándole el encendedor sin autorización con el fin de encender la calefacción.
―Oh, diablos, olvida lo que dije sobre apostar dinero, ¿sí? ―Hitch acecha todos y cada uno de sus movimientos, contemplando maravillada cómo nacen los tonos azules y rojizos del fuego recién encendido―. Gracias, creí que moriría de hipotermia, ¿sabes? Aborrezco este puto frío.
―Pude deducirlo.
―Como también pude deducir que tú lo amas ―afirma ella totalmente convencida, conforme frota cuidadosamente frente al fuego sus heladas manos a fin de no estropear la bella manicura de sus largas uñas lilas―. Tu piel es tan pálida como la jodida nieve que caerá un día de estos. Adivino, ¿en verano te conviertes en vampiro y tratas de exponerte lo mínimo al sol?
―Vaya, esta vez tu dudoso sexto sentido ha funcionado.
Hitch arroja una ruidosa carcajada, guiñándole el ojo. Beneficiando el ameno ambiente, la mujer de claras hondas rubias saca plática hasta debajo de las piedras como la conversadora profesional que es. Durante los próximos quince minutos, conversan frente a la estufa sobre diversos temas, entre ellos mascotas ―Taffy y el difunto Charlie siendo los protagonistas de esta categoría―, estilos de ropa que normalmente usan, desde hace cuánto practican ballet, etc.
―Lamento cortar sus cuchicheos de lo más interesantes, pero debemos bajar a cenar ―la chica rubia de cansados ojos celestes se interpone entre ambas, mirándolas desde arriba casi con aburrimiento.
―Siempre tan aguafiestas, Annie.
La cena transcurre entre breves charlas gratas y apacibles que les permiten disfrutar la variada comida servida en el buffet del hotel. Todos ingieren con ganas hasta la última migaja, ya que necesitan abastecerse de energías para levantarse temprano y asistir al ensayo general.
Luego de una relajante ducha caliente, Mikasa se sumerge bajo las limpias sábanas de su cómoda cama, no sin antes haberse colocado el improvisado pijama de invierno (camiseta ancha junto a pantalón de deporte) y secado su cabello con ayuda de Annie, quien trajo y compartió a las demás su secador sin problemas, a pesar de mostrar esa expresión de eterno estoicismo que simula llamarte patética las veinticuatro horas. Desliza el cobertor de polar hasta su nariz en cuanto nota que las luces de la habitación se apagan.
Y, apenas cierra los ojos, lista para ahorrar buenas horas de sueño, una intrusa garrapata trepa subiéndose a su cama. Una garrapata humana.
―Ps, Mikasa, ¿estás despierta? ―pregunta Isabel pegada a su oído, fallando terriblemente en el arte del susurro.
―No ―responde en el mismo tono, esperando a que entienda la indirecta y la deje descansar.
―Perfecto. ¿Puedo dormir contigo? Hace frío ―intenta hacerse un espacio, siendo detenida por las palabras de Mikasa.
―Isabel, ¿es en serio?
―Me ofendes, ¿cuándo he bromeado yo?
―Tu personalidad se basa en eso.
― ¿Sabías que el calor corporal es más efectivo para lidiar con el frío? Y no lo pienso yo, lo piensa el lobo de Crepúsculo ―insiste, ignorándola y empleando todos los ases que guarda bajo la manga para convencerla―. ¿Y qué me dices?
―Digo que la cama es pequeña y va a ser incomodo dormir juntas.
―Bah, yo no veo que hayas estado muy incómoda recostada en el hombro de mi hermano. Mira que no soy experta calificando posiciones para dormir, pero hacerlo sentada no es la cosa más maravillosa del universo ―la risita de ardilla resuena en sus oídos, avergonzándola al darse cuenta de que sus compañeros de danza la han visto utilizar a Levi entre sueños―. Les saqué una foto, ¿quieres verla?
― ¿Qué? ―al reincorporarse de sopetón, casi tira a Isabel de no ser porque ésta se aferra como si su vida dependiera de ello a los hombros de la azabache, recobrando justo a tiempo el equilibrio perdido―. Muéstramela.
― ¿Puedo dormir contigo?
―Magnolia ―rezonga, la paciencia comenzando a escasear en su sistema.
―Ackerman ―sonríe de oreja a oreja, dispuesta a no dar su brazo a torcer.
Sin dudas, la ha atrapado, acorralándola entre la espada y la pared, manipulando su fibra sensible. De verdad desea ver aquella foto, aunque sea por unos insignificantes milisegundos; por lo tanto, no le queda más opción que ceder a los deseos de su alborotada amiga.
―Bien ―alza el cobertor, invitándola a entrar a la cálida cuevita bajo las mantas. Isabel tararea contenta y se acurruca contra ella en cuanto ambas se acomodan a su gusto, cual niña consentida a la que acaban de cumplirle el capricho―. Mi parte.
―Veo que te vuelves vulnerable cuando se trata de Levi. Solo fue necesario que lo nombrara para hacer que aceptaras, pero despreocúpate, no se lo mencionaré ―lejos de burlarse, Isabel se muestra enternecida por su actuar, pues un innegable cariño predomina en el tono de su voz cantarina. Mikasa guarda silencio, viendo ansiosa el iluminado rostro de la chica debido a la pantalla del teléfono recién desbloqueada―. Aquí tienes tu recompensa.
Sin pronunciar palabra, apresa el aparato entre sus temblorosas manos, analizando la foto capturada durante su estado de inconsciencia. De no ser por la presencia de Isabel, habría liberado sin problemas aquella sonrisita gustosa que evidenciaba su deleite; en cambio, la seriedad perduró en su imperturbable expresión, conforme se contempla a sí misma recostada en el hombro del chico que arrasa con la apacibilidad de sus sentimientos. Levi también yace con los párpados cerrados y la cabeza apoyada sobre la suya; sin embargo, los brazos cruzados con firmeza y el cable de sus auriculares blancos demuestran que no había ido a visitar a Morfeo, tan solo escuchaba y disfrutaba sosegadamente de la música que transmitía la playlist de su celular.
―Puedes... ―carraspea, armándose de valor―. ¿Puedes enviármela? Por favor.
―Ush, ¡por supuesto! Eres tan tierna estando avergonzada que negarte algo me es imposible ―Isabel la apretuja como a un peluche de felpa, asintiendo repetidas veces a la tímida petición.
A esta altura, todas sus amigas se han percatado del afecto que concibe por el primo de la entrometida que casi la asfixia y deja sin oxígeno en los pulmones. Por consecuencia, cada una de ellas tuvo que pactar un juramento que prometía no abrir la boca ni tratar de abochornarla con indirectas bastante directas frente a Levi.
―Gracias. Te compraré una taza nueva para tu colección ―le da la espalda, dispuesta a conciliar el sueño de una vez por todas―. Ahora calla y déjame dormir.
―Recuérdame sacarles fotos más seguido.
Inmenso. Es el primer calificativo que llega a su mente cuando, a través de la ventanilla del autobús, avizora atónita el auditorio en el que van a practicar dentro de veinte minutos y en el que se presentarán oficialmente al día siguiente. A decir verdad, Mikasa prefiere no cavilar en la capacidad de personas a las que se le permite ingresar; el solo hecho de materializar en su imaginación una considerable masa de gente que muy posiblemente la analice con ojos acusadores, esperando a que cometa cualquier mero error, le instala los pelos de punta. Sí, tal vez exagera y nadie esté enviándole vibras negativas, pero atormentarse es inevitable.
La academia Sina consta de dos grupos que la representan ese año. El primero es la categoría juvenil conformada por menores de trece a diecisiete años, y el segundo los avanzados mayores de edad. De dicha manera, son divididos frente a las puertas del auditorio; la formación permitiéndoles entrar organizados a la instalación, no sin antes aguardar a que los estudiantes de otra academia rival se retiraran al finiquitar su ensayo respectivo.
Mikasa ojea sin mucho interés al grupo de jóvenes que van retirándose en dirección a los autobuses estacionados justo tras los suyos. Según las palabras bordadas sobre las chamarras color crema que llevan puestas, pertenecen a Liberio, una academia bastante reconocida y señalada entre los bailarines.
De pronto, su indiferencia concluye cuando una de las estudiantes se voltea casi como la niña del exorcista a incrustarle la mirada, examinándola con el claro interés plasmado en sus ojerosos ojos. La mujer de ondulado cabello ébano le sonríe amistosa, agitando la mano sutilmente antes de ser jalada del brazo por un muchacho alto que camina a su costado a paso apurado, el cual aparenta estar regañándola por su previa osadía.
― ¿Sabes quién es? ―inquiere Petra tras haber sido testigo de la situación en primera fila.
―Nunca la había visto en mi vida ―Mikasa encoje los hombros, restándole importancia, aunque, ciertamente, le origina curiosidad averiguar por qué aquella joven la ha saludado con tanta familiaridad, como si fuesen amigas o viejas conocidas.
Pronto el tema queda en el olvido, dando a paso al corto ensayo que les permite acostumbrarse al tamaño y piso del escenario. Un explosivo cosquilleo bailotea incesante dentro de la bailarina, vagando por sus extremidades a causa de la conmoción y haciéndole anhelar que la práctica fuese eterna para poder danzar cuanto quiera en aquel lugar tan maravilloso. Las piezas de utilería están en perfectas condiciones y, afortunadamente, no sufrieron ningún daño durante el viaje. Los bailarines eufóricos por competir en las nacionales y más que dispuestos a conseguir la victoria. En resumidas cuentas, todo se encuentra listo, en completo orden.
A las diez y media, Mikasa está de vuelta en el hotel, vistiéndose abrigadamente para asistir al punto de encuentro que Armin le envió por WhatsApp un par de minutos atrás, situado a tres cuadras de su ubicación actual. Envolviéndose una bufanda negra alrededor del cuello, abandona el sitio donde se hospeda.
Karanese es, sin dudas, una ciudad estrepitosa y aglomerada de gente, aunque estas características no le quitan el innegable encanto que posee. Las calles escrupulosamente limpias, plantas bien cuidadas decorando el entorno y los edificios ordenados estratégicamente ofrecen una perspectiva que, desde luego, a Levi debe agradarle. «Otra vez, el gatito mimoso inmiscuyéndose en mis pensamientos», concluye, liberando un bufido que acaba transformándose en una sonrisa fantasmal.
― ¿En qué piensas? ―Armin acapara su campo de visión, obligándola a anclar los talones al piso y parar de sopetón para no llevárselo puesto.
― ¡Dios, no hagas eso! ―pega un leve brinco del susto y, automáticamente, endurece cada una de sus facciones, pronosticando las burlas que se le serían arrojadas luciendo aquella típica faceta de colegiala enamorada―. De todos modos, ¿de qué hablas? No estoy pensando en nadie.
―Dije "en qué", no "en quién". Tonta, te dejas en evidencia tú solita con esa sonrisa que haces cuando piensas en tu chico ―responde en el mismo tonito insinuante, inclinándose hacia un costado conforme resguarda las manos en la calidez de sus bolsillos. Al ladear la cabeza en un ademán curioso, Mikasa piensa que Armin adquiere la apariencia de un adorable gatito llevando esas orejeras peluditas color celeste que lo abrigan―. ¿Y? ¿Ya programaste la fecha de tu confesión?
―Cuando volvamos a casa. Por el momento, quiero enfocarme en las nacionales.
―Inteligente decisión ―asiente, dándole la razón, al tiempo que recarga su peso sobre el capó del auto estacionado frente al hotel―. Lo que sí, ¿podrías grabarte cuando lo hagas? No quiero perdérmelo.
― ¡Armin!
― ¿Qué? He estado esperándolo por más de medio año, tengo el derecho a ver cómo...
―Olvídalo ―interrumpe, proporcionándole un leve empujoncito―. ¿A dónde vamos?
―Según el abuelo, conoceremos el centro de Karanese y...
― ¡Y nos iremos de compras! ―Bertie entra en escena, frotándose las manos. Tal vez por el frío, tal vez por la emoción, quién sabe―. Yo pago todo. Y nada de peros, niña ―detiene a la mencionada antes de que pudiese objetar algo al respecto, asiéndola entusiasmado del brazo.
Durante las próximas tres horas, dan un ameno recorrido por los puntos turísticos de la zona y, con ayuda de la cámara del mayor, inmortalizan los momentos en papel fotográfico, creando bellos recuerdos y anécdotas graciosas principalmente protagonizadas por Bertie Arlert. A pesar de su avanzada edad, el abuelo guarda más energías que cualquier joven en sus mejores años, yendo de allá para acá y derrochando billetes como si no hubiera un mañana.
― ¿Qué se cree, un Kardashian? ―pregunta la fémina del grupo, divisando la cuantiosa cantidad de bolsas preparadas en un mostrador, todas y cada una destinadas a su uso.
―No, pero intenta competirles ―ríe Armin a su lado.
Cerca del mediodía, tras comer diversos dulces característicos ―Mikasa en menor medida debido a que, si Nanaba descubre mediante su sexto sentido que ha estado de glotona antes de la competencia, la decisión más sabia sería fingir su muerte― finiquitan el recorrido en una plaza artesanal, cuyos extremos disponen de varias hileras de puestos donde venden chucherías. Armin prácticamente corre ―algo considerado un suceso histórico― a la caseta de piedras preciosas incrustadas en forma de anillos, colgantes y pulseras; por su parte, Bertie se interesa en los discos antiguos y Mikasa tan solo avanza en busca de alguien que venda tazas a un precio accesible. Por suerte, tiene que caminar escasos metros hasta toparse con uno atendido por una mujer mayor que ronda, aproximadamente, los cincuenta años.
Apenas recibe un saludo de bienvenida, Mikasa inclina el torso a fin de ojear con mayor precisión cada uno de los objetos exhibidos. Sospecha que está tardándose demasiado en cumplir su labor cuando la vendedora se anima a interceptar el silencio y preguntar:
― ¿Buscas algo en particular?
―Es complicado. La persona a la que quiero regalársela tiene una colección interminable de tazas ―explica, todavía sondeando atentamente, dándose cuenta de que la mayoría se parece a las que Isabel guarda en la gran repisa de su habitación que llega al techo―. Además, pronto es su cumpleaños, necesito que sea especial.
―Debes apreciarla mucho.
―Mm, algo por el estilo ―responde sin dar detalles de más. No es precisamente buena para expresar sus sentimientos, aunque sí es verídico que Isabel se ha ganado parte de su corazón gracias a su alborotada dulzura.
― ¿Sabes?, siempre me ha gustado decir las cosas por su nombre ―comenta la mujer, colocándose en cuclillas y perdiéndose bajo el mostrador de madera.
Mikasa hace lo posible para impedir que su entrecejo se arrugue. «Señora, solo quiero una taza, no una lección de vida». Mas, pese al rumbo pesimista de sus pensamientos, guarda silencio y la deja seguir con su descifrable monólogo. Tampoco le molesta que le saquen plática mientras encuentra el regalo ideal.
― ¿Tienes novio, jovencita? ―inquiere. Al confirmar la negativa de Mikasa, reanuda su oración, conforme busca algo dentro de una enorme caja llena de plástico burbuja―. ¿Entonces, te gusta alguien?
―Algo por el estilo.
―Ahí va de nuevo "algo por el estilo", qué testaruda. Desde mi experiencia, puedo asegurarte que demostrar con palabras, a veces, es algo que debes hacer, sí o sí, aun si te avergüenza ―saca cuidadosamente una taza y la desenvuelve ante los curiosos ojos grises de la menor―. Esta era la favorita de mi esposo ―el "era" llama su atención; no hay que ser muy inteligente para adivinar lo sucedido―. Lamentablemente, falleció hace un par de años. Él también coleccionaba tazas, jamás las usaba, eran un decorativo en la sala de nuestro hogar. Dudé bastante a la hora de venderla, a varias personas les interesó, y no tuve el valor de hacerlo.
La vista de Mikasa analiza el objeto que ahora yace en la palma de su mano. No recuerda haber visto nada similar decorando la estantería de Isabel.
―Eres muy parecida a mí de joven. No me atrevía a expresar cómo verdaderamente me sentía. Jamás le dije "te amo" a mi esposo, ni una sola vez. ¿Puedes creerlo? Hasta el día de hoy me arrepiento mucho. No procesaba en lo bonito de saber con palabras cuánto te quieren ―hace una breve pausa―. A veces, las acciones no son suficientes. Es necesario que exista un equilibrio o tus sentimientos nunca llegarán en su totalidad a la otra persona.
Lo sopesa un segundo. Cuando supo con certeza que Levi le gustaba, en ocasiones se descubría añorando estar acobijada entre sus fuertes brazos y que un "te quiero" abandonara los labios del chico. Tan cursi. Sin embargo, él es tan duro como una piedra en cuanto a lindas palabras se trata, por lo que siempre demuestra su preocupación a través de acciones. Y no es que desprestigie estas últimas, pero el juego de tira y afloja entre ambos terminaría siendo interminable si ninguno de los dos tomaba el valor de abrir la boca para enunciar su verdadero sentir.
― ¿Por qué vende las tazas? ¿No le gustaría conservarlas? ―pregunta, ya que, inocentemente, es lo mismo que ella hizo con las pertenencias de su madre.
―Eso lo pensaba también en un principio. No obstante, cada una me ataba al recuerdo de un fantasma que jamás volvería. Fue insoportable, doloroso hasta cierto punto, y creo sentirme lista para soltarlo ―exhala, como si revelar aquello quitase una carga abrumante de sus hombros―. ¿Te gusta?
―Sí, es perfecta ―asiente, mientras saca de su bolsillo la cantidad de dinero requerida y la mujer envuelve su compra.
―Si es así, espero que igualmente le guste a esa persona ―al terminar de hablar, sus ojos pardos se vuelven cristalinos, mas no dejan escapar ninguna lágrima. Mikasa puede adivinar que, lejos de estar triste, la felicidad y el alivio prevalece en su semblante.
―Estoy segura de que sí. Muchas gracias, señora...
― ¡Señorita Margaret! Es un gusto verla nuevamente ―interrumpiéndola sin un ápice de cautela, un hombre se posiciona a un lado del puesto, sacándose el sombrero y ejerciendo una reverencia que a Mikasa le resulta graciosa―. Se ve tan hermosa como de costumbre.
―Fred, ¿cuántas veces le he dicho que no haga eso? Asusta a la muchacha ―lo regaña, cruzándose con firmeza de brazos.
Sintiéndose un mal tercio, Mikasa opta por retirarse, sujetando en su mano la fina bolsa de papel y mirando de reojo al majo anciano coqueteando a la antigua. Esboza una ladina sonrisa, yéndose a reunir con Armin y el abuelo, quienes se extraviaron en el mar de gente apenas separaron caminos. El pasillo repleto de individuos la obliga a ser más precavida con tal de no dañar la frágil taza. Por consecuente, su espalda acaba chocando contra alguien al esquivar a un niño circulando en monopatín.
―Disculpe, no fue mi... ―voltea, dispuesta a pedir perdón, hasta que unos preciosos ojos azules la distraen de su acción―. ¿Levi? ¿Qué haces aquí?
―Comprando, evidentemente ―revela con su tradicional sarcasmo, a lo que Mikasa gira los ojos, esperando una respuesta más específica―. Kuchel me pidió que le llevara un regalo cuando visitara Karanese.
― ¿Y ya encontraste algo?
― ¿Tengo cara de haber encontrado algo?
―Veo que nunca encuentras nada ―inmediatamente, recibe un "¿Te comiste un payaso, mocosa?" de su parte―. Vamos, gruñón, no sufras más. Te ayudaré.
Elegir un obsequio junto a Levi es peor de lo que imaginaba. Llamarlo caprichoso e indeciso se queda corto, es sumamente insoportable porque nada lo convence al cien por ciento. «Y según las mujeres somos complicadas», piensa Mikasa al verlo rechazar el décimo sexto puesto.
―No me gusta.
―Levi, tu gusto se resume a cloro y té ―bufa la joven, masajeándose la sien en busca de paciencia―. Si se supone que el regalo es dirigido a Kuchel, debe ser algo que le agrade a ella, no a ti. Piensa un poco, ¿qué le gusta a tu madre?
―Los gatos y el vino tinto ―Mikasa aguarda a que él agregue otra cosa, pero Levi se limita a mirarla expectante sin decir más―. ¿Qué?
―Nada ―acomoda bien la taza contra su pecho―. Retrocedamos un par de puestos. Vi algo ahí, probablemente te convenza.
―Como digas.
Las diversas esculturas talladas en madera, afortunadamente, lo persuaden de seguir buscando. Entre ambos, seleccionan una mediana en forma de gato siamés. Los minúsculos detalles trazados verifican el minucioso y pulcro trabajo de los vendedores, quienes, al mismo tiempo, se encargan de fabricarlas. O eso entendió de la amena conversación que ellos mantenían con un par de clientes.
En su camino de vuelta al principio, donde seguramente se reunirá con Bertie y Armin, Mikasa rezonga. Verse forzada a detener su andar cada dos segundos aumenta sus niveles de irritación, como también los de Levi, a quien oye maldecir constantemente e insultar a la gente por el mero hecho de existir y cruzarse en su camino. Reiría de su mal humor si poseyera las suficientes ganas.
―Ven ―logra oír antes de que apresen su espalda baja.
Levi se abre paso, guiándolos a ambos y, prácticamente, apartando a los individuos frente a él sin un ápice de delicadeza. Mientras tanto, Mikasa admira la palma que apretuja suavemente el costado de su cintura. Las mariposas en su estómago juguetean libremente, gustosas ante el íntimo contacto.
Pronto pasan frente al puesto de tazas y, de soslayo, pilla a la señora Margaret, junto a Fred, observándola juguetonamente, indicando con un movimiento de su mentón la unión entre ambos. Por suerte, el detalle pasa desapercibido para Levi. Mikasa sonríe, abochornada. "Demostrar con palabras, a veces, es algo que debes hacer, sí o sí, aun si te avergüenza". Sí, tal vez, solo tal vez, adelante la fecha de su confesión.
Yo, 14:05.
Armin, ¿dónde están? Estoy segura de haber dado vuelta la plaza dos veces y no los veo por ninguna parte.
Alza la vista, confirmando una vez más el mensaje enviado.
Chiki Armin 14:05.
Oh, estamos yendo al hotel. Te noté muy entretenida con tu chico, así que le dije al abuelo que nos retiráramos para darte más tiempo con él.
De nada.
;)
Yo 14:06
Nunca sé si te amo o te odio. Creo que estás en un punto medio.
Chiki Armin 14:06
Me amas, lo sé.
Ah, y no te preocupes por las cosas que te compró el abuelo. Yo me encargo. Disfruta tu paseo de regreso.
Termina de ajustarse correctamente las zapatillas de ballet, lista para practicar una última vez antes de la cena, ya que no tendrá oportunidad de hacerlo más tarde. Casi al mismo tiempo, la puerta del cuarto compartido se abre de par en par, permitiéndole la entrada a una alborotada Isabel que pasea comiendo garrapiñadas acarameladas sin miedo a la segura ejecución de Nanaba.
― ¡Mikasa! ¿Me extrañaste? ¡Yo sí a ti! ―camina, dando saltitos al estilo Bambi hacia su cama, en donde se desploma cual pesada bolsa de papa―. ¿Vas a ensayar otra vez, y a esta hora? Mi hermanito te ha pegado lo obsesivo, evidentemente. ¿Quieres que te ayude? ¡No, espera! Olvídalo, acabo de devorar muchas cosas de dudosa procedencia y estoy súper llena, apenas puedo moverme. Debo ser la gemela perdida de Sash... ―detiene el típico discurso de cada día cuando su vista reposa sobre la mesilla auxiliar ubicada a su izquierda―. ¿Y esto?
―Es para ti, ábrelo ―aporta por fin, iniciando el calentamiento.
La muchacha de melena rojiza no se contiene al abrir la bolsa y extraer de ella su regalo. «Tres, dos, uno...», Mikasa realiza un conteo mental y, de inmediato, sus tímpanos son taladrados por un aturdidor grito lleno de la más pura felicidad. Sonríe. Le hace feliz verla feliz.
― ¡Oh, por Dios, no puede ser! ¡Es la mejor taza del mundo! ―la analizó desde todos los ángulos posibles con sus brillantes ojitos esmeraldas―. Pensé que anoche bromeabas.
―Recordé que en una semana es tu cumpleaños.
Isabel deposita su nueva taza en forma de pájaro sobre la superficie de madera y camina decidida hacia su dirección. De imprevisto, siente dos manos en sus mejillas que le demandan inclinarse a la altura de la más baja, cuya expresión demuestra seriedad, algo inusual en el comportamiento de la chica.
―Necesito, ¡no!, exijo que seas mi cuñada. Por ende, mañana conseguiremos la victoria, tomaremos ese autobús de vuelta a nuestro hogar y te le declararás a mi tonto hermano. ¿Estamos?
Bien, creo que no tengo una buena excusa para tapar estos 3 meses sin actualización. Siendo sincera, cuando me sentaba frente a la computadora, mis ganas de editar el capítulo se esfumaban. Porque sí, esto está escrito desde hace dos meses y medio, aproximadamente, lo único que tenía que hacer era repasar y corregir errores.
Disculpen si no he respondido sus comentarios o los mensajes. No he abierto Wattpad en todos estos meses y hay bastantes notificaciones acumuladas sobre actualizaciones, anuncios y demás. Prometo tomarme el tiempo de contestar cada uno. Aunque no será esta semana, tal vez la siguiente, ya que estaré en un lugar sin señal, mucho menos internet.
Ojalá les haya gustado el capítulo, aunque admito que le he metido un poco de relleno. En el siguiente, gracias a Diosito, vienen las nacionales. Por lo tanto, de mí para mí: agarrate, Catalina.
Creo que va a ser de los más complicados, ya que tengo que buscar los pasos de las coreografías, crearlas en sí, y estoy bastante oxidada con el ballet. Tal vez le pida ayuda a mi hermana.
Eso es todo. En cuatro horas tengo que derpertarme para prepararme e ir al colegio (ojalá lo logre), así que me despido. Espero que estén bien, los quiero.
