«—[...], ¿sabe cuál es el único modo de medir cuánto se ama a alguien?

—No.

—Perdiendo a esa persona.»

La verdad sobre el caso Harry Quebert, Joël Dicker.


-Malditos-

Capítulo 11. La dificultad del amor


Se quedó, por un breve momento, con la mente completamente en blanco. Pensó que se echaría a correr hasta que las piernas se le desintegraran o que, por el contrario, perdería todas las fuerzas en ese preciso instante y se desmayaría.

Cuando recobró la consciencia de lo que estaba sucediendo y la realidad de las palabras que acababa de leer, arrugó el papel con más fuerza de la necesaria para lograr su objetivo, apretó los dientes sin darse cuenta y compuso la mirada más sombría y aterradora que nadie jamás había presenciado de su parte. Se dirigió hacia la puerta a paso ligero y desesperado, la abrió y, justo cuando iba a salir lo más deprisa que pudiera a por su escoba, sintió una mano en su hombro deteniéndolo.

Sabía quién era, así que se giró de forma instantánea con furia desmedida impregnada en cada uno de sus gestos y, sobre todo, en sus ojos, los cuales Yami nunca había visto tan nerviosos, enfadados y asustados. Gauche, por primera vez en muchos años, tenía miedo. Miedo de perder una de las únicas personas que hacían que su vida fuera un remanso de tranquilidad.

—Chico, ¿qué pasa? —preguntó Yami con tono conciliador pero de alerta. Después, fijó su vista en el puño apretado de Gauche, en el que sabía que se encontraba una nota—. ¿Qué pone en ese papel?

—Se han llevado a Grey —masculló el joven mientras arrastraba las palabras y apretaba los dientes.

Yami abrió los ojos con desmesura, quitó su mano del hombro de Gauche y la colocó enfrente de su cara para que le diera la nota. Él lo hizo. Intentó estirar un poco el papel, que no había quedado en las mejores condiciones, y leyó lo que ponía una y otra vez mientras miraba absorto la tinta que impregnaba la superficie. En ese momento, Gauche aprovechó para intentar marcharse por fin, pero su capitán volvió a impedírselo.

Esta vez, el agarre fue mucho más fuerte e incluso le pegó un ligero tirón del hombro para adentrarlo en la base. Cerró la puerta y se quedó mirándolo fijamente y de forma seria.

—Siéntate.

—¿Cómo que me siente? ¿Me vas a salir con una gilipollez como que me debo calmar o algo así? ¿No sabes leer? ¡Se han llevado a Grey!

Los susurros entre los demás miembros de los Toros Negros comenzaron a resonar en la estancia. Vanessa apretó sus manos en un vano intento por tranquilizarse, pero no lo consiguió. Pensó en decir algo, pero tampoco le salieron las palabras del cuerpo. En primer lugar, por la preocupación por el estado de su amiga —a la que casi consideraba como una hermana— y también por la tensión que aplastaba el ambiente.

—Sé dónde está Grey.

—Pues vamos a buscarla. ¿A qué estamos esperando?

—No podemos ir todos. Tal y como están las cosas, la base no puede quedarse vacía y mucho menos sin el capitán y el vicecapitán aquí. Asta, te quedarás al mando.

Asta se levantó para hablar con firmeza y seriedad.

—Capitán Yami, me gustaría ser parte del equipo que vaya a por Grey. Se lo debo…

La última frase la pronunció mucho más bajo que la primera, que había estado llena de resolución y determinación. Grey había abierto su corazón ante él, le había dado buenos consejos que habían logrado que pensara, que se planteara lo que sentía, lo que estaba dispuesto a vivir y su futuro entero. Debía devolverla a casa sana y salva para que ella también alcanzara sus metas y los logros que tenía en mente para ser feliz; logros que ella misma le había transmitido con una confianza abismal y nada habitual viniendo de alguien tan tímida.

Noelle, por su parte, miró a Asta con preocupación y algo de desasosiego. También, sin entender qué le debía Grey, pero eso ahora no era realmente relevante. Se levantó y expresó lo mismo que su excompañero, que también quería ser parte de la misión de rescate de la chica.

Yami suspiró y se dirigió hacia un mueble en el que guardaba unos folios y algunos lápices. Los sacó del segundo cajón y comenzó a trazar algunas líneas y a esbozar lo que parecía un mapa. Sabía bien que él era su objetivo —lo ponía de forma explícita en la carta— y, aunque no le gustaba no enfrentar sus problemas, aquella situación sería una buena distracción. Tenía la hipótesis de que el líder de Dark Blood no los confrontaría directamente cuando viera que no estaba allí y estaba tranquilo, ya que confiaba plenamente en la fuerza y capacidades de sus chicos.

Cuando el mapa del lugar estuvo listo, se lo entregó a Noelle, que se quedó algo sorprendida por el gesto del que, aun habiendo abandonado los Toros Negros hacía meses, seguía considerando como su capitán.

—Asta, Noelle, Gauche y Finral se encargarán de traer a Grey de vuelta. El sitio está en una zona montañosa llena de cuevas que servía a Dark Blood como laboratorio para desarrollar herramientas. Lo sé porque tuve un encontronazo con su líder justo allí. Es tarde y el viaje dura horas. Como Finral nunca ha estado en el lugar, tendréis que ir como podáis, pero parareis a dormir a medio camino, aunque sea hasta que amanezca. No quiero ni una sola improvisación.

—No podemos permitirnos parar a descansar —indicó Gauche, mirando a su capitán con un gesto de incomprensión y rabia.

—Gauche, si no pretendes obedecerme, no formarás parte de la misión. Si me entero de que incumples mis directrices o las de Asta, me encargaré de que estés sin ver a tu hermana un buen tiempo.

Yami no se achantó por la mirada de odio que el joven le dedicó. Sabía que estaba siendo cruel, pero consideraba que esos pasos eran los mejores y más necesarios para traer a Grey de la forma más rápida y eficaz posible. Si Gauche se precipitaba, enceguecido por la ira, podía ser un problema grande. De por sí, no sabía muy bien combatir en equipo y si no tenía sus capacidades lo más lúcidas posible, todo acabaría muy mal. No se podía permitir que nadie de su escuadrón, de su familia, resultara herido. Solo esperaba que Grey hubiera sufrido el mínimo daño posible.

Gauche apretó uno de sus puños con fuerza, pero finalmente cedió. No podía entretenerse en discusiones sin sentido porque lo único que su mente quería era volver a ver a Grey, sus sonrojos adorables y su sonrisa cálida. Y lo haría. Costase lo que costase, lo haría.

—Seguiré las órdenes, capitán.

—Bien —dijo Yami mientras sonreía tenuemente—. Asta, estás al mando; Noelle, te encargo el mapa; Gauche, sé prudente; Finral, trae a Grey lo más rápido posible a casa.

—¡Sí! —gritaron todos al unísono.

—Y lo más importante: demostradles a esos tipos cuál es el lema de los Toros Negros. Suerte.

Los chicos asintieron y partieron rápidamente, dejando la base revolucionada, inquieta, pero confiada de que todo saldría bien.


Asta encendió una hoguera no sin dificultad. En esos momentos, echaba de menos a Magna y su magia de fuego. En fin, debían apañarse como pudieran. A unos metros, Finral y Gauche se peleaban mientras colocaban las tiendas de campaña que tenían. Bueno, más bien Gauche gritaba mientras Finral sonreía incómodamente y agitaba las manos de vez en cuando.

Sonrió durante unos segundos mientras los observaba, pero un semblante serio se acopló enseguida de nuevo en su rostro. Gauche estaba más irritable de lo habitual y podía comprenderlo. Grey era su compañera y, en consecuencia, le importaba, pero se imaginaba que a Noelle le sucediera algo así y le hervía la sangre. Era completamente normal que estuviera fuera de sí… Aunque, un momento, ¿por qué comparaba la situación? ¿Por qué, de forma natural, su subconsciente lo llevaba a pensar en ese escenario?

Se removió un poco el cabello gris mientras negaba con la cabeza. No era momento de pensar en eso, simplemente se tenía que centrar en la misión y en su rol como vicecapitán al mando. Solo eso. Solo en Grey, en la misión, en su liderazgo, en que todo saliera bien. No en Noelle ni en el absurdo sentimiento que le oprimía el pecho cada vez que la veía o la escuchaba hablar y que no comprendía bien. Pero claro, era difícil ignorar aquellas emociones si la menor de los Silva estaba justo siendo parte de la misión.

En ese preciso momento, la chica se acercó con algunas provisiones para calentarlas en el fuego y que así pudieran reponer fuerzas. Con la noticia del secuestro de Grey, la cena se había quedado a medias. Llamó a Finral y a Gauche, que se sentaron a su lado rápidamente, aunque el último a regañadientes y con cara de pocos amigos.

Finral, Asta y Noelle comenzaron a comer mientras tenían una charla distendida e incluso se reían. Gauche, sin embargo, miraba al suelo casi sin parpadear y no probó nada de lo que sus compañeros cocinaron. Las risas, en cierto momento, empezaron a molestarlo y, como él no era alguien que se callara lo que pensaba, terminó explotando.

—¿Tenéis motivos para estar tan felices? Porque yo no.

Los demás se quedaron en completo silencio y lo miraron mientras alzaba el rostro y los retaba con sus ojos desafiantes.

—Gauche-senpai, nosotros…

—¿Vosotros qué? Deberíamos estar de camino para salvar a Grey y no aquí haciendo el imbécil. No puedo creer que alguien como tú tenga que estar al mando —espetó mientras se levantaba.

Asta no tuvo en cuenta ni sus palabras ni el tono que utilizó para pronunciarlas, porque comprendía la situación. Quería tranquilizarlo en la medida que fuera posible, así que lo imitó, levantándose y poniéndose justo enfrente.

—Sé que estás preocupado y nosotros también lo estamos. Intentamos relajarnos para estar más concentrados. Estoy seguro de que Grey está bien.

—No lo sabes. No tienes ni puta idea de en qué condiciones está. Ninguno lo sabemos, pero aquí estamos sentados, haciendo hogueras y montando tiendas de campaña como si estuviéramos de acampada.

—Oye, Gauche —replicó Finral con tono suave—, te entendemos, pero no podemos…

—¡No me entendéis, joder! —Gauche agarró su camiseta con su mano derecha y la apretó en su puño con fuerza—. Yo… no he podido decírselo todavía…

Ninguno de los tres supo qué responder. Asta miró hacia abajo, algo decaído. Era verdad, ellos estaban preocupados, pero no podían entenderlo. No podían comprender todos los sentimientos negativos que debían pasar por la mente de Gauche ni tampoco la frustración que debía sentir cada vez que pensaba que había una ligera posibilidad de que jamás le confesase a Grey que la quería. Porque sí, su compañero no lo había dicho explícitamente, pero no le quedaba ninguna duda de que estaba enamorado de la chica de cabello azul, mucho menos después de aquel discurso y de observar directamente su actitud ante el hecho de que hubiera sido capturada.

—Lo siento, Gauche-senpai. Tienes razón.

—Da igual —dijo el joven mientras se daba la vuelta, un poco más calmado, y se dirigía hacia una de las tiendas de campaña que habían instalado—. Me voy a… dormir…

Finral decidió que haría lo mismo y Asta volvió a sentarse junto a Noelle alrededor de la hoguera. Permanecieron en silencio durante muchos minutos, ambos pensando en que habían sido muy injustos con Gauche. Sabían que probablemente no pegaría un ojo en toda la noche, pero al menos estar tumbado lo ayudaría a pensar, a analizar la situación y a estar algo más sereno a la hora de atacar.

Noelle suspiró y posó sus ojos en Asta, que miraba el crepitar del fuego con los ojos perdidos.

—Yo también me siento fatal…

Asta, tras escucharla hablando, giró su cabeza para poder verla. La luz de las llamas solo iluminaba una parte de su rostro, pero, aun en la oscuridad de la noche, podía reconocer con claridad el brillo de complicidad en sus ojos, ese que pensaba que se había perdido hacía mucho tiempo. Estaba preocupada, nerviosa y triste, pero también se sentía en paz porque estaba en su compañía.

—Creo que no hemos estado demasiado acertados.

—Ya, pero… es normal. Es decir, la mente intenta distraerse ante situaciones de mucho estrés —apuntó Noelle con una sonrisa tenue adornando sus labios.

Su objetivo era que Asta se sintiera mejor y lo logró, pues le devolvió la sonrisa enseguida.

—Sí… Pero en serio que creo que Grey está bien.

—Sí… —susurró Noelle—. Tengo un poco de miedo por lo que pueda pasarle, la verdad. ¿Te acuerdas de aquella misión que el Capitán Yami hizo con la Capitana Charlotte cuando todo esto comenzó? Ella salió bastante herida y es muy fuerte. Espero que Grey…

—Ey —dijo Asta mientras llevaba su mano derecha hacia la mano de Noelle y la apretaba con afecto—, todo va a salir bien.

—Eso espero…

Asta se acercó un poco más, hasta apoyar su frente en la de la chica mientras mantenía los ojos cerrados. Ella, por su parte, sintió el corazón tan acelerado que pensaba que Asta se iba a dar cuenta de su ritmo desbocado. Sonrió y afianzó el agarre de sus manos.

—Te prometo que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que esto acabe pronto y bien.

Noelle asintió y se quedaron así durante algunos segundos más; con las frentes juntas y las manos entrelazadas, sintiendo que podrían pasar mil años, pero ese momento siempre se quedaría grabado a fuego en sus memorias.

Claro que pronto la vergüenza se coló entre ambos —justo después de abrir los ojos y mirarse, concretamente— y se separaron también con presteza. Noelle se levantó y dijo de forma apurada y casi atropellada que se iba a dormir porque tenían poco tiempo para descansar y era importante para la misión.

Asta simplemente le deseó buenas noches y la vio alejándose y después entrando en su tienda de campaña. La sensación de que cuando estaba alejado de Noelle se sentía vacío volvió a pulular en su cerebro, haciendo que la maraña de sentimientos confusos que su corazón cobijaba se agrandara aún más.


El amanecer llegó pronto, aunque ninguno de los cuatro miembros que conformaban la misión de rescate había dormido demasiado. Gauche fue el primero en salir de la tienda de campaña. Por suerte para los demás, salieron justo después que él con todo listo para marcharse, porque, de lo contrario, estaban seguros de que el chico habría entrado a patearles el trasero tienda por tienda. Pero no hizo falta. Todos conocían la gravedad del asunto y la rapidez que precisaba, así que, sin casi mediar palabra, recogieron todo rápidamente y se fueron hacia su destino, siguiendo siempre las indicaciones de Noelle.

En unas dos horas llegaron. Asta explicó el plan que tenía, que consistía en ir analizando la situación con cautela y moverse despacio, pero no convenció demasiado a uno de los integrantes del grupo.

—No tenemos tiempo para ser cuidadosos.

—Gauche-senpai…

—Asta —lo interrumpió con la voz algo temblorosa—, por favor…

Asta asintió con decisión. Entrarían con todo. Al fin y al cabo, eran los Toros Negros, ¿no? No se caracterizaban precisamente por ser cautelosos, sino por ser impulsivos, caóticos y demasiado enérgicos. Yami les había dicho que debían demostrar el lema y los principios de la orden y así lo harían.

Justo como tenían calculado, los estaban esperando en la entrada. Avanzar hacia el interior de la cueva no fue difícil. Los oponentes no eran de gran nivel, así que los noquearon con relativa rapidez.

A llegar a la sala que parecía un laboratorio, empezó el gran problema. Había bastantes enemigos y más fuertes que los anteriores.

Sin embargo, lo que verdaderamente alarmó a todos fue ver a Grey. Estaba colgada en el centro de la habitación, con las manos atadas y parecía que inconsciente. La ropa que cubría la parte superior de su cuerpo estaba rasgada y se entreveía su ropa interior. Sus muñecas estaban amoratadas y su cara bastante magullada. El manto de los Toros Negros que le pertenecía estaba en el suelo, hecho jirones.

La primera reacción de Asta fue mirar a Gauche. Ver a Grey así podría hacer que se precipitara, atacara en solitario y aquello desembocara en una situación mucho peor. Lo observó entonces con detenimiento. Tenía los dientes y los puños apretados y los ojos clavados en Grey. Claramente, estaba furioso y era más que comprensible.

De repente, lo miró. Se quitó el cabello del ojo que siempre tapaba y le habló.

—¡Asta, mírame!

Noelle y Finral, siendo conscientes de la buena idea de tener a muchos Astas luchando a su lado, se unieron al combate, que no duró mucho más a partir de ese momento.

Cuando todos los enemigos fueron derrotados, Asta lanzó su espada para cortar las cuerdas que sujetaban a Grey y Finral creó un portal que la llevó directa a los brazos de Gauche, que se sentó en el suelo mientras la sostenía. Se quitó su manto para poder taparle la parte superior de su cuerpo.

La chica comenzó a abrir los ojos lentamente. Le pesaban, le dolía la mejilla y las muñecas, pero, al ver a Gauche allí, supo que todo había terminado. Sujetó como pudo su camiseta con la mano derecha y cerró los ojos, apoyándose en su pecho.

—Grey, ¿estás bien? —Ella asintió—. ¿Te han… hecho algo?

Sabiendo bien a lo que se refería, la joven se apresuró a contestar para no preocuparle de más.

—No… pero… estoy muy asustada, Gauche-kun…

Gauche se aferró a su cuerpo con anhelo, le besó la frente y después susurró unas palabras llenas de afecto y que nunca habría dicho delante de sus compañeros si la situación fuera distinta.

—No te preocupes. Estoy aquí, contigo. Nunca voy a dejar que te suceda algo así de nuevo.

Grey asintió y escondió aún más su rostro en su pecho mientras liberaba algunas lágrimas de alivio.

Finral creó el portal, Gauche se dio cuenta y lo cruzaron para dejar a Grey en su habitación. La noticia se esparció rápido por toda la base, todos los Toros Negros se sintieron más que felices y Noelle decidió que era momento de marcharse. De todas formas, a Grey no podrían verla durante unos días, así que no tenía sentido permanecer allí más tiempo.

—Bueno, me tengo que ir.

—¿Ya te vas? —preguntó Asta, algo decepcionado.

—Sí, seguro que mi hermano Nozel se estará preguntando dónde estoy.

—¿Quieres que te acompañe?

Noelle asintió con alegría. Estaba feliz por el éxito de la misión, porque Grey, aunque estaba algo herida, estaba ahora a salvo y porque no podía creer que ella y Asta estaban haciendo algunos avances con respecto a su situación. Eran pequeños, dispersos y no quería hacerse demasiadas ilusiones para luego sentirse defraudada, pero no lo podía evitar.

Cuando llegaron a la base de las Águilas Plateadas, se quedaron uno frente al otro, en silencio. Noelle iba a despedirse definitivamente, pero, antes de que pudiera siquiera abrir la boca para articular las palabras que quería decir, Asta la abrazó con fuerza.

Al principio, se sorprendió y mucho, pero pronto le devolvió el abrazo mientras sonreía contra su hombro.

—Bien, me voy. Muchas gracias por ayudarnos, Noelle —profirió Asta a toda velocidad, mientras cortaba el abrazo y sujetaba sus hombros—. Pues eso, me voy —repitió de forma nerviosa y Noelle no pudo hacer otra cosa que reírse levemente.

Finalmente, la vicecapitana de las Águilas Plateadas vio al chico partir y se adentró al edificio, sin ser consciente de que alguien había visto cómo se desarrollaba aquella escena en su totalidad.


Charlotte fue conducida por Marx a través uno de los pasillos del Palacio Real hasta el despacho del mismísimo Rey Mago. Su investigación continuaba y necesitaba hablar con el máximo mandatario del Reino del Trébol para confirmar algunos detalles y aclarar otros.

Tenía cita, por supuesto. Era alguien demasiado cuadriculada y responsable y jamás se le ocurriría plantarse allí sin avisar y molestar a alguien tan ocupado como Julius Novachrono. Sabía de otra persona que improvisaba mucho y a quien Julius tenía que aguantar de forma recurrente. Sonrió frente a la puerta mientras imaginaba a Yami irrumpiendo en la sala con Marx insistiendo en que no podía pasar.

De todas formas, no era momento de pensar en eso, así que se centró en su cometido y en el motivo por el que estaba ahí.

—Bien, Capitana Charlotte. El Rey Mago la está esperando dentro. No es necesario que llame a la puerta.

—Gracias Marx.

Charlotte se adentró en la sala, aunque sí tocó primero. El protocolo existía por algo y no podía imaginarse entrando sin permiso.

—Pasa, pasa, Charlotte. ¿Cómo estás?

La mujer cerró la puerta y se acercó hasta el escritorio de Julius. Él estaba sentado en una silla y la miraba mientras le sonreía.

—Bien. Gracias por recibirme.

—Es un placer. Siéntate, por favor.

Charlotte asintió y después se sentó. No quería dar muchas vueltas al asunto ni posponer la conversación que quería tener con charlas triviales e informales que no la llevarían a nada, así que simplemente se dispuso a preguntar lo que quería.

—Verá, he venido a verlo porque necesito hacer una consulta —Julius simplemente alzó una ceja, dándole pie a que continuara hablando—. Necesito saber si el hijo de una casa noble, los Herzog, está en paradero desconocido.

Julius sonrió y se dispuso a mirar algunos archivos que estaban guardados en los cajones de su escritorio. Sacó un tomo de proporciones bastante considerables y lo posó sobre la mesa, provocando cierto ruido por el peso. En unos minutos, leyó algunos párrafos y cerró el libro.

—Parece que ese chico, que se llama Niels, por cierto, desapareció hace unos doce años. Su padre lo desheredó por no encontrar esposa y simplemente se esfumó. Aunque, casualmente, a Herzog le robaron dos meses después una más que cuantiosa cantidad de dinero.

Charlotte frunció el ceño y posó la barbilla en su mano. Julius la miró. Aquella mujer era lista, responsable y analizaba las situaciones bastante bien, así que no le extrañaba que tuviera algo bastante grande entre manos.

—Vale, gracias.

—Charlotte, ¿sabes algo?

Charlotte suspiró. No tenía en mente contarle especulaciones al Rey Mago, pero si le preguntaba, no quedaba más remedio que contestar.

—Es una ligera sospecha, pero… creo que ese hombre puede ser el líder de Dark Blood.

—¿Puedo confiarte esta investigación a ti, Charlotte? Tu intuición nos vendrá bien.

—Claro que sí.

—Muchas gracias. Por cierto, ¿estás bien?

—Sí —respondió Charlotte sin pensarlo demasiado—. Estos últimos tiempos han sido estresantes, pero me encuentro bien en general. Creo que estamos cerca de que esto se acabe.

Julius sonrió. Conocía el problema que había tenido durante su misión con Yami, hacía ya meses, pero nunca lo había hablado de forma directa con ella. No creía que fuera oportuno además, pero sí quería interesarse por su bienestar.

—¿Y Yami qué tal está?

—¿E-eh? —balbuceó la capitana mientras se sonrojaba tímidamente. Después, carraspeó para aparentar que la situación no la había dejado completamente descolocada—. Pues no sé, bien, imagino…

—¿No lo has visto últimamente?

—Sí, bueno… estamos trabajando juntos.

—Veo que os lleváis bien.

—Sí, como siempre.

—¿Como siempre? —indagó Julius con una sonrisa de lado.

Nunca se habían llevado bien. No recordaba ni una sola reunión que hubiese acabado de buena manera entre ellos desde que los dos eran capitanes. Era bastante irónico que le dijera que su relación siempre había sido buena.

—Como siempre —Charlotte se levantó de forma algo nerviosa para salir de esa situación lo más rápido posible—. Tengo que irme. Espero que pase un buen día.

Julius se despidió de la Capitana de las Rosas Azules y se quedó pronto solo en su despacho. Estaba preocupado por el destino del reino, pero confiaba en sus Caballeros Mágicos. Y también se sentía bastante feliz de conocer el punto exacto en el que se encontraba la relación entre Yami y Charlotte.


Yami fue a la base de las Rosas Azules dos días después de que Grey volviera. Casualmente, se encontró con la noticia de que Charlotte no estaba. Se encontraba en ese momento reunida con Julius, pero según le informó Mirai —que fue quien lo recibió—, no tardaría demasiado en regresar.

La vicecapitana de las Rosas Azules lo condujo hacia el jardín, donde lo invitó a sentarse en una de las sillas blancas que había. Para su sorpresa, se sentó a su lado.

—¿Toma usted té, Capitán Yami?

—No. Y no me hables de usted, por favor. Me hace sentir como un viejo.

Mirai se rio quedamente. Ese hombre era bastante interesante. Y lo que más importaba: apreciaba a Charlotte. Ella admiraba profundamente a su capitana, así que su felicidad era algo que la alegraba mucho.

—Está bien. ¿Has venido por un asunto urgente?

—Cosas de capitanes.

—Oh, entiendo. No me lo puedes contar.

Yami hizo un gesto con las dos manos, como de resignación, y después sonrió. Mirai le correspondió al gesto con otra sonrisa. El Capitán de los Toros Negros no tenía buena fama, pero se notaba que era buena persona.

—A la Capitana Charlotte… le importas mucho —dijo sin siquiera pensarlo—. Todas las chicas y yo estamos contentas de que vosotros seáis ahora más cercanos.

El hombre arqueó las cejas. No sabía si Charlotte le había contado algo a sus chicas o ellas simplemente lo habían intuido, pero le daba igual que alguien que no fueran ellos dos supiera de su acercamiento.

—Ella también me importa mucho a mí.

Mirai se echó un poco hacia atrás en su silla y alzó el rostro para mirar hacia el cielo. Sí, no cabía duda alguna; esos dos estaban destinados a estar juntos, se hacían feliz el uno al otro y se necesitaban.

Iba a retomar la conversación cuando escuchó la voz de su capitana desde su espalda.

—¿Yami?

Yami se levantó y se puso enfrente de Charlotte. Mirai, inmediatamente, entendió la situación y se marchó, no sin antes despedirse de ambos capitanes, que, después de intercambiar un par de escuetas frases, decidieron continuar con la reunión en el despacho de la mujer.


Charlotte le contó sobre la reunión con Julius que acababa de tener a Yami. De camino a su base, recordó quién era ese hombre que había estado investigando. Todavía no estaba segura de que ese tal Niels y el líder de Dark Blood fueran la misma persona, pero era muy probable.

—Al menos tenemos un nombre —apuntó Yami.

—Sí, bueno… Tenías razón.

—¿En qué?

—Niels Herzog fue mi… pretendiente.

Charlotte se sentó en el borde de su escritorio y se llevó un dedo a la boca para mordérselo con nerviosismo.

—¿Y?

—Lo… colgué de la fachada de su casa con mis zarzas…

Yami largó una carcajada al aire. Eso sí que no se lo esperaba, pero no le sorprendía lo más mínimo. Charlotte siempre había sido así. De hecho, cuando era joven era mucho más implacable e inflexible con la gente que le molestaba.

—Oye, no te rías más.

—Es que eres increíble, Charlotte —le dijo Yami.

Se acercó a ella y colocó sus manos sobre sus hombros mientras los acariciaba tenuemente. Charlotte sonrió. Siempre que lo hacía, Yami sentía que todos los problemas de su vida, del reino, de Charlotte misma, se esfumaban por completo.

—¿Cómo está tu chica? —preguntó.

No había querido indagar en el asunto antes para no ser tan directa, porque podía ser que fuera un tema complicado, pero, por la reacción de Yami, supo que todo iba bien.

—¿Lo sabías? —Charlotte simplemente asintió—. Grey está bien. La tenían en el mismo sitio en el que me encontré con ese tipo al que colgaste de la fachada de su casa.

—¡Yami! —exclamó mientras le golpeaba suavemente el hombro con reproche, pero también de forma divertida—. Si estaba allí, podrías haberme avisado. Mirai conoce el lugar, todo habría sido más rápido.

—Podría decirte que era muy tarde y que no quería molestaros, pero no te voy a engañar. Se me olvidó por completo.

—Eres un verdadero desastre —susurró Charlotte mientras observaba que el hombre se iba acercando cada vez más.

—Lo sé.

Yami sabía bien que su carácter era muy difícil. Pero también era consciente de que mejoraba mucho cuando Charlotte estaba a su alrededor.

Acortó completamente la distancia y la besó. Charlotte apoyó las manos en el borde del escritorio y después sintió a Yami escondiéndole un mechón de pelo detrás de la oreja. Ella, como respuesta, condujo su mano hasta su cuello y se dejó llevar.

Pero cuando los labios de Yami abandonaron su boca y bajaron por su mejilla hasta llegar a su garganta, sintió una especie de asfixia que le produjo una sensación de agobio inmensa. Apretó los dedos contra el escritorio y solo un hilo de voz salió de su cuerpo para detener la situación.

—Yami… p-para.

Aquellas palabras, además del tono de voz que empleó al proferirlas, produjeron que un clic se activara en su cerebro, que hizo que Yami se alejara de forma instantánea de la mujer, incluso dando un par de pasos hacia atrás.

—Lo siento.

Charlotte miró al suelo y después a Yami, cuyos ojos oscuros reflejaban algo de preocupación y culpa. Probablemente, su mente volvería a albergar la idea de que se había propasado y no quería que algo así sucediera.

Le hizo un gesto con el dedo índice para que se acercara y, al volver a tenerlo enfrente, lo abrazó por la cintura mientras posaba un lado de su rostro contra su pecho. Yami rodeó su espalda de forma inmediata, estrechándola posteriormente entre sus brazos.

—Yami, yo... te… —Charlotte detuvo su discurso. Tenía claro lo que quería decir, pero finalmente no lo hizo. Y no porque no pensara que sus sentimientos eran correspondidos, sino porque no quería agobiarlo con confesiones precipitadas en medio de la situación en la que estaban viviendo— agradezco mucho que te preocupes tanto por mí.

—Y yo que confíes en mí.

Charlotte asintió contra su pecho y suspiró con alivio.

Se quedaron unos minutos en silencio y abrazados en el despacho de la Capitana de las Rosas Azules, sin poder sacarse de la cabeza que las palabras que se habían dedicado habían sido completamente insuficientes.


Continuará...


Nota de la autora:

Se acabó la greyche adventure, lo prometo jaja. No quería meter más ships por aquí, pero creo que es una buena forma de que Asta deje de ser tan idiota. Veremos si me hace caso. Tal vez escriba un one-shot en el que la relación entre Grey y Gauche se resuelva con respecto a esta situación.

Por cierto, queda demostrado que no sé escribir batallas jajaja, intentaré mejorar este aspecto en el futuro.

He estado un poco desaparecida, porque la Navidad es una época bastante triste para mí, así que simplemente estaba desmotivada. Pero he conseguido sacar el capítulo adelante así que estoy contenta. Espero que os haya gustado.

Creo que vamos más o menos por la mitad de la historia, tal vez un poco más, aunque no estoy completamente segura de cuántos capítulos saldrán al final.

Todas las impresiones son bienvenidas, por cierto.

¡Nos leemos en la próxima!