Los personajes no son míos. Pero la historia y los diálogos son completamente de mi autoría, así como Casper también me pertenece.
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Acéfalo
6
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—¡No puedes dejarme aquí!
—No tengo opción, Sam —le dedicó una mirada cargada de pena y nostalgia. Los cabellos blancos del chico cubrieron parte de su frente, combinando el sudor con manchas de sangre ya seca—. Si algo te sucediera, jamás me lo perdonaría.
Ella forzó una sonrisa taimada y lo tomó por el codo.
—Oye, chico fantasma, ¿olvidas quién soy? —capturó la mano enguantada del joven, y por un momento se detuvo para contemplar las rasgaduras de su traje negro—. Me conoces perfectamente como para saber que no me quedaré de brazos cruzados aún si me dejas aquí, en la nada —frunció las cejas—. Y odio tener que decírtelo, pero soy la cabeza más cuerda del grupo.
—Sam, ésta es mi batalla.
—Pero...
—Tengo que luchar solo —llevó ambas manos a su mentón y lo acarició débilmente—. El caos y la destrucción es sólo un poco de lo que él podría causar. Tiene un poder sorprendente, Sam... ¿sonaría muy raro si te dijera que eso me emociona?
—Chico fantasma —le reprochó.
—Es sólo que me pregunto si yo también... Si algún día seré capaz de despertar todos esos increíbles poderes fantasmagóricos —guardó silencio al notar la expresión inquisitiva en Sam. El chico peli-plata sacudió la cabeza con afán, tratando de disolver cualquier pensamiento que pudiera distraerlo, luego sonrió a Sam con despreocupación—. Necesito que estés aquí. A salvo.
Sam se dejó envolver por la calidez de sus brazos y suspiró, rendida ante su petición. De todas formas, no había nada que pudiera negarle al fantasma de ojos verdes que tenía enfrente.
—De acuerdo. Ve y conviértete de nuevo en un héroe.
—Volveré cuando todo haya terminado.
—Estaré esperándote.
El chico fantasma rozó, apenas, sus labios con los de ella, para volverse intangible de inmediato.
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Sam abrió los ojos rápidamente. Le faltaba la respiración y se sentía consumida por una especie de llamarada de aire caliente. Había tenido otra pesadilla con aquel chico de ojos verdes y cabello blanco, pero esta vez había algo diferente en su sueño, algo muy extraño, y hasta cierto punto, espeluznante.
Los vellos de la nuca se le erizaron tan pronto como lo recordó. ¿Un chico fantasma? Claramente escuchó que él dijo que era un algún tipo de fantasma. ¿Un fantasma?, ¿sería acaso que de verdad existían seres de ultratumba? No, no podía ser posible. Además, la voz del adolescente de su sueño se escuchaba tan similar a la de... Ni siquiera conocía su nombre.
Sam se abofeteó mentalmente. Quizá su terapeuta tenía razón, y ella realmente estaba loca. Era imposible que sus pesadillas estuvieran vinculadas, de alguna forma, con su pasado, pero por si acaso, se apresuró a buscar su antiguo diario (en donde relataba todos los sueños que se asemejaban, desde hace un par de años).
Comenzó a escribir cuando Casper entró a su habitación y se vio interrumpida. Sam lo miró de reojo, y éste se quedó quieto, de pie, frente a la mesita de noche, cruzando los brazos mientras ceñía las cejas. Últimamente veía a su novio tan serio, que casi olvidaba al Casper despreocupado y sonriente de Ghost City; éste en cambio, era como una nueva versión de él, una más adulta y envejecida.
—Hey —saludó desde su sitio en la cama.
Casper caminó hasta colocarse a centímetros suyos. Incluso, podía verse más alto de lo que era.
—Eres tan hermosa —dijo para sorpresa de Sam, que consiguió ruborizarse—. Muy hermosa.
—Casper...
—Te ves preciosa con el sol en tus mejillas. Podría quedarme todo el tiempo aquí y adorarte.
—Casper, ¿acaso estás enfermo? Debí suponer que aquel resfriado que pescaste en la carretera sería algo más severo, ahora seguro te dio gripe —se reincorporó, dejando caer el diario al suelo. Iba a tocarle la frente, pero Casper la detuvo en seco—. ¿Qué ocurre?
—Sólo quiero verte un poco más.
—¿Estás bien?
Casper chasqueó la lengua y se volvió hacia un sofá.
—No me pasa nada, sólo quería verte, es todo. ¿Qué hay de malo en querer mirar a mi novia? —restregándose los cabellos castaños, dio la impresión de estar confundido, casi al grado de parecer trastornado—. Disculpa mi comportamiento, linda.
Y allí estaba de nuevo, con sus palabras bonitas y su sonrisa perfecta, pretendiendo que todo regresaba a la normalidad. Ella frunció la boca. Si Casper no lo hacía a propósito, entonces de verdad estaba sacándola de sus casillas.
—A veces siento que te desconozco —juntó el diario del piso y le dirigió una última mirada a Casper, quien había cambiado su semblante por uno cargado de sorpresa—. Ya no sé quién eres.
—Sam, cielo —ella le indicó que no se acercara, por lo cual Casper terminó sollozando por lo bajo—. ¡No sé de qué forma pedir que me perdones! Sé que no lo merezco, pero linda —desvió el rostro para evitar que ella lo observara—, no sé ni cómo sentirme al respecto. Llevamos, ¿qué?, ¿una semana aquí? Y ya deseo tanto que regresemos a nuestra ciudad.
—En teoría pertenezco a Amity Park, por nacimiento, Casper.
—Estoy de acuerdo —asintió, y con los ojos pidió permiso para llegar hasta ella. Sam accedió y Casper la abrazó—. Quiero ayudarte a recobrar tu pasado, pero me aterra pensar que, al hacerlo, en tu futuro no quede espacio para mí.
—Suenas tan egoísta, Casper —se separó unos milímetros y lo enfrentó duramente, como si fuese un niño de cinco años a quien tuviera que reprender por alguna travesura en el jardín—. ¿Por qué no te querría más?
—Sólo es un tonto miedo, cielo —besó la coronilla de Sam—. ¿A ti no te da pavor?
—¿El qué? —Casper se sentó en el borde de la cama y ella lo imitó, poniendo el diario sobre sus rodillas, deteniéndose fijamente en la página que quedó abierta, perdiéndose por un momento.
—Descubrir una parte oscura de tu pasado. Descubrir que aquello por lo cual luchas tanto ahora, no termine siendo lo que finalmente esperaste que fuera —tomó una bocanada de aire, después sonrió, tan deslumbrante como siempre, como el Casper normal que ella sí conocía—. Pero te amo, linda. Prometí ayudarte hasta el final, y si a ti no te aterra pensar en ello, entonces a mí tampoco —volvió a suspirar—. Haré cualquier cosa por ti.
Le dio la razón y no dijo nada. En su interior se preguntaba dónde había quedado el viejo Casper, o si sus acciones tendrían alguna justificación que ella aún no podía descifrar. Y entre tanto, Casper continuó charlando sobre su plan de espionaje. Le contó que había estado analizando el área de Casper High, y que había encontrado una puerta por la cual podían entrar sin tener que preocuparse por la seguridad; casi todo estaba preparado, únicamente faltaba capturar el ángulo de las cámaras de vigilancia para poder infiltrarse a la sala del archivo sin ser vistos.
Las palabras de Casper llegaban hasta sus oídos, pero en algún punto, Sam dejó de escucharlo y se concentró en las páginas del diario. Algo en él le llamó la atención. Pasó las yemas de los dedos en donde se encontraba la costura que unía la libreta, y tragó saliva. ¿Por qué antes no se había dado cuenta? ¡Faltaban hojas! Parecía como si alguien las hubiera arrancado, porque aún quedaban algunos pequeños rastros que no habían podido desprenderse. ¡Alguien había tocado su diario! Justo por las ultimas hojas.
Enfureció, más por la incertidumbre. Miró a Casper, incrédula. Luego se sintió culpable por sospechar de él, de su novio, de aquel que decía amarla más que a su propia vida. Era cierto que a veces se comportaba de manera tan extraña, pero no por eso se atrevería a hacerle algo como eso. ¿Entonces quién?, y ¿desde cuándo?
Un mareo la atormentó fugazmente, y las palmas de la mano le sudaron tanto que manchó un poco las hojas.
—Cielo... Te ves terrible —capturó sus hombros—. ¿Qué pasa?
—Ah —pestañeó como para obligarse a volver a la realidad, enfrentándose a los ojos preocupados de Casper, y sonrió para él, para demostrarle que estaba bien—. Sólo un pequeño dolor de cabeza. Ya pasó.
—¿Segura, cielo?
Casper no le creyó, pero poco le importó.
—Casper... —guardó silencio. Algo dentro de su mente le decía que no debía revelarle a Casper lo del diario—. Casper...
—Estás empezando a asustarme.
—No, no —buscó las palabras correctas, sin tener que alarmar a su novio—. ¿No sería genial que pudiéramos atravesar las paredes del edificio para poder ingresar al archivo? —dijo lo primero que se le vino. Al parecer, no fue la mejor idea.
—¿Qué?
—Si fuéramos fantasmas, podríamos volvernos intangibles en cuestión de segundos, y ¡podríamos hacer lo que quisiéramos!
—Sam... creo que se te contagió un poco de mi resfriado —enarcó una ceja.
—¿No crees que sea posible?
—Los fantasmas no existen.
—Yo creo que sí, Casper —sonrió con autosuficiencia, escondiendo el diario debajo de la almohada—. Daría lo que fuera por ver a uno.
—Si ves a alguno podrías pedirle que busque tus documentos por ti —se mofó.
Vio las escenas de su pesadilla y al chico fantasma que podía volverse intangible. Pensó que podía llegar a parecerse bastante al otro chico con el que chocó el día anterior.
¿Dónde estaría él?
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Frunció los ojos cuando Casper le sopló con la pajilla de su jugo de manzana. En Ghost City, él solía jugarle bromas como ésas, y muchas veces la hacían reír, pero ahora le resultaba más bien como un comportamiento ficticio. Sam tenía la impresión de que Casper solamente aparentaba ser el mismo chico que amaba a las vacas y a los caballos, y que sus acciones ahora eran también actuadas.
No queriendo ahondar más en el tema, Sam optó por reír. Si todos fingían, ella también podía hacerlo. ¿Por qué no?
—Esta mañana llamé a mi padre —regresó la pajilla hacia el interior del vaso y sorbió, mientras que Sam retiraba el jamón de su sándwich—. Dice que los becerros están por nacer, y mi madre tiene esa dolencia en las articulaciones que hace que le puncen los dedos con el frío.
—¿Quieres volver?, ¿es lo que quieres decir?
Casper acarició el dorso de la mano de Sam, y clavó los ojos en su piel, casi ensimismado por las pequeñas líneas que se formaban en ella.
—No dije que quisiera regresar. Estoy preocupado de algún modo —recostó la cabeza sobre su antebrazo e instintivamente Sam tocó sus cabellos castaños, de la misma forma que hacía cada vez que algo le preocupaba, y se sintió extraña—. Uhm. Podrán apañárselas sin mí.
Sam asintió, un poco culpable. De todas formas, ella no estaba obligándolo a quedarse, así que sacudió la cabeza.
Continuaron almorzando, cada uno con un platillo totalmente diferente. Sin embargo, ambos escucharon las voces de dos chicos ingresando al lugar y sentándose tres mesas atrás de ellos. Una de las voces se adentró hasta el cuerpo de Sam, y tentada por ella, tuvo que girar el cuello para verlo.
Aquel chico extraño con el que había tenido un desafortunado incidente.
Se trataba del mismo sujeto, lo reconoció de inmediato por su forma de hablar y por la belleza de sus ojos azules. Iba acompañado de otro joven, de piel más oscura, y se le quedó viendo; en algún lado ya lo había visto. La escena de ellos dos riendo, y del tipo moreno tratando de coquetear con la camarera, le resultó tan familiar que ella también rió.
—Casper —susurró, volviéndose hacía él, dándose cuenta de que su novio también los veía a ellos—. ¡Es el chico del otro día!
—Lo sé, cielo —también susurró, luego le sonrió animadamente—. Sé que mueres por ir a hablarle, se te nota, incluso a un kilómetro de distancia.
Ella se sonrojó, para después rodar los ojos. Realmente Casper la conocía.
—¿Debería hacerlo? —agachó el rostro para pasar inadvertida—. Es decir, sería raro, ¿no crees? Siento esa conexión de que quizá sepa quiénes son Danny y Tucker. No sé por qué, pero lo siento.
—Uhm. Vamos, ¿necesitas un impulso, linda?
—Casper, lo que pasó la última vez me dejó muy desconcertada, no quisiera que...
—Por favor, linda —mostró sus colmillos afilados—. Lamento mis celos pasados, pero éste galán aprendió su lección —le guiñó el ojo—. Tienes derecho de beber del agua del conocimiento y saciar tu sed de ignorancia.
Sam rió. Ese era el Casper que le gustaba, el dulce y bromista, el bueno.
—Mi fuente de agua está muy lejos —dijo, refiriéndose al chico de ojos celestes. Casper lo meditó un segundo.
—No temas, preciosa. Uhm, Casper sabe qué hacer.
Sin tener tiempo de detenerlo, Casper se dirigió hasta la mesa de ellos, se irguió con orgullo e infló el pecho. Los dos jóvenes lo miraron desconcertados, hasta la chuleta de cerdo resbaló de la boca del más moreno. Entonces Casper carraspeó la garganta y les guiñó un ojo. Sam se golpeó la cara, avergonzada. Es que Casper estaba haciendo el mayor ridículo de su vida, ¿qué pensarían de un tipo que de pronto va y les guiña el ojo? Por supuesto no sería algo agradable.
—¿Qué hay chicos? —desde donde estaba podía escuchar su fuerte voz, cargada de optimismo—. ¿Qué hacen?
Les echó un vistazo rápido. Los dos se miraron entre sí y levantaron los hombros.
—Estamos en una cafetería buscando lombrices. ¿Qué te parece que hacemos? Tratamos de comer, grandulón —respondió el moreno—. ¿Qué es lo que haces tú?
Casper carcajeó. ¡Rayos, sí que se veía tonto!
—Eres un tipo muy gracioso —se acomodó el pelo hacia atrás—. Mi chica y yo somos nuevos en el barrio, buscamos que alguien nos muestre la ciudad... ¡Oh cielos! ¡Tiene que ser una casualidad! A ti ya te he visto antes —apuntó hacia el joven de tez clara.
—¿A mí?
—Sí, sí. Estoy muy seguro.
—Oye, viejo. Sea lo que sea que estés vendiendo, no nos interesa —intervino el moreno.
Fue mágico. En ese momento, los ojos celestes del joven se toparon con los lilas de ella. Sam se inquietó al ser descubierta.
—No, está bien. Déjalo, amigo —calmó a su compañero—. Él tiene razón, ya nos hemos visto antes —observó a Casper—. Eres el novio de esa chica gótica.
—Tienes una excelente memoria, amigo —Casper sonrió, haciendo un gesto con la cabeza que le indicó a Sam que saliera de las sombras—. Aquí viene mi chica. Se sorprenderán con lo hermosa que es.
Los nervios la asediaron, haciéndola transpirar súbitamente. Respiró profundo para mantenerse tranquila y caminar con equilibrio hasta ellos. Con cada paso que daba sentía la mirada celeste encima suyo, y los pies le flaqueaban, como si fueran de gelatina.
Al estar frente a ellos, el hombrecito de piel morena palideció. Exclamó un "demonios, es..." cuya frase se vio interrumpida por el otro joven que le tapó la boca.
—Un gusto volver a verte, chica gótica —saludó el de ojos celestes.
—Lo mismo digo, chico extraño —una sonrisa involuntaria se escapó de sus labios.
—Qué curioso apodo —se hizo a un lado, provocando que su amigo también lo hiciera—. Hay lugar en nuestra mesa, pueden sentarse con nosotros si lo desean.
—Ah... Lo que pasa es que —se sobó el codo, virando los ojos hacia los lados. No sabía qué decir, ni cómo justificar su nerviosismo.
—Encantados. Toma asiento, linda. Uhm —señaló Casper—. Iré... iré por bebidas. ¿Gustan algo? Yo invito —se tentó los bolsillos del pantalón—. En realidad, no, mi billetera me lo impide, pero puedo traerles algo de igual modo. Claro, siempre y cuando ustedes paguen.
Uno de los chicos asintió y le dio unas cuantas monedas a Casper, y éste enseguida desapareció. Sam se sentó junto al chico moreno, notando que no le quitaba los ojos de encima.
—Oye, ¿alguien más es capaz de tocar la tensión? Se ve hasta en el aire —agitó las manos. Sam rió y el otro chico también—. Hablo en serio, no entiendo por qué se ríen.
—Sólo ignóralo —le indicó el de ojos celestes—. Eso hago yo la mayor parte del tiempo.
—Pensaré en tomar tu sugerencia.
—¡Oye! Yo también tengo buen tema de conversación —intervino el joven de piel cobriza, que se detuvo un segundo a acomodar su gorro de colores—. Por ejemplo, ¿de dónde eres?
Sam se inquietó ante el hombre que la vigilaba tras el cristal de sus gafas.
—Yo, nací en Amity Park, o eso creo —bajó la voz—. Pero vivo en Ghost City.
—Nunca había escuchado de un sitio con ese nombre —habló el joven de cabellos azabaches—. ¿Tú lo habías escuchado antes, amigo?
—¡Jamás! Suena a que es una ciudad llena de fantasmas.
—Pues sólo los tiene en el nombre. Ghost City está repleta de montañas, de campos agrícolas y de ganado. En cambio, leí que Amity Park tiene verdadera historia en cuanto a fantasmas. ¿Es cierto?
—Ah —titubeó, tamborileando los dedos de aceituna entre la mesa—. Esa pregunta te la responderá él —jaló a su amigo, quien se quejó.
—Son rumores —respondió algo tajante.
Sam los contempló a los dos. Había algo raro en su forma de actuar, pero no podía saber qué era.
—¡De acuerdo, lo diré todo! —estalló el chico del gorro, haciéndola estremecer—. No puedo seguir con esta absurda mentira. Perdóname, viejo, pero esto es muy incómodo para todos —notó la mirada suplicante que le exigía a su amigo guardar silencio, pero él decidió tomar una gran bocanada de aire y la enfrentó—. Tu novio se fue por bebidas cuando hay bellas meseras que pueden traernos las cosas a la mesa. ¡Ese larguirucho nos robó!
El ojiazul suspiró casi aliviado.
—Y ni siquiera se ve su figura cerca —frunció el ceño—. Quiero mis monedas de vuelta.
—Yo te daré tus monedas, sólo... guarda silencio —su amigo se acomodó en el asiento y suspiró al menos unas dos veces más.
—Ustedes dos sí que son muy raros —carcajeó débilmente—. Yo obligaré a Casper a que te regrese tu dinero.
—Eso está mucho mejor.
—Tuc... digo, TÚ casi me provocas un infarto —le pegó en el hombro y luego se dirigió hacia ella—. De todas formas, ¿qué te trajo a Amity Park? Y espero que no vayas a decir que las piernas porque sería...
—Un chiste muy malo —rodó los ojos lilas—. Vine porque tengo muchas preguntas.
—Oh, nosotros podremos responder a todas ellas, seguro —sonrió el cobrizo.
—Es bueno escuchar eso, porque tengo una en particular para ustedes dos.
—¿De veras? ¡Adelante! —hizo la señal de victoria, y el otro chico de tez blanca lo reprendió.
—¿Cuáles son sus nombres?
Ambos se quedaron mudos, estáticos y perplejos.
—Esa... Esa pregunta también te la responderá él —fijo la mirada en su acompañante.
—Nosotros —dubitante, el chico de porcelana bajó el rostro—. Somos...
Continuará
N/A: Muchas gracias por leer!
