La boutique abría de lunes a sábado a las 10:00 am. Era Erica quien la abría ya que Francis acostumbraba llegar después de las 11:00 am. El lunes después de la fiesta, no fue la excepción. Eran cerca de las 11:15 una vez que Francis ya se había sentado en su escritorio, esperando a que su computadora se encendiera para empezar el día cuando Erica abrió la puerta de su oficina sin tocarla y entró sin cerrar la puerta. Se veía un poco alterada.
- Señor Bonnefoy, alguien quiere verlo – Dijo.
- ¿Quién es?
- No quiso presentarse, pero insiste en querer hablar con usted. Se está portando muy impaciente – Abrió mucho los ojos y empezó a decir en voz baja – Creo que es el esposo de la señora Kirkland - Se abrió la puerta sin mas preámbulos y entró Arthur, con actitud mandona e imponente. Estaba vestido con una camisa color menta claro y pantalones de lino color verde oscuro. El clima tan cálido no permitía ropa más gruesa.
- Bonnefoy – Dijo Arthur a modo de saludo. Tenía el semblante serio aún menos relajado que en la fiesta, si es que eso era posible. Miraba a Francis hacía abajo, como el hombre rico, acostumbrado a dar órdenes que había sido toda la vida. Se acercó al escritorio sin prestar atención a Erica – Necesito hablar contigo. – Francis se enderezó en su silla detrás del escritorio, juntó los índices de sus manos y observó a Arthur. Luego vio a Erica que tenía una expresión preocupada. Le dirigió una mirada tranqulizadora.
- Está todo bien Erica, no debes preocuparte. Por favor, déjanos solos. – Una vez dicho esto, Erica miro a Arthur inquieta, pero hizo lo que Francis le pedía. El diseñador esperó a que la puerta estuviera cerrada. - ¡Arthur! Qué gusto de verte, siéntate por favor. – señaló una de las sillas enfrente de su escritorio - ¿Te ofrezco café?
- Déjate de tonterías – Espetó Arhtur - ¿Qué quieres con mi esposa?
- ¡Otra vez con lo mismo! Ya te dije. Es una amiga ¿quieres ver nuestra conversación por chat? – dijo, tomando su celular para desbloquearlo.
- Ya la vi.
- ¿Revisas el celular de tu mujer? ¡Tan poca confianza la tienes! Debe ser hermosa su relación – dijo en tono sarcástico.
- Cállate. – Arthur casi escupió la palabra – No sabes nada. ¿Por qué sigues hablándole?
- Pregúntale a ella qué quiere conmigo. Ella es la que me busca ¿sabes?
- Te estoy preguntando a ti.
Francis suspiró. Esta plática no llegaría a ningún lado
– Resulta que Michelle y yo nos caemos muy bien. - explicó - Tenemos muchos temas de conversación. Para mi es muy fácil hablar con ella. ¿Cuál es el problema? ¿Acaso estás celoso de mis encantos?
- Pffff – El inglés le dedicó una mirada burlona y lo miró de arriba a abajo – No hay nada que tú puedas ofrecerle.
- Eso es lo que tú crees – Francis se retrepó en su silla, con una expresión de superioridad.
- ¿Eso es lo que quieres? ¿Enamorarla?
- La verdad, no. No me interesan las mujeres. Creía que eso ya lo sabías.
- ¿Entonces?
- Arthur, ¿a qué le tienes miedo? ¿A qué tu esposa descubra tu pequeño secretito? – Francis casi rio al ver la expresión de Arthur: primero se puso pálido, pero no duró más de un segundo. Después entrecerró los ojos y se empezó a poner rojo de ira. Habían pasado tantos años y todavía era totalmente predecible.
- ¡Te dije que te callaras! – Dio uno de esos murmullos que son casi gritos y cerró los puños. Se notaba que le costaba mucho trabajo calmarse.
- Eres tú el que viene a mi taller a gritarme y cuando te contesto, no quieres escuchar. Típico de ti. Es más, típico de tu familia – Francis también empezaba a impacientarse con este visitante.
- Claro, tú eres experto en las tradiciones de mi familia. – Arthur usó un tono despectivo.
- Por supuesto. He estado más en contacto con ellos de lo que me gustaría. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Amenazarme para que me aleje de Michelle? ¿Enviarme a tus matones para obligarme a que me aleje como lo hiciste el sábado?
- No seas llorón. No planeo hacerte nada.
- ¿No? – Francis lo miró muy sorprendido. Estaba seguro de que ese era el propósito de su visita.
- No – Arthur estaba muy serio – Pero te voy a tener vigilado. Todo lo que le digas, a donde vayas con ella, todo, me voy a enterar.
- Das miedo.
- ¿Quieres que te amenace entonces? – Arthur plantó las dos palmas de sus manos en el escritorio y se inclinó hacia él, en una pose amenazadora - ¿Qué te diga que destruiré tu hermosa boutique si no te alejas de mi familia?
- No lo quiero, pero me sorprende qué no lo hagas. – Francis se sinceró. Arthur se empezó a reír.
- ¡Ya sé! – dijo Arthur, enderezándose y como si se le hubiera ocurrido una idea - Lo que esperas es que te ofrezca dinero ¿verdad? – La voz del inglés era fría – Total, ya lo has hecho antes, eres experto en sacarle dinero a la gente. ¿Cuánto quieres? Tal vez te deje un cheque en blanco y cuando escribas tu precio, lo podríamos considerar – Emitió una sonrisa, fría y calculadora e hizo ademán de buscar en sus bolsillos. Francis se enfureció con esta suposición.
- No quiero tu dinero. – Francis casi estaba apretando los dientes.
- ¿Estás seguro? – Arthur dio un vistazo de arriba hacia abajo y alrededor de la oficina, barriéndola con la mirada - ¿No crees que le falta algo más de inversión a este lugar?
- Es perfecto para mí – Francis no entendía porque continuaba siguiéndole el juego.
- Como digas – Arthur se encogió de hombros. – Como sea, no te iba a dar nada. Sigue hablando con Michelle si quieres, me da igual. Pero a ella no la involucres en nada que tenga que ver con nosotros. Me refiero a nada que tenga que ver con tú y yo.
- ¿Qué podría haber?
- No va a haber nada. No quiero volverte a ver ni saber de ti.
- Comparto el sentimiento.
- No le pidas a ella nada tampoco. Me enteraré si lo haces.
- Por supuesto – repitió Francis, la sangre le hervía, pero mantuvo la calma - ¿Algo más? – dijo de forma condescendiente.
Por un momento, Arthur no dijo nada. Siguió observando la oficina, con fingido desinterés. Francis no se atrevía a decir nada más, pero ya quería que se fuera de su oficina.
- No vigilo a mi esposa – Dijo Arthur finalmente, con voz mas tranquila.
- ¿Cómo? – Francis no entendía de qué estaba hablando.
- Que no vigilo a Michelle. No tengo aplicaciones espejo en su celular ni reviso todo lo que hace. Tampoco tengo espías contratados para seguirla. Ella hace lo que quiere.
- ¿Por qué me dices esto?
- Por lo que te dije antes – Arthur colocó sus dedos índice y pulgar sobre el puente de su nariz y cerró los ojos un instante. Siempre había tenido ese hábito, recordó Francis, sin querer. Pero se veía más tranquilo – Me enteraré de lo que le digas por lo que me comente ella, solo eso. Ella me platica todo.
- Ok – Francis no entendía el súbito cambio de comportamiento de Arthur.
- Así que habla con ella de lo que quieras. No me importa. Yo no te molestaré si tú no me molestas a mí. – Arthur, que en ningún momento se sentó, dio la vuelta para irse.
- ¿Qué vas a hacer si le digo a Michelle acerca de nosotros?
- No hay ningún "nosotros". No le dirás nada de algo que no existe.
- Se podría enterar de tu pasado.
- Serías muy ingenuo si creyeras que no lo sabe. Pero te debo aclarar, si cruzas cualquier línea con ella y te pasas de listo, te voy a partir la cara. Personalmente. – dicho esto, el inglés abrió la pueta de la oficina y salió.
Francis se quedó un momento con la miraba fija en la puerta que Arthur cerró tras de sí. Erica entró minutos después, preocupada. Le preguntó que qué quería el señor Kirkland, y él la tranquilizó, diciéndole que no era nada, que lo había conocido en la fiesta y al parecer era uno de esos celosos posesivos y había venido a averiguar la relación que tenía con Michelle. Pero no había pasado a mayores y había conseguido hacer que se calmara. Era una verdad a medias, pero era todo lo que podía decirle. Con esto Erica se quedó mas serena y Francis, cuando la chica regresó a su puesto de trabajo, exhaló un suspiro. La semana no había empezado como esperaba. Tratando de despejar su mente, se puso a trabajar. Varias horas después, mientras pulía algunos bocetos, su celular timbró. Le había llegado un mensaje. Francis lo abrió para ver. Era de Michelle.
- No te vi después en la fiesta.
Francis sintió como si le hubiera caído algo frío en el estómago. No estaba seguro de querer contestarle ni de querer seguir frecuentándola. Estaba causando demasiados problemas y ni siquiera se conocían tan bien.
- Tuve un contratiempo y me fui. Disculpa.
- Oh, no te preocupes. Me alegra que hayas ido. ¿Está todo bien?
- Sí, gracias.
- ¿Y te divertiste en el tiempo que estuviste en la fiesta?
- Claro, estuvo muy entretenida. – Era verdad, Francis pensó. Antes del fiasco con la interacción con Arthur, se la había pasado muy bien.
- Me alegra saber eso. ¿Probaste el cóctel de coco?
- No, pero probé uno de mango.
- Ah, ese, estaba muy rico, pero mi favorito fue el de coco. Debiste probarlo.
- En otra ocasión será.
- Eso espero. Este sábado es mi fiesta de cumpleaños. Me gustaría que vinieras, pero ya sabes que es sorpresa y se supone que no se nada.
- Jajajaja, no pasa nada.
- Puedo insinuarle a Arthur que te invite.
Tras leer eso, el francés hizo torció el gesto con disgusto. "Qué bueno que no nos estamos viendo a la cara" pensó.
- Gracias, pero ese día voy a salir.
- ¡¿Tienes una cita?! :O
- No, más bien es una reunión con unos amigos.
- Bueno, espero que te diviertas. Por cierto, uno de los invitados me ha estado preguntando por ti.
- ¿En serio? ¿Quién?
- Me está diciendo que platicaste con él. Me lo está diciendo en este momento, en otro chat. Quedó muy interesado al parecer. Dice que hablaron de vinos en la fiesta.
- Ah, ya, sí lo recuerdo.
- ¿Quieres que te pase su contacto? Sabes qué, ¿Qué te parece si nos vemos para comer? Así te platico todo, con mas calma.
- Me encantaría - ¿Por qué no podía decirle que no a esta mujer?
- ¿Cuándo puedes? Yo tengo libre mañana y el miércoles.
- El miércoles está bien.
- ¡Muy bien! Pasaré por ti.
Con esto se despidieron. Francis estaba trabajando y al parecer Michelle también estaba ocupada. No sabía que pensar de ella. Estaba rodeada de gente, pero lo buscaba a él. Le intrigaba esta actitud. Pero no pasaba nada si seguía interactuando con ella y Arthur ni siquiera lo había prohibido "como si fuera a hacer lo que Arthur ordena", pensó. También era un enredo la actitud del inglés. Primero actuaba furioso y amenazador y luego se calmaba y se portaba como si buscara alguna tregua. Era desconcertante. Realmente hubiera preferido no volverlo a ver. La familia Kirkland siempre causaba problemas sin importar el suelo que pisaran.
Trece años antes
Cuando Gilbert cumplió veinte años quiso celebrarlo un festejo legendario. Casi lo consiguió. La fiesta duró fin de semana completo de enero, debido al clima frío no se hizo al aire libre, en su lugar se rentó todo un club nocturno del centro de Berlín y se organizó un evento que más que fiesta, parecía un festival de música. Para amenziar, contrataron DJs de renombre para una sala del club, en otra había una sucesión de bandas de metal y en otra sala se escuchaban, cantantes de género urbano. Todo lo que el apellido Bieldschmit pudo pagar. Hubo ruido, comida, alcohol, luces y por supuesto, muchísimos invitados. Los jóvenes de la familia Kirkland no pudieron faltar. Ahí estaba Arthur, de apenas diecisiete años, gritando, bebiendo y saltando como un loco, como todos los demás. En algún momento de la noche mientras brincaba entre un montón de gente se acercó a una persona rubia de pelo largo. Entre la oscuridad del club y su visión borrosa por el alcohol, no pudo distinguir si era hombre o mujer. No importó, el desconocido (¿o desconocida?) parecía igual de ebrio que él y empezaron a brincar – bailar juntos. Poco a poco se fueron acercando y cuando menos lo esperaba, la otra persona lo tomó por la cintura. Sin pensarlo, Arthur entrelazó sus brazos alrededor del cuello del extraño y éste le dio un beso en la boca. Sintió el esbozo de una barba de tres días en su quijada. Era un hombre. Interesante. Arthur respondió el beso. Durante un tiempo se besaban y a ratos se apartaban para seguir bailando, pero conforme fue pasando la noche, se besaban cada vez más y bailaban menos hasta que, el desconocido se separó y le dijo algo al oído, Arhtur no entendió nada, pero asintió con la esperanza de que fuera una pregunta de las que se responden con un sí o no. Esto hizo que el extraño lo tomara de la mano y lo guiara hacia otro lugar, uno más apartado y con menos ruido, pero también menos iluminación: era una especie de cuarto de instrumentos que no se usaban y que estaban abarrotados en un rincón. Se sentaron en unas bocinas a modo de sillón y volvieron a besarse, en medio de la batalla de lenguas y labios, se separaron para tomar aire y mientras Arthur le daba otro trago a su cerveza, el extraño dijo algo, otra vez Arthur no entendió. Tardó en darse cuenta de que este sujeto no estaba hablando en inglés y con esa revelación parpadeó.
- Fuck – dijo arrastrando las palabras – You are a frog.
- Quoi? – el extraño lo miró con los ojos un poco perdidos.
- No importa – dijo Arthur – Solo no hables en francés.
Arthur se volvió a acercar a él y siguieron donde se habían quedado. Las cosas iban subiendo de tono muy rápido, la boca de cada uno explorando y las manos indagando el cuerpo del otro, primero tímidamente pero pronto se atrevieron a deslizarse por debajo de la ropa. La cabeza de Arthur estaba nublada pero su cuerpo respondía a los avances del otro mientras su boca emitía sonidos de satisfacción. Se habían movido al piso, que era más cómodo que esas bocinas y Arthur estaba sentado, inclinado hacia atrás, una mano apoyada detrás de su espalda y la otra entrelazada en el cabello del chico que estaba casi encima de él, acomodado en su regazo y besándole el cuello con fuerza. Un gemido de sorpresa salió de su boca cuando el otro le mordió la vena del cuello, en una de las zonas más sensibles para el inglés. Eso dejaría marcas, pero en ese momento tal acción lo emocionó en lugar de molestarlo. Entre la excitación y el alcohol, los movimientos de ambos se estaban haciendo torpes, pero eran igual de apreciados, Arthur colocó su mano libre sobre el borde del cinturón del otro, estaba intentando desabrocharlo cuando un movimiento externo los sobresaltó a los dos.
Un sonido como de una alarma y una vibración empezó a sentirse en el bolsillo de su pantalón. La mente de Arthur estaba tan perdida que tardo varios segundos en darse cuenta de que era su celular; alguien le estaba marcando. No quiso contestar. Quien fuese, podría esperar hasta mañana. Regresó a besar al desconocido, que lo aceptó sin chistar, cuando el teléfono sonó nuevamente.
- ¡Fuck! – dijo, sacando el celular para apagarlo. No vio quien llamaba y estaba tan desorientado que tardó en desbloquear el teléfono para oprimir el botón de apagado. Se dio cuenta que quien sea que estuviera contactándolo no se daría por vencido, ya que no dejaba de llamar.
- Tal vez deberías contestar – le dijo el extraño, que ya se había apartado de él y estaba recargado en una de las bocinas mientras lo veía maniobrando con el teléfono. Arthur no dejó de maldecir. Contestaría, mandaría a quien le estuviera marcando al carajo y continuaría con lo que estaba haciendo. Con más calma miró el celular, que seguía sonando insistentemente y maldijo el nombre que vio en la pantalla: Patrick. Por supuesto. ¿Quién más arruinaría un momento así? Solo los idiotas de sus hermanos tenían esa capacidad. Oprimió el botón para contestar la llamada.
- ¿Qué quieres? – Contestó malhumorado.
- Arthur ¿dónde estás?
- En la fiesta ¿dónde más? – Su tono era agresivo, sin una pizca de amabilidad y debido al consumo de alcohol, continuaba arrastrando las palabras. - ¿Qué quieres? – repitió.
- Decirte que Alistair y Owen se metieron en una pelea. – la voz de Patrick también tenía el dejo mal articulado de un borracho al hablar, pero mucho menos que Arthur.
- ¿Y a mí que me importa?
- Arrestaron a Alistair y alguien le rompió la nariz a Owen. Voy a la delegación a buscar a Alistair para sacarlo, pero se llevaron a Owen al hospital y necesito que vayas.
- Arghhh – Arhtur exclamó con fastidio y mirando al techo - ¿Tiene que ser ahora?
- No, Arthur, ve mañana cuando salga el sol y los pajaritos estén cantando en los árboles. Por supuesto que tiene que ser ahora.
- ¿Por qué tengo que ir yo? Owen no se va a morir por una nariz rota. Y no me van a dejar entrar al hospital.
- Usa tu ID falsa, para eso la tienes. Ve a comprobar que esté bien.
- No quiero.
- Yo tampoco quiero, pero si no lo hacemos, van a llamar a nuestros padres y vamos a meternos en un lío con ellos.
- Que los llamen, qué me importa.
- Arthur…
- Está bien – Arthur exclamo abatido – pero me deben una muy grande.
- Te mandaré la dirección del hospital por mensaje, toma un taxi para ir. Márcame cuando llegues al hospital. – con esto, Patrick colgó el teléfono. Arthur se quedó mirando aturdido la pantalla, tardando en procesar lo que acababa de pasar.
- ¿Todo bien? – preguntó el extraño, que había visto el intercambio desde su lugar en la bocina.
- Tengo que ir al hospital porque el estúpido de mi hermano se metió en una pelea.
- ¿Crees que esté bien?
- Claro, no se va a morir. Solo que les encanta fastidiarme – Arthur sintió vibrar su celular nuevamente: era el mensaje de Patrick con la dirección del hospital. Se pasó las manos por el cabello y empezó a levantarse, el extraño se levantó con él. Mientras se acomodaba la ropa, el chico tomó su mano y extrajo su celular que seguía desbloqueado. Tecleó algo y después se lo entregó.
- Toma – le dijo – llámame cuando te desocupes. Quizás podamos continuar con mas calma. – le guiñó un ojo.
- Te llamo después. – Arthur terminó de arreglarse, tenía el pelo despeinado y la ropa arrugada, pero era lo mas presentable que podía estar esa noche. Antes de irse se acercó al extraño y le dio un último beso de despedida que el otro respondió atrevidamente. – Nos vemos – empezó a alejarse cuando escuchó:
- Au revoir.
El ojo izquierdo de Arthur dio un pequeño tic. "maldito francés", pensó.
Gilbert podía ser irreverente pero no era irresponsable. Tampoco su familia. Como todos sabían que los invitados saldrían de la fiesta en distintos estados de intoxicación, se contrató un servicio de taxis particulares que se quedaría afuera del club toda la noche, para que, en caso de necesitarlo, llevar a los invitados a sus casas, hoteles o donde fuera que se estuvieran quedando. Arthur tomó uno de esos taxis para ir al hospital. El chófer era un alemán que no lo conocía y por tanto, no estaría diciéndole a todos que había llevado a un Kirkland borracho al hospital, lo cual era un alivio. Ya en el lugar batalló poco para saber dónde y cómo estaba Owen. Al principio dudaron en atenderlo, pero tal como dijo Patrick, sacó su ID falsa (que había adquirido para poder comprar alcohol o entrar a clubes siendo menor de edad y no para visitar al ebrio de su hermano golpeado en una clínica) y lo recibieron. Una enfermera miró su semblante de borracho con desdén y lo llevó a un cuarto en el que Owen descansaba en una camilla, con un vendaje sobre la nariz y algunos parches aquí y allá en su cara y brazos. Debido al alcohol y al analgésico que seguramente le dieron, se había quedado dormido y la enfermera le dijo que ya habían parchado su nariz y que seguramente en unas horas lo darían de alta. Después la mujer se fue, dejándolo solo con su hermano. Arthur sacó su celular, le mandó un mensaje a Patrick para decirle que Owen estaba bien y al no tener nada mejor que hacer, se subió a la camilla vacía que estaba al lado de su hermano, no pudo dormir, la cabeza le daba vueltas y mientras se acomodaba buscó en el teléfono el número del chico desconocido. Ahí estaba bajo el nombre de Francis. "Pff", pensó Arthur "qué nombre tan mas francés". Se puso a ver otras aplicaciones mientras la noche se iba convirtiendo en día lentamente. Probablemente no volvería a ver a este chico así que, tras pensarlo un par de veces, eliminó su contacto y se olvidó de él.
Ese mismo día ya con el sol en alto y después del almuerzo, los cuatro hermanos se dirigían en un taxi al aeropuerto de Berlín, para tomar el avión de regreso a Londres. En el hospital dieron de alta a Owen al señalar que su estado no era preocupante y le recetaron algunos analgésicos y desinflamatorios. Alistair fue liberado de la celda tras pagar una fianza y firmar en algún libro que "no volvería a meterse en problemas en los espacios públicos de Alemania". Pero estaba feliz, carcajeándose a pesar de tener un ojo hinchado y una herida abierta en la comisura de la boca, contándoles cómo se salieron del club en un arrebato de borrachos porque un tipo que acababan de conocer empezó una pelea con otro tipo por una discusión sobre autos. Terminaron en un zafarrancho de veinte personas en donde todos se golpeaban contra todos hasta que alguien decidió llamar a la policía y así fue como se arruinó toda la diversión.
Arthur lo escuchaba mientras veía pasar la ciudad por la ventanilla del auto, con la cabeza martillándole por la resaca, sin poder soportar el ruido que hacían las risas de sus hermanos. Estaba en el asiento de atrás, Patrick que iba al lado de él se le quedó mirando, escrutándolo hasta incomodarlo, lo que ocasionó que Arthur volteara para decirle que qué tanto le veía cuando su hermano puso una expresión burlona y luego tiró del cuello de su camisa.
- ¡Pero miren nada más al pequeño Artie! ¡Con razón no quería irse ayer del club! – Soltó una carcajada mientras mostraba a todos el cuello de Arthur, lleno de mordidas de pasión y moretones.
- ¡Déjame en paz! - Arthur se puso rojo, aventó a Patrick e intentó acomodar su camisa, pero ya era demasiado tarde. Los otros tres lo habían visto. Empezaron a soltar aullidos y carcajadas mientras veían la cara fúrica del menor, que trataba de esconder las marcas en su cuello.
- Pat – dijo Alistair riéndose - ¿para qué lo molestaste pidiéndole que fuera a ver a Owen? Lo hubieras dejado, se la estaba pasando mejor que nosotros.
- Aww, el pequeño Artie ya es un hombre – Owen secundó las burlas - eso es aprovechar muy bien el tiempo. ¡Felicidades! - Levantó el pulgar hacia arriba e intentó sonreír con satisfacción, pero el dolor de la nariz lo impidió. Arthur hubiera emitido una risita al verlo sufrir, de no ser por las expresiones de los demás hacía él.
- Ahora me siento como un perdedor – dijo Alistair .- nosotros peleando mientras Artie estaba teniendo suerte.
- Arthur – dijo Patrick en un tono que intentaba ser serio, pero no podía – para la próxima, hay un hotel atrás del club. No es higiénico estar haciendo esas cosas en los baños sucios de los clubes.
- Argghh – Arthur le lanzó miradas asesinas a sus hermanos mientras estos seguían riéndose a sus expensas. Le dio un codazo a Patrick y éste se quejó, pero no dejó de reír. Hasta el chófer del taxi se reía. Qué humillación. – Váyanse al diablo ya – dijo malhumorado.
Así, continuaron hasta que llegaron al aeropuerto. En el avión cambiaron los ánimos, los cuatro estaban cansados, y aprovecharon el viaje para dormitar hasta llegar a casa.
Si los hermanos creían que sus aventuras en la fiesta de Gilbert no llegarían a oídos de sus padres, estaban muy equivocados. Fue en la siguiente cena familiar cuando su madre arremetió contra los dos que estuvieron involucrados en la pelea, sobre todo contra Alistair, diciéndole que era casi una ignominia que, siendo el mayor haya terminado así, ya era hora de entender que no podía seguir haciendo esas niñerías, ya estaba grande, a punto de tener un hijo y su novia, que en unos meses sería su esposa no tenía porque soportar ese comportamiento, mucho menos siendo él un miembro de la familia Kirkland. Finalmente remató con que era ilógico que Arthur, que era el mas chico haya sido el que mejor se comportó y eso que supuestamente Alistair debió de haberlo cuidado y no al revés. Owen estaba a punto de decir que "Arthur también se había emborrachado y casi terminaba en la cama con quién sabe quién", pero se contuvo al ver la mirada de Alistair. De cierta forma, quería proteger a su hermanito, un desliz de vez en cuando no era malo y guardar el secreto ayudaba a formar ese vínculo con Arthur que Alistair quería tener y que Arthur se resistía a construir debido a la desconfianza generada por la indiferencia que era tan común en su familia.
A pesar de su enorme fortuna e influencia en los negocios, la familia Kirkland era muy selecta con sus apariciones públicas. No salían mucho en portadas de sociales y solamente permitían la entrada de la prensa a su vida cuando era estrictamente necesario siendo la mayoría de las veces solo para noticias empresariales. Pero eso no quería decir que fueran aburridos. Los jóvenes sabían divertirse, pero se les educaba para ser responsables. De esta manera Arthur, como todos los Kirkland supo equilibrar su último año de desenfreno en el bachillerato con los estudios y con el esfuerzo suficiente, aprobó todos sus exámenes y cuando menos lo pensaba, ya estaba caminando por los pasillos de Cambridge, listo para empezar su vida universitaria. Fue durante una tarde de los últimos días de verano, en la primera semana de clases cuando Arthur, junto con un par de amigos que acababa de conocer, fue a dar una vuelta a la feria de clubes de actividades extracurriculares que ofrecía la universidad.
Había de todo, eran pasillos interminables de stands, cada uno con distintas actividades tal como fútbol, danza, canto, periodismo, incluso vio uno que ofrecía clases de acupuntura. Iba distraído leyendo un folleto que le había dado el stand de poesía cuando se detuvo ante un stand lleno de gente: era el que ofrecía el club de remo. Muchos jóvenes estaban mas que dispuestos a entrar a ese club, eran tantos que obstruían el paso del pasillo, de manera que Arthur decidió rodear por atrás de otro stand y sacar su celular para localizar a los amigos que había perdido entre tanta gente. Llegó a otro pasillo, mas calmado, se detuvo frente a un stand para buscar su teléfono cuando al levantar la vista a ver qué ofrecía este, vio a un muchacho, un par de años mayor que él, rubio con el pelo amarrado en una cola de caballo en la nuca y con un mandil lleno de manchas de pintura. Dio una mirada rápida al stand y vio que en distintas mamparas y caballetes había varios cuadros pintados con óleos y acuarelas. El sujeto lo observó un momento y le dedicó una sonrisa encantadora.
- Bonjour – le dijo con los ojos brillantes – bienvenido al quiosco del club de pintura.
- ¿Te conozco? – dijo Arthur. Había algo en este tipo que se le hacía familiar.
- Non – el extraño lo vio fijamente – no que yo sepa – miró su cara, reparando en los grandes ojos verdes de Arthur y evidentemente en sus inconfundibles cejas; abrió los ojos, como si recordara algo. Un ligero rubor se mostró en sus mejillas. Entrecerró los ojos: parecía recordar ahora. – No me llamaste.
- ¿Disculpa?
- No me llamaste. Nos conocimos en la fiesta de Gilbert Bieldschimt.
- ¿De qué hablas? – Arhtur parecía perplejo, a decir verdad, no recordaba mucho de esa noche.
- Estuvimos juntos ¿no recuerdas? Bailamos y nos besamos.
- ¡Qué! – Ahora el ruborizado era Arthur. De repente los recuerdos llegaron a su mente. - ¿Eras tú? – El extraño hombre/mujer de pelo largo que al final resultó ser hombre con el que casi se acuesta de no haber sido por el desastroso comportamiento de sus hermanos. - ¿qué haces aquí?
- Aquí trabajo. – señaló el stand en el que estaba.
- ¿Trabajas aquí? ¡Creía que los stands eran promovidos por alumnos!
- Así es, le ayudo a una de mis amigas con la clase de pintura. Ella sí estudia aquí. Tal vez la conoces, se llama Fiorella Vargas.
- Sí, la conozco – dijo Arthur pensativo: conocía a la familia Vargas, eran cercanos a los Kirkland. Fiorella era prima de Lovino, su compañero de cuarto en el internado y sí bien sabía que ella también estudiaba en Cambridge, no pensaba que la fuera a encontrar tan pronto. - ¿dónde esta ella? – dijo, mirando alrededor del stand.
- Fue a buscar algo de comer. Le dije que yo resguardaría el quiosco en lo de mientras.
- Ya veo…
- Así que… me llamo Francis – dijo el francés.
- Soy Arthur - Un silencio se extendió ante ellos – Cambié mi celular – empezó a decir – y perdí todos los contactos que tenía – era una verdad a medias. Era cierto que había cambiado de teléfono, pero no le diría que no había tenido intención de llamarle y por eso había eliminado su número de sus contactos. – Por eso no te llamé.
- Me hubiera gustado continuar, ya sabes – empezó a decir Francis con voz seductora – donde nos quedamos. Arthur abrió mucho los ojos mientras tragaba saliva.
- Ehh – dijo inteligentemente.
- ¿Qué te parece si nos vemos un día de estos? – Francis sugirió. Arthur, se volvió a poner rojo.
- No lo sé – se jaló el cuello de la playera. De repente sintió una ola de calor. Al ver esto el francés soltó una carcajada.
- No tienes que ponerte tan nervioso. Te prometo que nos la pasaremos muy bien – le guiñó uno ojo. Esto provocó que Arthur frunciera el ceño.
- Cállate – empezó a decir. – tengo que irme – dio la vuelta para salvar su orgullo y alejarse del stand.
- Espera – Francis hizo el ademán de jalar su brazo para impedir que se fuera, pero no lo tocó. El inglés se detuvo y lo miró – ¿qué te parece si nos vemos para comer o tomar algo? Para platicar y conocernos. – Al ver que Arthur dudaba, tomó uno de los folletos, garabateó su número y se lo entregó – Llámame. Lo digo en serio, me gustaría mas de ti. Aparte de que eres un buen besador.
Arthur tomó el folleto, seguía con la cara roja. Afortunadamente llegaron otros alumnos a preguntar por las clases de pintura, por lo que tuvo la oportunidad perfecta para retirarse de ahí. Antes de irse vio a Francis que colocó su mano en forma de teléfono en su oreja, murmurando un "llámame" con los labios. Sin asegurar nada, guardó el folleto en su mochila y se dispuso a buscar a sus amigos.
