-Malditos-

Capítulo 13. Los entresijos de la felicidad


—Noelle, ¿puedo entrar?

Con solo escuchar aquellas palabras y reconocer a la persona que las había pronunciado, Noelle se separó de forma automática de Asta y se levantó. No contestó, presa del pánico, y comenzó a dar algunas vueltas en la estancia, agobiada con el solo hecho de que su hermano mayor pudiera ver a un chico en su habitación. Que sí, había sido su compañero de orden durante años, pero eso no quitaba que fuese un chico y, conociendo a su hermano Nozel, eso solo le traería problemas.

Asta la imitó, sujetó sus antebrazos para que se calmara y la miró serio, haciendo que sus ojos hicieran contacto.

—¿Estás bien?

Noelle se soltó del agarre de Asta y empezó a mirar un sitio en el que pudiera esconderse porque a esas alturas ya no le daría tiempo a abrir la ventana y hacer que se fuera. Además, si hacían demasiado ruido, estaba segura de que Nozel entraría al cuarto sin permiso y eso era lo último que quería.

—Estoy bien, solo me estoy cambiando. Espera un poco, por favor.

Tras decir eso en un tono de voz más o menos alto para que las palabras traspasaran la puerta, empezó a hacerle señales a Asta para que se metiera debajo de la cama o dentro del armario, ante lo que el chico arqueó una ceja con confusión. ¿Qué era esa situación? Parecía una de las historias románticas llenas de clichés que Grey leía en los libros que guardaba en su habitación, pero que todos sabían que le gustaban.

Después de hacer algunas señales más, estas con bastante urgencia, Asta decidió meterse debajo de la cama en un movimiento ágil y rápido. Noelle lo agradeció y también el hecho de que el vicecapitán de los Toros Negros no tuviera ni una pizca de poder mágico, convirtiéndolo así en alguien indetectable.

Suspiró para tranquilizarse, se dirigió a la puerta y la abrió, dejando después entrar a su hermano en su habitación. Era muy raro que fuera a verla, pero suponía que tenía algo importante que decirle, así que simplemente le hizo un gesto para que se sentara en la cama, justo donde, instantes atrás, un acercamiento inminente y completamente insospechado con Asta casi había tenido lugar.

—Perdona que te moleste a estas horas.

—No, no te preocupes. Está bien —afirmó la chica con complicidad.

Nozel la miró interrogante y, por un momento, la joven se preguntó si habría notado algo raro en el cuarto. Al ver a su hermano desviando la mirada hacia el suelo, se tranquilizó. En los últimos tiempos, podía observar en su gesto una timidez inusual y nueva, pero que no le disgustaba porque lo hacía más cercano, más humano y provocaba que estrecharan lazos en una relación que nunca pensó que pudiera llegar a recomponerse después de haber estado tan fracturada y desgastada.

—No quise preguntarte esto cuando nos reunimos porque realmente no es algo que sea de mi incumbencia, pero quiero… que tengamos mejor relación, así que he decidido hacerlo.

Tras mirar algunos segundos más en silencio hacia el suelo, Nozel volvió a observar de forma directa, casi punzante, los ojos de su hermana. Eran tan iguales a los de su madre que le daban un poco de miedo, porque mirarla a ella hacía que recordara que, en cierta medida, le falló. Porque nunca podría perdonarse completamente el trato que le dio a Noelle y porque sabía bien que, en su intento por protegerla, solo había conseguido traumatizarla y herirla, y su madre jamás habría querido algo así.

—Puedes preguntarme lo que quieras. Confío en ti.

Noelle llevó su mano hasta la de su hermano y la apretó con afecto, haciendo que él se estremeciera un poco. Hasta sus manos transmitían la misma calidez que las de su madre.

—¿Ese chico y tú… estáis juntos?

La joven soltó el agarre por la sorpresa. Nozel era una persona bastante reservada, así que no esperaba que le preguntara algo así. Era una cuestión que no le extrañó en absoluto que se la hiciera su hermana Nebra, pero que su hermano mayor le dijera eso sí le resultó muy chocante.

—¿Q-qué chico? —balbuceó, aunque conocía perfectamente la respuesta.

—El vicecapitán de los Toros Negros. ¿Asta y tú… sois pareja?

Noelle enrojeció profusamente y escondió su rostro tras sus manos. Había pasado vergüenza en muchas ocasiones en su vida, pero jamás como le estaba ocurriendo en ese momento. La pregunta de Nebra con respecto a ese asunto había sido muchísimo más cruda y vulgar, pero que Nozel le preguntara si Asta y ella tenían una relación de pareja era de lo más surrealista que había vivido en mucho tiempo.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Te escuché hablando con Nebra al volver de aquella misión que hiciste con los Toros Negros.

—¡Nebra siempre saca las cosas de contexto! —gritó Noelle, sobrepasada por la situación. Después, respiró profundamente un par de veces y logró calmarse. Se quitó las manos del rostro al fin y desvió la mirada hacia la pared del cuarto—. Asta y yo… solo somos amigos.

Asta, al escuchar aquellas palabras y el tono triste de Noelle, incrustó sus dedos contra el suelo con ira y frustración. Nunca le había molestado tanto escuchar esa frase siendo pronunciada por los labios de la chica, a pesar de que él la había proferido en una infinidad de ocasiones. ¿Así se había sentido ella cada vez que se lo había dicho…?

—Está bien. Perdona por meterme en tus asuntos.

—No —negó rápidamente para que Nozel no se hiciera ideas erróneas—. Me gusta que… te intereses en mí. Así que muchas gracias.

Nozel sonrió tenuemente, intercambiaron algunas palabras más y después se marchó.

—No te muevas hasta que yo te diga —susurró la chica, concentrada en dejar de escuchar los pasos del Capitán de las Águilas Plateadas perdiéndose por el pasillo.

Cuando dejó de oír a su hermano merodeando cerca, se levantó de la cama, se agachó y le hizo un gesto a Asta con la mano para que saliera.

El chico lo hizo con velocidad y, al levantarse, comenzó a sacudirse un poco los pantalones y a estirar los músculos. Sin embargo, de repente sintió a Noelle empujándolo por la espalda en dirección a la ventana.

—Tienes que irte ya.

—Pero yo venía a decirte algo.

—Tendrá que ser en otro momento.

—Pero Noelle…

—Asta, por favor —suplicó Noelle, interrumpiéndolo—, si te ven aquí me voy a meter en problemas. Te juro que hablaremos en otro momento.

Asta, dándose cuenta de lo que significaba que dos personas de diecinueve años estuvieran solas y encerradas en una habitación, se apresuró y se marchó, entendiendo a cada segundo un poco mejor que el retumbar de su corazón solo significaba que albergaba un sentimiento especial por su amiga y que nunca antes había conocido.


Cuando Yami llegó al Reino del Trébol, se sorprendió mucho al ver los diferentes colores que existían en los ojos y los cabellos de sus habitantes. En su tierra natal, todos tenían ojos y cabellos de un tono marrón oscuro, gris o negro, así que fue una de las cosas que más le había llamado la atención.

En el momento en el que conoció a Charlotte, ya había visto a gente con los ojos azules, pero nunca podría olvidar lo que sintió al ver los suyos. Eran gélidos, grandes, magnéticos y tan azules que parecían transportarlo al mar de su hogar, allí donde solía ir a pescar con su padre.

Durante muchos años, pensó que esos ojos no podían vibrar, no podían emocionarse o reflejar un sentimiento más allá de la apatía o la frialdad, pero se alegraba de haber descubierto que no, que la mirada azul de Charlotte Roselei era capaz de hacer que te paralizaras de miedo pero también que sintieras que justo ahí, justo en ese lugar atrayente y maravilloso que eran sus ojos, podías estar como en el cielo.

Su relación nunca fue demasiado fácil y, ahora que comprendía que todo había sido a causa de un malentendido, se sentía estúpido.

A pesar de jactarse de que era capaz de conocer los sentimientos y estados de ánimo de cualquiera a través de la lectura del ki, nunca pudo reconocer el amor tan puro y verdadero que ella le profesaba. Tal vez fuera pura inocencia, puesto que Yami no había sido aceptado por mucha gente a lo largo de su vida, especialmente cuando llegó al Reino del Trébol desde otras tierras y su magia de oscuridad se manifestó, pero ese hecho no le impedía sentir que había malgastado mucho tiempo.

Aunque, por otra parte, no era un hombre que se arrepintiera demasiado de las decisiones que tomaba, así que, simplemente, se centraría en el momento actual que estaba viviendo con ella.

Después de mucha paciencia, había logrado un acercamiento que no se esperaba en absoluto. Le hormigueaban las extremidades cuando recordaba la forma en la que ella se estremecía bajo su toque. Y no podía engañar a nadie, por supuesto que quería que la situación se repitiese, pero jamás la presionaría. Le había funcionado ir poco a poco, tantear qué podía hacer y qué no y, a esas alturas de su relación, no iba a meter la pata y a estropearlo todo.

Y no lo haría no solo porque Charlotte le importara y porque quería ayudarla a salir del pozo angustioso en el que sabía que estuvo sumergida durante mucho tiempo, sino también por un poco de egoísmo. Yami se había dado cuenta hacía meses de que estaba profundamente enamorado. Él, la persona que se limitaba a beber, apostar, fumar, hacer bromas molestas y no tomarse nada en serio, amaba a alguien. Y no a una persona cualquiera, sino a una noble del Reino del Trébol, a alguien quien pensó que era inalcanzable y que, misteriosamente, le correspondía. Por eso, también quería ser feliz. Quería pensar un poco en él y descubrir qué se sentiría al vivir con la persona que quieres, al confiarle todos tus secretos, al contarle las cosas más vergonzosas que has hecho, al hacer el amor, besarla a medianoche o sentarse en cualquier sitio a disfrutar del silencio juntos. Al construir un hogar.

Así que, definitivamente, cuando todo ese lío de Dark Blood finalizara y ambos se quitaran ese peso de sus hombros y todas las preocupaciones que la situación les derivaba, le diría que quería que estuvieran juntos, pero no como hasta ahora, sino de una manera mucho más cercana, formal y que no iba nada con él, pero que estaba deseando experimentar.

Se fumó lo que le quedaba del cigarro y lo tiró, habiéndolo apagado justo antes.

Estaba en una de las múltiples terrazas que había en el Palacio Real. No le gustaba mucho pasar tiempo allí, pero necesitaba urgentemente exhalar un poco de humo, así que hizo una breve parada antes de marcharse a su base.

El Reino del Trébol seguía demostrando su fuerza. A pesar de que al principio, el ataque de Dark Blood les había puesto contra las cuerdas, habían sabido defenderse bien y, gracias al avance de las investigaciones y a la movilización y trabajo conjunto de las órdenes, habían logrado deshabilitar dos refugios más de la organización terrorista.

Sin embargo, su líder, quien se sospechaba que era Niels Herzog, no estaba en ningún sitio. Parecía haberse esfumado, lo que solo significaba que estaba preparando algo mucho mayor. La ofensiva definitiva, por así decirlo. La única forma de detenerlo era encontrándolo. Pero ese objetivo se estaba complicando mucho, así que las reuniones de capitanes se sucedían en las últimas semanas con mucha frecuencia.

Debido a la cantidad desorbitada de trabajo, tampoco había podido ver a solas a Charlotte. Hacía al menos un mes y medio que no se reunían en privado y sus interacciones se habían limitado a frases escuetas y algunas miradas tímidas para no llamar la atención.

Así que su sorpresa al sentir una mano acariciándole la espalda con suma suavidad fue extraordinaria. Y se acrecentó mucho más cuando Charlotte llegó hasta su hombro para abrazarlo y posó su rostro cálido sobre el otro.

—Por fin te encuentro —susurró con tranquilidad mientras ambos observaban la puesta de sol.

Yami se movió un poco y Charlotte cortó el contacto para mirarlo y colocarse enfrente de él.

—No sabía que eras tan cariñosa —bromeó el hombre, haciendo que Charlotte se sonrojara un poco.

—B-bueno, llevamos mucho tiempo sin estar solos, así que…

Yami, sin mediar palabra y sin dejar que continuara la frase, la abrazó. Pero no tardó mucho en separarse porque sabía que a Charlotte no le agradaban demasiado las muestras de cariño en público, a pesar de que ella había tenido una para con él segundos antes.

Para su asombro, el contacto no finalizó, pues la Capitana de las Rosas Azules lo agarró de la camiseta y se acercó a él para besarlo en los labios. Se habían echado mucho de menos. Que se estuvieran besando en una azotea del Palacio Real, en la que podría verlos cualquiera, lo confirmaba.

—¿Te da igual que nos vean? —preguntó Yami contra sus labios cuando se separaron a tomar un poco de aire.

—En esta zona no suele haber gente, pero… sí, me da igual que nos vean.

Y esa escueta afirmación probaba que Charlotte quería también que su futuro fuera compartido. No necesitaba preguntárselo, ni darle vueltas para descifrarlo. La conocía bien, así que sabía lo que le costaba aceptar sus sentimientos enfrente de los demás o el problema que podría suponer que alguien la viera teniendo esa actitud con un hombre a la vista de cualquiera. Pero, claro, suponía que esa era la Charlotte del pasado; la hermética, indescifrable e inalcanzable Charlotte que él, al fin, había logrado desentrañar.


Charlotte regresó a su base tarde y bastante cansada. Los últimos tiempos habían sido un no parar, así que necesitaba relajarse un poco, aunque sabía que quedaba el gran paso final y que, en el fondo, le gustaba sentir algo de presión en su trabajo.

La relación con Yami iba mejorando, su confianza estaba volviendo poco a poco y también estaba recuperando su amor propio después de meses en los que su debilidad la perseguía de manera constante y hasta asfixiante.

Se refugió en su escuadrón, en Yami y en sus investigaciones, así que todo estaba tomando el curso que debía. Se alegraba mucho de por fin salir un poco a flote después de meses estando encerrada en la más lúgubre y desesperante oscuridad.

Habían descubierto, gracias a sus horas incesantes de trabajo, muchos artilugios en las instalaciones de Dark Blood que actualmente estaban analizando en los laboratorios del Reino del Trébol. Seguramente, entre esos artefactos, estaría la clave de la magia espacial que todos los miembros de esa organización parecían tener y de que Yami y Asta no pudieran sentir la energía vital que provenía de ellos. Era cuestión de tiempo averiguarlo.

Aunque también era cierto que estaban muy atascados con el paradero de la que probablemente era la última guarida del grupo, la más grande, sofisticada y la que podía guardar más entresijos y secretos que ninguna de las anteriores.

Toda la situación era bastante compleja, pero Charlotte decidió que, por ese día, no pensaría más. Su mente también necesitaba descansar y, aunque le gustaba sobreexigirse y ser útil, era capaz de reconocer que no podría dar el cien por cien si no estaba bien en todos los sentidos.

Cuando entró en la base, saludó a algunas de las chicas que encontró por los pasillos, Sol le avisó de que en una hora estaría lista la cena y se dirigió hacia su habitación, donde además tenía un baño privado en el que por fin podría relajarse durante algunos minutos.

Al abrir la puerta, encendió la luz y lo que vio hizo que se tensara por completo.

Una mujer joven estaba sentada en el sillón de su habitación y la miraba desafiante, pero parecía estar desarmada.

De todas formas, Charlotte sacó sus espinas y se preparó para luchar en caso de que tuviera que hacerlo. Fue precavida; no era el momento de llamar a nadie porque no sabía cómo había llegado esa chica a su habitación ni tampoco qué intenciones tenía.

—Relájate, vengo en son de paz.

—¿Quién eres? —preguntó Charlotte de forma desconfiada.

—Me llamo Aurora y soy parte de Dark Blood.

Instintivamente, Charlotte afianzó su agarre en el ataque y su ceño se frunció. No sabía cuál era el propósito de aquella mujer y, aunque pareciera indefensa, no podía bajar la guardia tan rápidamente.

—¿Qué haces aquí?

Aurora se levantó ante la atenta mirada de Charlotte, que estaba totalmente preparada para atacar sin reparos.

La chica se detuvo detrás del sillón y se apoyó contra la parte posterior mientras acunaba su cara contra sus propias manos y la miraba de forma sonriente.

—Quiero hacer un trato contigo.


Asta había sido informado de que en dos días se llevaría a cabo una misión crucial para el reino. No conocía los detalles en profundidad, pero teniendo en cuenta la seriedad con la que Yami lo informó, era más que probable que se tratara de que habían encontrado la localización de la sede de Dark Blood.

Así que decidió que, antes de embarcarse en algo tan serio, estaría bien visitar la aldea de Hage. Siempre que tenía que hacer una misión importante y peligrosa, solía hacerlo. La vida de un Caballero Mágico era dura e imprevisible y no quería imaginar que cayese en batalla y no hubiese visto a los suyos antes de partir.

Casualmente, Yuno solía hacer lo mismo, así que estaba justo allí antes de que él llegara. Cómo no, don perfecto se le había vuelto a adelantar.

Una de las últimas veces que estuvo de visita fue meses atrás y fue increíblemente bochornoso, porque recordaba bien que Lily le había dicho que no le insistiera más. Fue en ese momento en el que Asta se dio cuenta de que sus posibilidades con la monja eran nulas, y en el que se refugió en una especie de negación ante el amor que actualmente no lograba comprender.

Había recapacitado por fin, dándose cuenta en el proceso de que realmente nunca amó a la Hermana Lily, sino que sentía una especie de idolatría que confundió con sentimientos románticos y se sentía muy avergonzado por sus acciones del pasado.

Tras saludar a todos los de la iglesia y a Yuno y estar un rato jugando con los más pequeños, se alejó a una colina cercana junto a su amigo. Los dos sabían que esa misión no era algo que menospreciar, así que pasar juntos un rato no era mal plan.

Una conversación bastante distendida surgió entre ambos hasta que Yuno, sin siquiera saberlo, tocó un tema que era demasiado sensible para Asta.

—Creía que habías venido a declararte a la Hermana Lily por milésima vez —dijo con tono sarcástico mientras le sonreía.

Asta desvió la mirada con nerviosismo hacia muchos puntos, hasta que la fijó en sus botas, que estaban un poco sucias por haber caminado sobre la hierba. Empezó a pensar si era buena idea contarle a Yuno sobre su actual situación.

—Eso era un juego de críos.

—Pero si estabas empecinado en casarte con ella hasta hace solo unos meses.

—Sí, pero… ya no pienso igual. La gente cambia, ¿no?

—Mhm, eso es muy inusual en ti.

—Lo sé… —dijo con un tono extrañamente calmado y que a Yuno le resultó hasta melancólico—. ¿Qué pasaría si te dijera que me interesa otra chica?

—¿Qué? Imposible.

Asta lo miró de reojo y con la cara enfurruñada. Su amigo seguía sonriendo con esos aires de superioridad que tanto le irritaban a veces.

—¿Imposible por qué?

—Llevas media vida detrás de la Hermana Lily. Además, si fuera así, ¿esa chica te corresponde al menos?

—Sí.

—¿Qué? Más imposible aún.

—¡¿Por qué?! —preguntó Asta a gritos mientras se ponía de pie y lo encaraba.

Yuno sonrió aún más. Le gustaba sacarlo de quicio, así que continuó.

—¿Quién va a querer a un enano gritón como tú?

La cara de Asta cambió y, en consecuencia, la de Yuno también. Vaya, parecía que aquello era serio de verdad.

—Ya… es bastante absurdo.

Asta volvió a sentarse en el mismo lugar, algo abatido, y Yuno se quedó pensando antes de hablar. No entendía demasiado sobre asuntos amorosos, pero no le gustaba ver a su amigo decaído. Asta sin ser gritón era como una señal de que el universo se estaba cayendo a pedazos, así que le daban escalofríos de tan solo pensarlo.

—¿Se lo has dicho?

—Lo intenté, pero nos interrumpieron.

—Pues búscala y díselo. Así te quedas tranquilo.

—No sé, es que… tengo miedo.

Ese era el verdadero problema. Asta estaba enamorado de Noelle. Por fin había sido capaz de entenderlo. Pero existía la posibilidad de que ella pensara que sus sentimientos eran movidos por la pena y la inquietud de perder a una amiga y no era así. A Asta lo había enamorado la sonrisa, los ojos, la bondad, los enfados y sonrojos de Noelle. La capacidad que tenía para sobreponerse a las situaciones difíciles y la forma en la que arrugaba la frente cuando estaba desconcertada. La manía que tenía de proclamar que era de la realeza mientras colocaba su pelo tras su hombro, la honestidad con la que trataba a los demás y la dulzura que podía llegar a manifestar en contadas ocasiones y con las personas indicadas.

A Asta lo había enamorado la esencia de Noelle, pero no sabía si sería capaz de transmitirle ese sentimiento adecuadamente.

—¿Miedo? ¿El lema de los Toros Negros no es «supera tus límites» o algo así? No sé a qué esperas para hacerlo.

Asta miró a su amigo casi sin parpadear. Era cierto. Todo lo que Yuno le había dicho era verdad. Y él no era alguien que huyera de las situaciones complicadas, así que con esto tampoco podía esconderse. Simplemente, debía actuar.

Se levantó, pero antes de marcharse le asaltó una duda, así que se la transmitió al vicecapitán del Amanecer Dorado.

—¿No vas a preguntarme quién es?

—No, porque sé que es Noelle.

El joven sonrió y, después de decirle a Yuno que se despidiera de todos por él, emprendió el camino hacia la base de las Águilas Plateadas.

Esta vez, no desaprovecharía más oportunidades.


Cuando a Noelle le dijeron que tenía visita, se le hizo extraño. Pero cuando le dijeron que el vicecapitán de los Toros Negros era quien venía a visitarla, casi se le salió en corazón del pecho.

Respiró en incontables ocasiones antes de reunirse con él, porque no quería que notara su nerviosismo. Se intentó autoconvencer, además, de que podría ser que Asta solo quisiera darle algunas directrices sobre la misión que se llevaría a cabo en dos días, pues ambos estaban en el grupo que se encargaría de ella.

Aunque, si era sincera consigo misma, no podía quitarse de la cabeza los escasos centímetros que habían separado sus labios con los de Asta en su último encuentro. Cuando lo pensaba, su rostro se enrojecía, pero también sentía los labios entumecidos de las ganas de que aquella unión se hubiese concretado.

Cosa del destino o no, no pudo ser y, como ella era una profesional y se debía a su trabajo, decidió separar el plano sentimental del profesional y recibir a Asta con la mayor formalidad posible.

Pero todos sus planes se desmoronaron en cuanto vio la sonrisa del chico, cuando la saludó con su jovialidad característica y sus ojos brillaron con alegría.

—No esperaba que vinieras.

—Es que quería hablar contigo —profirió Asta cono sinceridad.

Sí, también le había dicho eso la vez anterior. Y era cierto, pero ahora las palabras estaban mucho mejor pensadas y ordenadas en su cerebro que en esa ocasión. Porque, cuando fue a su habitación aquella noche, actuó por mero instinto. No tenía nada totalmente claro, no sabía qué decir, qué pensar o cómo actuar, así que, en el fondo se alegraba de que Nozel los hubiera interrumpido.

—Vale, podemos ir a algún despacho y…

—No. Vayamos a algún sitio en el que podamos estar solos y en el que nadie nos moleste.

Noelle lo observó. Parecía tan maduro y decidido que simplemente contestó con un asentimiento de su cabeza y lo llevó a uno de los jardines de la base por el que sabía a ciencia cierta que nadie pasaría.

—Supongo que vamos a hablar de la misión de dentro de dos días, ¿no?

—No.

Ante la respuesta negativa de Asta, Noelle sintió su pecho arder. No quería hacerse ilusiones, pero todo indicaba que la conversación viraría a la respuesta que Asta tenía pendiente de darle. Era cierto que podía ser positiva, ya que su acercamiento había sido más que obvio, pero también negativa.

Tal vez, Asta se había dado cuenta, a través de intentar que fuesen más íntimos, de que no la amaba y de que no había posibilidad alguna de que aquel sentimiento brotara en su interior jamás.

El chico se acercó a ella, dando un par de pasos, y posó la mano en su mejilla izquierda. Estaba caliente y algo rasposa por el uso continuo de la espada, pero también transmitía una sensación inolvidablemente especial.

—Siempre te he admirado. Desde que te conocí, no pude dejar de pensar en lo increíble que eras. A veces, hasta me daba envidia el hecho de que tuvieras tal cantidad de magia y yo ni un poco —dijo mientras le sonreía. Noelle no reaccionó. No podía hacerlo—. Pero no solo te admiro por eso, sino también por la entrega con la que lo haces todo. Cuando ayudas a alguien, cuando nos regañabas en la base, cuando sonríes, cuando hablas de algo que te apasiona… No puedo más que sentirme deslumbrado por toda la grandeza que irradias y por todo lo que significas. Tú en sí. Oh, dios, esto no tiene ningún tipo de sentido, pero quiero que sepas que esta —concluyó mientras se acercaba aún más— es mi respuesta.

A Noelle le pareció que el tiempo se congelaba. No solo estaba completamente aturdida por las palabras que Asta le acababa de confesar, sino también por el hecho de que estuvieran tan juntos y de saber que esta vez no habría ninguna interrupción.

Así que cerró los ojos y pronto sintió los labios de Asta encima de los suyos. Casi no se movieron. Fue tan lento y raro que enseguida se separaron un poco para mirarse. Asta parecía estar levemente sonrojado, pero seguía mirándole la boca con anhelo, así que Noelle decidió volver a besarlo.

Fue capaz de mover un poco los labios y Asta la imitó. No fue demasiado romántico ni apasionado ni bueno, pero sí sumamente especial, porque Noelle, por fin, sintió que todo lo que llevaba guardando en su corazón durante tantos años estaba siendo recompensado.


Continuará...


Nota de la autora:

¡Al fin he dejado disfrutar a los muchachos! Que ya era hora. Trece capítulos para que se dieran un besito, por dios jajaja.

Dsilfa me dijo en un comentario que le gustaría conocer más la perspectiva de Yami y eso he intentado. A mí me encanta Yami, vaya que es mi personaje favorito, pero escribir sobre él es sumamente difícil y más en situaciones de este tipo. Aun así, espero que haya quedado bien.

Estamos prácticamente en el clímax de la historia, así que no esperéis que la alargue muchísimo más, porque la voy a finalizar en cuanto ya no tenga más que contar. Y eso no creo que abarque más de cinco capítulos, aunque no me gusta dar cifras por si luego me equivoco, pero para que os hagáis una idea.

¡Muchas gracias por leer y hasta el próximo capítulo!