-Malditos-
Capítulo 10. Humo
Charlotte miró hacia la pared durante unos segundos, observando un cuadro que había allí colgado. Después, se centró de nuevo en los informes de su escritorio mientras le daba pequeños golpecitos a la superficie de madera con el dedo.
No podía concentrarse en la lectura. Y no podía hacerlo porque tenía un par de ojos oscuros fijándose intensamente en cada uno de los movimientos que su cuerpo hacía. Chistó con molestia y lo miró. Sonreía de lado mientras apoyaba el codo en la mesa y el mentón en su mano derecha.
Era tan irritable a veces que le daban ganas de echarlo de su base y prohibirle la entrada para siempre. Pero si se ponía a pensarlo detenidamente, a quién pretendía engañar. No iba a hacerlo de todos modos y si eso llegase a suceder algún día, estaba segura de que él encontraría una forma de colarse dentro del edificio. Siempre había sido así y siempre lo sería. Hacía lo que le daba la gana, cuando le daba la gana y sin pedirle permiso a nadie y, por supuesto, a esas alturas no lo iba cambiar.
En realidad y aunque no lo admitiera nunca, a Charlotte le gustaba esa parte de la personalidad de Yami. Era como una forma de contrarrestar su carácter tan serio, disciplinado y formal. Aunque era más que obvio que eso jamás se lo diría directamente a él o la molestaría con el asunto para siempre.
Yami no tardó demasiado en recuperarse del ataque que recibió cuando tuvo el encontronazo con el jefe de Dark Blood. Era un hombre bastante resistente, así que no era de extrañar. Lo que sí le produjo una sensación bastante rara en el cuerpo a Charlotte fue los instantes que se produjeron tras besarse y abrazarse con Yami. Fue algo incómodo expresarle con tanta sinceridad que le aterraba que desapareciese de su vida, pero lo hizo casi sin pensar, como si sus labios se hubiesen movido para hablar por puro impulso. No lo pensó mientras actuaba y por eso pudo hacerlo, pero no se arrepentía en absoluto de lo que había hecho ese día. De hecho, si se paraba a analizarlo concienzudamente, era el mejor momento que había vivido en los últimos meses y probablemente uno de los más destacables de toda su existencia.
Desde ese entonces, la extrañeza que sentía se fue disipando, en gran parte debido a la naturalidad con la que Yami manejaba sus encuentros, y en las últimas semanas ambos capitanes se habían acercado mucho más. Tanto, que ya no era raro encontrarlos en la base de los Toros Negros o las Rosas Azules reunidos en algún despacho.
La mayor prueba de honestidad y sinceridad sería trabajar juntos. Así, si alguno descubría algo, no tendría más remedio que hacer partícipe al otro de su hallazgo. Era una especie de acuerdo sin palabras que habían decidido hacer.
El problema radicaba en que Charlotte trabajaba casi sin descanso en esos encuentros, pero Yami no. Se distraía con facilidad, la molestaba continuamente o le hablaba de lo primero que se le ocurriese, rompiendo así su concentración por completo.
—¿Qué miras tanto? —preguntó de mala gana sin levantar la vista de los papeles.
—A ti —soltó Yami con simpleza—. Hoy estás muy guapa.
Charlotte, casi por inercia, enderezó su espalda, lo miró durante una milésima de segundo y después giró el rostro enrojecido con algo de vergüenza. Jamás se acostumbraría a que Yami la elogiara de forma tan directa. La hacía feliz, pero una sensación inusual y extraña se apoderaba de todo su cuerpo cuando eso sucedía, así que no le gustaba demasiado.
Fingió que el corazón no le iba mucho más rápido que instantes antes y sujetó los papeles entre sus manos mientras hacía como que comenzaba a leerlos otra vez.
—¿Te importaría que nos pusiéramos a trabajar? Hay muchas cosas que hacer.
Yami sonrió de lado. No podía gustarle más la máscara de seriedad que Charlotte se ponía cuando estaba avergonzada. Pero lo que lo deleitaba realmente era ver el sonrojo fugaz que se colaba en su rostro y que la hacía irresistiblemente adorable. Jugar con ella era tan divertido que no podía reprimirse. Era estar en una habitación con ella a solas y le entraban unas ganas enormes de soltar por la boca lo primero que pensara y esperar a sus reacciones. Cuando no sabía de sus sentimientos ya le agradaba la sensación, pero ahora era muchísimo mejor. O peor para ella, claro.
No podía decir que fueran pareja o que hubiesen comenzado una relación formal. Todo estaba demasiado convulso, tanto en el reino como en sus vidas, como para detenerse a hablar de asuntos de ese calibre. Simplemente, compartían algunos besos y caricias cuidadosas cuando estaban a solas. Se soportaban un poco más en público también, pero no pensaban que alguien se hubiese dado cuenta de su acercamiento.
El terreno íntimo era muy limitado. Yami tenía miedo de sobrepasarse y que todo lo que había construido se desmoronara en un segundo, así que esperaba a ver los avances que Charlotte podía hacer por sí misma, aunque de momento no eran significantes. Pero eso estaba bien. Era la primera vez que sentía que alguien lo amaba de esa manera, así que no era necesario apresurar nada.
—¿Puedo darte un beso?
—¿Qué? —preguntó la mujer, clavándole los ojos azules con fastidio y él simplemente amplió su sonrisa, como si el gesto hubiese sido amigable—. No, estamos trabajando.
—Venga, solo uno. Y a trabajar sin descanso como te gusta.
Charlotte soltó los papeles, suspiró y lo miró. ¿Cómo iba a decirle que no? Le sonrió ligeramente y después se inclinó un poco, apoyando los antebrazos en el escritorio. Le hizo un gesto con el dedo para que se acercara y Yami no dudó un instante. Se levantó de la silla, adoptó casi la misma postura que tenía la mujer y la besó durante algunos segundos.
Cuando acabó, se sentó de nuevo y se quedó mirándola. Sonreía tranquila, sin alterarse con su presencia y él se sentía afortunado de que una mujer tan maravillosa hubiese posado sus ojos en alguien que solía ser repudiado por todos desde que llegó al Reino del Trébol.
Sí, sus idiotas le habían dado un hogar al que pertenecer, pero Charlotte le había enseñado que no necesitaba reclutar a nadie para ser amado. Que alguien también podía considerarlo como una persona más aun siendo noble, mujer, inalcanzable para él. Porque así la había visto siempre, pero ahora era real, era tangible. Sentía que podían ser mucho más en el futuro si estaban juntos. Pero para que ese escenario llegara algún día, primero debían resolver el problema que tenían a punto de explotar sobre sus manos y que se llamaba Dark Blood.
—¿Contento? —Yami asintió—. Bien, pues a trabajar.
El Capitán de los Toros Negros sacó entonces unos papeles arrugados de la funda de su grimorio, los estiró como pudo y los puso en el escritorio, justo enfrente de Charlotte. Ella los analizó sin saber muy bien de qué se trataba.
—Este es el registro de hombres delincuentes con cabello rojo y ojos verdes. Hay diez personas, pero yo no lo reconozco en ninguna de estas caras.
Charlotte fue pasando las hojas para ver si ella podía reconocer a aquel hombre que parecía estar tan obsesionado con ella. Era cierto, no estaba allí. No podría olvidar su rostro ni sus ojos destilando locura ni aunque quisiera.
—No, no está aquí.
—¿Quién será? Es como si hubiera aparecido de repente. Ninguna de las personas que lo han visto lo reconocen, pero te conoce y parece conocer el reino bien también. No entiendo nada…
—No creo que sea un delincuente sin más. Su cara… —dijo con voz trémula, sintiendo un ligero escalofrío recorriéndole la nuca. Podía hacerlo, pero le resultaba bastante difícil hablar de él— me resulta familiar. Lo he visto en alguna parte, pero no puedo recordar dónde.
—No será uno de esos nobles patéticos a los que rechazaste, ¿no? —dijo Yami en tono de broma, incluso riéndose, sin saber que había dado en el clavo de forma completamente azarosa.
Charlotte le sonrió con algo de sorna, pero al instante, la idea se asentó en su cabeza y logró tomar forma. Era una hipótesis bastante sólida en realidad y la que más sentido tenía de todas las que ella había logrado imaginar.
Yami observó su gesto pensativo y se puso algo serio.
—No podemos descartarlo…
Realmente, aquello explicaba muchas cosas. Podría ser que aquel hombre hubiese llevado al extremo el rechazo de Charlotte, se hubiese enceguecido con la idea de tenerla y todo hubiese desembocado en la espiral de locura y sinsentido que estaba viviendo el reino en esos tiempos.
—Pero tampoco averiguarlo. No creo que te acuerdes de todos los pretendientes que tuviste. Recuerdo que eran muchos.
—¿Lo… recuerdas? —preguntó Charlotte algo confundida.
—Sí. En esa época tenías una fila de hombres detrás que asustaba.
Charlotte se rio un poco, destensando el ambiente así también. Era cierto. Antes de cumplir los dieciocho años y de ser capitana, muchos hombres se le acercaban, pero ella los rechazaba a todos, muchas veces usando métodos no demasiado ortodoxos, aunque no se arrepentía. Nunca imaginó que eso hubiese sido observado desde el exterior también y mucho menos por Yami. En ese tiempo, ella lo consideraba como un hombre vulgar más al que no prestarle atención. Era muy curioso cómo todo cambió en solo unos segundos.
Cuando las zarzas la empezaron a ahogar, no se sintió demasiado abrumada. Estaba preparada para morir. De todas formas, ese era un buen final para su debilidad. Sin embargo, sentirse salvada, tener a alguien gritándole que podía confiar en los demás, que no estaba sola la despertó de su letargo para siempre.
Tras doce años, esa persona por fin la amaba. Y podía parecer que era muy fuerte, muy temperamental y fría, pero en realidad era frágil como los pétalos de las rosas de su magia y tenía miedo de que su carácter nunca lograra conquistar al único hombre del que había estado enamorada en toda su vida.
Así que decidió que debía moverse rápidamente. Si quería estar con Yami, debía averiguarlo todo, debía ser valiente y efectiva... y eso haría.
—Iré a hablar con mi padre. Tal vez él sepa algo.
Yami arqueó una ceja, algo contrariado. Desde la conversación en la que Charlotte le confesó que él la había salvado de su maldición, no le había hablado de sus padres. Nunca lo hacía y no quería preguntarle porque de aquel intercambio de palabras dedujo que no era un tema que le gustara tratar.
—Si descubres algo, cuéntamelo. Quiero que confíes en mí, ¿de acuerdo?
Charlotte accedió con un breve «sí», se levantó y Yami la imitó. Esta vez estaban en la base de los Toros Negros y, aunque Yami le decía continuamente que sus chicos eran idiotas, ella no estaba tan de acuerdo. La miraban mucho cuando estaba por allí, como si supieran que había algo fluyendo entre ambos capitanes, y eso la hacía sentir algo nerviosa.
—Te acompaño a la puerta.
La mujer asintió y ambos salieron del despacho de Yami despacio, bajaron las escaleras y, cuando estuvieron fuera del edificio, se quedaron mirándose. Tenían muchas ganas de besarse de nuevo, pero ese no era el momento ni el lugar, así que Yami simplemente le apartó un mechón de cabello dorado de la mejilla, posándolo detrás de su oreja, y le sonrió. Se despidieron y se quedó observando como se marchaba con su escoba.
Tenían muchas cosas que resolver y muchos aspectos en los que avanzar, pero Yami sintió por primera vez en mucho tiempo que su vida se comenzaba a encauzar de nuevo.
Justo al llegar y entrar a la que fue su casa durante su niñez y casi toda su adolescencia, a Charlotte comenzó a dolerle la cabeza. Cuántas prisas, agobio, tensiones y presiones había allí. Empezando por Ethera, la persona que la había criado y que siempre le reprochaba que no fuera a visitarlos y que no se cansaba de decirle lo guapa que estaba cada vez que la veía. Esa, en realidad, era la parte buena.
Después, aparecía su madre con cualquier historia absurda para atosigarla. Y, claro, en esa ocasión no iba a ser diferente.
—Charlotte, menos mal que has venido. Ya casi no me acordaba de tu cara. ¿Es que no puedes sacar un rato para tus padres? No puede ser que haya tenido una hija para esto, de verdad. Te he visto apenas una vez en los últimos seis meses.
—He venido a hablar con papá. ¿Dónde está?
—Pero bueno, ¿es que ni siquiera te intereso ni un poco o qué? —dijo con una voz chillona e indignada.
—Estoy ocupada con el trabajo, ya lo sabes.
—¿Solo vienes a ver a tu padre por temas de trabajo?
—Sí —afirmó la mujer con voz neutra.
—Está bien, pero antes quiero hablar contigo. ¿Quieres té?
—Mamá, tengo prisa —aseguró Charlotte, mirando a su madre directamente por primera vez desde que había entrado en la casa.
—Es que hay alguien que quiere conocerte. Es muy guapo, de tu edad y noble. Ya va siendo hora de que sientes cabeza, ¿no crees?
—No tengo tiempo ni ganas de escuchar sobre él.
—Nunca lo tienes.
—El día que me presentes a una mujer, tal vez me lo piense.
—Charlotte, esto es serio. No quiero que estés sola para siempre.
—Yo… —dijo mientras pensaba en la forma en la que Yami le había acariciado sutilmente la mejilla durante su despedida— no estoy sola, mamá.
No dijo nada más y su madre tampoco fue capaz de contestarle. Estaba rara desde hacía mucho tiempo, como si estuviera hueca y le faltara algo, pero, mientras decía que no estaba sola, sus ojos brillaron como nunca antes lo habían hecho en su presencia.
Charlotte se dirigió hacia el despacho de su padre sin que su madre le dijera dónde estaba, porque estaba casi segura de que se encontraría allí como solía hacer.
En efecto, después de llegar y tocar a la puerta, pudo pasar.
Aquel hombre siempre había sido para ella una figura distante, inalcanzable y fría. Sabía que una pequeña parte de su carácter era su herencia, pero no creía que fueran del mismo modo. Nunca se habían llevado especialmente bien, pero al menos no era tan insistente con temas que no le importaban como sí que lo era su madre.
—Charlotte, es raro verte por aquí —comentó su padre sin levantar siquiera sus ojos azules de los documentos que yacían sobre la mesa.
—Necesito preguntarte algo —Ante el asentimiento del hombre, continuó hablando—. ¿Sabes de algún noble de esta zona que haya desaparecido? Alguien de mi edad o algo mayor, con cabello rojizo y ojos verdes.
El hombre la miró repentinamente, como si por fin le interesara lo que había dicho.
—¿Te refieres al chico de los Herzog? No recuerdo bien su nombre, pero la descripción es exacta y hace más de diez años que no se le ha visto por aquí.
—Podría ser… Gracias. Creo que la información me será bastante útil.
Charlotte se despidió de su padre con un breve asentimiento de cabeza, salió de su despacho, soportó un poco más las insistencias de su madre y finalmente se fue a su base sin abandonar la idea de que necesitaba hacerle una visita al Rey Mago.
El humo del cigarro le llegó tan abundantemente a las fosas nasales que le dieron ganas incluso de vomitar. Desde hacía muchísimos años, no soportaba el olor o ver un simple cigarro cerca. Desde que lo conoció y supo que Charlotte estaba enamorada de él, más bien.
—No fumes aquí —ordenó con tono de voz demandante.
La mujer, desnuda y tumbada bocabajo en la cama y a su lado, se rio con burla. Le encantaba molestarlo porque sabía que, hiciera lo que hiciera, la necesitaba, así que no podía deshacerse de ella.
—No te puedes imaginar lo bien que sienta un cigarro después de hacerlo. ¿No quieres probar? —preguntó mientras le ponía el cigarro en la cara.
Él, como si aquel artefacto no pudiera producirle una severa quemadura, se lo quitó, lo aplastó y lo tiró al suelo.
—No te lo voy a repetir de nuevo: no fumes aquí.
—Oh, ese era el último que tenía.
—Me alegro —dijo mientras se llevaba el antebrazo a la frente y componía un gesto de ligera molestia.
Aurora se percató rápido de su malestar. Sus migrañas empeoraban cada vez más. Eran más largas, más frecuentes y más intensas. Ella sabía bien el motivo, pero no lo diría. Pronunciar el nombre de esa mujer no era de su agrado.
Era una científica brillante, que podría haber trabajado incluso para los altos cargos del reino, pero su vida era tan monótona y aburrida que necesitaba un cambio. Y ese cambio no fue para bien.
Hacía cinco años que conocía a Niels Herzog. La primera vez que lo vio supo que lo seguiría adonde fuera, adonde quisiera. Él quería reclutarla y no hizo falta que la convenciera en absoluto. Lo siguió sin preguntar nada, sin saber cuáles serían sus planes o sus ambiciones; solo porque sintió que aquellos ojos verdes marcarían su destino para siempre.
Su crecimiento como científica había sido increíble. En pocos años, había sido capaz de desarrollar tecnologías que hubiesen sido magníficas para el Reino del Trébol, pero que cayeron en malas manos desafortunadamente.
—¿Te duele la cabeza otra vez?
—Sí.
—¿Quieres que te masajee las sienes? Siempre te suele venir bien.
Niels se quitó el brazo de encima, abrió los ojos y la miró. Aurora era realmente una belleza. Su pelo era rizado, larguísimo y de color negro. Tenía un rostro suave, algo redondo y unos ojos de color morado muy bonitos. Si tan solo ella hubiese aparecido en su vida antes que Charlotte, tal vez lo habría salvado de sí mismo.
—No.
Aurora se tumbó bocarriba para no tener que mirarlo. Era insoportable cuando se ponía en ese plan de negar todo tipo de ayuda. Y aun así, con todos sus defectos, con su indiferencia y sus desplantes, lo amaba. No sabía por qué y a veces consideraba ese sentimiento más como una maldición que como algo positivo, pero no podía luchar contra las emociones que su corazón albergaba.
—Seguro que te encantaría que otra estuviera aquí para atenderte. Una pena que te tengas que conformar conmigo.
No estaba en sus planes en absoluto decir algo como eso, pero los reproches, ante la falta de cariño de Niels, le salían solos. Antes de poder añadir algo más, el hombre se movió rápidamente, se sentó a horcajadas sobre ella y presionó su cuello con las dos manos mientras veía sus ojos ligeramente desencajados y sentía sus uñas clavándose sobre sus dedos para que la soltara.
—No tienes derecho a mencionarla. Vuelve a decir algo más de ella delante de mí y te juro que te mataré.
Niels soltó el agarre y se levantó con furia para comenzar a vestirse y marcharse. Aurora se sentó en la cama mientras se agarraba el cuello y tosía con insistencia. Habían sido poco tiempo, pero había sido tan intenso que sintió que si seguía presionando su garganta unos segundos más, realmente moriría.
—Sabes que no puedes deshacerte de mí. El laboratorio no funcionaría y tus planes se irían a la mierda.
—¿Y qué te hace pensar que cuando Charlotte sea mía no te mataré? Solo eres una herramienta, que no se te olvide.
Niels acabó de vestirse y salió de la habitación, mientras la chica volvió a tumbarse en la cama, respirando de forma agitada. Era más que consciente que no tenía sentido seguir a su lado, pero estaba tan enganchada a su influencia que era evidente que no podría escapar de allí jamás, aun sabiendo que si cumplía sus objetivos, dejaría de necesitarla para siempre.
Grey caminaba algo deprisa por las calles de la capital. Le gustaba mucho disfrutar del paisaje así que solía ir y volver a la base a pie. Por fin podía salir sola, sin que nadie tuviese que acompañarla a todos lados y eso era un gran avance para ella.
Ese día había ido a visitar a Marie. Gauche se la había presentado hacía más de un año y le encantaba pasar tiempo con la chica, que también la adoraba. Y, aunque Gauche no quisiera admitirlo, sabía que a él también le gustaba que se llevaran tan bien.
Llevaba algunos días pensando en la conversación que había tenido con Asta. Quería ser egoísta, tal y como el joven le había dicho. Solo así podría ser capaz de decir lo que quería, lo que sentía y liberarse. Además, sabía que si Gauche no la correspondía, no se alejaría de ella. El hecho de que Asta, que era más joven y aparentemente más inmaduro también, no lo hubiese hecho con Noelle le daba esperanzas.
No era justo seguir así. No lo era ni para él ni para ella misma. Así que se decidió. Esa noche, lo llevaría a algún sitio cercano a la base en el que pudieran estar solos y se lo contaría todo. Tenía tanto miedo que las piernas le temblaban un poco cuando lo pensaba, pero no podía ni quería posponer el momento más.
Miró al cielo y aceleró el paso. Pronto sería de noche y tenía que atravesar aún el bosque que separaba la ciudad de la base y que era bastante grande. Solo le había dicho a Vanessa que se iba, porque sabía que si Gauche se enteraba de que iba a ver a Marie, de que iba a ir sola o de las dos, la acompañaría y no quería. Quería estar tranquila antes de decirle la verdad y pensar, meditar muy bien lo que le diría y cómo se lo diría. Y con él al lado durante todo el día poco podría hacer.
Se adentró al bosque y comenzó a caminar con paso ligero. Había hecho ese camino tantas veces y le era tan familiar que no le daba miedo. Sin embargo, repentinamente sintió una rama quebrándose justo detrás de ella y se asustó. Se dio la vuelta con velocidad y suspiró de alivio cuando vio a una ardilla pequeña detrás de ella. Le sonrió e incluso la saludó. Se giró para seguir su camino a casa, pero, cuando vio a un hombre encapuchado enfrente, el corazón casi se le detuvo de golpe. Quiso escapar, pero al siguiente segundo, ya estaba detrás suya, sujetándole un brazo mientras lo flexionaba contra su espalda y con una jeringuilla en su cuello.
—Te vas a venir conmigo, preciosa.
Mirar las estrellas nunca le había parecido interesante, pero suponía que su vida había cambiado mucho últimamente. Tampoco le gustaba observar el atardecer y lo hacía asiduamente desde que tenía mucho que pensar.
Probablemente, esos ratos de soledad lo ayudaban a no ahogarse entre los murmullos de su cerebro. Si tuviera un solo momento de paz, tal vez no se sentiría tan agobiado. Pero estaba la guerra, las luchas, sus responsabilidades como vicecapitán… Noelle.
No podía catalogarlo como un problema, pero sí como una preocupación. Aunque hablarlo con Grey le había gustado y, en cierto modo, lo había ayudado a liberarse, no podía dejar de darle vueltas al asunto. Necesitaba respirar, necesitaba paz mental, pero últimamente no la lograba encontrar.
Podría sonar egoísta, pero no podía aclarar sus pensamientos ahora que Noelle pasaba más tiempo en la base. No le molestaba ni nada por el estilo, pero le resultaba difícil la situación si la veía tanto. Lo que más lo desconcertaba era que, cuando veía sus ojos o la veía riéndose o incluso indignándose mientras decía que era de la realeza, sentía el corazón estrujándosele y una imperiosa necesidad de clavarse las uñas en el pecho para que detuviera ese latir tan descompensado e inusual.
Suspiró y miró hacia el cielo. ¿Qué debía hacer? Se había propuesto acercarse más a ella, pero le costaba mucho. Y Noelle, además, parecía estar haciendo un esfuerzo gigante para comportarse como si no hubiese ocurrido nada entre ellos. No sabía si aquello lo tranquilizaba o lo asustaba, si era sincero.
Escuchó algunos pasos detrás de él. Pronto, Noelle llegó a su lado, aunque, al haber sentido su ki aproximándose, ya sabía que se acercaba.
—Me encanta la forma en la que brillan las estrellas aquí. En la capital, la potencia de las luces lo opaca todo.
—Nunca me había parado a pensarlo, pero supongo que tienes razón —indicó Asta mientras sonreía con nostalgia.
—¿Te pasa algo?
Asta giró la cabeza y la miró entre la penumbra de la noche. Sus ojos reflejaban algo de preocupación y no podía permitir que ese sentimiento lo trasluciera su mirada a causa de él. No después de saber que, indirectamente y sin que pudiera remediarlo, su desamor había sido motivo de su sufrimiento por mucho tiempo.
Sonrió de aquella forma tan amplia en la que lo hacía cuando era feliz, mostrando los dientes y cerrando los ojos y a Noelle le pareció que el tiempo se detenía ante aquella explosión de verdad. Miró al cielo para intentar que aquella sensación desapareciera. Tras unos instantes de silencio, volvió a hablar.
—Mirar las estrellas me hace pensar en mi madre. No sé por qué, pero me pasa desde que era pequeña. Quizás es porque son tan lejanas como a veces la siento a ella.
Nunca entendió por qué lo hizo, pero Asta, al escuchar aquellas palabras y la forma tan cruda y directa en la que Noelle se desgarraba para contarle algo tan personal, llevó su mano hacia la de la chica y la estrechó con cariño. Noelle, como acto reflejo, miró las manos entrelazadas, dándose cuenta de que Asta ni siquiera había posado sus ojos sobre ella, así que se limitó a mirar al cielo también.
—Cuando te sientas sola, solo tienes que pensar que aquellos a quienes echas de menos te siguen mirando. Creo firmemente que eso es real.
La joven, con pequeñas lágrimas en los ojos que no dejó caer, asintió y afianzó el agarre de las manos con un pequeño apretón.
Tras ese día, mirar las estrellas le supondría acordarse no solo de una, sino de las dos personas más especiales e importantes de su vida.
Noelle y Asta entraron en la base minutos después. Ambos, algo avergonzados, no entendían demasiado bien lo que acababa de suceder, pero el pensamiento de que había sido algo extremadamente emotivo y significativo sí que lo tenían claro en sus mentes.
Se sentaron en el sofá, dejando atrás la incomodidad que el momento podría haber propiciado, y se unieron a los demás, que charlaban mientras comían. Incluso Yami estaba con ellos y eso era realmente difícil últimamente.
Gauche bajó las escaleras mientras se rascaba la nuca para unírseles. Al echar un vistazo al grupo, se digirió a ellos en un tono de voz bastante alto para que pudieran escucharlo.
—¿Sabéis dónde está Grey?
—Pensaba que estabais los dos fuera —apuntó Vanessa, que había visto a Grey yéndose aquella tarde.
—No, yo no he salido de la base en todo el día.
—Me dijo que se iba, así que supuse que sería contigo. No suele salir sola.
—Está tardando mucho…
Gauche se fue acercando poco a poco al sofá, pero se detuvo a medio camino al ver una nota en el suelo, cerca de la puerta. Cogió el papel, lo desplegó y palideció al leer su contenido: «tenemos a tu chica de cabello azul, Capitán Yami Sukehiro. Si quieres recuperarla, ven al lugar en el que nos vimos la última vez».
Continuará...
Nota de la autora:
Las casualidades existen, pero que Grey apareciera en el capítulo anterior y su conversación con Asta no lo fue. Y tendrá un papel significativo para su desarrollo, aunque no puedo decir más.
Entre Yami y Charlotte todo es demasiado bonito, pero no sé si seguirá siendo así para siempre... Lo tendréis que descubrir leyendo.
El nombre del líder de Dark Blood ya ha sido revelado y podría decir que he tardado para darle misterio y eso, pero en realidad ha sido porque no me gustaba ninguno hasta que he encontrado el de Niels jajaja.
No he hecho mucha edición, pero es que mañana no puedo publicar, así que ya lo revisaré cuando tenga más tiempo. No tengáis demasiado en cuenta los errores, porfa.
Espero que hayáis disfrutado el capítulo. ¡Nos vemos pronto!
