-Malditos-

Capítulo 9. La otra cara del egoísmo


Hacía un tiempo, cuando Asta se preguntaba a sí mismo qué era el amor, solo un rostro le aparecía en la mente. Era suave, cálido, con una sonrisa relajada y unos grandes ojos azules que hacían que su belleza brillara. La Hermana Lily era una persona muy entregada y que siempre había estado dispuesta a ayudar a los niños del orfanato. A él lo había criado desde que era un bebé. Siempre había formado parte de su vida y la admiración y el cariño que le tenía fue derivando en un enamoramiento —o eso pensaba él— que siempre fue rechazado.

Asta quería ser Rey Mago por muchas razones: luchar contra la desigualdad social, demostrar que los campesinos con esfuerzo podían llegar a lo más alto, cambiar el sistema de la sociedad… pero también lo hacía porque durante años completos pensó que de ese modo lograría que su amor platónico se casara por fin con él.

Toda su adolescencia estuvo impregnada de ese pensamiento, pero llegó un punto en el que desistió. Siendo ya vicecapitán de la orden que lo había recibido cuando tenía apenas quince años y teniendo además una edad considerable, decidió que era la oportunidad perfecta para declararse de forma definitiva. Sin embargo, Lily no cedió y Asta comprendió que el amor es un sentimiento que nace espontáneamente, pero que no se puede forzar. Así que decidió rendirse con ella. Con ella y, en realidad, con cualquier otra mujer, porque había quedado tan desanimado que no se imaginaba teniendo una relación de ese tipo con nadie más.

Con el tiempo, además, Asta se había dado cuenta también de que el amor tiene muchas formas de manifestarse, no solo es un sentimiento puramente romántico. Existe el amor fraternal, de admiración, de respeto… el amor es tan moldeable como uno lo imagine, pero siempre, siempre que el joven pensaba en las personas que amaba, Noelle era una de las primeras que le venía a la mente de forma inmediata.

Sabía que cuando se conocieron, él no le había caído muy bien, pero pudo enmendarlo pronto y después habían vivido tantas situaciones juntos y de forma tan intensa que ya no podía imaginarse su vida sin haberla conocido. Para Noelle era igual. Porque Asta no lo sabía, pero él fue la primera persona que la había elogiado por ese entonces. La cambió, le dio espíritu de lucha y, si hoy en día era la persona en la que se había convertido, era gracias a él. Siempre gracias a Asta.

Siendo alguien tan especial para él, fue muy doloroso el hecho de que la chica abandonara los Toros Negros —orden que había supuesto el impulso definitivo a su trayectoria como guerrera— y, particularmente, que adoptara esa actitud tan distante y cortante con él. Principalmente, lo hirió porque no lo entendía. No sabía si había hecho algo mal, si la había lastimado, si simplemente había cambiado y ella ya no podía mantener aquellos lazos que los habían unido en el pasado. No sabía absolutamente nada y por eso el sentimiento de culpa y tristeza por no ser capaz de resolver aquella situación se iba incrementando cada vez más.

Ahora y al escuchar las palabras que Noelle acababa de pronunciar, todo parecía cobrar un poco de sentido. Pensó, en primer lugar, que ella había sido muy egoísta al marcharse de la orden. Pero no lo interpretó como algo malo. A veces, es necesario pensar en nosotros mismos, anteponer nuestros sentimientos a los de los demás para intentar alcanzar la felicidad. Él lo había sido en muchas ocasiones, así que podía comprenderla perfectamente.

Cuando escuchó de los labios de Noelle que estaba enamorada de él, lo primero que surgió en su interior fue incomprensión. ¿Cómo alguien como la hija pequeña de los Silva iba a estar enamorada de una persona tan simple como él? Las señales, sin embargo, siempre habían estado ahí, pero Asta no se caracterizaba por ser demasiado lúcido, así que jamás pudo captarlas.

Tras el entendimiento inicial de la confesión, se sintió algo mareado, temeroso y nervioso. ¿Cómo iba a contestar a algo de esa magnitud si no sabía si podía corresponderle? No quería hacerle daño, no quería que estuviera mal, no quería rechazarla. Pero no, no solo no quería rechazarla porque eso le produciría tristeza, sino porque su corazón le decía que no podía hacerlo.

¿Qué era Noelle para él? No… No lo sabía. Era su compañera, su amiga, pero no entendía que le importara más que sus otras compañeras del escuadrón o que no pudiera dejar de pensar en la calidez de su mano desde que durmieron juntos.

El sentimiento que se abría paso en su corazón no era similar al que tenía por la Hermana Lily, en absoluto. Y si se suponía que estaba enamorado de la monja y no sentía lo mismo por Noelle, ¿era porque no estaba enamorado de ella? Sintió, en ese momento, como si la cabeza le fuera a explotar de tanto darle vueltas al asunto.

Miró a Noelle. A diferencia de la reacción nerviosa y sonrojada que había producido su cuerpo al decir que lo quería, ahora sus ojos desprendían determinación y seguridad. Lo miraba con el gesto afable, tranquilo, desbordante de paciencia y comprensión. Entonces lo supo: Noelle no buscaba una respuesta recíproca, sino liberarse, dejar que el sentimiento saliera de su cuerpo, que se materializara y poder así sentirse un poco más en paz consigo misma.

—Noelle, yo… no sé qué decirte.

La chica le sonrió y se levantó.

—No es necesario que digas nada. Solo… piénsalo, ¿de acuerdo?

Asta asintió sin parar de mirarla. Después, Noelle extendió su mano para ayudarlo a levantarse y él la tomó de inmediato. Se sacudió un poco los pantalones y vio a la chica dirigiéndose hacia el interior de la base.

—Noelle —la llamó, haciendo que se detuviera, pero no llegó a girarse para volver a mirarlo—, no he mentido cuando te he dicho que te quiero.

Tras escuchar aquellas palabras, la joven giró su rostro, volvió a sonreír —aunque esta vez con algo de amargura— y asintió con energía.

—Lo sé —declaró—. Entremos, seguro que los demás están esperándonos.

Asta simplemente la vio alejándose y se quedó algunos minutos allí, de pie, en silencio y pensando en todo lo que acababa de ocurrir.

El amor tiene muchas facetas, muchas definiciones, muchas caras, luces y sombras. Pero, sin duda alguna, Asta no creía estar preparado para el amor que Noelle Silva tenía para ofrecerle. Al menos, no en ese momento.


Noelle llegó a la base de las Águilas Plateadas con un sentimiento de extrañeza y calma recorriéndole el corazón. Fue hacia su cuarto y se echó en la cama con la cara pegada a la almohada.

No sabía cómo sentirse exactamente. En cierto modo y como le dijo Liebe, se sentía mejor al haber exteriorizado un sentimiento que llevaba guardando mucho tiempo en los recovecos más profundos de su alma. Se sentía liberada, como si se hubiese quitado un gran peso de encima.

Sin embargo, también estaba triste. No podía evitarlo. No tenía esperanzas de que Asta le dijera que él también la amaba, pero fue igualmente doloroso experimentarlo. Sabía que una parte muy pequeña de ella soñaba con que le correspondiera, pero no había podido ser.

Si algo bueno tenía que sacar de la situación era que no la había rechazado visceralmente. Incluso le había dicho que lo pensaría. Podría ser que, con el paso del tiempo, se diera cuenta de lo que sentía o también que se forzara a sentirlo y esa última idea ya no le parecía algo tan positivo. No quería darle pena y que se acercara a ella porque pudiera estar triste, así que iría vigilando su comportamiento minuciosamente.

Se tumbó en la cama bocarriba y, sin poder remediarlo, algunas lágrimas brotaron de sus ojos, cayendo por sus mejillas y muriendo en su cuello. No hizo nada por apartarlas. No sabía por qué lloraba. Tal vez era de alivio o tal vez era porque, en efecto, se sentía muy sola al haberse confesado.

La actitud de Asta no le molestó. No se veía excesivamente incómodo, ni siquiera cuando estuvieron un rato más con los demás, pero ella sabía que ese momento se convertiría en un punto de inflexión para su relación. Lo que aún no sabía era si sería positivo o negativo, pero eso solo lo diría el tiempo.

Tras un rato más pensando, se sentó en la cama, se secó los restos de las lágrimas y se dio un par de palmadas en el rostro. No podía deprimirse, porque tenía que seguir encargándose de la orden y centrarse en sus misiones y en el actual peligro que Dark Blood suponía para el Reino del Trébol.

Fue a visitar a su hermano. La puerta estaba semiabierta, así que simplemente entró. Estaba sentado en un sillón. Noelle sonrió al ver que su recuperación se estaba acelerando.

—¿Cómo te sientes?

—Bien.

Nozel se quedó observando a su hermana. No tenía muy buena cara.

—Me alegra mucho escuchar eso.

—¿Y a ti qué te pasa? —cuestionó de forma directa y seria.

—¿A mí? Nada. Estoy bien.

El mayor de los Silva frunció el ceño. Era más que obvio que a su hermana pequeña le pasaba algo, pero no la presionaría demasiado. Sabía que de todas formas no se lo iba a contar.

Estuvieron charlando un rato más, pero Noelle decidió que era mejor dejar que descansara.

—Puedes contar conmigo si lo necesitas, Noelle.

La chica, de pie y cerca de la puerta para marcharse, le sonrió tras componer un efímero gesto de sorpresa. Asintió y se fue.

Necesitaba descansar también. Su día había estado repleto de emociones fuertes y le resultaba necesario aclarar un poco su mente y ordenar concienzudamente sus pensamientos.


No era aún de día cuando Yami salió de la base de los Toros Negros. Bostezó justo antes de subirse a su escoba. Odiaba profundamente madrugar tanto, pero esa vez tenía un motivo importante para hacerlo. Salió solo, sin contarle a ninguno de sus chicos la misión que iba a desempeñar. No podía permitirse que alguien interfiriera en sus planes y los entorpeciera.

La única persona que sabía hacia dónde se dirigía y cuándo era Charlotte, pero sabía que ella no intercedería porque pensaba que iba a una misión rutinaria de exploración y seguramente supuso que Finral lo acompañaría. Todo estaba bajo control.

El camino fue largo y bastante tedioso, pero le sirvió a Yami para crear algunas estrategias. Aquel lugar fronterizo del Reino del Trébol era un terreno bastante rocoso y abrupto, por lo que supuso que, si allí había algún tipo de refugio de Dark Blood, sería una especie de cueva.

No sabía si tendrían un código de seguridad o algo así para entrar, así que esos asuntos debería dejarlos para cuando finalmente llegara a la localización.

Después de mucho rato de viaje, vio unas cuevas a lo lejos. Por fin había llegado. Se escondió en la ladera de la montaña, intentando inspeccionar el exterior con cuidado. No quería que lo descubrieran justo antes de empezar.

Las primeras cuatro cuevas parecían estar vacías, pero en la quinta pudo sentir el ki de algunas personas proviniendo de su interior. Bien, eso significaba que en ese lugar no estaba actuando el inhibidor, así que estarían completamente relajados y el ataque sería más efectivo.

No parecían personas especialmente fuertes, pero iría con cuidado de todas formas. Entró rápido. Parecía que no había ningún dispositivo de seguridad, probablemente para que el lugar pasara desapercibido con más facilidad. Se acercó hacia una habitación en la que escuchó dos voces dentro. Se asomó un poco. La habitación parecía una especie de laboratorio y la mujer y el hombre que estaban allí incluso llevaban batas. Había todo tipo de artefactos, probetas, diseños y muchas otras cosas que Yami no sabía lo que eran.

Desde que entró en la cueva, había suprimido su maná, así que no habría forma de que lo descubrieran. Por el momento, se dedicaría a escuchar.

—Pues sí, parece que el jefe vendrá hoy. Este laboratorio es de los más pequeños, pero como conseguimos desarrollar el inhibidor de la energía vital y el dispositivo que crea la magia espacial, nos tiene en alta estima. Así que vendrá a ver cómo trabajamos.

—Oh, eso no me gusta demasiado —apuntó la mujer.

—¿Por qué?

—Porque no quiero entrometidos en mi laboratorio, por muy jefe que sea.

—Yo no diría eso en voz alta. Ya sabes que si te oye, tendrás problemas.

—Me necesita —alardeó—, no tendré ningún problema, te lo puedo asegurar.

Yami frunció el ceño. Había dado con algo muy importante. Efectivamente y como él sospechaba, tenían un dispositivo que hacía desaparecer la presencia vital. Además, parecía ser que no tenían magia espacial, sino que la creaban de una forma que, por supuesto, no podía comprender.

Sería una pésima idea entrar ahí e interrogarlos, pero realmente no le quedaba de otra. No podía desaprovechar una oportunidad así. Ya que estaba ahí lo descubriría todo por fin. Además, ninguno de los dos parecía demasiado fuerte, así que lo tendría relativamente fácil.

O eso creía hasta que escuchó una voz que provenía de su espalda.

—¿Sabes lo que tengo en común con Aurora, Yami Sukehiro? Que no me gusta que haya entrometidos en mis laboratorios.

Yami intentó moverse lo más rápido que pudo, pero no consiguió librarse de una lanza hecha con magia de luz que se le incrustó en el costado. Se dio la vuelta y lo miró. Ese rostro, esos ojos verdes y ese cabello rojizo eran inconfundibles. Los tenía grabados a fuego en la mente, porque todas las noches soñaba que lo destrozaba con sus propias manos y todos los días pensaba en cómo derrotarlo.

Ahora lo tenía justo enfrente. De nuevo, no pudo sentirlo aproximándose. Sintió un fuerte dolor en el costado. Se llevó la mano hacia la herida y después la miró. Estaba llena de sangre. Esta vez se la pondría difícil.

—Así que tienes magia de luz…

—Yo puedo tener todas las magias que quiera tener. Tú tienes magia de oscuridad que es lenta, así que yo la contrarresto con la magia de luz y su velocidad. Solo hay que ser inteligente.

Yami, a pesar del dolor incipiente que sentía en el abdomen, sacó su katana y adoptó su habitual posición de lucha. Algunos súbditos del hombre aparecieron a los dos lados, dejándolo imposibilitado para escapar, pero de todas formas no tenía pensado hacerlo. El jefe de Dark Blood les hizo un gesto para que no interfirieran.

—¿Qué quieres de Charlotte? —preguntó de forma directa.

—Quiero que sea mía. Y, de hecho, lo será… Estaba preciosa la otra noche cuando fui a visitarla a su base. Llevaba muchos años sin verla.

Yami apretó los dientes con frustración. O sea que el ataque que sufrió la base de las Rosas Azules no fue solo una explosión en el pasillo. Fue perpetrado por el líder de la organización y además había estado en el mismo espacio que Charlotte. Le hirvió la sangre de rabia.

Apuntó al hombre con su arma, dispuesto a lanzarle su mejor ataque, pero sintió un fuerte mareo que lo imposibilitó. Realmente estaba perdiendo mucha sangre. El Capitán de los Toros Negros era alguien muy resistente, pero parecía que alguno de sus órganos vitales había sido dañado y por eso no podía casi mantenerse en pie. Pero lo haría. Lo lograría porque pensaba salir de ahí. Porque no dejaría que alguien tan ruin y sucio como el hombre que tenía delante se saliera con la suya. Y, sobre todo, porque no se iba a permitir volver a perder a Charlotte, nunca más.

—No voy a dejar que te acerques a ella… —masculló Yami, arrastrando las palabras entre sus dientes con ira.

—Me gusta tu actitud, pero lamentablemente no vas a conseguir nada. No saldrás con vida de aquí hoy, Yami Sukehiro —dijo el hombre mientras preparaba otra lanza.

Yami se colocó, preparado para la batalla que libraría. Suspiró, ajustó su katana a la posición que había adoptado su cuerpo y flexionó las piernas. Sin embargo, cuando la lanza de su oponente se dirigía hacia él a gran velocidad, un portal espacial se abrió, alguien lo empujó y se transportó a una habitación del Hospital de Caballeros Mágicos, donde se desplomó instantáneamente contra el suelo.


Asta volvía de una exploración por el centro de la capital. Al no estar su capitán, debía asumir algunas de las responsabilidades que la orden tenía, así que no tardó demasiado en regresar. Aun así, se estaba comenzando a poner el sol cuando volvió.

No era alguien a quien le gustara demasiado fijarse en el atardecer, pero extrañamente, ese día lo hizo. Decidió que lo podría observar mejor desde el tejado de la base, así que subió. Fue grande su sorpresa al ver que otra persona ya estaba allí.

—Oh, lo siento. Si te molesto, me voy.

—¡N-no! Claro que no. Pu-puedes quedarte —balbuceó Grey mientras le sonreía tenuemente.

Asta se sentó y se quedaron ambos callados durante un buen rato. Fue el chico el que decidió romper el silencio, ya que, al ser tan ruidoso y hablador, esas situaciones le resultaban algo incómodas.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con voz alegre.

—Pensar… —aseguró Grey mientras se abrazaba sus propias piernas.

—Oh, ya veo… ¿Hay algo en lo que te pueda ayudar?

Grey se incorporó un poco y lo miró. Asta y ella no es que tuvieran la relación mas estrecha de los Toros Negros, pero aun así, era su compañero y le tenía mucho aprecio. Además, era muy divertido transformarse en él.

—Es que… m-me gustaría decirle algo a Gauche-kun, pero… no sé cómo hacerlo.

—¿Quieres decirle que te gusta? —preguntó el chico como si fuera lo más obvio del mundo.

Grey enrojeció por completo y se tapó la cara con las manos. Después de unos segundos, abrió un poco los dedos para poder ver a su compañero. Le sonreía con complicidad.

Todavía no podía comprender que se hubiese dado cuenta de que a ella le gustaba Gauche, pero que no hubiese deducido que Noelle se había marchado de la orden porque estaba enamorada de él. Eso lo sabían absolutamente todos los Toros Negros, menos él al parecer.

—¿C-cómo lo sabes?

—Pues… por cómo lo miras. Además, es la única persona con la que no actúas de forma tan nerviosa y vergonzosa. Se nota que confías mucho en él.

Asta miró hacia el horizonte. Noelle también confiaba en él, pero nunca se imaginó que era de una forma similar a como lo hacía Grey en Gauche. Era extraño, pero empezó a darse cuenta de que sus actitudes, muchas veces, no eran las de un par de amigos que simplemente pasan el rato.

—Seguro que m-me rechaza… N-no podría volver a mirarlo a los ojos si pasa eso…

—¿Y te vas a quedar con esa incertidumbre toda tu vida? —cuestionó Asta con determinación—. No lo vas a saber hasta que no se lo digas de todas formas.

—Ya, p-pero…

—¿Si te cuento un secreto, me prometes que no saldrá de aquí? —interrumpió el chico y después la miró. Grey asintió. Sabía que ella no le fallaría—. Hace un par de días, Noelle me dijo que está enamorada de mí. Fue algo bastante… desconcertante. Pero me alegro mucho de que me lo dijera. Estoy muy orgulloso de ella y te puedo asegurar que no la voy a alejar de mí. Sé que Gauche-senpai pensaría igual.

Grey abrió los ojos con sorpresa. Eso sí que no se lo esperaba para nada. Ni la confesión de Noelle ni la reacción tan adulta y madura de Asta. Sonrió con algo de sosiego reinstaurado en su alma.

—¿Tú… qué le contestaste?

—Que no sabía qué decirle. Y todavía no lo sé —contó mientras apretaba su camiseta con desesperación. Su gesto había cambiado notablemente—. No sé qué decir, qué sentir por ella… No tengo nada claro. Sé que no es una compañera más para mí, pero, de ahí a sentir amor… no sé.

Grey, al ver a su compañero tan afectado, posó la mano en su espalda. Cuando el chico se giró a mirarla, la quitó enseguida e incluso giró el rostro por la vergüenza.

—P-puedes… intentar averiguar lo que sientes mientras te acercas poco a poco a ella…

—Pero le debo una respuesta. No quiero tenerla esperando durante mucho tiempo y terminar rechazándola después… Sería cruel.

La chica volvió a abrazarse las piernas mientras miraba el cielo anaranjado.

—Yo… creo que sería m-mucho peor si la rechazaras y después descubrieras que sí estás e-e-enamorado de ella…

Asta se revolvió el pelo con frustración. Grey tenía razón. Noelle le había dicho que se lo pensara y eso se lo debía. No podía tomar sus sentimientos a la ligera y simplemente decirle que no la amaba sin meditarlo. Eso la lastimaría y no quería que sufriera de nuevo por su culpa.

Se levantó enérgicamente, asustando un poco a Grey, y chocó su puño contra la palma de su mano. Seguiría el consejo de su compañera. Solo podría descubrir si correspondía a Noelle si escudriñaba en sus propios sentimientos.

—¿Bajamos? Pronto será la hora de cenar.

—S-sí.

—Ah, Grey. Haz lo que pienses que es mejor para ti. No pasa nada por ser egoísta de vez en cuando.

—Vale… Gracias.

—No, gracias a ti —dijo sinceramente el joven.

Después, ambos bajaron del tejado y fueron al comedor, donde Charmy ya los esperaba con la cena preparada.


Consumido otro cigarro más, lo aplastó contra el alfeizar de la ventana y lo arrojó hasta verlo chocando con el suelo. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó el paquete de tabaco que solía guardar siempre ahí. No había más cigarrillos. Chistó con enfado. En los momentos en los que más falta hacía, se quedaba sin suministro y eso que siempre iba bien preparado.

Se despertó en una habitación del hospital aquella mañana. Por lo visto, había pasado un par de días durmiendo. Ordenó que ningún miembro de su escuadrón fuera avisado del incidente, porque todo estaba bien y no era necesario preocupar de más a nadie. Les diría que estaba en una misión larga y ya. Sin embargo, sabía que había una persona que se enteraría de forma irremediable.

Cuando vio el portal enfrente de él, pensó que Finral había ido a llevárselo de allí, pero eso no tenía demasiado sentido. Principalmente, porque el joven usuario de magia espacial jamás había ido a aquella frontera del Reino del Trébol.

Ató cabos rápidamente. Sabía de alguien que sí había estado allí y que también tenía magia espacial: la vicecapitana de las Rosas Azules. Y eso solo significaba dos cosas. Que Charlotte se enteraría de que estaba en el hospital y que ella misma había mandado a Mirai a que fuera tras él ante la sospecha de que hubiese descubierto algo. En conclusión, todo iba realmente mal.

Fue entonces cuando sintió el ki de Charlotte tras la puerta. Después, tocó dos veces y entró sin esperar su respuesta. Yami se quedó cerca de la ventana, mirando a través de ella la ciudad, que parecía no inmutarse, a pesar de la gran amenaza que la acechaba.

La Capitana de las Rosas Azules se acercó a su espalda, le levantó un poco la camiseta y tiró suavemente del vendaje de su costado.

—Tienes las vendas mal puestas.

Comenzó entonces a pasarlas por su abdomen de forma correcta mientras las apretaba cada vez con más fuerza. Yami lo notó y no es que le doliera en exceso, pero sabía que estaba enfadada y también conocía el motivo. En el fondo, lo comprendía.

—Charlotte.

—Me mentiste —espetó la mujer mientras seguía ocupándose del vendaje—. Me dijiste que ibas a una misión rutinaria de exploración y que no habías descubierto nada. Eres muy egoísta, Yami. ¿Te has puesto en peligro para llevarte el mérito de acabar con Dark Blood tú solo? ¿Te crees que eres un dios o algo así?

—Tú también me mentiste —afirmó Yami y después se dio la vuelta, haciendo que la venda quedara con el extremo colgando de su costado.

—No he acabado.

—Me da igual —dijo, serio, mientras la miraba a los ojos por primera vez desde que había entrado en la habitación—. El líder de Dark Blood entró a tu cuarto durante el ataque a tu base y me dijiste que solo había habido una explosión en el pasillo. ¿Por qué me pides confianza si después no me la das?

—No quería que te preocuparas de más. No es lo mismo.

—Claro que lo es, Charlotte, joder.

Charlotte apretó la camiseta blanca de Yami entre sus manos por la parte de su pecho y se acercó a él.

—Es que…

—Lo siento. No debí hablarte así. Yo…

La frase murió en los labios de Yami, porque a partir de ese momento, solo pudo sentir los de Charlotte interceptando su labio inferior y después deslizándose sobre su boca para besarlo. Tenía los ojos cerrados y seguía con la camiseta fuertemente agarrada entre sus manos.

Yami le correspondió enseguida, posando además su mano contra su cuello, y comenzó a acariciarlo.

Al separarse, se miraron durante algunos segundos, pero después, Charlotte escondió su rostro en el pecho del hombre. Sus manos, ahora relajadas, las llevó hacia su cintura para abrazarlo.

—Sentí mucho miedo al enterarme de que estabas herido. No quiero… perderte.

El Capitán de los Toros Negros comprendió entonces que sí, que había sido demasiado egoísta porque no había tenido en cuenta cómo se sentiría Charlotte. La había dejado de lado para protegerla y de esa forma no la ayudaba.

Le correspondió al abrazo en silencio, mientras se afirmaba a sí mismo que nunca más volvería a traicionar su confianza.


Continuará...


Nota de la autora:

AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH, lo hicieron, lo hicieron, ¡por fin! Bueno, creo que ya era hora, un poco jaja. Charlotte, al sentir miedo por lo que pudiera pasarle a Yami, ha saltado al vacío. Y ya le hacía falta.

Y luego tenemos a Asta que ni sabe lo que quiere y a Noelle con sentimientos encontrados. Ya veremos cómo va desarrollándose todo esto.

¡Muchas gracias por leer! ¡Nos vemos pronto!