Scratch, scratch, scratch… El ruido del lápiz contra el papel no dejaba de escucharse. El cuaderno de bocetos estaba lleno con decenas de ideas de vestidos, blusas, faldas, en fin, todo lo imaginable que cualquier mujer de buen gusto quisiera usar, Francis no dejaba de pensar, su mente fluía como una llave abierta, con ideas nuevas, algunas raras y estrafalarias, mientras otras eran elegantes y sobrias. Le encantaba esta parte de su trabajo, el momento de crear, de dejar su mente libre. El día era perfecto, cálido, con rayos de sol filtrándose por la ventana de su pequeña oficina. Le hubiera gustado tener una más grande, con un taller de costura ya incluido, pero su boutique apenas tenía dos años e iba creciendo poco a poco. Tras terminar otro dibujo de un vestido de encaje, escuchó que tocaban y abrían la puerta. Levantó la mirada de su cuaderno y vio a Erica, su asistente.
- Señor Bonnefoy - dijo entusiasmada - hay una "dama especial" en la tienda, ¡ha pedido ya tres vestidos! ¡Y está dispuesta a comprarlos todos!
- Voy enseguida - dijo Francis, dejando suavemente el lápiz sobre el papel y levantándose para salir.
Tras salir de la oficina, se dirigió con paso firme pero relajado hacia la boutique, que se encontraba bajando las escaleras, dispuesto a conocer a esta "dama especial". Era el término que Francis había solicitado a su staff que utilizara cada vez que llegara algún cliente que deseara adquirir dos o más prendas diseñadas por él, porque dentro de la boutique, que era pequeña y estaba ubicada en una ciudad concurrida, no tuvo más remedio que vender otras marcas de ropa, ajenas a Fleury Couture (su marca), para así poder pagar el alquiler. Francis no podía evitarlo: era un snob. Nunca había sido rico, más bien de clase media, pero anhelaba la vida de los más acomodados que él, le gustaba rodearse de gente rica, buscaba su amistad y estar cerca de ellos. Muchos lo criticarían por ello, pero a él no le importaba, estaba seguro de que todos buscaban lo mismo que él: subir de nivel. ¿Qué pecado había en eso? Todos sus amigos cercanos, socios, incluso exparejas habían sido de clase acomodada, hijos de grandes empresarios, herederos, hasta la aristocracia menor de Europa, ese era el tipo de gente que él quería y necesitaba en su vida. Esto le había permitido abrir esta boutique, su sueño, en donde podía ofrecer sus vestidos a precios altos, los cuales él consideraba justos, sin miedo a regateos. Y cuando a su tienda llegaba alguien dispuesto a comprar por lo menos dos vestidos suyos, Francis estaba feliz de conocer a la afortunada clienta.
Francis entró a la boutique y se dirigió al área de espejos, donde, sobre un pequeño pedestal, en una habitación redonda con luces y los ya mencionados espejos, había una mujer joven, menuda y de piel oscura probándose un vestido largo color azul cielo. Al lado de ella estaba Monique, una de las ayudantes, colocando alfileres en la tela del vestido, ya que, le quedaba ligeramente grande. Francis observó la escena un momento, buscando alguna cara desconocida, tal vez una amiga o madre de la clienta, que hubiera venido a acompañarla, pero no vio a nadie, sólo a su staff. Sin perder más tiempo, se acercó a ella.
- Bonjour, mademoiselle – dijo, tomando su mano y besándola – veo que le ha gustado nuestro vestido "olas de mar". Excelente elección, debo admitir.
La mujer se quedó perpleja un segundo, ante la vista del apuesto hombre que se le había acercado. Pero se recuperó rápidamente y sonrío.
- Buenos días. Es un hermoso vestido. Es una lástima que me quede grande.
- No, no, - dijo Francis – no es ningún problema, nuestros vestidos están diseñados para adaptarse a todas las hermosas figuras que deseen portarlos. Solo es cuestión de hacerle algunos retoques.
- Son todos tan hermosos, tan lindos que quisiera comprarlos todos. Admiro la mente de quien es capaz de crear algo así, yo nunca podría – mientras decía esto veía su reflejo y pasaba sus manos sobre la falda del vestido.
- Esta viendo ante usted al diseñador – Francis hizo una especie de reverencia. -
¿Es usted? – la clienta sorprendida abrió mucho los ojos.
- Sí, soy yo, he dedicado mi vida a diseñar vestidos. Francis Bonnefoy, a su servicio
- Soy Michelle -sonrió- Guau – volvió a ver el vestido – guau… - al parecer quedó encantada y sin palabras con esta revelación. Francis sonrió discretamente.
- Pero dejemos de hablar de mí, madame, Dígame, ¿para qué tipo de evento usará el vestido?
- Son algunos eventos, realmente – contestó la clienta, recuperando el habla y enumerando con los dedos: – dentro de dos semanas hay un cóctel de bienvenida para un socio de mi esposo, al día siguiente es la fiesta de aniversario de la empresa donde trabajo y finalmente, en tres semanas más es mi fiesta de cumpleaños. Mi esposo está organizado una fiesta sorpresa, pero yo ya me enteré de todos los detalles. – tras decir esto soltó una expresión risueña – por supuesto, él no sabe que estoy aquí, por si llega a venir a buscarme, les pido a todos ustedes que le digan que no me conocen – dijo colocando su mano al lado de su boca, como si estuviera diciendo algo que no debería de decir, pero aún con la expresión divertida en la cara.
- Así se hará, madame – Francis rio con ella. – No le diremos ni pío a su esposo. Pero por favor, dígame que otros vestidos ha considerado llevar.
- Bueno, - la mujer señaló algunos vestidos en maniquíes que estaban colocados al lado de los espejos – me gustan esos. Ya me he probado otros antes, aquí y en otras tiendas, pero siento que éstos son los vestidos ideales para mí. Solo que necesito su consejo – se bajó del pedestal, ya que Monique había terminado de señalar los ajustes en el vestido, y se dirigió a una mesita, en la que se encontraba su bolsa de mano. Buscó unos segundos y sacó su celular. Lo desbloqueó y después de revisar un momento, se lo acercó a Francis. En pantalla se veía una foto de un elegantísimo collar de oro blanco y perlas con un par de aretes, un brazalete y un anillo a juego. Era evidente que era exclusivo, mandado a hacer al gusto del cliente. De excelente gusto, está de más decir. – Encontré esto escondido en casa – empezó a explicar – es mi regalo de cumpleaños, mi esposo me lo entregará ese día. Ya ha hecho esto antes, así que no me sorprende que lo haya planeado así. Como le decía, él no sabe que ya lo he visto. Busco que el vestido que "casualmente" lleve puesto combine con estas joyas. Pero no me he decidido ¡es tan difícil! Ayúdeme a elegir, por favor.
- Por supuesto. – Francis observó la foto y empezó una plática de las características de esas alhajas, que, junto con otra pequeña cátedra sobre los vestidos, sacando algunos otros y persuadiéndola a probárselos, terminó por convencer a la clienta de adquirir los tres vestidos ideales para sus veladas. Ella se resistió algunas veces, si acaso alguna idea no fue de su agrado, pero en general fue accesible a las sugerencias de Francis.
Una vez satisfecha con su elección y mientras la clienta estaba en el probador para volver a ponerse su ropa de calle, Francis meditaba acerca de esta mujer. Era evidente que tenía dinero. Además, era ingenua ¿qué clase de persona le muestra una foto de finas joyas a un total desconocido? Claramente, nunca había vivido peligro en su vida. ¡Su única preocupación era encontrar un vestido a juego con unas joyas! Su esposo debía de ser algún magnate importante que la mantenía completamente mimada y sin preocupaciones. Tal vez mucho mayor que ella, probablemente hasta jubilado y con hijos ya grandes. Eso debía ser. Al fin y al cabo, no era la primera clienta ni sería la última con este tipo de vida. Aun así, Francis no tenía ninguna animadversión ni prejuicio contra ella, al contrario, le convenía ganarse su amistad, era justo el tipo de persona con la que le gustaba relacionarse. Y era agradable. Así, se ganaría una clienta, que seguramente tenía amigas a las que recomendar su boutique. Era una situación de ganar – ganar. La clienta salió vestida con su ropa casual y se dirigió a la caja, en donde se encontraba Erica, para recibir instrucciones del pago. Francis se acercó disimuladamente, para escuchar.
- Señora, ¿desea que le enviemos su compra a alguna dirección? ¿o vendrá usted por ella? Es recomendable que el vestido azul, que vamos a ajustar, se lo pruebe nuevamente ya sea aquí o podemos mandar al asistente a su ubicación – dijo Erica.
- Creo que prefiero que sea en mi casa - la clienta dio la dirección – por favor, envíelos el próximo martes, a la una de la tarde. Mi marido no va a estar y no quiero que los vea.
"Otra vez dando información delicada" pensó Francis. Claro que ellos nunca pondrían en riesgo la seguridad de sus clientas, por mas ingenuas que fueran.
- Por supuesto. ¿Me puede dar su nombre? - Michelle. Mi apellido es Kirkland.
¡Crash!
El sonido de cristal rompiéndose sobresaltó a todos los que estaban ahí. Francis, que se había puesto a "acomodar disimuladamente" un set de jarros de cristal que adornaba la boutique, había tirado por error el más grande de ellos.
- ¡Merde! – exclamó.
- Mr. Bonnefoy, ¿está bien? – escuchó a Erica decir.
- Sí, sí. Estoy perfectamente. Solo un pequeño accidente – con voz temblorosa, trató de restarle importancia, pero al intentar recoger las piezas del cristal, su mano se deslizó sobre un pedazo grande haciéndose un corte - ¡Maldita sea!
Monique se acercó para ayudar a Francis a incorporarse, mientras otro asistente llegó corriendo con un set de limpieza y empezó a ordenar todo mientras Francis recuperaba la compostura y observaba el daño en la mano. No era un corte muy grande, con una bandita adhesiva se solucionaría.
- Lamento que haya tenido que escuchar esto, señora Kirkland. – se disculpó Francis, con una sonrisa. Lo que menos quería era que las clientas lo escucharan maldecir.
- No tiene que disculparse, esos accidentes ocurren siempre. Espero que su mano sane pronto.
- Muchas gracias, por favor, Erica – dijo volviendo su mirada a la asistente. – continúa atendiendo a la señora, iré a curarme la mano. – se dirigió a Michelle y le dedicó un pequeño gesto de despedida - Ha sido un placer conocerla, señora Kirkland. Espero verla pronto.
Francis salió rápidamente de ahí. Hace menos de cinco minutos estaba planeando comenzar una amistad con esta mujer y ahora ya no sabía que quería de ella. Se metió a su oficina y cerró la puerta, con el corazón latiéndole con fuerza. Se sentó en su escritorio y vio sus bocetos a medio hacer, ya sin inspiración hizo a un lado el lápiz y papel y trató de calmarse. Sin conseguirlo, se levantó nuevamente a prepararse un café bien cargado, después, con el café en la mano se dirigió a la ventana de su oficina desde donde observó a Michelle salir de la boutique y dirigirse hacia un automóvil verde oscuro en donde ya la esperaba un chófer.
Durante el resto de la semana, Francis logró despejar su mente con el ajetreo del trabajo: seguir bocetando, atendiendo clientas, hacer prototipos de ropa para ir creando el diseño final, buscar nuevas telas, colores, texturas, lo mantenía lo suficientemente ocupado para evitar acordarse de esa clienta. Durante las noches, una vez convenció a Antonio de ir juntos al cine, otras veces, hablaba por teléfono o con su madre, o le mandaba mensajes de texto a Gilbert o algún otro amigo, otro día se dirigió a un bar a ver la repetición de un partido de fútbol en el que jugaba Francia, en fin, consiguió mantener su mente libre de ese mal habido apellido. Pero no todos los días iban a ser así. El sábado en la noche, tras otra jornada de trabajo y distracciones, se encontraba al fin, en su casa, sin ánimos de salir. Los fines de semana Antonio tenía eventos de baile que terminaban en la madrugada, por lo que se descartaba salir con él. Al vivir en una ciudad costera turística, siempre había fiestas y festivales y pudo haber encontrado a algún otro compañero para salir a divertirse, pero no se encontraba de humor. No creía que fuera buena compañía en esos momentos. Por mucho que se hubiera auto convencido de no pensar en él estos últimos días, hoy no había podido evitarlo desde el momento que entró a su departamento, hacía unas tres horas. Todo por ese maldito apellido. Era estúpido, se decía con amargura, hay miles de personas con el apellido Kirkland en el mundo, no todos le pertenecen a esta desgraciada familia con la que se encontró hace tantos años. Luego se regañó a sí mismo, no podía maldecirlos, con todo lo que lo habían ayudado. Aunque fueran malvados, él estaba en deuda con ellos. Pero hubiera preferido no volver a escuchar esa palabra.
Finalmente, se levantó del sillón en el que llevaba todo este tiempo. Busco algo en el refrigerador para cenar; aunque él era un excelente cocinero, algunas veces Antonio traía comida de la que se servía en el teatro donde le hubiera tocado bailar el fin de semana. Encontró un contenedor de plástico con pizza margarita, lo sacó y lo metió al horno de microondas para calentarlo (él, como todas las personas con un poco de buen sentido del gusto, consideraba una aberración culinaria calentar pizza en el microondas, pero hoy no estaba de ánimos para hacer algo más), llenó un vaso con vino, lo llevó a la mesa junto con la pizza que ya estaba caliente y mientras cenaba, siguió pensando. Trabando de convencerse de que no pasaba nada, que Michelle no tenía nada que ver con ellos ya que, para empezar, en esa familia había muy pocas mujeres y las que había conocido no se llamaban así. Era muy poco probable que estuviera emparentada con ellos. Aún así, tenía el presentimiento, un vago recuerdo acerca de haber escuchado que la mencionaban antes.
La curiosidad pudo con él. Después de terminar su cena y lavar sus platos, fue a su habitación, en donde se encontraba su laptop. La encendió y por primera vez hizo algo que no había hecho nunca, ni siquiera hace tres años, cuando las heridas se reabrieron y se moría por saber todo lo que ocurría:
Escribió en el buscador "Michelle Kirkland".
En la pantalla se mostraron fotos de la misma mujer que había atendido en la tienda. La mayoría de ellas eran de eventos profesionales, vestida en trajes de negocios y posando para la cámara con semblante formal pero alegre. Dio clic en algunos enlaces. No había mucha información, solo algunas biografías. Descubrió que había nacido en Seychelles hace 29 años, bajo el nombre de Michelle Vidot. Su familia era dueña del emporio hotelero Vidot Inn, una cadena de hoteles ejecutivos de África oriental que se había estado extendiendo por el mundo en los últimos años. Había pasado su infancia en Victoria, Seychelles y cuando cumplió 15 años fue enviada a estudiar la preparatoria a París. Después estudió negocios en Inglaterra y tras graduarse se quedó en Londres, para prepararse en el negocio hotelero.
También había algunas noticias relacionadas con los logros de su empresa y uno que otro acto de caridad. Casi al final de la página del buscador, Francis encontró el artículo que confirmaba lo que ya estaba sospechando. Era una plana de una insulsa revista de sociales inglesa, con fecha de hace tres años y decía:
EL MENOR DE LOS KIRKLAND SE CASA CON LA HEREDERA DE VIDOT INN
Con un suspiro y el corazón latiéndole fuerte, Francis empezó a leer:
Fue el pasado sábado que el joven Arthur Kirkland, de 29 años, cuarto hijo de los socios mayoritarios del Consorcio Empresarial Elton, contrajo nupcias con Michelle Vidot, de 26 años y heredera de la cadena de hoteles Vidot Inn.
La boda se celebró en la Granja Elton, propiedad de la familia Kirkland, cerca de la costa de Portishead. Se sabe que la feliz pareja se asentará en Londres, desde donde seguirán con sus respectivos negocios.
Dicho evento contó con distinguidos invitados, de los cuales destacan algunos miembros de la familia real y del parlamento británico y europeo, así como amigos y socios de las familias.
La nota no decía nada más que fuera importante y Francis dejó de leer. En su lugar, vio las fotos publicadas. La foto principal era una foto de estudio de los novios. Había otras del pastel, el banquete, la Granja Elton adornada para la recepción y había unas más de las familias de los novios y los invitados. Una en particular llamó su atención. Era una foto en la que se veía a un gran grupo de jóvenes rodeando a los novios; entre ellos estaba uno de sus mejores amigos, Gilbert Beildschmidt, su hermano Ludwig, su primo Roderich y su entonces, novia Elizabeta. También distinguió a los hermanos italianos Feliciano y Lovino Vargas, quien tenía a Belle Van Beek tomada de la cintura. Con ellos estaban Alfred y Matthew Jones-Williams, Joao Fernandez, y atrás de todos, con su característico semblante extraño y sonriente, se veía a Ivan Branginski acompañado de sus hermanas.
Francis los conocía a todos. Había estado en ese círculo social. Y todavía podía estarlo si quisiera. Gibert no dejaba de invitarlo a eventos y reuniones, pero desde hace dos años había dejado Europa para empezar esta aventura en el Caribe, en donde vivía más relajado y podía olvidarse un poco de todo. Afortunadamente seguía manteniendo relaciones cordiales con todos ellos y de esa forma le habían ayudado a conseguir algunos clientes, cuando venían a vacacionar aquí.
Tras una última mirada a la foto de los novios, Francis cerró el buscador sin apagar la computadora. Dirigió una mirada al reloj: eran las 11:25 la noche era joven y se escuchaba el murmullo de personas en la calle. La casa que rentaba con Antonio era muy pequeña, ubicada en una zona residencial en la que vivían extranjeros en su mayoría norteamericanos y europeos en casas más grandes que la suya, pero igual de bonitas; muchos de ellos amantes de las fiestas y diversión. Francis seguía sin querer salir, pero no estaba tan cansado así que se acomodó en su cama con la computadora en el regazo y buscó alguna película para ver. Era el mejor plan que se le había ocurrido para pasar esta extraña noche.
Tres años antes:
- ¡Por la derecha, por la derecha! ¡Serás estúpido! ¡MALDITA SEA! – un apasionado Gilbert se levantó del sillón, colocando sus manos sobre su cabello con fuerza mientras le gritaba a la pantalla de la televisión, desde donde Gilbert, Ludwig, Feliciano, Lovino, Belle y Francis estaban reunidos para ver un partido de fútbol.
Tras una falta en el juego, el árbitro marcó un penalti, que causó que todos en la estancia se quedaran callados. Había un gran momento de tensión. El penalti falló, ocasionando otra serie de injurias por parte de los observadores del juego que se tranquilizaron unos minutos después, cuando empezó el medio tiempo. Ludwig se levantó para traer más botana y cervezas mientras Feliciano iba tras él. Éste último se detuvo en una mesa en la que había correspondencia y tomó un sobre azul claro con adornos plateados.
- ¿Ustedes también recibieron invitación? ¡Es tan buena noticia! ¡Así podemos ir juntos! ¡Me muero por ver el vestido de la novia, dicen que mandaron a hacer un encaje hecho a mano! – Dijo alegremente, sin prestar atención a los demás. Ludwig corrió torpemente a tratar de quitarle el sobre mientras Gilbert hacía señas extrañas como si le pidiera que se callara. La sala se quedó en un silencio sepulcral, mas tenso que el que había ocurrido minutos antes. - ¿Eh? ¿Qué sucede?
- ¡Sucede que eres imbécil! – Espetó Lovino, con el ceño fruncido.
Feliciano estaba a punto de contestarle a su hermano cuando su mirada se postró sobre Francis, que tenía una expresión de desconcierto, girando la cabeza para ver de que se trataba sin entender nada. Feliciano abrió los ojos como platos y se llevó las manos a la boca.
- ¡Francis! ¡Lo siento! ¡No fue mi intención, discúlpame! – Él mismo intentó esconder el sobre debajo de los otros papeles.
- ¡Estás empeorando todo, idiota! – Gritó Lovino, con menos paciencia aún.
- ¿Qué sucede? ¿Qué está pasando? – Francis dijo completamente perplejo. Todos lo miraban y él se movió incómodo en su asiento, emitiendo una risa nerviosa.
Los demás se miraron entre ellos, evitando el contacto visual con Francis.
- Eh…
- No es nada.
- No te preocupes, volvamos al juego, ¿sí?
Con una mirada sospechosa Francis se levantó, se acercó rápidamente a la mesa donde estaba Feliciano y tomó el sobre azul de entre el montón de cartas. Feliciano estaba paralizado y ni siquiera intentó impedirlo.
Francis vio por el rabillo del ojo como los demás disimulaban que no estaban al pendiente de sus movimientos.
Era un sobre bonito, elegante, y tal como había dicho Feliciano, parecía una invitación a una boda. Estaba dirigido a la Familia Beildschmidt. Como nadie le impidió abrirlo, sacó el contenido del sobre: un papel grueso doblado en dos, del mismo color azul con adornos plateados. Por dentro del papel se leía con grandes y elegantes letras entremezcladas:
La familia Kirkland junto con la familia Vidot, se alegran de invitarle al feliz enlace matrimonial entre sus hijos
ARTHUR Y MICHELLE
- Oh. - Leyó rápidamente el pequeño texto que acompañaba esas palabras: reconoció un fragmento de un poema de Lord Byron, lo restante eran esperanzadoras palabras sobre la futura boda que se celebraría en una fecha próxima, junto con instrucciones para llegar al lugar de la celebración y el código de etiqueta. – Oh. – Levantó la mirada. Notó que todos habían estado mirándolo fijamente. Releyó la invitación y dejó que pasaran unos segundos que se sintieron como horas.
- ¿Francis, estás bien? – La primera en romper el silencio fue Belle.
- Si, Belle. Estoy bien. – Francis se había puesto muy serio, pero intentó calmarse. – No es importante, tiene años que no convivo con ellos. – Guardó la invitación en su sobre y la dejó en la mesa.
- ¿Estás seguro? – Dijo Feliciano.
- Sí. No pasa nada. Mejor continuemos viendo el juego ¿de acuerdo? – regresó a su lugar en el sofá y tomó un trago de su cerveza. Con esto y tras dirigirle una mirada preocupada que Francis ignoró, todos regresaron a lo que estaban haciendo previamente. Minutos después comenzó el partido y el ambiente regresó lentamente a la normalidad.
Horas después, en esa misma habitación, Francis estaba con Gilbert y Bella. Ludwig y Feliciano habían ido al centro comercial mientras Lovino había dicho que a él ni le gustaba la compañía de los idiotas y se había ido a un bar a "buscar chicas".
- Así que, Francis – Gilbert comenzó, cuando se agotó el tema de conversación. – Si me lo pides, puedo no ir a la boda de Arthur. También le puedo decir a Ludwig que no vaya. – Lo dijo con voz baja y mirando hacía todos lados menos a Francis; Gilbert no era alguien que hablara de temas sensibles.
- No seas tonto, Gilbert. Tienes que ir. Tus padres no te perdonarán el no ir. Además, Arthur te estima mucho ¿cierto?
- Algo, hablamos a veces.
- ¿Ves? No pasa nada. Tienes que ir. – repitió Francis.
- Antonio no sabe si va a ir – Dijo Bella.
- ¿Antonio también recibió invitación? – Francis preguntó.
- Todos recibieron invitación. Hasta los Braginsky.
- Ya veo. - Francis se quedó callado un momento. Quería y no quería saber. Al final preguntó. - ¿Cómo es la novia? Nunca había escuchado hablar de ella.
- Ah, - contesto Belle, tomando una papa frita de la botana que había quedado y dispuesta a contar el chisme – Es una chica africana. De Seychelles o la isla Mauricio, no sé bien. Estudió en Inglaterra, es por eso que conoció a Arthur.
- Los vi hace unos meses, cuando Ludwig y yo fuimos a la Fórmula Uno – Dijo Gilbert – la chica no está mal, está un poco flaca pero tiene un muy buen cu– se detuvo al ver la mirada asesina que le dirigió Belle – …erpo, tiene un buen cuerpo. Arthur va a comer muy bien todos los días – levantó las cejas sugerentemente y soltó una carcajada. Francis intentaba parecer jovial y desinteresado.
– A Arthur siempre le han gustado los extranjeros - Emitió una pequeña risa que no llegaba a sus ojos.
- Parece que sí – continuo Bella – pero esta chica no es muy conocida. No tiene ni un año de que nos enteramos de que están saliendo. Y el anuncio de la boda nos tomó a todos por sorpresa. Todo lo han hecho muy rápido.
- ¡Parece que se mueren por esconder algún secreto! – Gilbert dijo riéndose. Ni Francis ni Belle rieron por lo que Gilbert decidió no seguir con la broma.
- La verdad es que muchos dicen que es un matrimonio arreglado – dijo Belle en tono confidencial. – Todo ha sido muy extraño, a esta chica nadie la conoce y pues… nunca se le había conocido una novia a Arthur. – Volteó a ver con una mirada tímida a Francis.
- No, nunca.
Francis no dijo más. No sabía si quería saber más, todo era muy confuso en su mente. Decidió cambiar la conversación, ya no quería hablar mas de esto.
Durante las siguientes semanas, Francis se obligó a no pensar en ello. Lo consiguió a fuerza de extensas jornadas de trabajo, estudio y ejercicio que apenas si le quedaba tiempo de descansar, mucho menos de divagar para pensar en cosas desagradables. El día de la boda, Antonio, como el amigo leal que era, decidió no ir. Francis le insistió que no le molestaba si iba, que ese asunto ya no le importaba y en cambio, sí podía ayudar a mejorar la relación entre Antonio y los Kirkland. Antonio dijo que no era para tanto. Además, le aseguró, a diferencia de Francis, Gilbert y su medio hermano Joao, él nunca había podido llevarse bien con Arthur. Es más, con ninguno de los Kirkland. No podía soportar su arrogancia y nunca había entendido como le hacían los otros para tener tan buena relación con ellos. Arthur le parecía un niño mimado, miedoso e inmaduro que no era capaz de tomar decisiones sin pedirle permiso antes a sus padres a pesar de tener ya casi 30 años. Él, como muchos otros, aseguraba que esa era una boda arreglada en la que habían buscado alguna chica de familia medianamente influyente que buscara escalar en la sociedad y así poderla casar con el hijo que ni siquiera quería casarse. De esta manera, supuso Antonio, conseguirían apaciguar los rumores sobre la evidente homosexualidad de Arthur.
Meses después, Antonio se comunicó con Francis. Le dijo que había tenido problemas con la compañía de danza con la que trabajaba y había decidido renunciar. Estaba harto de esa gente. Francis creyó que Antonio estaría triste o decepcionado, pero no. Antonio, como el ser impulsivo que era, lo vio como una oportunidad de cambiar de aires. Ya había tenido suficiente de ballet y jazz, muy bonitos y todo, pero le aburrían y no le gustaba lidiar con la soberbia de la mayoría de los otros bailarines. Llevaba meses estudiando otros ritmos, sobre todo españoles y caribeños. Los consideraba mas divertidos y abiertos.
- Voy a abrir una escuela de baile – Le dijo un día, cuando al fin se reunieron.
- Excelente noticia – contestó Francis sonriendo - ¿tienes el local ya? ¿o quieres que te ayude a buscar uno? Tal vez Lars te pueda ayudar – dijo pensativo.
- No, no lo necesito. No voy a abrir la escuela en París.
- ¿Te regresas a España? ¡Guau!
- No, tampoco. Me voy al Caribe.
- ¡¿QUÉ?! – la gente que estaba alrededor de ellos en el restaurante volteó a verlos. Francis, sonrió tímidamente hacia ellos y les ofreció una sonrisa de disculpa - ¿Qué? – Repitió mas bajo pero igual de alterado - ¿cómo, cuándo?
- Verás, conseguí un local, en esta ciudad turística ¿recuerdas que fui de vacaciones el año pasado? – comenzó a explicar – no es tan caro y algunos amigos de mis padres viven ahí. Puedo hasta pagarlo con mis ahorros. Y ya tengo la casa que voy a rentar. Es un lugar hermoso, cálido, paradisiaco y vive mucha gente que quiere aprender. Tienen dinero, pagan bien y no regatean. Es perfecto.
- ¿Pero, cómo? ¿Así nada más? ¿Te vas?
- Sí, me voy en dos meses y medio. Ya tengo casi todos los trámites. Es una oportunidad perfecta.
- ¿Y tu carrera?
- ¡Al diablo con mi carrera! ¡No ves lo infeliz que estoy aquí! Llevo años dedicándome a esto y nunca me ha le pasado bien. Amo bailar, pero odio el ambiente, a los compañeros, ¡todo! Es horrible, desesperanzador. Me rehúso a seguir así. Prefiero arriesgarme y perder todo a seguir un día más con esos cretinos.
- ¿Y Lovino?
- Lovino ya está grande. No me necesita. Ya tiene su vida aquí, puede vivir sin estarme viendo todo el tiempo. De hecho, ya sabe que me voy. No está feliz con la idea, pero se ha portado más compresivo que lo esperado.
- Me sorprende de Lovino.
- A mí no tanto. En realidad, no es tan mala persona como le gusta aparentar, es bueno escuchando y dando consejos y más cuando lo encuentras de buen humor.
- Pero… ¿y Belle? – Francis consideró un momento si debía hacer esa pregunta, pero creyó pertinente saberlo.
- ¿Qué con ella?
- ¿Qué no estabas aquí en París porque querías conquistarla?
- Belle nunca se va a fijar en mí – dijo Antonio soltando un suspiro de resignación. – Lo intenté y fallé, solo me busca cuando no tiene nadie más con quien salir. No tengo ya nada que me amarre aquí.
- ¿Entonces estás seguro?
- Sí. No hay marcha atrás. Tal vez allá me encuentre a una bella caribeña que baile para mí – sonrío ante la idea. Luego, tras dudarlo un poco, Antonio dejó su bebida en la mesa y tomó las manos de Francis en sus manos – Francis – lo miró a los ojos – Ven conmigo.
- ¿Qué dices?
- Vamos al Caribe.
- ¿Qué? – Al parecer, Francis había perdido toda capacidad de habla porque no dijo más.
- Lo digo en serio. Deja todo aquí, vámonos. Tú tampoco tienes ya nada por lo que quedarte.
- No, yo tengo a mi mamá, mi trabajo, mi carrera. Todos mis amigos están aquí.
- Francis ¿cuándo fue la última vez que viste a tu madre?
- Eso no cuenta. Estamos cerca, cualquier cosa que pase estamos a menos de dos horas de distancia.
- ¡Solo le hablas por teléfono! Eso lo puedes hacer desde allá. Además, ella siempre ha dicho que no te detengas por ella, que debes ser feliz. De tu trabajo, no mientas, estás igual que yo ¿quieres pasarte la vida diseñando ropa para que otro le ponga su etiqueta y diga que lo hizo él?
- No claro que no, pero…
- ¡Entonces déjalo ya! – Antonio tenía los ojos brillantes y un tono de determinación que solo usaba cuando estaba seguro de lo que decía – Llevas años trabajando ahí y sigues haciendo lo mismo ¿qué paso con ese sueño de tener tu propia marca? ¿qué importa si esa marca no la creas en París? Con el talento que tienes, te va a ir bien donde sea.
- Los grandes diseñadores de moda están en París – Francis sonrió un poco condescendiente con la ingenuidad de Antonio con ese tema.
- ¿Y qué? Abre tu marca en el Caribe, allá también hay compradores buenos.
- Antonio, estás loco.
- Pero al menos no me estoy resignando a un trabajo que desprecio, con una esperanza en un futuro que no se vi va a llegar. ¡Ya ni tienes una pareja aquí! ¿Desde hace cuánto no sales con alguien?
- ¡Eso no tiene nada que ver! – Francis usó una voz queda.
- ¡Tiene todo que ver! No has tenido una relación seria en años, todas tus relaciones las saboteas y lo sabes.
- No, no es así – Francis se mostraba incómodo.
- Claro que sí. Tú mismo los abandonas, les dejas de prestar atención cuando te aburren. O te buscas amores imposibles que sabes que no van a prosperar.
- ¿A qué quieres llegar con esto?
- Francis, ¿crees que no nos damos cuenta? Desde que te enteraste de la boda de Arthur has tenido esa expresión de perrito golpeado, todos lo notamos. ¡Hasta Gilbert!
- No es cierto.
- ¡Deja de negarlo! Arthur ya no va a volver. Ya pasaron años desde que terminó. Es hora de que des vuelta a esa hoja. Deja Europa conmigo, vámonos a conocer otro lugar, otras personas.
- Antonio, no soy idiota. Terminé con Arthur hace años, ya se acabó. Son ustedes los que me ven con lástima, ustedes son los que deberían superarlo ya. Yo lo superé hace años. No me interesa salir con alguien en estos momentos ¿qué tiene de malo? Tal vez después quiera asentarme y todo eso, pero por ahora estoy bien como estoy.
- Ok – Antonio lo miró más calmado, no iba a insistir en ese tema. – Aun así creo que te hace falta cambiar de ambiente. Europa es fría, melancólica, vámonos a un lugar más alegre. No te vas a arrepentir.
- No lo sé, Antonio.
- Piénsalo. Tienes dos meses para pensarlo. Ya tengo la casa donde voy a vivir, no necesitas buscar donde quedarte. Te ayudo con todo lo demás.
Dos meses y medio después, con las maletas llenas de todo lo que no podían dejar atrás y la mente atiborrada de esperanzas, Francis y Antonio abordaron un avión con destino al Caribe. Gilbert y Lovino fueron a despedirlos al aeropuerto, con abrazos y promesas de llamar cada semana.
Francis despertó con el sonido de la película. Se había quedado dormido sin siquiera prestarle atención a la trama. Sonrió al recordar cómo había llegado a vivir aquí. Vino huyendo de Europa y los malos recuerdos y ahora estos recuerdos lo habían alcanzado hasta el Caribe. El reloj de la computadora marcaba las 12:54. Suspiró. Esta iba a ser una noche muy larga.
