-Malditos-
Capítulo 12. Contacto
La mirada de Noelle se quedó un breve instante posada sobre la espalda de Asta, que se alejaba a paso ligero de la orden a la que pertenecía ahora.
Aquella parte de su fisionomía había cambiado con el tiempo; era mucho más ancha que cuando lo conoció, se le hacía más inaccesible desde hacía años también. Había crecido algunos centímetros, pero lógicamente, ella también, así que la diferencia de altura seguía siendo exactamente la misma que cuando ambos eran unos novatos recién admitidos en los Toros Negros.
Recordaba que, en algunas conversaciones con las chicas de la orden, ellas siempre habían declarado que les gustaban los hombres que fueran altos, pero a ella eso le daba igual. Porque pensando en la sonrisa pura de Asta, en sus ojos verdes y en la forma en la que hacía sentir a los demás, llegaba a la conclusión de que no necesitaba que le sacara un par de centímetros para que le gustara más.
Suspiró brevemente y después negó con la cabeza. ¿Qué hacía pensando en esas trivialidades? El reino estaba en peligro, todo se estaba desmoronando y mientras, ella no paraba de darle vueltas a sus posibilidades con Asta, a sus más que evidentes avances y, por supuesto, también a sus inseguridades.
El cambio del chico no estaba siendo de la noche a la mañana, pero no podía evitar sentir que aquello no era real. ¿Y si simplemente Asta llegaba a la conclusión de que realmente no la amaba? Estaba esperando su respuesta y aceptaría la que fuera, pero era inevitable sentir una especie de nudo en la garganta cada vez que se imaginaba el escenario en el que el vicecapitán de los Toros Negros la rechazaba.
Se dio la vuelta y entró a la base. No quería seguir pensando en esos asuntos, así que decidió que iría a darle su informe a su hermano Nozel. Previsiblemente, el Capitán Yami había contactado con él para contarle sobre su misión de rescate inesperada, pero quería ser ella quien le hablara sobre todos los detalles.
Sin embargo, mientras deambulaba por uno de los interminables pasillos de la base de las Águilas Plateadas, escuchó una voz llamándola. Se detuvo y se dio la vuelta, posando después sus ojos en la figura femenina de su hermana, que la miraba con una actitud algo seria.
—Nebra —dijo con tono afable, a modo de saludo.
—No has pasado la noche aquí.
—No, es que…
—¿Te estás acostando con ese chico? —preguntó sin rodeos.
Nebra no se caracterizaba demasiado por ser prudente, así que, una vez más, no lo fue. En los últimos meses, su relación con su hermana pequeña estaba menos enrarecida, pero seguía no siendo propia de dos personas que están unidas por la sangre y que se han criado juntas. Quería, en cierto modo, intentar cambiarlo.
Le había resultado curioso verla abrazándose con ese chico, el actual vicecapitán de los Toros Negros, y podría haberse quedado en algo anecdótico, pero que hubiese pasado la noche fuera, que él la acompañara hasta la base y que compartieran ese momento de afecto e intimidad había hecho que la pregunta saliera inmediata e inevitablemente de sus labios.
Noelle, en consecuencia, se sonrojó completa. Compuso una mueca llena de bochorno e incredulidad y negó rápidamente con un gesto de sus manos.
—¡Cl-claro que no!
—Pero habéis pasado la noche juntos.
—¡Sí, pero porque estábamos en una misión! —explicó Noelle gritando, presa aún de la vergüenza.
Nebra se llevó la mano hacia la barbilla y esbozó una sonrisa sardónica. Podría ser que su hermana estuviese diciendo la verdad —le daba un poco igual indagar en el tema—, pero lo que sí estaba claro era que a ella le gustaba el chico… o, al menos, le llamaba la atención. La gente no suele tener esa clase de reacción si no hay sentimientos de por medio.
—Ya, ya… —canturreó para irritarla aún más.
—¡Es verdad! —aseguró Noelle de forma enérgica y, después, bajó su mirada al suelo y sonrió de forma algo triste—. Asta y yo… solo somos amigos.
Ante aquellas palabras y, sobre todo, ante el tono que usó para proferirlas, Nebra comprendió todo. Era más que probable que a Noelle le gustara su excompañero, pero parecía que había sido rechazada directamente o que no había llegado a confesarle sus sentimientos por algún motivo que desconocía y que no iba a preguntar.
—Bueno, puedes hacer lo que quieras con tu vida. Ya eres mayorcita.
Noelle asintió, se despidió a trompicones de su hermana y se dirigió hacia el despacho de Nozel para hablar con él. Aquella conversación con su hermana mayor la había pillado completamente desprevenida y eso no le gustaba. Y tampoco haberse mostrado tan abierta y vulnerable delante de una persona en la que todavía no confiaba por completo.
Mientras tanto, Nebra se quedó en el pasillo unos segundos, siendo consciente de que alguien más había escuchado la conversación desde el principio. Giró el rostro un poco, indicándole con la mirada que saliera de su escondite.
—No está bien espiar las conversaciones ajenas.
—Ni tampoco hacerle esos comentarios a tu hermana pequeña.
—Lo sé, pero realmente pensaba que Noelle salía con ese chico —apuntó Nebra—. Parecía que tenían algo especial, pero por lo visto estaba equivocada.
—Yami me avisó anoche de que no vendría porque tenía una misión. No malinterpretes las cosas —advirtió Nozel mientras cerraba los ojos con hastío.
—Está bien. En cualquier caso, Noelle iba a buscarte a tu despacho. Deberías alcanzarla.
Nozel le asintió a su hermana y se fue en busca de Noelle. Nebra, por su parte, se quedó observándolo, sin dejar de pensar que cada vez adoptaba más el papel de un hermano mayor celoso y de que aún faltaba alguien que debía empezar a acercarse a la pequeña de los Silva para que la familia tomara un rumbo del que su madre se sintiera orgullosa.
Los días habían pasado tan rápido que casi no se había dado cuenta de los progresos de su investigación hasta que los puso todos juntos y los analizó minuciosamente.
Habían sido dos semanas repletas de trabajo, pero tenía sospechas sobre la localización de dos guaridas de Dark Blood. Sus chicas habían hecho un gran trabajo siguiendo sus directrices y estaban a punto de preparar un ataque conjunto en el que participarían varias órdenes. Se alegraba mucho de los avances del Reino del Trébol y de que ella estuviera encargada de aquella misión.
Uno de los motivos era que no quería defraudar a Julius, pero, sin duda alguna, no quería defraudarse a sí misma, no quería ser débil, insulsa, insignificante… no quería estar maldita de nuevo.
Sabía que aún no estaba al cien por cien, pero estaba dando lo máximo para alcanzarlo pronto. Sobre todo, porque ya no solo pensaba en ella, en sus intereses, en sus traumas y rencores. Ahora, tenía alguien a quien le debía mucho, en quien confiaba y a quien no se perdonaría volver a defraudar.
Por eso, la noche anterior, bajo la luz de la luna que entraba por la cortina de su habitación, que se balanceaba suavemente por la brisa nocturna, y frente al espejo, se desnudó con ceremoniosa lentitud.
Al principio, no le agradó lo que el reflejo mostró. Llevaba meses completos sin observar su desnudez de una forma tan directa y cruda. Comenzó desde las piernas y sus ojos azules recorrieron todo su cuerpo sin problema hasta llegar al pecho. A aquel lugar marcado que le daba remembranzas de soledad, de tristeza, de angustia, de arrepentimiento, de vulnerabilidad, vergüenza y debilidad.
Por un instante, se le pasó por la cabeza la idea de cubrirse, de no mirar más su reflejo, de huir. Pero estaba cansada de aquello y sabía que, si no superaba esa parte corrupta de su existencia, no podría avanzar libremente. Lo último que quería era quedarse estancada en una Charlotte apática y que no puede aprender a seguir adelante, a atravesar las dificultades, así que alzó su vista y miró de forma directa la marca encima de su pecho izquierdo.
Tenía un tamaño considerable, aunque no era tan grande, profunda ni horrible como la recordaba en su mente. La última vez que la observó de ese modo fue para hacerse las curas y ni siquiera en ese tiempo le prestaba tanta atención.
A partir de ese momento, quería considerarla como una marca más de guerra. Después de todo, también tenía algunas en los brazos y en la espada del día en el que se activó la maldición y se le clavaron sus propias espinas, una en el abdomen de una batalla del tiempo en el que aún no era capitana y una en la rodilla derecha de una misión de hacía muchos años en la que casi acabó muriendo.
Estaba bien, tenía que estarlo. No más esconderse, no más huir, no más culparse o reprocharse… o, si no, nunca podría caminar al lado de alguien; ni de sus chicas, ni de los habitantes del reino y mucho menos de Yami.
Cuando menos lo esperaba, sintió algunas lágrimas cayendo por sus mejillas y muriendo en su cuello. Pero no eran lágrimas de tristeza, de malestar o angustia, sino de alivio. Se quedó vacía de ese tipo de tormentos que la llevaban mucho tiempo persiguiendo. Y, después de que el llanto depurara su alma, se tumbó en la cama mientras pensaba que por fin había llegado su momento de resurgir.
Había sido una experiencia tan iluminadora que había conseguido dormir la noche completa y se había despertado con un buen humor inusual. Durante el día, estuvo enfrascada en investigaciones, directrices y papeles, así que, cuando faltaba aproximadamente una hora para el atardecer, decidió ir a la base de los Toros Negros para contarle de sus hallazgos a Yami.
—Capitana, ¿vas a salir? —preguntó Mirai al verla dirigiéndose hacia la puerta principal de la base.
—Sí, necesito comunicarle algunos asuntos importantes a Yami. Pero no voy a tardar mucho, probablemente esté aquí a la hora de cenar.
—Bien, buen viaje.
—Mirai… —musitó Charlotte con algo de culpa— confío plenamente en ti, pero hay cosas que aún no te puedo contar. No al menos hasta que esté cien por cien segura de que mis sospechas son reales. Lo entiendes, ¿verdad?
La chica sonrió y asintió. Sabía bien que para Charlotte era primordial su relación con las demás Rosas Azules y que no quería traicionarlas o que sintieran que les estaba escondiendo algo importante. Por eso, se apresuró a indicarle que estaba todo bien, que comprendía que, a veces, no podía saberlo todo ni inmiscuirse en los asuntos de los capitanes.
Charlotte, más tranquila tras ver aquel gesto e intercambiar un par de palabras más con su vicecapitana, se marchó.
Al llegar a la base de los Toros Negros, comenzó a escuchar ruido desde fuera. Involuntariamente y sin entender por qué, sonrió tenuemente. Llamó a la puerta y fue Finral quien la recibió.
—Oh, Capitana Charlotte, bellísima como siempre. ¿En qué la puedo ayudar?
Charlotte arqueó una ceja mientras lo miraba y Finral cambió un poco su actitud en cuanto observó sus facciones serias.
—Necesito ver a tu capitán.
—Claro, claro, Yami está en su despacho. Pero vamos, entre, no se quede ahí.
Charlotte entró. Las pocas veces que había estado allí, curiosamente no había apenas movimiento en la sala principal y solo se había dejado guiar por Yami hasta su despacho. Ni siquiera se había fijado bien en los muebles, en la decoración ni en los muros de aquel edificio tan misterioso.
No era bonito especialmente, pero estaba impregnado de una sensación de calidez y hogar más que notable. El sitio le gustaba mucho.
—¿Algo para comer? —sugirió Charmy mientras se acercaba a la mujer con una bandeja repleta de aperitivos.
—Yo… no, gracias… Tengo que… —comentó de forma algo atropellada.
—Charmy, ya vale —dijo Vanessa desde el sofá—. Deja de molestarla, tendrá asuntos que tratar con el capitán. A no ser que quieras sentarte a beber conmigo —sugirió esta vez directamente a Charlotte mientras le sonreía con complicidad.
Era muy curioso que su relación con aquella chica hubiese empezado en una especie de maraña de celos injustificados por ambas partes y ahora le estuviese ofreciendo beber vino junto a ella. Tal vez, se había dado cuenta de que sus sentimientos por Yami se habían vuelto fraternales o de que simplemente nunca habían sido lo que en un principio pensaba, pero la camaradería con la que la trató la tranquilizó mucho. No quería ser un obstáculo en la relación entre Yami y sus chicos.
—No, gracias. A lo mejor, otro día.
Vanessa sonrió y Charlotte, algo confundida pero alegre, le correspondió. Subió las escaleras, porque ya sabía dónde estaba el despacho de Yami, y después entró en la habitación tras tocar y escuchar su voz desde dentro diciéndole que podía pasar.
Al entrar, lo vio de espaldas. Estaba, para sorpresa de nadie, fumando. Aunque, cuando sintió su presencia dentro de la misma estancia, giró el rostro mínimamente y la miró a través del rabillo del ojo, apagó el cigarro en el alfeizar de la ventana por la que estaba mirando, lo tiró y después se molestó en espantar el humo con su mano y cerrar la ventana para que no le molestara demasiado.
Yami sabía que no iba a poder dejar de fumar nunca, pero no le gustaba hacerlo delante de Charlotte, aunque no entendiera muy bien la razón.
—Hola —saludó Yami mientras se acercaba hacia ella—, no te esperaba por aquí hoy.
—Es que necesito contarte algunos avances.
—Vale, pero primero… —indicó mientras la rodeaba con sus brazos tras llegar donde estaba. Después, le dio un beso en la sien y le acarició el cabello—. ¿Cómo estás?
—Bien —afirmó Charlotte mientras sonreía y le devolvía el abrazo.
Era extraño tener esa relación con Yami, pero era real y no podía negar que eso la hacía feliz. Que contaba las horas que faltaban para verlo y que se sentía como una adolescente inexperta que empieza a descubrir el amor. Y en el fondo, lo había sido y, por tanto, el sentimiento era válido, pero se sentía patética a veces. ¿Se sentiría Yami también así? Probablemente no y de todas formas nunca se atrevería a preguntarle porque ciertamente era… bastante vergonzoso.
Charlotte se separó un poco y le dio un breve beso en los labios. Sabían un poco a humo, pero no se lo reprochó. Valoraba que intentara no fumar delante de ella, así que poco más podía hacer.
Tras unos segundos besándose, se separaron y, de pie junto al escritorio y enfrente el uno del otro, la Capitana de las Rosas Azules le contó todas sus investigaciones abiertas y las conclusiones a las que había llegado.
—Entonces, ¿crees que tienen varios refugios en las fronteras?
—Sí, pero no creo que sean más de cinco. No saldría rentable. Y eso contando con el que quedó inservible porque lo descubriste tú. He trazado unos puntos de referencia, pero se me ha olvidado el mapa, así que te lo traeré otro día para que le eches un vistazo.
—Me encanta que seas tan lista.
—Cállate ya —farfulló Charlotte mientras se sonrojaba y empujaba suavemente su hombro.
Yami sonrió. Daba igual cuántos años pasaran, le resultaba imposible no avergonzarla para jugar con sus reacciones. Se veía tan bella, pura e inocente cuando el rubor cubría sus mejillas que no podía evitarlo.
—De todas formas, mis chicos irán a investigar al laboratorio. Es posible que se hayan dejado alguna pista por allí. O eso espero…
—Seguro que sí. Algo encontrarán. Son buenos Caballeros Mágicos, aunque… un poco ruidosos también.
—¿Un poco? —preguntó Yami de forma sarcástica.
Charlotte rio suavemente.
—Pero también son muy agradables y me tratan muy bien cuando me ven. Ellos son como tu familia, ¿verdad?
—Algo así… —dijo con tono fingido de apatía y restándole algo de importancia, ya que los sentimentalismos no le gustaban demasiado—. Me aceptaron como soy. Y eso es realmente difícil.
—No te voy a negar que un poco sí lo es.
—Lo sé. Pero tú también me has aceptado aun teniendo esta personalidad de mierda que tengo. No sé cómo lo haces.
Charlotte alzó sus ojos hacia los de Yami. Posó lentamente su mano en su mejilla izquierda y la acarició. Su rostro era algo áspero, pero le gustaba tocarlo. Le hacía sentir que todo aquello, en efecto, estaba ocurriendo por fin.
—Porque eres especial. Y porque te quiero.
La última frase la dijo sin pensar. No estaba entre sus planes pronunciarla, era apresurado, inoportuno y le daba miedo la reacción que pudiera tener. Pero ya lo había dicho, así que no se podía arrepentir.
Yami, abrumado por la declaración y siendo consciente de que él sentía lo mismo, pero de que no sabía cómo expresárselo con palabras, simplemente posó la mano en su cuello y la atrajo hacia sí para besarla de nuevo.
Mediante algunos pasos más, la apoyó en el borde del escritorio y la siguió besando, siempre controlando sus reacciones porque no quería que se sintiera incómoda. Le besó el cuello de forma lenta. Todo parecía ir bien, así que continuó.
Charlotte abrazó su cuello y cerró los ojos. Se sentía algo extasiada y un leve calor surgió en su bajo vientre, lo que provocó que también entreabriera la boca, pero sin dejar salir ningún sonido.
Yami comenzó entonces a colar sus manos por debajo de la camiseta de la mujer. Cuando ella se dio cuenta, lo detuvo agarrándole la mano. No sentía agobio ni la asfixia de la vez anterior, pero no estaba preparada para que Yami viera esa parte de su cuerpo. Aún no.
—E-eso no…
El hombre entendió e inmediatamente sacó la mano de debajo de la tela y se retiró unos centímetros para poder mirarla a los ojos que, brillantes y rebosantes de expectativa, no parecían querer detenerse.
—¿Paramos?
—N-no, pero… ahí no. De momento, no…
Yami asintió contra su mejilla y después la besó. Deslizó sus labios hasta el lóbulo de una de sus orejas mientras comenzaba a introducir su mano derecha debajo del pantalón y la ropa interior de la mujer, provocando que ella diera un ligero respingo.
Sus labios expulsaron un suspiro de placer después, como si fuera una aprobación más, así que continuó. Recorrió su pubis hasta llegar a los pliegues que separaban su intimidad y coló allí dos dedos, moviéndolos después lentamente.
Charlotte apoyó su frente contra el hombro de Yami y, con los ojos cerrados por el placer, apretó los dedos contra su espalda. Quería sentirse así, le gustaba; estaba segura, por fin, de que quería y podía ir avanzando un poco en el terreno más íntimo con Yami.
Él, al observar sus reacciones y envalentonado por los suspiros quedos que podía escuchar de vez en cuando saliendo de su boca, fue moviendo los dedos con más intensidad y cambiando la velocidad, aunque no tenía ni idea de lo que estaba haciendo —su experiencia con mujeres era nula—, pero no creía hacerlo del todo mal, porque Charlotte parecía estar disfrutándolo, así que siguió.
Algunos minutos después, en los que fue acostumbrándose más a los movimientos y a sentir el fuerte agarre de las manos femeninas sobre su espalda, Charlotte tembló, escondió el rostro en su clavícula y él, de manera instantánea, se detuvo y sacó la mano de su interior.
La escuchaba jadear ligeramente contra su cuerpo, así que le dio un tiempo para que se calmara. Cuando lo hizo, se separó un poco y la miró. Estaba sonrojada, con el pelo algo alborotado, pero también preciosa.
Charlotte se percató de la excitación de Yami, que se reflejaba en el bulto de sus pantalones y que había notado también anteriormente contra su abdomen, y condujo la mano hacia allí. Pero temblaba. Temblaba mucho. Y él se dio cuenta rápidamente y sujetó su muñeca para que no lo hiciera.
Era normal. Había sido una emoción muy fuerte y una situación para la que hasta hacía prácticamente días no estaba preparada, así que no se sentía con derecho de pedirle más.
—No es necesario.
—Pero tú…
—No pasa nada. Esto es algo de lo que me puedo encargar yo solo.
Yami soltó su leve agarre y se fue al baño privado de su habitación, mientras Charlotte se sentaba de nuevo en el borde del escritorio, sin saber bien si sería capaz de mirarlo de nuevo a la cara por la vergüenza, pero con un ardor en el pecho que le gritaba que quería que la situación se volviera a repetir pronto.
Los planes no estaban saliendo como esperaba. El único objetivo de Niels al secuestrar a aquella chica de cabello azul era lograr que Yami Sukehiro fuera a rescatarla, pero no dio resultado, así que aún no se había podido encargar de él.
Cuando vio a aquellos chicos en la cueva derrotando a todos sus soldados, le resultaron más que curiosos, pero no veía sentido a gastar energía contra ellos, así que simplemente se marchó, abandonando así uno de sus laboratorios más preciados y a sus subordinados a su suerte. Daños colaterales, al fin y al cabo.
De todas formas, aún seguían en pie tres refugios y esta vez no dejaría que nadie los encontrara y echara por la borda todos los planes que llevaba desarrollando durante años, que le habían costado demasiados sacrificios como para dejarlos a medias.
Se sentó en el sillón de la sala y comenzó a beber un poco de vino para calmarse. En ese momento, Aurora entró. No tenía ganas de verla y mucho menos de escucharla, pero tal vez tendría buenas noticias.
—Estamos a punto de lograrlo.
—Nos estamos quedando sin tiempo. Necesito que seáis más eficientes —reprochó el hombre.
—Con las últimas bajas, no podemos ir más rápido. Te tocará esperar.
—Bien. Que no sea mucho tiempo. Es nuestra hora de atacar.
—Eso si no se nos adelantan.
—No lo harán —espetó Niels con rabia—. No de nuevo.
Se levantó y se marchó, dejando la copa de vino vacía en el suelo y a Aurora sola en la habitación.
Ella lo miró con preocupación mientras se iba. Quería seguirlo, quería serle fiel y hacer todo lo que le dijera porque era su luz, su guía, su camino. Pero también quería salvarlo y no sabía si podría cumplir con esos dos objetivos a la vez.
Asta se sentó en el techo de la base a mirar las estrellas. Se había convertido en su pasatiempo favorito, sobre todo desde que Noelle las observó con él hacía ya unos días.
Grey parecía estar mejorando, incluso ya la habían visto todos y salía de vez en cuando de su cuarto —aunque no tanto como antes, pero algo era—, aunque no había tenido la oportunidad de hablar a solas con ella. No quería presionarla, pero necesitaba más que nunca un consejo.
Hablar con Vanessa significaba que toda la base se enterara de su problema, Charmy solo hablaba de comida y Nero era la peor de todas en ese aspecto. Tan hermética y apática como era, no se imaginaba hablando con ella del tema que le bombardeaba el cerebro cada día.
—Oye Asta, vamos a cenar.
La voz de Gauche lo sobresaltó. Se giró un poco, pero después volvió a fijar sus ojos negros en el oscuro horizonte.
—Hoy no tengo mucha hambre —musitó el chico.
Su compañero, al escucharlo, suspiró con hastío. No tenía ganas de hacer de consejero ni de niñero, pero Asta había cedido ante sus exigencias en la misión de rescate a Grey y se lo debía. Así que se sentó a su lado y fue, como siempre, lo más directo que pudo.
—¿Qué mierda te pasa? Tú no eres así. Estás todo el día con la cara hasta el suelo y ahora resulta que ni siquiera tienes ganas de comer.
—Gauche-senpai, ¿se lo has dicho?
El mayor abrió un poco los ojos con sorpresa. Si no recordaba mal, había dicho delante de Asta y los demás que no se lo había dicho todavía y bien sabía que se refería a los sentimientos que tenía por Grey, pero no entendía que Asta lo supiera también. ¿Cuándo se había vuelto tan perceptivo, si nunca supo ver lo que Noelle sentía por él?
—Sí —afirmó con sinceridad—. Quiero estar con ella y… ella conmigo también.
—Me alegro mucho —dijo Asta e hizo una pausa, aunque no duró demasiado—. ¿Cómo lo hiciste?
—¿Eh?
—Sí, ¿cómo… se lo dijiste?
—Intenté ser cuidadoso porque es Grey, pero al final no me salió y simplemente se lo dije. Que me gustaba y que quería que estuviéramos juntos. Así.
Qué fácil parecía. Parecía tan sencillo que de hecho le daba mucho miedo. Era como estar al borde del precipicio continuamente, y aún no sabía si iba a ser capaz de lanzarse.
Cada vez admiraba más a Noelle. Que hubiese sido capaz de enfrentar algo tan terrorífico, que hubiese sido capaz de saltar sin pensar en las consecuencias, solo denotaba lo valiente que era. Él no era así. Toda la vida había pensado que sí, porque las batallas no lo solían asustar y se había enfrentado a innumerables peligros en su corta vida, pero, en el fondo, era muy cobarde e inseguro.
—¿Por qué me preguntas esto? —cuestionó Gauche con algo de curiosidad.
Asta no contestó al principio, aunque su respuesta, tras unos segundos de silencio, tampoco fue muy reveladora.
—No lo sé…
Mentía. Claro que lo sabía. Por supuesto que sí, pero no quería decirlo en voz alta. Si lo hacía, reconocería su debilidad y eso también le daba mucho miedo.
—Cuando quieres hacer algo, simplemente debes hacerlo sin más. Cuando quieres a una persona, simplemente debes decírselo y ya. Es bastante simple.
Asta escondió su rostro en las palmas de sus manos. Sabía que su compañero tenía razón, pero ¿qué debía hacer? ¿Presentarse en la base de las Águilas Plateadas sin siquiera pensarlo? Eso sonaba… exactamente a cómo él era, en realidad.
Se restregó las manos por la cara con hastío y se levantó, golpeó su puño contra la palma de una de sus manos y se decidió por fin. Sacó su espada y se fue, dejando a Gauche sentado en el tejado y con una sonrisa en los labios. Suponía que la cena tendría que esperar.
Asta sobrevoló todas las ventanas con cuidado para que nadie lo viera. No era demasiado tarde, pero se metería en un problema muy grande si lo veía alguno de los hermanos de Noelle merodeando por la base de las Águilas Plateadas a esas horas.
Pronto encontró la habitación de Noelle. La luz estaba encendida y, al asomarse, la observó sentada en un tocador mientras se peinaba. Los latidos de su corazón aumentaron su ritmo considerablemente, pero ya estaba ahí, así que no se achantaría.
Se acercó a la ventana y tocó suavemente. Noelle, algo asustada, se dio la vuelta despacio y, justo cuando lo vio, fue a abrirle, no sin antes componer un más que considerable gesto de asombro en su rostro.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la chica en cuanto abrió la ventana para dejarlo pasar.
—Necesitaba hablar contigo.
—Oh… vale. Sentémonos aquí —dijo, señalando la cama.
Así lo hicieron. Asta se sentó flexionando una de sus rodillas para poder orientar su cuerpo hacia el de Noelle. La miró en silencio. Hasta hacía poco tiempo no lo había sabido ver, pero era un hecho innegable que era bellísima. Todo de ella le resultaba precioso. Y no solo eso, sino que era bondadosa, cariñosa, divertida… El latido aumentó más.
—Noelle, yo…
—¿Qué pasa, Asta?
Preocupada como estaba por su repentina aparición y su extraña actitud, Noelle posó su mano sobre la del chico, que yacía sobre el colchón. El latido, entonces, se desbocó.
—No sé cómo decirte esto, pero yo… tenía muchas ganas de verte.
Noelle abrió los ojos con sorpresa de nuevo y luego sintió a Asta posando su mano en un lado de su rostro. Se acercaron de forma simultánea, como dos imanes que se atraen irremediablemente, sin poder —ni querer— estar alejados el uno del otro durante más tiempo.
Estaban cada vez más juntos, cada vez más cerca y, justo cuando sus labios se encontraban a escasos milímetros de rozarse, escucharon una voz procedente del pasillo.
—Noelle, ¿puedo entrar?
Continuará...
Nota de la autora:
Podéis elegir con qué arma matarme por haber dejado esa última escena a medias. Adelante.
Por otro lado, MODO SEXO jajaja, no, fuera de bromas, me gusta escribir el progreso de Charlotte. Enfrentarse al sexo no iba a ser fácil para ella bajo estas circunstancias, así que intento que sea algo progresivo. Por cierto, desde hace mucho tiempo vengo pensando que Yami es virgen. Sobre todo con los últimos acontecimientos del manga. Es decir, el pobre hombre fue repudiado durante años, ¿qué mujer iba a querer acostarse con él? ¿Qué opináis de este tema?
Bueno, nos seguimos leyendo pronto. Con suerte, actualizaré cada dos semanas a partir de ahora.
