Cuando te despiertes
Y me veas sonriendo va a tener sentido
Todo el tiempo ido que he desperdiciado
Antes de estar contigo

Solo quiero que seas lo primero
Que vea cuando abra mis ojos

Le sorprendió despertar y que el espejo del techo no estuviese, en su lugar pudo contemplar las nubes abundantes y grises de un típico cielo de diciembre en Tokio. Al menos ya no llovía, pero hacía frío y se dio cuenta cuando se movió y su piel tuvo contacto con el fresco de las sábanas de un poco más allá de sus dominios.

Aunque por el otro lado el panorama era diferente. La cama estaba tibia y un poco hundida, seguramente debido al hombre grande y muy atractivo que dormía ahí.

Makoto sonrió, así era como pensó que despertaría el día anterior.

Le gustó la sensación.

Nathaniel estaba dándole la espalda, sus cabellos chocolate caían despeinados en todas direcciones, bastante alborotados sobre la almohada y el jersey blanco que lo cubría, aunque no del todo. Ella pudo ver los tatuajes en su espalda, aquellos que una vez se puso a recorrer con sus dedos solo para provocarlo. ¿Se sentía tan atrevida hoy?

La verdad es que no.

Todavía estaba aturdida por el día anterior. Que Nephrite hubiera preferido dormir en vez del sexo fue un descanso para su alma, pero aún no estaba lista para más de aquello, aunque su traidor cuerpo dijera lo contrario. De todos modos se sentía cómoda ahí, por lo que giró y se acercó para abrazarlo por la ancha espalda.

Él gruñó algo cuando ella lo rodeó y recargó su rostro en su piel. Se removió pesadamente y giró para verla de frente. Sonrió ante la visión de aquellos profundos ojos verdes que normalmente le quitaban el sueño por las noches, porque por las mañanas casi nada se lo quitaba. La tomó entre sus brazos y Makoto pudo comprobar, ante su atónita mirada, como volvía a dormirse sin ningún problema.

Ella también se durmió un poco más, víctima de la tibieza reconfortante del cuerpo del shitennou.

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La senshi de la naturaleza era un ser diurno, que se despertaba apenas asomaba el sol. Así que cuando volvió a abrir los ojos y comprobó que eran las nueve de la mañana no le pareció extraño, ya era tarde para sus estándares, pero temprano para el de casi todo el mundo que no tuviera planes un sábado.

Se escabulló del abrazo de oso que la mantenía en la cama y fue al baño. Se lavó los dientes y cambio su dulce pero provocador atuendo para dormir, por unos pants más acordes a ella y una sudadera mucho más femenina, que dejaba uno de sus hombros descubiertos. Cómoda sí, sexy también.

Salió en silencio de la habitación y dejó la puerta entre cerrada por si tenía que regresar, no despertarlo. En el umbral se detuvo a verlo y, aunque había tratado de evitarlo, no pudo abstenerse de comparar al moreno con su marido.

Andrew también era una persona muy activa por las mañanas. Salía a correr y volvía antes de las siete para bañarse y alistarse para irse a trabajar. Desayunaban juntos casi sin fallo, aunque algunas veces más apresuradas que otras. Ella le daba su bento con el almuerzo y lo despedía siempre en la puerta, sabiendo que quizá no lo vería hasta la mañana siguiente, así solía ser la vida de un doctor.

Nunca se había preguntado cómo era la vida de un experto en arte, aunque ahora sabía que las mañanas no eran lo suyo.

Puso la cafetera y rebuscó en la nevera y la despensa algo para desayunar, apenas había lo suficiente para unos pancackes y fruta. Tendrían que ir de compras si pretendían recibir gente por la tarde.

Mientras el café estaba listo fue a la sala y prendió la chimenea, siempre había soñado que en su casa ideal debería existir una, como en las películas románticas que tanto adoraba. Pero Andrew consideró un gasto innecesario si el departamento ya tenía calefacción, además que vivían en un tercer piso. "¡Deja de comparar!" se reprendió a sí misma de manera muy severa. Aunque el marcador iba empatado a 1.

Cuando vio el árbol, recordó que siempre le había resultado fascinante la tradición navideña occidental, con el enorme árbol y las decoraciones, la cena y el hermoso significado. Sonrió triste al pensar que quizá Nephrite había pasado solo la fecha, pero trató de no pensar en ello, ella también la había pasado sola y lo más probable es que él si hubiera tenido alguna clase de compañía, alguna de las hermosas mujeres con las que se le relacionaba en las revistas de moda.

Se distrajo de sus tontas ideas que no venían al caso, viendo un compendio de fotografías donde aparecía él y cada uno de los demás shitennou, Darien incluido. Todos estaban acompañados de sus hijos y de las chicas. Makoto sonrió de nuevo con tristeza, había pasado tanto tiempo que no las veía a todas juntas. No había tenido valor de buscarlas incluso cuando Andrew se fue de la casa. Estaba apenada, no sabría que decirles cuando las viera.

Menos después de la forma en que Rei la miraba aquel único día que la visitó en busca de consuelo.

Dejó de vagar y regreso a la cocina, poniendo manos a la obra para preparar los panecillos y picar la fruta. Cocinar era algo que amaba desde muy chica, la comida era la manera en que demostraba el amor que temía declarar con palabras.

Su mente se fue a la secundaria, cuando llevaba las loncheras llenas para que Serena y Mina pudiera almorzar. Normalmente olvidaban su comida en casa, aunque Makoto siempre sospechó que lo hacían a propósito. Sonrió recordando a Amy y la época en que ella también hacía lo mismo. La peliazul amaba sus rollos dulces, que hacía con frutas frescas del mercado, las que el viejo señor Nayashi le guardaba para ella a cambio de una ocasional tarta de manzana.

¡Qué lejos habían quedado aquellos años! Makoto los extrañaba demasiado, quizá más que cualquiera. Incluso, y aunque no lo admitiera ante nadie, extrañaba luchar con youmas. Esas batallas ahora parecían un sueño comparado con lo que la vida adulta le deparó. Sabía que era una comparación ridícula y que seguramente Rei se molestaría si lo decía en voz alta, pero para Makoto, cuyo sueño fue ser una novia joven, formar una gran familia y tener su negocio, el haber llegado a los treinta y ser una "casi divorciada" joven con un negocio, no era la opción "b" de ninguna manera.

Y es que por un momento creyó que lo conseguiría todo.

Cuando Andrew la invitó a salir por primera vez a los veinte ella sintió que volaba entre nubes de algodón. Se hicieron novios casi de inmediato, toda vez que el rubio le confesó que le gustaba de muchos años atrás, pero la veía tan joven que tenía miedo de lastimarla.

De ahí en adelante fueron casi dos años de excelente noviazgo, un amor bonito como el de sus mejores sueños, su corazón latía desaforado cada vez que Andrew le sonreía con amor.

Hasta que ellos volvieron.

Hasta que él volvió.

Recordaba perfectamente la sensación de total pertenencia cuando tomó la mano del shitennou del norte por primera vez. Fue como sentirse flotando en medio del universo, donde era ella tan pequeña en comparación con las miles de estrellas y planetas a su alrededor, pero a la vez aquello era un todo del cual formaba parte importante. No estaba exaltada ni su corazón latía frenéticamente, no. Era calma, una inmensa calma que le pegaba de golpe y la hacía estremecer hasta la raíz.

No supo entonces como explicarle a las chicas lo que aquel encuentro generó en ella, pero le bastó poco tiempo darse cuenta que ellas se sintieron igual con sus respectivos caballeros.

Solo que ella tenía un novio, uno bueno y amoroso que la esperaba en casa.

¿Por qué este hombre se sentía como la pieza faltante del rompecabezas que había sido su vida hasta ahora?

-Huele delicioso-escuchó a sus espaldas. Nath la rodeó por la cintura mientras depositaba un beso dulce en su mejilla-. ¡Oh vaya! Eres tú.

Makoto se ruborizó de inmediato.

-No tienes que coquetear conmigo, igual te daré un panecillo o dos.

-Que sean tres, y un poco de miel.

Nathaniel tomó dos tazas y sirvió el café mientras Makoto terminaba de cocer los últimos pancackes, cuando llegó a la barra de la cocina donde parecía que el disfrutaba comer siempre, todo estaba dispuesto para el desayuno.

-¿Y cuál es el plan para hoy? -preguntó mientras untaba algo de mantequilla-. Los chicos vendrán a las siete, antes de eso soy todo para ti-sonrió.

-Bueno, creo que debemos hacer compras. Solo hay un frasco de mayonesa y dos lonjas de jamón un poco quemadas. A menos que pretendas darles hielo de cenar.

-Vienen a jugar, no a vivir aquí- respondió antes de dar el primer bocado a su desayuno. Makoto pudo ver por su gesto que le habían gustado mucho.

-No es propio de mí recibir a alguien y no ofrecerles algo de cenar. Llévame de compras por favor.

-Tus deseos son mis órdenes-contestó sonriente.

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Después de desayunar, bañarse y alistarse ambos estaban parados frente a la puerta del departamento. Makoto llevaba unos jeans ajustados y un suéter color uva ceñido al cuerpo y aguardaba impaciente a que Nephrite terminara de apagar la chimenea para bajar juntos a donde el auto los esperaba.

-¿Listo? -preguntó dulcemente como una niña que espera ser llevada al parque. No sabía cómo explicarlo, pero se sentía emocionada de ir al mercado con él.

-Yo sí, pero tú no- respondió. Nath abrió la puerta del armario junto a la salida y sacó dos gabardinas de ella-. Ponte esto.

-Pero no hace frío-repuso.

-Lo hace. Te recuerdo que estamos a finales de diciembre, afuera estamos a casi cinco grados, que seas la ninfa de la naturaleza y no seas capaz de sentir el frío como los demás no te da el derecho de pasearte sin abrigo por la calle, ¿Crees que estas en Hawái? -preguntó burlón.

-No, bueno... es que yo...

Mientras balbuceaba, él había logrado ponerle el abrigo que por suerte le quedaba bien. Se lo había mandado comprar la tarde anterior como un obsequio, ya que no pudo dejar pasar desapercibido que había ido a la galería con solo el hermoso, pero no muy cálido vestido que había mandado a la tintorería también. Pero al verla renegar por tener que usarlo prefirió omitir ese detalle. Se puso también su gabardina y la abrochó, luego tuvo que hacer lo mismo con la de ella, ¡Vaya que era testaruda!

-Gracias abuelo—le dijo pícaramente mientras le guiñaba un ojo cuando él cerró el botón superior de la confortable prenda.

Ya que estaba un poco inclinado hacia ella, decidió acercar más su rostro para susurrarle casi contra sus labios-. ¿Un abuelo te besaría así?

Y como ansiaba hacerlo desde la noche anterior, la atrajo hacia él con firmeza mientras unía sus bocas en una caricia profunda y excitante, un beso apasionado y delirante que la hizo ponerse de puntillas para disfrutarlo más. Se quedó flotando cuando él se alejó, para disfrutar su rostro encendido y ligeramente sonriente.

-¿Abuelo?

-Ok, tú ganas.

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Nephrite era un caballero, de eso no había duda.

Y ella se sentía en un cuento de hadas, donde él era el príncipe azul que de día era un encanto y de noche la bestia.

Y la limosina en la que iban era su carroza.

Llegaron al área comercial de Ginza, algo que le pareció muy extraño al empresario puesto que se suponía comprarían víveres nada más. Pero sus dudas se despejaron cuando se vio jalado con la fuerza suficiente para no poder resistirse, por todas las calles y exhibidores hasta llegar a una zona que en ninguno de los años que tenía visitando el sitio había visto.

Era un pequeño pasillo lleno de mercaderes de frutas y verduras de temporada. Nada baratos ciertamente, pero era evidente que la calidad lo valía. Makoto se paseaba de un lado a otro viendo y escudriñando como debería estarlo haciendo en una tienda llena de bolsas y joyas, solo que para ella una hermosa manzana o, mejor aún, una sandía verde y brillante eran mucho más atractivo que un collar de diamantes.

De vez en vez lo sorprendía con la frase "prueba esto" y apenas lograba abrir la boca cuando ella ya le había introducido un pedazo de fruta, fresca y jugosa. Identificó mango, kiwi y fresa, como las frutas que tanto amaba comer en Estados Unidos y que en Japón eran difíciles de conseguir. No es que no le gustaran, pero se acostumbró a no verlas muy seguido.

Así fue que por cerca de la hora del almuerzo terminaron las compras y ya que estaban por el distrito, Nath decidió pasar a comprar un par de cosas personales. Caminaron de nueva cuenta entre los aparadores elegantes y sofisticados que exhibían cosas de precios tan exorbitantes que Makoto ni siquiera se animaba a ver, aunque hubo varias cosas que juraba que le pedían a gritos que se acercara por ellos.

En algún momento las cosas se habían acomodado para que ella lo tomara del brazo y caminara pegado a él. Era una sensación reconfortante que al principio le incomodó, pero después de hacerse a la idea de que no hacía nada malo, le ajustó perfecto.

Se acercaron a la zona de restaurantes para comer, pero apenas estaban eligiendo el sitio cuando un hombre de unos sesenta años, pelo cano y sonrisa amable se acercó a ellos. Venía acompañado de un niño de unos siete años aproximadamente.

-Arima-san-saludó amablemente. Nath se detuvo y sonrió.

-Tanaka-san. Que gusto verlo mejor-respondió.

-Te lo agradezco muchacho, no hay nada que tumbe a este viejo roble—dijo sonriente-. Esta bella mujer debe ser tu esposa, ¿Cierto?

-Aún no soy tan afortunado, pero trabajo en ello.

Makoto se sonrojó. El señor Tanaka pudo notarlo y volvió a regalarle un gesto amable y jovial. Intercambiaron un par de palabras y después aprovechó para disculparse mientras ellos entraban en una conversación de trabajo, fingió interés por un aparador de una joyería cercana y caminó hacia él, esperando bajar el rubor de su rostro y centrarse de nuevo. Solo eran palabras galantes, él era así, coqueto de nacimiento.

Las joyas nunca fueron una de sus pasiones, pero las disfrutaba. Aunque ese collar de esmeraldas con aretes a juego sí que llamaron su atención. El corte era hermoso y el brillo tan llamativo que estuvo tentada a entrar y preguntar, solo por curiosidad. Aunque algo en ella le decía que era mejor no hacerlo, no quería que de ninguna manera Nephrite creyera que ella había adorado algo y que él debía comprárselo, no estaban ahí para eso.

-¿Es bello no? -escuchó en una voz melosa y suave, casi como la de un joven-. Te iría bien.

Makoto giró, esa voz y ese tono no le eran indiferentes.

Naru le era todo menos indiferente.

-Hola Naru- saludó temerosa. Sus ojos traidores miraron a su derecha en busca de Nephrite, la pequeña castaña lo notó y volteó también, solo para descubrir a su exesposo unos metros más adelante. Ella sonrió.

-Sabia que nunca te había visto por aquí, ahora entiendo.

Bajó un poco el rostro, una pésima costumbre que evidenciaba su inseguridad, aun cuando no estuviera haciendo nada malo.

La mente también la traicionó y no hubo manera que pudiera responder nada a aquello, se limitó a emitir una ligera sonrisa, muy pequeña y fugaz. Pero para su buena o mala suerte, Naru estaba ahí, inmutable y dispuesta a seguir conversando.

-Es un juego precioso. Son esmeraldas colombianas, muy claras y brillantes. ¿Sabías que las esmeraldas son piedras muy frágiles? ¡Es una verdadera lástima! Porque son realmente hermosas.

-Tienes razón.

-E irían perfecto con tus ojos. Te aseguro que si le dices, él te las compraría.

-No es necesario—se apresuró a responder. Fue notoria la molestia que aquellas palabras causaron en ella. Makoto nunca tuvo mucho dinero, pero tampoco era interesada. Estaba acostumbrada a tener sus cosas como producto de su esfuerzo, o el esfuerzo conjunto con su esposo y cada cosa lujosa o no, la disfrutaba igual siempre que lograba conseguirla.

-Es cierto, olvidé que este no es tu mundo—Naru sonrió.

Naru y Makoto nunca fueron amigas, tampoco es que fueran enemigas, pero simplemente mantenían su distancia incluso desde antes de que Nephrite volviera a la vida. Sus mundos eran diferentes, aunque tuvieran amigas en común. Naru era hija de una importante mujer en el negocio de las joyas, el nombre de su madre era reconocido y ella vivía con lujos y privilegios que Makoto ni siquiera había soñado y eso solo hablando del lado afectivo, el material no le era importante.

Pero ahí estaba.

Mientras la primera podía darse el lujo de gastar dinero en ropa, paseos y postres, Makoto pasaba tiempo administrando su mesada para pagar cuentas, comprar comida y juntar un poco para el negocio que deseaba tener, y otro poco (aún más poco) en los gustos que le permitiera pasar más tiempo con sus amigas.

¡Claro que ese no era su mundo! Siempre lo supo, pero nunca le había incomodado tanto como en ese momento.

Por otro lado, bastaba ver a Naru para darse cuenta de las diferencias. Era una mujer bella, de menudas dimensiones, pero elegante de pies a cabeza. Sus zapatos, su ropa y su cabello estaban cuidados y escogidos a conciencia, podía verse. Makoto sabía que sus jeans y su suéter eran básicos y cómodos. En ese momento agradeció tanto que estuvieran casi cubiertos por la hermosa gabardina "prestada".

Entonces de nuevo miró a su derecha, al elegante caballero que parecía desesperado por librarse del anciano y su nieto. Obviando la cara confusa del castaño al ver a su ex esposa charlando con ella, él era un hombre con porte, sofisticado y con mucha clase. ¿Qué estaba haciendo ella ahí?

-Pero es el mundo de él-agregó con un poco de malicia en la voz. Aquellas palabras trajeron de vuelta la atención de la oji verde a su interlocutor-. Aunque claro, al final eso no importa.

-¿A qué te refieres?

-Digo que, al final del día, el amor debe bastar.

-No es lo que tu piensas, si acaso insinúas que él y yo...

-¿No lo es? ¿Siguen siendo tan inmaduros acaso?

Los colores se le subieron al rostro y no de la manera gentil y tímida en la que solía pasarle. Por lo visto Naru había olvidado que Makoto también tenía su temperamento y este siempre estaba relacionado con la defensa y la protección. Nunca nadie la había tachado de inmadura y no iba a permitir que eso ocurriera ahora.

-Si lo dices por lo que pasó hace años, es un tema que debiste plantearle a él y no a mí.

-¡Oh, pero vaya que lo hice! -respondió con violenta alegría, aunque su tono era bajo. Ambas se sabían observadas por el shitennou-. Aunque veo que Andrew no fue lo suficientemente astuto para tocarlo contigo.

-No te pases, no tengo porque permitir que tú...

-¿Me meta con tu marido?

Fue como un balde de agua helada que cayó sobre ella en un parpadeo. Cargaba con aquello desde la primera noche y había intentado tranquilizar su conciencia a toda costa. Nada funcionó hasta que simplemente el tiempo se encargó de hacerlo llevadero, pero eso no significaba que no tuviera esa mancha en su corazón. No eran amigas, pero eso no le daba el derecho de acostarse con su entonces esposo.

-Naru, yo …

-¿Lo sientes? -preguntó simplonamente-¡Sí, sí! No era tu intención y todo eso, se dejaron llevar, bla, bla, bla... -balbuceó mientras agitaba su mano con moderada algarabía-, ya lo escuché antes, una vez por ti y unas cuantas por otras mujeres más, ¿Lo sabes no? -Makoto lo sabía-. Historia antigua, aunque esperaba que después de tantos años dejaran por fin el papel de víctimas y se hicieran cargo de sus propios asuntos.

-¿Víctimas?

La pregunta salió tan alta que Naru giró a ver a Nath. Realmente estaba teniendo problemas para deshacerse del señor Tanaka y su parentela que parecía haberse incrementado de la nada, sumando un hombre que podría ser su hijo y otro niño más. La pequeña pelirroja tomó a la senshi del brazo y la hizo entrar sin mucha dificultad a la joyería, no sin antes hacer un gesto amable y despreocupado con su mano a su ex marido.

Llegaron al mostrador, donde ambas fingieron mirar un nuevo lote de joyas.

-Supongo que no sabes por qué terminó mi matrimonio, ¿Cierto? -dijo a la par que la dependiente se acercaba a ellas-. Muéstrame el collar de esmeraldas por favor, el que está afuera—dijo refiriéndose a la joven mujer.

-Pues siempre supuse que fue por... tú sabes.

-¡Oh, vamos! -sonrió-, justo a eso me refiero. Ustedes dos siempre han estado destinados, no me quedó la menor duda y por si acaso, Serena y Darien me lo explicaron hasta el cansancio, al igual que a Andrew desde luego. Pero dime, querida Makoto ¿Es acaso un crimen enamorarse? -Pudo darse cuenta que Makoto no iba a responder, así que tomó aire y se preparó para ser ella quien llevara por completo la conversación-. No lo es, y es por eso que creo que no deberían juzgarnos a Andrew y a mí como criminales.

-¿Quién hizo eso?

-¡Todos! -respondió sonriente mientras tomaba el collar de su estuche y lo ponía apenas por encima del cuello de Makoto-. Ábrete el abrigo, veamos cómo se ve—La ojiverdela miró extraña, pero obedeció, aun consternada con el comentario anterior-. ¡Ay pobre Mako, Naru se llevó a Nath! ¡Ay pobre Naru, Nath se casó con ella porque Makoto ya tenía novio! ¡Ay, pobre Andrew... nunca será competencia para Nath!

-Eso no...

-Sí querida, eso sí. Paso. Quizá no frente a ti, pero pasó. Nath, Andrew y yo lo escuchamos siempre, a ti te tienen mucha consideración por... bueno-suspiró-. Son tus amigas a final de cuentas. Pero todas están equivocadas. Se compadecieron todo el tiempo de ti y de Nath como si fueran las víctimas aquí, pero si alguien es víctima somos Andrew y yo, porque ustedes dos nos hicieron creer que "lo nuestro", podría ser cuando todo el tiempo supieron que no.

Se rindió con el collar y se lo devolvió a la vendedora, Makoto era muy alta para ella y no podría abrocharlo, aunque quisiera. Así que giró y tomó los pendientes, ofreciéndolos para que la misma senshi se los pusiera. Lo hizo sin pensar.

-¡Divinos! -exclamó sonriente-. En un cuello tan largo como el tuyo y con tu rostro y tus ojos se ven como una joya debe lucir.

-Me estás confundiendo. ¡No entiendo nada de lo que está pasando! ¿Quieres ir al grano por favor? -dijo ya más alterada. La chica tras el mostrador retrocedió un poco para darles espacio.

-Dejé a Nath no por serme infiel, y no solo contigo... tal vez es horrible lo que voy a decir, pero podía soportar un ocasional desliz a tu lado, pero cuando lo dejaste comenzó a buscar gente parecida a ti y eso si no podía permitirlo. Siempre supe que terminarían juntos, porque eventualmente moriré mientras ustedes no. ¡Básicamente lo tenía prestado! -su voz una mezcla de burla y melancolía-. Le dije que quería estar con él el tiempo que pudiera darme, el que resistiera sin estar contigo. Pero cuando tú lo dejaste y te buscó en otras "mortales" entendí que no tenía sentido continuar, ¿Me comprendes?

Naru volteó a la salida y pudo ver a Nath parado afuera, un cigarrillo en la mano y la vista clavada al suelo le dio a entender que había decidido aguardarlas, muy sabiamente de su parte.

-Nada le costaba darme unos, ¿Cincuenta? ¿Setenta años? De su muy muy longeva vida, podría ser egoísta de mi parte, pero ¿Qué son setenta años contra toda la eternidad?

-Poco.. -susurró casi para sí, entendiendo perfecto lo que Naru quería decirle.

-¡Exacto! Pero hubo un problema. Resultó que no pude ser tan egoísta y que comprendí que, si me quedaba con él, con suerte me vería morir mientras fuera relativamente joven y funcional. Tendría que curar su corazón roto por un tiempo para después continuar. ¡Oh, pero si tenía mala suerte debería verme envejecer y morir como su abuela! Y sufrir mucho más mientras ese momento llegara—la última frase terminó en un hilo de voz-. No quise verlo en esa penosa situación, aunque me hiciera feliz estar a su lado. Y mira que él opuso resistencia, pero ¿Qué caso tenía? ...Aunque no todos somos iguales-agregó.

Y así de fácil lo entendió. Naru tenía tanta razón que Makoto sintió un cristal romperse en su interior, uno que era frágil y que ya estaba algo fracturado. ¿Realmente tenía fundamento su inconfesable recelo hacia ella? ¿Hacia Andrew?

-Y aquí están las joyas más bellas del mundo, haciendo añicos mí ya mancillada reputación-exclamó Nath mientras entraba a la joyería, el ambiente se llenó ligeramente al aroma del tabaco que acababa de fumar.

-En primera Nath, no todo gira a tu alrededor y en segunda, ¿Sigues fumando? -preguntó Naru sarcásticamente mientras se preparaba para ser besada en la mejilla-. Un vicio terrible que va a matarte algún día.

-¿Quieres apostar? -La pelirroja sonrió con dulzura. Makoto apenas curvó los labios, aun pasmada por su conversación-. Siempre has tenido buen gusto-agregó mientras acariciaba uno de los pendientes de esmeralda que seguían en las orejas de Makoto.

-¡Lo sé! Y no te preocupes, los cargaré a tu cuenta.

-Cuento con ello.

Makoto retrocedió un poco tratando de tomar el aire suficiente para hablar. Parpadeó un par de veces y tuvo que aclararse la garganta antes de poder hacerlo.

-¡No, no para nada! -exclamó nerviosa mientras retiraba los sarcillos y los colocaba de vuelta sobre su estuche-. No los quiero, no es necesario—se apresuró a agregar antes que alguno pudiera contradecirla.

Naru la observó un momento antes de asentir y pedirle a la vendedora que los devolviera al aparador.

-Es una pena, realmente lucían hermosos en ti. Dudo que alguien más pudiera portarlos de la misma manera.

-¡No necesito unas joyas! Yo.. Yo solo necesito aire...permiso-alcanzó a decir antes de salir a toda prisa de la joyería. Nath miró a Naru con un poco de recelo.

-No te hagas que no escuchaste, no le dije nada malo. Y mejor anda antes que se te escape.

Él hizo una mueca confusa, que de a todas le daba la razón a la pequeña mujer. Sonrió antes de besar su mano. Para Nath, Naru seguía siendo la chica dulce de la que alguna vez se enamoró y con la que siempre estaría en deuda, por eso seguían siendo amigos y la cuidaría hasta el final, aunque ella no lo supiera-. Cuídate, linda. -le dijo antes de salir tras la alterada guerrera.

-Siempre.

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Podía sentirla, así que en vez de correr solo caminó hasta la hermosa y alta castaña de ojos verdes y perturbados. Makoto se había detenido cerca de un enorme reloj con la cuenta regresiva para año nuevo, que gobernaba la avenida principal del distrito comercial. Su mirada estaba fija en la hora que tintineaba a lo alto. Treinta horas y dieciocho minutos para año nuevo.

La abrazó de nuevo por la espalda, como lo había hecho en la cocina por la mañana.

-¿Es lo que hay para nosotros? -preguntó sin apartar su vista de lo alto.

-¿Te refieres a la eternidad? -indagó. Su voz sonó dulce contra su sien, donde había recargado sus labios-. No lo sé-respondió ante el movimiento afirmativo de su cabeza-. Solo sé que si tú quieres estar en mi eternidad, aunque aquí y ahora quieras o necesites estar en otro lado, yo te esperaré.

Makoto se giró hacia él. Sus ojos brillantes y tristes lo miraron directamente a sus orbes marrones y profundos. Su nariz estaba roja, una parte por el frío que al fin sentía y otra por el llanto que acababa de secarse antes de que él llegara.

-¿Harías eso por mí?

-¡Desde luego! Pero ¿Podrías aguardar hasta mañana? Si James llega a casa y no te ve, tendré que soportar una eternidad de reproches y burlas.

Los dos sonrieron, un gesto leve pero sincero que se volvió en un par de risas y luego una carcajada más pura y alegre. Pero Nath la cortó con un beso, uno dulce pero intenso, una caricia que le dejaba claro que, si no era ella, no sería nadie más.

CONTINUARÁ...

Agradecimientos:

LadiJupiter, Jovides1, Darkkitty04, LitaKino1987, Luvia Estrella y lectores anónimos que no se animan a escribir pero ahí andan. Mi agradecimiento eterno por leer mis locuras y cursilerías... sus mensajes son el látigo que me tienen actualizando casi diario... ¿Tengo mucho tiempo libre o que? ... más bien el "¿o qué? jajaja.

saludos!