Regalo del intercambio navideño del Club de lectura de fanfiction en fb.
Dedicado a UchikaPrikayara
Aclaraciones:
Este Au nace ambientado en la década de los 20, tomando aspectos asociados a la santa inquisición y cultura gitana, así como las distintas variantes de esta comunidad.
Glosario al final.
Advertencia:
-Muerte.
-Homofobia.
-Final abierto.
Los hombres que odiaban a los hombres.
"No te acostarás con un hombre como si te acostaras con una mujer."
(Levítico 18:22)
Existe un recuerdo que, por más que los años pasaran, Itachi siempre guardaría en su memoria, tatuado con fuego y dolor.
El primer acto de esta serie de memorias comienza el día en que encontró a su primo Obito retozando junto a otro hombre; los tres habían quedado absortos ante la sorpresa y, antes que pudieran mediar palabras Itachi —un niño aún—, había salido corriendo. El peso de su educación extrema en base a las leyes del Jashinismo, hizo aparición.
Es ahí cuando el segundo acto se hace presente. Junto a su familia, Itachi presenció cómo el chico rubio, hallado junto a su primo, era amarrado al bastión de madera, en medio de una hoguera, en plena plaza pública.
Nunca supo su nombre, sólo que su bonito cabello largo había sido cortado irregularmente, que los ojos azules con los que le vio sorprendido cuando les encontró, lucían inyectados en ira y resentimiento. Su atractivo y juvenil rostro ahora era una rara mezcla de piel, huesos y ojeras.
El delito cometido había sido el de sodomía, aunque él poco comprendía del peso de aquella acusación. Fue más claro cuando su primo le llamó brujería en el tribunal de Jashin, alegando que el chico rubio le había embrujado, obligándole a hacer cosas que, en su sano juicio, jamás haría. Aquel día Itachi descubrió que lo que había visto era una abominación, algo antinatural, contradiciendo al Jashinismo. Por supuesto, el tribunal había perdonado a su primo, pues un Uchiha estaba por encima de un nómade de la estepa; seres traicioneros, estafadores y hechiceros, nada bueno podía venir de ellos.
A sus escasos seis años Itachi, sentado sobre los hombros de su padre, atestiguó el espectáculo. Imaginaba que el embrujo debía ser cosa seria, porque, aun después de haberlo descubierto, su primo todavía lloraba en los brazos de su abuela cuando el verdugo prendió la hoguera.
La madera ardió rápido y, de entre las llamas, una voz rota se escapó como venida del mismísimo infierno.
—¡Los odio! —gritó el pecador—. ¡Los maldigo, Uchiha! ¡Los maldigo!
…
Pasaron años antes de que aquel suceso se vuelva un recuerdo; y un poco más, para que los nómades vuelvan a la ciudad a causa de la sequía en la estepa, su antiguo hogar.
Es primavera y los nómades arriban a Konoha montados en carromatos halados por caballos. Las personas ven con desagrado la llegada de esos sucios estafadores, seres de segunda categoría que sólo llegan a contaminar todo con su inmundicia.
Itachi, ya de trece años, les observa al pasar por su ventana. Su familia se había asentado hacía muchas décadas en los terrenos alejados del centro y, aun cuando la ciudad ya les había alcanzado, seguían viviendo en las afueras, a pocos metros de los nómades, que acaparan el campo abierto para instalar su campamento. Los carromatos avanzan uno tras otros cargados con cajas llenas de sus pertenencias y jaulas con animales de pastoreo.
Pero no es hasta que sale a la escuela, que Itachi tiene una vista cercana de ellos. A la ida, ya han levantado los primeros parantes de madera de las que serán sus viviendas; a la vuelta, las carpas empiezan a tomar forma, cubriendo los parantes con tela desteñida, seguramente, por el inclemente sol estepario.
Sus ojos de obsidiana recorren el complejo, intrigado por su estética y modo de vida. Las mujeres van vestidas de faldones en capas, blusas cortas que muestran sus abdómenes y algunas llevan pañoletas coloridas en sus cabezas. Ellas esperan sentadas en los carromatos, amamantando a sus bebés sin vergüenza alguna o cuidando a los niños más grandes. Los hombres, en cambio, son quienes arman las grandes carpas bajo el sol de mediodía; visten pantalones holgados dentro de botas, usan una especie faja de tela en sus cinturas. Algunos llevan camisas igual de holgadas, con los botones abiertos; otros se las han quitado creando cuchicheos entre los pobladores que observan ofendidos la escena, las mujeres fijan sus ojos en el camino antes de girar a verlos.
Para cuando Itachi se percata de esto, su mirada ya ha conectado con la de uno de los nómades. No debería dejarlo estático, el muchacho sería un año mayor que él, tal vez tenga su misma edad; aun así, su pecho se estruja al encontrarlo similar a aquel que habita en sus recuerdos. Cabellos de sol, ojos de mar, tan bonitos y enmarcados de negro.
—No los veas. —Le reprende su primo Shisui cuando lo descubre observándolos—. Ellos te embrujan, ¿recuerdas?
La advertencia llega con segundos de tardanza.
Él ya le ha visto.
...
El verano arriba sin clemencia ese año, los abanicos atiborran las manos de las mujeres en la calle ante el calor pegajoso. Son vacaciones en la escuela, Itachi se la pasa despanzurrado en casa junto a Sasuke, su hermano menor. Abren el Shoji de par en par y dejan que el aire ingrese refrescándoles un poco.
—Me derrito. —Se queja Sasuke, que suda sin cesar a pesar de que su hermano ha empezado a abanicarle como si fuera un rey—. Vayamos por un helado. —Ordena e Itachi le cumple el capricho. Vistiendo ropa fresca, salen por los helados.
En el camino se arrepiente, porque el sol es implacable y un helado no será suficiente para refrescarlos. Camina despacio, esperando a Sasuke; el menor sólo tiene seis años y sus pequeñas piernecitas no van a su misma velocidad.
De pronto, el bullicio de dos señoras que vienen delante de ellos les llama la atención. De entre ellas aparece un niño con la vestimenta que caracteriza a los nómades; intenta pasar a empujones en medio de ellos, golpeándose contra Itachi y cayendo sobre Sasuke.
—¡Konohamaru! —Vocifera otro muchacho corriendo por la calle. Itachi lo reconoce, su cabello rubio es peculiar para la gente de la zona, al igual que sus ojos color cielo —. ¡Te he dicho que no corras! —grita al niño, jalándole del brazo.
Tras ellos vienen dos niños más que, en un instante de distracción, hacen que libere al pequeño caído, llevándoselo con ellos.
El muchacho rubio resopla.
—Lo siento —dice, ayudando a Sasuke a levantarse antes de sacudirle la ropa llena de tierra muerta.
—Está bien, no te preocupes. —Le tranquiliza Itachi.
—No está bien. —Aclara el menor en tono molesto. Su rostro es de quien está a punto de hacer una rabieta—. Ese niño me empujó, ni siquiera se disculpó y ahora estoy todo sucio. —Alza sus manitas, mostrando las manchas marrones.
—En verdad lo siento. —Repite el nómade poniéndose en cuclillas frente al pequeño—. ¿Aceptarías que lea tu mano como disculpa por lo que hizo mi hermano?
—Eso es mentira… —refuta el pequeño de inmediato—. Además, sólo las mujeres lo hacen.
—Sasuke, no seas grosero. —El mayor le reprende entre dientes.
El rubio le sonríe, Sasuke se sonroja.
—Eso no quiere decir que no sepa hacerlo —señala, extendiendo la mano a la espera de la del niño.
Sasuke le mira aún con dudas, gira los ojos hacia su hermano, él asiente afable y, sólo entonces, le da la mano.
—¡Mira nada más que bonitas líneas hay aquí! —El nómade traza caminos en su palma, produciéndole cosquillas a Sasuke, que suelta una risita—. Esta es tu línea de vida y ya puedo ver mucha alegría en ella. —Continúa observando la mano, fingiendo intriga—. También... ¡Hmm...! Un gato.
—¿Gato? —pregunta, sin creer en el nómade.
—Sí, veo uno en tu camino.
—¿Un gato? —repite, entre intrigado y confundido.
En ese momento oye un chillido fuerte, nuevamente el griterío de instantes atrás le acompaña y, finalmente, el gato aparece corriendo frente a él. Detrás, el niño que le empujó va persiguiendo al animal junto a sus amigos.
Sasuke abre grande los ojos.
—¡Itachi, acertó!
Su hermano le sonríe con ternura.
El nómade se pone de pie, frente a Itachi.
—Ahora te toca a ti —Nuevamente extiende la mano, esperado.
—No es necesario. —Aclara el mayor. El rubio no desiste y no baja la mano.
—¡Sí, sí! Quiero oír qué dice. —Insiste Sasuke.
Itachi suspira, sabiendo que todo es mentira y que lo del gato es mera coincidencia; no obstante, obedece por la emoción que ve en su hermanito. Los finos dedos del nómade acarician su palma al igual que lo hicieran con Sasuke. Le ve concentrarse nuevamente, entornando los ojos en cada trazo que hace con su dedo.
—Veo... Naranja y azul en tu camino.
—¿Naranja? ¿Azul? —murmura Sasuke—. Eso no tiene sentido.
El nómade esboza una sonrisita ligera y suelta la mano de Itachi.
—A veces las lecturas no son tan directas como la tuya. —Le pellizca la nariz con los nudillos, Sasuke intenta alejarlo—. Algunas requieren interpretación… —Estira la última palabra, en tanto arquea las cejas e inclina el rostro.
Se trata de un gesto casual, pero que a Itachi le llama la atención por cómo pareciera señalar algo. Así que, con disimulo, sigue la dirección hacia donde sus cejas han apuntado, topándose con una carpa azul y naranja, la misma que le viera días atrás armando.
—Debo irme. —Dice el nómade a modo de despedida, atrayendo su atención; le observa, notando una sonrisa de suficiencia al saber que él ha captado su mensaje: desea volver a verle. Entonces, el nómade se dirige a Sasuke—. Espero que me disculpes por el accidente. —Luego, al pasar a su lado, agrega—: Sigue tu camino.
…
El helado se termina minutos antes de llegar a casa, pero el calor se mantiene, al igual que el recuerdo del nómade con los ojos de mar. Afortunadamente, antes que su madre le preguntara dónde se habían metido, él le había pedido a su hermano guardar el secreto de su encuentro con los nómades y, a cambio, se ofreció como su esclavo personal. Sasuke aceptó, era un niño muy mimado y amaba que su hermano mayor le consintiera, además, por muy valiente que llegara aparentar ser, Sasuke temía que su padre les pudiera regañar o, peor aún, golpear por hablar con esos sucios estafadores, como solían llamarles en casa.
Y aun sabiendo las consecuencias que puede traerle el mezclarse con esa gente, Itachi rebobina el momento de su encuentro mientras se mantiene acostado en el tatami, abanicándose la tarde entera. Más allá de lo que el nómade dijo, es el recuerdo de su niñez, entremezclado con la apariencia del muchacho, lo que le hace pensar de más. Porque, a pesar de los años transcurridos, la culpa se mantiene instalada en su interior. En esa época, todo lo que sabía era que los nómades no traían nada bueno y él, ingenuo como solo la infancia se lo permitiría, había soltado la lengua con su padre sobre lo que había visto, sin mediar consecuencias.
Asume que, parte de ese recuerdo, es el mismo que ha hecho que los nómades vuelvan pasados tantos años, obviando a su país en el mapa de sus rutas. Seguramente, jamás habrían regresado de haber sido por la sequía en la estepa.
Itachi suspira con pesadez. Aquellos ojos azules jamás le han dejado tranquilo; continúan brillando tras las llamas, mirándole por las mañanas cuando despierta, en un minuto de sosiego por la tarde o cuando pestañea por última vez al irse a dormir.
Y es ese recuerdo el que le lleva a salir a hurtadillas por la noche.
Tal vez en su destino está el oír lo que ese nómade desea y, de esa manera, limpiar un poco la culpa.
Es tarde cuando camina por la calle, los faroles están bastante distanciados creando tramos oscuros que Itachi recorre con celeridad y un poco de temor. No se cruza con más personas, apenas y ve un par de gatos peleando por un trozo de basura. Cuando llega al campamento nómade, nota que es más oscuro que la calle por donde ha venido.
Traga hondo, respira e ingresa.
Las carpas forman intrincados callejones angostos y huele la tierra muerta cada que da un paso; ve antorchas prendidas, pero son muy pocas. Rápidamente, se da cuenta que ahí dentro es un laberinto, porque según lo previsto desde afuera, ya debería de haber llegado a la carpa que quería. Intenta regresar y sucede lo mismo, debería estar fuera y, sin embargo, continúa ahí, caminando en círculos.
Refunfuña molesto por la tontera que le ha hecho al aventurarse a ese lugar.
—¿Qué haces acá, payo? —Oye tras él.
Voltea lento, un hombre grande es quien le habla. Tiene el cabello blanco, pintas en el rostro, viste de rojo. El sujeto le toma del brazo, alzándolo lo suficiente como para que no pueda huir —. ¡Responde! —exclama con voz gruesa.
Itachi enmudece de inmediato, aterrado por el tono y la imponente figura del hombre. Automáticamente piensa que está perdido, si él no lo muele a golpes por atreverse ingresar a su comunidad, lo hará su padre cuando descubra que ha estado en esas tierras.
El apellido Uchiha ya estaba bastante manchado como para que él se vea envuelto en líos con un nómade.
—¡No! —Se une otra voz, rápidamente la reconoce —. No, bató puró. —El nómade rubio toma del brazo al hombre mayor—. Él vino a que bata vea su suerte.
El hombre no le quita la mirada de encima, analizando su reacción quizás. Itachi no dice nada, ni siquiera se mueve.
—No debe entrar aquí, conoces las reglas —dice después de liberarle.
—Sí, debí salir a esperarlo, no volverá a suceder. —Asegura el rubio.
El mayor se retira y ambos adolescentes suspiran aliviados.
—Lo siento. —Se disculpa el nómade, rascándose la nuca—. No pensé que vendrías, ¡en serio!
Itachi se siente un poco tonto ante esa confesión y el hecho de que le ha dado tantas vueltas sobre si quería o no volver a verlo. ¿Qué esperaba encontrar? ¿Las respuestas a sus dudas y recuerdos?
—Será mejor que me vaya —reflexiona en voz alta, dubitativo.
—¡No, no, no! —Él le toma de la mano—. ¿Te gustan los caballos?
—¿Eh?
El nómade sonríe, al ver que la pregunta capta su atención.
—Ven.
Se alejan de la zona de las carpas hacia la parte trasera donde el campamento limita con el bosque; en el pastizal, los nómades han aglomerado sus pertenencias. Ahí ve los carromatos estacionados y los corrales improvisados para sus animales de granja. En lo último de esa línea divisoria se encuentran los caballos amarrados a los árboles.
Itachi los mira emocionado. Es extraño ver uno de esos animales tan grandes dentro de la ciudad, pero entiende que los nómades los necesitan para transportarse entre caminos inhóspitos.
—Este es el mío, se llama Kurama. —Señala el nómade al primero de la línea.
—Es muy bonito —comenta, viendo su pelaje rojizo iluminado por la luna llena.
—¿Quieres alimentarlo?
Vuelve los ojos hacia el nómade. Este reconoce la emoción en ellos, retrocede hacia un barril y saca de ahí una zanahoria marchita que le entrega. Itachi la acepta dándosela al animal, que la devora lamiendo sus dedos.
—¡Mi mano no! —exclama bajito y luego ríe junto a su acompañante.
—Ten otra.
Quizá pueda quedarse un poco más, piensa, tomando nuevamente la verdura. El caballo vuelve a devorar su mano y ambos ríen. La acción se repite infinidad de veces, con el caballo golpeando su brazo con el hocico cada vez que ya no quieren alimentarlo.
—¿Cómo te llamas? —Repentinamente suelta el nómade.
Itachi pasa la mano por el costado del caballo, ignorando la pregunta; no sabe sí debería responder o no. Aun cuando los nómades han permanecido alejados durante tantos años, su familia ha tenido mucho recelo en mantener cualquier contacto hacia ellos. En la misma ciudad existen algunos que se han asentado en puestos permanentes, lugares que un Uchiha siempre pasa de largo.
Sin embargo, no quiere ser grosero cuando él le ha permitido alimentar a su caballo de tan buena gana. De pronto, el ruido alto de gritos y aplausos altera al animal, que relincha y da un pequeño salto haciendo que Itachi caiga al suelo. El nómade ríe, le ofrece una mano que Itachi acepta, murmurando con malestar pues sus ropas se han ensuciado.
—Están celebrando un cumpleaños —comenta su acompañante.
—¿No deberías estar ahí? —inquiere, limpiado su trasero.
El chico se acerca a acariciar el hocico del caballo, tranquilizándolo.
—Es... aburrido —contesta, haciendo una pausa que se prolonga varios segundos antes de continuar en un tono más bajo—. No tengo amigos aquí…
Itachi enarca una ceja, incrédulo.
—¿Ni uno?
Como respuesta, él mueve su cabeza negativamente.
—¿Por qué?
El chico se encoge de hombros, sin mucho que decir, y le entrega otra zanahoria para que alimente a Kurama.
Quedan en silencio un instante.
Entonces, Itachi comprende por qué él se mostró tan solícito luego de que su hermano golpeara contra Sasuke y, una vez más, su cabeza piensa por encima de las circunstancias.
¿Sería esa la manera de enmendar sus pecados?
—Soy Itachi —Se presenta finalmente, extendiendo una mano.
El nómade rubio se gira rápido.
—Naruto. —Recibe animosamente la mano ofrecida, sonriéndole.
El Uchiha le devuelve el gesto.
Es sólo un verano, piensa, nada malo puede suceder en tan poco tiempo.
…
Itachi es consciente que su buen corazón no siempre actúa con prudencia. Lo nota cuando le cumple caprichos a Sasuke, embelesado por la dulzura de su hermanito; también, cuando le hace más favores de los que debería a Shisui. No obstante, es más que obvia su observación cuando acepta la amistad del nómade y, dos días después, está de regreso en el campamento.
Y el muchacho ojos de océano lo recibe con una sonrisa radiante; esta vez, se encuentran directamente donde Kurama. Itachi no pierde el tiempo, alimentándolo con algunas verduras y frutas que ha hurtado de su casa.
—Va a comer todo lo que le acerques. —Naruto se ríe luego de que Itachi mencionara que al animal le gustaba lo que le había llevado.
En esta ocasión hay menos silencio que la primera vez. Logran entablar una conversación ligera sobre caballos y Naruto comenta que, al vivir gran parte del año en medio de la estepa entre Konoha y Suna, las carreras de caballos son su deporte principal. También su único medio de transporte entre una carpa y otra, ya que nunca se asientan tan cerca como lo han hecho ahora.
—Recuerdo haber montado uno desde siempre —comenta casual, acariciando a Kurama—. Si quieres, un día podría enseñarte, es muy fácil, ¡de veras!
A Itachi le sabe a una oportunidad de oro que acepta sin dudar; jamás ha montado uno de esos animales y duda que tenga otra mientras viva en la ciudad.
Es así como la conversación fluye con naturalidad, haciendo de sus encuentros entretenidos y reiterativos. Porque, así como ese, terminan por acordar otros más.
Siempre en el mismo lugar.
Ambos ríen gran parte del tiempo, incrédulos de las costumbres del otro. Los choques culturales les suenan extraños cuando han convivido tan poco con personas fuera de su entorno.
—Entonces, la brujería es pecado y creer en otros dioses también. —Resume Naruto la explicación que él le ha dado sobre el Jashinismo—. Pero no lo es quemar vivo a alguien...
Itachi asiente, con un poco de vergüenza de lo contradictorio que suena todo y porque sospecha que Naruto, quizá, haya liberado ese comentario a conciencia de un recuerdo lejano en su comunidad.
—Son... distintas maneras de pensar —excusa a su nación.
A sí mismo.
Aun con las diferencias, las conversaciones son pacíficas y así como a Naruto muchas cosas le causan sorpresa, a Itachi también.
—¿Se casan a los dieciséis? ¿Y la escuela?
El nómade suelta una risita.
—Lo importante en los hombres es trabajar, no necesitamos estudios para pastorear o trabajar en construcción —revela, sereno—. De hecho, nos comprometen desde mucho antes.
—¿Qué? —continúa sorprendido— ¿Así que estás comprometido?
Niega, mas no agrega nada.
—¿Por qué? —Itachi pregunta, incrédulo. Un muchacho como él debe ser popular entre las chicas.
El nómade tuerce los labios, con un poco de incomodidad.
—Yo… —Hace una pausa larga, dudando—. Sólo no hay una chica que me interese...
Itachi decide no darle más vueltas a su respuesta, por muy extraña que le parezca.
Y así como esa, muchas otras cosas terminan siendo contadas entre los chicos. Algunas con muchas explicaciones, otras dejadas al aire. Itachi siempre prefiere ser el que oye, porque a pesar de ser de la misma edad, Naruto ha viajado mucho y conoce tantos lugares, tantos paisajes que, probablemente, él jamás llegará a visitar.
El nómade cuenta sus aventuras con bastante entusiasmo, sonríe y se emociona y, sin darse cuenta, él mismo se encuentra sumergido en esa emoción, devolviéndole la sonrisa muchas veces.
—Me gusta que vengas. —Le confiesa Naruto, sincero, con los ojos titilantes.
—A mí también.
…
A veces, la vida se le haría más fácil obviando a ciertas personas. Es decir, Itachi no considera que alguien le caiga particularmente mal, pero sí que le hace mal estar cerca de ellos.
Exhala hondo, captando la atención de su madre.
—Tranquilo. —La mujer acaricia suavemente su espalda, no por eso se siente verdaderamente calmado—. No debes ponerte ansioso cada que venimos.
—¿Por qué se pone así? —inquiere el menor de la familia, sosteniendo la mano de su padre.
—Ya hablamos de esto, Sasuke —susurra el patriarca del hogar antes de que la puerta frente a ellos se abra.
Obito los mira con el semblante demasiado serio para alguien que acaba de convertirse en padre.
—¡Felicidades! —Lanza alegre su madre —. Supe que es una niñita.
Su primo asiente en silencio, dándoles paso a su hogar. Ellos hacen una leve reverencia e ingresan. Itachi no se ha sentido cómodo de verlo desde que aquello sucediera. Ha pasado mucho tiempo, aun así, es entendible que la relación que mantuvo con su primo nunca se recuperará. Del chico alegre y tontorrón que recuerda de su niñez, no quedaba ni rezagos; se había convertido en un hombre frío, serio y amargado.
Y lo entiende, ahora es capaz de hacerlo.
¿Cómo ser feliz cuando le arrebataron a quien amaba?
No sólo acabaron de la manera más cruel con esa persona, sino que se le obligó a testificar en contra suya, a casarse forzosamente, a tener una vida digna al lado de una esposa y de una familia. Por eso, Itachi es incapaz de andar por esa casa con libertad; es como si los ojos vacíos de su primo le juzgaran continuamente, arremetiéndole con la culpa de que sus actos llevaron a alguien inocente a morir.
Inocente, sí.
Porque Itachi, aunque criado bajo la moral y las buenas costumbres, no concibe la idea de que amar a su igual sea un crimen que se pague con la vida. Quizás, Obito no hubiera podido nunca establecer una relación formal con el nómade, quizá su familia le repudiara hasta la muerte, pero no estaba errado en su sentir.
O es esa la conclusión a la que ha llegado en tantos años sin poder olvidar la hoguera que vio en aquel entonces, sin poder olvidar el olor a piel quemada que no se fue de la ciudad hasta varios días después del suceso.
Sin duda alguna, si Itachi pudiera volver el tiempo atrás, no se levantaría esa noche a ir al baño. Ni abriría la puerta de la despensa.
Y, definitivamente, no le diría nada a su padre.
…
Con Naruto, la situación es la misma todas las noches que se encuentran. Conversaciones tranquilas, siempre jugando con los animales de los nómades. En ocasiones sólo están al lado de Kurama, otras veces, le permite jugar con las cabras bebés, que les persiguen como pequeños cachorros. Incluso ha logrado sostener a un polluelo muy pequeñito, que Naruto robo del corral sin que la madre le viera.
Es tan difícil tener animales en su casa, Itachi apenas posee un gato que duerme más horas de las que pasa despierto. Por eso, le hace feliz tener cerca tantos animales bonitos y, debe agregar, le hace feliz el haber conocido a Naruto y que su mundo pareciera haber ampliado sus horizontes gracias a sus conversaciones con él.
Ahora conoce más de su cultura; como que rara vez se asientan en ciudades, su vida entera la hacen de preferencia en la estepa, migrando junto al clima, buscando mejores pastizales o ríos caudalosos. También ha comprendido que parte del hecho de que en su país sean tan mal vistos se debe a que ellos no creen en Jashin.
Ellos condenan muchas cosas bajo la ley nómade, pero ninguna amerita la muerte. Distinto a Konoha, que su Dios exige sangre para expiar los pecados.
Y pecados hay tantos que seguramente le faltaría vida para cometerlos todos.
Por lo pronto, le parece mucho más interesante la cultura de Naruto, sus viajes, sus costumbres y que sus bodas se festejen con tanta algarabía por días. Han pasado dos noches de su última visita; sin embargo, aún logra oír gritos, aplausos y risas provenientes de la festividad.
—No suelen durar tanto, la verdad —explica Naruto, acariciando una cabra—. Pero se trata del hijo de una de las familias más grandes del campamento. No puede durar igual que otra boda.
—Sólo he ido a una en mi vida —comenta, recordando la de su primo—. Fue bastante silenciosa, no como esta.
—Entonces fue aburrida.
Itachi sonríe lánguido y asiente, porque… aburrido es mejor que triste.
—¿Quieres ver algo entretenido? —pregunta Naruto, animoso—. Se suele hacer en las bodas.
La curiosidad le gana e Itachi acepta. Recorren el camino hacia las carpas, la música es más fuerte en las callecitas estrechas, apenas y escucha sus propios pasos. Itachi siente nuevamente que podría perderse, así que se aferra a la mano de Naruto con fuerza hasta llegar a una carpa en específico.
Naranja y azul, tal como él dijo cuando leyó su mano.
—No debería... —Pone un poco de resistencia al verlo ingresar—. Si alguien me ve acá...
—Nadie vendrá, todos están divirtiéndose. —Naruto tira de él, haciéndole ingresar.
Dentro de la carpa no es tan grande. Itachi lo compara con el área de su sala y entiende que ahí deben hacer su vida, al menos, una familia de cinco miembros. Hay una pequeña estufa en medio, con una chimenea que sale fuera de la carpa y sirve de parante a su vez para sostener el techo. En los bordes están acomodadas todas las demás pertenencias; hay futones doblados, cajas y un armario improvisado de donde Naruto saca una prenda.
La reconoce rápido cuando esta se desdobla, es una falda de las nómades.
Y el chico la viste sin dudar.
—Eso es de mujer —señala Itachi.
—Lo sé. —Naruto cierra la prenda en su cadera, sobre el pantalón y agrega, juguetón—: Será nuestro secreto.
Itachi le mira terminar de vestirse, ajustando bien la falda y colocando encima una especie de correa hecha de una cadena de la que cuelgan muchas más. Ha visto que algunas nómades la usan y suena a cada paso que dan. Finalmente, se quita la camiseta, quedando con el torso expuesto, tan igual como lo viera la primera vez armando esta misma carpa. Itachi se crispa un poco porque para ellos no es normal verse así, sin importar que sean hombres. Incluso con el calor demencial de verano, ni él ni Sasuke se quitarían una prenda para andar semidesnudos en casa.
Y Naruto le muestra su pecho de piel canela con total normalidad.
—Listo —sonríe quitándose las botas.
Le hace tomar asiento sobre un mueble con cajonera. La música instrumental continúa sonando de fondo y a ella se unen el tintineo de la cadena que Naruto lleva en la cadera cuando se mueve. Al inicio, Itachi sonríe incómodo, es una imagen surreal, un hombre bailándole a otro. Sin embargo, mientras transcurren los segundos y Naruto bate la falda de tela excesiva con las manos, empieza a relajarse. No tiene por qué tomarse tan en serio algo con lo que pueden divertirse.
Entonces, Itachi sonríe al fin y aplaude queriendo animar el ambiente.
Quizás, aquello fuera una experiencia única y él, un afortunado.
Naruto apoya un pie al lado suyo, bate la falda adrede contra su rostro, haciéndole querer alejarse. Itachi toma la camiseta que se ha quitado el nómade y se la arroja, dando fin a la danza e iniciando una persecución entre ambos por toda la carpa entre risas.
De pronto, oyen la voz de personas afuera.
Naruto se quita rápido la cadeneta y coge su camiseta.
—Por aquí —alza un lado de la carpa, dejando un espacio muy pequeño.
Itachi se arrastra, rampando en la tierra al salir. Luego ayuda a Naruto y salen corriendo de ahí, con el corazón bombeando adrenalina al cuerpo y comiéndose las carcajadas hasta llegar a la zona de los carromatos. Sólo entonces, pueden reír a sus anchas.
—Deberías quitarte esto —menciona el Uchiha tocando brevemente la falda.
—¿No te gusta?
—Prefiero tu ropa usual.
Naruto sonríe.
Se quita la prenda, la dobla y la deja dentro del carromato, entre las pacas de paja.
—¿Sabes cuál es la razón por la que una nómade le baila a un hombre?
Itachi niega y la respuesta le toma por sorpresa en los labios. Naruto le ha besado, una sensación fina, suave.
—Yo… —Itachi no sabe qué hacer o decir; así que, simplemente, huye—. A-Adiós…
Esa única palabra es lo último que escucha Naruto antes de que la silueta de Itachi se pierda entre las sombras.
...
No es difícil comprender la connotación del beso cuando hubo cierto contexto, Itachi lo entiende y es por esa misma razón que no vuelve al área de los nómades en un tiempo.
Ese beso debió resultarle asqueroso, en ese preciso instante debería de estar muy molesto con Naruto por el atrevimiento; sin embargo, la confusión continúa perenne en él. No diría que le gustó, pero tampoco se le ha hecho desagradable y es consciente de que ha pensado en él más de lo que debería pensarlo en esos días, llegando incluso a hacer una leve comparación entre el recuerdo fugaz de su primo y el nómade rubio.
Evidentemente, la situación no es la misma, no por eso, el miedo es menor. Konoha es un país muy estricto, con un tribunal que califica la moral y buenas costumbres basados en leyes religiosas. Los castigos que otorga el Jashinismo son atroces, los peores de la región, sin hacer miramientos a niños o adultos, hombres o mujeres. Eso lo sabe muy bien y no solamente por la anécdota que precede a su familia, sino por los estudios impartidos en la escuela desde temprana edad. De otra manera, su yo pequeño jamás hubiera sabido que el acercamiento entre hombres era inmoral.
Un pecado abominable.
—¡Itachi! —Escucha que le llama su madre, de pie al lado de la mesa. No había notado que la cena está servida—. Vengo llamándote hace rato. Andas muy distraído estos días, —ríe antes de preguntar—, ¿acaso estás enamorado?
—¿De quién lo estaría? —Interviene Sasuke, curioseando. Itachi no contesta.
La cena transcurre en silencio, lo que le da la oportunidad de sopesar lo dicho por su madre y termina por caer en cuenta que, bajo un cuadro de mucho miedo, quizás sí lo está.
Apenas puede pegar ojo esa noche.
Y la que sigue.
Finalmente, en esas horas de insomnio, reflexiona; concluyendo que sería imposible creer que una aberración como esa llegara a buen puerto. Es por ello que su respuesta a lo sucedido debería ser bastante clara: denunciar a Naruto al tribunal o, al menos, alejarse de él. Pero entonces, un sentimiento acomete su ser, y va más allá del miedo al tribunal de Jashin. Es el recuerdo de su primo siendo infeliz, construyendo una familia —una vida—, que no quería para él.
Hay dos cosas muy evidentes que Itachi siempre nota en su mirada. Una es el odio, y no hay palabras de su madre que le hagan creer lo contrario, su primo le aborrece. Sin embargo, también está la tristeza en su mirada. Una chispa de desesperanza que percibe cada que toda la familia se junta y Obito se pierde en un rincón, observando a la nada.
Y él se compadece, porque aun si el nómade rubio no hubiera sido ejecutado, la vida de ambos hubiera terminado por tomar rumbos separados, formando familias cada quien por su lado. Vidas llenas de tristeza y soledad.
Itachi piensa que redimir su culpa no era ser amigo de un nómade, tampoco reconocer sus gustos, sino aceptarse a sí mismo y a él en el proceso. Acusar a Naruto queda muy descartado, pero tampoco va a alejarse de él.
Así que hace lo único que puede hacerse cuando la razón falla y el corazón manda: cometer errores.
Transcurre más de una semana antes de que vuelva a buscarlo. Lo hace por la tarde, con mucho miedo de ser visto, pero a sabiendas de que no habrá otra hora en que la pueda encontrarlo. Se acerca a las carpas y, de inmediato, un grupo de mujeres se le aproximan. Todas traen cartas en las manos, buscan leerle la suerte y pelean entre ellas asegurando que una lo vio antes que la otra.
—Naruto —logra articular en medio del tumulto—, busco a Naruto.
Las mujeres se callan.
—Si has venido a acusarlo de algo, será mejor que te vayas —habla una mujer pelirroja, abriéndose paso entre las demás nómades, trae a un bebé cargado—. Mi hijo no es ningún estafador, él trabaja honesto. —La molestia es evidente en su voz, en su porte.
—N-No... —retrocede un poco—, yo no venía a eso.
—Entonces, ¿para qué lo buscas? —continua brava.
—¿Bata? —se gira cuando reconoce la voz—. ¿Itachi?
—¿Lo conoces? —Pregunta la mujer.
—¡Oh, sí, sí! Yo... trabajé para su padre, ¿viniste a pagarme?
—¡Eh…! ¡Sí! —responde, no muy seguro de que su respuesta haya sonado a verdad.
Naruto hace una seña para que lo siga. Itachi hace una leve reverencia y va tras él, liberándose finalmente del grupo de mujeres. Le lleva hasta el final de la calle, donde las carpas ya se perdieron y la metrópoli empieza a tomar forma.
—A menos que busques que te lean el futuro, no es recomendable meterte en nuestra zona.
—Quería verte —afirma sin dudar.
Silencio.
Ambos se miran fijamente a los ojos. Tal vez buscando mentiras o hurgando dudas.
O descifrando verdades.
—No volviste, yo pensé... —Deja en el aire la frase.
Itachi baja la mirada, apenado. No es un momento cómodo, es difícil entablar una conversación sincera con el miedo rascándole la nuca. Si alguien le viera hablando con él...
—¿Puedo volver en la noche? —Pide, sabiendo que es ahí donde se siente más seguro.
Naruto asiente.
Y el crepúsculo se le hace infinito hasta que la oscuridad lo alcanza.
…
Le ve aproximarse desde el campamento. Itachi continúa acariciando a Kurama, nervioso y, a la vez, ansioso. Es difícil pensar cuando la batalla entre el deber y el querer permanecen sacudiéndole el interior.
—Llegaste antes —dice Naruto, ya a su lado.
—Quería verte —vuelve a expresar, aunque, curiosamente, evite verle. Sin embargo, no es mentira lo que dice, le ha extrañado más de lo que debería esos días. Más de lo que es normal extrañar a un amigo.
Naruto acaricia a Kurama de la misma manera en que Itachi lo hace. No dice nada, aún tiene un poco de temor. Sabe que lo que hizo no fue correcto, que en una nación como Konoha aquello podría costare la vida y a su pueblo la expulsión. Todos conocen la historia del joven que terminó mal por meterse con un civil de esa ciudad. Aun así, una parte suya está en calma, porque, de haberle denunciado, Itachi no estaría ahí, acariciando a Kurama, como si nada.
Traga hondo, ansioso de que el silencio se prolongue por tanto tiempo. Entonces, lo improbable sucede, Itachi desliza la mano sobre la suya. La respiración de Naruto se corta en un instante, gira su mano titubeando un poco y sus dedos se entrelazan.
No hay rechazo.
La respiración vuelve galopante, acelerada. Exhala entre los labios sus miedos, que aun presentes, decide ignorar por un minúsculo instante. Gira su mirada lentamente, buscando la de Itachi. Traga hondo, un suspiro y cuando finalmente tiene el rostro frente al de él, encuentra con sus ojos oscuros posándose en los suyos.
Hay un minuto de silencio entre ellos. Quizás, por la cobardía muerta en ese acto.
Pasados los nervios, ambos sonríen con dificultad, desfogando de a pocos la tensión del inicio hasta que el gesto fluye sobre sus labios y, en un arrebato que no podría ser sino de locura, se permiten un beso.
Pequeño y austero.
Dichoso y nervioso, y una risita tonta sale de sus bocas a la vez que toman distancia.
—Pensé que no volverías —dice Naruto, con calma sin poder creer que él esté ahí, aceptando sus sentimientos.
La brisa silva entre los árboles, amortiguando el silencio que se forma. Itachi aún se encuentra contrariado, pero su corazón va por encima de la razón y, sin palabras, le demuestra que nada de eso le disgusta. Se acerca despacio, entrelazando sus alientos nuevamente.
…
Da vueltas por la casa, intentando comprender bien qué es lo que está haciendo. Es una locura sentirse como se siente.
¿Es ese un romance?
Han pasado los días suficientes de ese beso para saber que lo es. Aunque fuera uno distinto a lo que le han enseñado. Uno en el que es inconcebible augurar un final feliz cuando están destinados a vivir ocultos, cuando sabe que más temprano que tarde serán separados. Los nómades son libres, ellos se irán cuando el verano termine y vagarán por la estepa hacia otra nación en busca de buen clima. Quizá vuelvan el siguiente año, quizá se asienten más tiempo en otra zona, no necesariamente una ciudad; tal vez, sólo se quedan en medio de la naturaleza, alejados de toda civilización.
¿Y él?
Su vida seguirá el flujo natural que la de un hombre debe tomar: casarse con una mujer y formar una familia. Seguramente Naruto siga la misma suerte.
A veces se pregunta cuáles habrían sido los planes de su primo cuando salía con aquel nómade. Obito, a diferencia suya, en aquel entonces era mayor de lo que él lo es ahora y es por ello, que asume habría pensado alguna alternativa.
¿Pretendía huir? ¿A dónde? O tal vez, ¿hacerlo su amante?
¿Vivir ocultos para siempre?
Itachi tiene la certeza de que sería incapaz de mantener dos relaciones. Traicionar a alguien... Sólo imaginarlo se le hace doloroso, para ambas partes. No se imagina viviendo en una mentira, aunque no es muy distinto a lo que sucede ahora, cuando el reloj marca las once y él sale a hurtadillas de casa mientras todos duermen.
Aún hay muchos nervios de por medio y resulta difícil llevar sus encuentros con la normalidad que tenían antes, cuando solo eran amigos. Incluso el día de su confesión se siente tan lejano en valentía, aunque admite que arriesgarse a volver a su lado ya es un gran paso. Así como el aceptar tomarse de las manos, los abrazos que duran más tiempo del necesario.
—No hagas eso —da un paso adelante, alejándose un poco, cuando Naruto le da un besa su cuello mientras le abraza por la espalda.
—¿No te gusta?
—No es eso —responde con timidez.
Porque la verdadera razón se refunde en el sin sentido de sus reacciones. Si Naruto le besa, tiene la necesidad de hacerlo de vuelta y es ahí donde la timidez aun ronda. Donde toda la educación impartida a lo largo de su vida toma peso.
—¿Qué sucede entonces?
—No es nada.
El nómade le gira, tomándole de los hombros. Le mira con ojos acuciosos, intentando descifrarle sin necesidad de palabras.
—¿Es por mí?¿Tienes miedo? —tantea y el que Itachi baje la mirada le responde sin mentiras. Bufa en una risita pequeña— Esta bien, nunca hay nadie por acá en la noche.
—No es eso —repite.
—¿Es tu Dios?
Esta vez no contesta, aunque la respuesta es clara.
Naruto suelta un suspiro largo.
—¿Tú crees que este mal esto?
Itachi agita la cabeza reiteradas veces en negación. Naruto avanza, el azabache le imita, quedando a una distancia con escasa separación. Espera un beso como la vez anterior, sin embargo, lo que recibe es un abrazo, un apretón fuerte que drena sus preocupaciones y le hace libre por las horas que dura ese encuentro.
Y los próximos.
Con los días, deja de cuestionar sus emociones y empieza a hacerlo con sus creencias. No puede estar mal, si con ello no hace daño a nadie, si es feliz viendo a Naruto sonreír cada que sus ojos coinciden. Su el calor de su mano canela sobre la suya le da alegría y si sus besos dejan de causarle conflictos, para llenarle de decisión.
Itachi es consciente al fin, de que está viviendo su primer amor y, sin importarle lo prohibido de eso, quiere disfrutarlo. Porque la vida es sólo instante y ese instante quiere pasarlo al lado de Naruto; de su sonrisa pegajosa, sus ojos de mar y cabello color del sol.
…
Es de madrugada cuando divisa su casa. Antes, solía llegar algunas horas después de su salida pues su relación con Naruto era sólo amistad; sin embargo, ahora le es imposible no querer pasar más tiempo a su lado. No diría que es simplemente el deseo y la atracción lo que le ata a él, es más la sensación de vivir el aquí y el ahora, temeroso de no volver a tener otra oportunidad para verle, para amarlo.
Dentro de él, se ha asentado la aceptación de lo que ha de deparar el tiempo y luego, tal vez, solo deba soltar. No ha conversado de ello con Naruto, pero asume que es lo mismo con él. Ninguno de los dos estaría dispuesto a arriesgarlo todo, inclusos sus vidas.
Ingresa a casa, despacio, apenas haciendo ruido. Quita los zapatos, camina de puntitas por el suelo de madera, algunas tablas crujen un poco bajo sus pies.
—¿Itachi? —El llamado le sobresalta.
Se gira asustado, viendo a su hermano, de pie, frotando sus ojos.
—¿Q-Qué haces despiertos? —Inquiere, haciendo evidente su turbación.
—¿Saliste? —Responde a su vez el menor.
—No. —Itachi le carga con un poco de dificultad, Sasuke se abraza a su cuello—. Sólo oí un ruido. —Le lleva a su habitación, palmeando su espalda con suavidad.
Antes de que se sumerja en un sueño profundo, Sasuke piensa que, para no haber salido, su hermano mayor huele a bosque, estiércol y tierra muerta.
...
Durante las mañanas, Naruto suele trabajar con su padre en construcciones. Comprende que no son bienvenidos en la ciudad, que mucha gente los mira con desdén, pero son mano de obra barata y eso es algo que ni aquellos que les repudian pueden negar. Por eso, trabaja bajo el sol sin descanso ni clemencia.
La paga es poca y el capataz siempre tiene comentarios mordaces para ellos. Él no se queja, aun cuando tras un día duro, sólo puede acceder a lavarse con un balde de agua tras su carpa. Siente que la vida es mejor en la estepa, donde son más libres y puede cabalgar sobre Kurama por el amplio pastizal.
Porque la libertad está en el paisaje, no en su comunidad.
Su madre dice que debería agradecer no haber sido desterrado luego de, años atrás, besar al nieto de uno de los patriarcas; pues ese comportamiento indecente es pocas veces pasado por alto. No obstante, el exilio se siente en las burlas del resto de chicos de su edad, en el repudio al alejarlo de ellos.
Entonces, había aparecido Itachi como un espejismo bonito, con sus mechones de ébano enmarcando su rostro, dispuesto a hablarle aun cuando el resto le ignoraba. Dispuesto a ser su amigo. Dispuesto a corresponder a sus sentimientos.
La vida no siempre es la que Naruto quisiera, pero a veces le demostraba que podía ser un poquito mejor.
Sabe que aquello no será eterno, que tarde o temprano partirán de ese país y sus padres le conseguirán una esposa. Está dispuesto a llevar esa vida, como muchos otros en la comunidad que dicen haberse curado de sus indecencias. Y acepta su destino, siempre y cuando pueda disfrutar un segundo más al lado de Itachi.
Es feliz esperando a su llegada cuando el sol se oculta y el resto duerme. A diferencia suya, para Itachi aun ha sido difícil lograr comprender lo que le sucede, pero de un tiempo a este, parece haberlo dejado de lado. A su dios, a sus creencias, a todo. Parece haber percibido igual que él, que solo se trata de un momento en sus vidas, una pausa antes de retornar lo que sus culturas les imponen y es entonces, cuando finalmente se ha permitido ser libre. No frenar más sus besos, correspondiéndole siempre, mientras sonríe mirándole de la misma manera: ojos enternecidos por el idilio que están viviendo.
Al anochecer, su momento favorito ha llegado.
Se toman de las manos y juntos corren al bosque. Donde los árboles se vuelven cómplices mudos de sus vivencias. Donde pueden abrazarse a gusto, besar sus labios con anhelo, rozar la piel de sus manos, acariciar sus cuellos. La luz de la luna ingresa en finos rayos, apenas iluminándoles entre la vegetación y las luciérnagas revoloteando cerca, molestosas, pero hermosas. Todo el ambiente parece mágicamente puesto para ellos noche tras noche. Como si algo muy por encima suyo les quisiera dar un regalo que lleven guardado en sus corazones por el resto de sus vidas.
Naruto baja las manos del cuello de Itachi, baja por su pecho inmaduro hasta el borde de su camiseta y la sube. Itachi de inmediato detiene el avance, le empuja fuerte, acomodándose la prenda.
—¡¿Qué haces?! —dice, completamente sonrojado.
—¡Lo siento! —responde el nómade tan rápido como el otro le ha gritado.
Itachi ve el temor en su rostro. Exhala pesado.
—Me sorprendiste —se acerca, menos exaltado y más arrepentido.
—Lo siento —Vuelve a disculparse, baja la mirada mientras cruza un brazo por delante, acariciando su antebrazo. Sabe que es algo tonto y aun así se escucha diciendo—: Tú me has visto sin camiseta, sólo pensé... olvídalo.
Silencio.
Itachi recuerda entonces el primer encuentro que tuvieron, que no fue cuando Sasuke y su hermano golpearon, sino cuando le vio armando su carpa y traía el torso desnudo. Pensó que nadie se daría cuenta que le estaba mirando. Por lo visto, no había sido así.
—Pudiste pedirlo —dice bajito, tímido.
Naruto alza la mirada.
—¿Te la quitarías... por mí?
Itachi toma aire. Quizás sea lo más estúpido que vaya a hacer en el corto tiempo que llevan conociéndose, pero asiente. Ahora es él mismo quien se deshace de la prenda.
Y Naruto esboza una de esas sonrisas relucientes que le ha fascinado ver desde el primer día.
—Hazlo también, no quiero ser el único así —exige, avergonzado de estar semidesnudo frente a él, la persona que le gusta.
Naruto se apresura en obedecer. Con menos vergüenza, queda rápidamente en la misma condición.
Ambos prenden los ojos en el cuerpo del otro, apenas iluminado por la luz que atraviesa las copas de los árboles. Los grillos cantan sobre el silencio que envuelve sus cuerpos y el sonrojo de sus mejillas se opaca en las sombras.
Naruto avanza un paso. No hay advertencia de peligro de parte de Itachi por lo que adelanta uno más, y otro más. Itachi se encuentra estático, solo viéndole aproximarse como un animal cazando a su presa. Su respiración se incrementa y un leve cosquilleo de nerviosismo se acentúa sobre su piel.
—¿Puedo? —Esta vez el nómade pide permiso, con la mano apenas a centímetros de su pecho, a manera de una barrera invisible que le separa de su cuerpo.
Una vez más, Itachi responde con acciones y no palabras: Es él quien le toca primero. El abdomen de Naruto es firme por el trabajo, la piel canela es tersa.
El nómade también palpa su cuerpo, el calor que irradia se multiplica en una sensación que poco comprende y sólo ve satisfecha cuando le abraza de lleno. Sus cuerpos cálidos se aclimatan al otro, equilibrando temperaturas, y es lo más hermoso que hayan experimentado nunca.
Sentirse cerca del ser amado.
De pronto, un grito ahogado les hiela la sangre. Se separan asustados, con los ojos descubren a su verdugo. En silencio, Sasuke les observa entre los árboles y, rápidamente, sus piecitos emprenden la huida.
La maldición se ha cumplido.
La historia vuelve a repetirse.
– Fin –
...
Glosario:
Sodomía: f. Práctica del coito y delito durante la época clásica, medieval y moderna, una clasificación que se generalizó en la homosexualidad.
Shoji:puertas correderas ligeras típicas de la arquitectura japonesa. Sirven para separar estancias o dependencias interiores en una casa u otro espacio. También se usan para dar más intimidad cubriendo las ventanas. Una función equivalente a las cortinas.
Payo: persona que no es gitana.
Bató puró: abuelo.
Bata: mamá.
…
Nota de la autora:
La idea central iba de un ItaNaru ambientando en la cultura gitana y con un trasfondo donde la homosexualidad sea castigada con pena de muerte. Así que con un par de variaciones y siendo salvada por los años oscuros de la santa inquisición, nació la idea xD
