Saving you, saving me

By: Mussainu

Disclaimer: Todos los personajes son propiedad de Rumiko Takahashi

El reloj de la computadora marcaba las 9:40 de la noche, ya varias horas después de su supuesta hora de salida, pero su editor nunca había tenido problemas en que ella trabajara horas extra sin pedirle el pago correspondiente. La taza de café que estaba al lado de su mano derecha ya estaba helada y había habido dos ocasiones en las que estuvo a punto de tirarla.

—¿Aún no terminas?

—Ya solo faltan los detalles finales, simplemente me cuesta mucho trabajo encontrar la manera correcta de terminar el artículo.

—Confío en que puede esperar a mañana, no hay prisa, por más que me cueste admitirlo, sabes que no contamos con muchos lectores.

—Yo sé, únicamente espero que cuando me llamen de algún periódico más grande pueda, ya sabes, demostrar todo lo que he escrito.

—Estoy seguro de que eso va a suceder más pronto que tarde y cuando eso suceda, vamos a perder un buen elemento, sin embargo, sabes mejor que nadie que yo apoyo tu decisión y, honestamente, aún no sé por qué no te han llamado.

Tomó la taza sucia, juntando las de todos los demás, que lo habían dejado en sus lugares y las dejó en la cocina junto con los empaques de galletas que podían atraer a las hormigas y las cucarachas. La salita en la que estaban tenía espacio para unas 10 personas y cuando estaban todos se podía escuchar la charla entre compañeros, el teclear constante y el ding ding ding de los correos que llegaban. A esas horas del día ya solamente estaban dos personas, haciendo un poco más ominoso el silencio.

—¿Por qué no te has ido a casa? Tu esposa debe de estar muy molesta y pensará que quiero robarle el marido.

—Y yo me iría contento. No me quería ir dejándote sola, sabes que ahora han habido varios asaltos en la zona y no podría dejar que te vayas a esta hora.

—No te preocupes por mí, sabes que tengo el carro cerca y traigo mi spray pimienta. -sacó de la bolsa una botellita pequeña con el aspersor apuntándole como para demostrar que estaba más que lista para poder defenderse en caso de ser necesario.

—Yo sé que eres más que suficiente para enfrentarte a los malos pero si puedo evitarte pasar por un mal momento, con gusto me quedo las hora que sean necesarias.

Afuera, en la oscuridad que solo era interrumpida por los postes de luz esparcidos cada 20 o 30 metros, ladró un perro un par de veces y las luces de un automóvil iluminaron brevemente la entrada del edificio en donde únicamente estaban ellos dos. Generalmente el camino que conducía al periódico no era muy transitado después de las 7 de la noche, cuando pasaban las últimas personas que salían del trabajo rumbo a casa. Muy rara vez se veían carros después de ya anochecido, pero siempre había algún despistado que perdió la salida o desconocía el terreno y tenía que pararse a pedir instrucciones de cómo salir a la carretera principal.

—Ya voy guardando el archivo y nos vamos. Tampoco quiero que estés arriesgándote porque soy una necia.

—Estupendo, entonces deja tomo mis cosas y me despido del guardia para avisarle que ya vamos a cerrar y que no queda nadie en el edificio.

Kagome tomó sus cosas, tratando de hacer malabares con su bolso, la Tablet, sus llaves y la credencial que era necesaria para poder pasar las puertas electrónicas que daban acceso a todas las personas que trabajaban en el edificio. Ahí había por lo menos 3 empresas pequeñas además del periódico en el que ella llevaba trabajando 3 años. Casi todas eran negocios cuyos dueños eran familias que operaban en cada área para poder disminuir el costo que generaba.

El guardia de seguridad, hombre de mediana edad, estaba sentado en esas sillas giratorias que después de años de desgaste hace que cruja el respaldo y los tornillos del asiento lleguen a lastimar si es que llegaras a sentarte demasiado rápido o en el lugar incorrecto. El guardia la saludó al pasar con un vaso de unicel lleno de café negro para poder soportar la larga noche que faltaba.

—¿Saliendo tarde otra vez?

—Ya sabes, me encanta quedarme para ver qué película van a pasar para ver si me quedo despierta en casa.

—Ahora va a haber una de esas películas de policías.

—¿Está divertida?

—Lo suficiente para que no me duerma hasta que termine.

—Buenas noches.

—Descansa y nos vemos el día de mañana.

—¿Vamos? ¿Quieres que te ayude con tus cosas? -se acercó su editor tras de ella mientras pasaba la tarjeta magnética.

—No, no te preocupes, uno de mis talentos es poder llevar siete cosas en las manos.

—¿No quieres que te lleve yo en mi carro? Ya son casi las 10 de la noche y no es seguro que una mujer ande por estos lados.

—Tranquilo, vamos en direcciones contrarias; además, nuestro valiente protector está a tiro de piedra si es necesito algo. -para hacer énfasis en la historia que estaba contando Kagome, el guardia levantó una galleta a medio comer como forma de asentir.

—Entonces, en cuanto llegues a casa, márcame o mándame mensaje.

—¡Claro! Ahora corre que el frío está como para congelar pingüinos. -se arrebujó la bufanda, se ajustó los guantes y alzó las solapas del abrigo para poder cubrirse de las ráfagas de viento que empezaban a arreciar.

Ni bien estuvo del auto encendió la calefacción para poder entrar en calor, aventó sus cosas al asiento del copiloto y sacarse los guantes con los dientes. El reloj del tablero ya marcaba poco después de las 10 de la noche y la temperatura estaba a 10°, amenazando con dejar caer los gordos copos de nieve que empachaban a las nubes.

Realmente el pensar en llegar a casa no era su prioridad, teniendo en cuenta que lo único que había esperándola en su departamento de una sola recamara, comedor/cocina/sala en un solo espacio era una cena de microondas o fideos instantáneos y unos vegetales que se habían empezado a poner marchitos. Siempre compraba verduras con la esperanza de poder comer más saludable u a obligarla a llevar comida preparada en casa en vez de comprar los almuerzos preparados que encontrabas en las tiendas de conveniencia.

Hubo un tiempo en el que tuvo un gato que acabó engordando de tal manera que arrastraba la panza en el suelo. Como no estaba en casa la mayor del parte del día, cuando llegaba a casa lo consentía dándole comida y premios para poder compensarle el dejarlo abandonado. Al estar el gato en la casa esperándola la obligaba a cumplir con las horas de trabajo oficial y no quedarse demás. Eventualmente, el gato acabó en casa de su madre y Kagome extendió las horas que pasaba en el periódico ya no teniendo responsabilidades.

El motor empezó a ronronear después de encendido, listo para aventurarse en las heladas calles. El radio no funcionaba en esa parte de la ciudad por el simple hecho de que los árboles impedían cualquier tipo de radiofrecuencia, así que la música tendría que esperar unos buenos 10 minutos más o bien, conectar el celular al estéreo arriesgándose a que la pila de su celular se terminara más pronto de lo planeado. Dejó la tarjeta de identificación del periódico en el asiento del copiloto junto con sus demás cosas para poder subirla a su departamento, tal como lo hacía todos los viernes que no tenía que llevarla al trabajo, y partió rumbo a su casa, despidiéndose de su editor con un rápido cambio de luces.

Por más que no tenía mucha urgencia de llegar a casa eso no significaba que quería quedarse en el carro más del tiempo necesario pero las calles no estaban en condiciones para que uno anduviera acelerando ya que estaban mojadas por la lluvia de la tarde. No se atrevía a andar a más de 60 km/h, ya que si había algún accidente no era muy probable que pasara alguien a ayudarle; aunado a que era viernes y ya todos deseaban estar en casa para descansar. No valía la pena arriesgarse.

Unos cuantos kilómetros más adelante encontró un carro con las luces apagadas a un lado del camino. Redujo la marcha casi hasta el mínimo, cavilando si sería prudente bajarse del auto o manejar hasta donde hubiera señal en el celular y mandar ayuda. Sabía que esa bien podía ser una estrategia para poder despojarla de su auto y de sus cosas, sin embargo, considerando la poca afluencia de carros, esto parecía ser más un desperfecto del auto y no un atraco a la buena del viejo oeste en tiempos modernos. Lo que acabó de convencerla fue ver una estampa en el vidrio que decía "Bebé a bordo" en unos de esos stickers amarillos que ponían en el parabrisas trasero o en las ventanas.

No sé si sea buena idea. -reflexionó dando pequeños golpes en el volante con los dedos, aunque de todos modos momentos después estaba desabrochándose el cinturón y tomando su celular, que aunque no serviría para nada, era más costumbre que funcionalidad.

Al asomarse en las ventanas del auto iluminando el interior con la linterna de su celular pudo ver que había un par de carros de juguetes tirados en el asiento trasero y una sillita de bebé. ¿Y si la persona que manejaba el carro estaba lastimada y el niño había salido del auto en busca de ayuda? Si ese escenario era probable, entonces la persona, probablemente la madre del niño, había recobrado el conocimiento y espantada de no encontrar a su pequeño en el auto salió a buscarlo en el bosque que estaba flanqueando ambos lados del camino.

—¿Hola? –preguntó haciendo eco con la mano. No hubo respuesta alguna por lo que, envalentonada, decidió adentrarse en el pequeño bosque en donde probablemente estarían los ocupantes del carro. —¿Hola? –repitió más fuerte. No había ninguna señal de que estuvieran cerca los ocupantes del vehículo abandonado.

Apuntó la linterna del celular hacia el frente para poder ver mejor dónde pisaba apretándolo con fuerza de manera inconsciente. Alzó el aparato en busca de señal por si era necesario pedir una ambulancia o llamar a la policía, pero todo seguía igual. Enfocando nuevamente la luz al piso pudo observar que había huellas en el lodo que se había generado. Huellas que pertenecían a dos adultos por el tamaño de las mismas.

Estuvo a punto de salir corriendo de vuelta a su carro, convencida más que nunca que eso podrían bien ser algo en lo que a ella no le convendría estar involucrada. Ya estaba dando media vuelta cuando escuchó que pocos metros detrás de ella se escuchó el claro chasquido de un arma cuando se corta cartucho y se está preparado para disparar. Un instinto primitivo que existe dentro de los seres humanos se disparó dentro de ella y en una milésima de segundo, mucho antes de que ella supiera cuál había sido la decisión, su cuerpo ya tenía la respuesta. Se quedó congelada, con la respiración extrañamente tranquila pero el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.

Esperó y esperó lo que le pareció varias horas para escuchar el disparo de la pistola, esperando que ese mismo sonido la accionara para salir corriendo hasta el auto y manejar sin pensar en que debía de tener cuidado con la velocidad y poder llamar a la policía; que ellos se encargaran del asunto.

—Por favor. -se escuchó bajito la voz de una mujer que estaba llorando. — Por favor, se lo ruego, no le he visto la cara, lo juro.

Las súplicas llegaron hasta sus oídos llevados por el viento pero no escuchó nunca la respuesta de la persona que había amartillado la pistola.

—Por fav…

La frase quedó a medio terminar cortada por el tan esperado y temido disparo de la pistola que no sonó tan ensordecedor como esperaba, sin embargo, como no había otro ruido en el bosque, fue lo suficientemente alto para que ella se sobresaltara y gritara sin poder impedirlo.

Se llevó las manos a la boca como si quisiera evitar que más sonidos escaparan de su garganta y acabaran de delatar su posición. Temía que cuando retirara la mano de sus labios, el grito continuara hasta que su garganta se lastimara. El olor a pólvora quemada llegó hasta donde estaba ella. Quería correr y alejarse de ahí lo más rápido que pudiera pero sus pies parecían que habían echado raíces y se negaban a andar más allá de su lugar.

—Muy mala suerte. –se escuchó detrás de ella con un volumen que parecía que nada más quería que ella lo escuchara. —Tener que venir en tan mal momento. -aún se respiraba en el aire el aroma de la pólvora y poco a poco le llegaba el ligero olor de la sangre. A pesar de que no hablaba lo suficientemente alto como para poder hacerse escuchar con facilidad, Kagome podía distinguir que tenía un acento diferente, una manera de extender las erres marcándolas más que las demás letras.

Kagome apagó inmediatamente la luz de linterna de su celular esperando que el atacante no hubiera visto nada y trató de llamar a la policía, aunque sabía que en esas partes del bosque había mucho menos posibilidad de que hubiera señal que estando en la calle donde no habían tantos árboles que supusieran un obstáculo.

Se mantuvo firme en su lugar sin querer mover un músculo por temor a que las hojas delataran su posición más de lo que su grito había demostrado que había un testigo. Con la luz de su teléfono lo más bajo que se podía pudo ver que apenas eran las 11:12 de la noche con 36% de pila sobrante y ninguna barra de señal que pudiera usar. Aprovechó que los arbustos que estaban cerca de su lugar eran frondosos para poder esconderse y que no resultara un blanco tan fácil.

—Sal. -ordenó el hombre que parecía haberse mimetizado con el oscuro fondo que no solo lo ocultaba de la vista, sino que también sus pisadas parecían estar amortizadas ya que ella podía oírlo claramente mucho más cerca de su flanco izquierdo de que cuando lo había escuchado la primera vez.

Podía sentir la bilis subiéndole por la garganta. Tenía los músculos de las piernas tensos de estar en cuclillas. Orina estaba escurriéndole por los muslos y las piernas sin que ella se diera cuenta, enfocando todos sus sentidos en poder localizarlo por medio del oído, aunque era muy complicado cuando no hablaba demasiado y parecía que flotaba sobre el piso.

—¡Por favor Dios, por favor Dios, POR FAVOR DIOS!

Un movimiento, casi imperceptible a su derecha captó su atención. ¿Cuándo había llegado tan cerca de ella? ¿La había rodeado? ¿Cómo era posible que no hubiera escuchado nada? Una bota de suela de goma apareció a pocos metros de ella. La bilis estaba quemándole la garganta. Podía imaginarlo ahí, escuchando para definir dónde estaba ella, preparando sus músculos para atraparla como lo hacen las panteras al acecho de su presa. El hombre con sus movimientos calculados y que parecía que todos tenían un propósito, con su gabardina o su túnica negra, con pasos tan sigilosos, con esos ojos que parecía que podían dividir la obscuridad y observar todo como si fuera de día, las manos cubiertas de guantes igualmente negros. Parecía como si se hubiera cubierto totalmente de pintura negra de pies a cabeza excepto por una ligera franja de piel que correspondía a su boca de labios finos de un color rosa pálido o probablemente era la luz de la luna que se colaba entre las copas de los árboles.

Muy dentro de ella sabía que este era el momento decisivo en el que se definía su futuro. O se ponía de pie y corría como si su vida dependiera de ello, que muy seguramente así era o sería, o se quedaba agachada ahí, esperando que el asesino continuara su camino y, después de un tiempo, que se fuera hacia el lugar de donde había venido o que literalmente acabara tropezando con ella. Trató de hacerse lo más pequeña posible para que el ojo bien entrenado de ese hombre no pudiera identificarla y se quedó inmóvil a pesar de que las piernas estaban entumecidas y empezó a sentir el frío por sus orines. Pequeñas gotas de lluvia empezaron a caer, no presagiaban una tormenta de esas que parecen que quieren inundar la zona o que iluminaban la tierra con los rayos, sino simplemente una ligera llovizna que únicamente haría que el frío calara más con las ropas empapadas.

Escuchó la respiración acompasada del atacante, sin agitarse y con naturalidad. No tenía prisa, no estaba nervioso o contrariado por que alguien lo había descubierto; parecía como si hubiera estado preparado para una situación parecida y supiera exactamente como debía de actuar, como si fuera un ambiente totalmente controlado. Se movía con la seguridad de quien sabe que tiene todas las de ganar y que en un momento u otro acabaría retomando su rutina como si no se hubiera encontrado con el pequeño obstáculo de que alguien lo había descubierto.

En realidad, Kagome nunca hubiera sabido qué decisión hubiera tomado en ese momento si no la hubieran tomado por ella, cuando una de esas criaturas que se alimentan en la noche destruyó el silencio rompiendo una rama seca, de esas que había por el suelo del bosque. Ese chasquido que pudo haber pasado desapercibido en cualquier otra situación para ella sonó tan fuerte que hizo que todo su cuerpo se cargara de energía y hubiera sido como si le hubieran puesto las pilas que le faltaban para que se pusiera de pie de un salto y saliera corriendo.

La mirada del atacante la ubicó en cuestión de segundos y con la misma rapidez trató de cazarla extendiendo la mano en búsqueda del brazo de la persona que había estado presente. Parecía que sus ojos estaban predispuestos a la visión nocturna, ya que logró identificar dónde estaba y hacia donde se dirigía y cuál camino estaba siguiendo para llegar a su destino. Sin prisa y en silencio aceleró el paso para poder darle caza y entonces poder encargarse del otro asunto que había dejado inconcluso. Odiaba dejar las cosas inconclusas.

Afortunadamente, sus pies mantuvieron el equilibrio y en ningún momento las hojas húmedas entorpecieron su enloquecida carrera. Si llegaba a perder la breve ventaja que tenía sobre su atacante ya se podía contar como a la mujer que había visto momentos antes. Su auto, ese compacto amarillo que había comprado de segunda mano, estaba en la carretera aún con las luces intermitentes prendidas, esperando a que llegara alguien y continuara el camino.

¿Había cerrado con seguro cuando salió? ¿Había puesto la alarma? Esas eran las preguntas que estaban girando sin cesar en la cabeza en cuanto salió del bosque y encontró su compacto. Solamente esperaba que al momento de sentir la manija de la puerta pudiera abrirla sin problema y desaparecer antes de que el hombre pudiera darle alcance. Recargó la mano en el techo del carro que la había llevado a tener ese desvío de su regular vida y tomó impulso para poder avanzar unos cuantos metros más. Detrás de ella se escuchaba el tronar constante de las ramas y de las hojas demostrando que el atacante, ciertamente, se encontraba lo suficientemente cerca como para seguir considerándolo una amenaza inminente.