Epilogo
Nathaniel Arima era un prominente empresario en Japón. Tenía ahora tres galerías en el país, una en Nueva York y recién había abierto una más en Francia.
Los últimos dos años habían estado plagados de bendiciones y buena fortuna para él.
No había nada que pudiera pedirle a la vida, casi nada.
Así que esa noche fría de enero, después de un arduo día de trabajo, juntas y pendientes, al fin había logrado llegar a casa, donde su hermosa mujer lo esperaba con impaciencia.
Era su cumpleaños y ella le había horneado un pastel.
Estaba sentado en el sillón frente a la chimenea, un vaso de whisky en una mano y la otra en el reposa brazos, tamborileando una canción que se repetía en su mente.
En una esquina, el árbol de la Navidad pasada seguía puesto y encendido, porque a Makoto le gustaba mucho y había dejado en claro que no quería quitarlo hasta la segunda semana del año, y como sus deseos eran órdenes para él, obedeció.
Entonces, ¿Qué podría faltarle a ese afortunado sujeto?
Tenía cuarenta y un años, una bella mujer que amaba con el alma, vivían en una hermosa casa que había sido de su familia, con un enorme jardín que ella cuidaba religiosamente. Tenía amigos, tenía salud y una muy longeva vida. Y lo mejor de todo, él tenía...
-¡Oh! Mira quien ha venido a felicitar a papá.
… tenía el más grande de los tesoros.
-¡Mi hermosa Juno!
Nath extendió los brazos y la niña fue depositada en ellos. Una perfecta criatura de mejillas abultadas y rosadas, ojos verdes como su madre, cabellos cortos que prometían ser tan abundantes y ondulados como los del padre. Apenas sumaba diez meses de vida, pero era como si siempre hubiera formado parte de ellos.
-Esta un poco molesta porque la desperté, al parecer tiene tus mismos patrones de sueño.
-Quizá habla con las estrellas-respondió-. ¿Acaso lo haces cariño?
-Pues si es así, más les valdría a ellas entretenerla esta noche. Tú estarás muy ocupado conmigo.
Nath sonrió ante la insinuación pícara de su mujer, en tono de broma cubrió los oídos de la pequeña.
-No escuches a tu madre, está enferma.
-¿Enferma yo? -su voz en un tono de falsa ofensa-. Bueno, cancelaré esa parte del regalo... vayamos directo al pastel.
Juno soltó un fuerte grito, como si entendiera perfecto el significado de pastel y gozara con ello. Nath se puso en pie, la niña parecía una muñeca en sus brazos.
Caminaron rumbo a la mesa del comedor, la que quedaba justo al lado del hermoso piano de cola que él solía tocar para Juno antes de dormir. Colocó a la bebé en su asiento especial y como buen festejado tomó el lugar principal, donde el pastel con demasiadas velas ya lo aguardaba.
-¿No había de esas que son los números? Ya sabes, para evitar encender la alarma contra incendios.
-Quizá si no fueras tan viejo.
Makoto 1, Nathaniel 1.
Él arrugó la nariz en señal de descontento.
-¿De vainilla con merengue de limón?
-¡Por supuesto!
Nath tomó aire, listo para apagar las velas, no sin la correspondiente foto que debería rondar por el grupo de mensajería de sus amigos, como la tradición ameritaba. Ya festejarían con ellos en dos días más.
-¡Espera! Pide un deseo.
-¿Qué más puedo pedir? -preguntó sincero-. Te tengo a ti y a Juno, soy un hombre completo.
y el aire salió de sus pulmones y apagó cada llama en las velas. Makoto aplaudió todavía conmovida por aquellas palabras, Juno hizo el intento, aunque solo atino a chocar las manos con sus rodillas.
-Bueno... igual tengo un regalo para ti. Espero que, aunque lo tengas todo, esto no este de más.
Makoto sacó de entre su ropa un sobre. Nath ahogó el deseo de decirle que ese no era lugar para guardar objetos, pero se contuvo, no quería arruinar la sorpresa con un comentario de esos.
-¿No te sospechas que es?
-Sé que no son papeles de divorcio, tendrías que casarte conmigo antes que eso.
-¡Oh, tonto!
Y es que aunque habían hablado de eso antes, no fue hasta la Navidad que acababa de pasar, cuando Juno ya formaba parte de sus vidas, que Makoto al fin había aceptado comprometerse con él y ahora portaba un anillo que había sido de la familia Arima por generaciones.
Abrió con cuidado el sobre y sacó una pequeña nota, sus labios se curvaron al leerla.
"Quiero lo que venga. El universo ha resultado ser más caprichoso que tú y yo. Míranos aquí."
Y tras ella, la foto de un ultrasonido.
-Juegas conmigo-susurró lentamente, sus cejas se alzaron sorprendidas.
-Jugamos juntos, y ahí está el resultado.
-¿Oíste eso Juno? ¡Vas a tener un hermanito! -exclamó sonriente, su voz secuestrada por la desmedida alegría.
-Oh.. Nath.. Mira bien.
Pero él estaba demasiado alegre para entender esas palabras. No fue hasta que llegó a ella, la abrazó y la giró en el aire, la devolvió al suelo y la besó, que esas palabras tuvieron tiempo para taladrar su mente.
-¿Qué dijiste?
Makoto sonrió. Tomó la fotografía con una mano y con la otra le indicó dos puntos en la imagen.
Nath miró asombrado y perplejo, inundado de anhelo.
-Entonces serán dos y con Juno somos cinco-sentenció ella, las manos de ambos sobre su vientre.
-¿No habías dicho que dos niños bastaban?
-¿No habías dicho tú que todos los que yo quisiera? -sonrió.
FIN
