Nota 1: Este capítulo y el siguiente estarán ubicados en el pasado, no habrá escenas del presente.
Nota 2: Si tomas no manejes. Es en serio. Nunca.
Los padres de Francis tenían una granja ganadera en el suroeste de Francia. Era un lugar extremadamente rural, muy tranquilo y soleado, con varias hectáreas de tierra en donde Francis pasó felices momentos de su infancia. En su hogar se seguían los roles tradicionales de una familia: su madre se quedaba en casa haciendo quehaceres, su padre salía a trabajar todos los días, él asistía en las mañanas a una escuelita muy pequeña, que tenía solo un salón por grado escolar y menos de veinte niños por aula, ubicada en la aldea cercana a donde también iban a la iglesia los domingos. Durante las tardes y los fines de semana, Francis aprendía de su padre el trabajo de granja, parecía que la ganadería sería el destino del pequeño Bonnefoy, al que le encantaba montar a caballo, pastar ovejas y recostarse en el campo después de comer, pero la vida da muchas vueltas. Cuando tenía 10 años, su padre cayó accidentalmente de un caballo, ocasionándose una herida de la que nunca se recuperó. Tras convalecer unos meses, murió. Su madre se quedó sola y al querer hacerse cargo de la granja, descubrió un desbalance financiero: al parecer, su marido había estado endeudándose, comprando animales sin sacar el debido provecho y ahora, la granja apenas podía sostenerse por sí misma. Con gran pesar, la mujer decidió vender todo, para así pagar las deudas y con el poco de dinero que le quedó, tomó a Francis y se dirigió con él a buscar nuevas oportunidades a París, donde vivía su hermana y podía ayudarla a empezar una nueva vida. Y así fue. La tía de Francis ayudó a su mamá a conseguir un buen trabajo en una empresa procesadora de alimento, negocio que entendía bien gracias a sus años en la granja. Durante el día, Francis se quedaba al cuidado de la señora Lemoine, una vieja amiga de su madre que tenía un taller de corte y confección en el que se dedicaba a reparar de forma artesanal ropa de diseñador. Ahí fue donde descubrió su verdadera vocación. Aprendió de ella todo lo que pudo del oficio del costurero. Todos los días, al salir de la escuela, se dirigía al taller de la señora Lemoine, en donde después de hacer sus tareas escolares, le ayudaba a reparar cualquier prenda que estuviera disponible en ese momento. Incluso cuando ya tenía la edad para quedarse solo en casa sin problemas, seguía yendo al taller, le encantaba estar ahí y aprendió tanto, que la señora le pagaba un pequeño sueldo por su ayuda. A los 15 años ya sabía que, en algún momento de su vida, crearía su propia marca de ropa y haría los vestidos más hermosos que se habían visto para vestir a todas las bellas mujeres de París. Con esto en mente, comenzó a estudiar diseño de modas en una pequeña escuela, no muy famosa ya que no contaba con el dinero suficiente para pagar una universidad de renombre, pero igual de eficaz en la enseñanza que él buscaba. Pero necesitaba dinero, así que, mientras estudiaba, comenzó a buscar trabajo. Lo encontró en un teatro, por la cantidad de trajes que se necesitaban realizar, estaban en constante necesidad de sastres, costureros y diseñadores. Así conoció a Antonio, quien se convertiría en su mejor amigo para toda la vida. Él era un bailarín de una compañía de danza que se presentaba a menudo en ese teatro, Francis se encargó de confeccionar parte del vestuario para él y entre las veces que le tomaba medidas y Antonio se probaba la ropa, fueron forjando su amistad.
Por su parte, Antonio formaba parte de un grupo de jóvenes influyentes y la mayoría de ellos, de familias acaudaladas. Él mismo era rico: su madre era corista para cantantes famosos en España y su padre trabajaba como arreglista musical en un sello discográfico europeo. Con esto, se construyeron un estilo de vida bastante holgado, con el cual, pudieron inscribir a Antonio y su medio hermano Joao a exclusivas escuelas y cursos de verano, en donde se codeó con los jóvenes que formaban actualmente su grupo de amigos. Cuando conoció a Francis lo invitó a salir con ellos y empezó a integrarlo. De esta manera, cuando Francis tenía menos de 20 años, se encontraba en total confianza con los herederos Bieldschimt, líderes en la industria automotriz de Alemania; los Vargas, propietarios del emporio empresarial italiano Fontana, hasta conoció a los fríos Braginsky, de la farmacéutica rusa del mismo nombre que innovaba en medicamentos y conoció otros jóvenes más. Con esos contactos, era obvio que en algún momento conocería a los poderosos Kirkland. Si le hubieran dicho que su primer contacto con ellos sería besando a uno sin saber quién era, mientras se emborrachaban y bailaban en una fiesta en Berlín, se hubiera reído ante lo absurdo de la idea.
Fue hasta el martes de la segunda semana de clases de Cambridge, cuando Francis estaba atendiendo la boutique de ropa en la que trabajaba en el centro de la ciudad, que sintió vibrar su celular. Lo sacó disimuladamente, y vio en la pantalla un número desconocido con un mensaje de texto:
- Soy Arthur.
El corazón de Francis se quedó quieto por un momento. Había pasado casi una semana desde que vio al inglés en la universidad y para entonces ya había descartado que lo contactaría. Se había sentido un poco desilusionado, por eso se sorprendió al ver el mensaje, levantó la vista para asegurar que nadie reparara en él y contestó.
- Hola Arthur. ¿Qué tal?
- ¿y tú?
- ¿Qué tal tu día?
- Algo cansado, pero todo bien. ¿qué haces?
- Estoy trabajando.
- ¿Estás en las clases de pintura?
- No, tengo otro trabajo además de ese.
- No deberías distraerte.
- No me distraes.
El celular dejó de vibrar por un momento. Francis se maldijo, tenía interés en conocer a este chico y ahora que tenía la oportunidad de hablar con él, su mente se había quedado en blanco ¿dónde estaba el galán de suaves palabras que encantaba a todos los chicos que quisiera? Un supervisor pasó a su lado y Francis guardó disimuladamente su teléfono. Luego, una clienta llegó a la tienda y se acercó a ella para atenderla. Media hora después, cuando la clienta se fue, Francis se metió a la bodega de la boutique y sacó nuevamente el celular. Había otros mensajes de Arthur.
- Estaba pensando sobre lo que dijiste. ¿Acerca de salir a tomar algo?
El mensaje lo había mandado al mismo tiempo que la clienta llegó. Había otro mensaje, enviado cinco minutos después de ese.
- ¿Qué opinas?
Francis comenzó a teclear su respuesta, cuando llegó un tercer mensaje.
- ¿Sabes qué? No importa. Bye.
Al parecer, Arthur era un tipo impaciente. Sin tiempo que perder, Francis escribió una respuesta rápida.
- Perdón Arthur, estaba atendiendo a una clienta. Me encantaría que nos viéramos para salir.
No sabía si Arthur le contestaría. Le daba la impresión de que ya estaba borrando su contacto de su teléfono. Espero un poco de tiempo antes de regresar al mostrador de la tienda y cinco minutos después de que salió de la bodega, recibió la respuesta.
- Escríbeme cuando te desocupes.
Francis respiró aliviado. Arthur no lo había eliminado todavía. Le escribió una despedida rápida y continuó con su trabajo. Cuando por fin llegó a su departamento, casi al anochecer, volvió a mensajear a Arthur.
- Hola Arthur. ¿Cuándo tienes tiempo para vernos?
Creía que Arthur lo dejaría esperando. Pero casi inmediatamente después, llegó la respuesta.
- Hay una reunión el viernes ¿quieres ir?
- Me gustaría. ¿ya has ido a otras excitantes fiestas universitarias?
- Sí, fui a dos. Y el sábado hay un partido de rugby, tal vez vaya.
- Qué agenda tan ocupada.
- Ya sé. Hay demasiados eventos.
- Bienvenido a la universidad. El viernes me parece perfecto. ¿A qué hora?
- Podemos llegar tarde. Estaba pensando llegar a eso de las 10:30 pm
- Me parece bien. Te veo a esa hora.
- ¿Paso por ti?
El viernes a las 10:20 pm, Francis estaba sentado en una jardinera en el estacionamiento afuera de un cine, lugar que le había sugerido a Arthur para verse ya que quedaba a la misma distancia de su departamento y del edificio de estudiantes donde vivía el inglés. Para pasar el rato se puso a ver a la gente pasar por la calle cuando vio acercarse un BMW color rojo oscuro, se sorprendió un poco al ver a su cita conduciendo lo que parecía un auto de lujo, éste lo vio, detuvo el coche al lado de él y bajó la ventana del copiloto.
- Hello – dijo Arthur desde el volante.
- Hola Arthur – Francis se levantó, y dio los cuatro pasos que lo separaban de la puerta del automóvil.
- ¿Qué tal?
- Todo bien – Francis escuchó que se bajaba el seguro de la puerta del copiloto, por lo que la abrió y entró. – Listo para la diversión.
- Veamos qué tan divertido se pone esto - dijo Arthur, tras soltar una pequeña risa.
Francis aprovechó para darle una ojeada al auto. Sí, definitivamente era de lujo. Con todos los avances tecnológicos de los autos de nueva generación. Los asientos eran de piel y era bastante espacioso por dentro. Volteó ligeramente la cabeza hacia los asientos de atrás, había dos botellas de whisky detrás del asiento del conductor.
- Veo que ya vienes preparado – dijo al ver las botellas de alcohol.
- Por supuesto – sonrió Arthur.
- ¿A dónde vamos?
- La reunión es en casa de la novia de uno de mis compañeros de clase. Vive en un suburbio cerca del centro militar. Allá nos dirigimos.
- Es algo lejos.
- Sí un poco, pero vamos bien.
Diez minutos después, llegaron al lugar de la reunión. Era una casa bonita, en un suburbio familiar de clase media. Adentro ya había algunas personas, Arthur los presentó con Francis, la reunión era tal cual, una simple agrupación de unas quince personas y no era una fiesta desenfrenada como Francis había augurado al principio. Era un ambiente relajado, Francis se mezcló muy bien con los asistentes. Rieron, cantaron, bailaron ligeramente y contaron todo tipo de historias, anécdotas y chistes. Las botellas de whisky de Arthur fueron muy bien recibidas, entre otros diversos licores que seguramente habían llevado los demás. Francis se sintió cohibido un momento al aparecer con las manos vacías, pero nadie lo mencionó y todos se divirtieron. Se enteró que la mayoría de estos chicos compartían clases con Arthur, sin embargo, entre los invitados había variedad de edades, lo que hizo que Francis no se sintiera tan fuera de lugar al ser tres años mayor. Y supo, además, que Arthur era una especie de nerd en la escuela, en las dos semanas que llevaban de clases ya se había granjeado una fama de "cerebrito": siempre entregaba todo en tiempo y forma además de responder a todas las preguntas de los profesores. Durante el transcurso de la noche habló con Arthur de todo y de nada, a ratos se conversaban y coqueteaban apartados de los demás y en otros momentos estaban rodeados de gente, y llegó a notar que el inglés lo buscaba constantemente, cuando no estaban juntos sus miradas se encontraban y en una ocasión, que Francis le guiñó un ojo al verlo, Arthur se sonrojó complemente y desvió la mirada, para posarla en él un minuto después. Francis sonrió al verlo y se levantó para ir a donde él estaba, solo para observar cómo Arthur salía de la casa para encender un cigarro en el jardín de la propiedad. Ahí fue donde Francis lo encontró tras seguirlo. Arthur levantó la vista y fijó su mirada en él. Le lanzó lo que Francis supuso sería una sonrisa seductora, de no ser porque Arthur tenía los ojos enrojecidos por el alcohol y se tambaleaba un poco. Cuando Francis se acercó a él y antes de que siquiera pudiera decir algo, Arthur tomó el frente de su camisa con los puños, atrayéndolo hacía él y le plantó un húmedo beso en la boca. Francis respondió el beso, el inglés sabía a alcohol y cigarros y probablemente Francis sabía igual, aunque él había tomado mucho menos alcohol y estaba considerablemente más sobrio. El beso empezó a escalar rápidamente hasta que Arthur se separó ligeramente, fijo su mirada en la de Francis un par de segundos y luego la desvió hacia su boca.
- Vámonos de aquí – susurró. El francés apenas le entendió, Arthur arrastraba demasiado las palabras, Francis lo tomó de la mano y lo guio hacia afuera de la casa, hasta donde estaba el auto del inglés.
- Estás muy borracho – le dijo al verlo casi caer mientras trataba de abrir la puerta del conductor. Eso hizo que Arthur hiciera una mueca y estaba a punto de protestar cuando lo pensó mejor, sacó sus llaves de su bolsillo y se las aventó a Francis, que las atrapó fácilmente.
- Conduce tú – diciendo esto rodeó el coche hasta la puerta del copiloto mientras Francis entraba al auto desde el lado del conductor. Esperó a que Arthur subiera y cuando ya estaba bien sentado, encendió el motor.- ¿A dónde vamos?
- A donde quieras. Mientras sea rápido. – dijo Arthur.
Antes de que Francis echara a andar el coche, Arthur lo tomó del cuello y le dio otro beso, que se hubiera prolongado de no ser porque Francis ya quería llegar a un lugar cómodo. Aunque él francés consideraba emocionante y excitante tener relaciones en la parte trasera del auto (y éste era bastante espacioso), la parte más razonable de su cerebro llegó a la conclusión de que: era incómodo, estaban en una zona muy iluminada, en un suburbio donde seguramente había varias familias, y para rematar no podía asegurar si Arthur tenía en su auto lo necesario para tal acción, por lo que, tras poner el vehículo en marcha, se dirigió a su departamento.
Le costó mucho trabajo poner atención al camino mientras conducía, Arthur parecía impaciente y sus manos no dejaron de provocarlo en todo momento. Tenía la mano izquierda ejerciendo presión muy, muy cerca de la entrepierna de Francis, mientras que con la otra le acariciaba los brazos o la quijada, tratando de voltear su cara para besarlo más. Estaba en una posición peligrosa, retrepado con las rodillas encajadas sobre el asiento del copiloto como un gato a punto de saltar y sin cinturón de seguridad. Francis lo esquivaba a ratos, pero otras veces conseguía distraerse respondiendo a los avances del otro, sobre todo porque estaba medio confiado en que ya era de madrugada y casi todas las calles estaban vacías. Entre las acciones de Arthur, su propia excitación y la mente nublada por el consumo de alcohol, más de una vez perdió el control del volante, que pudo haber resultado en un desastre de no ser porque había una parte muy racional dentro de él que lo obligaba a estar más atento debido a que indudablemente, Arthur no lo estaba.
Cuando por fin aparcaron en estacionamiento del edificio, no perdieron tiempo, subieron rápidamente los tres pisos que llevaban hacia el departamento. Una vez que entraron, Arthur arrinconó a Francis contra la puerta y sin darle tiempo apenas para respirar, lo besó nuevamente, mostrando la misma impaciencia que tenía en el auto. Sus manos empezaron a juguetear con los botones de la camisa del francés, haciendo que éste se desprendiera de dicha prenda y la tirara al piso mientras seguían besándose, explorando cada uno la boca del otro. Francis aprovechó un momento en el que Arthur se comenzó a besar su quijada para tomarlo de la cintura y guiarlo hacia su habitación, ni siquiera se molestó en prender la luz, Arthur se tambaleó sobre la cama, con movimientos torpes se pudo acomodar con la espalda sobre el colchón y las piernas abiertas, sin quitar las manos sobre el cuello de Francis y atrayéndolo hacía sí mismo, que se colocó en medio, con las manos sobre las piernas del inglés. Arthur se separó un momento para tomar aire, su respiración estaba entrecortada. Francis lo miró desde su posición por encima de él, con la luz de la calle se alcanzaban a distinguir sus grandes ojos desorientados llenos de lujuria excitación. Recordó que necesitaba lubricante y condones, por lo que, se apartó para buscarlos en el cajón de su buró. Encontró el lubricante, pero no había ni un solo condón. Maldijo. Creía que tenía una caja con algunos todavía.
- ¿Qué pasa? – preguntó el inglés, que seguía mal articulando las palabras al hablar.
- Nada – contestó Francis para tranquilizarlo.
Se sentó sobre la cama pensando en sus opciones ¿tal vez la caja estaba en el botiquín del departamento? Le avisó al inglés que iría al baño, salió de la habitación y se dirigió hacia ahí. Encendió la luz del y buscó detrás del espejo, se felicitó cuando encontró la condenada caja con dos condones.
Estaba a punto de irse cuando otro pensamiento se apoderó de él: Arthur estaba muy borracho. Probablemente al despertar no recordaría nada de esta noche. De repente la moralidad de Francis lo hizo cuestionarse ¿estaría bien seguir? Arthur había coqueteado con él toda la noche y había dejado bastante claro que sí quería que esto pasara. ¿Pero qué tal si no? ¿Qué tal si Arthur se espantaba y lo despreciaba al día siguiente, qué tal si consideraba que Francis se había aprovechado de su situación? Francis nunca había tenido la necesidad de emborrachar a alguien para dormir con él y no quería que esta fuera la primera vez que pasara. Pero ¿qué pasaría si iba al cuarto y le decía a Arthur que no tendría sexo con él estando tan borracho y éste lo tomaba a mal? "Maldita sea", pensó Francis. Por un momento se arrepintió de no haber tomado la misma cantidad de alcohol que el otro, así estarían igual y no tendría este dilema. Pero no tenía caso seguir mas tiempo aquí, seguramente el inglés ya se estaba impacientando. Sin llegar a ninguna conclusión todavía, salió del baño, entró a su cuarto y prendió la luz, con la finalidad de contemplar mejor el estado de Arthur, tal vez así podría decidir qué hacer. Afortunadamente para Francis, no fue necesario resolver esa cuestión. Al momento de acercarse a su compañero, observó que éste se había quedado profundamente dormido, tenía la boca abierta e incluso roncaba un poco. Francis casi ríe al verlo, se sentó al lado de él y lo contempló. Si antes dudaba de que haría, ahora estaba seguro: definitivamente no se acostaría con él, no se aprovecharía de un borracho dormido en su cama. Con paso tranquilo, para no despertarlo, le quitó los zapatos y lo acomodó de tal manera que no se ahogara con su respiración. Luego buscó en sus cajones dos mantas, una la dejó encima de Arthur y la otra la llevó con él al sofá de la sala. Acondicionó el sofá lo mejor que pudo y se dispuso a dormir.
Una horrible nausea fue lo que hizo que Arthur despertara. Sin siquiera prestar atención a su alrededor se levantó rápidamente, abrió la puerta de donde estaba y buscó un baño. Alguien lo vio y le señaló una puerta, que, afortunadamente, era el lugar que buscaba. Llegó justo a tiempo para vomitar en el retrete. Tras lo que parecieron muchos minutos y cuando por fin estuvo seguro de haber vaciado completamente el contenido de su estómago, Arthur se sentó en piso, frente al retrete, para recuperar el aliento y se recargó en la pared de baño con la cabeza hacia arriba que le punzaba terriblemente, sentía como si tuviera un martillo dentro queriendo romperle el cráneo. Además, tenía una sensación completa de entumecimiento por todo el cuerpo, la boca seca y con un detestable sabor dentro de la garganta. Colocó una mano encima de los ojos cerrados, para bloquear un poco la luz y consideró su estado actual. Estaba en un lugar desconocido, eso era indiscutible. Pensó en la persona que le había señalado la dirección al baño, no le prestó atención en su momento, pero ahora caía en cuenta que era Francis así que probablemente estaba en su ¿casa? ¿departamento? ¿piso estudiantil? Lo que sea que fuera, no importaba en este momento. Trató de recordar cómo había llegado ahí. Recapitulando los hechos de la noche anterior, recordó la reunión y algunas conversaciones. También recordó haber coqueteado con Francis más de una vez y finalmente besarlo en el jardín. Su mente llegó hasta el momento en el que estaban a punto de subirse al auto y le aventó las llaves a Francis para que él condujera. Después había algunos atisbos del viaje en automóvil, pero no recordaba nada más. Pero eso explicaba por qué estaba ahí, en el baño que creía era del francés. ¿Qué habría pasado? ¿Se acostó con Francis? Se vio a sí mismo, estaba completamente vestido. A pesar del entumecimiento en su cuerpo no reconocía en él las señales que deja una noche de sexo. Lentamente se levantó del suelo y se dirigió al lavabo en donde se lavó la cara y se miró en el espejo. Se veían tan terrible como se sentía, con los ojos hundidos, ojerosos y enrojecidos y el pelo hecho una mata nudosa sin forma. Vio a su lado una regadera y pensó lo bien que se sentiría darse un baño de agua fría en este momento, pero ya sería demasiado extraño ¿o no? Tras dudarlo un poco, salió del cuarto de baño, se encontró en un pasillo diminuto con una puerta cerrada en la pared de la derecha, caminó unos para dar vuelta a la izquierda, donde continuaba el pasillo y ahí estaba abierta la puerta del dormitorio por donde había salido, pero Francis no estaba ahí. Caminó otros pasos más y se encontró con una barra con dos mesas y tras de la barra había una pequeña cocina, ahí estaba Francis, quien al verlo le acercó un vaso de agua y un bote de aspirinas.
- Tómatelas – le dijo a modo de saludo.
Arthur hizo lo que se le pidió, sintiendo su garganta recibir el agua con alivio.
- Gracias – carraspeó. Tosió un poco, la voz no le respondía y cuando sintió que por fin podía hablar nuevamente preguntó - ¿qué hora es?
- Como la 1:00 de la tarde – contestó el francés.
Arthur abrió los ojos ligeramente por lo tarde que era, pero no mostró otra emoción al respecto. Su mirada vio alrededor del lugar donde estaba, atrás de la barra de la cocina estaba una salita de estar y un ventanal con una puerta que daba a lo que parecía una terraza y en la que se veía el cielo a punto de llover. Al lado derecho de la barra estaba una mesa redonda con cuatro sillas. Era un lugar bonito, ordenado, aunque bastante pequeño. Posó nuevamente su vista en Francis, que volvió a llenar de agua el vaso.
- ¿Vives aquí?
- Sí. Bienvenido a mi dulce hogar – le acercó otra vez el agua.
- Es bonito – tomó el vaso. De un trago se terminó el agua – Francis, necesito un baño ¿puedo usar tu regadera?
- Por supuesto.
Después de un regaderazo rápido y con las aspirinas empezando a hacer efecto, Arthur se empezó a sentir persona otra vez. Francis amablemente había colocado una toalla limpia junto con un pantalón deportivo y una playera afuera de la ducha, que Arthur agradeció porque no quería ponerse su ropa sucia y arrugada (además de incómoda, era ropa de fiesta, al fin y al cabo). La ropa le quedaba un poco grande, Francis era más fornido que él que siempre había sido flaquísimo. Nuevamente en la cocina, Francis le había servido ahora una taza de café y un plato con una omelette. Arthur hizo una mueca al ver la comida y bebida servidas.
- Que francés eres – le dijo
- Gracias, rosbif
- ¿Rosbif?
- Sí, porque eres muy inglés
- Al menos no bebo esa agua amarga y horrible – dicho esto probó el café e hizo la mueca aún más exagerada – y sin sabor.
- ¿Sin sabor? ¿Te atreves a decir que el café que te acabo de dar no tiene sabor? – Francis se llevó dramáticamente la mano al pecho.
- Claro, porque no tiene sabor ¿no tienes azúcar?
- El café se toma sin azúcar, inculto.
- Cuando no tienes papilas gustativas – tomó un tenedor y comenzó a comer la omelette - ¿Esto tiene mayonesa?
- Unas dos cucharadas, nada más.
- ¡Arghh! – siguió comiendo como si le costara la vida, aunque muy en sus adentros sabía que la omelette sí estaba bastante rica - ¿a quién le gusta la mayonesa?
- ¿Siempre te quejas de todo?
- Solo cuando estoy con franceses.
- Ayer no te quejaste – Francis dijo mientras colocaba coquetamente su quijada en la palma de su mano con el codo apoyado en la barra.
Arthur enrojeció primero, pero se compuso rápidamente. Tomo un sorbo de café para disimular, pero nuevamente hizo la mueca de disgusto.
- Cállate. Fue el alcohol.
- ¿Estás seguro? – Francis dijo burlonamente, pero dentro de sí, quería conocer la respuesta. Antes de que Arthur se despertara, había estado meditando los eventos de la noche anterior junto con la noche que se conocieron y notó que este inglés era completamente receptivo a sus avances cuanto más alcohol consumía, pero cuando estaba sobrio era serio y esquivo.
- Sí – Fue la réplica. Terminó su omelette y el café y, por unos segundos no dijo nada más.
Francis se sintió ligeramente ofendido por la actitud que había tomado y se quedaron en silencio, hasta que Arthur levantó la mirada hacia él
– Francis – comenzó dubitativo - ¿qué pasó anoche?
- ¿Lo olvidaste?
- Sí. Solo recuerdo algunas cosas. – levantó la vista hacia el por un instante y después la posó en el plato que acababa de dejar vacío.
- No pasó nada. – Francis tomó los trastes sucios y empezó a lavarlos.
- ¿Cómo?
- Nada, no hicimos nada.
- ¿Por qué? – Arthur parecía genuinamente sorprendido.
- ¿En serio no lo recuerdas?
- No, no sé qué pasó. Lo último que recuerdo que nos subimos al coche.
- Estabas muy, muy borracho.
- Eso es obvio. – Se pasó la mano por la cara pálida y ojerosa.
- Te quedaste inconsciente al momento que te acostaste en la cama.
- ¿Qué? – Arthur ahora estaba aún más sorprendido. El color rojo de su cara regresó y se extendió por sus ojeras y cuello.
- ¿Te sorprende tanto?
- N-no – Tartamudeó. La verdad es que le daba un poco de vergüenza esa situación, pero no lo admitiría enfrente del francés.
- Pues eso fue lo que pasó. Simplemente te dormiste.
- Lo siento.
- ¿Por qué? – Francis se sentía confundido.
- No sé – se pasó la mano por la nuca – tú esperabas algo ¿no?
- No, no así. No pienso tener sexo con personas inconscientes. ¿Cómo voy a saber si están de acuerdo o no? Además, – Francis usó una voz seductora mientras se recargaba en la barra y miraba fijamente los ojos de Arthur – sería muy cruel dejar que olvidaras cualquier noche conmigo.
- Jajajajaja – Arthur empezó a reír – no creo que sea para tanto.
- ¿Entonces por qué lo has intentado tantas veces, mon cher?
- Solo han sido dos.
- La tercera tienes que estar sobrio. – Francis, terminó de lavar y secar los platos, se alejó de la cocina y se fue hacia la sala, desde donde se veía la luz cetrina del día y que ya había empezado a llover.
- No va a haber una tercera. – Arthur lo siguió. Se sentó en el mismo sillón que estaba ocupando el francés, pero en el otro extremo. Vio un reloj de pared que marcaba que ya era más de las 2 de la tarde. – Fuck – murmuró – tenía que ir al maldito partido de rugby – aunque no se veía muy contrariado. – Era a las 11 – dejó caer su cabeza hacia atrás, hasta que tocó el sillón y cerró los ojos. Lo que había empezado como una llovizna se había convertido en tormenta rápidamente con fuertes vientos que intentaban azotar con fuerza la puerta cerrada de la terraza. - ¿puedo quedarme más tiempo? – se dirigió al francés – no quiero conducir con esta lluvia.
- Quédate el tiempo que quieras.
Arthur agradeció el gesto. Un fuerte resplandor dio paso a un rayo que, por la intensidad, seguramente había caído muy cerca. Segundos después escucharon el sonido del trueno, tras el cual, se apagaron todos los aparatos conectados a la electricidad.
- Ahora se fue la luz – se quejó Arthur.
- Evidentemente – contesto Francis con ironía.
- Cállate.
Después de un tranquilo silencio, Francis sirvió más café y se pusieron a conversar. Empezaron hablando de los amigos y conocidos que tenían en común, lo cual Arthur consideró bastante curioso, ya que nunca había escuchado hablar de él (aunque tal vez era porque no había frecuentado mucho a sus conocidos del continente desde hacía tiempo y la última vez que los vio fue en la fiesta de Gilbert, en enero, a lo que Francis respondió que llevaba apenas un par de años conociendo a los demás), luego, Arthur le contó a Francis de su educación, cursó el bachillerato desde los 15 años en un internado en Bélgica, en donde compartía habitación con Lovino Vargas y compartía algunas clases con Ludwig e Ivan, le platicó también de su primera impresión de la universidad, le dijo que estudiaba negocios y que estaba tomando por gusto una clase de literatura inglesa. No se había inscrito a ningún club y se había postulado para el consejo estudiantil, no porque tuviera interés en la política, más bien le gustaba ordenar y organizar cosas y solo en el consejo estudiantil podía hacerlo tranquilamente y con valor curricular.
Francis, por su parte, le dijo que estudiaba diseño de modas, pero no en Cambridge, más bien estaba matriculado en otra universidad de París, que tenía convenios con otras escuelas de Inglaterra. Había decidido vivir y terminar sus estudios ahí mismo, mientras tomaba sus cursos de diseño. Dijo, con los ojos brillando de la emoción, que le encantaba la moda y había encontrado esa vocación desde antes de la adolescencia. Posteriormente le expuso que compartía el departamento con una pareja (hombre y mujer) que dormían en la habitación principal y que tenían la costumbre de salir a excursiones a lugares cercanos los fines de semana y por eso no los vería llegar ese día. Le gustaba el departamento, estaba bien ubicado y la renta no era tan cara y aunque Arthur lo consideraba pequeño, Francis estaba acostumbrado a vivir en lugares así, ya que los otros lugares en los que había vivido en París con su madre eran de dimensiones parecidas. A la pregunta de Arthur acerca de sus actividades en Cambridge, le contestó que trabajaba como asistente de Fiorella: dos veces por semana iba a pintar los fondos en los lienzos para que ella hiciera el dibujo principal, preparaba las pinturas y pinceles para la clase y hacía el inventario de lo que hiciera falta. Le gustaba la pintura artística pero no como profesión sino como hobby, y afortunadamente recibía un pago, que complementaba con otro trabajo de medio tiempo para así tener dinero suficiente para pagar sus gastos.
- ¿Dónde trabajas? – preguntó Arthur, tras tomar de su café y nuevamente, hacer una mueca de disgusto.
- En el centro de la ciudad. Trabajo en el mostrador de una de las boutiques.
- ¿Trabajo de mostrador? – Arthur abrió mucho los ojos - ¿es en serio?
- Sí
- ¿Por qué trabajas ahí? – El chico inglés se veía perplejo.
- Es un trabajo. ¿Qué tiene de malo? – Francis no entendía la confusión del otro.
- No, nada – Arthur dijo con timidez – Es solo que… - dudó un poco y luego negó con la cabeza – no, olvídalo.
- Dime, ¿qué pasa?
- Es solo que es algo raro ¿no?, no es que tenga algo de malo. Pero me sorprendió un poco. Eso es todo. – dijo Arthur, tratando de finalizar el asunto.
- ¿Por qué es raro? – Francis comenzó a tener una ligera idea de lo que pasaba, pero quería confirmar sus sospechas.
- Bueno es que… ya sabes, ¿no?
- No, Arthur, no lo sé.
- Ese trabajo de mostrador. Es como un trabajo de gente pobre ¿no? – Por fin dijo Arthur.
- Ah, eso. – a pesar de que Francis ya sabía que el asunto sería algo así, se sintió algo incómodo – no sé si sea trabajo de pobres, Arthur. Pero yo no tengo dinero, ni herencias ni tierras a mi nombre así que tengo que trabajar para vivir. En la boutique gano un sueldo fijo más una comisión por las ventas que haga. Y me queda algo de tiempo para estudiar y salir de vez en cuando. – explicó.
- Si lo pones así, tiene bastante sentido ¿A qué se dedican tus padres? – Preguntó Arthur, que tenía une expresión de niño regañado.
- Mi papá era granjero. Murió cuando yo tenía diez años.
- Lo siento – respondió Arthur.
- No te preocupes.
- Pero… - comenzó Arthur – los granjeros ganan bien ¿no? No son pobres.
- Creo que no lo eran. Aunque tampoco eran millonarios – Francis rio un poco al considerar lo absurdo de la idea. Arthur lo miró con la misma expresión de perplejidad que tenía desde hace cinco minutos. - Pero cuando mi papá murió, la granja ya no tenía mucho valor y hubo que venderla. Por eso mi mamá y yo nos fuimos a vivir a París. Aunque nunca me he considerado exactamente pobre. He vivido bien.
- Ya veo – Arthur parecía estar considerando todo.
- ¿Te molesta? – Francis, se sentía incómodo con este interrogatorio.
- No, por supuesto que no – Dijo Arthur – Solo que nunca había conocido a alguien así.
- Arthur, eso es imposible. Ni un trabajador, o un compañero de clases ¿nadie? – "¿Qué tan mimado estaba este chico que vivía tan lejos de la realidad?" Pensó Francis para sí.
- Bueno, tal vez algunos. Los trabajadores, sí, claro, ellos. ¡Pero no son pobres! Se les paga bien. – Arthur aseguró. Francis lo miró escéptico, pero no dijo nada al respecto.
- ¿Y qué tal tus compañeros de escuela?
- En el internado no hay gente pobre – sentenció Arthur como si la sola idea fuera escandalosa. – Es muy exclusivo. Aunque ahora que recuerdo, sí había un grupo de chicos becados, pero no le hablaban a casi nadie. En mis clases de Cambridge creo que sí hay gente de todo tipo de clases sociales y económicas, pero no he hablado con ellos.
- ¿Por qué no les has hablado?
- No lo sé – Arthur se encogió de hombros – imagino que no se ha dado la ocasión. Apenas van unos quince días de clases, aún no hablo con todos.
- A todo esto – Francis dijo – creo que no sé a qué se dedican tus padres.
- ¿Mis padres? Ah, los dos trabajan en el consorcio Elton ¿lo has escuchado?
- Sí – "Por supuesto que lo había escuchado" pensó Francis, Elton era una de las empresas más famosas en toda Europa, tenían una serie de marcas de muebles, cristalería, línea blanca, insumos de decoración de interiores, en fin, todo lo que se pudiera necesitar para decorar, amueblar y acondicionar un inmueble, de seguro se encontraba en Elton. - ¿Qué hacen ahí?
- Bueno – dijo Arthur tratando muy vagamente de restarle importancia a sus palabras – Ellos junto con mis tíos son los socios mayoritarios. – Arthur vio como al decir esto, Francis parpadeó y se sorprendió - Se dedican principalmente a las inversiones y a buscar socios y contratos nuevos.
- Guau – dijo Francis. Se quedó ligeramente boquiabierto un instante. Se recuperó rápidamente – Eso explica muchas cosas. – Se retrepó en su silla y miro a Arthur nuevamente. Ya se había dado cuenta que todo en el inglés exhalaba miles de libras, y considerando el BMW xDrive que conducía, la ropa que usaba, sus amistades, educación y las palabras previas, era obvio que vivía holgadamente pero no se había imaginado cuánto realmente valía este muchacho. Antonio no era taaan rico, de eso estaba seguro. Gilbert sí, pero a pesar de ser engreído, no tenía costumbre de presumir su dinero, tendía más a presumir su actitud. - ¿Por eso estudias negocios?
- Si, mi plan es trabajar en el consorcio.
- ¿Y te gusta esa carrera?
- Sí – Arthur no entendía la dirección de esa pregunta.
- ¿Por qué tomas el curso en literatura?
- Ah, eso. Verás, me gusta la literatura. Y sí me gustaría ser escritor. Pero puedo ser las dos cosas ¿no? Puedo trabajar en el consorcio y además escribir libros. Solo es cuestión de trabajar hacerlo y ya.
Pasó otro par de horas hasta que dejó de llover y Arthur decidió irse. Una vez solo, Francis se retiró a su habitación, en la que tenía algunos quehaceres pendientes y mientras los realizaba, empezó a considerar lo que acababa de pasar. Pensó como todo era fácil para alguien como Arthur, que ya tenía un plan de vida asegurado y no tenía que preocuparse por el futuro. Esas eran las ventajas de nacer en una cuna de oro, no tenía que alarmarse por nimiedades como pagar los gastos. Trató de no guardar rencor hacia el inglés, él no tenía la culpa de sus circunstancias de nacimiento y tener el privilegio de no haber tenido que trabajar ni un solo día en su vida, en realidad Arthur era un muchacho agradable, aunque un poco arisco y tosco. Era normal, todo el mundo tenía defectos.
Durante los días siguientes continuaron hablándose, y las semanas se convirtieron en meses. Formaron una costumbre de verse frecuentemente, los fines de semana, cuando Francis salía de trabajar o cuando coincidían sus días libres. Iban lento, no lo habían planeado así, pero se sentían tranquilos de ir sin presiones y sin darse cuenta se volvieron exclusivos: Francis tenía otros ligues de los que se fue alejando hasta hablar en plan romántico solo con Arthur mientras que el inglés que no era tan popular no buscó más compañía. A su alrededor, muchos notaron a la pareja que se estaba forjando: Arthur se mostraba más calmado y paciente de lo que había sido toda su vida, se le veía contento y tomaba con mejor humor cualquier problema, tener a Francis cerca de él se había convertido en un ancla para su mal humor y su impulsividad. Francis, por su parte, estaba radiante, dejando de lado el pesimismo y los pensamientos oscuros que se apoderaban de él de vez en cuando, con Arthur a su lado se distraía, tenía algo en que pensar y algo que planear a futuro. Se llevaban bien, se complementaban y descubrieron que sus diferencias eran menores comparadas con las ganas que tenían de estar juntos.
