Y si te quedas esta noche
Y si me abrazas en la cama
Y si encaramos, por fin, tantas ganas
De ser los testigos de nuestras mañanas

Ella había estado tan seria desde que volvieron de Ginza.

Apenas dijo palabra durante la comida y ni hablar del camino de regreso. Nathaniel supo que fue mala idea pedirle que se quedara, pero cuando le ofreció llevarla a casa si eso quería, ella se negó.

Claro que había escuchado buena parte de su conversación con Naru, aunque no desde el principio, sin embargo fue lo suficiente para darse cuenta de varias cosas que se había rehusado a aceptar antes.

En primera, él era un maldito cretino.

En segunda, no se merecía a ninguna de esas dos mujeres.

Y en tercera, él era un maldito cretino, otra vez.

Nath se quitó los lentes y se frotó los ojos con ambas manos al mismo tiempo, estirando un poco de su piel en movimientos bruscos y un poco dolorosos. Luego metió la cabeza entre sus antebrazos y se mantuvo inclinado un rato, sentado frente a su escritorio.

Ella estaba en la cocina, preparando algo que olía demencialmente delicioso.

Tenía casi diez años tratando de no juzgarse tan duramente. Él solo había sido un maldito afortunado nacido en cuna de oro en Estados Unidos, de madre nipona y padre americano. Vivió ahí hasta los quince años y luego llegó a Japón, donde el abuelo de su madre le inculcó el gusto por la astronomía y el arte.

"Las estrellas lo saben todo" repetía el hombre, sobre todo cuando Nath llegaba con algún problema o drama juvenil que le pareciera imposible de resolver. Esas palabras eran su consuelo siempre.

Así fue que cuando cumplió veinte ya tenía su propia colección de arte y un nombre entre quienes se movían en el rubro. Además estudiaba astronomía y la vida parecía sonreírle. Era guapo, inteligente y sociable, ¿Qué podía salir mal?

Pero entonces ocurrió ese accidente que dejó en coma a Nathaniel Arima y trajo a la vida a Nephrite, rey celestial del norte, corrompido por el Negaverso.

Y luego ocurrió ese otro "percance" que devolvió a Nathaniel a un mundo que había seguido girando sin él.

Así que Nath se sintió perdido y a la deriva, cada latido parecía aturdirlo y por un buen tiempo no encontró su lugar. Estaba molesto, oyendo voces que parecían venir del universo y que nadie más escuchaba, aunque lo peor fueron las otras voces humanas que le decían que su familia había muerto en el accidente que él seguía sin recordar… voces por aquí y otras por allá.

Había una voz dulce y amable, la de un hombre un poco más joven que él, cabello negro y ojos azules. Él lo calmó, aunque lo que le contó sonó a un cuento de hadas que tardó bastante en digerir, pero Nath nunca dudó de su veracidad. Sobre todo, porque concordaba perfecto con lo que recordaba y que creyó una pesadilla, ese tiempo donde algo perverso hablaba en su nombre y y hacía fechorías con su rostro y cuerpo.

Y luego apareció esa otra voz... la dulce y un tanto chillona voz de Naru, ¡A quién recordaba perfecto! Esa chica que fue la única que le mostró amor cuando la maldad le invadía por completo.

¿Podrían juzgarlo por sentirse seguro con ella?

La respuesta era que sí, si hubo quien lo hizo. Y no comprendía el porqué.

¡Pero es que también estaba esa otra mujer! La de los ojos esmeraldas más bellos que había visto nunca, ¿O si los había visto antes?

Estando a su lado no había voces ni ruidos. Las estrellas parecían callarse y la tierra dejaba de temblar bajo sus pies. Tocarla fue sentir la paz que debía vivirse flotando en el universo, fue sentirse tan pequeño que sus problemas no eran nada y tan grande como la parte más importante de la creación.

Pero ella tenía a alguien y él tenía a Naru, así que lo que haya sido esa sensación debía pasar pronto, no podía ser gran cosa.

Pero se equivocó.

Nath alzó la vista y sus ojos se fueron sobre el cuadro que Kaioh-san había hecho para él como regalo de cumpleaños. Uno que de igual forma tuvo que pagar, pero que al menos sabía que el dinero iría a parar a una asociación que apoyaba a niños sin hogar.

Supuso entonces que el verdadero regalo fue llevar a la modelo de carne y hueso para que pudiera estar con ella un momento, uno que debía alargar hasta donde fuera posible.

Y todo había estado bien, incluso cuando Makoto se ausentó tanto tiempo y volvió oliendo a sándalo, la fragancia de ese hombre que había llegado antes que él. Nath podía con eso, Nephrite no, ¡Pero carajos que él ya no era ese sujeto! Así que se calmó y se limitó a agradecer que estuviera de vuelta.

Mas no contaba con que esa mañana se encontrarían cara a cara con su pasado, con aquella mujer que había querido tanto pero que no era ella, la ninfa de ojos verdes que tenía su corazón encerrado tras sus largas pestañas.

Naru fue una buena esposa, cariñosa y atenta. Quizá demasiado comprensiva o al menos lo intentó. Ella también dejó claro que no quería tener hijos, no soportaba la idea que un bebé suyo terminara luchando para salvar el mundo de incontables amenazas, tuvo mucho de eso viendo a Serena durante su adolescencia, no expondría a un inocente. Esa era una razón, la otra y que nunca le dijo fue que no soportaba pensar que, si ella faltara, Makoto Kino ocupara su lugar como madre.

Compartir al general era una cosa, pero un hijo nunca.

Aquella noche, la primera, cuando volvió a casa después de encontrar a la oji verde en la calle y casi atropellarla. Después de que la llevó a su antiguo departamento de soltero para calmarla y terminara realmente sin pretenderlo, haciéndole el amor como un poseso y se quedara con ganas de mucho más, encaró a su esposa con la vergüenza bien puesta en el rostro.

Fue la única vez que se justificó ante ella, la única donde sintió pena y asco por él mismo. Sabía qué hacía mal, pero también sabía que ocultarlo sería aún más ruin y bajo, sobre todo porque todo en él le pedía buscarla y repetirlo. ¡Y maldita sea no podía contenerse! ¡No hacía otra cosa que no fuera pensar en Makoto y sus ojos esmeraldas!

Las siguientes dos veces guardó silencio y esperó un reclamo que nunca llegó.

Nunca entendió como Naru soportó tanto, aunque el dinero que gastaba en joyas, ropa y lujos en demasía supuso que ayudó. Estaba consiente de haberla lastimado, por eso cuando la mujer comenzó a viajar y no volver en semanas sin decir ni a donde o con quién, él no preguntó. Al menos no a ella, las estrellas por otro lado no se tentaron el corazón.

Pero él nunca dijo nada, y se limitó a cubrir cualquier escándalo que manchara su nombre, no podía perjudicarla más... Ni cuando Makoto lo dejó y él la buscó en un par de mujeres más que no estuvieron ni cerca de ser lo que su esposa era para él, mucho menos de "su ninfa".

¿Tendría caso explicarle a Makoto los detalles de su matrimonio? Nath se echó hacía atrás en su enorme silla y miró al techo. Estaba convencido que todo aquello sería justificar sus errores, quizá la oji verde lo considerara innecesario o de mal gusto y para su desgracia, Makoto no era algo que las estrellas interpretaran por él.

Seguía sorprendido que aceptara su atrevida propuesta. Pero ahora tenía algo cierto, dejarla ir sería desgarrador y algo que no se perdonaría nunca.

Se puso en pie pesadamente y salió del despacho, caminó por el pasillo hasta llegar al espacio abierto que formaban su cocina, su sala y su recibidor. Ahí estaba ella, probando el sazón de una olla.

Sonrió, porque esa era la visión más reconfortante del día.

Fue hasta ella de nuevo por la espalda, le gustaba hacerlo porque de una forma extraña lo hacía sentir como su protector, su guardián, aunque no lo necesitara.

-Prueba esto, -pidió mientras le acercaba un pan con una ligera capa de la salsa que estaba sazonando.

-¡Delicioso! -dijo aun con la boca llena. Ella le frunció el ceño en señal de regaño pero le sonrió por el halago-. Solo hay un problema.

-¿Qué? ¿Cuál? -preguntó asustada y confundida.

-Quiero que vengan a jugar, no que se queden a vivir. Si les ofrezco esto no saldrán nunca de aquí.

-¡Oh, tonto! -Makoto lo golpeó suavemente con una servilleta y Nath sonrió, amaba verla sonrojar y más disfrutaba ser él quien lo provocara.

Salió del paso tomando una bandeja con bocadillos y se fue a acomodarla a la mesa de póker que ya estaba en la sala. La siguió como una sombra y la alcanzó mientras veía como parecía calcular el lugar exacto donde ponerla. Era tan meticulosa.

-¿Qué te parece? -preguntó mientras volteaba orgullosa de su trabajo. Tenía todo preparado y eso la hacía lucir más alegre que un par de horas atrás.

-Es increíble, como todo lo que tú haces.

Acortó la distancia y acunó su rostro con ambas manos. La miró unos instantes antes de besarla. Pretendía ser un beso corto pero no lo logró, por el contrario lo profundizó lo suficiente como para hacerla retroceder hasta el sillón, donde terminaron recostándose para seguirse besando.

Era tan fácil amoldarse en ella, como si su cuerpo supiera perfecto la altura adecuada para que sus formas embonaran. El embriagador perfume de rosas de su cabello y esa piel tibia y suave lo enloquecían, ¡Era tan dócil a ella! ¿Cómo no se había dado cuenta?

Si Makoto le pedía volverse loco y acabar con el mundo… ¡Oh, vaya que lo haría!

Por ella dejaría su vida, sus pertenencias y su pasado. Escaparía a una isla o a un pueblo lejano y viviría con humildad de ser necesario, siempre que esos ojos verdes fueran sus luceros del alba, ¡Qué importaba que fuera el planeta equivocado!

Pero había un problema, Nathaniel no estaba seguro que ella sintiera lo mismo por él.

-Quieto... -jadeó cuando él comenzó a bajar por su cuello-, los chicos... vendrán pronto.

-No les abriré. -sentenció contra su piel, ella se estremeció y sonrió a la vez.

-¡Entrarán y nos verán! -replicó casi en un gemido. Las manos del castaño ya incursionaban bajo su suéter rumbo a sus senos.

-Que vean y aprendan.

-¡Oye! -exclamó en lo que pretendió fuera un reclamo pero que terminó siendo motivo de risa. Nath se detuvo y subió de vuelta hasta su rostro, estaba ligeramente despeinado y ella exhibía un hermoso carmesí en las mejillas.

-Esta noche serás mía, ¿Entendiste?

-¡Sí general! - respondió mientras se llevaba la mano a la frente en un gesto militar. Él sonrió un poco confuso, pero igual le dio un beso más corto antes de sentarse y traerla consigo.

-Makoto, antes que los chicos lleguen hay algo que quisiera pedirte.

Su tono solemne y plano la hizo preocuparse. Nath tomó su mano y comenzó a acariciarla suavemente.

-¿Qué pasa? –preguntó mientras lo miraba fijamente a los ojos.

-Bueno, los chicos. Sé que no has tratado mucho con ellos estos años y tampoco con las chicas, así que quizá esto no lo sepas y si lo sabes, me veo obligado a recordártelo—dijo. Él le devolvió la mirada y se aclaró un poco la garganta antes de continuar-. Conoces a James, es un bobo cabeza hueca que la vida no puede preocuparle menos. Él quizá te adore apenas menos que yo y jamás te diría nada, pero Kurt y Zack son un poco más aprensivos al respecto. A lo que voy con esto—agregó al ver la confusión acrecentarse en el rostro de la castaña-. Es que ellos no son más Jedite, Kunzite y Zoisite, y realmente no disfrutan que les llamen así.

-¡Oh, yo… qué pena! –exclamó un tanto alterada. Quiso retirar su mano de la de él, pero no se lo permitió-. Tantas veces… yo… Jed…James—corrigió.

-No harán una grosería, ellos comprenden que tú no estés acostumbrada a sus nombres reales. Pero si pudieras ayudarme con esto… Yo a veces les llamo idiota uno, dos o tres para no equivocarme.

Makoto se sentó derecha al escuchar lo último. Escudriñó con la mirada al hombre frente a ella que no pudo más y terminó por sonreír. Ella sonrió en el instante que su cerebro captó que era una broma, ¡Estaba tan apenada por James que no se dio cuenta que le tomaban el pelo!... Por James…

-¡Oh, rayos! –murmuró molesta. Esta vez logró soltarse del agarre de Nath-. Todo este tiempo te he llamado Neph…rite… ¡Perdóname! –repitió incesante mientras tomaba su rostro y le daba pequeños besos repartidos en todos lados. Nath sonrió ante el ataque de cariño empalagoso que estaba recibiendo. Pensó que habría más drama cuando ella notara que en los dos días que llevaba a su lado se dirigía a él con el nombre de ese difunto y desgraciado general.

No supo cómo Makoto se las había arreglado para sentarse a horcajadas sobre él, de manera que cuando su exabrupto disfrazado de pena terminó, sus rostros estaban cerca de nuevo.

-Tú puedes llamarme como quieras—dijo mientras devolvía un mechón de los cabellos cobrizos a su lugar.

-¿Alguna predilección? –preguntó con travesura, dispuesta a hacer lo necesario para reparar su error.

-Bueno, que tal si …

Pero el timbre del intercomunicador interrumpió su conversación. Nath le pidió a Makoto un momento para atender. Era el conserje avisando de una visita.

-Darien está aquí.

Y la sangre de la ojiverde se le fue a los pies.

-¿Cariño, estás bien?

Lo cierto era que no. Pero asintió con la cabeza para no preocuparlo. Nath había hablado de los chicos y mencionaba tan poco a Darien que Makoto en algún momento lo olvidó. Las manos le sudaron y tuvo que secarse en la ropa, ahí fue cuando se dio cuenta que todavía no se había mudado de atuendo. Nath llevaba unos jeans negros, una playera de un color arena y por encima una chaqueta chocolate, que resaltaba el color apiñonado de su piel. Ella traía un mandil encima de su modesto suéter.

-¡No estoy lista! –fue lo último que dijo antes de salir corriendo rumbo a la habitación.

¡Maldita sea! Hasta sus ataques de pánico le resultaban adorables.

Makoto escuchó la puerta abrirse y como Nath y Darien comenzaban a charlar. Podría asegurar que escuchó su nombre, pero estaba tan nerviosa que decidió dejar de prestar atención y arreglarse como debía ser. Hacía mucho tiempo que no veía a ninguno de ellos.

A James lo vio hace dos años, cuando fue a visitar a Rei al templo. Fue un momento breve, una sonrisa lejana y un gesto con la mano. Su amiga parecía tan ocupada que la incomodidad pudo más y decidió irse, sin alcanzar a contarle como es que había atrapado a Andrew de nuevo con Reika y como deseaba desesperadamente hablar con alguien sobre eso.

A Kurt y a Zack los vio en el cumpleaños de James, un año antes que eso. Así que sí, tenía mucho que no veía al equipo shitennou. A Darien lo vio, lo suficiente para hablar con él, un par de noches después del último ataque de un youma, cuando la llamó para preguntarle por Andrew y ella, en un momento de debilidad le contó que él se había ido de casa.

Darien fue a verla de inmediato, le ofreció consuelo y un hombro donde llorar.

Y ahora estaba ahí, porque para su terrible suerte, ese moreno de ojos zafiro era su mejor amigo, el mejor amigo de su esposo y uno de los mejores amigos del hombre con quien consideraba una relación ahora.

¡Como si no hubiera más gente en el mundo!

Terminaba de ponerse el último pendiente cuando el tocar a la puerta la sacó de sus memorias. Era un pendiente largo de plata, en cuyo broche figuraba una pequeña piedra de color vino, el mismo tono de la blusa que llevaba, combinada con una falda negra en forma de lápiz que le llegaba poco más arriba de las rodillas, el cabello recogido en un moño alto un tanto despeinado y el maquillaje ligero, como gustaba llevarlo.

-Pasa—dijo sin pensar mientras abrochaba el ganchillo del arete.

-Me gustaría decir que los años te han sentado bien, pero lo cierto es que siempre has sido hermosa y muy elegante.

-Darien.

Makoto se ruborizó, si algo debía reconocer al doctor Chiba eran sus galantes comentarios. Quiso girarse para verlo, pero fue tarde, él estaba justo detrás de ella, lo miró entonces por el reflejo del espejo del peinador.

-Es raro que un hombre soltero tenga un peinador, ¿No crees?

-Pude esperarlo de uno tan vanidoso—respondió. Darien sonrió ante el comentario y se inclinó hacia ella para besarla en la mejilla. Después se estiró un poco más y tomó el collar que hacía juego con los sarcillos y seguía en su caja.

-Si no recuerdo mal, este te lo dio Serena en tu cumpleaños hace un tiempo.

-Así es, no suelo comprar joyería. No desde que perdí mis aretes—dijo nostálgica. Darien terminó de abrocharle el collar y ella sonrió en agradecimiento.

-Debo decir que me alegré al saber que te vería esta noche. Serena quería venir, pero los chicos la vetaron una noche que pretendió decirme sus cartas y no fue nada discreta.

-¡Serena nunca cambia! –exclamó demasiado feliz de saber que las cosas seguían iguales.

Makoto se puso en pie y Darien la abrazó con ternura, como solía hacerlo unos años atrás.

-Bueno, quería saludarte y pedirte un cargador, Nath me dijo que lo buscara aquí.

-Lo vi en el despacho, vamos.

Los dos salieron de la habitación y entraron en la siguiente puerta. Makoto se veía tan segura moviéndose por la casa de Nath que Darien no pudo evitar sonreír traviesamente y tramar un comentario mordaz para molestarla, pero entonces giró y vio el cuadro a sus espaldas. Las ideas se le fueron de la mente y sus ojos se abrieron hasta su límite.

-¡Oh mira, aquí lo tie…! ¡Darien! –gritó asustada en cuanto cayó en cuenta lo que el oji azul observaba con tanta fascinación. Los colores se le subieron al rostro y sintió que el mundo se le vendría encima. Tenía que apuntar matar a Nath después de deshacerse del cadáver de Darien, ¿Cómo explicaría la repentina desaparición del rey y uno de sus shitennou? -. ¡Deja de ver eso!

Pero ya era tarde, cuando llegó a él pudo ver la sonrisa pícara en su rostro. Makoto le dio un codazo y Darien se recogió de dolor, pero su mirada decía que la pena lo había valido y podría aguantar quizá dos más. ¡Qué horror pensar en lo que James haría si lo viera!

-¿Lo hizo Michiru? –preguntó mientras se sobaba la costilla que por poco le rompía la senshi del trueno. Ella asintió con la cabeza y se paró frente a él, en un mal intento de cubrirle el cuadro-. Es hermoso, casi tanto como tú.

-Se supone que nadie lo vería—gruñó-, parece un raro fetiche.

-Es muy bello, no puedes culparlo por querer verlo siempre. Además, conozco a Nath, seguro Michiru le ha jugado una broma haciéndolo tan… detallado.

-¡Darien!

-Le falta el lunar que tienes en…

-¡Darien! –gritó de nuevo mientras le tapaba la boca con la mano. El moreno comenzó a destornillarse de la risa mientras ella lo veía con el rostro encendido en pena-. Espera, yo no tengo lunares.

Y era verdad, así fue como supo que ese hombre solo la estaba molestando.

Y se descubrió a sí misma riendo de nuevo, como no lo hacía hace muchos años.

-¡Vaya que te extrañé!

Se dieron un nuevo abrazo. Uno más profundo y sincero que el primero. Uno que le dijo a ella cuanto la había echado de menos por tantos meses y lo mal que se sentía por no buscarla. Y ella le dijo a él lo terrible que la había pasado sola y lo mucho que un amigo le hacía falta. Todo sin una sola palabra de por medio.

-¿Qué haces aquí? –preguntó después de un minuto en silencio. La charla comenzó fuerte, justo con la pregunta más incómoda de todas.

-No lo sé—respondió con sinceridad-. ¿Debo irme?

-¿Quieres hacerlo?

-Tampoco sé eso.

Los dos se soltaron y tomaron su distancia, recargándose en el enorme escritorio con la vista puesta en la pintura de la pared.

-Cuando Nath me dijo que estarías aquí, no supe que pensar. Le conté a Serena y ella comenzó a brincar de alegría como si le hubiera dado la mejor noticia del mundo.

-Serena siempre ha sido muy optimista.

-Así es, pero fue precisamente eso lo que me hizo decantarme entre si estaba feliz o no.

-¿A qué te refieres?

-Bueno, -comenzó Darien, aunque se vio forzado a hacer una pausa para elegir bien sus palabras-. Andrew es un buen hombre, aunque su actitud hacia ti ha dejado mucho que desear. Una parte de mí se siente culpable por no haber hecho algo para hacerlo entrar en razón. Pero lo cierto es que es un adulto, que tomó sus propias decisiones y que debe afrontar las consecuencias.

-Como todos…

-¡Exactamente! Y eso mismo podría decir de Nathaniel. Es un buen hombre que también ha cometido muchos errores, y la mayoría de ellos han sido en torno a ti, pero puedo dar fe de que lo que hay en su corazón es honesto, más lo que hay en su mente es un misterio para mí.

-Así, que si tuvieras que elegir… ¿Con cuál te quedarías?

Darien sonrió, Makoto hizo lo mismo, pero con más cinismo.

-Tengo debilidad por los rubios, pero los morenos somos fuego—sus ojos con un brillo de malosa picardía.

Y lo cierto es que Makoto no dijo nada, menos porque pensaba exactamente lo mismo.

-Supongo que sabes que Andrew se va pasado mañana a Okinawa, ¿Cierto?

-Sí, estaba muy emocionado por su nuevo puesto. ¿Cómo lo supiste?

-Lo vi ayer, fue a la casa mientras yo … bueno yo estaba ahí. Me pidió que me fuera con él.

-¡Vaya! Esto merece un trago—Darien caminó hacia la estantería, justo al lado del cuadro. Sacó una botella y sirvió dos vasos-. No te preocupes, hago esto todo el tiempo-agregó cuando vio su rostro confundido-, entonces... ¿Quieres ir con él?

-No lo sé. -su voz salió como un lastimero suspiro-. Creo que debería, es mi única familia.

-No lo es-aseguró con firmeza mientras le entregaba su vaso-. Serena y yo lo somos, todos los demás lo son también.

Makoto sonrió por compromiso. Hace mucho que no sentía a las chicas como una familia, no desde que se retiró de ellas por razones que ahora le parecían una burla. Aunque, por otro lado, Setsuna y las demás seguían siendo un lazo fuerte, pero siempre se sintió que ese no era del todo su lugar.

-Cierto-aseguró agradecida-. Es solo que, bueno... Hoy por la mañana estuve hablando con Naru y ella mencionó que...

-¿Naru? -interrumpió Darien, una de sus cejas estaba arqueada, su rostro tan sorprendido que a ella le resultó cómico-, ¿Y me lo dices tan casual?

-La vimos en Ginza, fuimos de compras y entonces tuve un encuentro cercano del tipo que hubiese preferido hablar con Beryl que con ella.

-Y te aseguro que Beryl hubiera sido más objetiva y amable-respondió el moreno mientras bebía su licor. Makoto estaba por darle otro codazo, pero se movió a tiempo-. Vuélveme a golpear y traeré a los chicos aquí ahora mismo. -sonrió.

Iba a responderle, pero entonces cayó en cuenta de las voces que se escuchaban y que eran bastantes. Ellos habían llegado, palideció de nuevo.

-Bueno-tartamudeó todavía asustada por los recién llegados-, a lo que iba es que Naru mencionó el haberle pedido a Nath que se quedara algunos años con ella y...-suspiró inquieta-, creo que si Andrew me pidiera...

-Que lo ha hecho, pero con otras palabras.

-Sí, sí... si Andrew me pidiera que le diera unos cincuenta o sesenta años de mi vida, comparados con la eternidad, no serían nada, ¿No crees?

-¿Te quedarías para verlo morir? -Makoto bebió un poco, tratando de esquivar la pregunta-. ¿Sabes? En ese sentido tú y yo tenemos una triste ventaja ante los demás. Vimos la muerte desde niños y eso nos hizo fuertes, quizá algo fríos al respecto, más cuando te das cuenta que serás tan longevo que podrías rayar en la inmortalidad, pero lo cierto es que no somos inmortales, sino infinitamente jóvenes.

-Es casi lo mismo.

-¡Claro! Para alguien como Andrew o Naru es casi lo mismo. Pero debes estar consiente que el tiempo nos dejará atrás algún día, y entonces volveremos para comenzar el ciclo otra vez, por otra casi eternidad.

Ella lo sabía, pero oírlo de Darien había hecho aquella verdad un tanto más tangible que cuando se lo repetía al espejo en la soledad de su departamento.

-Podrías darle algunos años a Andrew, cierto. Con buenos cuidados que sé que le darás, llegara a los noventa, incluso podrían ser más si logramos encontrar la fórmula para que el cristal de plata haga más longevos a los seres humanos. Pero dime, ¿Serían años felices? ¿Serían de calidad?

Makoto lo miró, sus ojos entrecerrados mostraban un poco de disgusto ante la insinuación-. ¿Por qué no lo serían?

-Nath creyó lo mismo un tiempo, cuando él se planteó hacer lo respectivo con Naru. Pero le bastaron cinco años para darse cuenta que no serían años felices, mucho menos después de conocerte a ti.

-Yo no quería que su matrimonio fracasara.

-Ni él, pero lo hizo. Supongo que Naru te dijo que ella lo dejó, pero lo cierto es que ambos lo hicieron. Ella no podía vivir pensando que él iría detrás de tu recuerdo donde quiera que lo viera y él no podía seguir sabiendo que un capricho los lastimaba a ambos.

-Ella dijo...

-Y Serena dice que las galletas que le hornea a Rini para la escuela las hace ella, pero las compra-sonrió-. ¡Mako cariño! Todos podemos decir muchas cosas a favor y en contra de quién tú quieras. ¡Andrew es un infiel algo inmaduro! ¡Nath es un vanidoso y un tanto frívolo sujeto! ¡Makoto está tan obsesionada con complacer a todos que se olvida de ella!

-¡Basta!

-Andrew es un buen hombre que te ama, aunque también es un idiota que no supo valorarte. Nathaniel es otro buen hombre que simplemente no concibe su mundo sin ti, y lo suficientemente imbécil para no poder decírtelo con la ropa puesta.

-¡Darien! -gruñó molesta. Las luces del departamento sufrieron una pequeña variación de voltaje.

Makoto estaba por abandonar la habitación, pero el oji azul fue más rápido y la tomó de la muñeca, girándola hacía él y abrazándola, esta vez por la fuerza. Se acomodó en sus brazos, como aquella vez que lloró con él cuando su esposo la dejó, aquella en que entendió que Darien era el hermano que nunca tuvo. Claro que ellos eran su familia, ¿Cómo pudo olvidarlo? -. No me odies, solo quiero que entiendas que, si debo escoger un bando, yo simplemente estoy de tu lado-susurró.

-¿Todo bien allá? -se escuchó desde la sala. La voz de Nath sonó seria y preocupada.

-¡Sí! -respondió Darien-. Danos cinco minutos.

-Quizá debamos ir allá-balbuceó.

-Sí, pero antes déjame decirte una cosa—Darien barrió con su dedo una lágrima que resbaló por la mejilla de Makoto-. Creo que es maravilloso que te hayas dado la oportunidad de salir de tu zona de confort, con o sin Nath de por medio, lo que estás haciendo es un paso enorme para tu corazón y tu autoestima-sonrió-. Creo que lo que te haya pedido Andrew obedece a sus propios deseos, y lo que Naru te haya contado viene de su experiencia con Nath, que no fue muy buena, por cierto. Incluso podría decirte que lo que Nath te esté ofreciendo debe sonar maravilloso por tres días, pero un fin de semana no es suficiente para que veas el panorama completo.

-¿Entonces?

-Entonces deberías hacerle caso a Makoto Kino, es una buena chica, muy inteligente y muy capaz. Ella te dirá exactamente lo que debes hacer para ser feliz.

-¿Y si se equivoca? -preguntó alzando su rostro, sus ojos verdes brillaban enternecidos.

-Bueno... si ninguno de ellos es la respuesta, siempre podré ayudarte a buscar a Senpai.

-¡Oh, eres un tonto! -exclamó mientras le daba un ligero golpecito en el pecho.

Tres minutos después ella estaba lista.

Al menos lo más que podía estarlo.

Darien le ofreció el brazo para escoltarla a la sala. Su rostro seguía ligeramente sonrojado, pero ya no se veía al borde de un ataque de llanto como minutos atrás. Aunque estaba nerviosa, ¡Qué montaña rusa de emociones estaba viviendo en tan poco tiempo!

-¿Lista para ellos?

-Realmente no-bromeó.

Ambos sonrieron y salieron del despacho. Apenas habían dado unos pocos pasos cuando Makoto pudo ver cuatro pares de ojos fijándose en ella.

-Caballeros-saludó Darien, fascinado de traer a Makoto casi arrastrando-, Miren nada más la belleza que nos acompañará esta noche.

CONTINUARÁ...

Mi agradecimiento a todos quienes siguen esta historia.

Jovides1, Darkkitty04, Ladi Jupiter, Litakino1987 Luvia y demás personas que pasan a leer.

saludos.