-Malditos-
Capítulo 8. Distancias cortas
—Charlotte —susurró muy cerca de su rostro—, ¿puedo besarte?
Charlotte sintió el tiempo casi congelándose. Podía notar la calidez de la mano de Yami en su mejilla, sus ojos mirándola intensamente y parte de su aliento calentando su cara a causa de la cercanía de ambos cuerpos.
Quería decir que sí. Ese era su deseo más profundo, después de todo. No en vano llevaba enamorada del hombre que ahora le ofrecía una oportunidad durante años. Pero las circunstancias no eran las que ella siempre había querido, porque siempre se había imaginado una confesión llena de nervios y vergüenza, una burla con trasfondo cariñoso y un acercamiento paulatino, en el que ambos fueran descubriendo cómo podían llegar a sentirse si se refugiaban en el otro.
Sin embargo, su acercamiento había sido más parecido a caer por un precipicio; intenso, vertiginoso y temeroso, especialmente para la mujer, que no sabía muy bien qué rumbo estaba tomando su vida en los últimos meses.
Sí, definitivamente quería que Yami la besara de nuevo, así que cerró los ojos. Él la observó con detenimiento antes de actuar. No le había contestado con palabras, pero su gesto era más que claro. Era una invitación para probar sus labios nuevamente. Y dios, nadie puede imaginar cuánto tiempo llevaba pensando en volver a besarla, pero había sido prudente por primera vez en su vida y se había contenido en todas las ocasiones en las que había tenido la más mínima oportunidad, porque ella verdaderamente le importaba y sabía que no estaba preparada. Que llevaba una carga gigantesca posada sobre sus hombros y, en parte, se sentía responsable por ello.
Por eso, hasta ese día en el que había visto que el acercamiento era realmente consensuado, no apostó por preguntarle si podía hacerlo. Suspiró sobre sus labios. Era el momento. Posó su otra mano en su cintura y la acercó aún más hacia su cuerpo.
Todo iba bien, todo se estaba desarrollando como debía ser, como sus almas, cansadas de aquella barrera de lejanía, rechazo y soledad, clamaban que sucediera.
Sin embargo, con los ojos cerrados y sintiendo las caricias suaves tanto en su mejilla como en su cintura, la mente de Charlotte la traicionó y repentinamente ya no estaba en la base de los Toros Negros ni en el despacho de su capitán, sino que estaba en una calle cualquiera, tumbada sobre el suelo y sin poder moverse. Y no era Yami el que la acariciaba ni quien intentaba besarla, sino otro hombre del que recordaba demasiado bien su rostro. Del que sentía sus manos sobre su piel, del que recordaba con una precisión enfermiza la manera en la que la miraba y se relamía los labios con lujuria.
Charlotte abrió los ojos y, jadeando por completo, posó las manos en los hombros de Yami. Dio dos pasos hacia atrás y se quedó absorta mirando hacia el suelo. Sus pupilas se expandían sin control, un sudor frío comenzó a recorrer su frente y las manos le temblaban con insistencia.
—L-lo siento… —susurró con voz entrecortada.
Yami, sin saber bien qué hacer, se alejó de ella para que no tuviera que tocarlo. Sin embargo, la veía sobrepasada, estaba jadeando constantemente y temía que sufriera un ataque de ansiedad demasiado fuerte y que sus piernas fallaran y luego se cayera. Así que, sin mirarla muy fijamente, porque supuso que aquello la incomodaría, la agarró por el antebrazo con suavidad y la sentó en la silla de su escritorio. La observó. Tenía la mirada perdida, su respiración estaba completamente incontrolada y casi no podía hablar.
—Charlotte, voy a ir a por un vaso de agua. No te muevas de aquí.
La mujer por fin reaccionó y, ante aquellas palabras, lo miró. De repente, ya no estaban de pie, sino que ella estaba sentada en una silla y Yami estaba de rodillas mientras la miraba con preocupación. Odiaba esa mirada. Y no, no porque no le gustaba aquel gesto de su parte —después de todo, eso significaba que le importaba—, sino porque se la había visto en demasiadas ocasiones ya. Estaba demasiado exhausta de ser tan débil.
De pronto, asimiló las palabras en sí. Yami se iba a ir. La iba a dejar sola. Iba a ser por muy poco rato, lo sabía bien, pero estaba desesperada, estaba atemorizada. Se le había secado la boca y sentía sus piernas temblando, además de que no podía oír con total claridad. Estaba completamente sobrepasada y sabía que estar sin compañía en esa habitación solo haría que su estado de nervios incrementara sin control.
Al ver que se iba a levantar finalmente, sujetó sus manos en un gesto algo brusco, posándolas encima de sus rodillas.
—¡No te vayas! —gritó. Su voz, completamente inestable, hizo que Yami la mirara a los ojos, en donde algunas lágrimas se habían comenzado a acumular—. No me dejes sola, por favor…
Yami no se movió. Se quedó ahí, quieto, mirando sus manos, sintiendo la forma en la que las apretaba contra las suyas durante más de quince minutos. En ese tiempo, con el silencio total de fondo cubriendo la atmósfera de la habitación, pensó en muchas cosas.
Charlotte seguía estando mal. Sí, estaba mejor y las pruebas eran más que evidentes, pero el trauma seguía ahí, sin borrarse ni moverse ni un ápice de su alma. También llegó a la conclusión de que ese episodio de ansiedad había sido responsabilidad suya. Yami era una persona que actuaba por instinto comúnmente y, ante las señales, no había podido reprimirse en absoluto, pero se había acabado precipitando.
¿Lo bueno de aquella situación? Que Charlotte confiaba por fin en alguien. Que era capaz de mostrarse débil, frágil y vulnerable ante él con naturalidad y que incluso había sido capaz de reconocer que no quería que la dejara sola y de pedirle con sinceridad que no se fuera.
Cuando notó que el agarre de sus manos disminuyó y que la respiración se le reguló, se atrevió a mirarla. Sus ojos azules eran una corriente incontrolable de sentimientos, que iban desde la conmoción hasta la culpa, pero estaban vivos y no tan asustados y encriptados como los había visto minutos antes.
Yami se levantó y ella lo miró. Intentó balbucear algunas palabras, pero no salió ni una sola de su boca.
—Voy a ir a la cocina para traerte un poco de agua. No tardaré mucho, te lo prometo.
Charlotte miró hacia el frente y asintió sin demasiada energía. Escuchó la puerta abriéndose y los pasos presurosos de Yami por el pasillo. Se miró las manos y su conciencia pareció ocupar su cuerpo de nuevo, después de haber sentido que se le había salido el alma del cuerpo por mucho rato. Se restregó las manos contra la cara con rabia, sin poder entender por qué motivo su subconsciente seguía boicoteando todas y cada una de las oportunidades que la vida le ofrecía para recobrar un poco de tranquilidad.
Más rápido de lo previsto, Yami volvió a la habitación. Le dio el vaso de agua y ella se lo bebió casi de una vez. Después, se quitó los restos de agua de la comisura de los labios y depositó el vaso en el escritorio, con cuidado de no mojar los bocetos que habían dejado allí encima.
Se quedó analizándolos con detenimiento. En casi todos, salía seria. Sonrió con algo de melancolía. Seguramente, esa era la imagen que el Capitán de los Toros Negros tenía de ella hasta antes del incidente... Alguien seria, fría, con las emociones siempre a raya y a la que no le gustaba relacionarse demasiado con los demás. Solo en uno salía sonriendo. Era curioso, pero en ese retrato, la sonrisa parecía genuina y calmada. No sabía bien de cuándo era, pero ese dibujo la sorprendió mucho. No se había fijado en cómo Yami había dibujado su gesto hasta ese instante. Le… gustaba mucho. Le recordaba a alguien que solía ser o a alguien que nunca había sido —no estaba segura del todo—, pero hacía que quisiera convertirse, de nuevo o por primera vez, en esa Charlotte.
—¿Te encuentras mejor?
—Sí —afirmó la mujer mientras lo miraba. Después, sus pupilas temblaron ligeramente y movió un poco su rostro hacia la pared—. Lo siento mucho, Yami. Siento que hayas tenido que… presenciar algo así.
Yami sacó un cigarro de su bolsillo y lo prendió. Se dirigió hacia la ventana, abrió una pequeña rendija para expulsar el humo y no molestarla demasiado y comenzó a fumar.
—No tienes que disculparte. Soy yo quien lo siente. Todo esto ha sido mi culpa. Te he presionado demasiado.
La mujer agachó la cabeza y comenzó a apretarse las rodillas ligeramente. Tras unos segundos de reflexión, se levantó y se puso detrás de él, sabiendo que no se giraría para verla hasta que no terminara de fumar.
—Claro que no es tu culpa. Para de hacer esto. Entiendo que estés preocupado, pero sintiéndote responsable de algo que solo me concierne a mí, no mejorarás mi situación. No mejorarás nada…
Yami tiró el cigarro por la ventana, exhaló el humo y se volteó para mirarla. Estaba algo serio.
—Sí me concierne. Todo lo que tenga que ver contigo es parte de mí también. ¿Puedes comprender y respetar eso?
—Pero…
—Yo estaba allí, Charlotte. Yo lo vi absolutamente todo. Y no fui capaz de hacer nada para que ese desgraciado… —Yami se quedó callado y aflojó el agarre de su puño, el cual había apretado inconscientemente segundos atrás.
Charlotte suspiró. Estaba siendo egoísta al cargar con todo ella sola. Sin empatía, una relación que ni siquiera tiene los cimientos propiamente bien colocados no puede crecer.
—Lo entiendo y lo respeto… Muchas gracias por todo lo que estás haciendo por mí.
—A partir de ahora, quiero que te apoyes en mí cuando lo necesites. Quiero que sepas que voy a estar para ti pase lo que pase y que voy a ser paciente siempre.
Charlotte sonrió y se dirigió de nuevo hacia el escritorio.
—¿Puedo llevarme este? —preguntó mientras le enseñaba a Yami el retrato en el que salía sonriendo.
Él simplemente asintió mientras sonreía también. Debía ir aún más despacio. Y lo haría, haría cualquier cosa que estuviese en su mano para que Charlotte pudiera estar bien y para que, algún día, cuando lograra sanarla y sanarse a sí mismo, pudieran estar juntos sin más culpas ni remordimientos acosándolos.
Empezaría destrozando el motivo por el cual Charlotte estaba así. Llevaba algunas semanas investigando de cerca todo lo que tenía que ver con Dark Blood. Por fin tenía una pista. Parecía ser que había encontrado un refugio que pertenecía a la organización, pero que no era demasiado transitado. Tal vez, al encontrarse dentro de las fronteras del Reino del Trébol, habían sido extremadamente cuidadosos y solo lo vigilaban de vez en cuando para que nadie se percatara de que existía.
También debía ser cauteloso. No levantar sospechas, no contarle nada a nadie, no hacer partícipe de aquel hallazgo ni siquiera a Asta, que era por aquel entonces su mano derecha. Debía hacerlo solo. Por el bien del reino, por su bien, pero, sobre todo, por el bien de la persona que amaba.
—Me voy —dijo Charlotte mientras guardaba el retrato y el dispositivo reproductor de hologramas en el estuche de su grimorio, cortando así el flujo de pensamientos de Yami.
—Le diré a Finral que te lleve.
—No es necesario. Quiero tomar un poco de aire.
Yami pensó en reclamarle, pero después recapacitó. Bien era cierto que no se encontraría del todo bien, ya que acababa de sufrir un episodio de ansiedad, pero sería un completo error intentar presionarla o someterla a hacer lo que él consideraba que era lo mejor.
—Está bien. ¿Puedo ir un día a tu base? Me gustaría hablarte sobre un asunto.
Charlotte arqueó ligeramente una ceja, pero después asintió. Yami la acompañó hasta la entrada de la base y la vio yéndose montada en su escoba. Regresó al interior y se sentó en el sillón del salón mientras se fumaba un cigarro.
No le contaría demasiados detalles, pero sabía que ella había tenido una misión de exploración hacía muchos años justamente en el lugar en el que creía que estaba el refugio de Dark Blood y estaba seguro de que le sería de ayuda.
Noelle corrió hacia la habitación donde se encontraba su hermano.
Por motivos de seguridad y ante todo lo que estaba ocurriendo en el reino, Nozel había sido trasladado a la base de las Águilas Plateadas como medida preventiva, para que así estuviera más seguro y protegido que en el hospital.
Y allí había estado días, semanas, sin siquiera despertarse o moverse y postrado en esa cama que muchas veces Noelle pensó que sería su ataúd. Por suerte, había conseguido despertar y la noticia fue una sorpresa gigante para la chica, que, mientras se dirigía hacia la habitación en la que estaba, sentía también el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
Frenó en seco al llegar a la puerta, que estaba entreabierta. Se escuchaban dos voces, pero una —la de su hermano previsiblemente— era bastante débil. Esperó a que la persona que lo acompañaba saliera, lo saludó y después se asomó a la puerta tímidamente.
—Noelle… entra —dijo su hermano en cuanto la vio.
Ella lo hizo. Cerró la puerta y se acercó a la cama con algo de recelo. Se quedó observando a su hermano mayor algunos segundos. No tenía muy buena cara y parecía que había adelgazado bastante, cosa que era normal al llevar tanto tiempo tumbado. Su pelo estaba algo despeinado y su flequillo estaba completamente suelto. Estaba sentado, con la espalda apoyada en una almohada, con el torso vendado y unas oscuras ojeras adornaban su rostro. Sin embargo y a pesar de que su estado no era de los mejores, se le veía tranquilo. Incluso sonreía de forma tenue.
—Nozel…
—¿Qué tal va todo por la base? ¿Te ha costado mucho encargarte de la orden?
—Nebra y Solid me han ayudado… —susurró, de pie junto a la cama y mientras apartaba la vista del rostro de su hermano y la posaba en las sábanas blancas.
—¿En serio? —preguntó él, algo desconcertado.
—Sí… Al principio fue un poco difícil, pero entre los tres hemos conseguido que nada se desestabilice demasiado. Aun así… las Águilas Plateadas necesitan a su capitán.
—Lo sé —admitió Nozel sonriendo—, pero también necesitan a su vicecapitana, así que muchas gracias por encargarte de todo en mi ausencia, Noelle.
La joven, ante aquellas palabras llenas de afecto y apoyo, no pudo más. No las merecía en absoluto, porque, para empezar, su hermano estaba en esa situación por su culpa. Porque ella no había sido capaz de hacer nada en el campo de batalla para que no saliese herido.
Algunas lágrimas comenzaron a caer sobre las sábanas, ya que Noelle no era capaz de alzar su rostro. Apretó sus puños mientras sollozaba, volcando toda su frustración, miedo e inseguridades en ese momento. Apretó los ojos con rabia.
Sin embargo, Nozel alzó su mano y sujetó una de las suyas. Noelle abrió los ojos con sorpresa y lo miró. Su hermano le sonreía de nuevo, como si realmente se lo mereciera. Como si ya no fuera más aquella niña que es blanco de todos los insultos y rechazos. Sin pensarlo demasiado y desbordada por sus intensas emociones, lo abrazó con algo de cuidado para no dañarlo mientras seguía llorando.
—Lo siento mucho… No fui capaz de hacer bien mi trabajo… No fui capaz de protegerte… Soy una inútil…
—No digas eso. ¿Sabes? Creo que mamá estaría muy orgullosa de ti —Noelle levantó la cabeza para poder mirarlo en ese instante—. Y yo… yo también lo estoy. Me equivoqué mucho contigo, Noelle. Te intenté proteger, pero me alejé de ti e hice que todos te menospreciaran y te maltrataran. No fui un buen hermano mayor.
—No…
—Es la verdad. Es lo que siento. Sé que jamás podré volver el tiempo atrás y que el daño que te hicimos estará siempre ahí, pero intentaré compensártelo, ¿de acuerdo?
Noelle abrió sus ojos y se quedó mirándolo de nuevo. Todo en él destilaba cariño. Sus palabras, sus gestos, su sonrisa, la forma en la que tomaba su mano. Estaba segura de que, ahora sí, su relación con sus hermanos avanzaría a pasos agigantados. Ella misma estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por mejorarla, de hecho. Y no solo por su bienestar, sino también por su hermano y, sobre todo, para que su madre pudiera observarlos feliz desde donde estuviera.
—Muchas gracias, hermano.
Intercambiaron un par de palabras más y Noelle se fue para dejar a Nozel descansar. Salió a uno de los tantos jardines que tenía la base a sentir la brisa en el rostro. Se sentía mucho más tranquila, mucho más aliviada y en paz consigo misma.
Pensó, mientras observaba las plantas, en todo lo que su vida había sido. De niña apartada y odiada a guerrera alabada. De compañera de orden a desarrollar sentimientos amorosos por el chico que entró el mismo año en su escuadrón. De pertenecer a la familia de los Toros Negros a convertirse en la vicecapitana de las Águilas Plateadas. De ser una cobarde que niega sus sentimientos a… ¿atreverse a todo? De escapar, de esconderse, de huir a volver.
A volver para confesarlo todo.
Asta se levantó temprano como solía hacer. A pesar de ser el vicecapitán de los Toros Negros, continuaba encargándose de sus deberes de su época de novato. Se levantaba temprano, limpiaba, daba de comer a las bestias de Yami y entrenaba hasta la hora de comer.
Estaba algo estresado. Sí, en parte era por el ataque constante e inesperado de Dark Blood, pero también había otro asunto rondándole la cabeza con insistencia: Noelle. Su partida, su distanciamiento y la fragilidad y entrega con la que había actuado en la misión en la que hirieron a su hermano lo tenía descolocado por completo.
No entendía bien por qué, pero, cuando se miraba la mano —aquella que sostuvo la de Noelle durante toda la noche cuando ella más lo necesitaba—, se sentía extraño. Su pecho se estrujaba, sentía sus mejillas calientes y una sensación rara que oscilaba entre el desamparo y la emoción.
Había querido ir a buscarla para hablar con ella en varias ocasiones, pero no llegó a hacerlo. Principalmente, porque no sabía bien si Noelle querría, pero, sobre todo, porque Liebe le había dicho que no lo hiciera. Que todo tiene sus ritmos, sus tiempos y que la chica no estaba bien debido a las heridas que su hermano tenía.
Llevaba razón. Liebe siempre la llevaba. Era como su vocecita de la consciencia, quien le ayudaba a ser más racional y analítico. Sin él, estaba seguro de que todo iría mucho peor en general.
Cuando acabó con su rutina matinal, Asta fue a ducharse. Al salir, escuchó algunas voces entusiastas procedentes de la sala principal, así que se dirigió hacia allí. En cuanto la vio, entendió por qué tanto alboroto. Noelle estaba de visita en la base.
Como gesto involuntario, se llevó la mano derecha a la parte del pecho de su camiseta y se la estrujó entre sus manos mientras sonreía con anhelo. No, tampoco entendía por qué algo así estaba sucediendo, pero se sintió tremendamente liviano al verla allí, sonriendo y compartiendo con sus compañeros, como si todo siguiese igual y ella continuase siendo parte de los Toros Negros.
—Noelle…
La chica, al oírlo pronunciando su nombre, lo miró. Sonrió de forma natural, como si no se hubiesen distanciado terriblemente en los últimos tiempos, como si fuera la misma de siempre, y Asta sintió un ardor extraño en el pecho. ¿Desde cuándo le parecía su sonrisa tan bonita?
—¡Asta, vamos a comer! —ordenó Charmy.
El momento se esfumó y fueron al comedor a almorzar todos juntos, pero aquella sensación de estar mirando al cielo mientras veía su sonrisa no se fue. Ya nunca lo haría, en realidad.
Al terminar de comer, Noelle se acercó a Asta y le dijo que si podían hablar en privado. Él acepto sin titubeos.
No podía negar que estaba algo nerviosa, pero estaba decidida. Solo un día atrás, le había dicho a Liebe que no era capaz de contarle a Asta la verdad. Sin embargo, su impulso y las palabras de su hermano la habían hecho cambiar de opinión.
¿Era demasiado precipitado? Tal vez sí, pero estaba convencida de que Liebe llevaba razón. Aunque Asta la rechazara, por fin se quitaría ese gran peso de encima. De todas formas, no se lo imaginaba correspondiéndola, así que iba totalmente mentalizada. Seguirían siendo amigos. Puede que el ambiente se pusiera un poco diferente cuando se quedaran solos o que sus interacciones, al principio, no fueran iguales, pero al menos, un rechazo directo le permitiría avanzar.
Se sentaron fuera, en aquel patio que tantas veces los había visto entrenar. Que los había visto crecer, progresar y llegar a ser quienes eran en la actualidad.
—No sabes cuánto me alegra que hayas venido a vernos. Te echábamos mucho de menos por aquí.
—Yo también a vosotros.
—¿Cómo está tu hermano? —preguntó el chico con comprensión.
—Ayer despertó —le contó ella, alegre.
—¿En serio? ¡Esa es una noticia genial!
—Sí que lo es. De momento, no puede casi levantarse de la cama, pero Owen ha venido esta mañana a la base y nos ha dicho que se recuperará en un tiempo. Ahora solo tenemos que esperar.
—¡Qué bien, Noelle!
Asta la miró sonriendo. Era tan sumamente débil a ese gesto desde que lo conoció… Su sonrisa le daba esperanza, hacía que quisiera ser una mejor persona y la alentaba a siempre superarse a sí misma. Era su luz, era una sonrisa mágica y que había echado muchísimo de menos.
Noelle suspiró con fuerza. Asta seguía mirándola, tal vez pensando que era un alivio no tener que darle más vueltas al asunto de que casi no le hablara o de que su actitud hubiese cambiado. En cierto sentido, la confesión también sería un gesto tranquilizador para él.
—Asta, en realidad he venido a hablar contigo.
—¿Ah, sí? Entonces, dime.
—Quería disculparme contigo.
—¿Eh? —preguntó Asta, completamente confuso, mientras parpadeaba rápido y en repetidas ocasiones.
—Desde que me fui de la orden, no te he tratado demasiado bien.
—¡Oh, eso! No te preocupes. Mientras vuelvas a ser tú, me da igual. Todos tenemos fallos, pero si los remediamos a tiempo, todo seguirá bien. Por mi parte, todo está como siempre entre tú y yo.
Noelle pensó que no quería que todo estuviera como siempre. Quería mucho más de él. Quería tantas cosas que no podría enumerarlas todas nunca. Al menos, Asta seguía —de momento— siendo Asta. Eso la tranquilizaba mucho.
—Me alegra oír eso. Me fui de mala manera y sin decirte cosas importantes sobre mí…
—Me las puedes decir ahora.
—Asta yo… te quiero.
La chica enrojeció un poco. Ni siquiera se atrevía a mirarlo porque no quería ver decepción, lástima o condescendencia en su rostro. Sin embargo, oyó una risita traviesa de su parte.
—Yo también te quiero, Noelle. Somos amigos, ¿no?
Con la primera parte de la frase, Noelle se sintió feliz como nunca, pero el golpe vino pronto y además fue bastante intenso. Sí… La quería como amiga; ya se lo había dicho antes.
Tenía dos opciones: dejar las cosas como estaban y seguir con su amistad con el vicecapitán de los Toros Negros o ser por fin sincera. Y, aunque la primera opción era realmente tentadora —pues eso al menos le daba la seguridad de que seguiría comportándose con ella como siempre—, decidió que ya había llegado demasiado lejos como para rendirse. A fin de cuentas, era algo que Asta le había enseñado también.
—No me has entendido, Asta. Estoy enamorada de ti.
Justo al terminar de comer, Yami se marchó. Tenía asuntos pendientes que atender y, aunque se alegraba de que Noelle regresara a la que siempre sería su casa, no podía permanecer allí durante mucho tiempo.
Tenía un par de reuniones en la capital y quería ir a la base de las Rosas Azules también. Estaba algo preocupado por Charlotte y pensaba pasar más tiempo sin verla, pero no pudo evitar adelantar su misión. Necesitaba con urgencia descubrir qué sucedía en aquel supuesto refugio y necesitaba pistas que lo llevaran al hombre que había orquestado todo para destrozarle la vida a la heredera de los Roselei.
Así que, cuando sus reuniones finalizaron, se fue directo hacia la base que capitaneaba Charlotte. Una de sus chicas lo recibió y lo condujo hacia su despacho, donde ella estaba trabajando.
En cuanto escuchó la puerta, Charlotte apagó el holograma y guardó sus notas en un cajón. Dijo un firme «adelante» y se levantó de la silla.
Yami entró y ella se sorprendió mucho al verlo allí.
—Capitana Charlotte, el Capitán Yami necesita hablar contigo —informó una de sus chicas, que también se encontraba dentro de la habitación.
—Claro, claro. Gracias, Megan.
La joven asintió y después se fue, cerrando la puerta tras salir.
—No te esperaba por aquí tan pronto.
El hombre sonrió y se quedó mirándola. Ese día, Charlotte llevaba el cabello recogido en su usual moño. Usaba su uniforme, pero sin capa, armadura o casco. Estaba guapa y se la veía bastante sosegada.
—He tenido que adelantar la misión.
Charlotte y Yami se sentaron después alrededor del escritorio del despacho y el Capitán de los Toros Negros empezó a hacerle preguntas sobre aquella parte fronteriza del Reino del Trébol. Ella le explicó todo lo que sabía con detenimiento.
—No habrás descubierto algo, ¿verdad?
—No —mintió Yami—. Es solo una misión de exploración rutinaria.
—No creo que estemos para misiones rutinarias en estos momentos, sinceramente.
—Eso díselo a Julius.
—En fin… —dijo Charlotte derrotada.
Yami se levantó de la silla y se acercó a una de las paredes del despacho. Charlotte había enmarcado el retrato que le había regalado. Quedaba muy bien. Sonrió y se sacó un cigarro del bolsillo, pero pronto notó a la mujer detrás suya y se volteó para mirarla. Su rostro componía un gesto de desaprobación.
—Imagino que… —empezó a decir Yami mientras se guardaba el cigarro— aquí no se puede fumar, ¿no?
—Imaginas bien.
—Lo siento, es la costumbre.
—No pasa nada.
Carraspeó un poco antes de hablar. No quería parecer que estaba obsesionado con ella, pero realmente quería estrechar lazos y, para ello, debía interesarse por cómo se encontraba, mucho más después de lo que había sucedido el día anterior.
—¿Te sientes mejor hoy?
—Sí… mucho mejor.
—Si hago algo que te incomode, no dudes en decírmelo.
—Claro que sí —afirmó Charlotte mientras le posaba una mano en el hombro.
Se quedaron mirándose en silencio, con la luz dorada del atardecer colándose por entre las ventanas. Habían pasado algunas horas desde que había llegado, pero a Yami se le hicieron bastante cortas y sabía que se debía a que estaba a su lado.
Repentinamente, una canción algo antigua comenzó a sonar en toda la base. Yami arqueó una ceja y Charlotte se rio suavemente.
—¿Qué es eso? —cuestionó con algo de desconcierto.
—Hoy es jueves… Mirai siempre pone música los jueves a esta hora. Es como un ritual.
—Ya veo…
Yami miró hacia su hombro. Charlotte todavía tenía su mano posada allí, así que se le ocurrió algo. Se acercó y amagó con poner la mano sobre la cintura de la mujer, pero antes de hacerlo, le habló.
—¿Puedo…?
Charlotte estaba confusa, pero asintió enérgicamente, y Yami sujetó su cintura con las dos manos, mientras la instaba a que ella abrazara su cuello. Comenzó a balancearse lentamente, de forma muy torpe, pero la mujer solo pudo sonreír ante aquel gesto.
Después, recostó su rostro contra su pecho y posó también sus manos en aquel lugar de su cuerpo mientras Yami seguía abrazándola.
—Bailas fatal.
—Lo sé —admitió Yami mientras sonreía.
Por el momento, disfrutaría de aquel instante de paz hasta que partiera a su misión. Y esta vez sí, haría cualquier cosa que tuviera que hacer para resolverlo todo.
Continuará...
Nota de la autora:
¡Prometo que la situación entre Asta y Noelle se resuelve en el próximo capítulo! Pero bueeeno, siempre hay que dejar un poquito de tensión.
Al final, Charlotte no está todavía preparada para un beso, pero al menos el acercamiento es real. Eso es un paso importante, ¿no? Por cierto, sobre la canción del final, yo tengo una en mente, pero os la dejo a vuestra imaginación. Y no olvidéis que todas las impresiones sobre la historia son más que bienvenidas.
¡Nos leemos en la próxima!
