El martes siguiente a las 12:40 pm, Francis se encontraba en su auto, dentro del estacionamiento del hotel Vidot Inn que se localizaba en la zona de hoteles ejecutivos, cerca de la playa. Tenía en tres cajas colocadas con sumo cuidado en el asiento trasero, los vestidos que le entregaría a la 1:00 a Michelle. Se supone que este trabajo lo haría un asistente, pero Francis tenía una pequeña curiosidad por ver la vida de la pareja Kirkland, aunque fuera por un minuto. No tenía nada de malo un poco de fisgoneo, ¿no? Y Michelle dijo que Arthur no iba a estar. Así que, sin pensarlo más, media hora antes bajó de su oficina, pidió al staff la dirección de la clienta y avisó que él entregaría los vestidos.

Y aquí estaba. Se sorprendió un poco al llegar al hotel, esperaba que le diera la dirección de una casa. Marcó el teléfono de contacto que dejó Michelle, tras sonar tres veces, escuchó su voz:

- Habla Michelle Kirkland.

- Señora Kirkland, soy Francis Bonnefoy. Traigo sus vestidos.

- Ah, señor Bonnefoy – contestó Michelle. – ¿Ya está aquí? ¡Qué bien! Haga el favor de subir. Daré instrucciones para que lo reciban. Iré con usted en unos minutos.

- Muchas gracias, madame.

Francis colgó, salió del auto, tomó los vestidos y se dirigió a la entrada del hotel. Estaba un poco nervioso, pero pudo controlarse. En la recepción, estaba un hombre hablando alegremente con una de las recepcionistas. Al ver a Francis le sonrió:

- Buenas tardes. Usted debe ser el señor Bonnefoy.

- Soy yo.

- Soy Bastián. Me pidieron que lo llevara a la suite de la señora. Por favor sígame.

"¿Suite?" Pensó Francis. "Que extraño". Francis siguió al hombre que tomó un pasillo a la izquierda de la entrada principal. Ahí vio unas escaleras y un par de ascensores, creyendo que se dirigían hacia ellos, Francis fue hasta ahí.

- Señor Bonnefoy, no usaremos este ascensor. Usaremos otros.

- Ah, lo siento.

El trabajador abrió una puerta cercana con un letrero de "No pase", tras entrar vio un corredor pequeño con algunas puertas y al final otras escaleras y una serie de ascensores. Se detuvo ante uno de ellos, que en lugar de botón para indicar que se subiría o bajaría, tenía un teclado. Bastián digitó una clave y se abrió la puerta. Adentro había otro teclado que indicaba todos los pisos más algunos que, supuso Francis, eran exclusivos de los trabajadores del lugar. El hombre oprimió un botón que decía "Suite 3". El ascensor empezó a subir, pasó por todos los niveles hasta llegar al último. Se abrió la puerta y ante ellos se mostró una gran terraza semicircular en la que se veía el mar y más allá. El trabajador siguió andando, al lado de la puerta por donde habían salido, vio una puerta de hierro adornada con motivos del mar. Tal como el ascensor, para abrir la puerta tenía un teclado, en el cual, Bastian escribió otro código. Cuando ésta se abrió, Francis se quedó con la boca abierta. Se le había ocurrido que tal vez encontraría a Michelle en alguna oficina o sala de juntas. Se equivocó. Ante él estaba la sala de estar de un departamento. En lugar de paredes estaba la continuación semicircular de la terraza que había visto, con un solo ventanal enorme que cubría el extenso de la sala. Se veía todo el mar e incluso a lo lejos se alcanzaban a ver algunas islas. La luz del sol entraba brillante y cálida.

- La señora Michelle lo verá en un momento - dijo Bastián – puede sentarse y dejar sus cosas aquí – señaló la sala y una mesita al lado de uno de los sillones.

- Muchas gracias. – Francis hizo lo que se le sugirió.

- ¿Desea que se le sirva algo, té, café?

- Solo un vaso de agua o limonada, si tiene.

- A la orden.

El hombre atravesó un umbral en donde se veía una pequeña cocina y ahí estaba una mujer cocinando algo. Ella fue la que se acercó a él para darle el vaso de limonada y dejó en la mesa de centro una bandeja con una variedad de fruta picada y dos platos. Una vez con el vaso en la mano, se dedicó a esperar. Observó la sala, en realidad no era muy grande pero la vista era indudablemente hermosa. No había muchos muebles, solo tres sillones, unas cuantas mesas, percheros y en un rincón había dos escritorios con sus respectivas sillas y un librero que no era muy grande; no se veían fotos ni televisión y acaso había uno que otro adorno con motivos de mar. Pensó que con esa vista no era necesario tener nada más. A un lado estaba la cocina y al lado de la cocina un comedor de cristal con un diseño elegante pero sencillo. Al otro lado había un pasillo que probablemente llevaba a otras habitaciones. No pasó mucho tiempo cuando se escuchó que se abría la puerta. Volteó para ver a Michelle entrar con el mismo aire jovial de siempre, pero tenía un talante más profesional, con ropa ejecutiva, maquillaje sencillo y el cabello peinado en una formal cola de caballo.

Después de intercambiar cortesías, se enfocaron en la tarea a realizar. Michelle le pidió un vaso de té helado a la mujer de la cocina (Francis entonces descubrió que se llamaba Lucy) y mientras tanto el diseñador sacó los vestidos de sus cajas, Michelle los vio, se los probó y observaron que no necesitaban más ajustes. Ella aprovechó la presencia de Francis y le mostró los zapatos que pensaba usar en los eventos, Francis dio su opinión acerca de todos, incluso le sugirió peinados y estilos de maquillaje. En esos menesteres transcurrieron casi tres horas y para entonces, ya se habían empezado a hablar por sus nombres y tutearse. Hablaron un poco más de otros temas, Francis le dijo que había nacido en Francia a lo que Michelle contestó que ella hablaba francés, por su infancia en Seychelles y su adolescencia en París. También le comentó que había aprendido inglés cuando estudiaba en Inglaterra y que su esposo, que era un purista del idioma inglés, tenía la costumbre de corregirla todo el tiempo. Francis supo disimular y escuchar atento sin mostrar signos de que muchas de esas cosas ya las sabía y los dos coincidieron en que era una lástima que en esta ciudad tan hermosa no se hablara francés sino inglés. Viendo que ya no tenían más que hacer, Michelle vio el reloj.

- Francis, ya debo irme. Ya casi son las 4:00 y tengo una reunión.

- Por supuesto – Francis se levantó de su asiento. – Yo también tengo que regresar a la boutique.

- Te acompaño a la salida. – Michelle dejó su vaso en la mesa, recogió su bolsa y se preparó para salir. Francis hizo lo mismo y tras despedirse de Lucy y de Bastián, que conversaba con la cocinera, siguió a Michelle a la puerta. Al salir vio nuevamente la terraza, otra vez se quedó boquiabierto.

- Tienes la mejor vista de toda la ciudad – Le dijo a Michelle sin despegar los ojos del mar.

- ¿Verdad que sí? – dijo Michelle sonriendo – no es por presumir, pero me encanta vivir aquí. No importa lo que pase, si estoy cerca del mar, siempre estoy bien. – Sonrío. Francis sonrió con ella. Tomaron el ascensor de regreso y tal como había dicho, Michelle lo acompañó hasta la planta baja. Después dio instrucciones para que trajeran el auto de Francis a la puerta y lo despidió, diciéndole que esperaba volver a verlo pronto. Al parecer, sin intentarlo, Francis había conseguido su cometido inicial: Agradarle a la señora Kirkland y comenzar una amistad con ella.


El sábado siguiente, Francis volvió a ver a Michelle. No lo había planeado. Eran las 8 am cuando Francis había ido a ejercitarse, como acostumbraba todos los sábados en la mañana. Ya de regreso, caminaba a paso relajado por la zona comercial de la ciudad cuando vio salir de un club de tenis a Michelle. Traía una raqueta en la mano y hablaba por teléfono. Cuando colgó, alzo la vista y lo vio pasar cerca de ella.

- ¡Francis! – Le llamo, sonriendo y saludando - ¡qué gusto verte por aquí!

- Michelle, buenos días. Veo que vienes de jugar tenis – dijo, acercándose a ella y observando su minifalda, blusa de algodón y zapatos de deporte, todo en color blanco.

- Sí, acabo de descubrir este lugar. Hay entrenamientos todos los sábados. ¿Y tú, qué haces por aquí?

- Hay parque con una pista de carreras cerca. Me gusta correr de vez en cuando.

- ¿En serio? A mi esposo le encantaría saber eso, a él le gusta correr. Se lo voy a comentar. ¿ya desayunaste?

- No, todavía no.

- Yo tampoco. Quisiera ir a algún lugar donde ofrezcan un brunch ligero. – Michelle volteó a ver los establecimientos, casi todos ofrecían souvenirs para turistas.

- En ese caso, conozco uno. Solo que está algo lejos de aquí.

- ¡Vamos! No tarda en venir mi chófer, él puede llevarnos. ¡Mira, ahí viene!

En ese momento se acercó el mismo automóvil verde que Francis vio el otro día afuera de su boutique. Se detuvo ante ellos y salió el mismo chófer que le abrió la puerta a Michelle. Ella entró y tras dudarlo un poco, Francis entró tras de ella. Dio instrucciones al chófer para tomar un camino que subía a una especie de colinas y montañas. Quince minutos después, llegaron a la parte alta de la ciudad. Era una zona extensa, con una barranca y un mirador, desde la cual se veía el extenso de la ciudad, y detrás del mirador, había una hilera de restaurantes. Francis le dijo al chófer que se estacionara en cerca del restaurante que estaba en el extremo del lugar, y una vez hecho, bajaron del auto y entraron. Era un restaurante pequeño, sin mucha gracia, con un letrero anticuado y la pintura de la pared despegándose de un lado. No había hostess ni nadie para recibir, sin embargo, había varios comensales. Francis esquivó algunas mesas y guio a Michelle hacia una zona en la que, hacia abajo se veía la bahía en la que se observaban varios pescadores trabajando. Ocuparon la única mesa disponible. Michelle no dijo nada acerca del aspecto del lugar, pero en su cara se veía cierta reticencia cuando se sentó. Por el rabillo del ojo, el diseñador vio como el chófer también había entrado al restaurante sentándose en la barra del restaurante, a una distancia prudente de ellos.

- Te aseguro que es mejor de lo que parece – Francis trató de tranquilizar a Michelle al ver su expresión – confía en mí – le guiñó un ojo.

- Es una buena vista – Michelle trató de ver el lado positivo.

- Como la de tu casa.

- Sí – dijo Michelle – un poco. – Llegó un mesero, tomó su orden de bebidas y les entregó el menú. - ¿qué me recomiendas?

- Yo siempre pido el sándwich de pescado. El pan lo hacen aquí mismo y el pescado es traído de la bahía. Le gustaría a tu esposo.

- ¿A mi esposo? ¿Cómo sabes? – Michelle lo miró interrogante, ladeando la cabeza hacia la izquierda. Francis, al darse cuenta de lo que había dicho, carraspeó y trató de parecer desinteresado.

- Oh, no, no lo sé – dijo como quien no quiere la cosa – me imagino, ya que dices que es inglés y allá todos comen esos horribles arenques ahumados. Asumí que le gustaría más el pescado recién traído del mar. Michelle rió.

- Bueno sí, tienes razón. En realidad, si le gusta el pescado. De hecho, a los dos nos gusta. ¿Has estado en Inglaterra?

- Sí, viví cuatro años ahí, hace algún tiempo. Tomé algunos diplomados y cursos sobre moda y confección, para aprender las técnicas inglesas.

- Creía a los franceses no les gustaba la moda inglesa.

- No nos gusta – rió Francis – pero ellos tienen ciertas técnicas especiales y no está de más aprender. No me gustó el país: el clima es horrible y toda la gente tiene mal gusto ¡de qué les sirve tener grandes marcas de moda si se van a vestir tan mal todos! ¡Y la comida, es lo más triste! – dijo con un aire dramático. Michelle lo miró risueña, le divertían mucho esos desplantes.

- Tienes razón en lo del clima. – empezó a reír – es lo peor de ahí. Nunca me acostumbré. Me gusta más el sol.

En ese momento llegó el mesero, Francis ordenó su sándwich de pescado mientras Michelle pedía una ensalada.

- ¿Es por eso que ahora vives aquí? – preguntó Francis.

- Algo así. La compañía se ha estado extendiendo, tenemos hoteles en algunas partes de África y Europa. Y hace unos pocos años se abrió la primera sucursal en Inglaterra, empecé a trabajar ahí y cuando sentí que ya estaba lista para administrar un hotel por mi cuenta, se abrió esta sucursal, con el fin de experimentar como funcionaría el negocio en el Caribe. Es la oportunidad perfecta y estamos cerca del mar, no en Londres que es tan ruidosa, acelerada y fría. Arthur no estaba muy feliz con la idea, pero logré convencerlo y ahora estamos aquí. – Michelle explicó. Francis la miraba muy atento - ¿cómo es que tú llegaste aquí?

- Ah, todo fue por mi mejor amigo. Estaba cansado de su trabajo y él siempre ha sido impulsivo. Un día sin más, renunció y dijo que quería vivir en otro lado. Eligió aquí y me convenció de acompañarlo. Decidimos venir juntos. Me encanta Europa y la extraño pero ya me acostumbré al sol y a la calidez de esta ciudad.

- ¿A qué se dedica tu amigo?

- Es bailarín.

- ¿En serio? Impresionante. ¿Dónde baila?

- Ahora participa en un espectáculo de flamenco en el teatro Mares. Él es el coreógrafo principal y sale en escena. También da clases de baile por las mañanas.

- Creo que lo iré a ver algún día – Michelle estaba muy sorprendida. Llegó nuevamente el mesero ahora con la orden lista. Esperaron mientras les servían y cuando se fue, Michelle continuó - ¿sabes? Nosotros tendremos un espectáculo de bailarines en la fiesta de aniversario del hotel.

- ¿Qué tipo de espectáculo?

- No será flamenco. Será algo con las danzas típicas de esta zona. También habrá un espectáculo tipo circense con malabaristas y trapecistas.

- Al parecer será una fiesta muy espectacular.

- Esperemos que sí.

- ¿Qué mas van a ofrecer?

- Umhh – Michelle empezó a contar – no queremos que sea una fiesta tan formal, queremos más bien que sea divertida y relajada. Se ofrecerá un buffet para que los invitados coman lo que deseen, la fiesta la daremos en la zona del hotel que está en la playa, abriremos la alberca y traeremos a un dj para amenizar cuando los espectáculos se acaben. Vienen algunos invitados influyentes como socios y amigos de negocios, pero también están invitados todos los empleados del hotel. Y vendrá la prensa.

- Suena divertido – Francis se imaginó el lugar, la fiesta y el ambiente. Por el tipo de ciudad, abundaban los eventos parecidos. Pero Francis solo había ido un par de veces a uno así.

- ¿Te gustaría venir? – Preguntó Michelle, adivinando sus pensamientos.

- ¿Q-qué? – Francis tartamudeó – No tienes que hacerlo Michelle, no me gustaría imponerme.

- ¡Pero no es ninguna imposición? Me gustaría que fueras. Te vas a divertir y conocerás gente. Trae a tu novia.

- Ah, eso – Francis se reclinó en la silla – en estos momentos no estoy saliendo con alguien.

- ¿Cómo es eso? – Michelle abrió los ojos. – Estoy segura de que le gustas a muchas mujeres.

- Bueno, Michelle, verás – Francis le sonrió. – en realidad, no estoy tan interesado en las mujeres. – Francis dejó que Michelle asimilara esa frase. Ella parpadeó y lo miró fijamente.

- Ya veo – dijo al fin.

- Sí. – Por un momento una ola de pánico surgió en Francis. ¿qué tal si esta chica era homofóbica y empezaba a insultarlo o algo?

- ¿Y no sales con alguien ya sabes… alguien más? – Michelle dijo en voz baja, como si temiera que todos la escucharan.

- No, por el momento no.

- Bueno, entonces es buena idea que vengas a la fiesta. – Michelle se retrepó en su silla y le sonrío - Tal vez conozcas a alguien. Y si no, puedes promocionar tu trabajo. Y te vas a divertir, habrá mucha gente y música y playa y todo. También puedes traer a un amigo. O dos o tres.

- ¿Eso no causará problemas en el banquete? – Francis sabía que era una pregunta tonta, pero debía asegurarse que Michelle fuera en serio.

- ¿Qué problemas?

- No sé, ya sabes, ya tienes el número de invitados y cosas así. – Francis trató de explicar. Michelle rió.

No Francis – le dijo aún sonriendo – como sabrás, yo puedo invitar a quien yo quiera. Te la vas a pasar bien. – le ofreció una sonrisa tranquilizadora.

Francis, que tenía el mal hábito de tratar de complacer a todos y ser agradable, aceptó ir, pero no estaba muy convencido. Michelle se dio cuenta, pero no dijo nada más. Cambiaron el tema de conversación y descubrieron que tenían muchas cosas en común ("como el mismo gusto en hombres" pensó Francis para sí en algún momento") y que era muy fácil para ambos mantener una conversación entretenida y ágil. Antes de irse, intercambiaron sus teléfonos.

Durante toda la semana siguiente, Francis se debatió en ir o no a la fiesta. Por una parte no quería ver a Arthur. Y estaba seguro de que Arthur no lo quería ver a él. Aunque tal vez lo podía evitar, entre tanta gente y actividades. Michelle era una buena chica solo algo ingenua, pero no era tonta y notaría algo raro si se diera la ocasión de coincidir los tres. Pero, le gustaría verla usando el vestido azul, ese era un vestido único, solo había diseñado ese modelo una vez. Finalmente ¡era una fiesta! ¿A quién no le gustaban las fiestas? ¿Qué haría? ¿Rechazar la invitación y probablemente terminar ofendiendo a Michelle? Podría decirle que tuvo algún otro contratiempo y seguramente ella entendería. Además ese día estaría ocupada entre los socios, la prensa y las actividades, probablemente ni siquiera se acordaría de buscarlo. Pero si iba corría el riesgo de ver a Arhtur y peor aún, que Arhtur lo viera. Por chat, Michelle lo había vuelto a invitar, sin insistir demasiado, pero mencionaba las viandas que se ofrecerían y los espectáculos. Estaba emocionada y contenta y era esperaba que todos los que la rodeaban compartieran su felicidad por el evento.


Pensando en eso, llego el fin de semana de la fiesta. Francis estaba vestido con un fresco traje de gala, checando los últimos detalles en el espejo, buscando algo que se le hubiera pasado por alto. Su look era impecable, de eso no había duda. En la mañana le había dicho a Antonio que iría a una fiesta en la playa: "Una clienta de la boutique me invitó", le dijo, cuando Antonio preguntó con quién iba. Tenía tiempo que Francis no salía con alguien por lo que, su amigo español se alegró de verlo hacer planes y conociendo gente. Michelle le había dicho que podía llevar a alguien, pero tras pensarlo muchas veces, decidió ir solo: cualquier cosa que fuera a pasar en esa fiesta, preferiría enfrentarla sin tener testigos. Después de desayunar y de pasar un poco de tiempo de relajación, Antonio se despidió de él, deseándole suerte en su fiesta y salió para dirigirse al teatro donde trabajaría ese día.

Francis checó el reloj, no tenía prisa ya que él era de los que consideraban bien el llegar "elegantemente tarde" a una celebración de este tipo. Se amarró el pelo en una cola de caballo suelta, con un listón color lila, dudando todavía sin ir o no. Fue varias veces a la puerta, decidido a salir y antes de tocar el pomo, regresaba buscando algún pretexto para quedarse. No estaba convencido del todo de que fuera buena idea. Finalmente, cansado ya de tantas vueltas, revisó sus bolsillos, asegurándose de llevar cartera, llaves y celular, abrió la puerta de la casa y se dirigió a su auto, de camino a la fiesta.

Michelle no mentía. La fiesta era fabulosa. Llegó justo a tiempo para el mencionado show circense y una vez que terminó, dio una vuelta por el lugar. Había música, un par de escenarios, un espectáculo de luces en la playa, algunas pistas de baile, lugares cómodos y acogedores para sentarse, mesas con comida y alcohol, y mucha gente por donde fuera que mirase. Todo estaba al aire libre. Francis, a pesar de no conocer a nadie, sabía agradar a la gente y no le costaba encontrar con quien hablar. Reconoció a una de sus clientas y se acercó a ella y así en menos de media hora, ya estaba platicando con un grupo de personas, riendo y contando anécdotas. Aproximadamente una hora después, ese grupo de gente había decidido que quería pasar tiempo en la playa. Francis, siendo Francis, no quiso bajar: no quería maltratar sus zapatos de piel (marca Lovino Vargas, un modelo clásico que el italiano malhumorado le regaló en un extrañísimo momento de generosidad. Francis los atesoraba y los usaba solo para momentos especiales) con la arena, así que decidió quedarse en el piso firme de madera, apoyado en un pilar en el extremo de la pista de baile más cercana al mar. Desde ahí se detuvo un momento a relajarse mientras le daba un sorbo al cóctel que había tomado de una mesa de bebidas. Volteando a ver toda la fiesta y buscando alguien con quien bailar o con quien pasar el rato, lo vio. Ahí estaba Arthur. Muy cerca de él, platicando con un par de señoras mayores. Les sonreía y parecía estar bromeando. En algún momento de la charla, hizo un gesto con la mano, como pidiéndoles que esperaran y dirigió su vista hacia todos lados, como si buscara a alguien, su mirada lo encontró al parecer sin prestarle atención. Pero no fue así: regresó su mirada a Francis y la posó en el un segundo. Palideciendo como si hubiera visto un fantasma y completamente desconcertado, le dijo algo a las señoras, con un gesto amable y se alejó de ellas. Francis pensó en huir, pero se quedó congelado en su sitio. Ya era demasiado tarde, Arthur venía hacia él, primero con la expresión totalmente interrogante, después la compuso en algo más serio.

- ¿Francis? – Tenía los ojos entrecerrados, como si no creyera lo que estaba viendo - ¿Qué haces aquí?

- Hola Arthur. Tanto tiempo sin verte. – Francis intentó parecer despreocupado. Levantó la copa que tenía en la mano y la dirigió en señal de saludo a Arthur. Éste la miro, levantó una espesa ceja y después compuso su expresión en una totalmente neutra, sin mostrar ningún tipo de emoción – Linda fiesta, debo admitirlo.

- ¿Qué haces aquí? – Repitió sin inmutarse.

- Fui invitado.

- ¿Por quién?

- Tu esposa – Francis tomó un sorbo de su bebida, indiferente.

- Mi… ¿mi esposa? ¿por qué? – Arthur esta vez levantó un poco la voz. Afortunadamente, con el ruido de la fiesta, nadie lo notó.

- Al parecer le agrado.

- ¿Por qué conoces a mi esposa?

- ¡Arthur! – Se acercó otra voz. Era Michelle. Ataviada con el vestido azul que se había ajustado para ella y una tiara pequeña en la cabeza, tal cual como Francis había sugerido. Le quedaba perfecto. Francis casi sonrío al verla. Pero ella se acercó a Arthur y le entregó una bebida, éste la recibió y le dio un sorbo mientras le ofrecía el brazo, ella lo tomó. Parecía que le diría algo, pero se detuvo al ver a Francis. Su mirada se iluminó - ¡Francis! ¡Viniste!

- Hola Michelle. – Francis le dirigió una sonrisa. – tal como dijiste, es una magnífica fiesta. Le comentaba a tu esposo lo bien que me la estoy pasando.

- ¿Ya los presentaron? – inquirió ella. Francis abrió la boca para decir que se acababan de conocer, pero Arthur fue más rápido.

- NO – Con voz firme pero mucho más fuerte que la de Francis, Arthur le contestó. – No sé quien es tu- Arthur lo barrió con la mirada - amigo.

- Es el diseñador que hizo este vestido – Michelle sin prestarle atención a los gestos de su esposo, señaló con sus manos la prenda que traía puesta. – Te platiqué que lo había invitado.

- Ah – Arthur recordó. – Es verdad.

- Francis Bonnefoy a su servicio, Mr. Kirkland – Francis le extendió la mano.

- Un gusto, Mr. Bonnefoy. – Arthur la tomó, dirigiéndole la misma expresión neutral pero su mirada era fría. Estrechó la mano con firmeza y fuerza. Luego volvió a dirigirse a su esposa – Amor, - le dijo – La señora Carter y la señora Glinton estaban preguntando por ti- Señaló en dirección a donde se encontraban las mujeres con las que Arthur había estado hablando previamente.

- Voy con ellas. Francis, discúlpame un momento, regresaré contigo en un rato – le dijo con una sonrisa de disculpa y empezó a alejarse. Antes de soltar completamente el brazo de Arthur, éste la retuvo un instante.

- ¿Amor, olvidas algo? – Le dijo mientras le sonreía. Michelle se detuvo. Se acercó a él, coloco una mano sobre su quijada y le dio un beso en los labios, con la mirada iluminada y coqueta. Dirigió una última mirada de despedida a Francis y se fue.

- Hacen bonita pareja – Francis comentó, señalando con la mano que tenía la copa hacía la dirección en la que hace un segundo estaba Michelle.

- Ya en serio, Francis ¿qué haces aquí? – En semblante de Arthur cambió a una mueca de fastidio en el momento que se posó sobre el francés.

- Ya te lo dije. Fui invitado. Michelle me invitó.

- Es la señora Kirkland para ti, Bonnefoy. Y deja tus juegos ¿qué pretendes con mi esposa? – Arthur lo miró con los ojos entrecerrados. Francis suspiró.

- Arthur, o debería decir, Míster Kirkland. No pretendo nada con ella, es una mujer agradable y nos hemos hecho amigos. Es todo.

- ¿Qué haces en esta ciudad?

- Aquí vivo.

- ¡¿Cómo así?! ¿Desde cuándo? – Arthur casi grito pero se contuvo a tiempo.

- Desde hace unos dos años. Llegué huyendo de Europa y te vine a encontrar. – el esbozo de una risa sardónica se mostró en su cara - Es un mundo pequeño, ¿no lo crees? – Francis terminó su coctel. Arthur colocó sus dedos pulgar e índice en el puente de su nariz. Después se pasó la mano por la cara.

- Desgraciadamente es así. Bueno, Señor Bonnefoy. – Arhtur carraspeó - Ha sido agradable volverlo a ver. – Un semblante desdeñoso se dibujó en su cara. Después volvió a la misma expresión neutral de antes – lamentablemente tengo que pedirle que se vaya. No se preocupe por mi mujer, yo mismo le diré que tuvo usted un imprevisto y debió irse, ella lo comprenderá. – dicho esto, vació el contenido de su bebida y le hizo un gesto con la mano a un hombre corpulento que estaba a unos metros de distancia y que, hasta ese momento, Francis no había visto. Éste se acercó – Archer, - le dijo al hombre – El señor Bonnefoy aquí, dice que tiene que llegar rápido a su casa, por favor, asegúrate de que llegue bien. – El hombre llamado Archer asintió. Sin decir nada más y sin voltearlo a ver, Arthur se alejó, Francis suspiró y se pasó la mano por el pelo. No le sorprendía en absoluto el giro que había tomado la noche. Archer lo acompañó hasta la puerta e iba a seguirlo hasta su auto cuando Francis lo interceptó.

- No es necesario que vengas. – le dijo con un tono serio que no permitía discusiones - No pienso regresar. – Subió a su auto, viendo por el espejo retrovisor que en efecto, Archer no lo seguía. El guardaespaldas evitó ir tras él, pero, mientras se alejaba, Francis vio como no le despegaba la vista. - ¡Merde! – Se maldijo Francis al mismo tiempo que se reprochaba a sí mismo. Se sentía humillado. Sabía, lo sabía, desde el principio fue un error ir.


En la fiesta, Arthur encontró a su esposa charlando alegremente con las señoras Carter y Glinton. Se unió a la plática y después sacó a bailar a Michelle. Bailaron por cerca de media hora, platicaron y coquetearon otra media hora más y no alejó la vista de ella en resto del tiempo, aunque no estuvieran juntos. La vio bailar con su grupo de amigas, acercarse a brindar con algunos invitados, platicar con otros, después para bailar otra vez con él, en fin, se mantuvo casi toda la noche ocupada.

Después de la media noche, Michelle estaba ligeramente mareada por las bebidas que había consumido. Apoyada contra la pared, tenía los ojos cerrados, una copa a medio tomar en la mano y los brazos entrelazados sobre el cuello de Arthur, que estaba tomándola de la cintura con una mano, la otra en su espalda y la cabeza apoyada en el espacio entre su cuello y hombro. Se habían apartado a un rincón más alejado de los demás, menos iluminado y donde no los veía nadie. Arthur comenzó a besar su cuello, Michelle ladeó ligeramente la cabeza permitiéndole el acceso y emitió un sonido de aprobación.

- ¿Crees que deberíamos volver? A la fiesta – Preguntó ella, con un tono de voz que evidenciaba que no quería regresar.

- ¿Para qué? – contestó él, bajando cada vez más la mano, hasta posarla de forma tentadora sobre la orilla del vestido, tirando un poco del cierre.

- Mmmm – Michelle exhaló un suspiro – Debemos de seguir hablando con los invitados. C-creo – Su voz se iba haciendo entrecortada.

- Ya hablamos con todos ellos. No nos extrañarán. Además – Colocó su otra mano sobre la cintura de ella, atrayéndola más hacia él – ya están todos demasiado borrachos. – Arthur buscó su boca, Michelle lo aceptó sin chistar y tras separarse, tomó otro sorbo de su copa, dejándola vacía. Lo miró a los ojos seductoramente.

- Creo que por lo menos debemos despedirnos de algunos.

- Te despides de ellos más tarde. No se irán, hay todavía alcohol para todos. – Arthur movió la mano que tenía en su cintura y la fue bajando lentamente hasta reposarla en la pierna de Michelle en donde empezó a hacer un sutil movimiento de arriba a abajo. Ella dio otro suspiro y volvió a besarlo. Luego de unos segundos así, Michelle pasó su mano sobre el pecho de su esposo, alcanzó la mano que estaba en su pierna y la entrelazó con la suya. Después se separó de él, sin soltarlo y lo dirigió hacia el elevador que llevaba a su suite.


Horas más tarde, Michelle estaba acostada sobre su lado derecho, con los ojos cerrados y su largo cabello extendiéndose sobre la almohada. Todavía se escuchaba el clamor de la música y la gente, varios pisos debajo de donde estaban.

- No quiero regresar a la fiesta – dijo adormilada.

- No regreses. – Arthur, que estaba frente a ella, tomó la orilla de la sábana que estaba en su cintura y la cobijó hasta los hombros.

- Debo desmaquillarme – se quejó con pereza.

- No pasa nada si no te desmaquillas un día – Arthur la abrazó por encima de la sábana que le acababa de poner.

- Entonces dame un beso – dijo ella, ya casi imperceptible. Arthur hizo lo que le pedía y cuando se separó de ella vio ya se había quedado dormida.

La siguió abrazando unos minutos más, contemplándola. Le encantaba verla así: había algo en su semblante después de hacer el amor que, para él, era cuando más bella se veía y se consideraba un hombre muy afortunado al ser el único que podía verla así. Después de un rato, se acomodó boca arriba, mirando al techo de la habitación, con la mano derecha debajo de la cabeza. Espero más tiempo hasta asegurarse que su esposa no se despertaría y se levantó de la cama con movimientos suaves, para no molestarla. Buscó algo que ponerse, encontró su ropa interior al lado de la cama y sacó una playera de algodón de un cajón, con esto puesto salió de la habitación. Había ropa tirada por todos lados, en el pasillo encontró el vestido azul que estaba hecho un manojo de tela arrugado. Lo miró con desdén, pero no se detuvo hasta llegar al bolso de Michelle, que, a pesar del desorden, estaba colocado en la mesa donde siempre lo dejaba, lo abrió y rebuscó por todos los compartimientos hasta que encontró el celular de su esposa. Lo desbloqueó (tanto el celular de ella como el de él estaban configurados para que ambos pudieran ingresar, le llamaban "confianza en el matrimonio") y con el corazón latiéndole con fuerza, abrió la aplicación de chat. Ahí encontró la conversación que tenía Michelle con Francis. No era muy extensa, seguramente llevaban pocos días hablando. La leyó. Soltó un suspiro de alivio, solo tocaban temas banales, se pedían recomendaciones de restaurantes y tiendas (eso explicaba porque de unos días atrás, Michelle de repente sabía a donde ir siempre que él le preguntaba cuando salían a comer fuera), películas, eventos turísticos que se realizarían en la ciudad, algunas veces él le daba tips de moda, también encontró algunos chismes de gente que al parecer conocían los dos, en general toda la conversación era relajada y no tocaba ningún tema complicado. Observó que Francis mencionó una vez a su amigo el bailarín que vivía con él (Antonio, sin lugar a duda, pensó Arthur). Guardó en su mente los lugares que Francis frecuentaba, con la intención de no pasar nunca cerca de ellos. En algún enunciado hablaban de Arthur, pero el diseñador le decía que no lo conocía y Michelle solo lo mencionaba cuando era necesario en la conversación. Esto no le molestó, Michelle era una mujer independiente y nunca había sido exageradamente posesiva o y solo era empalagosa cuando estaban solos, lo cual Arthur agradecía ya que odiaba las muestras públicas de afecto extremas. Al no encontrar nada preocupante en el chat, salió de la aplicación y buscó el contacto del diseñador. Copio los datos a su propio teléfono y dejó el celular de ella en su bolso. Estaba pensando en regresar a la cama, pero a pesar del cansancio, se sentía inquieto así que decidió ir a la cocina, en donde en uno de los cajones sacó una caja de cigarros, un pequeño cenicero y un encendedor. Michelle no era fumadora y detestaba el olor de cigarro en la casa, así que Arthur salió a la terraza de los elevadores, se recargó en el barandal de metal, y encendió el cigarro. Aún era oscuro pero el cielo se estaba aclarando cada minuto y abajo en dirección a la fiesta, todavía se veían algunos puntitos moviéndose, eran las personas de "carrera larga" que no se irían probablemente hasta bien entrada la mañana. Arthur se puso a pensar: no sabía qué hacer. Creía que nunca vería a Francis otra vez. Ya no importaba, ni siquiera lo recordaba bien, había pasado demasiado tiempo y ahora solo era una mala memoria de una de las épocas más oscuras de su vida. Pero consideraba que cualquier reencuentro con el francés no sería agradable, en ninguna circunstancia. ¿Debería prohibirle a Michelle hablar con él? Su esposa trabajaba demasiado, era adicta al trabajo, igual que él. Pero a diferencia de Arthur, que se relajaba y se distraía con el exceso trabajo, ella lo hacía por otras razones: quería demostrarle al mundo que era tan capaz de administrar un hotel como cualquier otro miembro de su familia; por lo tanto, siempre cumplía con sus obligaciones laborales, pero al final del día se le veía exhausta y al ser extrovertida, muchas veces necesitaba la compañía de otras personas que la ayudaran a despejarse. Apenas tenían dos meses viviendo aquí, él no era muy sociable y solo se sentía cómodo cuando salía con ella y aunque podía comportarse a la altura en fiestas como la de esta noche, siempre prefería la tranquilidad de su sala con un buen libro después de una larga jornada trabajando. Era entendible que ella quisiera pasar el tiempo con otras personas. Y ahora resultaba que, en lugar de buscar la amistad de otras mujeres con vidas parecidas a la suya, se había hecho amiga de ese francesillo pretencioso y presumido. Podía inventar algo para decirle a Michelle para que no siguiera buscándolo. Pero al mismo tiempo quería seguir con la farsa de no conocerlo, no quería darle ningún tipo de explicación a ella de porqué sabía de su existencia. Y mientras Francis siguiera en la misma charada, las cosas estarían más o menos bien, por lo menos durante un tiempo. No era necesario que se vieran y Michelle no tendría porque enterarse de nada. Aun así, seguía con dudas. Pensando en esto, terminó su cigarro. Se sentía cansado, el día anterior había sido interminable y no tenía caso seguir dándole vueltas al asunto de Francis, en este preciso momento no había nada que se pudiera hacer. Era una lástima perderse el amanecer con una vista tan agradable, pero quería acostarse y despertar sin interrupciones hasta que el sol estuviera brillando por todo lo alto. Con esto en mente, apagó la colilla del cigarro en el cenicero, lo tomó y entró a su departamento. Tras vaciar el contenido del cenicero en la basura y dejarlo en el fregadero, se dirigió a la cama, Michelle dormía profundamente. Se acostó al lado de ella y tras dar algunas vueltas se quedó dormido.

Nota: En esta historia hay los personajes menores son OCs. Usaré a los personajes de Hetalia solo para papeles principales.