Fue una mañana de principios de diciembre del mismo año en el que empezaron a salir, cuando Francis conoció la célebre Granja Elton. Arthur tenía unos primos estadounidenses que pasarían diciembre en Inglaterra y cuando iban generalmente se quedaban en la granja, eran sus parientes favoritos y por lo tanto no desperdiciaría la oportunidad de estar con ellos. Invitó a Francis a ir con él, advirtiéndole que sería un viaje tranquilo, pero asegurándole que sería entretenido.
Llegaron en la mañana en el BMW del inglés. Como era costumbre del clima británico, hacía frio y amenazaba con llover desde temprano, pero había unos tenues atisbos de sol aquí y allá. La granja se encontraba a unas horas antes de llegar a la costa y para llegar a ella, tomaron un pequeño camino rodeado de árboles que se desviaba de la carretera. Al final, Arthur se detuvo enfrente de una imponente reja negra, que se extendía varios metros sobre la copa de los árboles y Francis notó que en el centro de la puerta de la reja había un grabado de hierro de un escudo de armas enorme con la palabra Elton y debajo otro grabado que decía "Granja Elton". Arthur abrió la puerta de la reja con un control que tenía en su auto y entraron. Recorrieron unos cuantos kilómetros rodeados por estatuas y fuentes hasta llegar a una mansión de piedra que se veía muy antigua y en donde los esperaban un grupo de personas. Arthur detuvo el auto enfrente de ellos y bajó, sonriendo se acercó para charlar ligeramente, eran los sirvientes de la casa. Los presentó con Francis, y se dirigieron a la puerta, dejando a los sirvientes la tarea de bajar sus maletas y estacionar el auto. No tenían ni dos minutos de haber entrado cuando se escucharon pasos corriendo seguidos de un:
- ¡ARTIE! ¡Llegaste! – Un adolescente de unos quince años se acercó apresuradamente y sin dar tiempo siquiera de asimilar algo, se abalanzó sobre el inglés, que tuvo que plantarse muy bien en el piso para no caerse. Francis pensó que este chico parecía un Golden Retriever.
- Hola Alfred. Que gusto volverte a ver – Dijo Arthur, dándole golpecitos en la espalda, una vez que recuperó la movilidad y pudo liberarse del abrazo del enérgico joven. – Hola Matthew – volteó su cara hacia otro chico, muy parecido al primero, que estaba parado a un par de metros de ellos y al que Francis no escuchó acercarse.
- Hola Arthur – contestó el otro que también se acercó a abrazarlo, pero menos efusivo. – Hola… - volteó a ver al francés.
- Ah, este es Francis. Francis, estos son mis primos, Alfred y Matthew – dijo señalándolos respectivamente. - ¿Dónde está mi tía? – les preguntó, buscando a la madre de los gemelos.
- Fue al pueblo, a buscar a sus amigas, como hace siempre que viene a Inglaterra – contestó Alfred - se va a tardar ahí todo el día. Pero vamos a desayunar, muero de hambre.
- Al, tú siempre tienes hambre – respondió su hermano.
Llegaron a un comedor, se sentaron y al poco tiempo llegó una mujer joven con un carrito de cocina lleno de trastes y comida humeante que se puso a preparar la mesa y servirles el desayuno. Le agradecieron la labor; Francis estaba empezando a sentirse cohibido ante tanta atención de parte de sirvientes cuando Alfred, que no había dejado de hablar ni un segundo, le dedicó su atención.
- ¿Ya habías visitado la granja, Francis?
- No, nunca la había visto.
- Te va a gustar. Tenemos muchas actividades aquí. ¿Ya viste el bosque? También tenemos una colección de autos antiguos, tienes que verla. Y los animales, hay cientos. La semana pasada nacieron unos becerritos, ¿has visto alguna vez becerros bebés? Y el mirador, está arriba de la torre de la reja y se ve todo Portishead desde ahí, incluso se ve la costa. ¡Vamos terminando de desayunar! También podemos ir a la playa, aunque en esta época del año está fría, será mejor ir al puerto ¿ya conoces Portishead?
- Por Dios, Alfred, dale un respiro. Y no hables con la boca llena. Es desagradable – regañó Arthur.
- Qué aburrido eres Artie. - Alfred le aventó un pedazo de tocino frito a Arthur.
- Es Arthur. – dijo éste, esquivando el tocino – Y no desperdicies comida.
- Da igual. Eres Artie para mí.
- Cállate.
- Cállate tú.
- ¡No te he dicho nada!
- Sí, apenas llegaste y ya estás regañando. Es porque eres viejo.
- ¡Solo soy tres años más grande que tú!
- Suficientes para ser un anciano.
- Y tú no has dejado de ser un mocoso.
- Eso es lo que un anciano diría.
Así estuvieron casi todo el desayuno y Matthew, que los veía divertido, volteó a ver a Francis, que estaba un poco perdido.
- Siempre son así – le explicó.
- Ya veo – contestó Francis.
- Tienes acento francés – señaló Matthew.
- Soy francés, tengo poco tiempo viviendo en Cambridge.
- ¿Ahí conociste a Arthur?
- Mas o menos – Francis no le iba a explicar exactamente donde se habían conocido. – Vivo en la ciudad, pero no estudio en la universidad. ¿De dónde vienen ustedes?
- Vivimos en Nueva York, pero ahora estamos estudiando en Bélgica, en el internado. Venimos ocasionalmente a vacacionar a esta granja. ¿Alguna vez has ido a Nueva York?
- No, nunca he salido de Europa.
- Guau, ¿por qué?
- Supongo que nunca se ha dado la oportunidad.
- ¿Te gustaría conocer?
- Claro, Estados Unidos es un país impresionante.
- Lo es. Y Nueva York es genial, aunque a ratos es mejor el campo ¿no lo crees?
- Sin duda. Mis padres tenían una granja, más pequeña que esta. Me gustaba vivir ahí.
- Esta es una granja muy bonita. Nosotros hemos vivido en varios países, debido al trabajo de nuestro papá. Vivimos en Francia un tiempo.
- ¿Entonces hablas francés?
- Me defiendo.
- ¿Dónde más has vivido?
- En Estados Unidos hemos vivido en Seattle y en San Francisco. Además, vivimos en Toronto, en París y en Dublín.
- Han sido bastantes lugares ¿cuál te ha gustado más?
- Umhh – Matthew comenzó a recapitular – creo que todos tienen sus cosas interesantes. Aunque yo diría que Toronto. O Nueva York. ¡No! Definitivamente, Toronto.
- ¿A que se dedica tu padre?
- Es banquero, por eso nos hemos movido tanto.
- ¿Es hermano de alguno de los padres de Arthur?
- Oh, no. Nuestro papá es estadounidense, es de California. Mi mamá es la hermana del padre de Arthur.
- Ya veo.
Terminaron de desayunar y tras discutir un poco qué harían después, decidieron enseñarle la granja a Francis. Era extensa con decenas de hectáreas de tierra sembrada y un gran espacio de terreno ocupado con animales, en su mayoría ovejas, vacas, toros, un establo con caballos y varios corrales con distintas aves. Vieron a los becerritos recién nacidos en uno de los establos y luego Alfred propuso una carrera a caballo al bosque.
- No creo que sea buena idea, Al. – comenzó Arthur, al ver el cielo cada vez más nublado – no tarda en empezar a llover.
- ¿Y qué? ¿Te da miedo?
- Claro que no – Arthur frunció el ceño y empezó a dirigirse al establo a solicitare a algún trabajador que le ensillaran un caballo.
- Yo no sé montar a caballo – Dijo Francis, con miedo.
- ¡¿No?! ¿Qué? – Dijeron los gemelos al unísono, sorprendidos.
- ¡Pero dijiste que tenías una granja! – expresó Matthew, sorprendido.
- Mis padres la tenían. Hace años. Tiene mas de 10 años que no subo a un caballo. Lo siento.
- No tienes que disculparte Francis. Mejor así. Podemos hacer otra cosa. – dijo Arthur.
- ¡O podemos pasear en los caballos! Sin correr. Puedes ir en el mismo caballo de Arthur. O en un caballo tranquilo, no tenemos que ir rápido – sugirió Matthew.
- Tal vez – dijo Francis viendo a Arthur.
- Como tú te sientas mejor, Francis.
- Creo que estaré bien en un caballo manso.
- Si, podemos hacer eso. Busquemos los caballos. – Contestó Alfred.
Pidieron a los trabajadores del establo que trajeran un par de animales dóciles para Arthur y Francis mientras los gemelos usaron caballos de carreras y así, partieron en el camino hacia el bosque. La adrenalina no tardó en apoderarse de los americanos, que, a los pocos minutos de empezar a pasear, comenzaron a trotar y luego sin previo aviso, Alfred hizo correr a su caballo seguido de Matthew, que le lanzó una mirada de disculpa a su primo y salió corriendo detrás de su hermano. Arthur y Francis se quedaron atrás, el inglés le daba instrucciones a su acompañante sobre como arriar a su yegua.
- Podemos detenernos si quieres – comenzó Arthur.
- No digas tonterías. No pasa nada – a pesar de verse un poco pálido, tomaba con fuerza los arriendos. No se veía tan mal realmente, solo algo inseguro, como todos, la primera vez que montaban un animal así. Los trabajadores les habían dicho que las yeguas eran hermanas y la que traía Francis siempre seguía a la de Arthur y, por lo tanto, estarían bien.
- ¿Estás seguro?
- Sí. Estoy bien. – Parecía que se lo decía más a sí mismo que a Arthur.
- Pero si en algún momento te quieres bajar, me avisas.
- Arthur, estoy bien - repitió, un poco exasperado ya.
- Como digas.
No hablaron por unos momentos. El camino hacia el bosque era ancho y plano y afortunadamente, aún no empezaba a llover. La tierra estaba algo húmeda sin estar resbalosa y eso le dio más seguridad a Francis. Después de un rato de tensa calma, Francis decidió romper el silencio, tenía más preguntas sobre la granja que miedo al caballo.
- ¿Por qué se llama Granja Elton?
- Porque es una granja – contestó Arthur sarcásticamente.
- Muy gracioso. ¿Por qué Elton?
- Era el apellido de una tatarabuela. Fue la última de su linaje. Se casó con mi tatarabuelo, de apellido Kirkland y con eso se terminó el apellido Elton.
- Hay mucha gente con ese apellido.
- Sí, pero no son la misma familia. Mi tatarabuela se llamaba Imelda Elton. Era una familia muy antigua, con renombre desde la edad media, tenemos antepasados que estuvieron en la corte real. Mi tatarabuela no tuvo hermanos hombres y solo tuvo dos primos. Ambos murieron en distintas guerras, antes de tener hijos, de manera que no quedó nadie con el apellido Elton y cuando murió, la granja la heredó su hijo, o sea, mi bisabuelo, llamado Edward Kirkland.
- Te sabes toda la historia de tu familia.
- Nos hacen aprenderla desde pequeños ¿tú no conoces la tuya?
- Sí, pero no es una gran historia. Mi papá fue hijo único y los parientes que tuvo se quedaron en el pueblo donde crecí, pero desde que lo dejamos, tras su muerte, nunca volví a verlos. Aunque sé que han vivido en ese pueblo y sus alrededores desde hace décadas. Mi mamá nació en un pueblo vecino y de esa familia, de la de mi mamá, quedan casi puras mujeres, tengo a mi abuela, varías tías y primas. Casi todas viven en el mismo pueblo, salvo una hermana de mi mamá que desde muy joven se fue a vivir a París. Creo que yo soy el nieto de mi abuela que más lejos ha ido.
- ¿Tanto así? ¿Dónde queda el pueblo?
- En el suroeste de Francia, en Dordogne. ¿Entonces los Kirkland no son un gran linaje?
- No tanto como los Elton. Kirkland es de una familia que fue creció económicamente durante la revolución industrial. El padre de mi tatarabuelo era alfarero y mi tatarabuelo aprendió el oficio desde niño. Mi tatarabuela Imelda tenía más de treinta años cuando se casó con él, en esa época las mujeres de casaban muy jóvenes no de treinta. Fue porque estaba empecinada en casarse con él, pero sus padres no lo permitieron. Tuvieron una relación a escondidas que duró años hasta que, por fin, sus padres les permitieron casarse, al ver que rechazaba a todos los pretendientes que le presentaban y pues creo que para ellos era mejor una hija casada, aunque fuera con un alfarero que solterona. Vivieron aquí, en la granja, y ella invirtió parte del dinero que tenía en la alfarería, tenía buena cabeza para los negocios. Aprendió a manejar dinero, a administrar el negocio y ella tuvo la idea de enviar los productos a otras partes del país. Hizo muy buen equipo con su esposo y cuando ellos murieron, dejaron un negocio local que ya era exitoso.
- ¿Pero no administró la granja?
- También, pero no igual. La descuidó por un tiempo y tengo entendido que antes era más grande. Con el paso de los años se han perdido algunas hectáreas, por descuidos y huelgas. Estuvo en el olvido algunos años ya que la familia se trasladó a Londres porque desde allá es más fácil administrar la empresa. Mi abuelo fue el que quiso restaurarla, cuando se casó se le ocurrió vivir aquí con mi abuela, pero la encontraron casi en la ruina, así que decidió restituirla. Mi papá y sus hermanos vivieron aquí durante su infancia.
- ¿A ti también te criaron aquí?
- No, yo pasé toda mi infancia en Londres, antes de ir al internado. Pero siempre ha sido costumbre pasar aquí las vacaciones de navidad, casi siempre vienen todos los Kirkland.
- ¿Quién vive aquí ahora?
- Mi hermano Owen. Mis abuelos se retiraron del negocio hace unos cinco años, ahora viven en Mallorca. No verás a Owen, esta semana fue a Canadá por trabajo, regresará dos días antes de navidad. Considérate afortunado, es una piedra en el zapato.
- ¿Por qué siempre hablas así de tus hermanos? – Francis tenía algo de tiempo queriendo hacer esta pregunta, siempre que en alguna conversación salía el tema de los hermanos de Arthur, éste solo se refería a ellos con descalificativos. Francis no tenía hermanos y aunque desconocía la dinámica fraternal, sabía que no era tan común que entre hermanos se trataran tan fríamente.
- Porque no son buenas personas. Ok, no son asesinos ni nada de eso, es solo que… no lo sé. Creo que nunca hemos sido muy unidos. Pensándolo bien, entre ellos sí son unidos. Sobre todo, Alistair y Patrick, ellos se llevan solo un año y siempre están juntos y se cuentan todo. Owen se lleva bien con ellos, pero conmigo ha sido indiferente en la mayoría de los casos. Creo que todo es porque cuando yo nací y mientras crecía, ellos ya estaban en su mundo, haciendo sus cosas y nunca me incluyeron, solo para molestarme. Alistair siempre me grita y me regaña, tiene esta mentalidad de que debe educarme y a veces parece que solo se fija en lo que hago para contarle a mis padres, para que me regañen también. Patrick es igual, aunque él intenta ser una especie de mediador, pero no le sale bien. Quieren inmiscuirse demasiado en mi vida y solo hacen el ridículo. Owen en realidad no me hace mucho caso.
- ¿Cuántos años te llevan?
- Alistair es once años más grande que yo, tiene 29 ahora. Patrick tiene 28 y Owen, 25.
- ¿Te gustaría tener una mejor relación con ellos?
- No lo sé… tal vez. Sería extraño ¿sabes? Porque no me veo conviviendo con ellos más de lo necesario. Nunca lo hemos hecho. Cuando yo estaba aún muy chico ellos se fueron al internado y luego a la universidad y desde entonces no hemos pasado mucho tiempo juntos. Sería muy raro empezar a tratarnos bien, ni siquiera sabría cómo empezar. Tengo mejor relación con Alfred y Matthew y ellos ni siquiera viven en Inglaterra. – Durante todo el tiempo Arthur tuvo un tono tranquilo. No se le escuchaba triste o melancólico, por lo que Francis supuso, ya estaba acostumbrado a estar así. Cabalgaron tranquilamente un rato, pasaron cerca de un grupo de ovejas pastando y más adelante había un riachuelo por lo que tuvieron que atravesar un puente de madera. El puente parecía inestable y Francis palideció ante la idea de pasar por ahí, pero no quiso parecer cobarde así que tomó las riendas de su yegua y subió al puente con la mejor entereza que pudo tener. Arthur, que iba algunos pasos delante de él, no se dio cuenta. – Mira, - le dijo después de dar vuelta a un sendero – ya llegamos al bosque – efectivamente, ante ellos empezaba una mata espesa de árboles. – Podemos descansar aquí, si quieres. También podemos entrar, pero el suelo del bosque no es muy firme – volteó a ver al francés, que se estaba poniendo más pálido ante la idea de entrar al bosque resbaladizo. Arthur desmontó su yegua – dejemos aquí a las yeguas, no se irán. Entremos caminando, hay algunas cosas que quiero que veas.
Francis hizo lo mismo que Arthur y entraron al bosque. El ambiente cambió a los pocos minutos de haber entrado, era más húmedo, la luz era verde y se sentía una atmósfera mágica alrededor. Era como entrar a un portal a un mundo de fantasía. Arthur parecía conocer todos los recovecos del bosque, se movía con seguridad y esquivaba las raíces y ramas con agilidad. Tomó a Francis de la mano para que guiarlo y le decía donde debía tener cuidado al pisar, caminaron durante una media hora y se detuvieron en lo que parecían ser unas cuevas escondidas entre los árboles y la montaña. Arthur sacó su celular para iluminarse y entraron a una de las cuevas, era ancha, pero el techo era muy bajo, tuvieron que agacharse para entrar. Adentro había unos dibujos, hechos por manos inexpertas de caballos y personas.
- Son pinturas rupestres – explicó Arthur. – fueron dibujadas hace miles de años. Están por todas las cuevas del bosque.
- Guau – Francis no sabía qué esperaba de esta excursión, pero definitivamente no era esto. Se quedó sin palabras. - ¿Hay muchas cuevas?
- Unas veinte. Están cavadas dentro de las colinas, todas alrededor de esa zona y un poco más al sur. Las descubrieron apenas hace unos cincuenta años. Mi abuelo y su hermano tenían un plan para extender hasta acá la tierra de la granja, pero una vez que las vieron, prefirieron resguardarlas. Al parecer en esta zona se usaba como corredor para nómadas y los primeros pobladores sedentarios de esta región. Y hay otra cosa – salieron de la cueva, caminaron otros pasos al norte, Francis notó que se los árboles estaban más separados entre ellos y entraba más la luz. Poco a poco salieron a un claro muy grande, tapizado con flores de colores y atravesado por un arroyo. A lo lejos se escuchaba una cascada. Arthur se detuvo ante un par de piedras apiladas y lo que parecía ser un montón de variados instrumentos de hierro antiquísimos, oxidados y medio enterrados. – Aquí hubo un asentamiento celta, hace unos mil quinientos años. Estaba enterrado completamente. Vinieron historiadores a asegurar que ciertamente había celtas viviendo aquí y se llevaron algunas piezas para estudiarlas, ahora están en un museo de Portishead. – Dejó que Francis las viera un rato, después retomó el paso, caminaron siguiendo el sendero del arroyo y llegaron a una especie de barranco muy abrupto, desde donde empezaba la caída del arroyo hasta convertirse en cascada metros abajo y, mucho más abajo tocaba tierra y seguía la continuación del río, mucho más abundante. Aquí los árboles eran más escasos, dando espacio a la luz del día nublado. Arthur por fin se sentó, en una roca plana cerca del límite del barranco. Francis se sentó al lado de él, sentía como si hubiera caminado kilómetros y estaba cansado. Se sentó muy cerca de Arthur, con sus piernas tocándose. Recostó su cabeza sobre el hombro del inglés y cerró los ojos por unos segundos, después los abrió, tomó con su mano la quijada del otro para acercarla a sí mismo y darle un beso en la boca. Arthur respondió el beso.
- Este sería un lugar muy romántico para hacer el amor – susurró Francis.
- Solo si quieres que te piquen los insectos y hacerte llagas. El piso está lleno de animales y piedras.
- Le quitas la emoción a la escena – sonrió Francis.
- Es la realidad. – Arthur le dio algunos besos más y después continuó con su plática - Abajo hay un cementerio abandonado – explicó cuando se separaron – son las tumbas de la misma gente del asentamiento del claro, es muy, muy antiguo. Apenas si se alcanzan a distinguir, parecen más bien rocas enterradas. No iremos para allá, el camino original está ahora sepultado bajo el escombro que cayó una vez que se desgajó un pedazo de la montaña y la vía alterna que queda es demasiado resbaladiza y peligrosa.
- ¿Tú has ido?
- Solo una vez. La mayoría de las veces que vengo al bosque llego hasta aquí. Hay otras rutas y lugares en este bosque, pero este es uno de los más bonitos y tranquilos.
- Indudablemente – dijo Francis viendo alrededor - ¿todo esto es de ustedes?
- Mas o menos. Toda granja es nuestra pero el bosque solo lo es hasta unos kilómetros adentro. Lo demás se supone que es propiedad del país, aunque somos nosotros los que tenemos la licencia para resguardarlo. Es decir, no es nuestro y no podemos disponer de él, pero igual podemos estar aquí ya que está bajo nuestra responsabilidad. Abajo, diez kilómetros en dirección del río ya es zona protegida, ya no podemos estar ahí. Solo que nunca hay nadie, del otro lado del bosque hay guardabosques, pero por acá nunca se enteran del movimiento que hay. Alfred, Matthew y yo fuimos el año pasado para averiguar hasta donde podíamos llegar.
- ¿Qué encontraron?
- Animales y plantas. El bosque es demasiado espeso, ya no se filtra casi nada de luz. Mucha variedad de todo. Nunca vimos a una sola persona y nos regresamos antes del anochecer, Alfred es un miedoso y nunca en su vida se quedaría en un bosque en la noche.
- Jajaja Artie – dijo una voz detrás de ellos – qué bien te inventas historias. Eso nunca pasó – Alfred y Matthew llegaron hacia donde estaban ellos, iban caminando sin los caballos.
- Fue así como pasó, Al – dijo su hermano en voz queda, pero se escuchó perfectamente.
- Claro que no. – movió la mano restándole importancia a lo que le decían – como sea, ¿dónde estaban?
- Le mostré a Francis las pinturas rupestres y el asentamiento celta – contestó Arthur - ¿ustedes dónde estaban? Ya no los vimos desde hace más de una hora.
- Entramos desde el sendero del sur. Dejamos a los caballos atados a la orilla del claro. ¿dónde están sus yeguas? – Alfred preguntó al no ver ningún animal de carga cerca de ellos.
- Los dejamos en la entrada. Nosotros entramos por el puente del río.
- ¡Desde allá! – Exclamó Matthew, abriendo mucho los ojos – Por Dios, son kilómetros.
- ¿En serio Arthur te hizo caminar tanto, Francis? – Alfred se sentó al lado de ellos.
- No fue tanto – Francis trató de quitarle importancia. A decir verdad, le dolían los pies y le temblaban las piernas por el esfuerzo. Vio que Matthew abría su mochila ¿en qué momento traía una mochila? Nunca se fijó en que trajera. De ahí, sacó dos botellas de agua y un contenedor de plástico.
- Toma – le dijo acercándole el agua – debes tener sed. – le entregó el contenedor, tenía dos sándwiches. Le dio uno a Arthur.
- Gracias – Francis abrió la botella de agua, le supo a gloria. Estaba sediento. Estuvieron un rato en ese lugar, Arthur y los gemelos le contaban acerca de sus aventuras y excursiones en el bosque y de sus idas a la playa más cercana. - ¿Qué tan lejos está la playa?
- A unos cuarenta minutos en coche. – Contestó Arthur.
- ¿Quieres ir? – Preguntó Alfred, retomando su energía habitual.
- ¿No es muy fría?
- No tanto como las playas de Canadá – contestó Matthew, que parecía, le encantaba comparar todo con ese país.
- Podríamos ir a los muelles. Y hay algunas atracciones interesantes en el puerto. Pero sería después – Arthur empezó a levantarse y se estiró – Ahora ya debemos regresar, se está haciendo tarde.
- Si, regresemos – dijo Alfred, que imitó a Alfred y se estiró con mucha efusión – muero de hambre.
- Como siempre – dijo Matthew.
Emprendieron el camino de regreso, esta vez los cuatro juntos, a paso lento. Cuando llegaron al claro donde estaban atados los caballos de los gemelos, decidieron que se irían montados en ellos de dos en dos hasta llegar a la salida del puente, en donde encontraron a las yeguas de Arthur y Francis. Entre los cuatro le dijeron que, aunque el camino que había recorrido con Arthur era uno de los más largos para llegar a la cascada, también era el que menos animales tenía y, por lo tanto, era muy seguro. Cuando al fin llegaron a casa, después de regresar a los caballos a sus establos, Francis observó por primera vez la puerta de la mansión. Era de madera muy pesada, tenía grabado el mismo escudo de armas que estaba en la reja. Debajo del escudo se veía el número 1438. Había una placa de metal fijada en la pared, al lado de la puerta, que decía que la construcción de la mansión empezó en 1630, terminó en 1658 y se restauró en 1965.
- La puerta es original – dijo Arthur, que se plantó al lado de Francis mientras éste escudriñaba la entrada – Es madera de roble, tiene 360 años, y el árbol de donde se sacó la madera sigue en pie, aunque ya se está secando, se encuentra en el centro del bosque. Esta puerta, junto con las paredes, es de lo poco original que queda. Casi todo lo demás es reciente.
- ¿Entonces la puerta no se ha restaurado nunca?
- Cuando llegó mi abuelo, la parte de abajo estaba destruida por las termitas. Pero no le hicieron mucho daño y solo hubo que rehacer la parte dañada. No se puede decir lo mismo de las ventanas, estaban podridas y hechas pedazos. Hubo que mandar a hacer unas nuevas. El inmobiliario varía, hay cosas muy antiguas y otras modernas. Creo que lo más viejo es el escritorio que está en la biblioteca y algunos libros.
- ¿Qué significa el 1438?
- Fue cuando le dieron el primer título real a uno de mis antepasados, por pelear en la Guerra de los Cien Años, con eso adquirieron el escudo de armas y se podría decir que se "fundó" la casa Elton. Pero la granja la construyeron mucho tiempo después, antes vivían en esta misma zona, en una casa que fue destruida por un incendio.
- ¿Los muebles de la casa son marca Elton? – Dijo Francis, sonriendo ante la idea.
- Todos los nuevos, sí. Pero entremos, que tengo hambre.
Comieron y empezó a anochecer. Llegó la madre de los gemelos, la presentaron con Francis: era una mujer un poco brusca en su trato, pero amable. Estaban todos tan cansados que decidieron ya no salir, sin embargo, aprovecharon un par de horas libres para mostrarle a Francis la parte de atrás de la casa, en donde estaba la colección de autos antiguos en un estacionamiento subterráneo. Para llegar, hubo que atravesar un pasillo que se veía igual de antiguo que la casa con tapices mostrando escenas bélicas. Salieron por un patio en el que había estanques grabados en la piedra de la mansión y una alberca.
- Este lugar – dijo Francis – se me hace familiar. Siento que ya lo había visto en algún lado.
- ¿Cómo así? – contestó Matthew.
- No sé, pero estoy seguro de que ya lo conocía… - se quedó pensando un segundo – me recuerda a Antonio, por alguna razón.
- Ahh – Arthur despejó la duda – Antonio y su grupo de baile grabaron un video musical aquí, en marzo de este año ¿tal vez es por eso por lo que se te hace conocido?
- ¡Es verdad! – recordó Francis – ¡lo grabaron aquí!
- Hubo un recital de ellos en la ciudad y aprovecharon para grabar ese video para promocionarse.
- Creía que Antonio no te caía bien – Francis puntualizó, recordando cuando Arthur mencionaba a Antonio o viceversa o las pocas veces que Francis los vio convivir siempre lo hacían con un tono de forzosa amabilidad.
- No, en realidad no somos tan cercanos. Pero fueron amables y creo que a Owen le halagó que hayan elegido la granja para hacer su video. Y opino que quedó bien. – Arthur se encogió de hombros cuando dijo esto.
- No te cae bien porque eres un amargado – dijo Alfred – Antonio en realidad es bastante simpático.
- Lo dices porque te regala vino y chucherías cuando lo ves.
- A ti no te regala nada porque te quejas de todo.
- No quiero comida española en mi mesa, gracias.
- ¿Qué quieres entonces? ¿Comida quemada? Oye, Francis, ¿ya te dijo Arthur cuando quemó una estufa tratando de cocinar huevos revueltos?
- Eso nunca pasó.
- ¡Claro que sí! Escucha, Francis, te contaré...
En la noche de ese día, Francis se sentía cansadísimo. No había caminado así probablemente desde sus tiempos de la granja de sus padres, él era una persona de ciudad y no de ir a excursiones a bosques. Después de un refrigerio nocturno, todos se despidieron para ir a dormir, lo cual le generó una duda que no se había hecho en todo el día: ¿dónde dormiría? Para resolver este asunto, fue con Arthur hacia un pasillo en donde se encontraban todas las alcobas. El inglés se detuvo frente a una de ellas.
- Este es el cuarto que ocupo cuando vengo a la granja – comenzó - No sabíamos dónde te gustaría dormir, así que los sirvientes dejaron tu maleta en esta habitación – fue hacia otra recámara que estaba enfrente de la suya. Francis lo siguió, Arthur abrió la puerta y encendió la luz.
Era una habitación muy bonita, adornada en colores vino oscuro. La cama era bastante grande, probablemente tamaño queen size. Francis suspiró para sus adentros al verla: si iba a dormir ahí, se sentiría en el cielo después de un día tan cansado. Sus maletas estaban a un lado de la cama. Francis se dirigió hacia ellas, para buscar sus objetos personales, cuando sintió que Arthur retenía su brazo con su mano. Se detuvo a verlo y notó que Arthur tenía un brillo muy particular en los ojos. Francis apenas tuvo tiempo para sostener el cuerpo de Arthur, cuya boca se dirigió a la suya con determinación. Arthur tomó una de sus manos, dándole un apretón fuerte que Francis ignoró en favor de seguir besando al inglés, que se separó un minuto para verlo a los ojos fijamente, luego posar su mirada sobre sus labios para regresarla a los ojos otra vez – A menos que, – le susurró – quieras venir a dormir conmigo. – Sin decir otra palabra, Arthur se fue de la habitación, dejando abierta la puerta.
Francis que tardó en asimilar lo que había pasado, apenas alcanzó a ver como su pareja entraba rápidamente a su propio cuarto y cerraba la puerta. Francis estuvo a punto de pasarse la mano por el pelo cuando notó que traía algo en el puño de la mano. Sin saber que era abrió la mano para ver, una inconfundible envoltura cuadrada y pequeña, entendió entonces que, cuando se besaban, Arthur había puesto ese condón en su mano sin que él se diera cuenta. Sonrió al entender todo y sin perder mas tiempo, fue hacia la habitación de enfrente.
Al cerrar la puerta, vio que Arthur estaba parado en la ventana, viendo hacia afuera. El inglés no dio señas de haberlo escuchado entrar, así que Francis atravesó el espacio a grandes zancadas, hasta llegar a donde estaba él, lo tomó por detrás de la cintura y empezó a besarle el cuello. Arthur gimió, ladeó la cabeza para darle más acceso y colocó su mano en la cabeza del francés, en donde entrelazó sus dedos en su largo cabello. Francis empezó a juguetear con las manos que tenía en la cintura del otro, poco a poco fue acariciando su piel por debajo de la ropa, hasta que levantó la camisa a la altura de su pecho. Arthur no dejaba de gemir, emitiendo sonidos que excitaban cada vez mas a su compañero. Después, Arthur se volteó, apenas se separaron para que Arthur se quitara la playera que traía puesta. Luego arremetió contra él, apasionadamente le dio otro beso húmedo en la boca.
- ¿No nos dirán algo por hacer esto aquí? – Preguntó Francis, que de repente se acordó de dónde estaban.
- No, ni siquiera nos van a escuchar – aseguró Arthur, que aprovechó la distracción para empezar a caminar hacia dirección de la cama, empujando levemente a Francis hacia atrás hasta que la parte trasera de sus piernas tocaron el borde del colchón, el francés al notarlo, se recostó en la cama, con los codos sosteniendo su peso y viendo hacia arriba, a la hermosa vista que tenía ante sí, de Arthur con el torso desnudo viéndolo con las pupilas dilatas con lujuria y montándosele a horcajadas con las piernas a cada lado de las suyas. Todo el cansancio que sentía desapareció en ese momento.
- ¿Esto es lo que aprendiste en ese dichoso internado? - le preguntó con la voz ligeramente ronca.
- Esto y mucho más – murmuró Arthur que se abalanzó a besarlo otra vez y comenzó a desabrochar lentamente su camisa – pero quiero saber que me vas a enseñar tú – dijo antes de empezar a besar su cuello.
Esa fue la primera vez que hicieron el amor.
- Creía que estabas cansado – bromeó Arthur, esa misma noche. Había empezado la madrugada y la luz de la luna se filtraba por la ventana que se quedó abierta. A pesar del frío, estaba jadeando y tenía pequeñas perlas de sudor que todavía brillaban en su cuerpo.
- Lo estaba – dijo simplemente Francis. Estaba acostado a su lado, igualmente jadeante y levantó la cabeza para darle un beso al inglés, mucho mas dulce y tierno que los anteriores. – De hecho, siento que tengo sueño nuevamente, pero toda mi ropa se quedó en el otro cuarto.
- ¿No la trajiste?
- No me dio tiempo.
Arthur casi se carcajea.
- Puedes ir por ella o podemos encender mas el radiador y quedarnos así toda la noche.
- Me gusta más esta segunda idea.
- Ya está decidido entonces – Arthur, que hasta entonces no había dejado de abrazar a Francis, se alejó unos centímetros de él para recostar plenamente su cabeza sobre su almohada y cerrar los ojos.
- Arthur, ¿habías planeado todo esto?
- Por supuesto – Arthur abrió los ojos y lo felizmente - ¿no te diste cuenta?
- No – volvió a reír – se me ocurrió la posibilidad, pero no lo esperaba.
Arthur se incorporó un poco, recostándose sobre su lado izquierdo y con el brazo apoyado en la almohada, sosteniendo la cabeza con la mano, viéndolo fijamente.
- Fue porque me dijiste que tenía que estar sobrio la próxima vez que intentara tener sexo contigo. Por eso planeé que fuera en una salida así. ¿Te gustó?
- Ha sido una de las mejores noches de mi vida – Francis respondió con una sonrisa sincera. Buscó la mano libre de Arthur y la entrelazó con la suya. – Quiero pasar más noches así contigo.
- Pervertido.
- A tu servicio.
No dijeron muchas cosas más esa noche. El cansancio del día finalmente se apoderó de ellos y Arthur solo se levantó a correr las cortinas para resguardar bien el calor de la habitación. Cuando volvió a entrar a la cama, Francis lo esperaba con los brazos abiertos, en donde se acomodó como si ese fuera el lugar destinado para él, donde debería estar toda la vida.
La visita de Francis a la granja solo duró otros dos días más. Los gemelos se lamentaron, querían hacer todas las actividades planeadas, pero solo tuvieron oportunidad de ir al puerto al día siguiente y mostrarle al francés las pocas atracciones invernales que tenía que ofrecer dicho lugar. El tercer día, una horrible nevada les impidió salir de la mansión obligándolos a cambiar sus planes. Hicieron un maratón de juegos de mesa, le mostraron la colección de obras de arte de la familia (aburrida, en palabras de Alfred). Después de comer, los gemelos se pusieron a jugar videojuegos mientras Arthur le mostraba la biblioteca de la casa. Francis veía los altísimos libreros, cuando reparó en un libro que llamó su atención. Estaba colocado encima de una mesa, parecía que lo había puesto ahí recientemente. Era de pasta gruesa, forrado con piel y el título solamente decía Almanaque Elton.
- Es nuestro árbol genealógico. Todos los miembros de la familia están ahí.
- ¿En serio? ¿Cómo en Harry Potter? – Francis recordó cierto pasaje de ese libro.
- Ni me digas – Arthur rodó los ojos. - Fue idea de mi abuela. Quiso registrar en algún lado a todos los descendientes de la familia y los antepasados hasta donde se pudo encontrar. Es un poco ridículo, a decir verdad. Hace poco nació el hijo de Alistair, me imagino que por eso lo dejaron aquí, de seguro lo actualizaron y no lo han guardado.
- ¿Puedo verlo?
- Si quieres. Pero no es tan entretenido como parece.
Francis lo abrió. Arthur estaba equivocado, sí era un libro interesante. En todas las hojas había tal cual como lo había dicho el británico, dibujos de ramas de un árbol genealógico. Las primeras hojas tenían nombres de hace siglos, debajo de cada nombre estaba la fecha de su nacimiento y muerte. Conforme avanzaba el libro, las "ramas" del árbol se entrelazaban con otras, se veían otros nombres de otras familias, siempre dándole protagonismo a los descendientes de Elton y Kirkland. Cerca del final del libro ya estaban miembros de fechas mas cercanas y con una ojeada rápida, Francis encontró un apellido que reconoció entre todos: Beildschmit.
- ¿Eres pariente de Gilbert? – le preguntó, al distinguir su apellido y notar que sí estaba escrito el su nombre y el de Ludwig en su respectiva rama.
- Somos primos lejanos. Conociéndolos, apuesto que ellos tienen un libro similar en casa.
- No me sorprendería – confirmó Francis, aunque solo era sospecha.
Hubo un apellido mas extraño que no esperaba ver.
- ¿También eres pariente de Ivan? – Dijo, observando el apellido Braginsky, escrito bajo el nombre de alguien que había vivido cien años atrás.
- No, de Ivan no. Una tía bisabuela se casó con uno de los Braginsky, pero no tuvieron hijos. Tengo entendido que el hombre murió de tuberculosis meses después de su matrimonio. Si te fijas, solo está su nombre escrito, para tener el registro. Es lo más cercano que hemos estado a ellos como familia.
- Ya veo – murmuró Francis. Tras darle otra ojeada al libro, llegó a las últimas hojas, en las que encontró la rama perteneciente a la familia cercana de Arthut, vio su nombre junto con su fecha de nacimiento y el de sus hermanos. También encontró el apellido Jones-Willams que señalaba la existencia de los gemelos – Creo que es un libro muy interesante – dijo, después de cerrarlo – me gustaría tener uno igual, aunque claro, sería menos extenso. Todos de alguna forma quisiéramos saber nuestro origen, eres afortunado en conocerlo.
- Si lo dices así, tienes razón. Aunque a veces lo siento demasiado presuntuoso.
- Como todo lo que hay en esta casa – rio Francis.
Arthur dio una ojeada a toda la habitación para finalmente posar su mirada en Francis.
- Cállate – rio también.
Al día siguiente, los gemelos se despidieron de Francis, con la promesa de volverlo a ver. Éste tuvo que retirarse, Arthur lo llevó de regreso a Cambridge, ya que, al ser empleado de una tienda de mostrador, no podía darse el lujo de faltar a trabajar muchos días. Este viaje había sido encantador y definitivamente volvería si Arthur lo invitara otra vez.
