Los personajes no son míos. Pero la historia y los diálogos son completamente de mi autoría, así como Casper también me pertenece.


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Acéfalo

5

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Esa fotografía mostraba una parte muy diferente de Sam. En su atrofiada memoria, ella nunca fue amiga de Paulina, pero de eso ya no estaba tan segura.

Y por todos los cielos, Casper no ayudaba en nada. Por primera vez, Sam sintió que lo odiaba, porque su risa estridente más que parecerle graciosa, la avergonzaba e irritaba.

—¿Eras una de esas animadoras en secundaria? —se burló de ella, sosteniendo la fotografía entre sus delgados dedos—. ¿Con pompones de colores, uniforme y cintas luminosas en el cabello?

—Cállate —masculló—. Que fuera amiga de Paulina no significa que yo haya seguido sus mismos pasos. Te puedo asegurar que yo nunca fui...

—¿Tan alegre y divertida? —interrumpió con aire burlesco. Sam le arrebató la fotografía de las manos, y Casper fingió limpiarse una lágrima imaginaria—. Disculpa, cielo. Uhm, es inevitable teniendo en cuenta tu personalidad —Sam lo fulminó con la mirada—. Lo lamento, de verdad, uhm.

—Yo soy gótica... O al menos lo fui por mucho tiempo. Pero te aseguro que yo nunca fui una estúpida animadora.

—Lo sé muy bien, cielo. Uhm, esos murciélagos en tus cuadernos, tu ropa encantadoramente negra, y tu personalidad inteligente y amargada te delatan.

—No soy amargada —se quejó, pero Casper la besó en los labios—. Soy reservada, lo cual es muy distinto —concluyó. Sam tomó nuevamente la fotografía y la contempló con atención y a Paulina en ella. A simple vista parecían ser las mejores amigas de todo el universo, pero había algo que sencillamente no cuadraba en la imagen—. Está claro que se trata de mi letra, pero no fui yo quien escribió eso. No lo recuerdo.

Además, nunca mencionó a Paulina en su diario de esa forma. La describía como un rival, y Sam no era el tipo de amiga hipócrita que actuaba de una forma y luego hablaba a las espaldas de la gente. Ella no era así.

—¿Cómo puedes estar segura, cielo? Tus recuerdos están perdidos por todos esos años que viviste en Amity Park —la abrazó por la espalda, recargando el mentón en el espacio entre su cuello y la melena oscura de su novia—. Pero esa no es la cuestión ahora. Tienes una "amistad" que nos puede beneficiar... A ti, claro.

—¿Qué quieres decir, Casper?

—Uhm. Según lo que me contaste, ella es una estudiante de psicología, y hace sus prácticas en Casper High, ¿cierto?

—Eso fue lo que dijo. ¿Pero qué tiene que...?

—Cielo, odio ser yo quien te diga esto, pero debes usar tu bellísima cabeza para pensar más profundo.

—Te odio —frunció el ceño, Casper apretó y besó sus mejillas. Lo cierto es que no lo odiaba.

—Utiliza tu amistad con Paulina para entrar al archivo escolar. Es eso, o bien puedes sentarte en un café con tu amiga para ponerse al día con una plática demasiado incómoda, con un vestido floreado.

Sam frunció el ceño, luego se le abrieron los ojos de sorpresa. ¡Bingo! Casper era idiota e infantil a veces, pero tenía que admitir que su novio era algo más que una cara bonita, también era todo un genio cuando se lo proponía. Precisamente era su intelecto lo que más le atraía.

—Descarta el café. Paulina y yo... Me da escalofríos de sólo imaginarlo.

Casper rió.

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—No entiendo porqué querrías ver un montón de archivos empolvados —dijo Paulina, dirigiendo a Sam entre los largos pasillos de la escuela.

—Yo no entiendo cómo es que terminaste aquí —susurró, pero Paulina pudo escucharla de todas formas, y le dedicó una mirada confusa de soslayo.

—¿Qué?

—Sencillamente, te imaginé embarazada antes de terminar la secundaria.

—¡¿Qué?! ¡Qué horror! —se detuvo en una gran puerta, y Sam a su lado también. Sacó de una cartuchera un par de llaves y buscó por un segundo las correctas para introducirlas en el cerrojo—. ¿En qué clase de concepto me tienes, amiga?

A Sam le provocó repugnancia escuchar la palabra "amiga". No terminaba de acostumbrarse y no lo haría jamás.

—Nunca fuiste una chica muy lista, sino todo lo contrario —Sam se cruzó de brazos, mirándola agresivamente—. Sinceramente, siempre te vi con un hijo de Dash en brazos.

Paulina abrió la boca, luego hizo una mueca como de asco.

—Entiendo que no recuerdes que yo era el primer lugar de la clase —abrió la puerta y se colocó frente a Sam—. Y que hayas olvidado nuestras noches de chicas en mi casa y nuestras conversaciones acerca de cuánto nos gustaba Dash a las dos. Lo entiendo, en serio, pero yo nunca me atrevería a salir con el novio de una amiga.

—¿Qué? Espera... ¿Qué? ¿Estás diciendo que Dash y yo...?

—Claro que sí. ¡Cuánto lo quisiste, Sam! Lástima que el imbécil te rompió el corazón al aceptar la beca de fútbol en el extranjero.

—¡¿Qué?! —los ojos estaban a punto de saltar de sus cuencas—. ¡¿Dash y yo?!

Paulina asintió, poniendo una mano sobre su hombro.

—Por supuesto. Pero ahora sales con alguien más, ¿verdad?

—Sí... —hizo una pausa—. Creo que no te había contado nada sobre eso, ¿cómo lo sabes?

Paulina pareció anonadarse ante la cuestión, desviando la mirada azulina de inmediato.

—Ah... pues —balbuceó al mismo tiempo que jugaba con sus dedos—. Te vi en una camioneta con un chico.

Paulina no se atrevió a encararla, y eso resultaba todavía más perturbador.

Sam la examinó curiosa. No obstante, en ese mismo momento, el teléfono de Paulina comenzó a sonar, y ésta se apresuró a atender con una velocidad increíble. Ante la llamada, Paulina solamente contestó con monosílabos, decía únicamente "Sí" o "No", y colgó en menos de un minuto. Después cerró con llave las puertas de la biblioteca del archivo y se volvió a Sam para enfrentarla, todavía algo nerviosa.

—Lo del archivo, creo que hoy no podrá ser.

—¿Por qué no?

—El jefe no está de acuerdo.

—¿Quién es el jefe?

—¿Quién? —lo meditó unos momentos—. El Sr. Lancer.

A Sam no le convenció aquella respuesta. Había algo muy extraño en toda esa situación, incluso llegó a pensar que se trataba de una falsa actuación, y eso abrió nuevas interrogantes.

¿Actuar? ¿Para qué? ¿Para qué necesitaba Paulina actuar, o quién la obligaba a hacerlo? Tendría que existir una persona detrás de todo. Y se le enchinaba la piel de sólo imaginar que esa persona pudiera tener una relación con su pasado.

Sam detuvo por el codo a Paulina cuando estaba por irse.

A esas alturas, ya nada podía perder con intentarlo.

—¿Conoces a Danny y a Tucker? —preguntó seria y fría. Paulina tembló un poco.

—¿Danny Fenton y Tucker Foley?

Sam aprobó con un movimiento de cabeza.

—¿Los conoces? —repitió.

—¿Por qué no lo haría? Fueron nuestros compañeros.

—¿Sabes dónde se encuentran ahora?

Paulina no contestó enseguida, sino que tomó un par de segundos para reparar en sus palabras, como si temiera contestar con algo que pudiera comprometerla.

—No tengo la menor idea. Supongo que estarán en algún lugar del globo terráqueo, disfrutando su romance prohibido, o qué sé yo.

—¿Romance prohibido?

—¿No lo recuerdas? —alzó una ceja—. Ah, por supuesto, perdiste la memoria —dijo irónicamente, de una forma tal que hizo desconfiar a Sam—. Ellos dos son pareja, o algo así como novios.

De todo lo que había esperado escuchar Sam, eso fue lo único que no había considerado. No conocía a esas personas, no las lograba recordar, pero nada encajaba con lo que ella había escrito en su diario de ellos. Tenía una vaga idea de que los tres eran buenos amigos. Inclusive, creyó que estaba enamorada de Danny y él de ella, por la forma en que solía hablar de él.

Soltó a Paulina y la dejó ir. La cabeza le zumbó repentinamente, y el suelo se oscureció. Todo fue negro después.

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Cuando despertó a la mañana siguiente, ya le había contado todo a Casper sobre Paulina, y para sorpresa de ella, su novio no se había burlado como siempre, sino que estaba más bien ecuánime.

Le había dicho a Casper que no quería volver a encontrarse con ella, que le resultaba ser tan falsa, como una especie de androide programado, y esa idea se le antojó como cierta.

En cambio, Casper la convenció de volver a la escuela para investigar de alguna otra forma.

Y ahí estaba Sam, frente a Casper High, obligándose a rememorar todos los momentos que pasó allí, intentando ver a Danny y a Tucker en su mente, mientras Casper la esperaba en la camioneta.

Cerró los ojos para concentrarse mejor, pero no pudo. Escuchó mucho ruido en su interior, a pesar de que todo era silencio a su alrededor; y la luz del sol la llegó a cegar aún con los ojos cerrados. Estaba por volverse loca, si es que no lo estaba ya, pero cómo saberlo.

Suspiró con una enorme pesadez, agotada mentalmente y dispuesta a olvidar toda esa farsa. Al abrir los ojos, volvería hacia Casper, y los dos se montarían en aquella vieja camioneta y regresarían con mucho cuidado a Ghost City, y su única preocupación sería no estrellarse a causa de la neblina y la nieve. Después estaría con Casper tumbados en el sofá, y éste no pararía de hablarle sobre los nuevos polluelos que acaban de nacer en el rancho de su padre; luego terminarían devorándose los labios entre besos tiernos y ardientes. Sí, estaba decidida a renunciar y retomar su vida ordinaria en Ghost City.

Abrió los ojos lilas, sonrió para sí misma y se dió media vuelta.

Todo pasó en pocos segundos. Sam cayó al suelo de espaldas y alguien a su lado también cayó sobre el duro pavimento.

Levantó la vista para ver con quién había chocado, y sucedió. Sam miró bien a esa persona y se paralizó completamente. ¡Era él! ¡Era ese chico de los ojos verdes! ¡Sin duda alguna era él!

Pero sus ojos no eran verdes, eran azules. Y su cabello no brillaba como la plata, su cabello era tan oscuro como la noche. Y sin embargo, Sam estaba segura de que se trataba de la misma persona.

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Un par de ojos azules como el cielo, era todo lo que podía contemplar en ese momento. La cautivaron fugazmente y Sam no supo por qué, pero de repente, se dejó perder en ellos. ¿Cómo es que podían ser tan parecidos a los ojos verdes y brillosos que todas las noches atormentaban sus sueños? Tenían algo en común.

Y entonces, Sam viajó sobre el chico que tenía enfrente. Su cabello, totalmente negro, se movía con ligereza, y cada una de sus facciones la hicieron estremecer. Fue como si el tiempo se hubiera detenido y sólo existiera ella mirando a un joven extraño que en su vida había visto, y sin embargo, tenía la impresión de conocerlo desde hace mucho tiempo, desde siempre.

¿Quién era y por qué le producía una sensación tan extrañamente peculiar?

Los iris, intachablemente, celestes de él se clavaron en toda ella, examinándola. Y Sam juró que su cuerpo reaccionó con un temblor perceptible. Él la analizaba ferozmente, paseando las grandes y vivaces pupilas por todo su cuerpo. En ese instante, una corriente de electricidad se instaló en el vientre de Sam, enchinando su piel, que combinaba perfectamente con la ráfaga de aire helado que mecía las ramas de los árboles.

De pronto, el chico pareció aligerar los hombros y le sonrió ampliamente, demostrando una línea perfecta de dientes blancos. A Sam comenzó a hervirle la sangre, sintiéndose acalorada en un segundo. ¿Por qué le sonreía? ¿Acaso las personas pueden sonreír con tanta facilidad a un completo desconocido?

Se obligó a desviar la mirada.

—¿Te encuentras bien? —le habló con tal serenidad que Sam se sobresaltó. Lo miró una vez más, no sabiendo descifrar si su voz se escuchaba demasiado grave o demasiado suave, porque en realidad era una mezcla de ambos—. ¿Te hiciste daño? Si es así, espero me sepas disculpar. Iba caminando tan distraído que no noté que te encontrabas ahí.

Sam lo miró atentamente, procesando sus palabras. ¿Por qué su voz resultaba familiar de pronto?

—¿Te lastimaste? —le preguntó otra vez, pero Sam no reaccionó.

Enarcó una ceja y se aseguró de inspeccionar en él. Era un chico atractivo, no cabía duda, era el tipo de joven que podía conseguir cualquier mujer que quisiese gracias a su buen físico; es decir, no era el típico fortachón ni mucho menos, pero contaba con un rostro angelical y una carita dulce como hecha de porcelana. No obstante, algo le decía a Sam, que también era el tipo de hombre de mala suerte, ese al que no todo le iba bien y todo le salía mal.

—¿No hablas? —se acercó a ella, y hasta entonces Sam descubrió que se dirigía a ella—. ¿O acaso eres tímida?

—Yo... —balbuceó, y enseguida agachó la cabeza para negar. Indudablemente ya había hecho el ridículo—. Descuida, estoy bien —respondió tajante, ignorando el inexplicable nerviosismo que aquella persona le ocasionaba. Carraspeó la garganta para llenarse de seguridad—. En parte fue culpa mía, me giré sin ningún tipo de precaución.

Él volvió a sonreír, y Sam lo notó por el rabillo del ojo. ¿Cómo no hacerlo, si creía que tenía una sonrisa tan espectacular como la de Casper? Incluso, el hoyuelo formado alrededor de la comisura de sus labios le hacía adquirir un aspecto encantador. Sam aceptó que esa sonrisa era aún más resplandeciente que la de su novio.

—Entonces ambos somos un par de descuidados y culpables a la vez —se aproximó un poco más y Sam se sobresaltó—. ¿Te he visto antes?

—¡No! —se apresuró a decir, sorprendiéndose a sí misma—. Es decir... No lo creo, no estoy segura. Soy nueva por este rumbo, dudo que antes nos encontráramos.

—¿De verdad? —se llevó una mano al mentón, como tratando de hacer memoria—. Supongo que es cierto. Aunque tengo la impresión de que ya nos hemos visto en algún otro sitio, porque entre más te veo, más siento como si ya te conociera.

—¡Eso es imposible!

—¿Por qué?, ¿no crees que se trate de una casualidad? —dijo.

Sam se encogió de hombros, evitando responder. Ella sentía lo mismo, y el presentimiento se volvió todavía más persistente.

—Como te dije: soy nueva aquí —recalcó.

El chico se puso serio repentinamente.

—Y... ¿no te gustaría conocerme?

Ella rió de forma irónica.

—¿Es imaginación mía, o un completo desconocido intenta coquetear conmigo?

Ese joven, indudablemente apuesto, de sonrisa perfecta y ojos inquietantes, contaba con algo que la cautivaba más y más. Sam gruñó para sus adentros. ¡Qué incómoda situación!

—No es imaginación —carcajeó lentamente, acomodando los codos encima de las rodillas—. Pero, sinceramente no estoy buscando coquetearte, sólo digamos que, si el destino ya nos juntó de esta manera, ¿por qué no presentarnos?

—¡Claro! Este es, posiblemente, el lugar y la posición ideal para entablar una bella amistad —rodó los ojos—. Mi pierna tiene ahora un feo raspón que muy probablemente mañana se volverá morado y me dolerá, pero nada de eso me importa porque estoy deseosa de saber tu nombre. ¡Es como un sueño!

—De acuerdo, debo admitir que tu sarcasmo es sumamente cruel, y duele —se sacudió el polvo de la ropa, y sin ninguna clase de esfuerzo se puso de pie. Sam lo observó nuevamente, era un chico alto, no tanto como lo era Casper, pero sí mucho más que ella—. Déjame ayudarte —le tendió una mano.

Sam se quedó ahí sobre el suelo, fijando las pupilas en la mano abierta. Estaba consciente de que comparar a Casper con ese chico estaba mal, muy mal.

—¿Por qué te sacudes y después te pones en pie? —interrogó curiosa—. ¿No es común sacudirse después de haberse levantado?

El joven se asombró, pero rápidamente torció la boca.

—¿No es más divertido lo que no es común?

Le puso la mano en la cara, mas Sam exclamó una sonrisa por poco invisible pero que él si vio.

—Odio que me respondan con otra pregunta...

Levantó el brazo derecho, lo bastante confiada como para acceder a su mano abierta. ¿Cuál sería la sensación al tocarlo? Quería sentir su piel.

Alargó los dedos, estaba a pocos centímetros de hacerlo, a milímetros. Podía disfrutar de la calidez que emanaba su piel... ¿Por qué?, ¿por qué el corazón le latía tan rápido?

—¡Sam!

Escuchó su nombre con aparente preocupación. Sam se enfocó alrededor y descubrió a Casper acercándose a ella. Bajó la mano rápidamente y esperó a su novio.

—Caspe...

No terminó cuando Casper ya la había tomado entre sus brazos, apoyándola en su propio cuerpo para ayudarla a ponerla de pie.

—Con cuidado, cielo —la abrazó, y si no se dio cuenta de que Sam no correspondió al abrazo y que buscaba la mirada del otro chico, entonces fingió no tomarle importancia—. ¿Te hiciste daño?, ¡dios mío! En cuanto vi que habías caído, no pude quedarme quieto, perdóname, pero no puedo simplemente esperar si estás en problemas.

—Casper —bajó la voz, apenada—. No era necesario. Estoy bien, en serio.

—¡Uf! Al menos —suspiró, agarrando a Sam y besándola en los labios de forma posesiva. Luego, se giró hacia el chico de rostro bonito—. Gracias por ofrecer tu ayuda a mi novia, te pido disculpas si ella te ofendió en algún momento —palmeó amistosamente el hombro del joven.

—Casper —lo regañó, golpeándolo en la espalda. Sam era consumida por una eterna vergüenza. ¿Acaso era una niña a la que tenían que cuidar constantemente?

—¡Ah! No, no pasa nada —contestó, consternado. Sam lo miró por sobre el cuello de Casper—. Hasta luego, chica extraña —se despidió con un saludo.

Sam abrió la boca para despedirse igual, pero al reparar en la tensión acumulada en los hombros de Casper, decidió quedarse callada.

—Sam, vayamos a la camioneta.

Casper caminó primero, dejándola atrás. Estaba enojado, ella lo sabía.

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—¿Lograste averiguar algo? —le preguntó.

—Eh. Pues, no realmente.

—Entiendo.

Casper manejaba a gran velocidad por las calles, que ella apenas y recordaba, de Amity Park. Su novio tenía el ceño fruncido y se aferraba con coraje al volante, sin detenerse en los baches del pavimento, no importándole dañar el motor. ¡Tendría que estar tan enfadado como ni para atreverse a mirarla!

Y Sam se sentía culpable, porque estando sentada a su lado, ella solamente podía pensar en el chico desconocido y no en él. Si tan sólo Casper no hubiera llegado en ese momento, quizás el extraño le hubiera revelado su nombre.

—Sam...

—¿Uhnm?

—Tengo un plan.

Tal vez era cierto que ella y ese chico de ojos celestes se conocían desde hace tiempo. Sam había mentido diciendo que era su primera vez en el pueblo, pero ¿y si no? Existía una poca probabilidad de que ese tipo fuera conocido suyo. Estaba convencida que olvidar a un joven tan atractivo como él, sería imposible.

—¿Sam? Tengo un plan —repitió con más fuerza, pero Sam seguía abstraída en el paisaje de la ventanilla—. Sam...

—¿Qué? —se volteó precipitadamente hacia él—. ¿Decías algo?

—Tks. Maldita sea —gruñó iracundo, lanzando un golpe al volante, ocasionando que la camioneta se volviera violentamente hacia la izquierda. Sam ahogó un grito, aterrada, y Casper detuvo la camioneta—. Estás pensando en él, ¿verdad? En ese chico.

—Casper...

—¿Me equivoco?

Se encogió en su asiento, y asintió.

—Lo lamento, Casper.

Ella no era una mujer que llorara con facilidad, sin embargo, las lágrimas se asomaron sin poder impedirlas. Casper, al verla, relajó por completo su expresión enfurecida.

—No, no, no, cielo —limpió las lágrimas de sus mejillas, mostrando arrepentimiento en cada una de sus facciones. Se veía tan mal, tan inestable. Casper era bueno, pero hasta alguien como él también tenía derecho de perder los estribos de vez en cuando—. Perdóname tú a mí, linda —suspiró, y las lágrimas ahora brotaban de sus ojos almendrados—. Soy un idiota, un estúpido y un imbécil. Sam, linda, detesto cuando tienes que ser tú quien me vea en la peor de las circunstancias —besó sus mejillas—. Perdóname, por favor, Sam —le hablaba con total aflicción.

—Escúchame, Casper —le acarició las largas pestañas e hizo que se acomodara en su pecho—. Me asusta verte así. En verdad me da miedo. Pero en cierta forma puedo llegar a comprenderte. No eres un villano, además.

—Me puse celoso, Sam —la apretó con ternura—. Vi cómo lo mirabas; nunca me has visto a mí de esa forma —se ocultó entre su cuerpo—. Ni siquiera me notaste, y ahora piensas en él incluso cuando te hablo.

Sam pasó saliva amarga. Quería mucho a Casper, muchísimo, pero no tanto como él a ella. ¿Se había dado cuenta?

—Sentí algo raro al verlo —confesó mientras acariciaba sus castaños cabellos—. Es la primera vez que te veo celoso, y eso es aún más extraño que todo lo que pasó hoy. Casper, tú eres siempre un mundo lleno de sonrisas y buenas intenciones, tú no actúas así —capturó su barbilla y la puso a su altura—. ¿Hay algo que estés ocultándome?

—¡Qué dices! —se reincorporó—. ¿Por qué tendría que mentirle a la chica que amo?

—Explícame, porque no lo entiendo —se cruzó de brazos—. Sólo fue un momento y unas cuantas palabras. No lo suficiente para generarte celos.

—Cielo —suspiró, poniendo en marcha de nuevo la camioneta—. Yo también sentí algo raro cuando lo vi, como una advertencia.

—¿De qué hablas? —enarcó una ceja.

—No puedo explicarlo.

—Casper —infló las mejillas—. Creo que él podría convertirse en un punto clave, lo presiento.

—¿Como el día que tuviste el presentimiento de que un asesino rondaba las vacas de mi establo? El de mis padres, claro —sonrió y Sam también. Las cosas volvían a su lugar, sin momentos que le asfixiaran. Ahora podría disfrutar de Casper sin remordimientos.

—¡Por días te quejaste de que una nueva res moría a la semana! —besó su mano en agradecimiento—. ¡Llorabas como un bebé porque tus padres perdían ganado y dinero!

Casper carcajeó.

—Y terminó siendo una infección en vez de un asesino.

—Pero gracias a mis suposiciones pudieron poner manos a la obra.

—Tienes razón —se detuvo en luz roja y aprovechó para besarla en los labios—. Hagamos caso de tu suposición, entonces. Reúnete de nuevo con él.

—¿Qué? —se inquietó. No deseaba despertar los celos en su novio otra vez—. ¿Por qué?

—Tal vez puedas preguntarle quiénes eran, o son todavía, Danny y Tucker. Podría conocerlos.

—¿Qué te hace pensar que él pueda saberlo?

—No lo sé. No lo sé.

—¿Cuál es el plan que mencionaste, a propósito?

—Entremos a Casper High durante la noche, linda —le guiñó un ojo—. Seremos como delincuentes que buscan joyas, pero nuestras joyas serán aún más valiosas.

—¡Los documentos!

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—¿Por qué no le dijiste que eras tú, viejo?

—No. Eso no es una opción.

El hombre chasqueó la lengua.

—A veces me sacas de quicio, viejo. Bien sabes que nos pudimos ahorrar muchos incidentes amargos.

—¿Qué caso tiene decirle quién soy?

—Ah, no lo sé —ironizó—, ¿ayudarnos a salir de aquí? ¡Oye, eres mi amigo, pero a veces eres tan idiota!

—Ella no me recuerda —se percibía la desesperación en su voz—. Ni a ti tampoco. Ni a ella misma. Sam... ella es feliz.

—¿Tiene novio?

—Yo no dije que lo tuviera.

—Tranquilo, viejo —se serenó—. Sólo eso explicaría el porqué hayas decidido no decirle nada. ¡Viejo, la estuviste buscando por cuatro años! Ahora que finalmente la encontraste, no sé lo que pasa por tu cabeza.

—Ella es feliz.

—Danny —dijo su nombre—. Si no lo haces tú, lo haré yo. ¡Nos iremos de este mundo ficticio los tres!

—¿Cómo crees que reaccione, Tuck?

—No tengo idea. Pero, honestamente, ya no puedo soportar un maldito día más sin tecnología. ¡Viejo esto me está matando! —guardó silencio por unos segundos—. No quería decir eso.

—No importa —suspiró—. Todos perdimos algo aquel día. Tú perdiste toda tu amada tecnología, Sam perdió sus recuerdos... Yo... Bueno, yo perdí mi parte fantasma.

—Viejo, conseguiremos salir y todo será como siempre lo fue.

—Me encantaría creerte.

Continuará


N/A: Muchas gracias por leer!