Y si te entiendo, ¿qué?
Y si te siento, ¿qué?

Esa mañana era especialmente fría en Tokio.

Aunque ni Makoto ni Nath podían sentirlo, con todo y que habían amanecido completamente desnudos.

La noche anterior había sido como siempre, delirante. Se sincronizaban tan bien, que ambos sentían que habían hecho aquello por eones, sin perder un gramo de pasión o de deseo. Pero lo cierto es que aun podían contar con los dedos de una mano las noches que habían pasado juntos, aunque sus cuerpos se reconocieran de otras vidas, gracias a las mismas almas.

Pero él no recordaba otra vida, y ella luchaba con todo, tratando de olvidar lo poco que sabía.

Aunque estaba segura de haber visto esa ancha espalda desnuda incontables veces, y de conocer el nombre de cada constelación tatuada en ella.

Despertó primero, como debía ser. Cuando ella ya dormía él se quedó mirando las estrellas, buscando una respuesta para la duda que creció en su pecho desde hacía dos días. Pero las infames no le hablaban de ella, cada que les preguntaba solo se quedaban ahí, burlonas y quietas.

Se enredó en el albornoz que levantó del suelo, el que estaba frío y ligeramente húmedo. Se metió al baño y se dio una ducha, el agua caliente volvió a lavar el sabor de aquel hombre, entre otras cosas.

Mientras tallaba su rostro y su cabello recordó la última faena, Nath siempre había sido un amante increíble, que le hacía temblar las rodillas solo con el recuerdo. Esa noche no había sido la excepción, aunque su comportamiento fue un tanto diferente a todas las veces anteriores. Makoto pudo asegurar que su plática sobre la paternidad lo había mermado, parecía más cauteloso y muy preocupado por no perder el control. Lo comprobó cuando al llegar al éxtasis, él optó cada vez, por salir de ella antes de acabar. ¿Acaso había herido el orgullo del ex general? ¿Pensaría Nathaniel que ella pudiera estarlo utilizando?

La primera noche que pasó con él fue tan gentil y cuidadoso, probablemente debido a su propio estado de ánimo. ¡Incluso opuso resistencia! Pero el deseo pudo más que la razón. ¡Porque eso debió ser deseo, para nada amor!

Nathaniel Arima jamás le había dicho que la amaba.

Andrew Furuhata se lo decía todo el tiempo.

La segunda noche fue más pasional, apenas salir de la fiesta de James, Nath se ofreció a llevarla. Nunca le dijo a donde y ella no preguntó. Fue evidente cuando el auto giró con rumbo a Azabu que no era a su propia casa a donde iban.

Sus manos se encontraron dentro del elevador y apenas lograron llegar al departamento antes que él comenzara a comerla a besos, de esos que solo él le daba, los que parecían robarle el alma e incinerar sus entrañas de deseo.

La tercera noche todo empezó en el baño de la habitación de James y Rei. Terminó de nuevo en su departamento de soltero, pero esta vez se ahorraron el trayecto en coche.

Y en ninguna de esas veces ni Nath ni ella se habían preocupado por protegerse. A ninguno le había pasado si quiera por la cabeza.

Cuando salió de la ducha él no estaba, las cobijas echas una maraña de tela eran el único testigo de esa noche.

Se vistió y fue a la cocina, el café estaba listo y la chimenea encendida. Nath hablaba por teléfono a la recepción. Su mirada enigmática se dirigió a ella, luego una sonrisa gentil pero confusa.

-Creí que dormirías hasta tarde—dijo ella en cuanto él colgó el teléfono.

-Moría de hambre, ¿Quieres huevos y tocino?

-Siento que he venido a este lugar solo a comer y a … -se interrumpió, una sonrisa coqueta terminó su frase.

-Bueno, los dos grandes placeres de la vida, ¿No?

Makoto se fue a sentar a la barra, una taza humeante de café en sus manos y en sus ojos el reflejo del hombre que hacía el desayuno. Ella era una experta en la cocina, por experiencia más no por escuela, ¡Pero era excelente! Y todos lo sabían... por eso era muy raro que alguien se ofreciera a cocinar por ella, así que verlo ahí con sus propios ojos, aunque él ya había hecho la cena del viernes, le pareció algo simplemente adorable.

-Casi nadie cocina para mí, salvo cuando salgo a restaurantes claro—dijo mientras probaba el pan tostado.

-Bueno, cocinar es algo que me gusta, aunque no lo creas. Sigo ofendido por que dijiste que solo sé tostar pan.

-¡Ahora que te veo lo creo! Aunque debo decir que me sorprende, viniendo de un general como tú.

-Eso es porque no soy un general-respondió seco, sus labios pegados a la taza de café-. Soy un hombre de negocios, que le gusta la comida y no depender del servicio a domicilio.

Makoto hizo un rápido movimiento de ojos que denotaron su sorpresa, luego sonrió esquiva y se disculpó. Ahora le quedaba claro cuánto le molestaba a Nathaniel Arima que lo confundiera con el general Nephrite. ¡Y ella no paraba de hacerlo!

Estaba por disculparse de nuevo cuando alguien tocó a la puerta. Pretendió ponerse en pie y abrir para salir del bochornoso momento, pero él fue más rápido y la instó a seguir desayunando. Hundió su rostro en el plato, conmocionada por el enorme error que había cometido, ni siquiera se molestó en girar a ver quién tocaba. Solo había sido un mensajero después de todo, pudo escuchar un poco de la conversación.

-¿Qué es eso? -preguntó tímidamente, mirando a la bolsa de papel que él había dejado sobre el fondo de la barra.

-Bueno, hay cosas para las que si dependo del servicio a domicilio... la farmacia, por ejemplo.

-¿Medicamento? ¿Te sientes mal? -preguntó un tanto alarmada. Se levantó ligeramente tratando de indagar en el contenido, pero Nath recorrió la bolsa un poco más fuera de su alcance.

-Nada de eso.

Y entonces lo comprendió, no necesitó preguntar más, él rostro de Nath lo decía todo.

Makoto sintió un calor en sus mejillas, pero no era vergüenza por el contenido del paquete, sino por lo que ella supuso había motivado la compra.

-¿Te molesta?

Aquella pregunta atrajo de nuevo su atención sobre él. La ojiverde lo miró con los labios un poco abiertos, su mente luchaba por encontrar las palabras exactas para responder. ¡Y es que ni ella sabía la respuesta a esa interrogante! Y en su lugar solo respondió "¿Por qué lo haría?"

-Lo dijiste anoche, no quieres hijos por ahora. Tampoco es algo del otro mundo-exclamó encogido de hombros, el último bocado de su desayuno entró a su boca.

-Pareces molesto con eso-murmuró.

Nath se tomó el tiempo de masticar con calma lo que había comido. Tomó un sorbo de café y removió su cuello buscando algo de alivio. Claro que estaba molesto, pero con él mismo. Nunca consideró lo terriblemente inoportuno que sería tener un hijo con ella en ese momento. ¡Porque hasta anoche, nunca consideró que de verdad ella se iría!

Pero las señales estaban ahí... y él no había querido verlas.

"No hay razón" fue todo lo que dijo antes de levantarse de la mesa.

Makoto consideró que no debía forzar el tema, así que se ofreció a lavar los platos mientras él tomaba una ducha. Aquel sería un día "tranquilo", uno para ellos dos únicamente. Hablarían, debían hacerlo, había demasiadas preguntas en el aire.

Mientras lo aguardaba se sentó en el enorme sofá, llevaba con ella una nueva taza de té y su teléfono celular. Subió los pies y se recogió las piernas bajo la salida de cama, dejando que el calor de la chimenea la envolviera por completo. Con un dedo movía nerviosa la lista de contactos, tratando de encontrar a alguien con quien hablar que pudiera ayudarle.

Y como si hubiese sentido su miedo, el móvil sonó. Makoto tragó saliva al ver el nombre de Andrew en la pantalla. Volvió a respirar cuando vio que era un mensaje y no una llamada.

"Un año nuevo, que traerá una nueva vida juntos. Te amo."

Y ahí estaba otra gota, amenazando con desbordar el vaso de sus nervios.

-¿Está todo bien? –preguntó Nath a sus espaldas. Venía de nuevo en pijamas, con su largo cabello castaño aun humedecido. En las manos traía una frazada, su rostro un poco más rejuvenecido.

-Sí, solo te espero—respondió nerviosa y de prisa, dejó el móvil en silencio y boca abajo a su costado-. ¿Quieres ver una película?

-Tendrá que ser aquí, si vamos a la cama no veremos nada, te conozco.

Makoto alzó las cejas con sorpresa y alegría, exagerando un drama por el nivel de insinuación de aquellas palabras.

-¿Ahora me dirás que abuso de ti? -preguntó.

-Eso le pasa a almas tan nobles como la mía.

Se agazaparon juntos en el sofá, compartiendo la frazada. No hubo nada que quisieran ver, en su lugar se quedaron charlando de cosas sin importancia. Cosas banales que los hacía olvidar la maraña de dudas que eran sus vidas.

Y por un momento se permitieron ser superficiales y traviesos. Se rieron de algunos videos de internet, se burlaron un poco de algunas anécdotas de James, Serena y Minako, y se contaron aventuras que habían vivido en los últimos años, hasta que la familiaridad los llevó a un juego de manos, que los llevó a una guerra de cosquillas, que terminó con ellos haciendo el amor en el sillón.

¡Ni el kami sabía porque no podía quitarle las manos de encima a esa mujer!

Mientras ella se mecía sobre él lo miraba a los ojos. Eran hermosas castañas de un marrón intenso, con pequeños brillos dorados que repicaban como estrellas. No se parecían a los ojos verdes de Andrew, ni a los azules profundos del general, aunque había algo terriblemente familiar en ellos. Y es que el hombre bajo ella era otro, uno que hasta ahora comenzaba a conocer y a querer por quien era y no por lo que le recordaba.

¿Qué tenía esa mujer? Nathaniel no lo sabía.

Y odiaba tener que preguntarse, aunque sea para sus adentros si el dichoso general lo descubrió. Porque él, un pobre diablo, no lograba dar una respuesta a esa pregunta.

¿Sería su piel tan suave que siempre olía a rosas? ¿Por qué olía a rosas si no había nada con esa fragancia en su casa? ¿Era su cuerpo tan firme, sus hermosas y largas piernas, o ese par de pechos que besaba en cuanto la cabalgata de ella los acercaba a su boca? No, eso no era... pero ayudaba.

¿Sería su voz? ¿O esa gentileza sobre humana que había logrado apreciar en los momentos que la observó sin que ella lo viera? Porque vaya que Nath la seguía, no siempre, no seguido... pero le gustaba observarla.

Y justo ahora lo hacía, veía ese rostro ligeramente enrojecido, esa piel blanca rociada de sudor. Tocaba esa estrecha cintura para dirigirla, amasaba ese trasero generoso y bien formado y aunque la tenía todo para él, quería más, sentía que algo le faltaba por tener todavía.

Cuando acabaron se recostaron en el mismo sofá, él la acunó en sus brazos mientras ella besaba su pecho, con pequeños roces esparcidos por ahí y por allá, la frazada cubría su desnudez y el sueño tocaba a su puerta.

-¿Cuántos años tienes Nath? -preguntó en un susurro, sus ojos fijos en los de él.

-En tres días cumplo treinta y nueve-respondió-, me gusta el pastel de vainilla con cubierta de merengue de limón.

Makoto rio brevemente-. Lo tomaré en cuenta—dijo mientras se pegaba un poco más a él, como si fuera posible. Estaba disfrutando de su profunda respiración, aquella que la hacía subir y bajar al compás de su pecho. Estuvieron en silencio un minuto, antes que ella volviera a preguntar-. ¿Arte?

-¿Qué tienes contra el arte?

-Nada, es solo que siempre creí que un hombre como tú, pues bueno... sería abogado o.. no sé.

-Kurt es abogado, y es aburrido. Pero es excelente tocando el violoncelo. Zack sería más aburrido si no fuera pintor, una vez fui a una clase suya... no entendí nada, pero sabe lo que hace cuando hay un pincel en su mano.

-¿Y James?

-Él es un tonto... pero toma fotografías tan increíbles que por un segundo se te olvida que es un sujeto cuya mayor parte del tiempo se la vive haciendo cuentas encerrado en un banco. Por eso te digo que el arte es bueno, es la manera que tiene el alma de expresarse. Y lo cierto es cariño, que nuestras almas tienen mucho que decir.

Makoto no podía estar más de acuerdo. En su mente vagaba la imagen nítida de los ojos de aquellos hombres perdidos en el espacio. Sus rostros envejecidos y sus gestos de eterno disgusto que mostraban cuando los vio por primera vez.

Alguna vez James le contó que abrir los ojos y ver el sol entrar por la ventana era sofocante. El mundo de oscuridad del que venían había mermado sus almas, los había hecho tragarse su miedo para no gritar y eso los hizo duros, desconfiados, irascibles.

Pero lo habían logrado, de alguna u otra manera que ella no comprendía cada uno lo consiguió. Volvieron a sonreír y formaron parejas y luego familias, retomaron sus vidas y continuaron... por que quedarse en el pasado nunca es opción para nadie.

-Mi bisabuelo me adoptó cuando vine a vivir aquí. Mi padre falleció al año, así que de ser un Stanton pasé a ser un Arima. Él me enseñó a apreciar el arte para enfocar mi espíritu, ¡Era algo rebelde! ¿Puedes creerlo? -Makoto soltó un bufido divertido contra su pecho desnudo-. Me enseñó a tocar el piano, a esculpir en metal y piedra, aunque en lo manual nunca ha sido lo mío.

-Yo difiero...

-Contrólate Kino-gruñó divertido-. Así que estuve aquí, siendo un brabucón consentido con inclinación a coleccionar arte y a mirar las estrellas, porque incluso eso me enseñó, a mirar el cielo y entender que el universo no giraba alrededor de mí.

-Pues no lo aprendiste muy bien.

-¿Vas a dejarme hablar o consigo una mordaza para esa boquita tuya? -Nath se levantó un poco, pudo ver la expresión divertida en los ojos esmeraldas. Makoto se estiró lo suficiente para darle un beso, apenas un roce, y luego volvió a descansar su cabeza sobre él, su corazón latía con fuerza en su oído.

-Continúa por favor.

Nath deslizó una mano a través de la suave espalda de la chica, la agarró con fuerza, temeroso de lo que seguía-. Luego ocurrió el accidente, tenía 23 años cuando eso sucedió. La policía dijo que el auto donde viajaba con mi familia desbarrancó y fui el único sobreviviente.

-Siento oír eso-susurró contra su piel, aunque era un dato que ella ya conocía. Nath acarició su cabello como agradecimiento.

-Así que pasé un año haciendo fechorías y cinco en un profundo trance, al menos eso dicen.

-¿Cómo fue? -preguntó tímidamente. Nath aguardó en silencio, esperando un poco más de contexto en la pregunta-. Tú sabes, volver...

-¡Un caos! -respondió casi de inmediato-. Supongo que ser extraído de la oscuridad es como cuando naces. Sientes que algo te jala hacia la luz y no quieres ir, a pesar que sabes que de nada sierve quedarte. Luego abres los ojos y estás ahí, confundido y asustado, deseando volver... aunque eso te mate por dentro.

-Debió ser muy difícil.

-Es difícil darte cuenta que el mundo sigue girando sin ti. Te vas enterando de cosas que suceden en tu ausencia. Luego tienes sueños, esos que parecen pesadillas y que resultan ser recuerdos aterradores, otros no tanto y algunos que te dan paz.

-Naru... -susurró, fue casi un suspiro, pero él la escuchó.

-Ella era uno de los buenos. Quizá el único que tenía entonces. Mi familia ya no estaba, los que creí mis amigos se habían ido, pero la recordaba a ella. Tuve que buscarla, supongo comprendes. Convencí a Darien que debía verla y él junto con Serena accedieron. En ese momento me pareció una excelente idea, aunque nunca medí las consecuencias de mis actos. ¡Ciertamente nunca he sido tachado de ser una persona prudente!

Makoto sonrió, aunque un nudo en la garganta le decía que estaba por escuchar la versión de su historia que la tuvo llorando contra sus almohadas por mucho tiempo. Pero debía saberlo, más que nunca tenía que averiguarlo.

-Ella me hacía sentir seguro, un ser humano de nuevo. Llegué a depender de su dirección por mucho tiempo, me decía cómo comportarme, como reaccionar. No es que yo no supiera, pero era frágil y explosivo, estaba ahogado de tristeza y resentimiento. Luego llegó esa noche, cuando creyeron que estábamos listos y nos presentaron a ustedes, ¿Lo recuerdas?

Makoto asintió. Su respiración se había sincronizado con la de él, estaba por completo concentrada en su voz y el sonido de su corazón.

-Quizá me taches de trillado, pero … -suspiró-, en cuánto te vi lo supe. Las voces molestas que eran entonces el susurro de las estrellas se callaron para hacer paso a tu voz. Te veías tan dulce, incluso mientras regañabas a Serena por querer pellizcar la comida que habías hecho antes de tiempo-sonrió-. Y me sentí jalado hacia ti, era como si mi cuerpo quisiera pegarse al tuyo hasta fundirse, nada sexual desde luego.

-¿Te creeré?

-¡Ya podrás contar tu lado de la historia! —Nathaniel buscó la mano de Makoto que descansaba sobre su pecho y la tomó, entrelazó sus dedos y la llevó de vuelta a su lugar. Necesitaba que permaneciera quieta para lo que diría después-. Pero entonces lo vi a él, y lo enamorada que lucías a su lado. Tengo que admitir que algo dentro de mi quería saltar y cortarle la cabeza ahí mismo, pero ese "algo" no tenía razón suficiente. Era otro tiempo, otro planeta, otra vida.

-¡No te atreverías! -exclamó ahogando un gritito entre sorprendida y angustiada.

-¡Claro que no! Hubiera sido un error enorme e irreparable. Así que simplemente me calmé y dejé que las cosas pasaran. No te conocía, o al menos no te recordaba, ¿Quién era yo para venir a meterme en la vida de una desconocida? Por más bella que fueses, por más mía que te sintiera… -su voz quebrada y emotiva no pasó desapercibida. Tuvo que aclararse la garganta para continuar-. Luego me casé, por amor desde luego.

-¿Por amor?

-Deberías saber que hay muchas clases de amor. El nuestro fue un amor agradecido, uno que parece genuino pero que el tiempo termina desgastando—Sus ojos se encontraron de nuevo, pidiendo una explicación sin palabras. ¡Claro que Makoto no conocía ese amor! Ella siempre había sido entregada en todo lo que hacía, el amor que daba era completo sin máscaras ni condiciones-. No pienses mal de mí, Naru fue más de lo que merecía. No tengo queja sobre ella, fue amable, generosa y una luz en el camino para un alma trastornada, pero...

-¿Pero?

-Pero no eras tú.

El silencio los envolvió. Solo el crepitar del fuego en la chimenea y el aire saliendo de sus pulmones era lo que podía escucharse.

Makoto había comprendido hace tiempo que ella fue "la otra" en esa relación. Y tuvo que perdonarse a sí misma por la terrible equivocación. No fue fácil, mucho menos cuando intentaba estar molesta con Reika por lo mismo. ¿Podía moverse ella entre ese nivel de sin vergüenza y cinismo? Lo cierto es que no pudo, y por eso lo dejó.

Pero escucharlo hablar así sobre ella le hizo dar un vuelco el corazón. Y dio otro más cuando Nathaniel comenzó a platicarle sobre sus "otras aventuras" y el momento oscuro en que se dejó llevar por el deseo ciego cuando ella lo dejó la primera vez. Apenas pudo contener el llanto, más cuando entendió la forma en que su matrimonio tambaleó después de esa noche. Andrew había faltado a sus votos y ella había hecho que Nathaniel faltara a los suyos solo por eso.

-… entonces entendí que no tenía sentido. Sí, podría darle a Naru los sesenta, setenta años que me pedía, pero ni ella ni yo seríamos felices ese tiempo. Cada año que pasara sabría que ella se marchitaba mientras tú seguías ahí, tú y tantas más. Mi amor no era tan fuerte, lo admito.

-¡Eso es tan cruel! -exclamó molesta, él había sido tan frío en su última frase.

-¿Serías capaz de quedarte hasta el final? -preguntó curioso-. ¡Por qué si tu amor por él es tan grande, yo mismo te llevaré a esa estación mañana!

-No responderé a eso—dijo mientras se enroscaba un poco, tratando de cambiar de posición-, hay muchas cosas que no entenderías si lo hiciera.

-Tienes razón. Por ejemplo, no entendería porque irías detrás de un hombre que te pide todo y no te da nada.

-¡Él no es así, Andrew me da todo lo que yo le pida! -gruñó molesta, aunque no sabía la razón.

-¿Qué tal un hijo?

La mirada cruzada ahora era con dolor. Nath se mantuvo apacible mientras Makoto parecía querer echar chispas por los ojos. Se incorporó hasta donde pudo, girándose de inmediato para no ser vista. Quedó sentada en el sofá, con la frazada cubriendo por encima de su pecho.

-¡Mira quien habla! -exclamó con cinismo, sus ojos clavados en el sobre roto del preservativo tirado en el suelo.

-Es diferente y lo sabes.

-¿En qué puede ser diferente?

El corpulento hombre se sentó también, sus piernas abiertas acunaban la delicada figura de la castaña frente a él. Aprovechó la posición y la abrazó de nuevo, sus ropas estaban lejos, esparcidas sobre la mesa de centro de la sala, ella comenzaba a temblar.

-Dime una cosa Makoto, ¿Vas a quedarte?

Ella no respondió. Sus manos se unieron, de nuevo en el movimiento automático que hacía para jugar con una argolla que ya no poseía.

-¿Qué pensabas hacer si te ibas embarazada de aquí? ¿Volver? ¿Quedarte con mi hijo? ¿Hacerlo pasar por de él?

-¡No! ¡Por supuesto que no! -dijo apurada, su respiración agitada de la conmoción.

-¿Ahora lo ves? -Nath recargó su barbilla en el hombro de ella, sus labios pegados a su oído-. Te lo dije antes, yo te espero. Y entonces, solo entonces y si tú quieres, te daré todos los hijos que desees... pero no ahora.

-¿Por qué harías eso?

-¡Porque me ha quedado claro que es más fácil esperarte que pretender vivir sin ti!

-¡Pero es que no me conoces! ¿Cuántas veces nos hemos visto? ¿No ha sido esta la charla más larga que hemos tenido?

-¡¿Y para qué crees que te traje aquí?! -gritó exaltado, su abrazo se cerró con más fuerza, su aliento en el cuello de Makoto, como un vampiro saboreando a su presa-. Te traje para que me conozcas, para que veas mi vida y dejes atrás esas ideas pre concebidas que tienes de mí. Si hubiera querido solo dormir contigo, te hubiera buscado en cuanto te separaste.

-¿Por qué no lo hiciste? ¿Por qué ahora?

-Porque no soy un maldito oportunista.

Y eso era tan cierto. Makoto se preguntó porque no supo de él en cuanto Nath se divorció. Sus encuentros fueron siempre fortuitos, al menos los primeros dos. El tercero ella esperaba verlo ahí y el destino se lo concedió.

Él no había llamado nunca, ni un mensaje, ni un recado. Mantuvo su distancia desde la última noche juntos, cuando ella le dijo que no había marcha atrás, cuando le juró que había sido un erro que no cometería de nuevo. Le pidió que no la buscara y él lo cumplió.

-¿Crees que no quise ir por ti en cuanto me enteré? ¡Claro que quise! Y cada noche me contuve en buscarte. ¡No es fácil luchar contra esta bestia que dice que eres suya! ¡Maldito general, que se pudra en el infierno!

Se asustó. Nunca había visto gritar a Nathaniel. Por instinto posó sus manos en los brazos de él y comenzó a acariciarlo para calmarlo, él fue relajando su agarre conforme el exabrupto pasó. Estaba apenado, incómodo, nervioso.

-Gracias. -susurró-, por darme mi espacio.

Pasaron un par de minutos para que las respiraciones volvieran a ser pausadas y naturales. Se vistieron de nuevo, pero volvieron a recostarse en el sillón, ahora ella lo abrazaba a él, peinando su revoltoso cabello. Afuera gobernaba el frío, adentro había una guerra entre el amor y el dolor.

Quería decirle tantas cosas y no sabía por dónde empezar.

¿Cómo habrían hecho Rei y las chicas para entenderlos? ¿Para ayudarlos a sanar?

Eso también removía su tranquilidad y carcomía su conciencia. ¿No habría sido su trabajo y no el de Naru ayudarlo a seguir? ¡No! ¡Ella estaba enamorada entonces! ¿Quién podría juzgarla?

Y aparte estaba el tema del general, ese hombre que podía ver en la oscuridad y le provocaba escalofríos. El que vivía dentro del hombre que descansaba en su regazo.

-Háblame de él.

Aquellas palabras la helaron de inmediato. Detuvo la mano que acariciaba sus cabellos. Y es que era tan grande su sorpresa, nunca esperó que alguien tan egocéntrico como Nathaniel quisiera escuchar hablar sobre otro hombre, en esa situación en específica por supuesto.

-Bueno… -carraspeó-, ¿Por qué querrías eso?

-Necesito saber.

Makoto suspiró profundo, echó su cabeza levemente hacía atrás, tratando de decidir qué podría decir y que no, creyó que comenzar por lo más obvio sería lo apropiado, si eso no era lo que Nath quería saber, seguro la dirigiría-. Pues bueno, Andrew es médico y …

-No, de él no. –interrumpió-. Quiero que me hables de Nephrite.

CONTINUARÁ...

Con mi eterno agradecimiento como siempre a quienes siguen esta historia, este ya es el penultimo capitulo, el jueves el final.

Jovides1, Darkkitty04, LadyJupiter, LitaKino1987, Luvia y todas las personas que pasan por aquí... mil gracias, perdonen si bajó poquito la calidad... como que me ando enfermando T_T