Y si te quedas esta noche
Y si te quedas, ¿qué?
Y si te exploro, ¿qué?
Y si te entiendo, ¿qué?
Y si te siento, ¿qué?
Makoto solía tener un sueño, uno recurrente y exacto.
En este sueño aparecía un hombre, de piel morena y cabellos oscuros como el chocolate. Sonrisa enigmática y ojos azules, tan profundos como el mismo universo. De hecho, cuando estaba cerca, podía ver en ellos pequeños destellos que asemejaban estrellas. ¡Verlo a los ojos era como asomarse al infinito!
Lo veía a él contemplando al cielo, apacible y pensativo, completamente dueño de sí mismo. Sus ropas blancas como la nieve, sus brazos fuertes cruzados al pecho, sus labios delgados y antojables. De pronto el general la notaba y giraba a su encuentro, su rostro se mutaba en una discreta sonrisa y Makoto, incluso dormida, sentía sonrojarse.
La siguiente imagen era ella, recostada sobre la fresca hierba del bosque. Lord Neprhite llegaba y se sentaba a su lado, señalando algunos puntos en el cielo estrellado. Ella lo entendía, sabía de qué hablaba por que él lo hacía con tanta pasión que no había manera de no ponerle atención. Y luego el silencio, y la sombra que su cuerpo hacía proyectándose en ella. Sus labios sobre los propios, sus manos sujetándola posesivamente contra el suelo. Su lengua buscando entrada y ella dejándose consumir por el general terrano.
Luego la imagen no era tan clara pero la sensación sí. Las yemas de sus dedos recorriendo aquella gruesa piel de la espalda desnuda, mojada por la lluvia. Unos labios probando su cuello, unos dientes marcando su piel. ¡Esos ojos de nuevo! Profundos, intensos. Esos embistes brutales, casi salvajes que erizaban su piel y la hacían jadear aún dormida. ¡Cuántas noches no despertó con la imagen del general haciéndola suya bajo la tormenta!
Entonces, si lograba pasar de ahí venía la pesadilla. El universo de su mirada teñido de sangre, su rostro viril pintado en furia y rencor. Ella misma doblada en dolor, abrazada del hombre al que tanto amó y que ahora le daba muerte, influenciado por el poder y la maldad, ¿Por qué? ¿Qué había llevado a su prometido a unirse a la tiranía? ¿No había sido su amor suficiente?
Veía horrorizada el rayo cayendo sobre ellos, escuchaba el estruendoso grito de dolor de su amado enemigo, de Neprhite, mientras ella apretaba los dientes, porque no quería hacerle ver que también moría. Incluso con todo, quería que él supiera que habría sobrevivido para defender y cuidar el reino, porque ese era su deber como senshi por encima del amor.
Y entonces despertaba, sudorosa, agitada y llorando. Con el miedo tan vivo como aquella vez.
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-Quiero que me hables de Neprhite.
El corazón de la senshi se saltó un latido. Todo su cuerpo se contrajo de repente, leve, pero lo hizo. Hablar del general era algo que hacía sin querer, porque recordarlo a voluntad era una actividad que no disfrutaba. Y solo lo hacía frente a él, al mismo cascaron, pero con otro nombre.
-¿Para qué?
-Porque yo no recuerdo nada de eso, y tu pareces saberlo todo.
-No es así, tú… digo él… ¡Yo apenas recuerdo un par de cosas! –murmuró.
-Por favor dímelas, quiero saber.
Y entonces Makoto deseó hablar de Andrew, porque era más fácil hablar de un hombre que si bien la engañó varias veces, la alejó de sus amigas y ahora pretendía que abandonara su vida para seguirlo ciegamente, seguía en un peldaño más arriba que ese temible general. Pero sabía que, si Nath había pedido aquello, no desistiría hasta conseguir hacerla hablar. El día estaba terminando, podía concederle eso una única vez en la vida.
-Bueno… recuerdo que sus ojos, eran azules. No marrones como los tuyos. Pero ambos tienen ese destello que los hace especiales. La primera vez que lo vi, perdón, que Jade y él se vieron...
-Jade... -susurró añorante, como si ese nombre le llamara a un vago recuerdo.
-Sí, ese era el nombre que llevaba entonces, lindo ¿No? -Nath asintió sonriente-. Bueno, cuando se vieron por primera vez él acompañaba a Endymion en una visita al palacio.
-¿Cómo te habló?
Makoto sonrió-, me dijo que era muy extraño que no hubiera hombres en la guardia de la princesa.
-¡Qué idiota! –ella sonrió-. ¿Qué pasó después?
-No estoy segura, pero sé que no me dejaron bajar a Terra en un tiempo.
Esta vez los dos sonrieron con complicidad. Nath tomó la mano libre de Makoto y la llevó a sus labios, plantando un beso en el dorso.
-Dime más.
-Bueno, le gustaba el aroma de la canela y aún más su sabor. ¡Todo quería comer con canela!
-No es mi favorita—interrumpió—pero es buena.
-También le gustaba escuchar a Endymion al piano. Nunca entraba en la sala de música, se quedaba en la puerta. Pero varias veces lo llegué a ver con los ojos cerrados, y sus dedos tamborileaban como si fuese él quien tocaba.
Nath ahogó el deseo de decirle que él solía tener un piano en casa, que no lo había traído consigo porque robaba mucho espacio al departamento. Pero la dejó continuar.
-Fumaba, fumaba mucho. Venus no entendía por qué siendo el shitennou del conocimiento no sabía lo asqueroso que era ese vicio.
-Sí, bien. Creo que dejaré de fumar a partir de mañana-bromeó.
Nath pudo ver sus ojos perdidos en el chispar de la chimenea. Obviamente ella estaba recordando, algunas cosas que decía y otras que se guardaba para sí. Eran estás últimas las que él deseaba conocer con suma desesperación.
-¿Lo amabas?
-Sí, es decir, Jade lo amaba—corrigió-, era un hombre bueno, gruñón y algo soberbio, pero con… con Jade era dulce y gentil. Él le enseñó tanto de muchas cosas, botánica, astronomía, ciencias... ¡Jade le enseñó a patinar sobre hielo! El recuerdo es vago, pero me reconforta en los días malos.
-¿Qué más le gustaba de él?
-Odiaba bailar, pero lo hacía por ella y solo con ella—Makoto sonrió añorante, sus ojos destellaron de alegría-. ¡Uy y el sexo…! – Retuvo el aire con un jadeó en cuanto acabó de pronunciar aquello, con prisa se llevó la mano que Nath tenía capturada a la boca, ella misma estaba sorprendida de que aquella expresión fuera tan sincera y llena de lujuria. Vio la cara del hombre sobre su regazo, un gesto de genuina curiosidad dibujado en sus ojos.
-¿Vas a contarme?
-¡Claro que no! –bufó-, quizá debería estar ofendida que tú no lo recuerdes.
-Beryl mató todo recuerdo que pudiera tener de esa época, aunque dejó algunas sensaciones ambiguas, como tortura supongo.
Una oleada de tristeza recorrió a la castaña, quien volvió a rodearlo con sus brazos para recargar su mentón en su cabeza, para apapacharlo.
-Hay cosas que es mejor que hayas olvidado.
-¿Cómo cuáles?
Quizá solo había una y ella lo sabía bien. Pero era justo esa razón la causa de su desasosiego, el principio y el eje central de lo que había sido su vida desde que Nath regresó.
-Como la muerte—susurró contra su cabello-, la de Jade y la de Nephrite.
-¿Quieres hablar de eso?
Quería y no. Quería sacarlo de su pecho y confesarle por qué le temía, aunque ya tenía claro que no era el mismo hombre que entonces fue. Pero no quería arruinar el resto de la tarde con una historia que, al menos para ella, era innecesariamente dolorosa.
Nath se incorporó para tenerla de frente y mirarla a los ojos, pudo ver en ellos la duda y la nostalgia.
-No sé si debería-murmuró-, quizá no sea un buen momento.
-¿Cuál sería un buen momento entonces?
Makoto recordó en ese instante donde estaba y con quien. Recordó que debía tomar una decisión importante en un par de horas y que, quizás, ese era el último momento juntos. Podría probablemente arruinarlo hablando de un pasaje oscuro que alimentaba sus pesadillas y sus miedos, o podía aprovecharlo para desahogar su angustia con la persona correcta, con quien al final de cuentas, tendría que hablarlo en algún momento. ¿No había dicho ella anoche que la vida era muy corta?
Le contó a detalle la noche de la batalla, el cómo el ejército Terran llegó a la Luna destrozando todo a su paso. Jade estaba de licencia, recién enterada de la noticia de su futura maternidad. Se lo había revelado al general ¡Y él estaba tan dichoso! Tenían el permiso del príncipe y la reina para formalizar su unión. Pero entonces Lord Nephrite desapareció, justo dos días después de que lo hiciera Lord Jedite. Todo se detuvo y ella fue resguardada por su seguridad.
Lo siguiente que supo de su general era que estaba en la Luna, seguido por un sanguinario grupo de hombres que no podían ser detenidos por más intentos que hicieron al respecto. Tenía que ir, tenía que intentarlo.
Lo demás fue previsible. No lo consiguió. El hombre que ahora era una bestia no entendió de razones ni reconoció su rostro, ni su voz ni su nombre. Fue una batalla delirante y cruel, que bañó los jardines de atrás del palacio con sangre inocente y que detuvo tres corazones cuando la luz de ese rayo se extinguió.
Y ahora fue Nathaniel Arima quien soltó un aliento que no sabía que retenía. Y sus ojos marrones desenfocaron la visión de la hermosa mujer ante él.
Makoto vio como el primer movimiento del hombre fue mirar sus manos, sabía que pensaba que estaban llenas de sangre. Así que las tomó con las suyas y las presionó con moderada fuerza.
-¿Por qué? -preguntó él al sentir el calor en su piel.
-No hay respuesta, solo fue así.
-¡No soy él! ¡Ese hombre no soy yo! -exclamó enérgico y asustado.
-No, no lo eres. Y en verdad lamento tanto haberte confundido.
Y aunque esas palabras tranquilizaron a Nath, lo cierto es que también liberaron a Makoto.
Diez años habían pasado desde que los sueños que le contaron toda aquella historia de amor y dolor comenzaron, la misma noche en que su mano y la del hombre frente a él se tocaron por primera vez. Fue angustiante, desesperante, tremendamente doloroso. Y lo peor de todo es que, aun así, algo dentro de ella clamaba por él.
Pero ella no quería sufrir, ya había tenido una vida complicada como para buscar al hombre que la hacía sentir tan vulnerable, sobre todo si tenía al lado a un gentil y amoroso chico que había capturado su corazón desde joven. ¿Ganaría ese deseo al amor? ¡Por supuesto que no!
Pero la tentación estaba ahí y era tremenda.
Así que cuando Naru apareció y se lo llevó ella suspiró aliviada, segura que la distancia haría su magia y todo volvería a la normalidad. Pero no fue así. Saber lejos a Nath la sofocaba, le hacía sentir que un vacío se la tragaría un buen día. Y para no caer por el precipicio simplemente se agarró de su punto de apoyo, se casó con un buen chico. ¿Alguien podría culparla por eso? Sí, Jade lo hacía. Makoto estaba segura de haber visto en el reflejo del espejo el día de su boda, a una mujer que no era ella, aunque se parecía bastante, y la miraba con tristeza.
A partir de ahí todo empeoró, escuchar a las chicas hablar sobre sus amados esposos y la manera en que juntos superaban sus traumas, la enfermó. ¿No debería estar ella ayudando al castaño siniestro? ¡No! Él era un hombre casado con una buena mujer, ella podría... ¿Podría? ¡Tenía que poder!
Nunca se los dijo, pero la senshi de la protección y el coraje no era tal frente a esa situación. El coraje lo perdió el día que decidió huir en vez de enfrentar sus demonios y con respecto a la protección, estaba demás decir que falló estoicamente. Así que cuando Andrew expresó su sentir con respecto a que ella pasara demasiado tiempo con las chicas, cobardemente estuvo de acuerdo.
¿Por qué pensó que ahora podría hacer algo al respecto?
Y para finalizar llegó al fondo de su abismo. Probó esos labios, esa piel, sintió ese cuerpo sobre ella y ese hombre invadiendo su ser. ¡Lo deseaba! ¡Por un carajo que ese hombre la tenía comiendo de su mano! ¿En qué momento había caído tan bajo? ¿Por qué se sentía más de él que de ella misma?
Y Makoto amaba a su esposo, con un amor limpio y sincero. Pero lo que sentía por Nath era algo más allá de su propia comprensión.
-Tú tampoco eres Jade.
-¿Qué? -titubeó.
-Yo no soy lord Nephrite y tú no eres Lady Jade. Ellos están muertos.
-Lo están-aseguró en un murmullo.
Y ahí, frente al acogedor candor de una chimenea, sin comer, y abrazados uno del otro, Makoto Kino y Nathaniel Arima tuvieron su primer encuentro real en esta vida.
Él la albergó en su pecho para confortarla, pero los dos temblaban. No tenían frío, tenían miedo, ambos estaban tan cerca de un perfecto desconocido. Porque sí, todo lo que creyeron saber el uno del otro ahora tomaba un nuevo significado.
Nath recargó sus labios en la cabeza castaña y algo despeinada, le dio un beso protector mientras se mecía con ella sobre el sillón.
-Empecemos otra vez—dijo interrumpiendo el apabullante silencio-. Mi nombre es Arima Nathaniel, tengo al día de hoy treinta y ocho años, divorciado, sin hijos. Heredé de mi abuelo dos galerías y el gusto por el arte y la astronomía. Amo el otoño, hace un día que no fumo, -sonrió-, y me gusta el hockey sobre hielo y jugar póker con mis amigos. Cocino la cena los viernes como papá lo hacía y los desayunos los domingos. Duermo por horas durante el día porque de noche me gusta ver las estrellas y hablar con ellas, pero sé que ellas entenderán si paso esta noche contigo.
-¿De verdad lo crees? -preguntó con un poco de alegría, aunque su voz era cortada por el llanto.
-Más les vale.
-Bueno... -dijo ella sorbiendo la nariz-, yo soy Kino Makoto, acabo de cumplir treinta y mi estado civil es complicado—lo último casi un susurro-, tengo un negocio de banquetes que quiero como si fuera mi hijo. Odio volar y le temo a las arañas, cocinar es mi pasatiempo favorito y amo las plantas y las labores domésticas. Y creo que podría arriesgarme a un berrinche de tus amigas las estrellas por pasar esta noche contigo, aunque debo decirte que me iré por la mañana.
-Lo sé-respondió él, otro beso se estrelló en su cabeza.
Makoto alzó su rostro para verlo, tenía miedo a lo que encontraría al voltear, pero debía saberlo. Nath la miraba sonriente, aunque era evidente que algunas lágrimas escaparon antes de sus ojos.
-¿Está bien por ti?
-Si está bien para ti, está bien para mí. Solo hay una cosa...
-¿Qué? -preguntó alarmada, mucho más cuando los labios de Nath dibujaron una sonrisa guasona.
-Tienes que contarme ese asunto del general y el sexo.
-¡Oh Nath! Te he dicho que no-respondió sonriente, secándose las lágrimas de sus mejillas con sus mangas.
-¿No lo harás? -ella negó con la cabeza-. Bien, entonces tendré que averiguarlo por mi cuenta.
Nath se puso de pie y arrojó la frazada al suelo. Makoto apenas pudo reaccionar antes que él la tomara por las piernas y cargara con ella en el hombro rumbo a la alcoba. Ella pataleaba en un falso intento por liberarse. Estaban a punto de llegar cuando se detuvo de golpe y dio marcha atrás.
-¿Ahora qué? -preguntó confundida, su cuerpo colgando a merced del portento de hombre.
-Olvidaba esto—dijo alegremente mientras tomaba la caja completa de preservativos que estaba en la mesa-. Espero que alcancen... a menos que hables primero.
El mundo entero le dio la bienvenida a un año nuevo. En el cielo podían verse las luces de los fuegos artificiales, que tenían su propia guerra personal contra el brillo de las millones de estrellas del firmamento. Mientras la gente en la calle festejaba y agradecía las nuevas oportunidades que el año por entrar traía, un hombre y una mujer, en el último piso del edificio más alto de la zona se entregaban por primera vez sin complejos ni tapujos.
Todavía estaban equivocados, pero al menos habían logrado sincronizar sus almas. Porque Jade y Nephrite también estaban ahí, ardiendo dentro de ellos, amándose sin reservas como había sido contado por las estrellas. Pero en su mayoría ellos eran Makoto y Nathaniel y al fin habían logrado ponerse de acuerdo, cada quien con su cada cual.
Cuando la noche muriera las cosas volverían a su cause. Ella se iría y él seguiría con su vida como hasta ahora lo había hecho. ¿Un error? Sí, probablemente, aunque puede que no del todo.
Lo importante es que ambos sabían que volverían a encontrarse, no sabían cuándo ni donde, pero la certeza estaba ahí y eso les daba paz y la seguridad de que el futuro no era tan terrible como pensaban. Ni la vida tan larga.
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Pasaban de las cinco de la mañana cuando ella despertó. Estaba tan cálida atrapada por los fuertes brazos de Nath que no quería moverse, pero sabía que debía hacerlo. Por fortuna él giró dormido y ella aprovechó para salir de su encierro y deslizarse lentamente hasta el filo de la cama, donde en completo silencio se vistió.
Llenó rápidamente su bolso con sus cosas y se arregló el cabello. No le daba tiempo para una ducha, pero Andrew debía hacerse a la idea como ella lo había hecho tantas veces antes al verlo llegar oliendo a otra.
Estaba por salir de la habitación cuando algo la detuvo y la hizo voltear a verlo. Ahí dormido tan profundamente ese hombre parecía un sueño, un arrebatador adonis que roncaba como un oso, pero Makoto sonrió, porque hasta eso era adorable en él.
Miro el reloj en la mesa de noche, faltaba cuarto para las seis, debía irse, el tren saldría pronto. Pero también miró unos papeles bajo los lentes de lectura de él. La curiosidad le ganó solo para descubrir con terror que eran los papeles de divorcio y que casi los dejaba ahí, como un doloroso recuerdo de su paso por esa casa.
Le acarició la mejilla y colocó un mechón de su cabello fuera de su rostro, tentando a su suerte. Pero salió de inmediato, tenía que ser rápida y precisa, titubear sería su fin.
Atravesó el pasillo y pasó frente a la cocina, esquivó el sillón y se dirigió a la salida, tratando de no mirar atrás, luchando con Jade que no quería irse. ¿Estás segura? Le decía una voz en su interior, una que debía callarse en ese momento.
Era un año nuevo, una nueva oportunidad... sesenta años de su vida no eran nada para darle al hombre al que juró amar y respetar hasta que la muerte los separara. Nath no pudo hacerlo con Naru, pero ella tenía que hacerlo con Andrew, lo había prometido.
No estaría para su cumpleaños, pero se encargaría de enviarle el pastel.
-¿De verdad ibas a irte sin decir adiós? –su voz baja y reprochante, una daga clavada en su estómago de nuevo.
-Nath… yo…
-Te llevaré—sentenció interrumpiendo sus balbuceos—es lo menos que puedo hacer después de hacerte quedar aquí.
-No es necesario.
-Lo es. ¿Puedes permitirme al menos eso?
Ella lo miró fijamente, sus ojos centellantes de lágrimas contenidas. Él tan inexpresivo, tan privado de emociones. Caminó rumbo a ella y de nuevo, como dos días atrás, abrió el armario antes que la puerta. Sacó la gabardina y se la ofreció sin palabra de por medio.
Ella entendió, se la puso de inmediato.
Pero Nath insistió en ser él quien la abrochara, botón por botón. Cuando llegó al que estaba justo sobre su garganta se detuvo un poco, y a corta distancia la miró. Sus labios se curvaron muy ligeramente, una mueca amable pero llena de tristeza.
El camino en el elevador y en la recepción se sintió largo y silencioso. Se escuchaban sus zapatos y la tela de la ropa que se frotaba al caminar. Se escucharía el aleteo de una mariposa si hubiera habido una cerca.
Tomaron su auto personal y arrancaron a la estación de tren sin ceremonias. Makoto volvió su atención a la ventana, la ciudad despertaba a un año diferente, a una nueva oportunidad y ella, se iba dejando todo aquello que amaba y conocía atrás. ¿Estaría cometiendo un error? ¡Sería la vida quien juzgara eso!
El sol comenzaba a asomar cuando llegaron a la estación. Podía verse el humo salir de los escapes de los autos, recordando que afuera estaba el frío intenso y seco. Nathaniel se aparcó casi en la entrada, sacó las llaves y con las manos puestas en el volante miro hacia el frente, convencido que estaba por cometer el peor error de su vida.
-Nath... yo...
-Te esperaré. -respondió con rapidez, su voz ahogada por el miedo.
-No tienes que hacer eso, por favor no lo hagas.
-Habrá tiempo para nosotros, lo sé.
-No te quedes, no lo hagas-suplicó. Estaba desesperada, él no volteaba a verla-. Nath, ¡Mírame! ¡No! ¿Entiendes?
El volteó, su rostro estoico se transformó en un reflejo de la pena y el amor.
Quería decirle más, quería poder convencerla, pero era tarde. A lo lejos se escuchó la llamada del próximo abordaje, la pantalla afuera de la estación mostraba la salida del tren rumbo a Okinawa.
Makoto se inclinó sobre él y besó su frente, luego le dio otro pequeño beso en la nariz y al final, uno dulce y corto en los labios. También quería más, pero no había tiempo.
Se estiró y tomó del asiento de atrás su bolso, abrió la puerta del auto y estaba por bajar cuando la voz por fin pudo salir de la garganta del afligido hombre.
-Makoto, espera-carraspeó. Ella lo miró, expectante y ansiosa-. Siempre serás la estrella más hermosa, aunque decidas brillar en otro cielo.
Sonrió. Porque sabía que eso era un "te amo" muy a su manera. Pero ya había tomado su decisión e iba tarde para hacerlo. Acarició su rostro por última vez y se bajó del auto sin mirar atrás, tenía que hacerlo.
Y ahí, sin más, Nathaniel y Nephrite callaron un adiós.
Su cabello se mecía conforme corría escaleras arriba rumbo a la estación, luchaba contra todo por no volver la cabeza, se recordaba a sí misma que tenía un compromiso, un pacto pendiente y que de otra forma no podía ser.
Cuando llegó al andén mostró su boleto y pasó de inmediato, corrió a lo largo en busca de Andrew y lo encontró, parado al pie del vagón que debían abordar. Ahí estaba ese galante rubio de ojos verdes, que la miraba como si fuera ella un ángel caído del cielo.
-¡Viniste! -dijo mientras la abrazaba, su aroma inundó sus pulmones, su cuerpo tan cálido y reconfortante.
-¿Lo dudaste? -preguntó ella, justo antes que él la callara con un beso.
-Debo decir que sí, pero ahora que estás aquí soy el hombre más feliz. ¡Te prometo que a partir de hoy nuestra vida será diferente, yo seré diferente, mi prioridad serás tú!
Makoto sonrió, en otro momento aquellas palabras habrían derretido su corazón. Pero no sabía si era el frío de la mañana, el aroma del metal deslizando entre sí o el sentimiento de abandono que la había llenado antes de entrar al andén, pero no surtieron el mismo efecto.
Subieron al vagón y buscaron sus asientos. A Andrew le pareció que Makoto había empacado poca ropa, pero ella se disculpó diciendo que debía volver, que no podía dejar su vida de un día para otro y estaba en lo correcto. Pasaría una semana, estaría a prueba.
Estaba hecho, el fin de semana había quedado atrás y ahora iba a donde su responsabilidad le pedía. Andrew estaba ahí, con su mano entrelazada con la de ella, y Makoto con la vista puesta en la ventana, contemplando el mundo que dejaba atrás.
Miró a una pareja de ancianos, el hombre le ayudaba a su esposa a cargar una bolsa grande y pesada. La mujer se veía preocupada por el esfuerzo. Makoto pensó que debía bajar a ayudarles, pero justo entonces llegó un hombre, él cargó el bolso y saludo a los viejos. Cuando pasaron a su lado pudo ver que era su hijo y se sintió extrañamente feliz y triste al mismo tiempo.
Miró a una mujer y su pequeño pasar a un lado y sentarse tras ellos. El bebé balbuceaba mientras ella trataba de calmarlo con una corta canción infantil, tarareaba en voz baja y el pequeño parecía ceder.
De nuevo la punzada. Su cuerpo rígido.
-¿Mako, estás bien?
Y se miró de vuelta en esos ojos verdes musgo que estaban enmarcados por dos cejas fruncidas. Andrew no era tonto ni un inconsciente, la conocía bien. Tan bien que supo el grado de daño que había hecho con ella por sus propias inseguridades.
-Estaré bien. -respondió.
El silbido anunciaba la inminente salida.
-¿Trajiste los papeles de divorcio? -preguntó el rubio, su voz temblaba.
-¿Qué?
-¿Los trajiste? ¿Los papeles?
Tardó un poco más en entender y entonces reaccionó, tomó su bolsa y rebuscó hasta dar con ellos. Andrew les dio un vistazo antes de volver a verla a la cara.
-Puedes romperlos, no sé por qué los traje en realidad-murmuró.
-Mako... -volvió a balbucear, incapaz de contener su miedo-. Fírmalos.
-¿Qué dices? -preguntó aturdida, su cabeza parecía haber entrado en un espacio cerrado al vacío.
-Mako, mi amor. No has dejado de temblar desde que me viste. Casi destruyes la mano que me sujetas y quizás no lo notes... pero estás llorando.
Apenada soltó el agarre de Andrew y este movió la mano de un lado a otro y se tronó los dedos, tratando que la sangre corriera de nuevo por ella. Makoto se llevó la otra mano a su mejilla, estaba humedecida por las lágrimas que ni siquiera sentía.
¡Claro que estaba llorando, aquel era el peor error de su vida!
Cuando miró a su esposo este le ofrecía un pañuelo en una mano y una pluma en la otra. Tomó el primero y se secó el rostro, asustada y muy confundida.
-Andrew... no... no podría.
-¿No puedes? No sabía que hubiera algo que Makoto Kino no pudiera hacer.
Ella sonrió, un poco de secreción escurrió por su nariz y él sonrió con ella. ¿Cómo se había arruinado aquello, si él era tan gentil?
-Andrew...
-Anda, si el tren arranca te vas conmigo y prefiero comprarte toda la ropa del mundo que dejarte que vuelvas.
-Eso será caro.
-No tanto como perderte.
Makoto le acarició la mejilla, conmovida por lo adorable del rubio que, después de tomar la pluma que ofrecía y firmar los papeles, había dejado de ser su esposo.
-Tengo que irme.
-Lo sé. Espero que seas muy feliz—dijo con la voz secuestrada por el llanto.
-Tú también Andrew. Tú también.
Y se bajó, con los ojos ahogados en llanto y la nariz enrojecida. El asistente de viaje no entendió como logró escabullirse esa mujer por una rendija de la puerta, pero ahí estaba, la castaña de ojos verdes y sonrisa abatida, despidiendo con la mano al amor de su vida. Porque lo era, Andrew Furuhata era hasta el momento, el primer amor de su vida.
Cuando el tren se perdió en el horizonte no había más que hacer y sin embargo, si un mundo de posibilidades delante de ella.
Volvería a casa y se bañaría. Limpiaría a conciencia todo aquello que la melancolía y el "por si acaso" la habían obligado a conservar por un año entero. Luego descansaría, el fin de semana que llevaba encima ameritaba unas buenas horas de sueño y mañana... mañana el mundo seguiría su curso.
Salió de la estación un par de minutos después, buscaba en sus bolsillos cambio para tomar un taxi, iba tan distraída que apenas frenó a tiempo para contemplar la imagen.
Recargado en el auto, en el mismo lugar donde había aparcado seguía él, Nathaniel Arima.
-¿Qué... que haces aquí? -preguntó sorprendida y a la vez temerosa.
-Te dije que te esperaría, ¿No escuchaste?
-¿Sabías que volvería?
-No lo dudé ni por un segundo- contestó mientras se incorporaba, una sonrisa traviesa dibujada en sus labios.
-¡Mientes!
-No lo hago. Sabía que volverías, aunque no sabía cuándo.
Makoto echó su cabeza hacía atrás, extasiada de alegría. Una risa pura pero corta salió de su boca. Nathaniel la alcanzó y la llevó al asiento del copiloto para abrirle la puerta.
-Espera... -dijo ella antes de subirse, él la miró curioso-. No somos novios, nos estamos conociendo.
-De acuerdo.
-Por ende, no viviré contigo, viviré en mi departamento.
-Muy bien.
-Y no dormiremos juntos.
-¿Nunca?
-Una vez a la semana, tal vez.
-Dos noches, al menos. Tres si no tenemos trabajo o eventos.
-¿Negocias conmigo?
-A eso me dedico, mi amor.
-De acuerdo, tres noches—dijo sonriente, incapaz de ocultar su alegría.
-Buscarás a las chicas, a Rei primero.
-Hecho, pero quitarás el cuadro del despacho, ¿Entiendes?
-No te preocupes, se lo vendí a James antier.
Makoto entró al auto y él cerró la puerta. antes que esa última frase llegara a su cerebro. De inmediato rodeó el vehículo y lo abordó. Se preparó para irse, pero antes de arrancar, ella puso su mano sobre la de él, pidiéndole que aguardara.
-Nath, ¿Cómo supiste que volvería?
-Me lo dijo una voz en mi interior.
FIN
Bueno, pues el fin.
Aunque hay epilogo! Espero tenerlo listo mañana.
Gracias por todos los bellos comentarios que han dejado con esta historia que empezó en el cumpleaños de Nephrite y terminó en el de Haruka... me encanta la coincidencia por que son mis amores, dos lados de la misma moneda jajaja.
Gracias a Jovides1 que ha suspirado conmigo en cada capítulo, a Darkkitty04 que también ahí estamos las tres como adolescentes jajaja, a LadiJupiter que siempre consecuente mis historias... te tengo una sorpresa! Espero subirla más tarde por cierto...
Gracias Litakino1987 que me lees desde el principio con todo y mi enfermizo amor por el general.. Mira, Andrew no es tan gacho... solo mal enfocado. Gracias Luvia y a todas las personas que dejan sus comentarios, likes, votos y demás...
Mañana el epílogo y a otra cosa mariposa.
Saludos.
