«He llegado a la conclusión de que si las cicatrices enseñan, las caricias también.»
—Mario Benedetti.
-Malditos-
Capítulo 7. La relevancia de una caricia
—¿Lo sabes… todo?
La voz de Noelle tembló al proferir aquellas palabras. Liebe la miraba con decisión insondable en sus ojos carmesíes y ella, completamente aterrada por el hecho de que alguien tan cercano a Asta supiera de sus sentimientos, había contestado lo primero que se le había pasado por la mente. Se sentía incluso un poco mareada, pero no lo mostró.
—Sí. Sé que Asta no es solo un amigo para ti.
No le salían las palabras. Trastabillaban en su cerebro y luego se perdían sin llegar a su garganta y salir de entre sus labios de forma adecuada. ¿Significaba eso que Liebe le contaría a Asta lo que sentía? No, no estaba preparada para perderlo de esa forma. Era cierto que ella misma se había alejado de él, poniendo una barrera invisible de hostilidad entre ambos, pero no estaba lista para que fuera el joven quien la rechazara. Era egoísta, era despreciable, pero así es el ser humano; repele actitudes de otros que luego reproduce.
—Liebe… Yo…
—Díselo. No pierdes nada, a él le abrirás muchos horizontes en su minúsculo cerebro y tú te quitarás un peso de encima.
—No puedo hacer eso… —masculló mientras agachaba la mirada, sintiendo algunas lágrimas acumulándose de nuevo en sus ojos—. Como bien has dicho, soy una cobarde. No quiero echar a perder una amistad forjada durante años con un rechazo y una sonrisa falsa por su parte.
Noelle visualizó el hipotético momento en su cerebro. Ella, entre miles de nervios y titubeos agudos, se confesaba. Asta sonreía de forma incómoda, se rascaba la nuca y no la miraba directamente —y eso que siempre lo hacía cuando se enfrentaba a ese tipo de situaciones—, los ojos le brillaban con pena y después le decía que lo sentía, que ella era su amiga y que las cosas debían seguir así entre ellos. Sin embargo, todo cambiaba de repente, pues Asta era una persona que siempre velaba por el bienestar de los demás, así que se alejaba de forma irremediable para que así pudiera olvidarlo y ser feliz.
—Vuestra amistad está echada a perder desde que te fuiste de la orden y lo alejaste conscientemente de ti. ¿Es que no te das cuenta de que eso a él le duele?
Tras escuchar esas palabras repletas de verdad, lo miró. Tenía razón. Toda ella era pura contradicción y recordaba que, en la noche en la que Asta la apoyó después del ataque a su hermano, sintió tranquilidad después de mucho tiempo. Le hacía falta estar a su lado, pero seguía sin decidirse. Seguía sin atreverse. Y realmente no sabía si sería capaz. Además, tampoco podía hacer borrón y cuenta nueva en esa situación tan delicada. Era la vicecapitana de las Águilas Plateadas y su capitán estaba ausente. ¿Cómo iba a abandonarlos tan repentinamente? Podría tener muchos defectos, pero era, sin duda alguna, una mujer de principios.
—A mí también… —susurró dolida.
—Pues tú eres la única que puede remediarlo, Noelle. Te estoy diciendo esto porque te aprecio, pero también porque no quiero que Asta lo pase mal. ¿Lo entiendes?
Noelle asintió en silencio. Claro que lo entendía. Asta y Liebe eran prácticamente hermanos, tenían un vínculo especial y genuino y era más que obvio que ambos cuidaban el uno del otro y se preocupaban cuando les iba mal.
—Te entiendo —admitió—, pero no estoy preparada para hacer eso. No sabiendo que Asta no me ve cómo me gustaría que lo hiciera. Y aunque quisiera, no podría volver a los Toros Negros en este momento, porque mis hermanos y la orden me necesitan. Mi hermano mayor está en estado crítico y no sabemos qué pasará con él, así que sería una traición imperdonable si me marchase ahora, ¿no crees? —finalizó sonriendo mientras se apartaba las lágrimas del rostro.
Liebe le sonrió tenuemente también. Noelle era leal ante todo. Comprendía completamente su decisión, pero seguía pensando que debía hablar con Asta de forma sincera. Por eso había decidido ser tan directo, porque sabía que con rodeos no llegaría a ningún sitio y su objetivo primordial era encender una chispa, despertar algo en ambos, para que así se prendiera la mecha y su relación estallara de una vez por todas.
—Eso es razonable. En cualquier caso, piensa en lo que te he dicho. Si terminas haciéndolo, verás como me darás la razón; te sentirás infinitamente mejor.
Ambos volvieron a dedicarse una sonrisa, intercambiaron algunas escuetas frases más, y después Liebe informó a Noelle de que debía atender asuntos relacionados con las constantes misiones que las órdenes de caballería tenían en esos tiempos debido a la amenaza de Dark Blood.
Ella se fue al despacho de Nozel. Debía seguir trabajando por el reino, pero también por su hermano. Para que cuando despertara, se diera cuenta de que era una persona capaz y fiable.
Al estado de inconsciencia de Nozel se le sumaron tres semanas más. Noelle, Nebra y Solid —bastante más disconforme— trabajaban organizando las Águilas Plateadas en general y los grupos para las misiones contra Dark Blood, teniendo en cuenta las afinidades mágicas de los integrantes del escuadrón para que fueran lo más eficaces posibles.
Aun así, el avance de la organización era muy rápido y las órdenes prácticamente no daban abasto. Por eso necesitaban organizar dos misiones paralelas con los mejores Caballeros Mágicos del reino: una de ataque directo y otra de investigación, ya que necesitaban saber si tenían algún tipo de base en la que se organizaban y preparaban.
Noelle, mientras escuchaba de fondo a su hermana mayor, se preguntaba si algún día sería capaz de hacer lo que Liebe le había comentado en su visita. De momento, no podía. Pero quería hacerlo, quería ser valiente, enfrentarse a sus miedos y ser capaz de ser honesta ya no solo consigo misma, sino también con Asta.
No lo había vuelto a ver desde aquella misión fallida y sinceramente, su parte más débil se lo agradecía. No sabría demasiado bien cómo actuar o qué palabras escoger, aunque era probable que él relajase el ambiente rápido a través de una cálida sonrisa y palabras de complicidad.
—Noelle, ¿me estás escuchando?
—¿Eh? ¿Perdona?
—Te estoy diciendo que deberíamos hacer los grupos de unas cinco personas para que lleven a alguien con magia de curación. ¿En qué estás pensando? Estás demasiado distraída y esto es importante —la reprendió.
Noelle se sonrojó un poco por no haberle estado prestando atención a Nebra, aun cuando los asuntos que estaban tratando eran de suma relevancia.
—Lo siento, estaba distraída.
—Eso ya lo sé —dijo Nebra con un tono de reproche—. Entonces, ¿qué te parece?
—Bien, pero no creo que tengamos tanta gente con ese tipo de afinidad mágica en nuestra orden. Tal vez podríamos coordinarnos con otras para formar los grupos.
—No suena mal —aceptó la mayor con una sonrisa ladina mientras sujetaba su barbilla con la mano derecha—. Se lo comentaré a Solid.
—No creo que lo acepte si es una idea que viene de mí…
En cuanto Noelle pronunció aquellas palabras, se arrepintió de haberlo hecho. Si bien la colaboración con su hermana mayor estaba siendo llevadera, la comunicación con Solid era prácticamente nula. Él no parecía aún haber aceptado que lo mejor era trabajar en equipo y siempre que Noelle proponía algo, lo acababa rechazando. Pero nunca lo había comentado delante de Nebra porque sabía lo sobreprotectora que podía ser con él.
—Está intentando acostumbrarse. Vivir bajo el paraguas de la protección de Nozel es muy cómodo y que tú te involucres tanto en la orden le molesta. Es lógico.
—No lo es —dijo Noelle firmemente. Estaba cansada de decir las palabras a medias con sus hermanos y como Nebra era alguien un poco más razonable, decidió que lo mejor era expresarle lo que pensaba por fin—. No es normal que me trate así ni todo lo que me ha hecho todos estos años. Y tampoco es normal cómo actuaste tú.
El silencio lo opacó todo y ambas, serias, se miraron casi sin parpadear. Fue Nebra quien quebró esa atmósfera tan tensa.
—Soy consciente. Yo al menos intento redimirme, pero debes tener algo en cuenta: nosotros nos comportamos así porque siempre tuvimos un espejo en el que reflejarnos: Nozel. Solid y yo también perdimos a nuestra madre, por si no lo recuerdas. Y no puedes hacerte una idea de cuánto sufrimos. Solo debemos darle tiempo. Estoy segura de que sabrá cuál es el camino correcto pronto.
Sin más que decir, Nebra se marchó del despacho, dejando a Noelle completamente aturdida por esas palabras. No, su hermana no se había disculpado y estaba casi segura de que jamás lo haría. Pero era cierto: intentaba redimirse, hacerlo esta vez bien, apoyarla en sus decisiones y enseñarle lo que no sabía.
Además, sus palabras le calaron muy hondo. Noelle había crecido sin el calor de su madre cerca y aquello le había hecho mucha falta, eso era cierto. Sin embargo, nunca se había parado a pensar que sus hermanos sí habían conocido a su madre, sí habían sentido su amor y eso fue resquebrajado de forma repentina cuando ellos eran muy pequeños. Seguramente, el dolor del corazón de sus tres hermanos nunca había sanado, nunca había menguado y eso era algo que ahora comenzaba a entender.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un ruido procedente de la puerta. Se digirió hacia ella y la abrió. Era uno de sus empleados y parecía que traía un mensaje urgente.
—Dime, Karl.
—Señorita Noelle —dijo y después sonrió con alivio—, su hermano Nozel ha despertado.
La noche era oscura y sin luna. El Reino del Trébol completo parecía dormitar, aunque solo era un espejismo, pues había Caballeros Mágicos vigilando todas y cada una de las calles ante la amenaza constante que vivían en ese tiempo.
En la base de las Rosas Azules, también se turnaban para vigilar. Incluso Charlotte lo hacía, pero esa noche no era su turno, por lo que había optado por ir a su habitación a intentar dormir. Sin embargo, la vigilancia no significa nada cuando se puede entrar en cualquier sitio sin ser detectado por nadie. Y él, esa noche, entró.
Usando el portal espacial que había desarrollado el equipo científico en el laboratorio, se desplazó hasta el mismísimo cuarto de la Capitana de las Rosas Azules, quien dormía en el centro de su cama.
Lo hacía de lado, con un camisón azul de tirantes, para soportar el calor, y que se había remangado por el movimiento, mostrando así sus muslos. El hombre, algo tentado, pensó en deslizar sus manos por las piernas de la mujer, pero aquella no era la mejor carta de presentación.
No era tampoco una buena idea atacarla o intentar sobrepasarse con ella. Era demasiado pronto para que fuera suya. Solo quería, de momento, observarla. Y de paso, crear un poco de caos por allí.
Se acercó un poco más. Las manos le ardían deseosas de recorrer su piel, de rozar su pelo, de acariciar sus labios, pero logró contenerse. Seguía sin entender que alguien con una belleza tan pura estuviera enamorada de un sujeto como Yami Sukehiro, quien claramente era muy inferior a él.
Lo había descubierto de pura casualidad. Antes de marcharse del Reino del Trébol los vio hablando. Cada uno representaba su papel de capitán y parecían estar conversando sobre temas de trabajo, así que, al principio, no se preocupó. Pero aquello cambió cuando vio a Yami acercándose a ella, diciéndole algo al oído y sobre todo, al ver su reacción.
En todas las ocasiones en las que él había tratado de cortejarla, Charlotte, implacable, le había atacado e incluso humillado. Sin embargo, la reacción con aquel hombre fue muy distinta: se sonrojó, se puso nerviosa y parecía hasta querer huir. Y con eso todo estuvo claro para él: Charlotte Roselei nunca podría fijarse en él porque ya tenía los ojos puestos en alguien más.
Se paseó un poco por la habitación intentando no hacer ruido. Sin embargo, uno de los tablones del suelo crujió con uno de sus pasos y la mujer despertó. Tenía el sueño extremadamente ligero —mucho más en los últimos meses—, así que cualquier ruido la alertaba.
Lo primero que vio, disueltos entre la penumbra de la noche, fueron unos ojos verdes intensos, amenazantes y que rezumaban tintes de delirio. Se asustó, pero no lo mostró. Se levantó de la manera más rápida posible y adoptó su posición de ataque usual, llegando incluso a sacar sus zarzas. Suerte que dormía con el grimorio cerca.
—¿Qué es lo que quieres?
—A ti —respondió el hombre escueto.
Entonces, Charlotte lo observó más atentamente. A pesar de que llevaba una capa, unos mechones de pelo rojizo se dejaban entrever y, además, jamás podría olvidar esos ojos verdes que destellaban tanto odio.
No había duda alguna: era el líder de Dark Blood.
No lo pensó demasiado y se dispuso a atacarlo. Sin embargo, justo cuando sus zarzas iban a impactar contra el pecho del hombre, una fuerte explosión se produjo en el pasillo de la base, muy cerca de su habitación.
Se agachó por inercia, quedándose a un costado de la cama, y cuando se incorporó para volver a desplegar sus zarzas, el hombre comenzó a desaparecer por el portal.
—Nos veremos muy pronto, Charlotte.
A pesar de que prácticamente había atravesado el portal, Charlotte intentó acertar aunque fuera un golpe, pero no lo logró. Se le había escapado y se sentía frustrada y completamente aterrorizada, pero no tenía tiempo para centrarse en eso, pues debía preocuparse de los daños que la sede y las chicas habían podido sufrir.
Yami se levantó aquel día inusualmente temprano. Bajó a la sala mientras fumaba y desayunó sin conversar demasiado con ningún miembro de su escuadrón. No tenía ánimos.
La última vez que vio a Charlotte, le había prometido que no iba a dejar de mirarla ni un instante y eso intentaba, pero le resultaba difícil continuar con su paulatino acercamiento estando ambos tan ocupados.
No podía negarlo; la echaba de menos. Y también sentía un agujero extraño en su pecho cada vez que pensaba en las palabras que ella le había dicho. Sí, estaba ebria, pero no había mentido en ningún momento: él nunca había sabido verla. Solo ahora se daba cuenta de que los sonrojos, las actitudes frías, las huidas, todo era a causa de que estaba enamorada de él. Solo ahora se daba cuenta de todo el tiempo que llevaba sufriendo en silencio, porque amar a alguien y no ser capaz de decírselo debe ser duro, pero pensar que no es mutuo es aún peor.
Intentaría por todos los medios arreglarlo, compensárselo, pero primero debía entretejer y reforzar muy poco a poco su vínculo y hacer que su alma sanara para que pudieran estar juntos plenamente. Porque eso era lo que quería: estar con ella y que no se separaran jamás. Pero debía esperar. Tiempo al tiempo, como se dice por ahí. Claro que eso no lo aliviaba mucho y menos aún si se paraba a pensar en que su estado psicológico podría haber empeorado en el tiempo que no se habían visto.
Decidió salir al jardín para respirar un poco. Necesitaba tranquilizarse, dejar de pensar tanto tan concienzudamente, darle un descanso a su mente en general.
Se quedó mirando al cielo y encendió otro cigarro. Últimamente fumaba aún más y eso solo reflejaba su constante nerviosismo. Si se confirmaba que el objetivo de Dark Blood era Charlotte, debía estar más atento que nunca. Porque quería protegerla. Y sabía que probablemente ella le diría que no necesitaba a un estúpido hombre para protegerla porque era capaz de valerse por sí misma —y además eso era completamente cierto—, pero no podía evitar estar preocupado.
—¡Capitán, aquí estás!
Yami suspiró derrotado. Ni un momento de paz podía tener para estar a solas con sus pensamientos. Asta se puso de pie a su lado y se quedaron los dos en silencio. Su capitán ni siquiera había girado el rostro para mirarlo y tampoco le había dirigido la palabra.
—¿Qué quieres?
—Nada, nada… Solo te buscaba porque no sabía dónde estabas.
—Pues aquí estoy.
Asta se rascó la nuca algo incómodo. Quería hablar con Yami pero le había dado unas respuestas muy cortantes y ahora no sabía bien cómo encarar la situación. Respiró profundamente, cerró los ojos, los volvió a abrir y se armó de valor.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
Yami le dio otra calada a su cigarro y, mientras expulsaba el humo, le contestó:
—Claro.
—¿Por qué las mujeres son tan complicadas?
Esa sí que no se la esperaba. ¿Asta preguntándole algo sobre mujeres? ¿Por qué? De la sorpresa, se había volteado incluso para mirarlo y el chico lo imitó conscientemente. Yami, antes de contestar, sonrió y volvió a mirar hacia el cielo mientras se echaba el cigarro a la boca para seguir fumando.
—¿Te digo la verdad?
—Claro.
—No tengo ni idea.
—Pues vaya…
El hombre continuó sonriendo y vio la cara de confusión del joven por el rabillo del ojo. ¿Cómo iba a decirle otra cosa si eso era lo que pensaba?
—¿Preguntas por la monja? Este… ¿Cómo se llamaba?
—No es por la Hermana Lily.
La simpleza con la que Asta soltó las palabras de su boca también le sorprendió. Lo había dicho con suma naturalidad y eso solo podía significar que estaba avanzando en ese tema.
—¿Entonces?
—Noelle…
—Oh, ya veo. ¿Qué sucede esta vez?
—Nada es como antes desde que se fue.
—¿Y la echas de menos?
—Pues claro que la echo de menos —razonó el chico, como si fuera lo más obvio del mundo—. Y ni siquiera sé qué le he hecho para que se haya distanciado tanto de mí.
—¿Has probado a preguntarle, mocoso?
—Sí, pero ni me contestó. Incluso me preguntó que qué creía yo que había hecho. Es absurdo.
Yami se rio, dejando algo desconcertado a Asta. ¿En serio iba a pedirle un consejo y se mofaba de él? Bueno, no le extrañaba; después de todo, su capitán era así.
—Pues sí, chico, las mujeres son muy complicadas —aclaró y después hizo una pequeña pausa—. Si quieres saber qué le pasa, insístele. Así saldrás de dudas. O tal vez no, quién sabe.
Asta frunció el ceño y torció la boca un poco. Ese era el consejo más ambiguo y extraño que le habían dado en mucho tiempo, pero lo tranquilizó enormemente pensar que tenía a alguien que lo escuchaba y podía hablar desde la voz de la experiencia —o eso creía él—.
Yami entró de nuevo a la base y Asta lo siguió. Se sentaron en un sillón y mientras el hombre leía el periódico, no pudo evitar una conversación que se desarrollaba a su alrededor.
—Pues sí, parece que anoche la base de las Rosas Azules fue atacada y…
Dejó de escuchar. Su mente solo reproducía un nombre: Charlotte. Se levantó por pura inercia y se dirigió hacia la salida de la base a paso veloz mientras los demás Toros Negros lo miraban atónitos.
Cuando abrió la puerta para marcharse y vio quién estaba al otro lado, frenó en seco.
—¿Qué pasó exactamente? —preguntó con preocupación.
Al escuchar que la base que Charlotte dirigía había sido atacada no pudo reprimirse y decidió que lo mejor era ir a comprobar por sí mismo si estaba bien. Lo que nunca imaginó era que al abrir la puerta, la Capitana de las Rosas Azules se encontrara justo allí con intención de verlo.
Según le había contado, tras el ataque, Charlotte se dirigió a hablar con Julius para pedirle el dispositivo de grabación que había recogido las primeras imágenes que vieron juntos antes de marcharse a la misión en la que todo se desmoronó para ella, para ambos. Necesitaba comprobar algo, pero el Rey Mago le informó de que ese dispositivo lo tenía Yami, así que no dudó un segundo y fue a su base a pedírselo.
—Ya te lo he dicho: hubo una explosión en el pasillo.
—¿Solo eso?
—Sí —mintió Charlotte. Se ahorraría el detalle del cabecilla de Dark Blood colándose en su habitación porque no quería preocuparlo de más. Después de todo, no había sucedido nada más grave—. Sofocamos el fuego rápidamente y no hubo heridas.
—No sabes cuánto me alegra que estés bien.
El corazón de la mujer dio un vuelco al escuchar esas palabras y de forma irremediable, sonrió. El gesto no pasó desapercibido para Yami, que en ese instante pensó que ojalá el mundo se congelara para poder observar la sonrisa de Charlotte para siempre. Cuando sonreía estaba más guapa y tenía unas ganas enormes de decírselo, pero no lo hizo. No quería incomodarla y menos aún estando solos en su habitación. Eso es lo especial de las personas serias; que cuando sonríen el mundo se ilumina porque el gesto es completamente genuino.
De repente, su rostro cambió. Charlotte agachó un poco la mirada y la sonrisa desapareció. Yami no comprendió nada. Asta tenía mucha razón: las mujeres son altamente complicadas.
—Yami… ¿por qué te preocupas por mí solo desde que… pasó eso…?
La última parte de la frase sonó temblorosa y Yami podía entender bien por qué. Rememorar aquel momento era difícil para él, así que no quería ni imaginar lo doloroso que debía ser para ella. Se acercó y, en un movimiento involuntario, le apartó un mechón de pelo de la cara para colocárselo detrás de la oreja. Charlotte alzó el rostro sorprendida, pero no incómoda.
—Puede que tengas esa sensación, pero no es así. Me importas mucho, Charlotte.
Sintió la mano de Yami posándose con gracilidad en la piel blanca de su cuello y sus pupilas se expandieron con emoción. Llevó su mano hacia la de Yami para acariciarla y sentirlo así más cerca aún.
—Yami, yo…
Un estruendo gigante proveniente del piso de abajo la interrumpió. Se separaron rápidamente y Yami maldijo en voz baja.
—Joder, ya han destrozado algo. Seguro que se están peleando. Perdona, ahora vuelvo. El dispositivo está en el cajón del escritorio.
Charlotte asintió y lo vio salir por la muerta mientras gritaba para que la pelea cesara. Sonrió. El corazón le latía a mil, así que respiró una y otra vez para calmarse. Cuando lo logró, se acercó hacia el escritorio, ya que Yami le había dicho que allí estaba el dispositivo que andaba buscando.
El escritorio tenía dos cajones, así que abrió el primero, porque supuso que estaría allí. Pero no estaba. En cambio, había unas hojas amontonadas, pero que no tenían ni una sola arruga. De hecho, parecían muy bien conservadas y cuidadas. Charlotte no era una persona a la que le gustara meterse en los asuntos de la gente, pero ese día, la curiosidad ganó.
Sacó las hojas con cuidado de no dañarlas y fue pasando una tras otras para verlas. Parecían bocetos y además estaban muy bien logrados. Le dio algo de envidia porque ella era realmente nula para el dibujo.
El primero era el logo de los Toros Negros. Así que había sido Yami quien lo había diseñado. Sinceramente, no le pegaba mucho que se le diera bien dibujar, pero le resultó muy especial.
Pasó la página y observó el dibujo de una mujer. Y no de una mujer cualquiera. Observándolo con detenimiento, se dio cuenta de que era ella quien estaba plasmada en ese papel. Pasó las demás páginas: en todas había dibujos de ella. Con diferente ropa, con el pelo suelo, con la armadura y el casco puestos… Yami había hecho un catálogo completo de ilustraciones suyas.
Un sentimiento de calidez indescriptible se extendió inmediatamente por su corazón. La cantidad de dibujos le decía que era imposible que hubiese empezado a hacerlos después del incidente, así que Yami no le había mentido; no solo estaba pendiente de su bienestar porque le tuviera lástima o porque se sintiera culpable por lo que pasó.
—Ya lo he solucionado. Estos idiotas siempre están peleándose y rompiéndolo todo.
Al oír la voz del Capitán de los Toros Negros, Charlotte respingó. Pensó en guardar los dibujos de nuevo en el cajón con velocidad, pero tal vez los destrozaría y estaban tan bien conservados que se sentiría horrible si eso sucediera.
Así que se dio la vuelta con las hojas en las manos y Yami las miró.
—Siento haber rebuscado en tus cosas. Abrí el cajón equivocado y…
—No te preocupes. No me molesta que los hayas visto.
Yami extendió sus manos y Charlotte le dio los dibujos. Después, los soltó encima del escritorio y se quedó mirándolos. Ya ni siquiera recordaba cuándo había comenzado a hacerlos, pero ciertamente había una cantidad considerable.
—No sabía que dibujaras tan bien. La verdad es que tus dibujos son preciosos.
—Eso es porque retrato a alguien que es preciosa. Ya ves; eres mi inspiración.
Charlotte, completamente emocionada, casi no se dio cuenta de que Yami adoptó la posición que tenían antes de que sus chicos formaran el escándalo abajo. Se acercó, le acarició la mejilla con lentitud y ella no lo apartó. No dijo nada, porque ni quería ni podía. Solo observaba sus iris oscuros clavados en ella, mirándola con intensidad y devoción, justo como le había prometido la última vez que se vieron.
Yami suspiró y, armando su corazón de valentía, se atrevió a formular la pregunta que deseaba hacerle desde hacía demasiado tiempo.
—Charlotte —susurró muy cerca de su rostro—, ¿puedo besarte?
Continuará...
Nota de la autora:
Sí, soy mala. Anda que dejar las cosas así...
Bueno, aquí está este nuevo capítulo. Estoy intentando que la relación entre Noelle y sus hermanos se vaya recomponiendo y sí, Nebra y Solid me caen fatal, pero pienso firmemente que su trato a Noelle fue consecuencia del trato del propio Nozel a su hermana pequeña. No es que sea un personaje que me disguste, pero fue su culpa que sus hermanos despreciaran a Noelle durante tanto tiempo. Por eso quiero que se redima. No me vale un simple lo siento con la boca chiquita. Espero que Tabata desarrolle esto más.
Y nada, en el próximo capítulo veremos si Charlotte por fin está preparada para dar un pasito más en su relación con Yami o si, por el contrario, le da calabazas xd. ¿Apuestas?
Gracias a todos los que leen y apoyan la historia.
¡Hasta la próxima!
