Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente mía, queda prohibida cualquier adaptación. Todos los medios de contacto se encuentran en mi perfil.
TS: Una princesa sin príncipe: Una boda real
Summary: Al aceptar la propuesta de Edward, los preparativos de la boda se ponen a toda marcha. Sin embargo, un viaje inesperado a otro reino supondrá un nuevo obstáculo para los príncipes. Llamado por sus deberes, Edward debe viajar a Volterra, dejando a Bella atrás. Con el corazón en la mano, Bella dejara ir a Edward, aceptando la promesa de su regreso, pero... ¿puede un prematuro enamoramiento superar la distancia? Todo parece ir directo a un feliz para siempre, hasta que Bella se tiene que enfrentar a la terrible posibilidad de perder a Edward a manos de la joven y hermosa princesa de Volterra, Tanya Vulturi.
Pareja: Bella/Edward
Rated: K
Número de palabras: 12, 205
Música: Coldplay – Yellow, Coldplay – Clocks, Human – Christina Perri, Ride – Lana del Rey, You and i – Pvris, Ellie Goulding – Love me like you do
—¿Rosas?
—¿Margaritas?
—¿Freesias? —ofreció la reina Esme.
Victoria rodó los ojos de manera exagerada con un gesto despectivo.
—Demasiado simple.
El rey Carlisle carraspeo, llamando la atención de toda la sala.
—No siempre lo complejo es lo mejor. —apoyo una mano sobre el hombro de su hermosa esposa, apoyando su idea de las freesias.
No sonaba mal en mi opinión.
Mi perfume favorito era de freesias y lavanda, el mismo que Edward amaba que me pusiera durante nuestros paseos tardíos y eventos sociales, los cuales eran muchos últimamente gracias a nuestro compromiso.
Alice frunció su bonita boca en un gesto pensativo muy chistoso. En poco tiempo, había notado como Alice parecía ser la encargada de relajar las cosas cuando se producía un enfrentamiento entre los reyes de PA y su encantadora empleada especial, Victoria. Si saben a lo que me refiero.
"—La amante. ¡Es la amante!"
"—Cállate." Mande a la voz en mi cabeza.
Resople internamente.
Edward debió creer que la causa de mi resoplido fue la frustración, porque me dio un apretón en el hombro.
—Lo siento, cariño.
Puse mi mano sobre la suya.
—No tienes nada que sentir. —le respondí de manera tranquila.
Alice levanto una mano.
—Gardenias. Son bonitas, simples y huelen muy bien. Me gustan. —se encogió de hombros, compartiendo una sonrisa secreta con Esme.
Eso sonaba muy bien también. Me gustaba mucho más que la idea de las freesias, daría un toque fresco y una armonía de color. De cualquier manera, planeaba usar para la boda colores blancos y dorados.
Le iba a los colores.
—Son las de nuestra boda. —el rey Carlisle besó la mejilla de su esposa.
Un leve rubor se dibujó en las mejillas de la reina.
—Así es. —respondió Leah, su dama de compañía.
Me recordaba muchísimo a nana Sue, solo que un poco más joven. Sus rasgos eran fuertes de piel morena acaramelada y ojos negros hermosos. Su cabello se sostenía en una práctica cola de caballo alta, dándole una imagen sofisticada.
Nana siempre había sido de esa forma. Mi nana, pero sin perder el estilo.
Esme me miró con una disculpa escrita en los ojos.
—No te sientas obligada.
Recargue mi hombro sobre el pecho de Edward. Él se encontraba sentado entre el respaldo del sillón y el descansa brazos.
—No es ninguna obligación. Me gusta la idea. De hecho, me encanta. —remarque cada una de las palabras, mirando a su vez a Victoria fijamente.
—Son... anticuadas. —discutió resentida.
Ella había sugerido orquídeas, pero para mi gusto, sonaban demasiado ostentosas y poco favorables.
De reojo, note como Esme miraba hacia el suelo, como si las líneas de los mosaicos de madera fueron el más interesante en el salón. A su vez, el rey Carlisle apretó la mandíbula, sosteniendo a su esposa por ambos hombros, obligándola a endehesarse.
Esme salió de su cabeza abruptamente, respondiendo con una sonrisa suave, pero en el fondo de sus ojos, pude observar tintes tristes.
No podía imaginar cuán difícil se suponía el día a día para ellos con Victoria rondando por el castillo. Metiendo sus narices en todos los eventos del castillo y sintiéndose a la par de la reina solo por haber sido la amante del rey Carlisle.
Admiraba a Esme por eso, y por su increíble capacidad de amar a su esposo sobre su traición.
—Depende de cómo lo veas. —dije— Las gardenias son simples, pero son hermosas y de una naturaleza limpia. Puede que las orquídeas sean más llamativas, pero... ¿sabías que alguna de sus sub especies son venenosas? —trate de filtrar el tono ácido de mi voz— Y por supuesto, se marchitan demasiado rápido. Es algo sobre la belleza demasiado artificial para ser cierta. Se marchita demasiado rápido.
Alice levanto su mano para ocultar la risa con una tos fingida.
Victoria apretó los las manos hasta que sus nudillos se volvieron blancos.
—Tú... —dijo con voz contenida.
Levante una ceja mientras le sonreía con la mayor dulzura.
—Soy la novia y es mi boda. Gardenias serán. —pase una mano por mi pecho, justo por arriba de donde se encontraba mi corazón— De todos modos, eran las favoritas de mi madre.
Leah asintió.
—Largo descanso a la reina Renne. Fue una mujer hermosa.
Algo en mi pecho se removió.
—¿La conoció?
—Fue una excelente mujer. Amada en cada lugar donde puso un pie. No tuve el placer de conocerla a fondo. Solo unos cuantos vistazos en eventos sociales.
—Vaya.
Esme se inclinó sobre la mesita de café para tomarme de la mano.
—Tu madre era hermosa, Bella. Te pareces mucho a ella. En realidad, eres el resultado perfecto de tu padre y ella.
—Papá dice lo mismo.
Esme me dio un apretón cariñoso.
—Lo sé. —soltó mi mano y regreso junto al rey Carlisle— Tu padre siempre ha hablado de Emmett y de ti con mucho orgullo.
Miré los papeles sobre la mesita de café.
—En dos semanas voy a elegir mi vestido y ella no va a estar ahí. ¿Qué pasa si no es mi estilo o es poco favorable? Quiero ser una buena reina.
Edward besó mi mejilla.
—Serás la mejor reina. Mi reina.
Esme nos miró con ternura.
—Yo puedo ayudarte a elegir tu vestido. —ofreció.
Me pareció una buena idea.
—Muchas gracias.
—Lo que quieras, cariño. —dejo mi mano y le dio una mirada secreta a su marido— Después de todo, ya eres parte de la familia.
Alice aplaudió efusivamente.
—¡Yo también quiero ir!
—Me encantaría... —pensé en la hermana menor de Edward— Rennesme también puede venir.
La sonrisa de Esme creció. En su expresión, solo había adoración. Esperaba algún día poder verme reflejada en ella, amar y proteger a mi familia. Ser una buena esposa y una buena reina.
—A Nessie le va a encantar venir. Es muy joven todavía, pero Dios sabe que está muy emocionada por la boda.
Victoria gruñó entre dientes.
—Su nombre es Rennesme, Nessie es el nombre de un monstruo y mi hij…
Carlisle se puso de pie, avanzó rápidamente hacia la mujer en grandes zancadas y la tomó del brazo para levantarla del sofá donde se encontraba sentada.
—Sera mejor que no completes esa frase. —demando rudamente.
Ella chilló y abrió los ojos como platos.
—¿Qué demonios...?
—Es la última vez que le hablas así a tu reina. —ladro.
—¡¿Mi reina?! Eres un hijo de...
Esme se puso de pie con un gesto severo. Ya no había nada suave en su rostro. Todo lo contrario.
—¡Suficiente! Leah, —llamó a la mujer— escóltala a su alcoba.
—¡No te atrevas! —la pelirroja se revolvió, intentando librarse del agarré en su brazo.
Esme se mantuvo en su lugar.
—Una cosa es segura, Victoria. Este sigue siendo mi reino, mi familia y mi marido. Si quisiera, podría sacarte de mí castillo. No me tientes.
—Tenemos un trato. —la desafío— Sí no quieres que Rennesme se entere, será mejor que eso no sea una amenaza.
Edward soltó su agarré sobre mí.
Se puso de pie y se colocó atrás de su madre.
La tensión en el cuerpo de la reina la abandono poco a poco, mientras sentía el apoyo irrefutable de su hijo mayor.
—Tienes un trato con mis padres...
Victoria comenzó a sonreír.
—... pero no conmigo ni con mi prometida.
La sonrisa se borró por completo.
—¡¿Eso qué quiere decir?! —reclamo.
Carlisle la soltó como si quemara.
—Quiere decir que en cuento Bella y Edward se casen, no solo serán coronados en Forks, también aquí en Port Ángeles.
La pelirroja abrió los ojos como platos. Su sorpresa fue evidente.
—Ni siquiera es hora de que te retires.
—No hace falta enfermarme para hacerlo. Es hora de disfrutar el tiempo con mi esposa y mis hijos. —camino hacia Esme, entrelazo sus manos y besó sus nudillos.
Los ojos azules de Victoria brillaron furiosos con aquella muestra de cariño. Abrió la boca y la cerró, una y vez, hasta que sus labios se convirtieron en una línea apretada.
Después se giró y salió silenciosamente del salón.
Esme suspiro.
—Lo siento, Bella. Esta reunión iba completamente de Edward y de ti, y mira en lo que se convirtió. Espero que puedas perdonarnos.
Negué, sin embargo no dije nada. No había nada que decir. Las palabras de Carlisle vaciaron mi cerebro. Se sentían como demasiadas cosas a la vez.
¿Ser coronados en Forks y PA al mismo tiempo?
Vi como Edward lo comprendía.
—Bella...
Me puse de pie y alisé mi vestido con las manos, a pesar de que la tela de color amarillo no llevaba ninguna arruga. De pronto, el corpiño de mi vestido se sentía muy apretado.
—Tengo que salir. Necesito un respiro, un poco de aire.
Camine rápido, saliendo por la misma puerta donde había salido Victoria.
.
.
Trate de respirar. El aire limpio del jardín del castillo Cullen fue refrescante.
La inmensidad del jardín iba más allá de donde mis ojos alcanzaban a observar, lleno de todas las flores, incluidas las gardenias, árboles y un vivero. En medio de todo se encontraba una gran fuente y a su alrededor, algunas mesas con sillas.
La vergüenza no tardó en llegar cuando me di cuenta de mis acciones.
Salí corriendo sin detenerme en analizar qué pensarían el rey Carlisle y la reina Esme sobre mi reacción tan volátil. Podrían pensar que soy demasiado débil, demasiado melodramática o que por algún motivo egoísta, no quería que Edward fuera coronado rey por su pueblo.
Seguí caminando hasta alcanzar la fuente.
El agua salía disparada un metro más allá, y regresaba, dejando escapar el rocío del agua.
Las gotitas bañaron mi piel donde la tela de mi vestido no me cubría.
Me abrace a mí misma y suspire.
Gobernar mi pueblo era una cosa, gobernar el de Edward... bueno, no conocía a su gente, sus necesidades o sus costumbres. Había contado con algo de tiempo para conocerlos y que ellos me conocieran como la esposa de Edward. Esperaba poder demostrarles que era digna de su afecto y que cuando llegara mi hora de gobernar, lo haría de la forma correcta.
¿Qué pasaba si me rechazaban? ¿Sí no creían que era lo suficientemente fuerte o decidida? ¿Y si no confiaban en mis decisiones? ¿Y si...?
Tantos "y si".
Apenas llevaba mostrándome al lado de Edward un par de semanas.
Edward.
¿Por qué no me lo dijo?
¿Por qué no confió en mí?
Por sus palabras hacia Victoria, sus padres y él ya habían conversado sobre el tema.
¿Lo hizo intencionalmente o fue un error? Quizás me lo iba a contar esta noche o en la reunión, o quería esperar un tiempo más para estar seguro...
Me senté sobre la orilla de la fuente y metí mi mano en la fría agua.
Ya no valía la pena pensarlo más, ya estaba. Ya lo sabía. Ahora solo tenía que enfrentarlo. Una cosa era segura, me casaría con Edward en un mes y luego sería reina, lo quisiera o no.
Un compromiso es un compromiso.
Supongo que cuando aceptas casarte con alguien, lo haces con todo y sus desaciertos.
El sonido de un perro ladrando me regreso a la realidad. Busque con la mirada de donde provenía, hasta que di con el origen.
Se trataba de un labrador color café oscuro y una niñita de cabello como el fuego.
Rennesme.
La vi correr entre las flores con el perro tras sus pies, el pelo se le alzaba libre, dejando destellos por todas partes. Sus mejillas sonrojadas y su ropa un poco sucia con lo que parecía tierra. No llevaba vestido o un peinado alto como la mayoría de las niñas de su edad, sino un overol desgastado y una blusa blanca de manga larga por debajo.
Algo debió llamar su atención, o tal vez fui yo mirándola demasiado, porque se giró.
Sus ojos azules se encontraron con los míos. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Hizo algunas señas con sus manos, mientras se acercaba.
"Hola"
Agradecí silenciosamente las clases de lenguaje en señas que nana Sue me había obligado a tomar cuando más joven.
"Hola"
"Vaya. ¡Sabes hablar el lenguaje a señas!"
"Lo aprendí cuando niña. No soy una experta, pero sé lo suficiente"
Dio una palmada en su pierna y el perro vino corriendo.
"Él es Simón. Es mi perro"
Me agache y lo acaricie. Luego me volví a ella para responderle.
"Es muy bonito. Mis hermanos y yo tuvimos uno hace unos años. Se llamaba Billy. Murió poco tiempo de mi cumpleaños número quince"
"Oh. Eso es triste," Se sentó sobre el suelo con las piernas cruzadas. La imite, aunque fue algo incómodo por mi vestido y toda la tela alrededor. "yo no sé qué haría sin Simón. Mamá me lo regalo apenas nacer, así que siempre ha sido mi compañero"
"Mi madre también nos regaló a Billy"
Por eso dolió tanto cuando se fue. Tanto Emmett como yo lo sentimos como una doble pérdida. Por nuestro fiel compañero y por mamá.
"Lo siento por lo de tu mamá"
"Oh, gracias"
"Yo no sé qué haría sin mi madre. Ella es... todo lo que jamás imaginas en una buena madre"
Mi garganta se apretó.
"¿Les quieres mucho?"
Trabajo en sus manos para responderme.
"Papá trabaja mucho, pero siempre se encarga de desayunar y cenar conmigo, además los fines de semana salimos a montar caballo. Me protegen muchísimo. Mamá siempre ha estado a mi lado. En mis citas médicas, en mis terapias, en cada paso de mi condición" Hablo de ello con tanta normalidad y seguridad. "No es fácil vivir en el silencio, pero supongo que para ellos es más difícil porque conocen el sonido, yo, no lo hago, así que no es como si deseara algo que no conozco. Cualquiera se hubiera sentido avergonzado de tener una hija como yo, probablemente..." Se encogió de hombros. "pero no mamá y papá. Mucho menos Alice, Edward o James. Soy muy afortunada. Tengo una gran familia"
Podía verlo. La seguridad en cada una de sus palabras. Si Rennesme llegaba a saber de Victoria, toda esa seguridad seria tirada por la borda. El trabajo y sacrificio de Esme, seria en vano, provocando una gran herida en su corazón.
La resolución vino desde el fondo de mi corazón. No dejaría que esa mujer destruyera la vida de su hija por su ambición. Si amara un poco a Rennesme, no la usaría como manera de cambio para asegurar su lugar en el castillo.
Levante mis manos.
"Eres afortunada"
"Lo soy"
Nos sonreímos mutuamente mientras Simón gemía y escondía la cabeza en su regazo. Ella lo acaricio.
—¿Bella?
Esa era lo voz de Edward.
Rennesme hizo un par de señas más a mi espalda.
"Tu novia es muy bonita"
Me sonroje. Edward camino hacia ella, inclinándose a su altura y deposito un suave beso en su mejilla. Ella le sonrió encantada. También podía ver en ella como adoraba a su hermano mayor.
"Gracias. Tú también eres muy bonita", respondí.
La sorpresa fue evidente en el rostro de Edward también al captar mi repuesta.
—Vaya. No sabía que fueras capaz de hablar el lenguaje en señas.
—Sue me obligó a tomar un par de clases. Teníamos una doncella que era sorda y todos en el castillo tuvieron que aprender el lenguaje a señas. —explique.
—Una caja de sorpresas. —extendió sus manos para ayudarme a ponerme de pie.
Acepte y me levante. Rennesme hizo lo mismo, nos regaló una sonrisita y salió corriendo, Simón a su lado.
Antes de alejarse del todo, se giró y nos dijo algo:
"Lo siento. Clase de inglés, voy tarde"
Edward y yo nos reímos.
Rennesme desapareció entre las flores y los árboles.
El silencio se acentuó entre nosotros.
—Yo...
Agarré su mano.
—Está bien, ahora lo entiendo.
Levante la mano y alisé el ceño fruncido entre sus cejas.
—Es por Rennesme, ¿no es cierto?
Bajo la mirada como un niñito descubierto en medio de una travesura. Levante el dedo indice y lo hice mirarme. Mi Edward tenía un corazón generoso.
—Quiero protegerla. —cogió mi mano y besó mis dedos.
—De Victoria.
Asintió.
—Mi padre y yo tenemos un plan. Alice ya está casada y yo estoy próximo a casarme contigo. Rennesme se va a convertir en un blanco fácil, no solo para Victoria, sino para las personas del exterior. Es vulnerable.
No soltó mi mano mientras seguía hablando.
—¿De qué se trata el plan? —pregunté.
Se mantuvo en silencio. El debate en su mirada.
Aleje mis manos.
—Dímelo.
—Carlisle quiere prometerla.
Aquello me descoloco.
—¿Prometerla? —repetí incrédula— Es muy joven. Aún faltan al menos tres años para que entre en edad casadera.
—Es para su protección.
—Eso es una mierda.
Entrecerró los ojos.
—Bella...
—No me vengas con eso. ¿Quieres prometerla? Cuando se entere le vas a romper el corazón. Ama vivir aquí rodeada de su familia.
—Siempre estaremos ahí para ella.
Falacias.
—¿Con quién?
Edward guardo las manos en los bolsillos de sus pantalones formales.
—Alec Vulturi de Volterra.
—¿Hijo de Aro Vulturi?
No me gustaba. Esa familia no me gustaba en absoluto. Volterra era un reino grande y próspero, pero no habían llegado a donde estaban por ser precisamente amables.
Las pocas veces que coincidimos, había notado un tinte tenso entre Aro y mi padre.
—Eso no es todo.
—Claro que no. —dije irónica.
Edward ignoro mi insolencia. Eso me molesto. Claramente, su respuesta me estaba haciendo sentirme más y más enojada.
—Tengo que ir a Volterra. Aro quiere tratar directamente conmigo para conceder el compromiso. Y como futuro rey, es mi deber ir.
¿Ir a Volterra?
—Volterra no está igual de cerca que Forks.
Sus ojos verdes se volvieron tristes.
—No, no lo está.
—Y claramente, no planeas que te acompañe. —asumí, aunque en el fondo deseé que me pidiera acompañarlo. Pero no lo haría, porque no era correcto que viajáramos juntos sin estar casados.
Fue un golpe de agua fría.
—No.
Mi garganta se apretó.
—Nos casamos en un mes, Edward. —se me rompió la voz al hablar.
Trato de acercarse, pero di dos pasos atrás. El enojo se había ido para dar paso al dolor. Se iba sin más, como si no lo necesitara a mi lado. Era egoísta, lo sabía. Todo por un bien mayor, pero no podía evitar sentirme herida y tampoco podía evitar que mis inseguridades y miedos asomaran su fea cabeza.
—¿Qué es exactamente lo que me estas pidiendo? —quise saber.
—Tiempo.
—¿Cuánto... tiempo?
—El necesario.
Fue todo. Se me fue la cabeza en medio del dolor. ¿Qué significaba? Me había dejado planear la boda durante las últimas semanas, solo para abandonarme.
—Tomate todo el tiempo que quieras. —me gire sobre mis pies, agarrando mi vestido para poder caminar más rápido— ¡Es más! El tiempo que necesites, la boda… ¡no importa! ¡Claramente no te importa!
—¡Bella!
—¡Debiste decirme que te largarías! Me dejaste planear nuestra boda y...
Las palabras fueron cortadas de mi boca. Me cogió del codo y me hizo parar. Su otro brazo se enredó alrededor de mí cintura, empujándome contra su pecho. Me atrapo en un par de movimientos.
—Te amo. Te amo muchísimo, Bella. Dejarte me parte el corazón. Sé que te duele, cariño. Por favor, no nos hagas esto.
Las lágrimas se amontonaron en mis ojos.
—Aunque quisiera no puedo cancelar nuestro compromiso. Ojala pudiera, porque ahora mismo estoy profundamente herida.
—¿Es lo que quieres? ¿Dejarme?
La humedad llego hasta mis mejillas.
—N-No. —lloriqueé— Eres tú quien se marcha, quien me deja atrás como un trapejo viejo al que puedes regresar cuando quieras y desees.
Su expresión se volvió determinada.
—Voy a volver el día de nuestra boda. Es poco ortodoxo, pero lo voy a hacer. Vamos a tener nuestra fiesta de compromiso en dos semanas y esa misma noche voy a partir. Te voy a estar esperando al final del pasillo en un mes, Isabella. Te lo prometo. Te amo y no quiero dejarte, pero es necesario.
Limpio mis lágrimas con suaves toques.
—Yo también te amo. —dije, trastocada por sus palabras.
—Lo sé, cariño.
—No te vayas. —suplique.
Me tomó de las mejillas y dejo su frente sobre la mía.
—Tengo que hacerlo.
Puse mis manos sobre sus hombros y le abrace.
Dios, estuve a punto de rogarle que me llevara con él.
Le amaba muchísimo, y solo hasta entonces entendí cuanto le necesitaba. Ya no solo se trataba de mi reino o del suyo, sino de ambos. Este amor se hacía más y más profundo. Tan profundo que si un día lo perdiera, sería como arrancarme el corazón.
Aquello me aterrorizo.
.
.
Alice me miró sobre mi hombro a través del espejo.
—Te ves... hermosa. No tengo palabras.
Observe la imagen frente a mí.
A mí.
Alice tenía razón, pero no era mi merito, sino del vestido que abrazaba mi cuerpo.
Se trataba de una pieza completa, cerrado justo por debajo de mi cuello, sin escote como lo dictaba el protocolo para la fiesta de compromiso, sin mangas y con una capa de velo del mismo color lila. No tenía un corpiño apretado, pero sé abrazaba a cada una de mis curvas y los detalles en mariposas regados por todo el pecho y el abdomen le daban un aire juvenil, pero elegante.
Nana Sue entró a mi habitación con una caja de zapatos.
Se quedó en la puerta, estática, mirándome con los ojos abiertos como platos.
—Mi niña. —dejo la caja en mi cama— Déjame verte.
Me cogió de las manos y me hizo girar.
—Tu madre estaría tan contenta de verte. ¿Cuándo creciste tanto? —sus ojos se llenaron de lágrimas— Parece que fue ayer cuando te vestía y te peinaba para tus clases.
Me estremecí.
—Te quiero, nana. —la abrace.
Si pudiera, la llevaría conmigo cuando me casara con Edward, pero no podía hacerle eso. No podía quitarle eso a Emmett. Al igual que yo, él también la amaba como si fuera nuestra madre.
—Nada de lágrimas. —se separó y tomó mi rostro— Estoy orgullosa de ti.
Puse mis manos sobre las suyas.
—Traje algo especial. —dejo mi agarré y tomó la caja de la cama. La abrió y me mostró su contenido. Se trataba de unos zapatos abiertos con una tira en color plata.
Luminosos, elegantes y... perfectos.
—Me encantan. —murmure emocionada.
—Tu madre los uso en su fiesta de compromiso. Son muy especiales. Su padre los mando a hacer especialmente para ella.
—Gracias, nana.
—Ahora ve a sorprender a ese príncipe tuyo. Esta impaciente por verte.
Alice y yo compartimos una mirada secreta.
.
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Miré hacia arriba… a sus profundos y hermosos ojos verdes. Él correspondió a mi gesto, aferrando sus manos a mi cintura en una conversación silenciosa.
Nuestra fiesta de compromiso estaba en pleno apogeo. Con los invitados bailando, otros tantos conversando. Nuestros padres se habían encargado de quitar el mayor peso social para que pudiéramos disfrutar la mayor parte de la noche.
—No quiero que estés triste.
Deje caer mi frente sobre su pecho.
—Me pides mucho. —reí sin alegría.
Sentí sus labios sobre mi coronilla cuando dejo un beso.
—La próxima vez que bailemos va a ser en nuestro primer baile de casados.
Apreté mis manos en las solapas de su traje.
—¿Puedes hacer llegar ese día?
Levante la mirada. Necesitaba mirarlo. Grabarlo en mi mente. Creer que íbamos a estar bien con esto, pero la pesadez de mi estómago me decía que no.
Tenía un mal presentimiento.
—Llegara más pronto de lo que crees. —dejo un suave beso en mis labios.
Mi estómago revoloteo, pero no fue suficiente para disipar la sensación.
—¿Estás seguro que Volterra es seguro?
—Habrá muchos guardias. No solo me voy a reunir con Aro, también con Marcus y Cayo. La seguridad es importe para ellos.
Eso me tranquilizó un poco.
—¿Y me escribirás?
Eso lo hizo sonreír. Mi sonrisa. La sonrisa torcida que me había enamorado. La misma que hacia revolotear mi corazón como una tonta enamorada.
—¿Cartas románticas? —mordí mi labio inferior.
—Y lascivas. —susurro por lo bajo, provocando que mis mejillas se volvieron rojas por mi atrevimiento— o…
Un tinte oscuro inundo sus ojos.
—Puedo llamarte.
Besé su nariz. Una excusa para poder acercarme más. El deseo remplazo todo, incluso el sentimiento oscuro de mi estómago. Cuando ponía toda mi atención en Edward, toda yo le pertenecía.
Mi mente, mi corazón, mi cuerpo.
Sabía lo esencial sobre mi cuerpo, sobre los deseos y el sexo.
Había recibido educación sexual de Sue a temprana edad. Me había hablado sobre lo que hacen un hombre y una mujer en su noche de bodas, sobre el camino del amor y el deseo, la fácil que podías confundir el uno con el otro. Me hablo de anticonceptivos y de planificación familiar.
Fue vergonzoso, muy vergonzoso, pero sabía que lo hizo con el único propósito de protegerme.
Ahora podía sentir en mi cuerpo el deseo. Mis pechos se apretaron contra él, hinchados y deseosos.
—Me gustan más las cartas.
Su sonrisa se hizo más grande.
—Cartas serán.
Nuestras sonrisas se borraron poco a poco. Apoyo su frente en la mía. El deseo de esfumo, dejando atrás a el amor y la añoranza.
De verdad lo extrañaría.
—Te amo, Bella.
—También te amo.
.
.
—¡Despierta! —un gritillo irrumpió en medio de mi sueño.
Edward. Yo. Una cama. Noche de bodas. Gemí y me gire entre las colchas de mi cama. Quería volver a mi sueño feliz.
—¡Bella! Despierta. ¡Tienes una boda que planear!
Alice.
¿Quién la dejo entrar?
Me acurruque entre las mantas, decidida a no salir de mi lugar cómodo y cálido.
—Sal.
—No. —gemí.
—¡Bella!
—Solo quiero un día libre para dormir antes de tener que gobernar dos pueblos completos.
—No será tan complicado.
—¡Cómo digas! —dije irónicamente.
La cama se movió bajo su cuerpo cuando se sentó. Me quito la manta del rostro. Parpadeé por la luz.
—No quiero que estés triste. Edward va a volver.
—Lleva una semana fuera y no me ha llamado.
—Los Vulturi pueden ser muy absorbentes.
Algo en mi pecho se apretó.
—Dijo que me escribiría.
—Mi hermano es muy olvidadizo.
Quite el resto de la manta y me senté en la cama.
—Deja de excusarlo. —levante las manos al aire— Escucho lo que tu gente dice. Sé sobre Tanya Vulturi.
Sus ojos se volvieron más cautelosos.
—Solo es la sobrina política de Aro. —descarto.
—¡Aparte de ser una mujer muy hermosa! —exclame.
Rubia. Alta. Atlética. Fuerte. Donde ella es hermosa, yo soy simple. Pálida, ojos castaños, cabello caoba. Nada fuera de lo común.
Quería que Edward me llamara, solo para decirle o... gritarle, unas cuantas cosas. Había intentado con su teléfono, pero siempre que llamaba estaba fuera de servicio.
Las habladurías habían comenzado hace un par de días, cuando las fotos de una cena de negocios en Volterra se hicieron públicas. Estaba tan emocionada. Quería ver a Edward, me había prometido a mí misma que ignoraría a los fantasmas de mi cabeza y cuando…
Cuando lo vi algo se tambaleo en mi determinación.
Se veía tan guapo en un traje negro tres piezas con su cabello cobrizo brillante, pero todo se vio eclipsado cuando mis ojos enfocaron a la mujer rubia a su lado.
Se veían tan... íntimos.
Tan perfectos juntos. Eran la imagen de la hermosura y la calma. Seguro no era la única que lo pensaba. Dios. Si la genética significaba una señal, ellos dos estaban predestinados.
Fue ver la mano de Edward alrededor de su delgada cintura, lo que en esa ocasión me hizo jadear y arrugar la nota periódica entre mis dedos.
Desde entonces evitaba… pensar. Sobre todo pensar en todos los momentos del día en que él no se encontraba a mi lado, sino al lado de esa mujer.
—Edward te ama.
Camine hacia ella baño, no quería que me viera llorar. Entre al baño y cerré la puerta. Me deje caer hasta el piso y puse la cabeza entre las piernas.
Los nervios de la boda me estaban matando.
¿Imaginaba cosas? ¿Tal vez Edward y ella ni siquiera se conocían? ¿Era ella la distracción por la que no había sabido nada de él?
Las lágrimas comenzaron a correr libres. Viajando por mis mejillas hasta mí barbilla.
Sorbí mi nariz de una manera no muy delicada y resople.
—Bella. —toco la puerta— Ábreme. Vamos, cariño.
Recargue la cabeza en la puerta.
—Será mejor que Edward me llame la próxima semana, o no habrá boda, Alice. —dije con voz pastosa por el llanto.
No escuche mucho del otro lado de la puerta.
—¿Es... en serio? —se escuchó realmente sorprendida.
—No me importa si me mandan a un convento o ya no soy elegible para un nuevo matrimonio. No voy a aceptar ser el hazmerreír de los dos reinos. No soy como las demás mujeres de la realeza. No estoy dispuesta a casarme con un hombre que me va a ser infiel. Tengo más dignidad qué eso. No soy tu madre.
Me arrepentí en el instante que las palabras salieron de mi boca, pero ya era demasiado tarde para disculparme.
Maldita cabeza revoltosa.
—Edward no es de los que engañan. —susurro.
—Eso no me dice su silencio.
Me puse de pie y abrí la puerta de la ducha. Deje caer mi pijama y moví mis pies sobre el frio de las baldosas.
El agua caliente cayó inmediatamente. Mis músculos se relajaron. Alice ya no hablo, por lo que asumí que me estaba dando mi espacio.
Hoy elegiría mi vestido de novia junto a ella, Esme, nana Sue y Rennesme.
No sabía cómo lo haría, pero al salir del cuarto de baño, tenía que verme como una novia emocionada. Si el pueblo me veía afectada, me verían como una reina débil.
Qué se jodan Edward y la hermosa Tanya Vulturi.
Algo es seguro, la que porta el anillo del próximo rey de PA soy yo, no ella.
.
.
Me probé muchos vestidos. Largos, pomposos, de grandes colas, con y sin velo. Pase por todos los diseños, uno mejor que otro. Solo que cuando me miraba al espejo, no había nada.
Ninguna emoción más que el puño invisible que apretaba mi pecho.
Una lagrima se escapó por mi mejilla, bajo por mi barbilla y viajo más allá.
—Oh, cariño. —Esme se levantó y saco un pañuelo de su bolso, miró a las demás y les hizo una seña con la barbilla— Bella necesita un momento.
Todas salieron con los hombros hundidos y una mirada de pena.
Baje del taburete donde una de las modistas me había ayudado a subir. Acepte el pañuelo de Esme y limpie la humedad de mi rostro. Me guio hasta uno de los sofás mullidos de la boutique y me hizo sentar.
—Cuéntamelo todo.
Cerré los ojos y deje salir un sollozo.
—Él esta con ella. Lo sé. —acaricie por encima de mi pecho, debajo de mi corazón adolorido— Duele… duele mucho.
Me atrajo por los hombros hacia su pecho.
—Oh, mi niña. Me temo que nadie te hablo de los riesgos que conlleva sacarse con un rey. —deje salir todas mis lágrimas— Los hombres son pura fuerza y necesidad, las mujeres somos más pensantes. Cuando me casé con Carlisle. Dios, estaba enamorada. Muy enamorada. En mi pecho no cavia tanta alegría, pero tarde comprendí algo que no cuadraba con mi cuento de hadas. No somos más que matrimonios comerciales. —levanto mi barbilla— Sin embargo, eso no le quita el merito al amor o a nuestros compromisos. Somos la realeza, nuestro nacimiento lleva mucho peso ya con solo nacer. Edward asumió todo ese peso, excepto uno. Nunca estuvo dispuesto a aceptar ningún compromiso sin antes enamorarse.
—No lo entiendo.
Esme acaricio mi mejilla con sus nudillos.
—Él ya te amaba solo mirarte, y supe cuando nos habló de ti, que serias la chica perfecta para él.
Mi barbilla tembló.
—Si me llegara a engañar me destruiría. Admiro tu fuerza, Esme. Pero no tengo esa fuerza en mí.
—No lo hará. Conozco a mi hijo. Confía en él. Ahora, limpia esas lágrimas. —cogió el pañuelo de mi mano y empezó a limpiarme las lágrimas ella misma— Que te tengo una sorpresa.
Una de las dependientas de la boutique entro con una caja enorme en sus brazos de color blanco.
Esme se puso de pie, dejándome en el sofá hecha un desastre mocoso y lloroso. Extendió la mano y la dependienta abrió la caja.
Jadeé por la sorpresa.
—Es…
Es mi vestido de novia.
Las lágrimas saltaron de nuevo.
—¿Hermoso y perfecto? —Esme me tomó de la mano— Es hora de que consigas tu feliz para siempre con mi hijo, Bella. Ven aquí y veamos como se ve en ese hermoso cuerpo tuyo.
Apenas di un paso, cuando otra dependienta entro con un carrito de metal.
—Una cosa más. —dijo.
Esme sonrió.
—Un regalo del rey Carlisle. —completo la reina.
Una corona. Perfecta en cada uno de sus pequeños detalles en plateado, tapizada de diamantes de principio a fin.
—Para nuestra futura reina. —la dependienta que llevaba la caja dijo, agachando la cabeza y haciendo una pequeña reverencia.
.
.
Entre a casa con las chicas pisándome los talones. Uno de los ayudantes del castillo, Harry, llevaba en sus manos la caga de mi vestido, la caja condecorada de la corona que usaría el día de mi boda y los zapatos que Alice me había ayudado a conseguir.
Había logrado alejar la maraña de sentimientos y pensamientos que consumían mi mente por toda la tarde. Esme llevaba razón. No podía desconfiar de Edward sin una prueba fiable o sin que él me lo dijera.
"¡Me encanta el vestido de Bella! ¡Es hermoso! Quiero uno el día de mi boda. ¡Uno exactamente igual!"
Esme le dio una sonrisa brillante a su hija menor.
—Seguro que puedo conseguirte uno, cariño. —hablo e hizo las señas con las manos al mismo tiempo— Y tu esposo amara lo hermosa que te verás.
Alice le dio un codazo a su hermana.
—Tres años más y estarás en edad casadera.
Rennesme rodó los ojos.
"Papá prometió que podía esperar hasta que cumpla veinte. No puedo esperar por el vestido, él marido… bueno, no puedo imaginarme comprometida"
La sonrisa de Esme y Alice titubeo. Si Edward y Carlisle lograban concertar el compromiso con Volterra, Rennesme se casaría apenas tuviera la mínima edad casadera, diecisiete años.
—¿Dónde quiere sus paquetes, princesa? —pregunto Harry amablemente.
Le di una sonrisa agradecida.
—En mi habitación. Gracias, Harry.
Me guiño un ojo.
—Un placer.
—Déjame ayudarle. Dios sabe que ya está muy viejo para subir las escaleras por sí mismo. —nana Sue fue detrás de Harry, quitándole la caja de la corona y los zapatos de boda.
La deje ir con un sentimiento de diversión. Siempre sospeche que ella y Harry tenían más que una amistad fraternal.
—Que lo pasen bien. —canturreé, sabiendo que ninguno de los dos me escucharía.
Alice se rio entre dientes.
Las cuatro entramos al salón de estar. Se trataba de una sala abierta de techos altos y candelabros gigantes. Un bar que ocupaba la mitad del espacio y lo que restaba, una sala. Cinco sofás como para aguardar un armamento y una mesita de cristal con un jarrón que contenía rosas blancas en el.
—Me encantan las rosas. —Esme se acercó y las admiro.
—Son del jardín de mi madre. En los últimos años ha crecido bastante. Nana Sue se encarga de que haya muchas en diferentes partes del castillo.
La reina acaricio los pétalos con especial cuidado.
—Oh, las fantásticas rosas de Renne. Siempre fue muy apegada a la jardinería y cuando hablaba de ella, nos contagiaba a todos de su emoción.
Alice se sentó sobre uno de los sofás y se estiro sobre la mesita de cristal.
—¿Y este control remoto? No tenemos nada parecido en casa.
—Es para el mando de la televisión, —me quite los tacones— si pulsas el botón azul…
Lo apretó antes de que pudiera terminar de explicarle.
—¡Alice! —la riño la reina Esme.
Rennesme sonrió emocionada.
"¿Podemos ver una película?"
—Bella tiene que descansar y nosotras ir a casa para la cena. Deje a James a cargo de una de sus nanas. Estoy segura que para este momento, Kate ya debe estar que se jala los cabellos.
Alice prendió el televisor.
—Jasper está de viaje, si volvemos al catillo, me voy a aburrir como una ostra. Estoy segura que a Bella no le molestara. ¡Podemos hacer una noche de chicas! —aplaudió emocionada.
Rennesme asistió furiosamente.
"¡Si"
Esme me miró con la pregunta en sus ojos.
—A mí no me molesta.
—¡Sí! —chilló Alice, saltando del sofá y corrió directamente hacia mí para abrazarme. Rennesme hizo lo mismo.
Las tres caímos al suelo entre risas y carcajadas.
—¿Una buena tarde? —pregunto mi padre desde la entrada de la habitación. Llevaba ropa informal y una sonrisa relajada en sus labios.
Esme respondió por nosotras.
—No lo imaginas.
.
.
Algo me molesto. No sabía exactamente de qué se trataba, pero estaba allí. En el fondo de mi mente. Comenzó dos días después de la pijamada con Esme, Alice y Rennesme.
Con el estómago encogido, baje a desayunar esa misma mañana. Solo Emmett y yo. Me sorprendió de sobremanera. Mi padre usualmente no faltaba a desayunar, comer o cenar. Con las ocupaciones del palacio, era prácticamente los únicos momentos que podíamos pasar durante el día sin que otra persona exigiera su atención, como el parlamento o alguno de sus subordinados.
Emmett se mantuvo callado, lo que fue terriblemente raro también.
El sentimiento en mi estómago no hizo más que aumentar.
—¿Em? —conseguí que sus jóvenes ojos me miraran— ¿Me dieras lo que sucede?
Chasqueo la lengua, pareciendo de pronto mucho mayor. Últimamente no hacia otra cosa que crecer, se volvía más alto y los entrenamientos de por sí ya obligatorios por ser el príncipe, hacía que su musculatura aumentara considerablemente.
—La cosa es que si te lo digo, papá me va a matar. Probablemente me castigara por más tiempo del que puedo contar con mis dos manos.
Aleje mi desayuno.
—Lo terminare averiguando.
Los cotilleos corrían como agua en rio. Si se trataba de algo importante, encontraría la manera de colarse entre una de las doncellas o cocineras.
Resoplo, ladeando la cabeza.
—Creo que dejare que lo averigües por ti misma.
—¿Cómo?
Señalo a mi celular en la mesa, a pocos centímetros de mi vaso de jugo de naranja.
—Busca "La conmemoración benéfica de Los Vulturi".
El nudo en mi garganta se apretó tanto que los ojos se me llenaron de lágrimas.
—¿Es Edward?
Emmett asistió, evidentemente disgustado.
Me puse de pie apresuradamente, abandonando mi posición sentada. Cogí mi celular en un fuerte agarre y dirigí hasta una sala privada al costado del comedor principal. Cerré la puerta con pesillo, a pesar de que cuándo estuve a punto de cerrar, nana Sue salía de la cocina.
"—Ella debe saberlo"
"—¿Por qué no me lo dijo antes?"
"—No quiere lastimarte"
Bueno, prefiero el dolor a ser un maldito hazme reír para todo mi pueblo. Como una princesa prometida, cualquier chisme mal intencionado podía afectar directamente a mi prestigiosa frente al parlamente. Y si el apellidó Vulturi estaba involucrado dentro de lo que tenía que averiguar, era seguro que mi desaparecido prometido llevaba parte de la responsabilidad.
Se debía de tratar de un gran disgusto, si eso interfirió con los deberes diarios de mi padre.
Lo poco que había logrado desayunar, unos cuantos bocados, se agitaron contra las débiles paredes de mi estómago.
Encendí mi celular, lo que revelo una imagen de mi anillo de prometida. La había tomado Edward con nuestras manos unidas. Se sentía como una promesa entonces, pero ahora… casi como una presagio.
Alguien toco a la puerta con la intensión de entrar, pero decidí ignóralo.
—Isabella Marie Swan. —esa fue la voz de mi padre— Abre la puerta. ¿Cuánto tiempo lleva allí encerrada? —pregunto a alguien del otro lado.
Fue Sue quien le respondió.
—No más que un par de minutos.
El siguiente en hablar fue Emmett.
—Ella merece saber, no la pueden mantener en la oscuridad.
—¡Oh, Emmett! ¿Qué es lo que has hecho?
—Lo que todos debieron de haber hecho hacer dos días. Decirle la verdad y que ella decida. No sé quién se cree el maldito Cullen, pero mi hermana no es un juguete. Es la próxima reina de Forks y lo que hizo en Volterra es imperdonable.
—¡Vocabulario! —exigió mi padre.
—Me importa una mierda. ¡No voy a permitir que mi hermana sea la comidilla de los dos reinos!
Me aleje de la puerta. No quería escucharlos más. Con cada palabra que pronunciaban como si yo no pudiera escucharlos, mi mente no hacía sino volar al más terrible escenario.
El único con la capacidad de romperme en miles de pedazos.
Desbloque la pantalla y seleccione el navegador. Raras veces usaba el Internet, pero estaba bastante familiarizada.
Mis cuentas sociales las llevaba el equipo de relaciones públicas del palacio, pero de vez en cuando gozaba de usar una cuenta falsa para divertirme un poco, pero con los preparativos de la boda y la inminente coronación, poca atención había presado a esos pasatiempos vagos.
Escribí las palabras que Emmett me dijo.
Me fui a la sección de noticias reconocidas. Nada de blogs o cotilleos sin sentido, necesitaba una fuente confiable. "GO Italy", así mismo se llamaba la revista que elegí.
Apenas abrí el link, un sollozo rompió con la quietud de la habitación. Allí mismo, en una fotografía a toda luz, estaba mi prometido, besando a Tanya Vulturi.
La mujer se mantenía sobre su costado con un brazo de Edward sosteniendo su nuca, sus dedos enredados en la cabellera rubia.
—Oh, Dios…
Leí la nota.
"¿Es esto la muestra evidente de la cancelación de un compromiso que se llevaría a cabo apenas mismo en una semana? Edward Cullen, príncipe, primogénito y el próximo rey de Port Angeles, ha sido visto en una actitud cariñosa, por decirlo menos, con quien es la princesa de Volterra. ¿Es nuestro príncipe un rompe corazones? Diversas fuentes aseguran que su compromiso con Isabella Swan, próxima a nupcias con él mismo y heredera de Forks, sigue en pie. ¿Oh es este al acuerdo que han llegado los príncipes? Si es así, ¡mis felicitaciones!, por llevar una relación abierta dentro de un matrimonio que evidentemente fue pactado dentro de la obligación entre dos pueblos vecinos. Si no es así, preparemos los pañuelos, que un buen corazón ha sido roto. Tanya Vulturi es conocida por su salvaje vida fuera de la realeza, seguro que sabrá como divertir al príncipe. Para ustedes, Jane Denali. Su reportera favorita."
Deje caer el celular.
La puerta a mi espalda se abrió de un tirón al mismo tiempo que mis piernas se debilitaban y se doblaban debajo de mi flácido cuerpo.
Unos fuertes brazos me atraparon.
—¡Bella! ¡Por todo lo sagrado! —escuche a papá gritar— Sue, llama al médico.
Cerré los ojos y deje que la oscuridad me llevara.
.
.
El paisaje era hermoso. Mucho más hermoso de lo que cualquiera imaginara. Los edificios altos, los rascacielos, el sonido del tren subterráneo cuando pasabas por una de sus entradas. Eso sin contar los olores que se entremezclaban. Perrillos calientes, hamburguesas y cuenta chuchería se le ocurriera a cualquiera.
Frote mis manos juntas y sople entre ellas, tratando de infundir algo de calor extra.
El inverno todavía no estaba sobre NY en todo su esplendor, pero las nevadas y el frio ya se colaba ante cualquier oportunidad.
Seguí caminando con mi pequeño maletín de diseño a cuestas. Admire cada uno de los lugares que pase, como lo hacía desde hace tres meses. Desde que deje Forks atrás y me mude a NY por una maestría en Arte Contemporáneo. Al divisar mi edificio, una torrencial de ladrillos rojos de quince pisos, deseé poder llegar mucho más rápido.
El frio me estaba matando. Además, mirando la hora en mi reloj de muñeca pronto serían las cinco de la tarde. Hora que mi padre había marcado como toque de queda cada día. Sea como sea, tenía la obligación de informarle al palacio o él mismo que me encontraba bien durante los seis meses que duraba mi estancia en la ciudad de los rascacielos.
Al estar esperando para cruzar la última calle hasta mi acera, un auto llamó mi atención. Resaltaba, brillante y elegante entre todo lo demás.
Un jaguar negro descapotable. Su auto. Me pregunte como había logrado encontrarme y no ahonde mucho más. Así como yo descubrí su infidelidad, evidentemente él había logrado encontrar mi ubicación.
Sin otro lugar a donde dirigirme, seguí por mi camino.
Al lado de la puerta del pasajero, Edward se encontraba en todo su esplendor. Tan alto como era, la respiración se me dificulto.
Mi corazón se saltó un latido y la boca se me seco.
Se notaba evidentemente casado. Mucho más delgado que la última vez que lo vi, en aquel baile de compromiso. Iba vestido con un jersey color gris, pantalones negros lisos y zapatos formales. Un poco de incipiente barba adoraba su mandíbula, así como un par de ojeras bajo sus verdes ojos. Su cabello también era un desastre, por el viento o porque había pasado las manos muchas veces entre las hebras cobrizas, algo que hacia ante los nervios o el estrés.
Aun podía recordar cómo se sentía su cabello entre mis dedos…
Metí las manos en mi chaqueta larga, la cual bajaba hasta mis rodillas y se apretaba a mí alrededor con un cinturón. Una bufanda blanca en mi cuello, guantes y un par de botas para el agua nieve.
Odiaba llevar los pies mojados.
Lentamente, me fui acercando hasta que entre en su línea de visión.
Sus esmeraldas verdes me recorrieron de los pies a la cabeza, rectificando en mi rostro más de lo normal. Casi como si me acariciara con la mirada. Me negué a creer ese hecho, disuadiendo a mi mente. Confiar en él había sido un error. A pesar de haberle confiado mi más terrible miedo, este se había vuelto en mi contra.
Me posicione a al menos un metro y medio de distancia.
—Hola. —dio un paso vacilante hacia mí.
El mismo que yo retrocedí. Era mejor si seguía manteniendo la distancia. No podía negar que la emoción de volver a verlo se entremezclaba con algo de rencor.
Este era el hombre que me había dejado en vergüenza frente a dos reinos completas.
—¿Qué quieres, Edward? —tal vez me escuche demasiado ruda, entre más rápido lo averiguara, más pronto podría subía a casa. Lejos del frio helado que me producía su presencia mucho más allá del clima.
—Bella. Joder. —se pasó una mano por el cabello revuelto— Solo… he tratado de hablar contigo durante meses. Encontrarte ha sido todo un calvario y no contestabas ninguna de mis llamadas.
Me balance sobre mis pies.
—No creo que haya nada más que decir.
Me miró incrédulo.
—No es verdad lo que dices.
—¿Qué parte? —pregunte— Hay cosas que no son necesarias decir. Una imagen vale más que mil palabras, ¿no?
"—Estas siendo cruel, coño."
"—¡Cállate, tú, traidora! ¿Ahora vuelves? Ahora veo con quien está tu lealtad."
"—¡Claro, con nuestro chico bonito, boba"
"—TRAIDORA"
—La fotografía. La maldita fotografía. —murmuro Edward, sacándome de mi loca conversación conmigo misma— Tu padre cancelo el compromiso sin darme oportunidad a explicarme y tú huiste apenas volví a Forks. Merecía una oportunidad, Bella.
—Tú nos quitaste esa oportunidad. —remarque.
Su retorcido hasta convertirse en una máscara de crudo dolor.
—Fui un estúpido, pero jamás te engañaría.
Más mentiras.
—Desearía que al menos admitieras la verdad de tu engaño. Que me dieras al menos eso, pero estas aquí, intentando convencerme. No sirve de nada. Ni siquiera tienes porque hacerlo, el compromiso de ha roto. Hace tres meses.
Ahora mismo seriamos marido y mujer. Casados ante el parlamentos, nuestros reinos y familias, ante Dios, pero él lo arruino.
—Si me das la oportunidad…
Lo corte antes de que pudiera continuar.
—Toda oportunidad se ha fue el día que decidiste ocultarte y ocultar a tu amante. Pudiste hablarme con la verdad y yo hubiera tomado una decisión. En cambio, preferiste marcharte lejos, engañarme y por si fuera poco, tuve que enfrentar a PA y a Forks yo sola. ¿Sabes lo arruinada que me sentí el día que nuestros padres dieron la noticia y yo estaba a su lado? Fue la peor de las burlas. ¿Dónde estabas tú? Te lo digo yo. Retozando en los brazos de esa… mujer.
Mis principios no me permitían insultarla.
—Estaba tratando de arreglar todo el desastre. —dijo angustiado.
—Bien, ya somos dos. —comencé a girarme para marcharme.
Su mano atrapo mi brazo antes de que pudiera seguir moviéndome. Me detuve y tragué en seco. La misma corriente eléctrica que se produjo el dia que nos conocimos me barrio de pies a cabeza.
Malditos sentimientos estúpidos.
—¿Qué? —cuestione sin mirarlo.
—Mírame.
Suspire y me coloque de frente. Cerré los ojos antes de hacerlo y finalmente levante la barbilla. En cuento lo observe, una añoranza dolorosa embargó mi corazón.
Todos estos meses y no había logrado desterrarlo de mi corazón. Pero el tiempo terminaría por cerrar las heridas de una vez por todas tarde o temprano, solo era cuestión de tiempo.
—Jamás te hubiera lastimado. Compromiso o no, te hice una promesa. Quería casarme contigo más que a nada en el mundo. —titubeo, pero levanto su mano izquierda y acuno mi mejilla en ella. Se lo permití, solo un poco— Déjame explicarme y vuelve conmigo a Forks. Te necesito. Renueva nuestro compromiso y sé mi esposa.
Ojala fuera tan fácil, pero viendo que sus influencias no llegaban tan lejos, al parecer era necesario que aclarara su panorama. Contra el dolor que amenazó con romper mi corazón de una vez por todas, me aleje de su electrizante toque.
—Veo que tu informante no te ha dado la información completa.
Dejo caer la mano y bajo la mirada.
—Deseaba que fuera mentira.
Las siguientes palabras fueron como escupir la peor de las blasfemias.
—Entonces sabrás que estoy comprometida con Lord Seth Black.
Levanto el rostro lleno de amargura.
—No es digno de ti.
—Es lo suficientemente digno como para ser rey de Forks, yo su esposa y tener una matrimonio prospero sin engaños. No me voy a echar para atrás. A diferencia de ti, sé cómo llevar un compromiso con responsabilidad, su alteza.
Con eso, di por finalizada nuestra conversación.
.
.
De vuelta a Forks, estaba sentada sobre el diván de mi biblioteca privada. Mis dedos jugueteaban los lazos de mi vestido color rosa. Aunque pareciera increíble, había extraño los corpiños ceñidos, las faldas esponjadas y sobre todo a mi familia.
Mi estancia en NY había llegado a su fin hacia una semana atrás y hace dos días había vuelto a Forks. Fui recibida con fiestas y felicitaciones, por mi nueva maestría. Mis soberados me admiraban no solo por eso, sino por las decisiones que habían regido mi vida en los últimos seis meses.
Estaban hilarantes al saber que ante mi compromiso fallido, no me había echado a llorar en la torre más alta del castillo, sino que decidí salir afuera, poner mi vida en orden y conseguir otro buen prospecto de marido.
Seguí observando los arreglos para mi fiesta de compromiso, la misma que se llevaría a cabo esta misma noche.
Dentro de un par de horas, llegaría todo el equipo de vestimenta y maquillaje para dejarme deslumbrante.
Un suave toque en mi puerta me espabilo.
La cabecilla negra de nana Sue se asomó.
—¡Nana! —corrí a abrazarla.
Se adentró en mi habitación, cerrando la puerta a su espalda y me recibió con los brazos abiertos. Apenas la había visto los pasados meses y de verdad, como la había extrañado.
—Oh, mi dulce niña. —me envolvió en un apretado abrazo— Es un gusto tenerte en casa de nuevo.
Me separe, regalándole una gran sonrisa.
—¡Lo mismo digo!
Sus ojos detallaron cada detalle de rostro.
—Te ves hermosa, mucho más saludable que la última vez que estuviste aquí. —ignore ese último comentario— La ciudad te ha hecho mucho bien.
—Así fue. —coincidí.
Me agarro de la mano y juntas nos sentamos en el borde de mi cama. Sus manos alisaron mi faldilla con cariño.
—Nos has hecho mucha falta por aquí.
Cogí sus manos entre las mías y les di un apretón.
—Ustedes a mí.
Me dio una sonrisa maternal.
—Debes ver a Emmett, está hecho todo un hombre. —murmuro— Más guapo que nunca.
Podía imaginarlo claramente. Ante mi última partida, poco habíamos hablado excepto por algunas llamadas ocasionales y un par de correos electrónicos.
—Muero por verlo, ¿sabes si está en el palacio?
Entorno los ojos, aunque de una manera bastante divertida.
—No debe de tardar en llegar. Con el compromiso a toda marcha en un par de años más, no deja de visitar PA para darle sus presentes a Rennesme.
¿Él que…?
La garganta se me cerró.
—¿Bella?
—¿Tú? ¿Qué? ¿Compromiso? —las palabras salieron una tras otra sin orden.
Se puso blanca como el papel.
—Creí que tu padre te lo dijo.
Me coloque de pie, retorciéndome las manos.
—¿Decirme que?
No puede ser.
No puede ser lo que estoy pensando.
—El rey Carlisle y tu padre prometieron en matrimonio a Emmett y Rennesme. Al cumplir la mayoría de edad, este se llevara a cabo.
Había creído que…
—¿Qué pasa con Volterra?
Los ojos de nana Sue se llenaron de un disgusto que no era usual en ella.
—Tanto PA como Forks rompieron todo trato con Volterra, y por lo tanto, con los Vulturi.
Mi corazón se saltó un latido.
.
.
Los últimos detalles de mi maquillaje, peinado y vestido de compromiso se dieron por finalizados. La imagen frente al espejo reflejaba a alguien muy diferente a la chica que una vez se colocó en el mismo lugar, solo que en esa ocasión, mi vestido no era azul con lila, sino verde y mucho más maduro que el que use aquel día.
El corseé del vestido abrazaba cada una de mis curvas y las hacia resaltar, mientras que el tejido verde y dorado se veía terriblemente exótico y deslumbrante, derramándose por toda la tela de la faldilla hasta el suelo.
Una doncella entro a mi habitación.
—Su padre está listo para verla, princesa.
—Muchas gracias.
Dejando atrás a las maquillistas y de vestuario, salí de mi habitación a la oficina de mi padre. Nada más entrar dejo su trabajo de lado y bajo sus lentes hasta la punta de su nariz.
—Estas hermosa.
Ignore el cumplido olímpicamente.
—¿Cómo no me dijiste que comprometiste a Emmett con Rennesme Cullen?
Mi padre dejo sus lentes y la carpeta de trabajo sobre su escritorio.
—No veo como sea eso un problema.
Apreté los dientes.
—No quiero tener que ver nada con esa familia. ¿Te has puesto a pensar lo incomodo que será esta noche para todos? Porque supongo que los invitaste, de lo contrario, parecerá que queremos ocultar algo. Pero de cualquier manera, me vuelves a poner en el ojo público, tanto a mí como a Seth.
Mi padre se acarició la barbilla.
—¿Te preocupa lo que digan los cotilleos o te preocupa no poder llevar a cabo tu matrimonio por lo sigues sintiendo por su hijo mayor?
Papá nunca era tan directo.
—¡Edward y yo no tenemos nada que ver! —trate de defender.
Mi padre se colocó de pie y apoyo ambas manos en su escritorio.
—En eso te equivocas, Isabella. A veces me pregunto cuando has crecido tanto, pero hay ocasiones en las que me pregunto porque de pronto te comportas como una chiquilla.
Las manos me temblaron.
—¡Lo dice quien no puede evitar traer al hombre que casi me destruye a mi fiesta de compromiso!
Se volvió a sentar con un gesto severo.
—El mismo día que te enteraste de esa nota amarillista, Carlisle y yo lo pactamos. No tiene nada que ver contigo ni con Edward.
—¿Cómo pudiste pactarlo aun sabiendo lo que Edward me hizo? —no pude evitar reclamarle.
Él se volvió a poner los lentes y me ignoro.
—¡Padre! —trate de llamar su atención.
Paro un segundo, solo para darme una mirada de pena.
—Lo único que me preocupa es que cuando decidas darle un espacio a ese gran orgullo tuyo, sufras demasiad, hija mía. No todo en la vida es blanco o negro. Te deje marchar lejos porque era lo que necesitabas, me pediste que te buscara un marido y lo hice, pero no puedo evitar preguntarme si cometo un error.
Los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Sabes lo que él me hizo…
Suspiro.
—Dale una oportunidad de explicarse, antes de que sea demasiado tarde, Bella. Si entonces tampoco quieres perdonarlo, te dejare casarte y te coronare reina.
Si barbilla tembló.
—¿Qué estas tratando de decirme?
Se dejó caer en su silla.
—Arréglalo, de lo contrario, puedes olvidarte de casarte y de reinar.
Jadeé.
—No puedes…
—Puedo. Soy un viejo gruñón, pero sigo siendo el rey de Forks. Y hasta que eso no cambie, incluso Emmett y tú tienen que atacar mis órdenes.
Cerré la boca, mordiendo el interior de mi mejilla hasta que sentí el sabor metálico de la sangre.
Me di media vuelta y me marche.
.
.
La fiesta avanzaba según lo esperado. Todas las personas nos felicitaban, Seth hizo las debidas presentaciones y yo también, nos sentamos uno al lado del otro y bailamos tal como la tradición lo dictaba.
No pude evitar que viejos recuerdos se colaran a mi mente.
—Luces confusa esta noche. —comenzó Seth, con esa voz firme suya. Era un hombre alto y moreno, de rasgos fuertes. Respetable. Listo. Educado. El perfecto prometido y no dudaba que el perfecto marido, algún día.
—Debe ser el jet lag. No he podido dormir muy bien las últimas dos noches. —confesé, parte verdad y parte mentira, porque mi jet lag llevaba nombre y apellido.
Bajo sobre su gran altura y besó mi frente.
—Seguro que estas mucho mejor en un par de días.
Miré a sus ojos oscuros.
—Seguro que sí.
Mientras seguíamos bailando, sentí una mirada sobre nosotros. Busque por todo el salón, hasta que encontré esos ojos. Su mirada verde se había vuelto más fría y los rasgos de su rostro más duros. Sin duda, ambos habíamos cambiado.
—¿Es él? —el susurro de Seth sobre mi oído me hizo salir de mis cavilaciones.
Volví mi atención a él.
—Sí, lo es. —trate de sonreír y sonar desinteresada, pero mi respuesta salió brusca y atropellada.
Una de las esquinas de su boca se curvo.
—Deberías ir a hablar con él.
Entorne los ojos.
—¿Tú también? —pregunte.
Sus traviesos ojos me devolvió la mirada.
—¿Qué? —fingió inocencia.
Seguimos bailando. Me giro entre sus brazos y me volvió a atrapar. Firme contra su pecho. Tal vez los nuestro no se basaba en el amor, pero si en una increíble confianza. Algo mucho más fuerte. El amor en cambio, solo había traído dolor a mi vida cuando le permití surgir.
Me sujeté de su hombro izquierdo y seguimos moviéndonos por la pista.
—Todos parecen demasiado apurados por lograr que hable con él.
—Bueno, eso debe ser por una buena razón.
Sacudí pelusa inexistente de su traje. Se trataba de un elegante traje a dos piezas negro con el moño del mismo color.
—Dame la tuya.
—Simple. —se encogió de hombros— No deseo una esposa enamorada de otro.
—Seth.
Hizo un gesto de disculpa, pero sin quitar la sonrisa de sus labios.
—Ambos sabemos lo que queremos, Bella. Somos buenos el uno para el otro y aunque todavía no estoy irremediablemente enamorado de ti, sé que me gustas muchísimo y te quiero. Realmente te aprecio. Nunca has sido menos que sincera conmigo y eso lo valoro. Por eso mismo, me permito ser igual de honesto contigo y la verdad es que no quiero que nadie resulte lastimado en esta historia. Ni tú, él o yo. Y la única verdad es que a cada día mis sentimientos por ti incrementan, ahora mismos sería fácil dejarte ir, no puedo decir lo mismo en un futuro próximo.
Acaricie su pecho con la palma de mis manos.
—Eres un gran hombre, sería muy afortunada si te enamoraras de mí.
—La pregunta aquí es, ¿tú me puedes ofrecer el mismo tipo de amor?
"—No"
No fue necesario que respondiera, simplemente seguimos bailando.
.
.
Baje las escaleras, el frio acariciaba mis brazos y ponía los cabellos de mi nuca de punta. Deseaba poder deshacer el elaborado moño en mi cabeza. Segui caminando fuera del palacio sin rumbo aparente.
Solo… quería escapar.
Gire, camine, seguí girando. Al final pare frente al pequeño jardín de mi madre. Todo el se mantenía lleno de sus flores favoritas. Rosas, margaritas, un poco de manzanilla, girasoles y otras tantas.
Me deje caer sobre el banquillo en medio y comencé a cavar entre el moño en mi cabello. Libere a mis risos caoba rojizos de los broches y deje caer el cabello sobre mis hombros.
Fue un respiro.
No quería volver a la fiesta, donde todos querían empujarme hacia mi ex prometido como si debiera perdonarlo.
Un aire nuevo trajo consigo un aroma conocido.
"—Esta aquí"
—Espiar a la princesa es visto como una gran falta. —dije a la nada.
Su sombra salió de entre los árboles. Vestía uno de sus característicos trajes negros con dorado, la corbata desabrochada, el chaleco y el saco abiertos y la camisa desfajada.
Éramos un desastre.
—¿Cuenta si también soy un príncipe?
Lo observe sobre mi hombro.
—No lo sé, tú dímelo.
Una sonrisa triste se adueñó de sus labios.
—Había olvidado lo mala que eres para los chistes.
—Lo mismo que tú para ocultarte. —resople, volviendo mi atención a las flores frente a mí— ¿Por qué me seguiste? —pregunte.
Lo escuche acercarse, pero me mantuve en mi lugar. Si íbamos a hacer esto, no podíamos habla conmigo a casi dos metros de distancia.
—Bueno, te vi salir bastante agitada y yo… —titubeó— solo quería asegurarme de que estabas bien.
Me aferré al borde del banquillo.
—¿Sinceramente? —repetí— No lo estoy. Estoy harta de detalles y fiestas y la organización de la boda. De bailar frente a toda esa gente como si no se preguntaran que demonios hace mi ex prometido en mi nueva fiesta de compromiso y de tener que soportar a todos rogándome porque te de una nueva oportunidad.
—Bella.
—De todos modos, ¿por qué debería dártela? —continúe hablando— Es estúpido.
Lo sentí a mi lado. Sus piernas entraron en mi línea de visión y se puso de cuclillas.
—¿Tal vez no es tan estúpido como piensas?
Sí. Mil veces. Estúpido engreído.
Ignore su pregunta.
—Seth quiere que arregle mis asuntos contigo.
Hizo un ruido seco.
—¿Así que estamos aquí porque tu futuro esposo lo quiere así?
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres de mí, Edward? —demande.
—A ti.
—¿Así de fácil? —dije amargamente.
—Si me dejaras explicarte.
—¡Hazlo! —casi grite— ¡Ahora mismo!
Se puso de pie y camino de ida y de vuelta. Dejo caer su saco al suelo y se pasó las manos por la cabeza, jalando las hebras cobrizas de su cabello.
—Eres. Tan. Testaruda.
—Bienvenido al club.
Me miró interrogante.
—Nunca, ni por un maldito segundo te engañe.
—Eso no es lo que vi.
—¿Lo que viste? No fue más que una fotografía tomada en un ángulo diferente. Si, Tanya coqueteaba conmigo, pero en cuanto le dije que estaba comprometido y comencé a hablar de ti a cada segundo del día, se dio cuenta que de verdad no había ninguna oportunidad.
Me reí, incrédula.
—¿Se supone que esa es tu gran explicación?
Me ignoro.
—Ella lo entendió, pero Aro Vulturi no. Programo nuestras agendas juntas, nos hizo sentarnos en cada evento juntos, insinuó que la alianza Cullen-Vulturi se haría más fuerte si yo renunciaba a casarme contigo. Esa noche le deje las cosas claras, le dije que se olvidara de cualquier trato. Hable con mi padre y él acepto que volviera, ya buscaríamos otra solución para proteger a Rennesme, pero no a cambio de mi felicidad. Esa noche me despedí de Tanya y ella me deseo la mejor de las suertes, por Dios, me dijo que tenía ganas de conocerte, que la invitáramos a la boda. Nos despedimos y fue ahí cuando tomaron la fotografía.
—¿Qué razones tendrían para hacer eso?
—Por órdenes de Aro.
A pesar de m resistencia, algo comenzó a cobrar sentido.
—¿Para qué?
—Destruir nuestro compromiso.
—¿Por qué no llamaste? —pregunte.
—Apenas llegue el celular se me descompuso. Te deje algunos recados con algunas doncellas, pero olvidaban dártelos.
—Llamar no es el único medio de comunicación. —añadí enojada.
Despediría a tales doncellas.
—Te mandaba cartas todos los días, pero al parecer ninguna de ellas llego. No tengo pruebas, pero cuando Tanya y yo lo hablamos, llegamos a la conclusión de que era posible que Aro las estuviera interceptando. Luego tomaron esa estúpida foto y todo se fue a la mierda.
Exhalé.
Así que todo…
Mi cuerpo se agito.
—¿Bella?
Mordí mi labio inferior.
"—El maldito Aro Vulturi. Maldito ser mezquino y pequeño. Como un pequeño umpalumpa."
Me reí entre lágrimas. Vino una y luego otra y otra y fue imposible pararlas. Todas venían una detrás de otra. Luego mi nariz se volvió agua y los mocos se comenzaron a salir por todas partes.
Me abrace a mí misma, sintiéndome de pronto demasiado fría.
Edward cogió su saco y lo puso sobre mis hombros.
—Es una estupidez. Mi padre tenía razón y ahora que mi cabeza me llevo hasta aquí, no hay vuelta atrás.
La certeza fue aterradora.
Edward se ubicó frente a mí y bajo hasta mi altura. Con el dedo indice y pulgar, me cogió de la barbilla.
—Bella, yo te sigo amando.
Esas palabras me partieron el alma.
Me aleje, pasando la lengua por mis labios y probando la consistencia salada de mis lágrimas.
—Es demasiado tarde, Edward.
Me cogió el rostro entre sus manos.
—Nunca es demasiado tarde.
El magnetismo y la electricidad alrededor de nosotros incremento al mil por ciento. Y a pesar de saber la verdad y estar segura que hablaba con la verdad, la incertidumbre en mi pecho no se marchó. Me temía que tomaría algo más de tiempo en recuperarse esa parte.
Poco a poco, Edward acerco su rostro al mio hasta posar sus labios sobre los míos.
La caricia de sus labios fue suave, mientras que sus manos bajaban para cogerme de la cintura y juntos nos colocó de pie. Su lengua repartió caricias languinas sobre la mía, mientras nuestra respiración aumentaba.
Nos separamos brevemente.
—Joder, cuanto te extraño. —jadeó.
Por primera vez, me permití no tener miedo.
Me aferré a su cuello y lo volví a besar. Independientemente lo que pasara en el futuro, era estúpido seguir negando que lo amaba, sobre todo después de saber la verdad.
Sus manos me atrajeron más cerca de su cuerpo.
Deseé poder congelar el momento para siempre. Después de seis meses. Volvía a sentirme completa de nuevo.
.
.
.
—Estas distraída. —comento Seth, llevándose la taza del delicioso café que nana Sue nos había traído después de la merienda.
Saboreé el sabor amargo de la bebida antes de responder.
—Hable con Edward, tal como todos me lo pidieron. —deje mi taza sobre la mesita en medio de nosotros.
Él se encontraba impasible.
Sentado sobre una silla frente a mí con su traje tries piezas color beige. Su rostro limpio y esos bonitos ojos cafés mirándome.
Una opresión horrible rugió desde el fondo de mi pecho. Porque cuando sonrió levemente ante mis palabras, supe que él también sabía lo que significaba.
Bien podrá casarme con él. Renunciar a Edward completamente después de nuestro fallido compromiso, tomarlo como un presagio de donde terminaría nuestra relación. Pero sería tonto de mi parte, no aceptar que gran parte de ese fracaso, había sido culpa mía.
Mis miedos y falta de confianza, no solo en nuestra relación, sino en mí mismo, me había dado como resultado una mala jugada.
Unas arruguitas aparecieron al borde de los ojos de Seth, cuando me sonrió más ampliamente.
—Mereces ser feliz, Isabella.
—No a costa de la vergüenza e infelicidad de alguien a quien de verdad aprecio. —confesé.
—Sin embargo —se limpió los bordes de la boca con su servilleta antes de seguía hablando— lo amas a él, ¿no es cierto?
—Sería aún más cruel de mi parte mentirte. Me prometí a mí misma siempre serte sincera.
Estiro una mano sobre la mesa con la palma y los dedos extendidos. Con un suspiro, correspondí a su gesto.
—Serás una hermosa novia y una reina aún más excepcional. Espero que él sepa verlo.
Sonreí ligeramente.
—Creo que lo hace.
Apretó mi mano por última vez antes de alejarse. Se puso de pie, tomando su chaqueta y asistió hacia mí.
—Un placer, alteza.
—Gracias, Seth. —coloque una mano temblorosa sobre mis labios, evitando que mis emociones comenzaran a desbordarse.
Él me dio una sonrisa dulce y con eso partió.
Supe sin lugar a dudas que si mi decisión hubiera sido otra, tarde o temprano me hubiera enamorado de él. Pero no así, no cuando él se merecía ser algo más que la segunda opción de alguien.
Una de las doncellas se acercó a recoger los cubiertos.
Cogí mi taza y me reconforte con el calor que emanaba de ella.
—¿Crees que puedas hablar a uno de los secretarios de mi padre y pedirle que le informe que quiero que se encuentre aquí conmigo, ahora mismo?
La doncella, una hermosa chica de cabello rubio asistió y me dio una sonrisa amable.
—Claro que sí, princesa.
Por alguna razón, se sentía como si todos supieran lo que se avecinaba.
Apenas mi padre pajo las escaleras del jardín hasta la terraza donde me encontraba, me dio una sonrisa cariñosa.
A su lado, estaba Lili, mi organizadora de bodas.
.
.
La habitación se materia en el más sepulcral silencio.
Las personas contenían el aliento, los invitados amontonándose en filas y filas interminables. Miré a mi costado para sonríele a mi padre y a nana Sue.
Mi nana tenía un pañuelo amontonado sobre su boca y barbilla, aguantando el llanto. Del otro lado, imponentes y orgullosos, se encontraban Esme y Carlisle Cullen. Sus coronas brillaban por sí mismas, adornadas con las mejores joyas. A su lado se encontraban sus hijos. Alice junto a su esposo Jasper, Rennesme y el pequeño James. Emmett acompañaba a Rennesme, demostrando ya ser un caballero con su prometida.
La iglesia se iluminaba la más suave de las luces y una suave melodía a piano y violín amenizaba las palabras del cura que nos casaba.
Enfrente mio, se encontraba Edward.
Su traje de boda hermoso y elegante. Un traje negro de cadete con todas sus condecoraciones adornando su pecho y la banda blanca que cruzaba el mismo, anunciando que hoy mismo se daría lugar a una coronación.
La misma banda cruzaba mi pecho, contrastando con el blanco de mi vestido.
El mismo vestido que elegí el día que salí a escogerlo con la madre y hermanas de Edward. El corpiño se pegaba a mi torso como una segunda piel, decorado con millones y diminutos diamantes en toda la extensión de la tela. En un corte corazón sobre mi pecho, la tela se seguía abrazando a mis hombros y brazos. La faldilla caía desde mi cintura hasta más allá de mis pies, creando una cascada blanca que iba e iba, sin saber dónde exactamente terminaba. La corona en mi cabeza, incrementaba el peso de la situación, de donde también se sostenía el velo que mi madre había usado el mismo día que se casó con mi padre.
La ceremonia siguió, dando un paso más cerca del precioso final. Mi oportunidad para aceptar a Edward para siempre.
Mordí mi labio inferior apenas, antes de que Edward sonriera levemente. Él podía sentir mis inminentes nervios.
Nuestra relación había recorrido un gran camino.
Nada como los cuentos de hadas, sino la cruda vida. Había estado tan concentrada en que todo saliera bien entre nosotros que ante el primer atisbo de dificultad, había salido corriendo. Ese error no se volvería a repetir, estaba segura.
Nuestro vinculo, el amor entre nosotros, se había vuelto más firme. Y de ahora en adelante no solo se trataría de nosotros, sino de la unión de dos reinos. No solo nos preocuparíamos de nuestra relación o matrimonio, también de personas que dependían directamente desde nuestras decisiones.
La emoción burbujeo.
—Isabella Marie Swan, princesa de Forks, ¿aceptas a Edward Anthony Cullen como tu legitimo marido para amarlo, respetarlo y protegerlo con tu vida misma por lo que resta de tu vida?
—Acepto.
Edward tomó el anillo que nos ofreció una de mis damas de honor. El frio de la argolla acaricio mi piel, mientras se unía al resplandor de mi anillo de compromiso.
—Edward Anthony Cullen, príncipe de Port Angeles, ¿aceptas a Isabella Marie Swan como tu legitima esposa para amarla, respetarla y protegerla con tu vida misma, por lo que te resta de vida?
Los ojos de Edward se llenaron de la más hermosa felicidad. Estrecho los ojos al sonreír.
—Acepto.
Cogí la argolla y la puse en su dedo corazón izquierdo. El cura dio un paso atrás, dando un asentimiento y murmurando algo más.
—Lo que Dios ha unido no lo podrá separar el hombre. —levanto las manos en alto— Altezas.
El rey Carlisle y mi padre dejaron sus respectivos lugares. Edward y yo nos giramos a la par, enfrentándolos. A cada uno se le concedió una espalda, mientras los integrantes del parlamento se ponían de pie.
Mi padre se adelantó y dejo un besó en mi frente.
—Inclínate, hija mía.
Me extendió las manos, para que me apoyara en ellas. Acepte su ayuda y me incline sobre una rodilla, bajando la cabeza y cerrando los ojos. A mi lado, Edward siguió el mismo camino.
El filo de la espada rosó mi hombro derecho, luego el izquierdo. Luego me abandono, para acompañar a Edward.
—¿Aceptan proteger y honrar su pueblo?
—Aceptamos.
—¿Pelear los el bienestar de sus habitantes?
—Lo haremos.
—¿Mantenerse unidos como un frente, dejar cuando dejar los problemas atrás y enfocarse en lo correcto?
—Sí.
El rey Carlisle le siguió.
—Hijos míos, ¿juran ante esta iglesia, proteger, cuidar y horrar el lazo que hoy los une aquí?
—Lo juramos.
Mi padre me hizo levantar la barbilla con la punta de la espada.
—Yo te declaro reina.
Carlisle hizo lo mismo.
—Yo te declaro rey.
Mi padre cedió la espada y dos mujeres del parlamento se acercaron.
En sus manos, llevaban cojines rojos y regordetes. En la cima, nuestras respectivas coronas.
Mi corona brillaba, imponente y brillante. Se entretejía en plata y oro, aguardando entre sus espacios a los más relucientes diamantes. La de Edward brillaba de igual manera, unida en un capullo, las fuertes y suaves curvas aguardaban a las más preciosas gemas que iban desde perlas preciosas hasta bruscos diamantes.
Nana Sue se puso de pie, camino hacia nosotros y se colocó a mi espalda, me libero de la carga la corona y el velo.
Carlisle besó las dos mejillas de Edward.
Ambos tomaron las coronas.
Edward y yo nos inclinamos.
Al levantar la cabeza de nuevo, pesadas capas rojas cubrieron nuestros hombros. Carlisle acepto algo más y nos lo tendió. Edward agarro el firme bastón y lo puso entre nosotros, ambos lo agarramos firmemente.
—Naciones, les presentamos a su rey y a su reina. Sus altezas, Edward e Isabella Cullen de Swan.
Todos se pusieron de pie y aplaudieron.
—¡Larga vida a los reyes!
—¡Larga vida a los reyes!
—¡Larga vida!
Fin
¡Hola, hermosas! Me alegra estar por aquí de nuevo para traerles la segunda y última parte de "Una princesa sin príncipe", sino saben de lo que hablo tienen que darse una pasada por los otros OS´s de esta bonita sección. Como lo preví desde la primera parte, la relación de Edward y Bella fue más complicada de lo que se creyó a primera vista. Ese Aro Vulturi, quiso separar a nuestros tortolitos y no lo logro, al menos no durante mucho más tiempo. Tanya está libre de pecado, ella nunca quiso anteponerse entre nuestros príncipes. Seth es un personajaso de principio a fin, animando a Bella a que hable con Edward a pesar de que sabía lo que posiblemente seria el resultado. Les confieso que me vi tentada a darle su final feliz con Bella pero luego recordé que este es un BxE hahaha, en fin. Las quiero, gracias por estar una vez más, por leerme y dejar sus bellos rr. No olviden que tenemos un grupo donde subimos un álbum de cada pequeña historia para que su imaginación no se quede corta. Sin más, nos vemos en la siguiente historia. ¡Un beso desde la distancia!
Las leo en sus reviews siempre y no lo olviden: #DejarUnReviewNoCuestaNada.
—Ariam. R.
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