-Malditos-
Capítulo 3. La dualidad de la herida
Como sonido de fondo en aquellos pasillos del Hospital de Caballeros Mágicos, solo se escuchaban pasos rápidos, angustiados y tensos. Finral había creado un portal que los había trasladado al hospital, pero lejos de las habitaciones porque con los nervios no dio con el lugar exacto. Si Yami había resultado herido, lo más lógico era que estuviera siendo curado por Owen en ese instante, así que la primera reacción que tuvieron fue echar a correr.
La información que le había llegado a Finral solo había sido esa: Yami estaba en el hospital. No sabía absolutamente nada más; si estaba herido, si era grave, cómo se había producido, nada. Por lo tanto, aunque Asta le había preguntado al menos ya cuatro veces qué era lo que le había sucedido a su capitán, era completamente incapaz de contestar.
—¡¿Quieres callarte ya de una vez?! ¡No lo sabe! ¡Por mucho que le preguntes, no te va a poder contestar! —gritó Noelle con hartazgo por toda la tensión que había vivido con Asta en su conversación, por el revoltijo de emociones que le producía su decisión de cambiar de orden y que todavía no había sido capaz de procesar adecuadamente y, sobre todo, por la preocupación que consumía cada parte de su ser al pensar que Yami podría estar grave.
Asta la miró frunciendo un poco el ceño. Aceleró aún más el paso para que los metros cuadrados de ese pasillo interminable acabaran de una vez por todas. El corazón le latía con insistencia dentro del pecho mientras recordaba que ya había experimentado la sensación de que iba a perder a su capitán para siempre. Aunque muchos no lo entendieran, Asta verdaderamente admiraba a Yami. Era su figura paterna más cercana, la única en realidad. Era la única persona que le había permitido ser, en primer lugar, Caballero Mágico y ascender hasta donde hoy en día estaba. Se lo debía todo.
A pesar de lo que los demás pudieran pensar, no era alguien sin cerebro. Sabía que no tenía mucho sentido seleccionar para una Orden de Caballeros Mágicos a alguien quien carece de magia, él mismo era consciente de ese hecho. Así que le resultó realmente sorprendente que alguien hubiese depositado su confianza de esa manera en una persona como él. Con el paso de los años, además, se daba cuenta aún más de la trascendencia de ese hecho.
Era por ese motivo por el cual se preocupó tanto en su día por su bienestar cuando tuvo lugar el enfrentamiento con la Tríada Oscura y, por supuesto, por el cual lo seguía haciendo también en la actualidad.
Al verle la espalda en la lejanía de un pasillo después de doblar la esquina, frenó en seco. Suspiró notablemente aliviado y, cuando Finral y Noelle lo alcanzaron, imitaron su gesto.
—¡Capitán! —lo llamó alzando la voz, como usualmente lo hacía, mientras se echaba a correr hacia él de nuevo.
Yami se dio la vuelta ante su llamado. Cuando lo alcanzó, Asta lo miró con fijeza. Llevaba el torso desnudo, los pantalones sucios y tenía restos de sangre seca, sobre todo en las manos, en los brazos y en la cara. Sin embargo, no parecía que estuviese herido. Fumaba con decisión y su rostro componía un gesto muy serio y casi decaído. El chico no recordaba haberlo visto con ese desánimo nunca.
—¿Qué hacéis aquí? —espetó con voz áspera. En ese momento, Finral y Noelle llegaron a donde estaban y se detuvieron a su lado.
—Nos llegó una información que decía que estabas en el hospital y nos preocupamos, así que vinimos de inmediato.
—Ya veo —Yami le dio una calada larga a su cigarro, lo tiró al suelo sin importarle el lugar en el que estaba, lo aplastó con la suela de su zapato y sacó otro, prendiéndolo al segundo para continuar fumando—. Estoy bien, no hay necesidad de que os preocupéis. Podéis iros a la base, yo tengo que ir a hablar con Julius.
Finral se quedó atónito mientras lo miraba de arriba abajo. ¿De verdad pensaba ir a hablar con el mismísimo Rey Mago con esas pintas? Sabía que eran buenos amigos, pero consideraba que Yami tampoco debería aprovecharse de eso y presentarse de cualquier manera en su despacho, probablemente para darle un reporte de la misión a la que había acudido.
—¿No crees que deberías ir tú también a la base antes de ir a hablar con el Rey Mago?
—¿Yo?
—Mmm, bueno… —susurró el joven usuario de magia espacial mientras pensaba en las palabras adecuadas antes de continuar. No le apetecía ver a Yami enfadado—. Podrías darte una ducha, tienes sangre seca por todas partes, y cambiarte de ropa.
—Es verdad, capitán, ¿qué le ha pasado a tu camiseta?
Yami evitó la pregunta. Primero porque no era algo de lo que quisiera hablar, porque se sentía profundamente culpable cada vez que pensaba en aquel hombre desnudando a Charlotte, tocándola, marcándola, hiriéndola. Pero, sobre todo, porque no se sentía con derecho a contarlo. Por supuesto que no. Charlotte era una mujer tremendamente orgullosa y suponía que no quería que nadie se enterase de lo que había sucedido. Así que aquello se quedaría entre él, Owen y Julius y porque no podía esconderlo de ninguno de los dos. No podían evitar que los demás se enterasen de que había resultado herida, pero sí de las formas.
—Bien, me llevarás a la sede y me traerás enseguida, Finral —ordenó firmemente y Finral asintió rápidamente.
Sin embargo, antes de que se abriera el portal, Noelle habló, curiosa de lo que había sucedido.
—Capitán, ¿alguien ha resultado herido?
—Sí, Charlotte. Además, he matado al hombre que nos atacó —Las palabras le quemaron con furia los labios cuando fueron expulsadas de su boca.
—¿La Capitana de las Rosas Azules? ¿Pero está bien?
Yami torció la boca al escuchar aquella pregunta. Físicamente, era más que probable que ya estuviera bien, pero las secuelas de su alma probablemente fueran muy profundas. No obstante, haría todo lo posible, absolutamente todo lo que estuviera en su mano para que volviera a ser la Charlotte que conocía; la fría, implacable, valiente, pero también la que se sonrojaba con furia cuando la tanteaba o la que le había sonreído con una dulzura que jamás había visto en los labios de una mujer minutos antes del ataque.
—Sí.
Noelle frunció el ceño. Era bastante raro que la Capitana de las Rosas Azules, siendo tan fuerte como era, hubiese resultado tan herida como para acabar en el hospital. Era cierto que en su trabajo era relativamente fácil salir mal parado en las misiones, pero a los capitanes no les solía ocurrir eso, a no ser que fuera una amenaza más que considerable.
Finral abrió el portal y los cuatro lo cruzaron para dirigirse a la base de los Toros Negros.
Durante ese momento, olvidó su decisión de abandonar los Toros Negros y de comunicárselo a Yami. Y Asta, después de la gran preocupación y posterior tranquilidad que había experimentado, también lo hizo. Aunque ese pensamiento volvería muy pronto a aparecerse en las mentes de ambos.
Mientras sentía el agua caliente cayéndole por los hombros, Yami apoyó las palmas de las manos sobre la pared. Agachó la cabeza para mojar su pelo. Un baño largo no tenía sentido en ese momento, en el que necesitaba con urgencia hablar con Julius de lo que había sucedido. No sabía bien cómo contárselo, porque no podía pensar en cuáles eran las palabras adecuadas en ese momento. Sin embargo, era consciente de que debía ser él quién lo dijera, pues no quería que Charlotte tuviera que materializar aquello con su propia voz.
Las imágenes le aturdían la cabeza con insistencia, ya que no podía pensar en otra cosa que no fuera que no había sido capaz de proteger a Charlotte. Siempre se jactaba de que era necesario superar los límites que uno tiene, pero en ese instante no puedo hacer nada. Y no le servía de excusa que estuviese paralizado, tendría que haber hecho algo, lo que fuera. Tendría que haberse arrastrado con los dientes sin era necesario para llegar hasta donde estaba y atacar de alguna forma a aquel hombre.
Sintió un fuerte pinchazo en la sien y cortó el agua. Sabía que el dolor de cabeza que estaba empezando a experimentar era producido por darle demasiadas vueltas a las cosas, pero le resultaba inevitable.
Salió de la ducha, se secó con velocidad las gotas de agua que aún resbalaban por su cuerpo y se vistió. Se dirigió a la sala principal, donde Finral lo esperaba, y se aproximó hacia él. El chico, sentado en uno de los sillones, se levantó en cuanto vio que a su capitán haciendo acto de presencia en la habitación.
Lo miró de arriba abajo con gesto un poco confuso. Yami era un persona extremadamente despreocupada y verle aquel brillo de desasosiego en sus iris oscuros lo desconcertaba demasiado. Y lo hacía porque no lo entendía. Es decir, era cierto que una compañera había resultado herida y había necesitado tratamiento médico, pero no había sido nada extremadamente grave, había aniquilado al atacante y, por lo tanto, la misión finalmente había sido un éxito.
—¿Ocurre algo? —preguntó Finral mientras creaba el portal que lo llevaría directamente a la puerta del despacho del Rey Mago.
Yami se detuvo justo antes de cruzar el portal y lo miró frunciendo el ceño. No había dado muchos detalles sobre la misión y mucho menos sobre su estado de ánimo, pero Finral lo conocía desde hacía muchísimos años, así que era normal que notara sus cambios de humor, aunque fueran mínimos.
—No —espetó con concisión y comenzó a atravesar el portal—. No es necesario que vengas a recogerme, volveré a la base solo.
Finral vio a su capitán cruzando hacia el Palacio Real finalmente. Por preguntar no perdía nada, pero sabía cuál iba a ser la respuesta. Suspiró resignado y después salió al jardín a tomar el aire.
Mientras tanto, Yami se detuvo delante de la gran puerta que adornaba el despacho de Julius. No entendía la funcionalidad de las puertas tan ostentosas, cuando son simples utensilios que sirven para cruzar de una habitación a otra. Se pasó la mano por la cara con cansancio y después tocó, escuchando tan solo un instante después la invitación para entrar por parte de su mentor y amigo.
Pasó a la habitación enseguida, cerró la puerta y se quedó de pie enfrente del escritorio, donde al otro lado, Julius estaba sentado con los brazos apoyados sobre la superficie de madera. Sonreía levemente pero con genuinidad, aunque el gesto se esfumó en cuanto observó el de Yami.
—Imagino que vienes a dar el informe de la misión. Siéntate.
—Estoy bien aquí.
—De acuerdo.
Yami sacó un cigarro de forma nerviosa para empezar a fumar. Rememorar algo así no era fácil así que necesitaba el humo en sus pulmones de forma imperante. Comenzaría por la parte más fácil y hablaría casi de forma mecánica, sin pensar demasiado lo que tenía que contar, porque de esa forma resultaría más sencillo.
—Cuando llegamos al lugar que nos habías indicado, todo estaba muy silencioso. Parecía que no vivía gente en la aldea y ni siquiera había luces en el interior de las casas ni tampoco en las farolas de la calle. Me di cuenta y sé que Charlotte también, y se lo dije. Al segundo, sentí una punzada en el cuello y me desplomé en el suelo.
—¿No sentiste al atacante llegar?
—No. Eso es lo más extraño. Aunque hubiese ocultado su magia, yo puedo leer el ki. Y con él no pude. Debía tener una especie de inhibidor o algo parecido.
Julius frunció el ceño. Eso era realmente raro. Y mucho más lo era el hecho de que existiera ese inhibidor, puesto que no todos conocían que el Capitán de los Toros Negros podía detectar la energía vital de los demás.
—Sí, es lo que estás pensando. Me tenían vigilado, me estaban investigando… Lo que fuera. Conocía nuestros nombres, habló de un jefe y de lo que parecía una especie de organización llamada Dark Blood.
—¿Los nombres de los dos? —preguntó Julius confuso.
—Sí. El de Charlotte también. De hecho, creo que ella era su verdadero objetivo —Yami hizo una ligera pausa mientras Julius tenía cada vez el ceño más fruncido. Terminó de fumarse el cigarro, lo tiró al suelo sin cuidado, como si no estuviera en el despacho del mismísimo Rey Mago del Reino del Trébol, y sacó otro rápidamente para volver a repetir el proceso—. Creo que el sujeto usaba magia espacial, como la de Finral, porque cuando sentí el pinchazo, desapareció. Después atacó a Charlotte.
—Y la hirió solamente a ella, ¿no?
—Sí, por eso pienso que era su objetivo. Además… —Yami tragó saliva. Julius era su superior. Debía informarle. Debía hacerlo. Era su responsabilidad y no podía eludirla, así que, por mucho que le costara, tenía que contar lo que había sucedido— intentó violarla —dijo con amargura y rabia en la voz. Inconscientemente, apretó el puño, dándose cuenta de que tenía una pequeña herida en la palma de la mano, seguramente provocada por el mismo gesto.
Julius abrió los ojos con desmesura. Cuando se es una mujer no se corren los mismos riesgos que siendo un hombre. No era la primera vez que una de sus subordinadas había sufrido ese tipo de ataques, pero sí era la primera ocasión en la que le había sucedido a una capitana.
—¿Ella… está bien? —se atrevió a preguntar después de un incómodo silencio.
—Sí —aseguró Yami aunque sabía que era mentira. Charlotte tenía una reputación que cuidar y no sería él quien la echara abajo—. Conseguí evitarlo. A ella la paralizaron después que a mí. Supongo que nos inyectaron una sustancia que nos impidió la movilidad. Es muy efectiva, pero no dura mucho tiempo. Al menos, eso es una ventaja.
—¿Contaste los segundos que dura?
Yami fue andando hacia la ventana para fijar la vista en las nubes blancas que ese día adornaban el cielo con tranquilidad. La ciudad rebosaba vida, seguía su curso, como era natural. Negó con la cabeza. En ese momento, en el que solo pensaba en que necesitaba que sus músculos se movieran, no se dio cuenta de la importancia de contar los segundos que duraba el efecto de la droga. Además, ¿segundos? Probablemente fueran algunos minutos.
—No.
—Ya veo —Julius torció la boca antes de seguir hablando—. Yami, sé que te importa Charlotte, así que entiendo que estés afectado por esto. Puedes tomarte unos días de descanso si quieres.
El hombre de cabello oscuro se dio la vuelta para encararlo repentinamente con un ligero gesto de sorpresa. Las palabras de Julius no habían sido arbitrarias y tampoco se refería a que Charlotte le importaba como compañera o camarada. Lo conocía muy bien y siempre sabía a qué se refería. De todas formas, comprendió al instante que el Rey Mago era una persona extremadamente inteligente, también en el terreno emocional, así que no era de extrañar que se hubiese dado cuenta de que él sentía algo distinto por la Capitana de las Rosas Azules que por el resto de sus compañeros.
—No tengo tiempo para descansos. Necesito ver de nuevo las imágenes de los hologramas que nos mostraste antes de la misión. Puede que se nos haya escapado algún detalle —afirmó, decidido.
—Bien, aquí tienes —respondió Julius mientras sacaba el artefacto que plasmaba las imágenes y se lo entregaba a Yami—. Investigaremos más. No podemos lanzarnos a ciegas. Pero te lo aseguro, Yami; iremos con todo.
Yami asintió y después salió del despacho, poniendo rumbo pausado hacia la sede de su orden mientras encendía otro cigarro.
Por supuesto que iría con todo. Porque, sin duda alguna, haría todo lo posible por averiguar quién estaba detrás de ese sórdido plan para hacerle daño a Charlotte. Y lo conseguiría aunque fuera lo último que hiciera en su vida.
Un mes después del incidente, las órdenes estaban totalmente movilizadas en los pasos fronterizos del reino. El enemigo ya se había materializado y atacaba sin dar tregua. No sabían casi nada de ellos; solo que se hacían llamar Dark Blood, que eran sigilosos en extremo y que probablemente tenían un gran laboratorio para desarrollar distintas sustancias tóxicas y artilugios para que tanto su ki como su maná fueran completamente indetectables.
Las aldeas más periféricas estaban siendo masacradas y la situación era casi incontrolable. Por ese motivo, se había convocado una reunión urgente de capitanes ese mismo día. No podían seguir así, eso estaba más que claro. La ofensiva debía ser inmediata y potente, porque probablemente se encontraban ante uno de los ataques más peligrosos que el Reino del Trébol había experimentado en su propio territorio en toda su historia.
Yami llevaba todo ese mes completo sin ver a Charlotte. Se moría de ganas de ir a su sede, de preguntarle cómo estaba o de siquiera verle el rostro de lejos. Pero no podía. Primero porque la situación no propiciaba un encuentro entre ambos y también porque quería respetar su espacio. Quería que fuera ella quien diera el paso de acercarse a él cuando estuviese preparada.
El beso que se dieron antes de que todo estallara aún le quemaba en los labios. Quería que fueran más que dos simples personas que se molestan y se tratan con apatía cuando se veían, pero también tenía en cuenta que Charlotte lo había rechazado y no quería presionarla.
Por otro lado, Noelle finalmente había abandonado los Toros Negros para ponerse al frente de la vicecapitanía de las Águilas Plateadas. Asta le recriminó a su capitán que dejara escapar una de las guerreras más leales y fuertes que había en su escuadrón; una de las personas que más le importaban también.
—No me parece bien que Noelle abandone la orden, capitán. ¿Es que tú estás de acuerdo con esto? —le había recriminado con cierto reproche.
La respuesta de Yami fue clara:
—No tengo que estar de acuerdo yo. Cada persona es libre de elegir el camino que quiere recorrer. No importan ni tu opinión ni la mía. Así que no quiero volver a oír una sola palabra sobre este tema.
Así acabó la conversación y Asta, aunque deseaba con todas sus fuerzas volver a retomarla, porque pensaba que Yami era el único que podía hacer volver a Noelle, no se había atrevido a sacar el tema de nuevo. Conocía a su capitán demasiado bien y, por muchos años que pasara y por muchas posiciones que escalara, seguía sintiendo un sudor frío extraño en su nuca cada vez que lo veía enfadado.
—Nos vamos —dijo Yami a Asta y Finral.
Cuando llegaron a la sala de reuniones, todos los capitanes y vicecapitanes de todas las órdenes del Reino del Trébol ya habían llegado. Yami y Asta tomaron asiento en sus correspondientes lugares. A la derecha, Nozel clavaba sus ojos como dagas por lo que él consideraba una completa irresponsabilidad y falta de respeto porque habían llegado algunos minutos tarde. A su lado estaba Noelle, que había volteado un segundo para darles un saludo a modo de asentimiento.
Justo enfrente de Yami y cambiando su habitual posición se encontraba Charlotte acompañada de la vicecapitana de su orden. Sus miradas apenas se rozaron, pero Yami pudo observar que algo no iba bien. Charlotte estaba algo pálida y notaba un ligero sudor posado en su frente que ella misma se encargó de retirar en cuanto se dio cuenta.
—Ni en situaciones de emergencia como estas llegas a la hora que todos acordamos. Todavía no entiendo cómo puedes tener un puesto con tantas responsabilidades en este reino —comentó con desdén Nozel, que no había podido reprimir su molestia.
—¿Me hablas a mí? —cuestionó Yami con un tono de voz divertido mientras se señalaba el pecho con el dedo y le sonreía con sorna—. La verdad es que debería tomar tu ejemplo. Incluso haciéndote ese peinado tan ridículo llegas puntual.
Nozel chistó y estuvo a punto de levantarse para recriminar a Yami por esas palabras de mal gusto, pero Julius los detuvo con un ligero carraspeo.
—Comencemos la reunión, que no nos sobra el tiempo —Los allí presentes, ante la orden, asintieron—. Como sabéis, estamos siendo atacados sistemáticamente por una organización terrorista que se denomina a sí misma Dark Blood. No sabemos cuántos ni quiénes son; ni siquiera su propósito. Y esto debe cambiar ya. Necesitamos información, así que cuatro capitanes con sus vicecapitanes harán una misión de exploración. Las otras órdenes permanecerán en el reino para evitar posibles ataques. Los integrantes de las siguientes órdenes se encargarán de esta misión: de los Toros Negros, Yami y Asta; de las Águilas Plateadas, Nozel y Noelle; de los Leones Carmesíes, Fuegoleon y Leopold; y del Amanecer Dorado, William y Yuno.
Charlotte apretó los dientes, gesto que no pasó desapercibido para Yami. Después suspiró con fuerza para serenarse.
—Disculpe, Lord Julius. No quiero ser irrespetuosa, pero creo sinceramente que las Rosas Azules somos más que necesarias en esa misión. Mi vicecapitana tiene magia espacial y podría ser útil si corriéramos grave peligro.
Julius frunció el ceño ligeramente. Si había alguien a quien quería dejar fuera de la misión, esa era Charlotte. No quería que tuviese que enfrentarse con el causante directo de algo tan grave como lo que le había sucedido a ella. Pero, en cierto modo, llevaba razón, aunque no se lo pondría tan fácil porque seguía pensando que no era adecuado que fuera.
—Si alguien quiere relevar tu puesto, accederé. Si no, el grupo se quedará tal y como lo he formado.
Charlotte miró a sus compañeros de forma incesante. Estaba segura de que ninguno de ellos iba a cederle el puesto porque eran cuatro hombres competitivos que no podían mirar más allá de ellos mismos y de sus egos.
—Está bien. Nosotros no iremos —dijo William ante la sorpresa de todos—, con la condición de que Mimosa Vermillion acompañe al grupo. Será útil por si hay heridos que necesiten tratamiento inmediato.
La mujer clavó sus ojos azules en los de Julius que, abrumado por su determinación, no pudo hacer más que acceder.
—De acuerdo. Partiréis en dos días. Preparaos bien.
El Rey Mago dio permiso entonces para que todos los asistentes a la reunión salieran de allí. Yami, en cuanto vio que Charlotte abandonaba la habitación, se fue tras ella sin prestarle siquiera atención a Asta.
Cuando Charlotte se miró en el espejo del cuarto de baño, se dio cuenta de que su aspecto era deplorable. Tenía unas ojeras muy marcadas, estaba tan pálida que no se reconocía y sabía que la fiebre le había vuelto a subir.
Se quitó el casco, la capa y la armadura y se hizo a un lado la camiseta, después de despegársela de la piel mientras siseaba de dolor. Se miró durante unos segundos y se volvió a tapar con rapidez. La zona estaba enrojecida y la herida emanaba pus y sangre, evidenciando así que estaba en un avanzado estado de infección.
Owen le había comentado que su magia no era capaz de curarla completamente porque la daga que le provocó la herida estaba impregnada de una sustancia que todavía no habían sido capaces de identificar. Le insistió en que podía ir a diario a su consulta a que él mismo la curara, pero ella lo rechazó, argumentando que podía hacerlo sola.
Sin embargo, verse aquella marca le producía el más grande de los rechazos. No podía verse desnuda de cintura para arriba de forma directa. Se duchaba todos los días lo más rápido que podía y sin bajar la vista. Muchas veces lo hacía incluso con los ojos cerrados. Por lo tanto, las curas que se tenía que realizar a diario tampoco se estaban produciendo y su cuerpo le estaba gritando que ya no podía más, aunque su mente intentara negarlo.
Justo después de haber observado el estado de la herida, sintió repentinamente unas náuseas incontrolables. Se metió en uno de los cubículos que albergaban los inodoros y se agachó mientras empezaba a vomitar. Cuando terminó, tiró de la cisterna y apoyó la frente en la pared del cubículo mientras respiraba agitadamente por el profundo cansancio que sentía.
No obstante, aquel falso espejismo de soledad tranquila no duró demasiado, pues escuchó en ese instante dos golpes decididos en la superficie de la puerta del baño.
—Charlotte, ¿estás bien?
La mujer, como si de un acto reflejo se tratase, se levantó con velocidad inusual, se lavó la cara y se la secó lo más rápido que pudo, y se dispuso a salir, siendo más que consciente de quién era propietario de la voz que le había hablado. Con las prisas incluso se le olvidó recoger su armadura, su casco y su capa.
Al salir, se dio casi de bruces con el pecho de Yami, que la esperaba en la puerta con el gesto algo preocupado. El pasillo en el que se encontraban estaba completamente desierto, ya que no se ubicaba en el mismo en el que estaba la sala de reuniones. La había seguido porque sabía que no se encontraba bien y escuchar las arcadas del otro lado de la habitación le había confirmado sus sospechas.
—Charlotte.
—Lo siento, tengo prisa —balbuceó la mujer nerviosa y lo esquivó mientras mantenía la mirada en el suelo para marcharse. Lo que menos le gustaba era que la gente se compadeciera de ella, que observaran con tanta claridad su debilidad, y todo eso se acrecentaba a niveles estratosféricos si esa persona era Yami.
—Ey, ¿estás bien? —preguntó el hombre de nuevo y, al ver que la contestación de Charlotte era nula y que su intención era irse sin dirigirle siquiera la palabra, la sujetó con suavidad del antebrazo.
Charlotte sintió una sensación extraña en la boca del estómago, como si aquel contacto fuera lo más repulsivo que le había sucedido jamás. Se soltó del agarre con un gesto muy brusco y se volvió para encarar a Yami con furia gélida impregnada en el azul de sus ojos.
—No me toques —masculló con recelo.
Yami dio dos pasos hacia atrás al escucharla. Charlotte le había dirigido muchas miradas de indiferencia y muchas frases hirientes que no habían conseguido más que divertirlo desde que la conocía, pero ese tono de voz había sido completamente diferente. Le había transmitido una sensación de rechazo que provocó instantáneamente que sintiera un agujero de desconsuelo formándose en su pecho.
Observó sus facciones con detenimiento. No sabía qué le pasaba exactamente, pero de lo que sí era consciente era de que no estaba bien, ni física ni mentalmente tampoco. Y él solo quería ayudarla, lo hacía genuinamente, pero parecía que la Reina de las Espinas había edificado su típico muro más alto que nunca y esta vez estaba reforzado para que nada ni nadie lo quebrara.
La vista se le fue sola hacia el brazo de Charlotte, que empezó a gotear algo de sangre. Curiosamente, solo llevaba una camiseta negra de manga corta. No había rastro del atuendo seriamente estricto que solía utilizar y eso era muy raro. Pero probablemente ahí estaba la fuente de lo que parecía una infección. Justo después, sintió de nuevo la punzada en la sien, esa que había experimentado en múltiples ocasiones a lo largo del último mes cuando recordaba lo ocurrido en su misión conjunta. Era obvio; Charlotte sangraba por la herida que aquel esbirro de Dark Blood le había hecho. No lo entendía demasiado bien, porque se suponía que Owen le había dado el alta porque estaba totalmente curada, pero no lo dejaría pasar.
—Estás sangrando, Charlotte.
La mujer se llevó la mano hacia la parte superior del pecho y después se la miró. La sangre incluso le había traspasado la ropa y le había manchado la mano.
—No es nada. Estoy bien.
Ante el nuevo intento de la Capitana de las Rosas Azules de evadir el problema, Yami decidió que debía actuar. Charlotte era una persona muy cerrada y que no solía expresar sus sentimientos, mucho menos si le pasaba algo malo, pero no dejaría que su salud se deteriorase por la idea falsa de que su honor había sido mancillado para siempre.
—Vas a ir a que te cure Owen.
Ya se había dado la vuelta para marcharse, pero ante ese tono de demanda, su orgullo ganó y Charlotte sintió la imperiosa necesidad de voltearse de nuevo para encararlo, para dejarle claro que ella no era una mujer sumisa que estaba bajo sus órdenes.
—¿Perdón? ¿Quién te crees que soy para que me digas lo que tengo que hacer?
—No estás bien. Y no voy a ver cómo te enfermas más porque quieras hacerte la fuerte. Ya te lo dije, ¿no? Que debes confiar en los demás también.
Oh, sí, aquella maldita frase con la que había empezado todo. Si él tan solo la hubiese dejado morir enterrada entre sus zarzas y no le hubiese pronunciado aquellas palabras que, en el fondo, tanto anhelaba escuchar, tal vez ahora no tendría aquella sensación de ahogo, de que incluso le faltaba el aliento, que sentía cada vez que Yami la miraba con tal intensidad.
—¿Cómo te tengo que explicar que estoy bien? ¿Es que ahora te asusta un poco de sangre? Tanto tú como yo hemos visto mucha más, así que no exageres tanto.
—Si no vas a ver a Owen, le diré a tu chica que no te encuentras bien.
—¿A qué chica?
—A la que siempre revolotea a tu alrededor.
Charlotte chistó con hastío. Por supuesto que se refería a Sol. Aunque siempre estuviera a su alrededor, eso era innegable, era más que una certeza que se pasaba la vida idolatrándola y en las nubes, y no se daba cuenta de absolutamente nada. Pero si alguien le decía que sus condiciones no eran las óptimas, se preocuparía y no podría quitársela de encima.
Frunció el ceño, agudizando así la frialdad de su mirada, y apretó los labios. No le quedaba más opción que aceptar, porque se sentía tan exhausta que no se veía capaz de aguantar ni más sermones ni más interrogatorios cargados de exacerbada e injustificada preocupación.
Comenzó entonces a andar hacia el hospital, que quedaba justo al lado, pero sintió los pasos de Yami detrás de ella.
—¿Qué haces? —preguntó sin voltearse—. Conozco el camino. No soy una niña, así que no hace falta que me acompañes.
—No me fío de ti.
Charlotte bufó fastidiada. Yami no se rendiría, así que sabía que esa batalla ya estaba perdida. Decidió que lo mejor era ignorarlo. Los dos continuaron caminando en completo silencio hasta llegar al edificio donde Owen se encontraba.
—¿Está todo preparado?
—Sí, señor.
El hombre, de cabello rojo intenso y corto, se sentó en un sillón y alargó la mano hacia un mueble cercano, donde una copa de vino descansaba, para bebérsela de un trago.
—Perfecto. Por fin lograremos nuestro propósito.
Se relamió los labios y después sonrío sardónicamente. Faltaba muy poco tiempo para que el Reino del Trébol estuviera totalmente bajo su control y para que Charlotte Roselei le pagara por todas las veces en las que lo había humillado.
Continuará...
Nota de la autora:
Pues aquí estoy con este nuevo capítulo, como de costumbre actualizando cuando debería estar durmiendo. En primer lugar, gracias a las personitas que apoyan esta historia. Al ser más compleja y no llena de cosas fluff y bonitas, sé que cuesta más leerla, así que lo agradezco el doble.
Espero que os haya gustado el capítulo. Sé que puede dar la sensación de que esto es algo lento, pero no quiero que el desarrollo de la historia parezca banal.
¡Nos leemos pronto!
