Declaimer: InuYasha y sus personajes no son de mi autoría. Si fuera así, este chico tonto se hubiese decidido desde un primer momento.

Nota: Al tratarse de un conjunto de drabbles, ninguno de los escritos superará las 500 PALABRAS. Además, iré subiendo los mismos a medida que la inspiración me acompañe y sepa qué escribir (aunque si quieren tirar ideas no me enojo xD). Por lo tanto, NO PUEDO DECIRLES CUÁNDO VOLVERÉ A ACTUALIZAR. Sepan disculpar ;D

Palabras: 446


Hojas en Blanco

III

El campo de hierbas medicinales era una excelente distracción para su atribulado corazón.

Así como el otoño marchita las flores, su mundo de ensueño se estaba destruyendo. Durante los últimos días, InuYasha había impuesto una fría pared de hielo a su alrededor. Se mantenía alejado e inerte, a distancia. Como esas fieras heridas que buscan la soledad de la cueva para sanar las heridas.

Su alma sangraba, y su mente de jóven enamorada no quería concebir que, tal vez, la propuesta de convivir juntos ya nunca existiría.

Kaede aún insistía en programar una fecha cercana para la boda. Todos en la aldea estaban felices, no sólo sus amigos o la jóven Rin. Ella también lo había estado... aunque luego la algarabía se le hubiese esfumado con la fuerza de una ventisca.

¿InuYasha se estaría arrepintiendo?

Conocía lo suficiente al hanyō como para saber que en muchas ocasiones actuaba más por impulso que por razón. Lo hizo en incontables oportunidades durante la búsqueda de los fragmentos. Su impulsividad solía llevarlo a situaciones complejas.

¿Acaso ésta era una de esas situaciones? ¿Interpretó mal las señales?

No, InuYasha fue claro. Le habló de vivir juntos; lo que a las claras, para ese tiempo, significaba unir sus vidas irrevocablemente... pero las espinas de las dudas se clavaban como aguijones en su pecho.

Se dijo, mientras separaba una hierba necesaria para la próxima temporada de meses fríos, que iba a hablar con él. No podía vivir con esta incógnita que la estaba carcomiendo. Ya no eran adolescentes, habían madurado. Se negaba a caer en la misma dinámica de antaño, cuando las palabras morían antes de ser pronunciadas.

Pero primero hablaría con Sango, necesitaba exorcizar sus demonios y encontar un hombro en dónde apoyarse. Por supuesto que habían platicado desde su retorno, pero el impacto de cómo se desarrollaron los acontecimientos desde su partida dirigió el tono de sus charlas: hablaban de la presencia de Rin en la aldea, del entrenamiento de Shippō, de los viajes de Kohaku y de sus extenuantes labores como sacerdotisa. Y de niños... muchos, muchos niños.

El monje Miroku estaba decidido a cumplir su promesa.

Una sana envidia la embargó. Anhelaba compartir lo mismo con su terco hanyō: una vida en común, una historia que los uniera y, si Kami los bendecía, un ser nacido de su devoto amor. Tal vez su futuro con él estuviese a un paso de escapar por la ventana... pero no podía evitar imaginarlo.

¿Quién podría culparla por ilusionarse?

Recompuesta, sonrió con verdadero gozo mientras volvía a la tarea. No iba a permitir que la vida junto a InuYasha se le escapase como agua entre los dedos.


A través de Kagome creo que nos podemos dar cuenta de la decisión que tomó InuYasha: no enfrentar el problema.

Como les había dicho en el drabble anterior, quería indagar un poco más en la indecisión de nuestro hanyō ya que ¡ahora arranca la bueno! xD. No sé a dónde iremos a parar, pero me está gustando el desafío de contar algo en menos de 500 palabras.

Por supuesto, gracias por todos los reviews maravillosos que me han dejado, por esos favoritos y por esas alertas. Atesoro muchísimo cada pequeña cosa, y por eso disfruto demasiado responder sus comentarios. Para quienes no pude hacerlo personalmente: ¡gracias, gracias, gracias!

Deseo que estén teniendo un magnífico miércoles, y no se olviden que nos vemos en el próximo drabble ;D

¡Un abrazo enorme!

Lis.