El presente escrito fue realizado para las Colaboraciones Artista- Fanficker del grupo de Facebook "Club de Lectura de Fanfiction".

La preciosa portada es arte y obra de Yae_Misara, Yae.01 en Facebook. Por favor ¡sigan su hermoso trabajo!


Hojas de papel pasan por las manos de Kakashi, apenas las inspecciona y se las entrega al Uchiha.

Lo que había iniciado como un almuerzo, había terminado en una plática calmada, seca. Instrucción tras otra, planes de estudio, formas de evaluar, horarios, parecía la lectura de un instructivo. Ambos sabían que los alimentos compartidos apenas eran un intento de amabilidad, algo parecido a una bienvenida.

Pese a que es su primer año como maestro suplente, Itachi no siente nudos en el estómago, no se le eriza la piel. No está nervioso, sabe bien lo que hace. Ninguna emoción se marca sobre su rostro. Tampoco le alegra, no encuentra satisfacción alguna en comenzar su vida laboral de ese modo.

Terminan los alimentos, pagan la cuenta. Al abrirse de par en par la puerta de salida del local, el atardecer les sorprende.

Un grupo de estudiantes pasan manejando bicicletas, ríen, el cálido brillo del sol se marca en sus pieles. Dos de ellos toman ventaja del resto, gritan, cantan.

Antes de darle la cara a su superior para terminar las formalidades y despedirse, su mano reacomoda un mechón negro detrás de su oreja, aprovecha para ocultar un breve suspiro.

Esos chicos se ven tan felices.


Naruto brilla, pero brilla como sólo él mismo.

Se despierta a las nueve, a veces a las diez. Pone música, escombra al ritmo de canciones alegres con letras que empalagan.

Ayuda a sus padres, sale a pasear, ve a sus amigos, a veces sólo toma una siesta a medio día. Esta mañana, él se encuentra mirando desde la ventana, el cielo se ve tan amplio, tan azul. Sus labios tararean su canción favorita.

Ve palomas volando, de pronto recuerda que hoy es un día importante. Fantasea con las cosas que podrá hacer, con la gente que conocerá. Está feliz, tiene la suerte de ser asignado al mismo grupo que Sasuke, Sakura no estaría con ellos, pero ella ingresó a la misma escuela y eso le basta para considerarse afortunado.

No se aparta de la ventana, parece esperar a que se le haga tarde y, en efecto, cuando mira la hora en la pantalla de su celular se da cuenta de que tendrá que elegir entre comer en casa o tomar una ducha.

Kushina ha decidido por él, el almuerzo está empacado en su mochila, él corre al cuarto de baño.

Antes de irse, besa a su madre en la frente y ella le desea un feliz primer día de preparatoria.


Itachi se despierta con el sol. Ejercicio, ducha, desayuno. A las ocho se encuentra listo, con los lentes puestos y con un libro entre manos.

Atiende los asuntos de su posgrado en la mañana, a medio día se dedica a planear y revisar los asuntos correspondientes a su trabajo.

Come a la una, termina a la una y veinte, sale cuatro minutos después. Como un reloj que nunca falla, a las dos de la tarde ya ha comenzado a dar su clase.

En un par de meses aprendió la rutina, en los últimos dos años había tenido tiempo de sobra para perfeccionarla. Le ha sido fácil, en parte por su talento para adaptarse, en parte porque cada día es idéntico al anterior.

Sin embargo, hoy es diferente. Una cálida sensación se apodera de su pecho.

Atardece de nuevo, son las seis y media, sabe que le espera una taza de café y una conversación ligera afuera de la sala de maestros.

Con el calor entre las manos y el dulce aroma en la nariz, se descubre a sí mismo sonriendo.

Kisame no pregunta, sabe a la perfección el origen de ese comportamiento inusual.


― ¡¿Cómo que ese es tu hermano?!

Apenas pudo contener su asombro durante la clase, Sasuke le recalcó lo torpe de su pregunta.

Como si no fuera suficiente el parecido físico, se presentó con el mismo apellido y el nombre de la persona que suele encontrarse en las innumerables quejas de su amigo de la infancia.

En su defensa, Naruto podría argumentar que, a lo largo de los años, pocas veces lo había visto en persona. Según tenía entendido, era una persona muy ocupada. Nadie le había advertido que era profesor, que era tan atractivo.

Vaya suerte, no sólo les dará clases seis horas a la semana, también será tutor del grupo.


El turno vespertino le agrada a Naruto, le permite usar la entereza de la mañana para hacer cosas que nada tienen que ver con el estudio. Acompañar a su madre a hacer las compras es una de esas cosas que disfruta hacer desde siempre.

Camina entre los pasillos del supermercado, conversan sobre que comerán hoy, qué productos de limpieza hacen falta. En su camino se atraviesa un estante de útiles escolares, él se queda mirando las libretas. Ya han completado su lista de útiles escolares, pocos y sencillos, no le gusta pedir más que eso, pero una libreta de un flamante naranja con rayas negras le está tentando.

Kushina le revuelve el pelo y la mete en el carrito antes de que él se la pida. Sus ojos azules brillan, ya sabe para qué materia la utilizará.

Pasan las semanas, le encanta haber coincidido con algunos de sus amigos de la secundaria. Shikamaru sigue siendo un vago, Lee encontró su afición en el club de atletismo, Sakura sigue siendo igual de bonita y no ha perdido la costumbre de reprenderlo por olvidar hacer sus deberes.

El único que ha cambiado un poco es Sasuke. O, al menos, siente que ha cambiado su forma de relacionarse con él.


Es la hora de la salida, Naruto se encuentra a Sakura en medio de su grupo de amigas, se le acerca para pedirle que le ayude a estudiar para el examen de mañana.

En medio de la conversación, una de ellas soltó un comentario sobre el profesor Uchiha, las chicas que en la secundaria morían por Sasuke, ahora habían encontrado una nueva fantasía en su hermano mayor. Alguna tuvo el descaro de anunciar su deseo de tenerlos a los dos. El rubio, entre risas, le susurró a Sakura que él concordaba con esa chica.


Pasa la primera evaluación, lo que significa que llevan un tercio del ciclo escolar. Casi la mitad, si descartara el tiempo de las vacaciones decembrinas.

Naruto monta en bicicleta y llega a su parque favorito, la mañana le parece hermosa, se siente lleno de energía. Y, al mismo tiempo se siente… extraño. Ha estado pensando demasiado tiempo en Itachi.

Se acomoda a la sombra de un árbol, siente que tiene que disculparse con Sasuke, sin entender del todo por qué. Marca su número, espera en la línea y comienza una plática sin pies ni cabeza. El otro no tarda en fastidiarse, le exige que vaya al grano.

―Sasuke… creo que tengo que confesarte que…

―Te gusta Itachi, ¿verdad? ―le interrumpe― No necesitas hacer un drama de eso.

― Oye ¿cómo supiste?

―Eres terriblemente obvio, idiota ¿desde cuándo prestas tanta atención en una clase? Incluso tienes el descaro de tratar de hacer tu letra más legible sólo para su materia. Y eres tan torpe que seguro hasta él se dio cuenta antes que tú.

Ríe, entre la vergüenza y la alegría de despedirse de un peso en su pecho. Pero, sobre todo, está feliz porque la respuesta que ha recibido le da un indicio de que no perderá su amistad ante la posibilidad de intentar algo más.

―Entonces, solo por confirmar, ¿me das tu permiso y bendición para seducirlo con mis encantos?

―En serio, eres un idiota.


El café le sabe amargo, pero no dice nada, apenas tuerce los labios.

― Naruto te sigue molestando ¿verdad?

Desde la barandilla del segundo piso miran a los estudiantes atravesar el patio principal bajo las tenues luces del alumbrado nocturno. Asiente con suavidad.

Kisame no reprime una risa burlona. Por un momento, Itachi se arrepiente de haberle comentado que uno de sus estudiantes ha estado tratando de acercarse a él en un modo que nada tiene que ver con lo académico.

Hacía un par de días que ha tenido a bien regalarle dulces y halagos sin previo aviso. No lo considera como hostigamiento, pero tiene las cosas claras: sabe que en la secundaria él quería salir con su hermano menor, ahora que ha entrado a la preparatoria, cree encontrar una segunda oportunidad.

Lo que lo deja en una situación complicada, no sabe si es ético recibir sus pequeños obsequios, pero, por otro lado, sabe que es un buen chico y no quiere rechazarlo de una forma demasiado cruel. Y, sobre todo, en su estilo de vida no hay espacio para jugar al cortejo. Piensa en cómo lo está tomando Sasuke, en qué reacción podría tener su padre, en los problemas que podría causarle en el aspecto profesional. Es natural que el café le parezca amargo.

Sin embargo, para Hoshigaki, las cosas son mucho más sencillas.

―Mira, si quieres evitarte problemas, puedes esperar tres años. Para entonces saldrá de la preparatoria, por graduación o por deserción, y lo más importante: tendrá dieciocho.

Vuelve a reír, Itachi lo amenaza con una mirada de cejas fruncidas antes de darle otro sorbo a su café.

―Pero, profesor Uchiha, yo creo que a usted le hace falta meterse en problemas.


Naruto acompañaba su Kushina, ella sostiene una bolsa de panes mientras él carga las bolsas de la despensa y una alegre ligereza en el rostro. El supermercado está cerca de la preparatoria, es común encontrarse con otros estudiantes, incluso con maestros y directivos. No le causa vergüenza alguna pasar en frente de todos bromeando con su madre.

Sin embargo, su preciado profesor se cruza en el camino, se saludan por formalidad y su rostro se prende de rojo.

― ¿Es él? ―susurra Kushina en cuanto Itachi se aleja un par de pasos, Naruto asiente frenéticamente.

―Qué guapo, mi niño, qué bonitos gustos tienes.

Ha alcanzado a escucharlos, voltea con discreción y se encuentra con una imagen tan bella como ajena. De haber crecido en un ambiente diferente, ¿sería capaz de resplandecer como lo hace él?


"¿Estás de acuerdo?"

Pregunta Fugaku, sin el más mínimo interés de saber. Itachi asiente.

Recuerda el día en el que se enteró de que comenzaría a trabajar como profesor, su padre y su tío habían arreglado las cosas apenas se graduó de la licenciatura. No lo consultó con él, nada más allá de esa maldita pregunta que acepta una única respuesta.

"No necesitas llevar papeles, ya tienen todo lo que necesitan. Preséntate mañana en el plantel siete ¿de acuerdo?"

Trata de resignarse, de fingir que no le importa o, pero aún, que está de acuerdo.

De cualquier manera, en realidad, su camino rara vez era decidido por él mismo.


―Me enamoré de usted.

Itachi arquea una ceja, entreabre los labios, no tarda en regresar sus facciones a la inexpresividad acostumbrada. El momento le sorprende, la confesión no.

―No está enamorado, Uzumaki. Está buscando en mí a Sasuke…

Sabía que tarde o temprano terminaría necesitando una respuesta para ese momento, así que ya la tenía lista y ensayada, pero es incapaz de terminar su sentencia. Mira con atención el rostro de Naruto, el profundo sonrojo en sus mejillas, la determinación en sus ojos.

Considera otorgarle el beneficio de la duda.


Entra a su casa, saluda con la respetuosa formalidad que le ha sido enseñada. No tiene apetito para cenar, se disculpa, se marcha.

En el camino se reencuentra con una imagen familiar, se detiene un momento, observa su rostro en su foto de graduación del bachillerato.

Hace memoria, en ese entonces tendría la edad de Naruto.

Sus ojos negros, la seriedad sellada en sus facciones desde la infancia. No se reconoce a sí mismo.

Una amargura le ataca sin previo aviso, siente que ha desperdiciado su adolescencia por alagar el orgullo de su apellido con un par de papeles, por simples adornos para que las visitas puedan dar falsos elogios.

El recuerdo lo ha seguido desde la sala hasta esconderse detrás de sus párpados a las dos de la madrugada.

A su memoria llega el discurso que dio, las felicitaciones que había recibido.

Sus padres estaban felices. Sólo ellos lo estaban.

Se recostó en su cama, estrujó una almohada contra su pecho. Desbloqueó su celular y abrió el último mensaje que le había llegado.

"Buenos días, profesor. Sin la intención de faltarle al respeto ¿quisiera ir al cine conmigo el próximo sábado?"

Durante lo que llevaba de vida, Itachi no se había permitido gastar demasiado tiempo fantaseando con romances.

Después de todo, tenía la suposición bien fundamentada de que su padre querría terminar eligiendo eso también.

El estudio y la disciplina obligada habían sedado cualquier rastro de mariposas en su estómago, jamás se había emocionado por una cita. O, al menos, así había sido hasta ese momento.

Decidió que podría permitirse una pequeña rebeldía.


―Sasuke, voy a cenar con Naruto el próximo fin de semana.

― ¿A caso me estás pidiendo permiso? ― Le responde, sabiendo a la perfección que no es eso lo que busca.

Ambos hermanos se miran, no hay odio ni despecho, sólo incertidumbres. Lo medita por varios momentos y cambia su respuesta.

―Está bien. Naruto es un tonto, pero no te hará daño. Y si lo hace, le haré pagar ―suspira, trata de removerse la incomodidad de la situación tronándose los dedos de la mano― Igual creo que podrías conseguirte algo mejor, pero ya es cosa tuya. Descuida, no le diré nada a papá.


Viernes por la mañana, cita con sopita de ramen de por medio. Naruto no puede contener la emoción, es decir ¿qué cosa podría ser más genial en el mundo que tener "ramen" e "Itachi" al mismo tiempo?

Quiere contagiarle su emoción, quiere que rompan formalidades de una vez y enseñarle a sorber, a que no tiene nada de malo hacer un poco de ruido al comer. Sin embargo, su buen ánimo dura hasta que llega el momento de pagar la cuenta.

―Eso no es justo, de veras ¡tampoco me dejaste pagar el cine de la otra vez, ni la cena del sábado! Se supone que yo te invité.

Pese a su reclamo, Itachi no cede. Se niega a ser el motivo por el que se quede sin mesada.

―Bueno, tal vez puedas pagarme en especie.

Le dejó ver un breve gesto pícaro en su rostro.

Los ojos de Naruto se abrieron por completo ¿era una broma? Su sonrisa se ensancha hasta que parece que no le alcanza el rostro para expresar su alegría ¡era la primera broma que le escuchaba!

Torpe, como acostumbra ser cuando está feliz, lo felicitó. La naturaleza del elogio logró arrancarle una tímida risa avergonzada, que se fue a esconder entre sus blancas manos.

Entonces descubrió que era lo que más quería en el mundo: algún día le haría reír a carcajadas.


"¿Quisieras visitarme mañana en la mañana? Tendré casa sola"

Naruto mandó el mensaje, se dio cuenta de lo sugerente de la propuesta cuando marcó de recibido. Su corazón se aceleró de golpe, negó con la cabeza, los nervios entorpecieron sus manos.

Entre la vergüenza y la desesperación, buscó la opción de borrarlo. Demasiado tarde, él ya lo había visto.

"Llegaré a las nueve"

Un grito salió de sí, se vio obligado a pegar brinquitos y agitar las manos.

Esa noche no fue capaz de dormir. Daba vuelta tras vuelta en su cama,

No ha tenido relaciones con nadie, desconoce el proceso que hay del punto "a" al punto "ah". No en cosas técnicas, tampoco le intimida que sea con otro hombre, información al respeto abunda y ha experimentado consigo mismo antes. Lo que desconoce es cómo se pide, cómo se llega al acto en sí.

A momentos piensa en lo ilógico que sería que pasara mañana mismo, después de todo, ni siquiera eran novios. Sin embargo, las hormonas y el entusiasmo de su edad le permiten albergar esperanzas ilógicas. Se pregunta si él también será virgen, podría apostar a que sí.

Si debiera sincerarse, tendría que esos pensamientos los orillaron llegar dos veces. Lo imaginaba sin ropa, o mejor aún, se imaginaba

desnudándolo.

Recordó un día en el que un bendito plumón fue a caer del borde de la mesa. La elegancia con la que se agachó a recogerlo no evitó que su pantalón se tensara en sitios… interesantes.

Naruto quiso morderse el labio inferior, Sasuke le tiró un codazo y una mirada enfadada, Itachi volteó a verlos y en seguida entendió lo que había pasado. Regresó su mirada al pizarrón, sólo ellos dos alcanzaron a notar su leve sonrojo.

El recuerdo se transformó en fantasía, se imaginaba el absurdo en el que se agachara en una forma bastante menos decorosa frente a él, que pudiera tocarlo, quitar de en medio la intrusión de la ropa y acariciar, apretar, llenarse las manos, y llenarlo a él de otras cosas y… ¡pum!, ahí va la tercera.

Se limpia el esperma de su pene y de su mano, pero no es capaz de quitarse la sonrisa del rostro. Casi quiere arrepentirse, casi.

Para entonces, el amanecer comienza a colarse por su ventana. Se exige un poco de autocontrol para cerrar los ojos y no imaginarlo bailando lento detrás de sus párpados.

Regresa al plan que tenía antes del incidente del mensaje, iba a hacer que disfrutara del día, no de forma sexual. Quería verlo feliz, más que la imagen de la fantasía de tener su cuerpo jadeante debajo del suyo, quería verlo brillar, verlo ser él mismo.

Trata de dormir, y esta vez lo logra por un par de horas.

La sonrisa seguía sin borrarse de su rostro.


Un minuto para las nueve, la mano de Itachi titubea antes de tocar el timbre de su casa.

No tiene idea de qué van a hacer, no le había dado detalles, aunque sería justo decir que él no hizo mucho por averiguarlo.

Durante la noche, él también consideró que esa cita podría terminar con resultados sexuales, sólo que desechó la idea a los pocos minutos y alcanzó a dormir sus siete horas. La tajante rapidez con la que descartó el tema no evitó que, en la mañana, al momento de vestirse, eligiera ponerse su ropa interior favorita. Se hizo el desentendido consigo mismo al momento de tomar tal decisión.

Naruto le abrió la puerta, sonriente, deslumbrante. Con una energía impropia de alguien que ha dormido casi nada.

Ese día Itachi vio superada cualquier expectativa o modelo previo que tuviera acerca de lo que una "cita en casa sola" podría ser.

Naruto había argumentado que, en efecto, iba a pagarle en especie. Si no podía costearse un restaurante con velitas y serenata, él mismo le haría de comer. ¿El problema? El problema es que es un desastre para preparar cualquier cosa que no sea una sopa instantánea en el microondas.

De descuido en descuido, todo lo que podría haber salido mal salió mal: el arroz quedó duro y batido al mismo tiempo, la carne terminó pegada en el sartén, a algunas cosas le hacía falta sal, a otras le había echado el doble.

Itachi le ofreció su ayuda. En respuesta había recibido un "mejor cuéntame de ti, platiquemos mientras arreglo esto".

Aceptó la propuesta porque entendía que el orgullo del menor podría verse involucrado. Se quedó a su lado, conversando. No era como las pláticas que tenía con Kisame, o con Kakashi. Poco a poco se daba cuenta de la confianza que le estaba tomando.

Por un momento, entre el brillo de su sonrisa y la sencillez de sus modos, recordó a un ser querido que había sido arrancado de su lado.

Naruto sudaba por el calor de las lumbres, el vapor de los guisos y por la vergüenza de que todo estaba terminando en desastre. Itachi no podía evitar cerrar los ojos cada que veía como estaba por tomar otra decisión que empeoraría las cosas.

Lo único que quedó bien fue el agua de fresas, aunque picarlas le haya costado una pequeña cortada en su dedo índice. La acompañaron con la infalible especialidad de Uzumaki: dos sopas instantáneas y un paquete de galletas.

Esta es la tercera mañana en la que Itachi va a visitarlo a su casa, conversan, pasan tiempo y el sol brilla.

Después de comer, lo lleva en su automóvil a la preparatoria.

Los días se van llenando de colores maravillosos.


―Oye, Sasuke ¿quién es Shisui?

Tenían hora libre, habían ido a comer algo en la cafetería de la escuela. Sakura fue a la biblioteca con Ino, ellos dos tenían un poco de tiempo a solas.

De pronto sintió que Naruto no había elegido buen tema de conversación. Dada la ausencia de una respuesta, este continuó.

―Es que el otro día Itachi me llamó "Shisui" por error. Es decir, no me molesta, igual y no es nadie, igual y… no sé, de veras. Se comportó muy raro después de eso, me da la impresión de que es algo que no debería preguntarle.

Los labios de Sasuke se hicieron una línea. Siempre era complicado hablar de eso.


― ¡Es increíble, Naruto! ¡Es la primera vez que sacas una calificación tan alta!

Haruno lo abraza por el cuello, la euforia con la que lo felicita logra arrancarle un gruñido a Sasuke.

Aunque, si debiera sincerarse, tendría que confesar que su molestia no era provocada por el escándalo que pensaba que su amiga estaba haciendo, era que esa impecable evaluación la había obtenido en la materia que imparte su hermano.

No puede acusarlo de nada: tomó apuntes, apuntes excelentes, dio su máximo en los exámenes, no faltó a una sola clase. Y, estaba de más decir, no había momento en el dejara de prestare atención a la clase.

―Bien, ahora solo tienes que enamorarte del resto de profesores para que tengas un promedio decente.

Espetó, con los brazos cruzados.

Naruto trata de sonreír por la broma hecha, pero no le nace. Hace dos semanas que ha dejado de tener citas con Itachi.


Seis y media, Itachi va a la sala de maestros por el café de siempre, pero esta vez no es Kisame quien le espera.

No va a ocultarse, así como no ha dejado de darle clase pese a la vergüenza que le provoca verle. Había conservado la idea de que Naruto lo veía como un remplazo, y no le molestaba demasiado que así fuera. Pensaba en que estaba bien tener citas con él porque sería una forma de experimentar algunas de las muchas cosas de las que se vio privado cuando tenía su edad.

Jamás se hubiera imaginado que en él encontraría ecos de lo que alguna vez fue Shisui para él. Desde que se dio cuenta de que esa era la razón por la que se sentía tan cómodo a su lado era incapaz de mirarlo a los ojos.

Comienzan a hablar sobre las evaluaciones finales, Naruto le pregunta si quiere acompañarlo al estacionamiento trasero, a fin de tener un poco más de privacidad.

Caminan entre la oscuridad del inicio de la noche y el tenue alumbrado. Sus pasos resuenan en el silencio.

―He llegado a una conclusión y necesito decirte algo: tal vez tú y Sasuke son "mi tipo". Puede que por eso me gustaras en primer lugar. Pero ¿sabes? Tú no eres él, y yo te quiero a ti por lo que eres.

El rubio se detiene en frente de él, junta todo el valor del que dispone para continuar.

―Ahora no puedes decir que no estoy enamorado, lo siento de verdad, siento que es real.

Se acerca, se acerca, se acerca, e Itachi no hace nada para evitar el beso que le es entregado.

Cierra los ojos. En las palabras de Naruto ha encontrado la liberación que había estado buscando.

Ha terminado la clase, sus compañeros se han marchado, él se queda un momento a solas con su profesor.

Es el último día del ciclo escolar y siente la necesidad apremiante de insistir una vez más.

― Itachi, ¿quisieras salir conmigo?... es decir… ¿quieres ser mi novio?

No sabe que responder, ya no podía seguir tratando el asunto como algo pasajero, su mundo se vio alterado por completo desde el beso de la última vez.

Mete la mano en su bolsillo y saca una moneda, le pide que elija un lado, concluye que dejará que la suerte elija.

La lanza, está en el aire. Ambos contienen la respiración.

La moneda marcó el lado contrario. La suerte les había dado un "no".

Permanecieron en silencio, Naruto abrió la boca por un momento, quiere hablar, pero se arrepiente de inmediato.

Itachi cierra los ojos y suspira.

―Bueno, asumo que está bien si volvemos a lanzarla.

Ojos azules se encienden, el corazón se le salía del pecho.

En definitiva, eso era un sí.


Naruto ama, sabe dar amor y sabe recibirlo, agradecerlo.

Ha crecido en un ambiente amoroso, le tiene toda la confianza del mundo a su madre, abraza a su padre cada que lo ve llegar del trabajo.

Itachi también ama, pero es un amor incompleto. Se ha acostumbrado a entregar todo, tanto que al final no le queda amor para sí mismo.

Se da cuenta de ello en medio de la cena de cumpleaños que Kushina y Minato le han preparado.

En la mesa hay varios platillos caseros, el aroma es exquisito. No necesita un mérito extraordinario para merecer la celebración, ninguno de ellos espera algo a cambio. Lo han hecho por él, por su mera existencia, por puro cariño.

Itachi sonríe.

Está aprendiendo a recibir amor.


El salón está vacío, el atardecer avanza.

Itachi cierra las persianas, le echa llave a la puerta.

Naruto abre la camisa del otro, aspira la piel de su pecho, sus manos van a perderse entre la negrura del cabello ajeno.

Itachi sabe que, tarde o temprano, habrá consecuencias. Lo sabe, lo odia, lo odia tanto como odia la vida que ha estado aceptando.

Desde que descubrió que la tristeza se ocultaba tras la insatisfacción, y que no quería seguir cumpliendo órdenes de su padre, no pasa un solo día sin que la amenaza de las consecuencias se arremoline entre sus pensamientos.

Pero, por ahora, cierra con fuerza los ojos y entrega un beso anhelante. Sus manos pierden timidez, demanda otro tipo de atenciones.

No quiere gastar ni un segundo más en pensar en las consecuencias.


Un segundo ciclo escolar terminó, el tiempo ha pasado volando.

El viento es cálido, atardece de nuevo. Las paredes se tiñen de ocres, naranjas y violetas.

Naruto e Itachi montan en bicicleta, el sol les regala su luz más bella.

Ríen, gritan, cantan.

Se ven tan felices.