Los personajes no son míos. Pero la historia y los diálogos son completamente de mi autoría, así como Casper también me pertenece.
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Acéfalo
8
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Frente a ella veía a Casper moverse de un lado a otro en la habitación del hotel. Ya llevaban varios días hospedándose en aquel cuarto maloliente, y las cosas en su mente no parecían aclararse ni un poco, sino todo lo contrario. Estaban más fríos que al principio, mucho más que durante el viaje por la carretera congelada de Amity Park.
Entonces Sam observó despistadamente a su novio, tenía un mechón intenso que cubría con rebeldía su ojo derecho, además de que parecía estar nervioso, como si hubiese bebido diez tazas de café de un solo trago; y Casper aborrecía el café.
—Vas a hacerle un agujero al suelo —exclamó con fingida paciencia, sin despegarle la mirada de encima—. Tranquilízate.
Casper se detuvo en seco, la contempló por un segundo y retomó su caminata sin marcha. Sam frunció el ceño y se vio obligada a tomarlo por el hombro.
—Casper, me estás exasperando.
—Sam...
Oh, oh. De nuevo Sam, a secas. Por su mente se proyectó la palabra 'problemas', seguido de un fuerte ardor en el estómago.
—¿Qué ocurre esta vez? —se puso a la defensiva. Sinceramente, ya no sabía cómo anticipar las respuestas de su novio; cada vez lo conocía menos.
—Debo regresar a Ghost, y pronto —suspiró, y el mechón castaño subió por su frente, pero volvió a caer sobre su ojo en un instante—. No me gusta esto, pero mi padre me marcó desde muy temprano, me necesita en el rancho, y sabes que mis padres son bien ancianos.
—Ni lo son tanto —inmediatamente se mordió el labio inferior, al percatarse de la tremenda metida de pata—. Dime que lo pensé —el chico juntó ambas cejas, irritado—. Casper, yo lo sien...
—¿Crees que es un pretexto? Por dios, Sam, por supuesto que lo crees —tamborileó los dedos con energía bruta y las mejillas se le colorearon en automático de rojo por la ira—. Sabes que mi madre tiene esa rara enfermedad en los dedos, y mi padre no puede solo con el nacimiento de los becerros... Sam —exhaló para destensar sus músculos y transpirar todo el coraje que había acumulado—. Sam, no me gusta para nada, pero no miento.
Ella extendió los brazos para rodear su cuello y besarle los labios. Sabía que Casper luchaba contra su propia rabia, y si un beso no lo ayudaba a calmarse, entonces no sabía qué más hacer. No obstante, apenas alcanzó su clavícula cuando Casper se apartó. Sam crujió los dientes y apretó el puño.
—¡Pues vete de una vez! —gritó enfurecida—. Si tanto te necesitan, vete.
Podía escuchar el rechinido de sus propios dientes al contraerse, y sentir las uñas encajarse en la palma de su diestra. Casper la miró de reojo y luego respiró muy profundamente.
—Sam —engrosó la voz, de la misma manera que un dictador lo hace para sonar imponente—. Sam, no te voy a dejar sola, entiéndelo, ¿sí?
—Te necesito menos de lo que te necesitan tus padres en el rancho.
Advirtió el semblante dolorido en el rostro de su novio, a causa de sus palabras. Sí, era algo cruel, pero, no iba a marcharse con él así de simple, no después de todo el tiempo que había... que habían invertido los dos, juntos, en el caso.
—No estoy pidiendo tu permiso, ni mucho menos es un trato a negociar —carraspeó la garganta, y la voz grave regresó a su cuerpo—. Nos iremos de aquí, tanto si lo quieres como si no.
—¡No puedes hacerlo! —encorvó la espalda cuando Casper se acercó.
—Prometí que te cuidaría, Sam, trata de comprenderme —llevó ambas manos a la cara y la frotó de forma exhausta—. No me iría tranquilo sabiendo que estás aquí sola, enfrentándote a quién sabe qué gente y qué cosas.
—A lo único a lo que me tengo que enfrentar es a mi pasado —caminó hasta la cama, y debajo de ella asomó la única maleta que habían cargado para el viaje. Tuvo que resistir la penetrante mirada de Casper, que parecía cortarle toda la piel, y animarse a sacar todas las cosas que había llevado consigo para el viaje, que eran muy pocas, la mayoría de la ropa le pertenecía a Casper—. Y también prometiste hacerlo conmigo —susurró, haciendo énfasis.
Casper palideció un momento, transformando su expresión a completa preocupación y desconcierto, y posiblemente, miedo.
—¿Qué haces, linda?
Linda. Qué conveniente. Le pareció muy irónico que, en ese momento de desesperación, el viejo Casper apareciera. ¿A dónde se había marchado el hombre seguro y majestuoso? Rió para sí misma por lo idiota que era, Casper se estaba burlando de ella.
Le azotó la maleta en el estómago, y Casper dobló el cuerpo por el impacto.
—Vete.
—¿Qué? Linda, perdóname —imploró, pero Sam se adelantó a sus súplicas, que le parecieron falsas.
—No tengo por qué hacerlo. Ya nada te ata a mí, Casper —mantuvo la voz frágil y tranquila, como una suave brisa—. Vete sin remordimientos.
—No, no empecemos a discutir, linda... no —se quebró un poco y los ojos comenzaron a brillar por finas gotas saladas, viéndose más claros que nunca, entonces Sam se obligó a girar la cabeza para no ceder ante su llanto—. No sabes lo que dices. Estás molesta, eso es evidente, y merezco un buen golpe por comportarme así, lo admito.
—Casper, ya no soy capaz de tolerar ni un...
—Preferiría que golpearas mi cabeza contra la pared, y después decirme que estaremos juntos —sollozó, sorbiendo innecesariamente la nariz—. Me quedaré, nos quedaremos aquí. Llamaré a mis padres y les explicaré...
—No es necesario. Ya no hay razones para que te quedes aquí —también sollozó, aunque muy débil y Casper no se dio cuenta—. Gracias por todo.
—¿Gracias? —gruñó—. Todo lo que quiero es protegerte.
Ella lo ignoró, y en cambio, abrió la puerta.
—Vete —repitió.
Casper se quedó quieto un segundo, sin hacer nada, con los ojos clavados en su cuerpo. Después chasqueó la lengua, y finalmente se marchó, sin decir nada más.
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Se quedó parada un momento, analizando lo que sea que acababa de ocurrir. Ya no estaba más con Casper, finalmente habían terminado, y no tenía ninguna otra razón para molestarse ni inquietarse por nada. Pero entonces, ¿por qué se sentía así, tan triste y desolada? Tenía que aceptar que, aunque nunca amó a Casper, sí lo quería demasiado. Sabía que su noviazgo iba a terminar en algún punto, sin embargo, esperaba que su relación acabara en términos más amigables, quizás.
Se jaló intencionalmente el cabello oscuro y lanzó un bufido poderoso. Necesitaba dormir al menos unas catorce horas para volver a la vida. Pero antes de que si quiera pudiera hacerlo, distinguió un brillo metálico sobre la colcha.
Era una cadena de plata con un dije en forma de esfera, también plateado. Le pertenecía a Casper, siempre lo llevaba puesto, y presumía que se lo había ganado por sus agallas en una pelea en su adolescencia.
Sam se mordió el interior de la mejilla. No quería nada que le recordara a él, así que lo tomó y atravesó la puerta, en búsqueda de su, ahora, exnovio. No era consciente de lo muy estúpido que sonaba su idea, pero cuanto antes se libraba de él, más rápido encontraría la paz que anhelaba.
No obstante, sólo pudo alcanzar los dos primeros escalones hacia la salida, cuando descubrió a Casper junto al pasillo. Escuchaba su voz, y antes de que él pudiera verla, se escondió en un oscuro rincón. Observó rededor, pero no había nadie con quien pudiera estar hablando, y luego de observar bien, notó el celular pegado a su oreja.
—Realmente lo perdí, ya te lo dije —hablaba con tal seriedad de la que jamás escuchó, ni en sus peores momentos. Lo contempló a la distancia, y la sombra que proyectaba su cuerpo contra la luz y la oscuridad, le provocó escalofríos—. Pues lo lamento mucho, pero ya estoy cansado de esto. Tendrás que buscarte otro conejillo de indias —Casper endureció su rostro, podía percibir las arrugas de su frente. ¿Con quién estaba hablando? Él pocas veces usaba el celular porque sus padres nunca le llamaban, y tampoco tenía muchos amigos—. Gracias a ti, Sam me odia —ella abrió los ojos—. ¡Jódete, cabrón!
Fue suficiente. Sam corrió de regreso a la habitación y se metió entre las cobijas.
Casper nunca decía maldiciones. ¿Qué estaba pasando?
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—¿Qué sucede? —preguntó, un tanto alterada.
—Señorita, tiene que abandonar la habitación de inmediato.
Se restregó los ojos y el cabello alborotado. No entendía nada. Eran las 4:24 de la madrugada, y estaba ahí, de pie a su puerta, con la misma ropa del día anterior. Unos sujetos estaban del otro lado de la entrada, que tenían el ceño fruncido.
—¿Por qué? —ella también frunció el ceño.
—El joven que la acompañaba retiró el pago por las noches de hoy y las siguientes.
—¿Qué? —se cruzó de brazos—. Eso es una mentira.
Iba a cerrar la puerta, pero el hombre calvo y negro, la detuvo ferozmente.
—No nos obligue a llamar a la policía. No querrá pasar la noche en una sucia celda, ¿o sí? —sonrió socarronamente.
Prácticamente la echaron a la calle. No le dieron tiempo de guardar su ropa en bolsas, aunque tampoco tenía bolsas, y se la aventaron directo a la cara, mientras que se reían y burlaban de ella. Aunque Sam luchó, lo único que logró fue enfurecer al más grande cuando le pateó la entrepierna.
¡Genial! Su suerte era bendita y fabulosa. Ahora estaba en la calle, de madrugada y con su ropa regada por toda la acera.
El mejor día de su vida, sin duda.
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—¡Sam! ¿Qué fue lo que te ocurrió?
Ella ahogó un balbuceo y giró la cabeza a los lados. El chico de ojos azules la examinaba con preocupación real, y esperaba que ella dijera algo, pero Sam no sabía exactamente qué decir. Ni siquiera supo en qué momento había llegado hasta allí, solamente siguió el mismo camino que Casper en la camioneta.
—Yo... No estoy segura —fingió una sonrisa. Por dentro tenía que admitir que estaba destrozada.
—¿Estás bien?, ¿qué es eso, es tu ropa? —capturó su mano y Sam se estremeció—. No te quedes ahí, pasa.
La guió hasta el interior de la casa, e hizo que tomara asiento sobre un sofá al que se le estaba saliendo el relleno por las costuras.
—Gracias, chico extraño.
—No me llames así, pero ese es tema para después —se colocó a su altura—. Sam, ¿qué pasó? Veo tu cara y sinceramente no me agrada lo que veo.
Ella elevó una ceja.
—Tampoco tú tienes una cara tan linda, chico extraño —rió y el hombrecillo la acompañó, después se creó un silencio casi asfixiante. Sam supuso que el chico no diría nada hasta que ella lo hiciera primero—. ¿Puedo quedarme esta noche? No sé a dónde más ir.
—Puedes quedarte, Sam, todo el tiempo que quieras —sonrió para ella, y se acercó lo suficiente para acariciar su mejilla—. ¿Quieres contarme lo que pasó?
—Terminé con Casper —encogió los hombros.
El joven se quedó callado. No pudo descifrar la expresión de sus ojos azules, pero de un segundo a otro, sonrió. ¿Estaba feliz, acaso?
—Tranquila, Sam. Todo estará bien ahora.
Continuará
N/A: Muchas gracias por leer!
