Capítulo 9

Una esposa no esperada


—La hubieras visto Suigetsu. —Relató el pelinegro. —Tenía sus ojos verdes clavados en mí, desafiandome. Se opuso de lleno a mí.

Después de escuchar lo que su amigo le acababa de contar, el peliblanco soltó una carcajada. —Creo que tú esposa tiene razón, si me preguntas.

Lo miró incrédulo. —No te pregunté. —Dijo arisco.

Aún así Suigetsu continuó. —Sakura tiene un lugar aquí, tú mismo se lo diste. Imagínate que te la pases tomando decisiones que se supone que le corresponden a ella, todo lo relacionado al Harén es su responsabilidad. Nadie le tendría respeto a una Reina que "no cumple con sus deberes" Sólo está pidiendo que respetes la autoridad que tiene.

Sasuke hizo una mueca. Más tarde pensaría más a fondo la situación. Cambió rápidamente de tema al darse cuenta que el jóven amigo suyo no estaba de su lado. —Referente a lo que me dijiste el otro día, me informaron que han buscado información acerca del mercado de mujeres, pero no han encontrado nada al respecto.

—Tengo una mala sensación... —Dijo de pronto el peliblanco.

—¿En qué estás pensando? —Cuestionó Sasuke.

—Un simple turista extranjero como yo logró encontrar fácilmente un lugar así, pero tus oficiales no han podido hacerlo. —Empezó a explicarle. —Sabes que quiero decir, tal vez no les conviene que sepas...

—¿Corrupción?

—A algunos oficiales de policía se les hace fácil recibir sobornos de vez en cuando. No estoy diciendo que estoy seguro, solo que es una posibilidad que deberías tomar en cuenta.

Sasuke no había pensado en eso, hasta ese momento había esperado que su simple imagen como soberano bastara para evitar que quisieran verle la cara, pero de hecho, Suigetsu tenía bastante razón. —Lo tomaré en cuenta —Aseguró.

El otro hombre le sonrió y estiró la mano para servirse otra taza de té.

—Mañana me iré de viaje con Sakura. Le prometí que nos tomariamos un descanso luego de la coronación. ¿Cuándo regresas a Londres? —Preguntó.

—¿Una luna de Miel? —Sasuke ignoró eso. —Mi madre quiere que regrese esta semana, aunque yo no estoy tan seguro. La compañía puede arreglárselas sola unas cuantas semanas más sin mí.

Esta vez quién rió fue el pelinegro. —Solo no trates de escapar de tu realidad ¿Está bien? Así te vayas hoy o en tres semanas más, nada va a cambiar la determinación de tu madre para casarte dentro de poco.

El peliblanco soltó una maldición. —¿Me estás corriendo?

—Te estoy diciendo la verdad. Por mí puedes quedarte el tiempo que quieras, pero eso no resolverá tu problema. Escapar de ellos nunca es la solución.

—Está bien. —Respondió. —Solo me quedaré esta semana, después regresaré y trataré de buscar alguien con quién casarme que no sea tan insoportable. —Sonrió. —O mejor, renunció a mi herencia y así no tendrán nada con que obligarme a contraer matrimonio.

Sasuke giró los ojos. —Es tu decisión, solo no llores cuándo te dejen en la calle. —Era una broma. Sabía perfectamente que su amigo se había hecho un nombre respetable en los negocios, y con ello una fortuna propia como para no depender completamente de los Hozuki.


Sakura no tenía ánimos de volver a discutir con Sasuke, por lo que simplemente cuando le preguntó a qué lugar quería ir de vacaciones ella respondió que cualquier lado estaba bien. Sasuke percibía ese toque de indiferencia por su parte, pero decidió no darle importancia. Tenía una pequeña y acogedora isla en el Mediterráneo, decidió que era el lugar perfecto para escaparse ambos de las responsabilidades y descansar de todo.

Al día siguiente, cuando llegaron sintió un enorme alivio sentir el clima tropical chocar con su piel, él también a veces se hartaba del clima desértico. Los recibió el ama de llaves de la mansión, Sakura estaba casi boquiabierta por lo distinto que ese lugar era al Cristal de Suna. Mientras que allá abundaban decoraciones exóticas y tradicionales con muchas piedras preciosas que eran bastante extrañas a la vista, está residencia de su marido rayaba más en lo minimalista pero sin dejar de ser lujoso y moderno.

—¿Te gusta? —Le preguntó. Ella asintió. —El ama de llaves se irá pronto, sólo nos dejará las comidas preparadas. Yo mismo le pedí que no era necesario que estuviera aquí la semana que vamos a quedarnos.

Sakura estaba de acuerdo, estaba harta de la multitud de gente y sirvientes que la atendían a diario en Suna. Un poco de privacidad le venía como a los Dioses. —Gracias.

El pelinegro se encargó él mismo del equipaje de ambos, Sakura lo observó desaparecer en lo que parecía ser el piso de arriba. Observó la amplia sala de estar que conectaba directamente al comedor, los tonos blancos de los pisos y paredes conservan la frescura del lugar. Su marido volvió luego de unos minutos.

—Listo. El ama de llaves también se ha ido. —Le informó. —¿Quieres cenar? —Preguntó.

La verdad era que el vuelo la había agotado muchísimo, el doctor le había dado su consentimiento para que viajara pero le había advertido que no se exigiera demasiado a sí misma, estaba hambrienta y quería darse una larga ducha. —Por favor. —Sasuke se fue directo a la cocina.

—¿Quieres que te ayude en algo? —Ella lo siguió y le preguntó aquello mientras el hombre sacaba los platos de una alacena cercana.

—No es necesario, querida. —Respondió. —Espera en el comedor.

Sakura obedeció y tomó asiento, con el sabor de ese último "querida" en los labios, repitiendolo una y otra vez hasta que su lado lógico la obligó a volver a la realidad.


En Sunagakure un confuso Suigetsu recostado en el diván de la habitación de invitados pensaba de nuevo en todo lo que habló los últimos días con su mejor amigo. Primero, él tenía razón, no podía seguir posponiendo regresar a Londres. Tenía una empresa de la que hacerse cargo y una madre a la que tranquilizar luego de desaparecer varias semanas, además, debía buscar las palabras exactas para hacerle entender a la matriarca de los Hozuki que no tenía ningún plan para casarse pronto, no quería y no lo iba a hacer. Casarse prematuramente con alguien que no conocía sólo lo iba a conducir a una terrible convivencia conyugal como la que solían tener sus padres antes de que terminaran divorciándose.

Tal vez su amigo Sasuke era esa clase de hombre que no le importaba aceptar un matrimonio arreglado y era feliz con eso, de verdad esperaba que fuera feliz con su pelirrosa esposa. A diferencia del pelinegro, Suigetsu estaba convencido de que él jamás sería feliz con algo así, no soportaba la idea de mentirse a sí mismo y obligarse a estar con alguien cuando no quería hacerlo. Incluso a sus ex novias, jamás les había mentido, siempre había sido claro con lo que podía ofrecerles y no iniciaba una relación a menos que se asegurara que estas también lo entendieran. Lo último que buscaba era sentirse responsable por los sentimientos de alguien cuando apenas y se hacía cargo de los suyos.

Sacó su teléfono móvil y comenzó a vagar por el, solamente quería distraerse. Le apareció un mensaje en la bandeja de notificaciones. Era un aviso sobre la actualización de la aplicación que utilizaba para ubicarse.

—¡Maldita sea! —De pronto, saltando del diván, le surgió una idea. —Soy un imbécil, parece casi estúpido que no lo haya pensado antes. Ahg, debe ser porque estás cosas de la tecnología no se me dan tan bien.

Los días que había salido a pasear o ejercitarse, había llevado su teléfono consigo. Una gran elección, ya que de no haberlo hecho no habría podido llegar de vuelta al Palacio cuando se perdió. Pero si se ponía a pensarlo más detenidamente, ¿Esas aplicaciones guardaban los datos de los lugares que has visitado, no?

—A ver, donde dice "Historial" en esta cosa... —Empezó a mover la pantalla táctil con la yema de uno de sus dedos.

Cuando lo encontró lo primero que se le vino a la mente era decírselo a Sasuke, pero él no estaba, el día anterior se había ido de viaje con su esposa y regresaba hasta dentro de siete días. Se cruzó de brazos y dió vueltas en la habitación pensando qué hacer. ¿Avisarle a la policía? No sabía hablar el idioma, además, en caso de que pudiese y ellos realmente estaban cometiendo corrupción solo los prevendría. ¿Izumi? Estaba de viaje desde hace dos semanas. ¿Ino? No sabía dónde estaba, y dudaba que ella pudiera hacer algo de ayuda. ¿Llamar a Sasuke? El tipo odiaba los celulares.

¿Debía quedarse sin hacer nada? No tenía muchas opciones, en realidad, no tenía ninguna. Tampoco quería quedarse solamente mirando cómo comerciaban mujeres como si fueran ganado, era repulsivo e inhumano. Temía que para cuando Sasuke regresará de su Luna de Miel improvisada, el mercado ya hubiese cambiado su ubicación y desaparecido de nuevo.

Recordó porque odiaba a los países musulmanes, era por su trato asqueroso y misógino hacía las mujeres. Afortunadamente Sasuke no era así, razón por la cual era su amigo, pero muchas de las personas de su país e incluso de su propio gobierno lo eran. Tomó su abrigo y soltó otra maldición cuando salió por la puerta, su único plan era seguir la ubicación registrada en la pantalla de su teléfono celular y comprobar si aún seguía el mercado en lugar que le indicaba el mapa.

Respetaba a las mujeres, por esa razón jamás se casaría para hacer sufrir a una, así mismo, tampoco soportaba ver que otros se aprovecharam de ellas.


Cuándo estuvo cerca del lugar ya comenzaba a anochecer por completo, y se preguntó si realmente había sido una buena idea ¿Y si se ponía en riesgo? De cualquier forma era inútil pensar eso cuando ya había llegado tan lejos, sin contar que, solo iba a revisar si el mercado seguía allí. Nada más. Conforme caminaba el olor a excesivo licor le inundó las fosas nasales. Seguía allí. Cuando entró a la calle donde se encontraba el mismo escenario de la otra vez lo recibió, cada cierto tramo de distancia había hombres que salían a negociar con otros sobre las mujeres que tenían, algunas estaban formadas allí, en estado deplorable y probablemente drogadas para que no tuvieran consciencia de lo que les hacían.

Reprimió una mueca de disgusto cuando uno de los despreciables seres de allí se le acercó para ofrecerle a una de sus mujeres, con sus pobres conocimientos del idioma extranjero del peliblanco, le detallaba los rasgos físicos de cada chica. Se le revolvió el estómago al escucharlo, también enlistó las "habilidades" que tenían. A las que consideraba como más hermosas las vendía como esposas, a las demás simplemente las vendían a su suerte.

—Estoy en trato con un hombre ahora. —Le dijo. —Pero si tú me ofreces más dinero te la doy a ti. Es mi hija, pelirroja y tiene apenas veintiuno. —Aquello lo horrorizó, había pensado que las mujeres que tenían allí eran raptadas o sin hogar, pero ¿Cómo diablos un padre vendía a su propia hija que era menos que una adulta?

No soportaba estar allí un segundo más, había comprobado lo que buscaba y ahora era hora de marcharse.

—¡Oye! Escúchame, se ve que eres alguien con dinero. —Lo miró de arriba a abajo, analizándolo. —Mi hija sabe hablar bien tú idioma, por eso solo la vendo como esposa, es educada y muy hermosa. Espera, te la mostraré... —Antes de que Suigetsu pudiera decir algo, el señor se metió al cuarto donde escondía a las mujeres. —Ahora está un poco lastimada, necesito usar la fuerza para calmarla ya que su carácter es algo fuerte. Pero cuando sane verás que es muy hermosa, su cabello no es común en la zona. Estuvo casada hace un tiempo, pero su esposo murió enseguida, te juro que sigue siendo virgen. Nadie la ha tocado.

Se quedó espantado. Había moretones gigantes en sus brazos y piernas, cortadas diminutas en sus mejillas y el ojo estaba totalmente hinchado. La observó hasta que su cabello le hizo recordar algo...

—¿Bruja? —Se dijo para sí.

Ese cabello era inolvidable, era la única chica en todo Suna que había visto con ese color característico de forma natural. Hace unos días chocó por casualidad con ella, aún lo recordaba, ella corría escapando de algo o alguien, mejor dicho. A comparación de todas las demás que solo se veían algo drogadas, la pelirroja estaba brutalmente golpeada... Un golpe más y moriría.

—¿Qué dice? —No podía dejarla allí un segundo más, necesitaba atención médica. —Como ya le mencioné, es mi hija así que solo la vendo como esposa. Hay un sacerdote en el otro cuarto, las ceremonias no tardan más de media hora.

Dos horas más tarde estaba buscando la manera de no verse muy sospechoso con una mujer golpeada en los brazos mientras se escabullía para entrar al Palacio sin que lo descubrieran…

—Dios que pesada es. —Tenía que llevarla cargada debido a que se había desmayado poco después de traerla consigo. La piel de su cara y labios estaba tan pálida como la de un muerto.

Esperaba que nadie lo viera, al menos, no hasta que supiera que haría y formulara un plan. Sería bastante sospechoso que lo atraparan así, hay quienes podrían malinterpretarlo.

Escuchó unos pasos y se escondió en una sombra. Planeaba entrar por el jardín del Harén, a esta hora usualmente lo veía bastante desocupado, guardó silencio y aguantó la respiración.

—¿Quién anda ahí? —Era la voz de una dama.

Suigetsu trató de hacer el menor movimiento posible para no crear ningún sonido indeseado que lo delatara. Luego de unos segundos, escuchó esos mismos pasos alejarse. Creyó que todo estaba resuelto, pero en ese instante, dentro de su inconsciencia la pelirroja dejó salir un gritó, parecía estar soñando una pesadilla.

Genial.

—¿Qué estás haciendo? —Una rubia apareció corriendo frente a él. Obligándolo a salir de la sombra que lo escondía. —¿Quién es ella? —Señaló a la chica golpeada. Ino estaba a punto de gritar por ayuda.

—¡Cálmate! —Le dijo. —Guarda silencio, te lo puedo explicar. De hecho, tengo una razón que lo explica todo.

Lo miraba con miedo, Ino se puso a la defensiva. —¿Qué le pasó a la chica?

—Necesita un médico. —Fue lo que logró decirle. —No sé a quién recurrir, digamos que la rescaté, pero no puedo llevarla a la policía aún. No hasta que llegue tu hermano.

—¿Por qué no la llevaste a un hospital?

—¿Te parece que me podría comunicar? —Ino comprendió que tenía razón, se relajó un tanto más. —Quiero llevarla a mi habitación.

—¡No puedes! ¿No te han dicho que ninguna mujer más que la Reina puede entrar al Palacio de los Hombres? Me arrestaran a mí y a ella si nos descubren. —Había olvidado esa tonta regla.

—¿Entonces qué puedo hacer? —Estaba desesperado.

Ino tardó unos segundos más en responderle. —Llevala a mi habitación. —Informó. —Te mostraré el camino. —Se pasó el otro brazo de la chica por el cuello y lo ayudó a llevarla.

—Gracias.

—Es un infortunio que Izumi también esté de viaje, ella podría ayudarnos mucho en esto. —Reconoció.

—¿A dónde ha ido? —Lo invadió la curiosidad.

—A visitar la tumba de Itachi, cada pocos meses lo visita.

—¿Las cenizas de Itachi no están en Suna? —Ino negó.

—Están junto a la de su madre, en un país musulmán del sur. No está muy lejos de aquí.

Llegaron a la habitación de Ino y la recostaron sobre la cama, Ino iba guiando a Suigetsu y él obedecía a ella.

—Espera aquí. Conozco a alguien que nos puede ayudar… —Le dijo. —Necesitan que le curen las heridas. Pobre chica. —Susurró antes de salir por la puerta.


—¿Y yo que gano, Ino? Puedo meterme en problemas por eso. No me gustan para nada los problemas. —Respondió ante el llamado de ayuda.

—Por favor. Eres la única persona a la que puedo recurrir en este momento, y eres parte del cuerpo médico real.

—Soy un simple médico. Si descubren que hago algo ilegal me van a despedir. —Le recordó. —Para empezar, no es correcto que me busques en el consultorio sola y de noche. Cuida tu reputación. —Se deshizo de la bata blanca y tomó su maletín en la mano. —Y para terminar, mi hora de turno ha acabado. Me voy a mi habitación.

El jóven doctor condujo a Ino hasta la salida.

—Ella está inconsciente, la golpearon horrible. —Sus ojos azules se llenaron de lágrimas al recordar el cuerpo lastimado de la chica. Se rehusaba a creer que había gente tan horrible en el mundo, pero era la realidad.

—Llevenla a un hospital. Escondiendola aquí solo te buscarás problemas. —Aquello debía sonar como un consejo, pero Ino no lo sintió así.

No podía dejar que él se fuera, cuando empezó a caminar para alejarse sostuvo su mano. —¿No es tu deber ayudar a los enfermos y lastimados que te necesiten? ¿Juraste algo así, no? En la Universidad… —Trató de convencerlo. —¡El juramento hipocrático! Y si no recuerdo mal, la semana pasada me dijiste que ya no querías seguir trabajando en Suna. Quieres regresar a tu país de origen. Claro, cuando termines tu servicio militar podrás regresar a tu hogar. Faltan unos meses ¿Qué más da ayudar a esa pobre chica que te necesita mientras tanto? Nadie se dará cuenta.

El chico se soltó del agarre de la princesa y se sacudió el cabello negro. Esperaba no estar metido en un lío con lo que iba a hacer.

—El juramento hipocrático hace mucho que está en desuso. —Los ojos azules de la chica no entendían una palabra. —Querrás decir la Declaración de Ginebra. Eso es lo que juré cuando me gradué. ¿Dónde está la chica?

Ino se alegró de escucharlo y no evitó formar una gran sonrisa en el rostro, limpiando sus lágrimas. —Muchas gracias, Sai.