-Malditos-

Capítulo 2. Grieta


Charlotte solo vio una sombra. Le pareció que era una persona encapuchada, pero actuó tan rápido que no pudo discernir entre la oscuridad quién había atacado a Yami. Solo pudo ver aquella sombra apareciendo repentinamente detrás del hombre. Un segundo después, lo había visto postrado en el suelo. En ese margen de tiempo, no pudo hacer nada porque el oponente no le dejó posibilidad de reaccionar.

Cuando consiguió moverse, tras unas décimas de segundo en las que la sorpresa la paralizó, lo primero que hizo fue acercarse al cuerpo de Yami. Estaba bocabajo, pero al menos tenía los ojos abiertos, así que supuso que, de alguna forma que no podía comprender, lo habían inmovilizado.

—Yami, ¿estás bien? —preguntó agitada mientras le posaba la mano en la espalda.

El hombre, algo mareado, solo atinó a mover los párpados. La lengua se le había dormido, así que casi no podía hablar. Había notado la sensación de un pinchazo fuerte en la nuca y después su cuerpo simplemente perdió el equilibrio y sus músculos, la fuerza.

La vista no le enfocaba demasiado bien, pero eso solo fue durante unos segundos. Vio a Charlotte agachada enfrente de él mientras le acariciaba la espalda. Quería decirle que estaba bien, que no se preocupara y que se pusiera alerta, pues no sabían si volverían a recibir otro ataque. Sin embargo, seguía sin poder hablar, ni tan siquiera era capaz de balbucear algunos sonidos que la tranquilizaran.

Quien atacaba debía ser consciente de muchas cosas. En primer lugar, de que Yami tenía la posibilidad de percibir el ki, por eso debía tener una especie de bloqueador de su energía vital. Además, era más que probable que fuera consciente de que ambos capitanes no tenían una simple relación de camaradería entre ellos, pues sabía bien que, si atacaban a uno de los dos, el otro perdería el control y bajaría la guardia. Justamente lo que estaba sucediendo. El plan de ese sujeto estaba saliendo a la perfección y Yami se maldijo por no pensarlo todo mejor y caer tan burdamente en un ataque como aquel.

Por fin, logró mover el cuello un poco. Si no se equivocaba, ya podía hablar, aunque fuera un poco. Bien, eso significaba que la sustancia que le habían inyectado era sumamente potente, pero que su efecto no perduraba demasiado a lo largo del tiempo.

—Charlotte —masculló como pudo—, escúchame… Tienes que…

La advertencia no se produjo nunca. Yami vio como el atacante se aparecía detrás de la mujer y, segundos después, su cuerpo también perdía fuerza. No había sentido ni su ki ni su maná nuevamente.

Sin embargo, en esta ocasión, la persona que los había pillado totalmente desprevenidos no desapareció. Sostuvo a Charlotte por la parte de debajo del pecho antes de que su cara diera con el suelo. La tumbó bocarriba, justo en posición perpendicular al cuerpo de Yami para que así pudiera observarlo todo.

Charlotte experimentó las mismas sensaciones que había tenido anteriormente el Capitán de los Toros Negros. El mareo, la pérdida de visión y el entumecimiento de la lengua también se hicieron presentes. Mientras, Yami apretaba los dientes, frustrado por haber fallado de esa forma.

El misterioso encapuchado reveló su rostro y sonrió de forma ladina. Su cabello tenía un color azul muy oscuro y sus ojos, de un tono grisáceo, mostraban a una persona repleta de oscuridad. Se relamió los labios con soberbia y Charlotte sintió un escalofrío. Estaba completamente a su merced y no podía negarlo; tenía mucho miedo de lo que pudiera hacerle.

—El jefe tenía razón. Eres una preciosidad —canturreó con una voz zorruna mientras daba algunos pasos hacia la mujer.

—No te acerques a ella.

Esta vez, Yami consiguió que las palabras le salieran con naturalidad. Era un gran paso, pero todavía no conseguía mover ni un solo músculo de su cuerpo.

—Yami Sukehiro, no te preocupes, la trataré muy bien y después me encargaré de ti.

El hombre se rio con sorna y a Yami le entraron ganas de despedazarlo por completo. Si algo le pasaba a Charlotte, no podría perdonárselo jamás. Menos ahora, que sabía que tenía la oportunidad de acercarse por fin a ella, después de haberlo anhelado con ahínco durante mucho tiempo.

Se detuvo por un momento a analizar la situación, aunque le costara. Sabía su nombre y su objetivo era claramente Charlotte. Debía haberlos investigado a ambos, eso era seguro. Lo que ya no sabía era si se trataba de la misma gente que atacó a los otros Caballeros Mágicos o de otro tipo de amenaza. Desde luego, este contrincante venía completamente solo, aunque no podía saber si tenía compañeros escondidos y que usaban la misma técnica que él para ocultar su presencia.

El hombre sacó una espada que llevaba colgada a la espalda y se acercó más a Charlotte, hasta que por fin estuvo justo a su lado, haciendo que la agonía de ambos se incrementara con cada paso que daba.

—El jefe me dijo que no se me ocurriera tocarte. El muy cabrón es un egoísta que te quiere solo para él, pero no me voy a poder contener.

Se agachó y abrió el cierre de la armadura de Charlotte, que estaba en su costado derecho. Se la quitó sin demasiada delicadeza y la arrojó junto al casco, que se había caído después de que el cuerpo de la mujer se desmoronara.

Yami, mientras miraba la escena de forma impotente al no poder hacer nada, apretó los dientes con rabia, con tanta fuerza que pensaba que tal vez se le partiría alguno. Miró el rostro de Charlotte. Su mirada era completamente fría y estaba fija en su oponente, no demostraba sensación alguna, a pesar de que sabía que debía estar experimentando verdadero terror en sus adentros.

El hombre dirigió la espada hacia el torso de la Capitana de las Rosas Azules e hizo un corte desde el final de su vientre hasta el pecho, desgarrando por completo la camiseta negra que llevaba puesta y haciéndole una ligera herida, de la que empezó a emanar algo de sangre.

—¡Charlotte!

Mierda, mierda, mierda. Todo iba completamente mal. Yami no podía hacer nada para remediar lo que suponía que iba a pasar y era más que consciente de que Charlotte tampoco podría. Para colmo, iba a ser testigo de aquel repugnante acto. No sabía si era más doloroso para él o más vergonzante para ella que el hombre que amaba presenciase un ultraje de esa talla.

Mientras lo veía sentarse encima de la mujer y relamerse los labios con lujuria, comenzó a notar un ligero cosquilleo en el brazo izquierdo. Bien, por fin. Eso era una buena señal, pues si su cuerpo recuperaba su movilidad podría matar a aquel hijo de puta que quería arrebatarle la dignidad a una de las personas más fuertes y capaces que jamás había conocido. Decidió, sin embargo, no mostrar signos de su capacidad de moverse para así tomar al enemigo completamente por sorpresa.

El problema era que solo notaba aquella sensación en un brazo y que además era muy ligera. No sabía si llegaría a tiempo y eso lo estaba carcomiendo por dentro.

Mientras tanto, Charlotte, con la vista enfocada en el rostro masculino que tenía enfrente, solo pensaba en que debía mostrarse absolutamente apática, porque mostrar debilidad o afligirse solo le daría satisfacción a su oponente. Jamás dejaría que un hombre la viese abatida, aunque sabía que, si pudiese moverse, el cuerpo le temblaría por completo. Se notaba el corazón palpitando en la garganta y en la boca y un sudor frío deslizándosele por la frente.

De repente, lo sintió sentándose encima suya y pudo notar su erección contra su estómago. Aquella sensación le produjo náuseas, pero continuó callada, sosteniéndole la mirada y con el rostro serio.

—Vamos a ver qué escondes aquí.

La espada entonces cortó el sostén negro de Charlotte por la parte central, dejando así a la vista sus senos. Yami apretó el puño con tanta fuerza que algo de sangre comenzó a salir de la palma de su mano. Sentía una mezcla muy intensa de repugnancia y frustración. De odio contra todos, pero también contra sí mismo por estar allí mirando y sin poder hacer nada.

—Joder —exclamó y los ojos, lujuriosos, le brillaron con malicia. Se lamió un dedo y después lo llevó hasta el pezón sonrosado de la mujer mientras frotaba su pelvis despacio contra la parte baja de su estómago.

A Charlotte el vello de todo el cuerpo se le erizó y las ganas de vomitar aumentaron considerablemente. Sin embargo, su orgullo ganó y, aprovechándose de que el hombre se había agachado un poco para mirarla mejor, le escupió en la cara. Segundos después, notó el impacto de una mano en una de sus mejillas.

—¡Serás zorra! —gritó el hombre y después le dio tres bofetadas más—. Como no te portas bien, te dejaré un regalito antes de seguir…

Sacó un chuchillo pequeño del estuche donde llevaba su grimorio guardado y lo llevó hacia la parte superior del pecho de Charlotte. Comenzó a clavarlo profundamente en su piel, haciendo que, esta vez, la sangre brotara a borbotones y los gritos de dolor y las lágrimas comenzaran a ser expulsados de su sistema sin poderlo controlar más.

—Esto es para que no te olvides de que con Dark Blood no se juega. Te dejaré nuestra marca en tu preciosa piel para que lo recuerdes para siempre.

Charlotte giró el rostro como pudo, fijando su vista en Yami, que miraba la escena con una furia impregnada en su mirada oscura que jamás había sido capaz de observar. Sin duda, era la última persona que quería que viera algo así, que la viera tan expuesta, tan incapaz, tan sumamente débil.

—Yami… No mires, por favor…

La voz le salió en un susurro totalmente quebrado, así que Yami interpretó el mensaje leyéndole los labios. Las lágrimas le rodaban por el rostro con viveza, porque ya era imposible para ella no expulsarlas de sus ojos. El Capitán de los Toros Negros sabía que ese llanto no era de tristeza ni mucho menos provocado por el dolor, sino de rabiosa ira y de vergüenza absoluta.

En un acto reflejo, le hizo caso y apartó la vista. Charlotte cerró los ojos, sintiendo aún la hoja afilada del arma blanca clavándose en su carne, la sangre siendo expulsada por la herida y la repulsiva dureza contra su torso. En ese momento y como nunca antes le había sucedido, deseó estar muerta.

Sin embargo, de repente sintió que el cuchillo se detenía y no seguía clavándose en su cuerpo. Giró el rostro, abrió los ojos y vio a Yami detrás del hombre, completamente envuelto en su maná, serio, con la mirada rebosando ira y con la katana apuntándolo.

Todo ocurrió en un segundo. Lo siguiente que vio fue el arma de Yami atravesando la garganta del hombre y toda su sangre cayendo sobre su torso, sobre su pecho y sobre su rostro. Tras eso, se desplomó hacia el lado derecho.

—Charlotte… —musitó mientras se arrodillaba a su lado después de apartar el cuerpo, ya sin vida, de su atacante. Le dibujó la silueta del rostro con sus dedos con cautela y le sonrió tenue y cálidamente. Después, apretó sus labios con fuerza para componer un gesto serio—. Joder, Charlotte, lo siento tanto…

Esas fueron las últimas palabras que la mujer pudo escuchar, pues pocos segundos después, su consciencia se desvaneció por completo.

Yami se fijó en la herida de encima de su pecho: era la mitad de un círculo bastante grande, profunda y por la que había perdido una cantidad de sangre considerable.

Aunque tenía aún el cuerpo entumecido, sacó rápidamente la herramienta mágica de comunicación que Julius le había dado y se comunicó con la Ciudad Real, ordenando que llevaran a magos de transporte espacial inmediatamente porque la Capitana de las Rosas Azules había sido víctima de un grave ataque.

Así se hizo. La partida de rescate llegó con suma rapidez, pero antes, Yami se encargó de quitarse su camiseta de tirantes para tapar el torso de la mujer, siendo consciente de que, al menos, le debía ese gesto.

Se llevaron también el cadáver del hombre que había propiciado esa situación para registrarlo en busca de pistas sobre él, sobre aquella organización que había mencionado y sobre el propósito de su emboscada, pues estaba más que claro que su objetivo eran ellos dos, que sabía de su misión conjunta y también de su relación.

Charlotte fue trasladada hacia el Hospital de Caballeros Mágicos con presteza para tratarle la herida. Su vida no corría especial peligro, al menos.

La última imagen que Yami pudo observar antes de que Charlotte desapareciera por una de las puertas del hospital para ser curada fue la de su camiseta blanca, que ahora, completamente teñida de carmesí, se encargaba de cubrir su cuerpo.


Noelle, con paso animado, se dirigía hacia el jardín delantero de la base de los Toros Negros. No podía negarlo: quizás jamás en su vida había estado tan nerviosa. Pero, bueno, no se arrepentiría en ese momento; no cuando por fin se había decidido a actuar.

Asta era una persona muy densa —en eso le recordaba a su capitán, en cierto modo—, así que trataría de ser sutil, pero directa a su vez, si es que aquello tenía algún tipo de sentido.

Lo había citado a mediodía para hablar. No podía creer que una decisión tan trascendental para su vida estuviera tan condicionada por aquel chico al que detestó la primera vez que lo vio, pero que después se ganó su corazón y la ayudó a tener confianza en su propio poder mágico y a ser una excelente guerrera. No era algo que fuese mucho con su personalidad, sin duda alguna, pero era lo que su alma le exigía que hiciera. Y después de tanto tiempo reprimiendo sus deseos, ya era hora de que siguiera los designios de su voluntad.

Solo tuvo que esperar unos minutos, pues el joven llegó enseguida. Lo vio acercándose y la sonrisa que le dedicó le reafirmó por qué se había enamorado de él. Tenía miedo de que la rechazara, de perder su amistad, de que se alejaran para siempre, pero no le quedaba otro camino. Ser sincera era algo que se debía a sí misma.

—Hola Noelle —saludó Asta con alegría desbordante en el iris verde de su mirada.

—¿Tienes una misión hoy? —le preguntó la chica de forma arbitraria, pues esa fue la primera frase que se le apareció en la mente. Se sintió estúpida.

—Sí, pero más tarde. No es gran cosa. ¿El capitán todavía no ha venido?

—No. Se fue ayer y ya era tarde, así que no creo que llegue hasta dentro de unos días. Creo que era importante.

—Estoy seguro, porque de lo contrario no lo habrían citado.

—Sí…

Noelle se quedó, de repente, sin palabras. Con lo decidida que había estado durante todo el día y ahora los nervios se la comían, no la dejaban pensar claramente y mucho menos expresar lo que quería.

Sacudió la cabeza con rotundidad. No era momento para dudar. Lo tenía que hacer, pues le tenía que dar una respuesta sólida tanto a su hermano mayor como a su actual capitán.

—¿Podemos sentarnos allí? —dijo mientras señalaba uno de los bancos que habían instalado en el exterior, pues, después del incidente de la Tríada Oscura, volvieron a establecer su residencia en un lugar fijo en el Reino del Trébol.

Asta simplemente sonrió y asintió.

Una vez sentados, ambos separados por escasos centímetros, la joven se llevó las manos a las rodillas y las apretó ligeramente. Después, alzó la mano hasta su pelo y deslizó algunos mechones de una de sus coletas entre sus dedos para calmar sus nervios.

—Asta, bueno, yo… —comenzó a decir atropelladamente. Al comprobar que su tono de voz estaba siendo absolutamente ridículo, se detuvo, suspiró y aclaró su voz un poco antes de proseguir—. Quería preguntarte cuáles son tus planes para el futuro.

Ahí estaba. Por fin. Había sido capaz de decirlo, aunque fuera mientras se miraba las rodillas y las manos que las aprisionaban con fuerza.

Asta compuso una cara de incredulidad y se rio. No se esperaba algo así, así que supuso que Noelle simplemente quería compañía porque estaba aburrida.

—Qué pregunta más rara —Tras finalizar su afirmación entre risas tenues, Noelle lo fulminó con la mirada. La risa se volvió algo incómoda y nerviosa; esa chica enfadada daba mucho miedo—. Bueno, ya lo sabes, voy a ser el Rey Mago.

Noelle arqueó una ceja y él no entendió por qué, si le había contestado a lo que le había preguntado.

—Ya, ya, eso es evidente. Lo has repetido tanto que me resulta extraño que no te hayan dado ya el puesto por mero cansancio.

Las carcajadas gráciles del chico volvieron a impregnar el aire y Noelle se maldijo. Su risa simpática y genuina era su más grande debilidad. Hacía que su pecho se estrujara con miles de sentimientos, todos tan intensos y entremezclados, que era completamente incapaz de descifrarlos.

—¿Entonces?

—Me refería a… algo más personal.

—Mhmm… Algo más personal… —Asta se llevó la mano a la barbilla para pensar y alzó su mirada hacia el cielo—. Quiero seguir viviendo aquí en la base con todos.

A Noelle le entraron ganas de estamparse la cabeza contra el suelo. Qué chico más exasperante. Aunque claro, tampoco podía culparlo si ella estaba dando tantos rodeos y formulando preguntas tan ambiguas.

—No, no es eso. Es… ¿Te imaginas teniendo tu propia familia?

Al acabar de hablar, la chica observó como los ojos de Asta perdían su usual brillo.

—Claro que no. No se me dan bien las mujeres. Ahora mismo solo me interesa mi desempeño como vicecapitán de los Toros Negros y como Caballero Mágico del reino. Son los pasos más importantes para llegar a ser Rey Mago.

La sonrisa volvió a adornar sus labios, pero Noelle sabía que esta sí era falsa. Asta era alguien que transmitía mucho con su sonrisa aunque no se diera cuenta. O tal vez era que ella se fijaba mucho en sus gestos y ademanes y sabía interpretarlo a la perfección.

No tenía todos los detalles, pero sabía que en las últimas semanas, el joven había tenido una conversación con la monja de su aldea que lo había devuelto a la realidad. No quería preguntarle directamente porque eso significaría dañarlo a él y dañarse a sí misma, pero era consciente de que aquel cambio en su gesto se había producido después de pronunciar la frase «no se me dan bien las mujeres» y era más que probable que se debiera a eso.

Volvieron a quedarse en silencio y ambos apartaron las miradas del otro. Noelle se apretó aún más las rodillas.

—Asta… Yo… ¿Qué soy para ti?

El chico giró su rostro con velocidad y sorpresa. ¿Sería que Noelle se sentía triste y estaba falta de cariño? ¡Eso tenía una muy sencilla solución y él se la daría!

—Noelle, te tengo muchísimo aprecio. Entramos juntos a la orden y has sido un apoyo fundamental para mí —señaló con amabilidad y la joven enrojeció ligeramente—. Sin duda alguna, eres mi mejor amiga —finalizó con una sonrisa repleta de verdad.

Ese era el problema: Asta no mentía. No lo hacía y lo pudo ver precisamente en su sonrisa. La consideraba su amiga y nada más. Y ella, con el sentimiento del más puro, primerizo y genuino amor consumiéndole y desgastándole el alma, se sintió vacía, agotada y dentro de un abismo del que solo saldría con medidas drásticas y contundentes.

Tras escuchar esas palabras, sabía que no tenía sentido declarar sus sentimientos o seguir en la orden que había impulsado su carrera como protectora del reino.

—Asta, en realidad quería decirte otra cosa.

—Dime.

—Mi hermano Nozel me ha ofrecido la vicecapitanía de las Águilas Plateadas y voy a aceptarla. Abandono los Toros Negros.

Asta sintió un sentimiento de vacío extraño en el pecho. Nunca había imaginado que Noelle le dijese algo así. Primero, porque detestaba a sus hermanos Nebra y Solid y, además, porque sabía mejor que nadie —a pesar de todos sus esfuerzos por esconderlo— que adoraba a todos y cada uno de los integrantes de los Toros Negros. No tenía sentido alguno.

—¿Cómo dices? Estás de broma, ¿no?

—No.

—¡No puedes hacer eso! —gritó, poniéndose de pie—. ¡¿El Capitán Yami sabe esto?!

—No me grites más. Y sí, lo sabe y está conforme.

—Noelle —dijo esta vez con un tono un poco más sereno—, tú no quieres hacer esto. No sé si has tenido algún problema con alguien, pero estoy seguro de que irte no es lo mejor para ti.

—Asta, tú no sabes absolutamente nada de mí —Noelle se levantó también y se puso enfrente del chico, adoptando una actitud desafiante—. La decisión está tomada y es irrevocable. Me iré lo antes posible.

El joven iba a contestarle porque por supuesto no iba a dejar las cosas así. Sin embargo, no pudo, ya que Finral apareció repentinamente a través de uno de sus portales mágicos.

—Lamento interrumpiros, pero tenemos que irnos. Yami está en el hospital.

—¡¿Cómo?! —exclamaron los dos al unísono.

—No tengo más detalles, así que vámonos ya.


Lo primero que vio al despertar y cuando logró enfocar su vista por completo fue un cuerpo masculino sentado en una silla. Se trataba de Yami. Miró hacia abajo y se vio a sí misma tumbada en una cama. Los recuerdos comenzaron a bombardearle el cerebro, produciéndole un gran dolor de cabeza.

—Ey, veo que ya estás despierta.

La mujer de mirada clara simplemente le sonrió y asintió. Comenzó a experimentar una especie de ardor por encima del pecho y decidió entonces sentarse. Yami, al verla agitada, la ayudó.

Se había pasado toda la madrugada allí sentado, casi sin parpadear. Owen le había dicho que la herida era bastante delicada, pues la daga que se la provocó llevaba impregnada una especie de toxina que dificultaba que él pudiera curarla y sellarla por completo. Tal vez era la misma que les habían inyectado para paralizarlos. En cualquier caso, habían tomado muestras que los ayudarían a analizarla.

Sabía perfectamente que debía irse a reportar todo lo sucedido a Julius cuanto antes, pero en ese momento solo quería estar junto a Charlotte. Quería sentirla lo más cerca posible y le aterraba la idea de que se quedara sola. Se sentó a su lado en la cama cerca, muy cerca, aprovechando que ella se había incorporado.

Charlotte, ante la proximidad de su acompañante y al contrario del cosquilleo de afecto que se producía normalmente en esas ocasiones, sintió un escalofrío y mucha incomodidad. Estaba muy expuesta y eso la ponía nerviosa. Sin embargo, decidió ignorar esa extraña sensación.

—¿Cómo estás?

—Bien —respondió sin pensarlo, como si de un autómata se tratara.

Yami sonrió con alivio. No pudo reprimirse ni un segundo más y llevó su mano hasta un mechón suelto de su pelo para colocárselo detrás de la oreja. Acarició su rostro con cautela, intentando borrar todas las huellas de aquel suceso que había tenido la desdicha de vivir.

Comenzó a acercarse muy despacio y cerró los ojos. Charlotte apretó los suyos y entreabrió los labios, intentando obligarse a actuar como si nada hubiese sucedido. Llevaba deseando algo así años que le habían resultado una agonía. Pero sentir sus caricias, sus atenciones y sus manos sobre su piel en ese momento, hacía que recordara los ojos grises de aquel sujeto clavados sobre ella, la forma en la que la desnudó de cintura para arriba y la tocó sin su consentimiento.

Cuando Yami notaba el aliento caliente saliendo de la boca de Charlotte y sus labios a insignificantes centímetros de rozarse, su voz lo detuvo.

—Yami… —susurró con tristeza— n-no puedo…. No te acerques a mí, por favor.

El hombre se apartó velozmente de Charlotte e incluso se puso de pie. No podía negar que aquella reacción lo había sorprendido, pero lo comprendía.

—Lo siento —espetó, sincero.

—¿Podrías dejarme sola? —preguntó con la voz quebrada y ladeando el rostro para que no la viera.

Yami no contestó. Simplemente salió de la habitación y se maldijo por su incompetencia. Si hubiese sido más veloz, si hubiese estado más atento, si no se tomara siempre todo tan a la ligera, tal vez habría podido evitar aquella experiencia tan traumática para Charlotte.

Sacó un cigarro y lo fumó completo en pocas caladas, largas e intensas. El humo inundó sus pulmones, pero, al contrario de lo que siempre sucedía, aquel gesto no le proporcionó paz. Comenzó a caminar por los pasillos para dirigirse hacia el despacho de Julius mientras intentaba olvidarse un rato de todo, pero no pudo. Dejaría un tiempo prudente pasar y volvería a acercarse la Capitana de las Rosas Azules, de eso no le quedaban dudas, porque era lo que realmente anhelaba y estaba seguro de que los dos lo necesitaban.

Sin embargo, lo que Yami no sabía era que aquel suceso se convertiría en la nueva maldición de Charlotte y, esta vez, lo arrastraría a él también.


Continuará...


Respuesta a los reviews anónimos:

Las personas que tienen cuenta y me dejan comentarios saben que siempre contesto en privado. Pero con los comentarios anónimos no puedo hacer eso, así que abro este espacio para contestarlos aunque sea por aquí. A los que tenéis cuenta, os sigo contestando en privado.

Melaniec22: ahhhh muchísimas gracias por comentar. Estoy muy, muy contenta de que te haya gustado el planteamiento inicial de la historia. Aquí tienes el siguiente capítulo, ¡espero que lo disfrutes!


Nota de la autora:

Pues aquí estoy de nuevo. Nadie podrá jamás imaginar lo que me ha costado escribir la primera parte del capítulo, y eso que tenía la idea en mi cabeza desde hace meses y meses, pero ha sido terriblemente complejo.

No tengo mucho tiempo (imaginaos, estoy acabando esto a las dos de la mañana), así que imagino que las actualizaciones serán mensuales. Espero que lo comprendáis y agradezco mucho vuestra paciencia. Muchas gracias por leer, poner en favoritos, seguir o comentar la historia, por supuesto.

Espero de todo corazón que este capítulo os guste y recordad que esto solo está empezando. Quedan muuuuuchas cosas por resolver.

¡Nos leemos!