-Malditos-
Capítulo 17. Vínculo
Charlotte cayó en su cama con los brazos abiertos. Miró el techo de la habitación, que se le antojaba grisáceo en la penumbra de la medianoche. Se mordió el labio con recelo y sintió su pecho bajando una y otra vez con insistencia, además de notar los latidos de su corazón tristes.
Ni siquiera se había desvestido, pero se sentía tan cansada que simplemente quería dormir. Quería apagarse por un buen rato, no pensar, no aparentar más y, sobre todo, no sentirse tan culpable. Sin embargo, no pudo hacerlo. El vestido le molestaba, la cabeza le dolía y sus pensamientos le bombardeaban el cerebro de forma tan insistente que no podía llegar a relajarse por completo.
Se sentó en la cama y miró su atuendo. Era un vestido bonito, perfecto para la ocasión, pero ella siempre preferiría una armadura y un casco, y un campo de batalla interesante antes que una celebración en la que le llovieran los piropos. No le gustaba la forma tan exacerbada en la que la habían halagado. Cuando recibía muchas palabras buenas, se sentía un poco ansiosa, porque ser el centro de atención no era algo que le agradara demasiado, y mucho menos si se producía por un tiempo considerablemente prolongado.
Si Yami la hubiese llegado a ver vestida así, estaba segura de que le hubiese soltado alguna broma de mal gusto, un «esas pintas no te pegan nada», para luego acercarse a su oído y susurrarle muy quedamente que estaba preciosa. Suspiró. La confirmación de los sentimientos del hombre la abrumaban, porque la hacían ver sus errores con más intensidad y claridad. Poco a poco, se había dado cuenta de que Yami tenía razón. Tal vez, ella también, porque su trabajo y el orden del reino era primordial, pero no había pensado ni analizado lo suficientemente bien cómo se sentiría él antes de actuar. Solo… lo había hecho. Y eso no era algo que ella acostumbrara a hacer.
Se levantó. Se quitó el vestido y lo dejó tirado en el suelo sin cuidado alguno. Se cambió rápidamente y salió de la base. Comenzó a dar un paseo por los alrededores, pero ni siquiera el aire frío de la noche la calmaba.
Tendría que haberle hecho caso a Mirai, no ir al Festival de las Estrellas e ir a buscarlo. Pero tal vez no era demasiado tarde. No era a priori una idea muy buena, pero sus músculos se movieron por inercia y pronto se encontró en los alrededores de la base de los Toros Negros. Dio una vuelta por los jardines, pero no había ni rastro de Yami por allí. Bueno, era algo lógico; era medianoche, así que no tenía demasiado sentido que estuviera fuera.
Llamar a la puerta no era la mejor de las opciones, porque lo más probable era que molestara a los habitantes de la sede, pero lo iba a hacer igualmente. No lo pensó mucho y se acercó hacia la puerta con paso decidido.
Sin embargo, su andar se ralentizó en cuanto vio a dos jóvenes en la puerta abrazándose mientras se besaban. Intentó irse antes de que la vieran, pero no fue posible. Asta también sabía leer el ki, al igual que Yami, así que supuso que había sentido a alguien merodeando cerca y se había concentrado para averiguar quién era. Frenó en seco mientras veía a los dos chicos mirándola con nerviosismo.
—Capitana Charlotte, ¿puedo ayudarla en algo? —dijo Asta mientras se separaba finalmente de Noelle.
—Me gustaría ver a tu capitán. Sé que es tarde, pero…
—No pasa nada. Entraré a preguntar por él.
Asta entró en la base y dejó a las dos mujeres solas en la puerta. Casi no se miraban. Una por la vergüenza de haber sido vista en esa situación, y la otra, por haber interrumpido un momento íntimo de esa forma tan desafortunada.
—Siento la interrupción.
—Oh, no. No pasa nada.
—Me alegro mucho por vosotros —felicitó Charlotte sinceramente mientras sonreía con algo de tristeza.
—¿Eh? —espetó Noelle con un poco de incredulidad.
—Estáis juntos, ¿no? Es algo digno de celebrar.
Noelle enrojeció tenuemente y después se quedó observando a su interlocutora. Vestía con el uniforme pero sin armadura, y llevaba el pelo suelto, solo recogido el flequillo en su usual trenza. Se la veía algo cansada. Sus sonrisas eran falaces, aunque no lo parecían sus palabras, y sus ojos destilaban cierta amargura errante e intensa.
Justo cuando iba a preguntarle si había sucedido algo entre ella y Yami, porque sabía que ambos habían cambiado mucho su modo de actuar desde que se produjo la misión de desmantelamiento de Dark Blood, salió Asta, quitándole así las palabras de la boca. No quería preguntarle con el chico delante.
—Lo siento, Capitana Charlotte. Parece que el capitán no está en la base. Finral me ha dicho que lo ha buscado al llegar, pero no está ni en su dormitorio.
—Ya veo… —profirió la mujer con desilusión—. Siento haber molestado.
Charlotte se dio la vuelta y se marchó ante la atenta mirada de los dos jóvenes, que ni siquiera supieron qué más contestarle.
Al llegar a su habitación, volvió a tumbarse sobre el colchón, a mirar el techo ceniciento y a sentirse asfixiada. Se colocó de lado y se abrazó las piernas, deseando con todas sus fuerzas que la noche fuera lo más corta posible, pero aquel anhelo desesperado no se cumplió.
En la base de los Toros Negros empezaron a darse cuenta de que algo había sucedido cuando, a los cuatro días del Festival de las Estrellas, Yami seguía sin aparecer. De vez en cuando, el capitán de la orden se esfumaba de allí durante horas e incluso un par de días, pero nunca durante tanto tiempo ni sin avisarle a nadie.
Los chicos empezaron a pensar que algo malo le podría haber pasado, así que decidieron comunicárselo a Julius rápidamente. Además, encontraron unos cigarros apagados en la parte de fuera del edificio y un reguero de sangre pequeño cerca, como si se tratara de la huella de un impacto. No parecía de una herida demasiado profunda, pero no cabía duda de que era de él. Había sido atacado por la espalda y sabían bien quién había sido.
Charlotte se enteró a las cuatro de la tarde de ese día. Julius fue quien la avisó, habiéndola citado previamente en su despacho.
No había vuelto a buscarlo después de aquel arranque de valentía, pero nunca imaginó que algo así hubiera sucedido. Sintió unas náuseas horribles cuando se enteró de la noticia, y cómo las fuerzas abandonaban su cuerpo, pero se recompuso rápidamente, porque no podía fallar. No de nuevo.
No sabía si Aurora había roto su promesa o si Niels simplemente había escapado de su control, pero estaba claro que era el responsable de esa situación, así que actuaría. Esta vez, sin pactos, sin medias tintas y sin empatizar con nadie.
Era la segunda vez que secuestraban a Yami y no había pasado demasiado tiempo desde el transcurso de los acontecimientos del Reino de la Pica. En aquella ocasión, ya se prometió a sí misma que iba a salvar a Yami, pero finalmente no lo hizo. Quedó como un mero accesorio en su rescate, cediéndole el protagonismo a sus chicos y arrepintiéndose inmediatamente después. Con eso solo consiguió alargar su agonía, pues tras la vuelta al Reino del Trébol, dejó escapar la oportunidad de confesarse.
No le ocurriría algo así dos veces, así que se puso en marcha. Decidió no aceptar la ayuda de nadie, por lo que le hizo entender a Julius que rescatar a Yami era algo que solo ella debía hacer. Finalmente, el Rey Mago aceptó.
Aquel mismo día, intentó ir a todas las guaridas de la organización, que aún estaban precintadas porque no había finalizado la investigación. Pero no pudo por su distante localización geográfica, así que, tras descansar un poco en su base durante la noche más cerrada, se marchó de nuevo a continuar buscando al amanecer.
Por la tarde, terminó de inspeccionar todos las bases de Dark Blood. No halló nada. Yami no estaba allí, pero tampoco había pistas sobre su paradero. Se empezó a desesperar. Al volver a su base, trazó varias rutas en un mapa del reino. Se quedó horas mirándolo, analizándolo todo, pero no conseguía llegar a una conclusión bien sustentada.
Estaba nerviosa y asustada, así que no lograba pensar con claridad. Fue a prepararse un café a la cocina de la base, intentando así despejarse y que el cansancio no la venciera.
Sol estaba allí bebiendo leche de forma tranquila, hasta que vio a su capitana y una mueca seria se formó en su rostro. Todo el mundo creía que no se enteraba de nada, pero comprendía perfectamente la situación. Su capitana no estaba bien. Y ella, como persona que la admiraba profundamente, quería ayudarla, pero no se le ocurría ninguna forma de hacerlo.
—Nee-san, deberías descansar. Es tarde y ya sabes que no se piensa muy bien si no se duerme.
—No puedo dormir, Sol —dijo la mujer y se sirvió el café en una taza.
—Estamos preocupadas por ti. No duermes ni comes apenas. Sabemos tu situación, pero así no vas a resolver nada. Puedes contar con nosotras… Lo sabes, ¿verdad?
Charlotte, tras procesar aquellas palabras, sonrió con calidez. Esas chicas eran su orgullo. Verlas caer le dolía, así como se alegraba infinitamente cuando progresaban. Sabía de lo que eran capaces y que serían una gran ayuda, pero no quería meterlas en sus problemas. No, porque en el fondo, se sentía increíblemente culpable de todo lo que estaba sucediendo. No debió haber confiado en nadie ni dejar a ese lunático suelto ni mucho menos pensar que no regresaría.
Aunque, si era sincera consigo misma, aquel escenario sí estaba en los riesgos que se derivaban de haberlo dejado escapar. Sin embargo, siempre pensó que iría a por ella de forma directa, no que secuestraría a Yami.
No sabía cuáles eran sus auténticas intenciones, pero esperaba que Niels quisiera atraerla hacia él y que para lograrlo hubiera usado a Yami como cebo. No estaba entre sus posibilidades que estuviese muerto. Intentaba alejar todo lo posible ese oscuro pensamiento, porque sabía que no podría seguir viviendo si esa noticia se confirmaba.
—Os lo agradezco mucho. De verdad que sí. Pero me voy a encargar sola de esto.
Se fue de nuevo hacia su despacho, dejando a Sol balbuceando algunas palabras, pero sin encontrar las adecuadas para convencerla de que necesitaba ayuda.
Se sentó de nuevo y se quedó mirando el mapa. No había ni un solo lugar que levantara alguna sospecha. Se sentía muy atascada y eso, inevitablemente, repercutía en su forma de trabajo. No podía seguir pensando con claridad a esas alturas. Se bebió el café y dejó la taza sin querer encima del mapa. La quitó rápidamente, en cuanto se dio cuenta, pero ya era tarde, pues una marca circular de restos de café apareció en su superficie.
Se quedó mirándola. La marca había señalado la zona residencial de los nobles de pura casualidad. Analizando la situación, comenzó a pensar que tal vez no era mala idea investigar por allí.
Niels Herzog vivió allí muchos años, así que tal vez encontraría alguna pista. Porque no estaba ni en las guaridas de su organización ni tampoco en los suburbios del reino. Parecía haberse esfumado por completo, pero aquello no era posible. En alguna parte tenía que estar y ella iba a averiguar dónde.
De repente, una idea se coló en su cerebro. No estaría mal visitar a los Herzog. Tal vez podrían darle una pista, por mínima que fuera, para llegar hasta Yami. Así que Charlotte se levantó de la silla decidida. Pero rápidamente se sentó abatida al recordar que eran alrededor de las tres de la madrugada, así que debería esperar hasta el día siguiente para ir.
Decidió quedarse un rato más mirando informes, mapas y localizaciones, hasta que se durmió sobre la mesa del despacho por el agotamiento que su cuerpo sentía.
Mirai la despertó como a las nueve de la mañana, moviéndole el hombro suavemente. Ella, completamente sobresaltada, se incorporó y la miró.
—¿Qué hora es?
—Las nueve.
—Tengo que irme.
Se levantó y fue a ducharse rápido. Le dolía la espalda por haber dormido en aquella posición, pero eso no importaba demasiado. Se vistió, poniéndose su armadura completa, y se fue.
No habría más prórrogas; ese sería el día en el que encontraría a Yami y lo traería de vuelta a casa sano y salvo.
No recordaba aquella casa tan grande ni ostentosa. Tal vez, el cabeza de familia de los Herzog se había vuelto aún más rico y había hecho una ampliación. En todo caso, no lo sabía y tampoco le importaba.
Aquella familia noble del Reino del Trébol había vivido justo dos calles al lado de los Roselei durante décadas. Recordaba bien que su padre hacía negocios en el pasado con ellos. Pero no se fiaba demasiado de alguien que deshereda a su hijo solo porque no encuentra esposa.
Ganas de conocerlo no tenía ninguna, pero debía hacerlo. Todo lo que estaba haciendo era por Yami, así que sería capaz de aguantar las ganas de decirle más de una verdad a ese hombre a la cara.
La recibió la que parecía ser la ama de llaves. Charlotte le explicó que estaba llevando a cabo una investigación muy importante y que necesitaba contar con la colaboración del señor Herzog, ya que podría llegar a ser fundamental para que su misión fuese exitosa.
La mujer, de cabello grisáceo y ojos cansados, no le contestó. Solo fue al despacho del señor, le hizo algunas preguntas rápidas y volvió, indicándole después a la Capitana de las Rosas Azules que podía pasar, pero que su estancia debía ser corta.
Ella simplemente asintió. No le impresionaron los lujos, las lámparas gigantes ni las alfombras y cortinas de materiales caros, porque era algo que acostumbraba a ver y que no le importaba. En la sede de los Toros Negros no tenían ese tipo de decoración y se sentía mil veces más un hogar que esa mansión o la casa de sus padres. En realidad, en su sede le sucedía exactamente igual… aunque con un poquito de mejor gusto.
Entró al despacho. Herzog, un hombre mayor, ni demasiado bajo ni demasiado alto y con gafas, le hizo un breve gesto con la cabeza para que se sentara. Charlotte lo hizo.
—Disculpe que lo moleste, señor Herzog, pero tengo algo que consultarle.
—¿Algo de mi hijo?
Charlotte frunció el ceño. La identidad del líder de Dark Blood fue revelada algunos días después de la caída de la organización, así que obviamente, su padre lo sabía también.
—Sí. Su hijo ha secuestrado a uno de los capitanes del Reino del Trébol y…
—¿Y qué se supone que tengo que ver yo con eso? —interrumpió el hombre con desinterés.
Los padres nobles eran todos iguales. Lo había confirmado durante toda su vida, pero la actitud de ese hombre se lo dejaba aún más en claro. Solo tenían hijos porque querían que su apellido no se perdiese, pero no le importaba su felicidad, su bienestar ni sus actos con sus correspondientes consecuencias.
—Necesito que piense en un sitio en el que pueda estar escondido.
—Ese idiota siempre deshonrando a nuestra familia.
Charlotte se quedó callada, seria. Sus ojos azules hicieron contacto visual directo con los del hombre, que sintió cómo las tripas se le descolocaban un poco. Nunca alguien lo había mirado con tal intensidad. Esos ojos transmitían tanto con su destello cegador que lo inquietaron, pero en ningún momento dio signos externos de ello.
—Necesito que colabore con el reino, señor Herzog.
El hombre entrelazó sus dedos y apoyó su barbilla sobre las manos, pensando concienzudamente. Charlotte ya no estaba segura de que pudiera ayudarla, porque probablemente no conocía a su hijo en absoluto, así que era más que posible que no supiera darle ninguna localización exacta.
Lo vio levantándose y dirigiéndose a la ventana. Se impacientó. Si no fuera por la importancia de la misión, ya lo habría enterrado entre sus zarzas. La desesperaban esos hombres que no se interesaban en nada más que una fortuna y un apellido insignificante. ¿De qué le servía todo eso si ni siquiera había sido capaz de criar a su hijo en condiciones?
—La casa de la playa.
—¿Qué?
—Teníamos una casa en la zona de la costa. A Niels le encantaba, por eso dejamos de ir cuando se fue.
Charlotte asintió y se marchó sin despedirse. No le daría muchos más detalles a ese hombre, porque la tenía desconcertada y porque no quería que supiera los planes que tenía para con su hijo. Aunque de todas formas, tenía la sensación de que le daba igual, pero sintió cómo su voz se desnivelaba un poco cuando pronunció su nombre.
La zona costera no era demasiado lejana, así que llegó pronto. Se quedó mirando el mar. En esa gigantesca masa de agua salada, había estado atrapado Yami quién sabía cuántos días tras naufragar desde su tierra natal. Solo el destino sabía por qué lo había traído a ese reino, pero así había sucedido, y no permitiría que ahora se lo arrebatase de su lado.
Estuvo mirando las casas desde fuera. No había muchas y, cuando vio una deteriorada por el paso del tiempo, supo que era esa. Así que corrió. Corrió sin importarle que sus piernas no tuvieran ya demasiadas fuerzas, sin importarle que sus labios estuvieran secos y agrietados por la ansiedad, sin importarle nada que no fuera ver a Yami y saber que continuaba vivo.
Abrió la puerta sin cuidado. Su respiración, agitada como nunca, no se conseguía calmar. Estaba preparada con su arma de espinas recién creada. Entró despacio ante el silencio angustioso de la casa. Fue con cuidado inspeccionando cada habitación, hasta llegar a una que estaba cerrada. Acabó adentrándose también y lo que vio la dejó helada. Su espalda tembló. En aquel cuarto no había cama. Solo papeles por todos lados, planos, mapas, retratos… planes lúgubres y maquiavélicos que tenían que ver con ella y que la hicieron sentir inhumana, simplemente como una meta de un hombre que había perdido todo atisbo de la lógica propia de una persona.
Volvió a salir de la casa mientras sentía una especie de nudo en el estómago que no la dejaba pensar demasiado bien. Tenía muchas ganas de vomitar, pero al respirar la brisa marina, se logró calmar. Miró a su alrededor, donde había unas calas desiertas, que probablemente albergaban varias cuevas cerca.
Por fin lo tenía.
No sabía si habían pasado dos, cuatro o diez días, pero allí seguía, atado con unas cadenas y sin sentir un ápice de su fuerza. En todo ese tiempo, tampoco había comido. Solo había bebido un poco de agua que una mujer le había dado por mera compasión.
Suponía que había algo que estaba bloqueando su poder mágico, pero no lograba entender cómo. Tampoco tenía demasiadas ganas de pararse a pensarlo, en realidad.
Podía escuchar el mar. Solo se concentraba en eso, en el sonido de las olas, que lo transportaban a su casa, a sus padres, a la pesca y a una tranquilidad inusual que no debería estar sintiendo.
No había tenido contacto con su secuestrador hasta ese momento, en el que Niels había llegado para propinarle un puñetazo en la cara sin mediar palabra. Yami solo había reído débilmente ante el ataque. Por ello, recibió una patada de dimensiones considerables en la parte de las costillas. Probablemente, incluso le había roto alguna que otra. Ojalá la fractura no hiciera que alguna astilla se desprendiera y le perforara un pulmón, porque necesitaba ganar tiempo hasta que Charlotte los encontrara. Porque podía ser un idiota, pero tenía la certeza de que esa mujer no se quedaría quieta hasta lograr conocer su paradero exacto.
—¡Niels, déjalo ya! —gritó Aurora mientras tiraba de su brazo derecho, intentando impedir los continuos golpes.
El hombre de cabello rojizo se giró, y con rabia enceguecedora, le asestó un fuerte golpe, haciendo que su cuerpo se desplazara un par de metros. Se giró para ir a rematarla, pero la risa de Yami lo impidió.
—Eres un puto cobarde. ¿Así tratas tú a las mujeres? Déjame decirte que a Charlotte no le gusta eso.
—No hables de ella en mi presencia.
—Solo quiero que sepas cómo es. Porque está claro que no la conoces.
—Sé cómo es. ¿Por qué te crees que estás aquí? Porque sé perfectamente que vendrá a por ti.
—Claro que vendrá… Pero no creo que eso sea bueno para ti.
Yami sonrió y Niels no pudo evitar darle otro puñetazo. Le daba mucha rabia saber que ese hombre sin valor le llevaba la delantera. No podía creer aún que una mujer tan sofisticada como Charlotte se hubiese fijado en alguien así.
—Charlotte necesita darse cuenta de la clase de vínculo que podría llegar a existir entre nosotros si te deja atrás. Yo se lo mostraré.
—¿Vínculo? ¿Tú has tenido eso alguna vez con alguien? ¿Sabes siquiera lo que es?
Sin abandonar la sonrisa, Yami pensó en todos los momentos que había vivido con Charlotte. Los buenos, los malos, los momentos de comprensión, angustia, felicidad, acercamiento paulatino y amor. Y también recordó que los últimos habían sido muy amargos y que quería borrarlos por completo, pero como aquello no era posible, simplemente estaría junto a ella cuando todo aquel sinsentido finalizara. Le compensaría los momentos de soledad y distancia.
Niels dio dos pasos hacia atrás, se revolvió el pelo con frustración y gritó con desesperación. Se dio la vuelta para volver a golpear a Yami, pero no pudo hacerlo, pues una fuerte presión lo agarró y lo empujó hacia atrás, provocando que se estrellara con los muros de piedra.
El Capitán de los Toros Negros había sido capaz, no solo de ver las enredaderas de espinas succionando el cuerpo del hombre, sino también de sentir el ki de Charlotte desde hacía pocos segundos. Estaba enfurecido, pero se alivió instantáneamente cuando sus ojos, temerosos, consiguieron verlo.
Se echó a correr y, cuando llegó adonde Yami estaba, se quitó el casco, sujetó su rostro con delicadeza y juntó sus frentes mientras cerraba los ojos y el consuelo se colaba por fin en su corazón lleno de incertidumbre.
—No sabes lo preciosa que estás cuando peleas.
Charlotte sonrió. Se le había hecho eterno el tiempo en el que no se habían hablado como siempre, con su habitual dinámica, y eso la estaba consumiendo. Estaba muy feliz de que aquello se estuviera produciendo de nuevo.
—Maldito estúpido y débil hombre. ¿Cómo te dejas atrapar así? Estaba tan preocupada…
—Lo sé, soy horrible.
—Lo siento. Lo siento mucho. Todo, absolutamente todo —declaró la mujer con sinceridad, aún sin ser capaz de cortar el contacto y la caricia.
—No pasa nada.
Yami sonrió y después, como pudo, movió su cara para besarla. Aquel roce de labios no duró demasiado, pero fue uno de los más significativos de todos los que habían compartido. Porque estaba lleno de esperanza, de futuro, de anhelos y expectativas… de la sensación de que su vínculo, aquel que ellos sabían que existía y que estaba repleto de fortaleza, nunca volvería a desvanecerse.
Charlotte se separó de Yami y lo miró. Su estado no era el mejor. Tenía ojeras, golpes, magulladuras. Lo inspeccionó mejor. Le levantó la camiseta y vio un severo moratón en su costado. Seguramente, tenía una hemorragia interna, así que debía actuar lo más rápido posible.
Vio a Aurora tirada en el suelo, inconsciente, y apretó su puño con rabia. Se dio la vuelta y lo vio, de pie, meneándose con inconsistencia hacia ella, mientras parecía sonreír con alegría.
—Por fin has llegado.
—¿Qué le has hecho a Aurora?
—No te preocupes, está viva.
Charlotte se abalanzó sobre él para luchar. No quería escucharlo, no quería saber nada más de él, solo quería que supiera que se iba a arrepentir por haber intentado arrebatarle lo más preciado de su vida.
Yami la observó desde la distancia. Ese hombre se defendería y con ella usó magia de fuego. Lo vio accionando algo en su muñeca. Lo sabía. Tenía un artefacto que adecuaba su tipo de magia para que fuera la más perjudicial para la del oponente.
Tras un intercambio inicial de golpes y hechizos que estaba resultando claramente favorable para Charlotte, una explosión hizo que tuviera que retirarse unos metros de Niels.
—He hecho todo esto por ti. Porque sé que tu vida estará completa una vez que estés junto a mí.
—Es imposible que estés bien de la cabeza.
—¡No lo estoy! ¡Claro que no! No lo estoy desde que me rechazaste, me humillaste y preferiste a un plebeyo extranjero antes que a mí, que soy parte de la nobleza de este reino... que soy parte de tu mundo.
La batalla volvió a reanudarse. Y a partir de ese momento, la ventaja fue aplastante para la mujer, pues estaba completamente decidida a terminar de una vez por todas con aquella situación.
Niels trastabilló y se cayó, víctima de las heridas y el cansancio. No había más que hacer. Ya le dio una oportunidad para que comenzara su nueva vida y no lo hizo. Puso en riesgo la vida de todo un reino, la suya y la de Yami… ya no podía perdonar de nuevo.
—No quiero pertenecer a ese mundo si solo engendra gente como tú —profirió justo antes de cortarle la garganta con sus afiladas espinas.
Miró la sangre corriendo por el suelo. Todo se quedó en silencio. Oyó el mar, su respiración agitada, el ruido tenue que hacían sus dientes al chocar por el temblor de su barbilla y después miró a Yami.
Se acercó hacia él, le cortó las cadenas y lo abrazó mientras se ponía de rodillas a su lado. O más bien, se dejó abrazar, se dejó cobijar como nunca antes lo había hecho. Porque tenía miedo, estaba nerviosa y, aun sabiendo que Yami no se encontraba en las mejores condiciones, necesitaba que la consolara, aunque fuera por un breve instante.
—Se acabó —le susurró en el oído y ella solo atinó a asentir.
Después, sintió que su cuerpo perdía las pocas fuerzas que tenía y lo ayudó a tumbarse. Le acarició el rostro y le sonrió. Y él, completamente adolorido pero consciente, le devolvió el gesto y sujetó una de sus manos, para transmitirle que, aunque aquello hubiera acabado, quería que todo entre ellos volviera a comenzar.
Un par de días transcurrieron tras la vuelta del Capitán de los Toros Negros a su base. Al finalizar la batalla, Charlotte sacó un dispositivo de comunicación que había llevado e informó de la situación y de su localización. Un grupo con magos espaciales y sanadores fue rápido hacia allí y ambos capitanes volvieron a sus bases.
Grey sanó por completo a Yami, que esperó esos dos días la visita de Charlotte, pero no se produjo. Debía darle un tiempo para procesar la cantidad tan ingente de emociones que podría estar experimentando, así que no le insistió.
Por lo que sabía, Aurora había sido detenida por crímenes contra el reino. Pero estaba seguro de que Julius haría un pacto con ella para que pasase a formar parte de algún equipo que se encargara del desarrollo tecnológico, y así evitarle la condena. No había compartido mucho tiempo con ella, pero no se veía mala chica.
Se puso de pie y miró un momento por la ventana. Entonces la vio. Se acercaba con paso ligero y con semblante tranquilo hacia la puerta. Su ki desprendía felicidad y sosiego. Simplemente, esperó sin encenderse otro cigarro.
Después de unos minutos, escuchó la puerta. Cerró la cortina de la habitación y le dijo desde dentro que pasara.
Charlotte entró y lo primero que hizo fue sonreír. Le daba una paz increíble verla así, y más aún pensar en lo inverosímil que era toda esa situación. Si hacía unos años, alguien le dijera que tendría ese tipo de relación con ella, se reiría sin parar. Pero ahora todo era completamente real. Y mucho más en ese momento, en el que por fin habían logrado recomponerse y superar las diferencias que los habían separado de una forma tan absurda.
—¿Es que no te vas a acercar a darme un beso?
La mujer se rio quedamente y sus ojos parecieron brillar. Se acercó sin pensárselo, posó sus brazos alrededor de su espalda y lo besó. Y tras hacerlo durante unos instantes, lo abrazó, escondiendo su rostro en su pecho.
—¿Estás bien? —le preguntó sin siquiera mirarlo.
—Sí. Grey me curó así que no hay ningún problema. ¿Tú cómo estás?
—Muy bien. Mucho mejor ahora que estoy aquí contigo. Te he echado mucho de menos.
—Yo también.
Charlotte alzó su cabeza y, esta vez sí, posó su mirada azul en el rostro de Yami, que también se quedó observándola. Se mordió los labios con algo de nerviosismo y, sin dejar de abrazarlo, le habló de nuevo.
—Yami, quiero que hagamos el amor.
Continuará...
Nota de la autora:
Wow, cómo se ha puesto esto.
Bueno, soy mala, pero no tanto, así que esto es básicamente el final. Nos quedan concretar unos detallitos en el último capítulo, queeee vendrá con alguna sorpresita. Cuando empecé esta historia, solo tenía en mente el principio (los dos primeros capítulos) y el final, es decir, el capítulo siguiente. Todo lo demás se ha ido construyendo a través del desarrollo mismo de la trama, de comentarios, de mis incesantes ganas de hacer drama y de mis circunstancias personales, pero de esto ya hablaré en la nota que finalizará la historia.
Muchísimas gracias por vuestro apoyo. No sé si lo expreso adecuadamente siempre, pero lo valoro muchísimo. Me hace inmensamente feliz saber que hay gente que disfruta leyendo las cositas que se me pasan por la cabeza.
Nos leeremos en el siguiente, que, ahora sí, será el capítulo que cierre esta historia que tanto me ha costado escribir, pero que he disfrutado como ninguna.
Gracias siempre.
