-Malditos-

Capítulo 14. Obstáculos


El ambiente estaba bastante enrarecido. No solo porque quedara un día únicamente para librar la batalla decisiva —una más, en realidad—, sino porque, concretamente, las dos personas que se encontraban a solas, juntas y en silencio en un valle cercano a la base de los Toros Negros lo sentían así.

Estar incómodos no era una descripción exacta de la situación, pero sí se sentían como fuera de lugar. Después de todo, no es fácil asimilar haber besado y declarado lo que sientes a una persona que has considerado un amigo durante muchos años.

Noelle, a pesar de llevar enamorada mucho tiempo de Asta, no sabía cómo debía iniciar la conversación. Después de besarse en uno de los tantos jardines de la base de las Águilas Plateadas, se prometieron verse antes de la resolución final de aquel conflicto que llevaba poniendo en jaque al Reino del Trébol durante meses completos.

Por lo tanto, con el poco margen de tiempo que tenían, decidieron verse a la mañana siguiente. Noelle visitó su antiguo hogar, desayunó con los que habían sido sus compañeros durante años y después se fue con Asta.

El lugar era muy bonito. El valle tenía un color verde precioso y cerca había incluso un lago con aguas diáfanas. El sol brillaba con fuerza en un cielo azul y despejado, pero, a pesar de todas esas idílicas circunstancias climatológicas, la atmósfera seguía siendo inusual.

Por suerte para Noelle, Asta cumplía con dos condiciones perfectas para acabar con ese momento: odiaba los silencios incómodos y siempre decía lo primero que se le pasaba por la cabeza.

—Esto es un poco raro, ¿verdad? —soltó de repente.

Noelle, que miraba hacia el otro lado, se volteó. Asta tenía los ojos cerrados por la sonrisa que adornaba su rostro y la mano detrás de la nuca. Sonrió de forma casi involuntaria al contagiarse de su gesto.

—Sí que lo es. Un poco…

El chico abrió los ojos y la miró. Después, le hizo un gesto con la mano para que se acercara un poco a él. Noelle, algo indecisa, se movió despacio sin llegar a levantarse completamente, solo impulsando su cuerpo con los brazos y desplazándose en pequeños movimientos que a Asta le parecieron adorables.

Acarició su mano cuando estuvo por fin cerca. Recortó completamente la distancia que había entre ambos y, tras posar su mano en su mejilla cálida, la besó. Parecía que, tras haber compartido algunos roces de labios torpes el día anterior, los besos se lograban acompasar mejor.

Cuando se separaron, Asta volvió a mirarla. Su semblante denotaba algo de vergüenza y preocupación, así que le acarició el rostro de nuevo y le dio un beso en la mejilla para que se calmara.

—¿Estás bien? —le preguntó en un susurro suave.

—Sí… Es solo que, bueno, me cuesta un poco acostumbrarme a esto. Nunca pensé que estaríamos así.

El joven se rio un poco y la abrazó. La instó a que se tumbara junto a él en el pasto y así lo hicieron. Se quedaron embelesados mirando el cielo azul y en ese momento, la incomodidad y la rigidez del instante comenzó a disiparse.

Se sujetaron las manos y se quedaron en silencio algunos minutos más.

—Espero que mañana todo salga bien.

—Será difícil. No sé bien cómo ni quién ha encontrado la localización exacta de la base principal de Dark Blood, pero tiene mérito.

—Seguro que es alguien inteligente como tú —apuntó Asta mientras soltaba la mano de Noelle y ponía sus brazos detrás de su cabeza.

Ella, al principio, sintió algo de vergüenza por el comentario. Nunca había estado acostumbrada a los elogios y, aunque le gustaban como a todo el mundo, normalmente no sabía cómo reaccionar ante ellos.

—Asta… no seas demasiado imprudente. No quiero que te pase nada malo.

Noelle sabía a ciencia cierta por qué decía esas palabras. Habían sido muchos años llenos de batallas, luchas incansables y peleas que lo habían dejado al borde de la muerte. Y sabía también perfectamente que Asta era una persona que se empecinaba tanto en no rendirse jamás, que a veces le podía jugar una mala pasada. No quería ver cómo sufría, cómo sangraba y otras posibles consecuencias fatídicas que las batallas de ese tipo podían provocar. No quería verlo precisamente a él así y mucho menos en ese momento, en el que parecía que estaban construyendo algo puro y verdadero.

Asta se rio y su suave risa pareció impregnar todo el horizonte. Él, tan despreocupado como era, no se daba cuenta de lo que hacía sentir en los demás con sus actos impulsivos.

Noelle, por lo tanto, se incorporó, sentándose en el pasto al principio y poniéndose después de rodillas para pasar uno de los brazos a un costado del cuerpo del chico y quedarse justo enfrente, mirándolo con decisión y un destello fugaz de regaño en su mirada rosácea.

—No te rías. No estoy de broma.

Ante la preocupación de la joven, Asta volvió a sonreír. Pero esa sonrisa no era su típica mueca de ingenuidad, sino un gesto lleno de picardía que Noelle nunca habría imaginado presenciar.

Lo vio alzándose un poco mientras se apoyaba en sus codos para besarla e incluso sintió su lengua acariciándole el labio inferior levemente.

Noelle se sonrojó un poco por aquel gesto, que ni siquiera era tan atrevido, pero que la había pillado con la guardia tan baja que no sabía bien cómo debía reaccionar. No esperaba que un chico tan inocente como Asta se comportara así con una mujer.

Se tumbaron de nuevo uno al lado del otro. El silencio volvió a instalarse entre ellos durante unos breves minutos, pero la joven decidió dejar clara su postura.

—Por favor, hazme caso. Ten cuidado, ¿vale?

Asta volvió a rozar su mano con las yemas de sus dedos y después los entrelazó ligeramente.

—Vale —le dijo y después suspiró.

Aunque le molestara no ir con todo, sabía que muchos Caballeros Mágicos participarían en la misión y entre ellos habría varios capitanes. Todo estaba bien. Haría su trabajo de forma eficaz, pero sin exponerse demasiado.

No quería perder por nada del mundo esa relación tan mágica que apenas estaba comenzando.


La última reunión de los Capitanes de los Caballeros Mágicos del Reino del Trébol antes de la misión de desmantelamiento del grupo terrorista conocido como Dark Blood tendría lugar a las tres de la tarde del día anterior a la batalla. Sin embargo, el Rey Mago había llamado a Yami una hora antes para que fuera a su despacho, ya que quería discutir algunos asuntos con él en privado.

Una hora antes que se habían convertido finalmente en cuarenta minutos, porque el peor enemigo del Capitán de los Toros Negros era, sin duda alguna, la puntualidad. Había conseguido llegar a tiempo para tener al menos una breve charla con su mentor, superior y amigo. No se le podía pedir mucho más.

Marx le dio permiso para pasar al despacho de Julius, quien lo esperaba mientras miraba por la ventana. La vida en la ciudad seguía su curso y no quería que aquello cambiara. Por eso se alegraba, en primer lugar, de haberle encomendado esa misión a alguien tan capaz y brillante como lo era Charlotte Roselei y, en segundo, de que su eficacia los hubiera llevado tan rápidamente a la situación en la que se encontraban.

Yami, en absoluto silencio, se colocó al lado de Julius y lo imitó, mirando también el paisaje que se podía observar a través del gran ventanal.

—Parece que la cosa no va con ellos —comentó desganado mientras expulsaba un poco del humo de su cigarro por la boca.

—Ese es nuestro trabajo. Protegerlos y proteger la paz de este reino, para que así puedan ocuparse de otros quehaceres. Es lo natural.

—Sí, pero a veces me da rabia que los nobles esperen sentados en casa mientras otros se juegan la vida por ellos. Otros a los que a veces pisotean, menosprecian y discriminan.

—Lo sé —cedió Julius—, a veces es injusto. Por eso tratamos de cambiar también la sociedad. Pero ya sabes que esa tarea es compleja y lenta, muy lenta.

—Sí —afirmó Yami y después suspiró con algo de cansancio.

Julius lo miró después de girar ligeramente el rostro. Conocía bien su situación y su pasado. Sabía por qué decía esas cosas. Yami había tenido una adolescencia y juventud algo difíciles. Ser extranjero y plebeyo de por sí es complejo y todo aumentó considerablemente cuando su magia de oscuridad se manifestó.

Fue repudiado por muchos. Se alegraba infinitamente de haber sido capaz de ver lo bueno que ese hombre tenía para ofrecer, no solo como persona, sino también como Caballero Mágico. Por eso confiaba en él más que en nadie y por eso quería contarle a él antes que a los demás la información que se había descubierto y después revelaría en la reunión con los demás capitanes.

—Como podrás imaginar, no te he pedido que vinieras antes para tener una charla tranquila —explicó Julius mientras se acercaba a su escritorio y abría uno de los cajones para sacar unos artefactos que Yami nunca había visto—. Esto se ha encontrado en las guaridas desarticuladas de Dark Blood.

Yami se acercó también al escritorio y se quedó mirando los aparatos concienzudamente mientras seguía escuchando la explicación de Julius.

—Los hemos analizado, desmontado y probado. El más pequeño es una especie de chip subcutáneo que produce magia espacial. De esta forma pueden huir fácilmente. El que tiene forma de pulsera creemos que sirve para suprimir la energía vital, eso que tú llamas ki, así que me lo pondré y lo activaré para comprobar que estemos en lo cierto.

Julius se colocó la pulsera, presionó un botón pequeño y Yami dejó de percibir su ki, así que asintió.

—La pulsera funciona. Es el inhibidor del ki.

—Por último —dijo mientras abría un pequeño estuche que contenía varias decenas de jeringuillas llenas de un líquido transparente—… Imagino que sabrás qué es esto.

El Capitán de los Toros Negros, con el gesto muy serio y apretando uno de sus puños con frustración, volvió a asentir.

Claro que sabía lo que era. Esa sustancia había provocado uno de los sucesos más traumatizantes de la vida de Charlotte y eso jamás lo podría perdonar. Por eso y a pesar de las órdenes de Julius —que todavía no sabía cuáles serían—, pensaba matar al hombre que había orquestado toda esa locura.

Le daba igual si eventualmente tenía que cumplir un castigo o incluso si era degradado de su puesto como capitán. No iba a permitir que alguien que había causado una huella tan profunda y lúgubre en la mente y en el alma de Charlotte continuara respirando. Porque sabía perfectamente que seguiría siendo una amenaza para ella mientras siguiera con vida.

—Encontramos otros prototipos, pero nada más destacable ni acabado. Aun así, no podemos descartar que tengan más artefactos de este tipo u otros de los que no sepamos nada. Su tecnología es muy avanzada, no sé cómo lo habrán hecho, pero nuestro equipo jamás había visto algo así. Tenéis que ser muy precavidos en esta misión.

—Lo seremos. Pero iremos con todo.

—Lo sé. No espero menos de vosotros.

Yami por fin pudo relajarse un poco, incluso sonrió. Era cuestión de muy poco tiempo que su nueva vida se pusiera en marcha. Todos los planes de futuro que tenía con Charlotte ya no eran una ilusión, sino que estaban a punto de convertirse en una realidad y, aunque no fuera alguien quien mostrara normalmente mucho entusiasmo por nada, no podía negar que le hacía mucha ilusión.

—Todavía faltan unos minutos para la reunión, así que si no me necesitas, creo que iré a dar un paseo. Necesito muchos cigarros para aguantar lo que viene y no quiero echarte todo el humo aquí.

—Vale, pero —interrumpió un segundo Julius—, antes de que te vayas, ¿puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Estás con Charlotte?

El hombre se sorprendió un poco, aunque la expresión de su rostro no cambió ni un ápice. Julius ya le había dado señales de que podría conocer sus sentimientos, pero que llegara a saber que entre él y la Capitana de las Rosas Azules había algo no podía ser una suposición.

—No sé si podría llamarlo así. ¿Cómo sabes eso?

—Os estabais besando en una de las terrazas del palacio el otro día. Vivo aquí, ¿recuerdas?

Yami sonrió ante el comentario de su mentor. A él le daba igual que alguien se enterase de que quería a Charlotte y ahora que sabía que ella se sentía de la misma forma, no le veía ningún sentido a negarlo, mucho menos a alguien que significaba tanto para él.

—Sí. Supongo que cuando todo esto acabe podremos formalizarlo un poco. No queríamos crear mucho alboroto.

Esa no era la explicación exacta, pero no iba a contarle a Julius todo el proceso que tuvieron que pasar juntos para llegar al punto en el que estaba su relación.

—Me alegro mucho por los dos. ¿Ella está bien?

—Sí, está bien. Ahora estará muy concentrada porque es responsable en exceso, ya la conoces, pero estoy seguro de que cuando resolvamos esto, veremos a la mejor Capitana Charlotte de la historia.

—Y a la mejor Charlotte en general.

—También.

Julius no pudo evitar sonreír. Pocas habían sido las ocasiones en las que había visto a Yami hablar de esa forma tan orgullosa sobre alguien. Siempre ocurría cuando se sentía cobijado por la gente. Lo conocía bien, así que sabía que, si alguien lo amaba y aceptaba sin tener en cuenta su carácter, su mal genio y su procedencia, lo tenía ganado.

—Cuando esto acabe, os podéis casar.

—Ey, ey, eso es muy precipitado.

—Yo seré el padrino, por supuesto. Y espero que de alguno de vuestros hijos también.

—¿Hijos? —preguntó Yami desconcertado por el camino que estaba tomando esa conversación.

—Claro, debéis tener al menos tres. Mejor si son niñas, oh, ¡me encantan las niñas!

Yami arqueó una ceja, suspiró con cansancio, terminó de fumarse el cigarro y después le dijo a Julius que se iría al salón de reuniones a esperar a los demás. Si seguían con esa conversación, estaba seguro de que el Rey Mago no pararía de fantasear con su futuro y no era algo que le apeteciera en ese momento.


La reunión fue tediosa como siempre. Para colmo, en esa ocasión, ya conocía todo el contenido de la misma, así que se dedicó a mirar a Charlotte y a rozarle la rodilla con su pierna de vez en cuando, ya que estaban sentados el uno frente al otro.

Con la tensión del momento y la atención que los demás tenían puesta en el discurso del Rey Mago, nadie se dio cuenta, pero a Charlotte se la veía visiblemente molesta cada vez que él movía un poco la pierna para que entraran en contacto.

Como casi todo lo que hacía, tenía un propósito. Quería verla a solas antes de que partieran a la misión el día siguiente, y hacerla enfadar era el mejor plan posible. Así que la esperó en el pasillo contiguo, detrás de un pilar que ocultaba la visión y que estaba al lado de una habitación que solía guardar algunos utensilios de limpieza.

No tardó demasiado en sentir su ki furioso acercándose. Segundos después, la vio pasando de largo y salió de detrás del pilar para sujetar su muñeca y atraerla hacia sí y hacia donde estaba anteriormente. Apoyó su espalda contra la pared y acarició su cintura con delicadeza.

—Estaba esperándote —susurró bajo.

Charlotte frunció el ceño. Yami era su debilidad absoluta, pero no le había gustado su comportamiento, así que debía transmitírselo.

—No me he enterado de casi nada en la reunión por tu culpa. ¿No podías estarte quieto por una sola vez? Esto era muy importante.

—Es que estás muy guapa con el pelo suelto y… te echaba de menos.

—Nos vimos hace muy poco —refutó Charlotte, que no quería dar su brazo a torcer tan pronto.

—No quería que llegara mañana sin verte antes. Ya sabes que soy muy egoísta y solo pienso en mí.

Ante esas palabras, no pudo resistirse más y apoyó su frente en la mejilla del hombre mientras cerraba los ojos y lo abrazaba. No podía evitar que su carácter implacable se reblandeciera más de lo normal si se trataba de Yami.

—En realidad sí te has enterado de todo, ¿verdad?

—Sí, pero eso no quiere decir que no me molesten esas actitudes de tu parte.

—Perdona, perdona. No volverá a pasar.

—¿Por qué me mientes? —preguntó mientras se separaba un poco y lo miraba de forma algo reprobatoria.

Yami se rio. Le gustaba ver de cerca el proceso por el que cada vez lo iba conociendo un poco más. Coló un mechón de pelo que tenía en la mejilla detrás de su oreja y se inclinó levemente para besarla.

—No hagas locuras mañana, Yami —rogó ella sobre sus labios.

—Nunca las hago —contestó en un susurro.

—Sabes que eso es mentira. Quiero que vuelvas bien porque tenemos que hablar sobre muchas cosas y porque…

—¿Por qué? —cuestionó, sin dejar que finalizara la frase, presa de la curiosidad.

—Porque te quiero y no podría soportar la idea de perderte.

Yami volvió a besarla. Era la segunda vez que Charlotte le decía con palabras que lo quería, pero él, eclipsado por el sentimiento de felicidad que aquello le provocaba, no era capaz de responder. Y como lo sabía perfectamente, decidió actuar, porque tanto él como Charlotte sabían bien que era más de demostrar sus sentimientos con acciones que con discursos.

Fue entonces Charlotte la que aumentó la intensidad de los besos, deslizando después los labios hasta el cuello de Yami, que jadeó de forma queda por la caricia.

—Charlotte, si supieras lo que me cuesta contenerme en estas situaciones, no seguirías haciendo esto…

La mujer detuvo los besos y lo miró de forma seria y contundente.

—¿Y por qué sigues conteniéndote entonces?

Aquel fue el detonante que hizo que Yami volviera a besarla, esta vez de una forma mucho más feroz, y cambiara posiciones con ella, arrinconándola de esa forma contra la pared. Charlotte, en un movimiento ágil, bajo su mano hasta la erección que sentía presionándose contra su muslo y la acarició, provocando que un suave gemido saliera de entre los labios de Yami.

Extasiado por su excitación y por las caricias que Charlotte le daba, llevó sus manos hacia la cintura de la mujer, la alzó y enroscó sus piernas alrededor de su cuerpo mientras seguía besándola con pasión. Comenzó a moverse contra ella, que se tuvo que morder los labios para no gritar.

Se sujetó posando las manos en su nuca cuando sintió los besos mojados que se trasladaban desde su clavícula hasta su cuello y sus mejillas, y echó la cabeza hacia atrás para darle mayor accesibilidad.

Entonces, Yami subió una de sus manos para colarla debajo de la camiseta de Charlotte, pues ese día no llevaba la armadura puesta. No estaba seguro de ese movimiento —aunque no fuera a ver la cicatriz directamente, que era lo que ella no podía soportar—, así que lo hizo muy despacio, y paró justo antes de llegar al borde del sostén.

—No te detengas… —musitó la mujer con la voz débil.

Yami obedeció. Metió dos dedos debajo del sujetador y rozó el pezón femenino mientras sentía el agarre en su nuca aumentando. Continuó con sus estocadas, haciendo además que el ritmo acelerara. Y justo cuando le iba a proponer a Charlotte que se metieran en el cuarto de al lado para acabar con lo que estaban haciendo sin posibilidad de que alguien los interrumpiera, sintió cómo la Capitana de las Rosas Azules se bajaba de encima de su cuerpo y le tapaba la boca con su mano.

Se centró y pudo sentir el ki y oír las voces de dos personas que se aproximaban, pero antes de poder reaccionar, la mujer sujetó su muñeca y los introdujo a ambos en el cuarto de la limpieza. Agudizó el oído y se mantuvo en completo silencio hasta que dejó de escucharlos. Menos mal que ella había actuado rápido o si no, habrían sido descubiertos.

Charlotte quitó la mano de la boca de Yami y jadeó. Le temblaban las piernas, pero Yami no estaba seguro de si se debía a que estaba excitada aún o al miedo y la adrenalina que su cuerpo habría sentido ante aquella situación.

—Saldré yo primero y después tú cuando… te calmes.

—Sí —afirmó algo decepcionado por tener que dejar las cosas así—, pero dame un beso antes de irte.

La Capitana de las Rosas Azules sonrió, lo abrazó y le dio un beso breve en los labios. Le susurró en el oído un «confío en que mañana pensarás antes de actuar» y se marchó.

Al oír la puerta cerrándose por completo, Yami se sentó en un taburete que había por allí y se frotó el rostro con las manos, frustrado por no haber podido finalizar el momento. No sabía si sería capaz de soportar otra situación de ese tipo.


Los integrantes de la misión que desmantelaría por fin a Dark Blood no habían dormido demasiado la noche anterior. Era un momento importante, crucial para el destino del Reino del Trébol y que, además, afectaba a varias personas de forma completamente directa.

La localización era clara, así que el grupo formado por varios capitanes y vicecapitanes había sido extremadamente puntual con la hora acordada. Habían decidido reunirse a unos dos kilómetros del sitio al mediodía.

Les ocupó mucho tiempo ponerse de acuerdo en la estrategia, pero finalmente decidieron que no tenían tiempo de ser suaves ni delicados, así que entrarían arrasando y poniendo de manifiesto claramente su declaración de guerra.

Durante el camino hacia la guarida terrorista, Charlotte no podía dejar de mirar la espalda de Yami, que iba unos pasos por delante de ella. Estaba realmente asustada de que actuara sin razonar, de que muriera o de que arruinara sus planes. Estaba siendo egoísta. Le había pedido su confianza en varias ocasiones y ahora era ella quien la traicionaba y, por ello, se sentía increíblemente culpable. Pero no podía romper su pacto con Aurora y sabía que Yami no lo entendería. No comprendería sus motivaciones, sus cesiones ni que estuviera manteniendo conversaciones con el bando enemigo, aun siendo consciente de que eso era lo mejor para el reino.

Por eso, debía tenerlo vigilado. Pero sabía que sería difícil, así que le dijo a Mirai, que también era parte de la misión, que la avisara si el asunto se salía de control.

El escondite de Dark Blood estaba en el sitio menos pensado. Se trataba de una cueva de nuevo, sí, pero establecida en una de las regiones más inhóspitas, pobres y marginales de las afueras del Reino del Trébol. Nadie se acercaba a la zona, que solía estar llena de delincuentes de todas las clases. Un sitio completamente abandonado por las autoridades y que resaltaba las imperfecciones y los errores del sistema de gobierno. Sin embargo, no era momento de centrarse en algo que solucionarían más adelante.

Al llegar, rodearon la cueva en distintos equipos y los usuarios de magia de fuego, después de recibir las órdenes correspondientes, destruyeron la entrada, que también estaba bastante escondida.

El caos se creó en un instante. Los Caballeros Mágicos entraron en la base, destruyendo todo lo que veían a su paso, pero Yami solo buscaba a alguien con la mirada.

Y ese alguien se personó enseguida en la sala que hacía de laboratorio, alarmado por el ruido estruendoso que había escuchado desde su habitación, acompañado además por una mujer joven.

Se lanzó hacia él, pero fue interrumpido en el camino. Vio que Asta fue a confrontarlo. Si no acababa rápido con sus contrincantes, no podría encargarse de Niels él mismo, así que decidió centrarse.

Por su parte, Asta, al ser el primero en ver a la persona que coincidía perfectamente con la descripción que le habían proporcionado del líder de Dark Blood, no dudó ni un segundo y se dispuso a atacar. Su adversario usaba magia de gravedad, justo como la que tenía Lucifero, así que estaba algo acostumbrado. Además, el rango de ataque era mucho menor y solo lo alcanzaba a él y a las personas que estaban más próximas.

La batalla estaba siendo ardua, su pierna había sido herida gravemente, pero podía seguir dando pelea. O eso pretendía, pero repentinamente, sintió el ki de su capitán justo detrás. Nunca le había notado esas fluctuaciones llenas de ira inconmensurable, así que se volteó para verlo. La cara no parecía la suya y sus ojos denotaban un sentimiento de rabia que lo llegó a asustar.

—Mocoso, te relevo.

En otras circunstancias, tal vez Asta se habría opuesto, pero en esa le fue imposible. Simplemente asintió y se marchó para luchar contra otros adversarios, dejando así que su capitán se encargara de la situación.

Yami sujetó su katana con fuerza. Esta vez no habría sorpresas, no habría asaltos ni golpes por la espalda, así que no lo dejaría vivo. Esa había sido su determinación desde el momento en el que descubrió que estaba obsesionado con Charlotte y no podía cambiarla, así que se abalanzó sobre Niels, asestando su primer golpe.

De lo poco que había podido observar de la lucha de Asta contra el líder de Dark Blood, dedujo que estaba usando magia de gravedad, pero contra él poseía magia de luz. Atando cabos, llegó a la conclusión de que tenía un dispositivo que adecuaba su atributo mágico al del adversario.

—¿No me vas a enseñar tu verdadera magia? Eres bastante cobarde para intentar destruir todo un reino —le retó Yami.

—Ya te lo dije, yo puedo tener todas las magias que quiera —afirmó Niels antes de formar una espada de luz y acercarse a Yami para atacarlo.

Sus movimientos eran frenéticos, pero el Capitán de los Toros Negros no se dejaría amedrentar. No quería usar sus hechizos más poderosos, porque en el fondo sabía que ese hombre no era para tanto; simplemente era escurridizo y astuto, y quería que sufriera lo máximo posible en su final.

—No sé cómo habéis descubierto nuestra base, pero esto no quedará impune —advirtió mientras lanzaba algunas flechas cuando consiguió tomar un poco de distancia con Yami.

—Claro que no quedará impune. Yo también te lo dije: no voy a dejar que te acerques a Charlotte.

Niels comenzó a reírse de forma desquiciada, provocando que Yami atacara con más fuerza aún. Con destreza, se acercó de nuevo y le propinó un corte profundo en uno de sus tobillos, haciendo que se postrara en el suelo y que no pudiera levantarse.

Se acercó lentamente hacia él, saboreando su victoria. Afianzó el agarre de sus manos en la katana y la colocó enfrente de su pecho.

Sin embargo, justo cuando iba a incrustar la afilada hoja en el cuerpo del que había sido el objetivo más odiado de toda su vida, su mano se paralizó. Cuando la miró, vio las zarzas de Charlotte sujetándola con fuerza.

—Charlotte, ¿qué estás haciendo?

La mujer tiró aún más de la mano de Yami para inmovilizarlo, siendo consciente de que no podría retenerlo por mucho más rato, y dirigió su mirada hacia Aurora, que se movió con velocidad al recibir su señal.

—Lo siento, Yami, pero no puedo dejar que lo mates.


Continuará...


Nota de la autora:

ASDFFGFSKKAKAAALKAMDK DIOS MÍO. Bueno, temía mucho llegar a esta parte y que se malinterpretara, pero lo comprenderéis todo en el próximo capítulo. Definitivamente y si no me surgen imprevistos, es decir, si no me salen los capítulos demasiado largos o se me ocurren más escenas, esta historia concluirá en el capítulo 18.

Me encanta escribir momentos fluffy astelle y escenas subiditas de tono yamichar porque es lo que más los representa o así lo percibo yo. Espero que os hayan gustado.

Leo vuestras impresiones si os apetece dejármelas, como siempre.

¡Muchas gracias por acompañarme en este viaje que está llegando a su recta final! Nos seguimos leyendo.